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martes, 30 de octubre de 2018

LA ECONOMÍA Y LA DERECHA


Soy hipersensible a la simetría. Enseguida veo un ojo más pequeño que otro, una mandíbula ligeramente desencajada hacia un lado, la mitad de un labio superior que se va hacia la nariz... Durante un tiempo me persiguió la asimetría facial de Xavier Domènech, ese que se morreó en el Congreso con Pablito Iglesias, que también arrastra su asimetría corporal con andares oscilantes (hombros encogidos arriba, barriguita incipiente abajo, melena encoletada buscando el medio de la espalda). Bueno, quiero decir que, si en mi anterior bicolumna hablé de la economía y la izquierda, hoy me toca divagar sobre la economía y la derecha. Y así como empecé mi anterior diciendo que la izquierda se arma mucho lío con la economía, digo ahora que la derecha, por el contrario, no tiene problema alguno con la economía.

Como la izquierda, la derecha tiene también su ley reduccionista del mundo: ganar dinero, y cuanto más, mejor. Poco le importan las leyes y estructuras económicas, las contradicciones sociales y demás entretenimientos de los economistas. Si se adorna con terminología economicista es para ocultar lo único que le interesa: la obtención y acumulación del máximo beneficio, al que considera el fundamento del orden social. Se parapeta en la economía como realidad abstracta y neutral, y habla de crecimiento como sinónimo de progreso, y progreso como bienestar para todos. Así de simple.

La derecha supone que toda riqueza es fruto del talento y el esfuerzo individual, y no repara en que existen otros factores, como es la condición económica heredada, el privilegio y la existencia de leyes que protegen y aseguran la desigualdad impuesta, el abuso, la explotación y el aprovechamiento del talento, el tiempo y la fuerza de trabajo de otros. Y sobre todo: que sin el Estado, su poder y riqueza se vendrían enseguida abajo. Aquí es donde yo veo flaquear más a la derecha, pues, mientras enfatiza la iniciativa individual y predica contra el Estado como elemento distorsionador de la "libertad de mercado", usa al Estado como su principal valedor, poniéndolo siempre que puede a su servicio. La derecha es siempre, diga lo que diga, proteccionista. Sin el Estado, repito, no sería nada.

Porque nunca pone en el balance de sus éxitos todo aquello que le debe al Estado: desde la preparación de la mano de obra (educación, formación), a la salud de sus trabajadores (sistema sanitario), la seguridad (jurídica, ambiental, social), la protección del territorio, infraestructuras, comunicaciones, redes internacionales, normas que regulan las relaciones sociales y, en general, todo lo que asegura la paz social, sin la cual no hay negocio posible. Hoy todos necesitamos de la existencia de un Estado poderoso, eficaz y protector, aunque sea algo mastodóntico y muchas veces inútil (este es otro grave problema que, por cierto, ni derecha ni izquierda quieren afrontar).

Dicho lo dicho, y dicho que enriquecerse, no sólo es legítimo, sino que quizás sea hoy el estímulo más eficaz de la actividad humana, el asunto más importante es equilibrar la función del Estado de tal modo que, no sólo asegure la igualdad efectiva de oportunidades (eliminando todo tipo de proteccionismo y privilegio), sino que actúe en función de un principio de justicia equitativa, que suele confundirse con el de justicia redistributiva: que cada cual contribuya al bien común en función, no tanto de lo que tiene o gana legítimamente, sino de lo que recibe. Quiero decir que, más que "redistribuir la rIqueza" para que todos tengamos lo mismo, se trata de que "quien más recibe, más pague". Si hacemos un balance, parece claro que quienes más "reciben" del Estado son quienes más tienen (este principio vale también para que quienes menos tienen, no abusen del Estado).

Me rondan estas ideas a propósito de ese gran mito moderno, la economía como realidad sagrada, inaccesible para los ciudadanos de a pie, como es mi caso. Parto de que el discurso económico es hoy, ante todo, un arma de propaganda y legitimación política. Porque la economía es siempre política, y así lo entendió y explicó Marx.Incluso Stuart Mill dijo que “ningún problema económico tiene una solución puramente económica”. Aquí, tanto la izquierda clásica como la derecha, son incapaces de afrontar radicalmente el problema de fondo, que no es el capitalismo y el mercado, sino el mercantilismo y el desarrollismo insostenible actual: qué se produce y cómo, cuáles son sus efectos en el bienestar, la salud, el medio ambiente, las relaciones sociales, el progreso cultural y humano. De esto, unos y otros, ni pío.

LA ECONOMÍA Y LA IZQUIERDA


Se arma mucho lío la izquierda con la economía. Nacida de un discurso racional riguroso (el marxismo, basado en el materialismo filosófico), ha acabado, sin embargo, desnortada, incapaz de encarar la realidad cambiante del capitalismo. No ha salido del reduccionismo de "la lucha de clases", al que va colocando sucesivas etiquetas (ricos/pobres, casta/pueblo, etc.). Pero ni siquiera esto: puestos a reducir el mundo (la economía, el pensamiento, la moral, la política..., todo) a esa antítesis, vean cómo encabeza el gran acuerdo político la izquierda de los hermanos Picapiedra que nos quiere gobernar: "Después de 7 años de recortes y asfixia de los Gobiernos de Partido Popular (sic), nuestro país ha retrocedido en igualdad de oportunidades, en cohesión social, en libertades y derechos, en calidad democrática y en convivencia". 

Un burdo diagnóstico (recortes, asfixia) y un único culpable (el PP de Rajoy). Ni análisis de estructuras económicas, relaciones de producción y de poder, contradicciones ideológicas, ni nada: el mal en estado puro contenido en unas siglas frente al bien inmaculado encarnado en un gobierno de progreso. Caso omiso, ignorancia supina y lavado con aguarrás de cualquier reflexión sobre la influencia y dependencia de nuestra economía del resto del mundo, de la crisis económica general, de la globalización y demás nimiedades. Pero también, y esto es todavía más elocuente, ausencia de cualquier alusión a la responsabilidad de los gobiernos territoriales, especialmente a la sangría de Cataluña y el País Vasco, el coste de cuyos privilegios y política de apaciguamiento supera en miles de millones a todos los recortes habidos y por haber.

¿Retroceso en "igualdad de oportunidades"? ¿Se refieren a la "sumisión lingüística", la obligación de hablar en catalán, gallego o euskera en media España para conseguir un título o un puesto de trabajo? ¿Tienen hoy las mismas oportunidades niños, trabajadores, funcionarios, en cualquier lugar de España? ¿Y el recorte de "libertades y derechos"? ¿Hablan de la Cataluña de los hispanohablantes y no separatistas? La pérdida de "la cohesión social y la convivencia", ¿la ha provocado Rajoy el consentidor, con su entreguismo, su política fiscal y económica, calco de lo que habría hecho el PSOE, hasta en el aumento del gasto público y la deuda? ¡Pero aquí vienen los libertadores!

El documento presentado como tabla de salvación, es tan inane, tan superfluo y superficial que, ni aun en el supuesto de que se cumpliera al cien por cien, los efectos reales sobre la mayoría de españoles serían tan insignificantes que resultaría insultante el vendérnoslo como cambio ni solución de nada. Pero lo peor de todo es no tener en cuenta los efectos perniciosos que estas medidas puedan producir. Baste el ejemplo de la subida del salario mínimo: ¿se han previsto los efectos sobre la contratación a tiempo parcial de jóvenes, sobre los contratos temporales, sobre la economía sumergida, sobre los autónomos, sobre el aumento correspondiente de las cuotas de la Seguridad Social, etc.? Que el efecto más inmediato sea la subida del sueldo de los cargos de Podemos resulta un sarcasmo. Una medida aislada como ésta sólo sirve para hacer demagogia populista y no encarar los problemas de fondo.

Porque el problema es la indigencia mental, la incapacidad para pensar en verdaderas reformas, y en la cobardía para atajar los problemas en su raíz, el no atreverse a plantar cara a la actual estructura y el funcionamiento del Estado, el despilfarro de las autonomías, el gasto incontrolado de los cien mil chiringuitos que sostiene el Estado, desde organizaciones empresariales, partidos y sindicatos, a organismos públicos y semipúblicos parásitos, al ejército de asesores y enchufados, subvenciones a diestro y siniestro, el sobrecoste de la obra pública, la evasión y el fraude fiscal, el consentimiento de la economía sumergida y el mercado de falsificaciones, la corrupción y su metástasis larvada, la renuncia a recuperar la millonada entregada a los bancos para el "rescate" de las Cajas, el descontrol en el reparto de las ayudas públicas, etc.

¿Economía? Sí, la más elemental, la que se hace con sumar y restar. Hay dinero de sobra para sostener y mejorar el llamado Estado del Bienestar, pero ese dinero se va, se esfuma, se dilapida para mantener privilegios y prebendas (incluido el pago de intereses a los bancos alemanes), para sostener redes clientelares, para favorecer a oportunistas y verdaderos sátrapas especializados en vivir del Estado. ¿Capitalismo? ¡Ni eso! ¿Y la izquierda? ¿Qué izquierda, la defensora del bien común y los intereses de los trabajadores, o sea, de la mayoría? Ésa, ni está ni se la espera.

miércoles, 24 de octubre de 2018

PLAGIO Y MUCHO MÁS


Hay hechos que se convierten en radiografías del estado mental y moral de una sociedad. El escándalo de la falsa tesis de Pedro Sánchez es uno de ellos. Analizarlo, aunque sea superficialmente, nos da más información sobre la España de hoy que miles de estudios políticos y sociológicos. Por ejemplo, sobre el PSOE, su desvarío ideológico, el cinismo ilimitado de sus dirigentes, empezando por su líder; pero también sobre la "clase" política en general, la impostura y el descaro con que fabrica su imagen pública, el uso de la mentira y el engaño como instrumento "natural" para alcanzar el poder, primero dentro del aparato del partido y luego en las instituciones públicas.

Por ejemplo, también, sobre esa "clase" periodística (parte de ella) empeñada, no en descubrir la verdad, sino en servir a sus amos (la actitud de reconocidos periodistas defendiendo el "no plagio" del Presidente del Gobiernopasará a los anales del servilismo periodístico). O sobre la degradación de nuestra Universidad, cuyo pésimo funcionamiento ha facilitado la actuación impune de tanto saqueador. Pero también sobre el silencio de los corderos, esos ciudadanos creyentes que se adhieren a un partido o una causa con una fe a prueba de "plagios".

Porque este "trabajo" es cualquier cosa menos una tesis doctoral. No cumple los requisitos mínimos: ni por el contenido, ni por la forma, ni por la redacción y presentación. No es sólo que sea "cutre" o de baja calidad, es que es una falsa tesis, mera apariencia de tesis. No lo es porque ni define el objeto de investigación ni delimita su campo de análisis. Reto a cualquiera, empezando por el propio Sánchez, a que defina cuál es el objeto de su investigación, qué hipótesis plantea, qué demuestra, qué aporta de nuevo a la comunidad científica.

Todo es hojarasca, imprecisión, una acumulación descriptiva (no analítica ni interpretativa) de datos y generalidades inconexas, arbitrariamente elegidas, cuya principal misión parecer ser el rellenar páginas, presentado con un lenguaje administrativo y burocrático, sin un atisbo conceptual serio, ni sólido, ni estimulante, ni iluminador de nada. Plano, seco, insulso, inservible, inútil, impostado. ¡Tan parecido al lenguaje del propio Sánchez!

Todo indica que el aspirante a doctor descubrió un día que "la diplomacia económica" era algo "muy modelno", y pensó que con ese concepto podía abrirse camino dentro del mundo académico como experto en algo que ni él sabía lo que era: “Tengo que escribir unas notas sobre diplomacia económica, alguien puede aconsejarme literatura económica para leer? Gracias”, pidió con impúdica ingenuidad en twitter un año antes de acabar su tesis. Parece claro que ni la había empezado. ¡Literatura económica! Mira que no hay libros... Nada de extraño que en este pastiche ilegible quepa todo, de la "Promoción de la Cerámica" al "Distrito Aeronáutico de Sevilla" o "El Plan Japón del Ayuntamiento de Madrid", "temas"a los que dedica más de medio centenar de páginas.

Presentado todo, además, de manera zarrapastrosa, con faltas de sintaxis y puntuación, con un sistema de citas (cuando no plagia), cochambroso, fuera de cualquier norma académica. Las repeticiones, reiteraciones textuales y de contenido son asfixiantes a lo largo de este batiburrillo, recopilación atrabiliaria de documentos copiados, traspuestos y plagiados. (Hay párrafos de doce líneas copiados literalmente hasta tres veces en capítulos distintos).

Porque todo el texto está plagado de plagios, plagio de citas sin determinar la fuente, o sea, apropiadas indebidamente (el plagio es un robo intelectual), pero también plagio de ideas, tantas que resulta imposible determinar con precisión la fuente, aunque rastreables a partir de la embarullada bibliografía presentada.

La pregunta es: ¿quién le otorgó a Sánchez la previa y obligada "suficiencia investigadora"?¿Ha realizado los cursos de doctorado? ¿Alguien lo ha comprobado? Dudo que haya podido pasar el filtro obligatorio de al menos media docena de profesores, cuando muestra ser académicamente un tarugo de tomo y lomo (por lo de la encuadernación, al menos). Item plus: ¿cómo una engañifa de este calibre ha sido aprobada "cum laude" por un tribunal? ¿Y cómo no están todos ya, empezando por el plagidoctor, inhabilitados, despojados de su título y fuera del ámbito universitario? ¡A hacer trampas a la rue!

Que un personaje así, fabricado artificiosamente mediante el engaño, la impostura, la mentira y el descaro, haya llegado a Presidente del Gobierno, y que todavía no haya dimitido, ni la oposición ni nuestro Parlamento le hayan obligado a dimitir, eso dice mucho más, repito, sobre la degradación de nuestra democracia que miles de estudios y análisis y estadísticas. ¡Y no hemos dicho nada sobre Cataluña!


sábado, 13 de octubre de 2018

ENTRE MI YO Y MI EGO



Hace tiempo me inventé una máxima que necesito recordarme cada poco: "Confía más en ti mismo y menos en tu ego". Los filósofos, psicólogos y (sobre todo) psicoanalistas, se han hecho mucho lío con esto del sujeto, el yo, el ego y el sí mismo. Han escrito cosas muy serias y sesudas, pero también muchas chorradas, desde Kant a Lacan (perdón por la aliteración). Yo simplifico, que el arte de pensar consiste muchas veces en hacer simple lo complejo y enigmático lo simple.

Empecemos distinguiendo el "yo" del "ego". Digamos que el yo es la conciencia que tengo de mi mismo como un ser individual, distinto y separado del mundo. El yo es la percepción de mí mismo: mi realidad corporal, emocional, existencial, física y vital. El yo es la conciencia de lo que soy. Uso el verbo ser para expresar el hecho de mi continuidad, de mi existencia como algo permanente, con independencia de la lenta transformación que mi cuerpo va experimentando. Como Yahvé, "yo soy el que soy".

El ego es algo distinto. El ego es una construcción imaginaria, la imagen idealizada de mi mismo. Una imagen interiorizada y con la que me identifico, dotada de rasgos únicos y excepcionales (superdotada, diríamos), lo que permite al sujeto sentirse siempre importante y superior a los demás (al menos en algo). El ego es, por su propia naturaleza, supremacista.

Y narcisista. Se construye muy tempranamente, antes que el lenguaje, en la fase del espejo (Freud) y se sostiene a través de la mirada del otro (la madre). Dada su naturaleza especular e imaginaria, frágil e inconsistente, necesita constantemente la reafirmación del otro, la aprobación del otro, para sostenerse. El ego es el yo imaginario, no el yo real. El yo real acepta lo que es, no se deja engañar por lo que imagina ser. Es muy distinto identificarse con el yo real que con un yo imaginario.

El yo y el ego se mezclan y confunden, pero es muy sano diferenciarlos.Porque yo no soy mi ego. Mi ego forma parte de mí, pero no es más que un sucedáneo de mí mismo. Yo soy mucho más que mi ego. Lo necesito, pero como sirviente, no como amo. Yo no estoy al servicio de mi ego, sino que mi ego ha de estar al servicio de mí. Somos seres escindidos. Peleamos contra nosotros mismos: el ser que somos (mortal, insignificante) contra el ser que imaginamos ser (inmortal, importante). 

Estamos siempre pendientes de adular al ego, de no ofenderle, de darle coba. Al nuestro y al de los otros. Y esto es agotador. Y tóxico, y enfermizo. Valórame por lo que soy (lo que hago, lo que digo, lo que pienso, lo que siento), no por lo que imagino ser. El primero que necesita liberarse de la tiranía de su ego soy yo. Por eso agradezco a quienes me ayudan a bajarle los humos a mi ego. Porque el verdadero aprecio, afecto, amor, nace de reconocer el yo del otro, no de alimentar su ego. Ayudar a que confíe en su yo, en su ser, no en su fantasía de ser. Yo no rindo pleitesía a un fantasma, no adoro a un fantasma que se cree Dios.

El ego es muy frágil, se encoje y asusta por nada. Está siempre en estado de alerta, no tolera el más mínimo fracaso. Cualquier cosa le ofende porque es débil. Y si llega a hacerse fuerte ante los demás, entonces se convierte en tirano: utiliza a los demás para imponer su ley. Por eso la relación con los otros es siempre conflictiva, porque el que toma las riendas, la iniciativa, suele ser el ego.

Egos contra egos: todos ponen por delante a su ego, la imagen de sí mismos, su importancia personal. El ego vive de sentirse importante. Visto desde fuera, todo esto es disparate, desatino. Un espectáculo cómico. Sus consecuencias, en cambio, son dramáticas. En todos los ámbitos, personales, profesionales y también políticos. La política exacerba los egos, vive de alimentar los delirios del ego. Imposible luchar contra eso. Contra los egos chocan los proyectos más nobles, los más lúcidos, los más racionales y necesarios. Por eso toda política está condenada al fracaso.

La vida, en cambio, es el reino del ser. Sólo existimos y avanzamos porque, pese a todos los delirios del ego, nuestro yo, nuestro ser real, mortal y limitado, acepta su condición, confía en su poder y actúa, y al actuar, transforma el mundo, empezando por sí mismo.