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lunes, 31 de enero de 2011

EL MANIFIESTO DE LOS 2.300

(Foto: Jep Flaque)
Hace treinta años escribí un Manifiesto que tuvo una gran repercusión en Cataluña y España. Una plataforma, Impulso Ciudadano, va a celebrar este aniversario con un homenaje a los que impulsamos este Manifiesto. Ha salido un primer artículo sobre el tema, que seguramente dará lugar a muchos más, avivando la polémica y la discusión crítica sobre el problema de la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña. Lo reproduzco a continuación para quien le interese.

Cataluña
El «Manifiesto de los 2.300», presentado en marzo de 1981, sigue plenamente vigente
MARÍA JESÚS CAÑIZARES / BARCELONA
Día 31/01/2011
ABC
«La tierra no tiene lengua, la tienen las personas». Quien así habla es Santiago Trancón, un profesor de literatura nacido en Valderas (León) quien hace treinta años decidió abandonar Cataluña debido a una presión lingüística que comenzaba a hacerse insoportable. Se fue, sí, pero no sin antes luchar, pues fue el redactor del denominado «Manifiesto de los 2.300», por ser éste el número de personas que firmaron un documento en favor de los derechos lingüísticos y en contra de la marginación del castellano.
Los impulsores de este manifiesto, presentado ante la opinión pública el 12 de marzo de 1981, pertenecían a un amplio espectro ideológico, aunque muchos de ellos estaban vinculados al PSOE. Por aquellas fechas, el Gobierno de Jordi Pujol preparaba la aprobación de la primera ley de política lingüística —posteriormente sería endurecida en 1998— y acababa de producirse el intento de golpe de Estado. «Por eso, cualquier crítica al nacionalismo era interpretada como una manifestación de la ultraderecha. La igualdad lingüística no era, ni es, un problema de derechas o de izquierdas. Por eso sólo hemos encontrado defensores circunstanciales como PSOE o PP, que han abogado por el bilingüismo cuando les ha convenido». De ahí que considere Ciutadans como «un fenómeno insólito, aunque también haya cometido errores».
Trancón, que actualmente vive en Madrid, cree que las recientes sentencias del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto o las del Tribunal Supremo, que avalan a los padres que quieren escolarizar a sus hijos en castellano, «demuestran que teníamos razón y la tenemos ahora». Califica de «estupidez», entre otras cosas, el sistema de multas lingüísticas, pues en su opinión «el catalán tendría más posibilidades de inclusión social sin imposiciones».
Treinta años después, el «Manifiesto de los 2.300» sigue plenamente vigente, por lo que la plataforma Impulso Ciudadano, presidida por el ex diputado José Domingo, ha organizado para el próximo 12 de marzo un acto de celebración de ese aniversario en el que participarán algunos de los firmantes. El empeño del gobierno de Artur Mas en desobedecer las resoluciones judiciales justifica, según los organizadores, esta reivindicación.

viernes, 28 de enero de 2011

LA MUERTE DE VIRGILIO

(Foto: S. Trancón)
Hace años (1990) leí La muerte de Virgilio, del judío Hermann Broch. Como entonces yo no tenía ordenador, copié a mano una página, que transcribo ahora:

Espinas, escamas, plumas, mezcladas en una indiferenciada unidad vegetal y sobre su manto reposa la mirada de la serpiente, y en su ojo yace yerto el sol, caído y fatigado como un perro. Como saliendo de un huevo, huevo nocturno, huevo solar, la aurora, rompiendo la cáscara vegetal del horizonte hasta ese momento invisible; se rompe la cáscara y lanza polvo de nubes rojo, sangre volátil del gran murciélago de la noche, sus alas de espanto retiradas, enmohecidas. Porque duermo un gran sueño y dentro del gran suelo una gran pesadilla, y dentro de la gran pesadilla hay un trozo de pequeña roca en la que estoy subido como un lagarto, las aguas inmensas, infinitas a mi alrededor. Quiero dar un salto hacia más allá de las aguas, en la tierra firme llena de escamas y plumas y dormirme de verdad en la indiferenciada unidad vegetal del mundo.

No sé cuántos hemos leído este libro, no sé cuántos lo estarán ahora leyendo. Sospecho que pocos. Sin embargo, basta ver esta página para darnos cuenta de que se trata de un autor que está por encima de cualquier moda, que su libro es de los que se pueden leer durante toda la vida, y siempre con provecho.

Como apenas tiene argumento, se puede abrir por cualquier parte, leer unas cuantas páginas y disfrutar con la sublime riqueza de las metáforas, imágenes y sugerencias poéticas.

Virgilio, a punto de morir, quiere destruir la Eneida. Está inacabada, no le parece que haya alcanzado la belleza y perfección que debería y, además, será utilizada por el poder, alejándola de su único propósito, iluminar la verdad.

Morir es pasar de un sueño a otro, de una pesadilla a otra, romper la cáscara del huevo nocturno, subirse a una pequeña roca como un lagarto, dar un salto en las aguas inmensas y luego volver a dormirse entre escamas y plumas en la indiferenciada unidad vegetal del mundo.

jueves, 20 de enero de 2011

IMAGINACIÓN Y FANTASÍA

(Fotos: Agustín Galisteo)
Podemos distinguirlas. La imaginación nace de la percepción de la realidad y trata de proyectarse sobre a ella, transformándola. La fantasía nace de la pura actividad imaginaria del cerebro y no tiene en cuenta la realidad. La imaginación mira hacia afuera, el exterior. La fantasía, hacia el interior, trata de crear una realidad autónoma.
Naturalmente, pueden mezclarse y confundirse, pero ahora me interesa más distinguirlas. Una y otra se basan en una cualidad básica del cerebro humano: la memoria visual.

Aunque suelen confundirse, su distinción es muy útil para entender y valorar las obras artísticas y, más en concreto, las literarias.

La imaginación no pierde nunca de vista la realidad. Parte del hecho de que toda realidad es real y ficticia a la vez, o sea, que nuestra percepción del mundo tiene un fundamento real, pero al mismo tiempo es una interpretación y construcción imaginaria. Esto lo explica con claridad la física cuántica.

Consciente de que necesitamos de la imaginación para construir la realidad, la literatura crea mundos ficticios e imaginarios, pero siempre, de algún modo, conectados con un mundo real (un mundo posible). Por eso exigimos a la literatura que los mundos posibles y ficticios que crea, sean verosímiles.

En mi libro Teoría del teatro aclaro mucho más el tema (páginas 106 a 136), pero aquí me bastará con una cita de Aristóteles: “Lo inverosímil no es creíble, y lo increíble no persuade ni mueve”.

La literatura crea, mediante la imaginación, mundos internamente coherentes y verosímiles, creíbles. No es lo mismo que reproducir mundos reales o realistas. En el mundo real (cotidiano) nos guiamos por la verdad; en el mundo de la ficción literaria, por la verosimilitud.

La fantasía, la imaginación fabulosa, no tiene en cuenta los mundos reales ni la verosimilitud. No busca descubrir ninguna realidad oculta, ni construir ficciones que iluminen, transformen o cambien nuestra percepción del mundo, sino simplemente evadirnos, entregarnos a la pura actividad imaginativa sin atender a leyes internas ni límites de coherencia o verosimilitud. Esta actividad cerebral más o menos desinhibida, tiene un peligro: la pura arbitrariedad e incoherencia nos cansa. Si todo puede ser de cualquier manera, pues carece de interés (algo parecido pasa con la llamada “escritura automática” y explica el fracaso literario del surrealismo puro).

Se suele decir que la infancia es el reino de la fantasía. No estoy de acuerdo. A los niños no les gusta la fantasía; más bien la rechazan. No quieren vivir en un mundo falso, fabuloso, sino real. Se frustran cuando aquello que imaginan resulta ser sólo fantasía.

A mí la literatura puramente fantástica me deja indiferente. Yo quiero, como los niños, vivir en un mundo real. Lo que no me gusta es el mundo de la realidad cotidiana, ese mundo tan limitado, donde la imaginación tiene muy poco que hacer. No me gusta fantasear, me gusta hacer real aquello que imagino. Precisamente por eso la imaginación no tiene casi límites, como tampoco los tiene la realidad, que supera siempre a la imaginación y a la fantasía.
Porque para ver hay que imaginar. Y para oír. Y para pensar. Y para crear. Y para gozar. Y, por supuesto, para escribir.

sábado, 15 de enero de 2011

POESÍA Y CUERPO

(Foto: S. Trancón)
Soy un cuerpo que piensa y siente.
El cuerpo pesa y piensa.
El pensamiento sostiene y aligera el cuerpo.

Sin la ligereza del pensamiento el cuerpo caería por su propio peso. El sentir atrapa el pensamiento y lo une al cuerpo.
El sentir transforma en energía el pensamiento.
El sentir transforma el cuerpo en pensamiento.
El sentir transforma el pensamiento en cuerpo.

Soy un sentir que piensa.
Soy un pensar que siente.

No hay poesía sin pensamiento.
No hay poesía sin sentimiento.

La poesía es un pensar desde el sentir.
La poesía es un sentir desde el pensar.
La poesía es un cuerpo que piensa y siente.

La poesía lleva el pensar al límite de la sintaxis.
La poesía desborda los límites de la semántica.

La poesía intensifica y transforma el sentir.
La poesía ilumina pensamientos nuevos.
La poesía descubre nuevos sentimientos.

Pensamientos que aligeran el peso del cuerpo.
Sentimientos que iluminan el cuerpo.
Pensamientos y sentimientos que transforman el cuerpo.
Cuerpo que transforma y da vida al pensamiento.
Pensamientos que sienten.

Un sentir pensando.
Un pensar sintiendo.
Un cuerpo transfigurado por el sentir.
Un sentir iluminado por el pensamiento.

domingo, 9 de enero de 2011

UMBERTO ECO SIMONINI

(Foto: Daniel Montero)
Pensaba leer el último producto (comercial) de Umberto Eco, El cementerio de Praga. Por casualidad, cuando me acerqué a la FNAC para comprar El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela, encontré un folleto de propaganda que reproducía una conferencia de Eco titulada “Construir al enemigo”, que el editor difunde como un “exquisito preámbulo” a la novela. Lo leí y ya, definitivamente, se me quitaron las pocas ganas que tenía meterme en El cementerio.

Nos explica Eco la tesis del libro, que resume así: Disponer de un enemigo es importante, no sólo para definir nuestra identidad, sino también para dotarnos de un obstáculo ante el cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al enfrentarnos a él, nuestro propio valor”. Concluye que, si no tenemos un enemigo, hemos de construirlo (o inventarlo).

Acabé de leer la conferencia, trufada de citas y erudición redundante, y lo que presuponía un punto de partida para una crítica más enjundiosa, resulta que no, que toda la acumulación de derribos históricos le servía para remachar su idea, convertida así en “necesidad connatural incluso al hombre tranquilo y amigo de la paz”. Y concluye: “No se puede estar sin un enemigo. La figura del enemigo no puede ser abolida por los procesos de civilización”. Vamos, que el hombre es un lobo para el hombre, y ahí se acaba todo el discurso filosófico, psicológico y moral sobre el asunto.

Pues no, no me interesa seguir las peripecias del capitán Simonini, protagonista del invento y portador de tan original y lúcida tesis. Para ese viaje no necesito tantas alforjas cargadas de pesada exhibición y la pedantería.

Porque yo no creo en ese burdo axioma, por más que la historia está llena de ejemplos a su favor. Yo no necesito ningún enemigo para definir mi identidad, lo siento señor Eco. Primero, porque mi identidad no es nada sólido y permanente, y segundo, porque para tomar conciencia de lo que soy, me basta con tomar conciencia de lo que hago y siento, y ahí, lo que encuentro es al otro, la necesidad del otro, pero no la necesidad de mi enemigo. Del mismo modo, tampoco creo necesario que para construir una comunidad social (incluso un Estado o una Nación), se necesite tener enemigos externos o internos. El señor Umberto se burla de esta posición: "Seamos realistas. Estas formas de comprensión del enemigo son propias de los poetas, de los santos y de los traidores".

Cuando el otro se convierte en problema, incluso en enemigo, yo no necesito demonizarlo y despreciarlo, retarlo y vencerlo, sino establecer leyes democráticas para defenderme. Para ello necesito, incluso, entender la diferencia y la posición del otro, no alimentar el enfrentamiento y la lucha, como el señor Eco acaba defendiendo: “La guerra constituye una válvula de escape para las vidas en excedencia”, asegura, entre otras simplezas.

No sé si es pura provocación, un modo de llamar la atención para poder vender más “Cementerios”. Puede que sí, pero cuando uno de los referentes intelectuales de la Italia actual dice lo que dice, uno empieza a comprender algo de lo que el régimen de Berlusconi significa y en qué postulados se basa.
Yo a lo que más le temo es al contagio (intelectual y político).

domingo, 2 de enero de 2011

VERSOS FALLIDOS

(Foto: S. Trancón)
El culto al subjetivismo causa estragos, especialmente en el mundo de la poesía. Hay que repetir que no todo lo subjetivo vale. La poesía nace de una experiencia subjetiva, pero, una vez escrita y publicada, se convierte en objetiva y, como tal, puede ser analizada y valorada.

Del culto al yo se pasa irremediablemente al culto a la persona. Convertido alguien en gran poeta, adquirido un nombre, ensalzado como “figura” literaria, la sociedad le inviste de un halo de intocabilidad reverencial y empalagosa.

Pero el más grande autor puede escribir versos fallidos, desvaríos, insulseces. Si renunciamos a la crítica, al criterio y el análisis, el gusto literario acaba pervirtiéndose y los nuevos poetas pierden el rumbo y acaban creyendo que lo que importa es escribir rarezas.

Hago estas reflexiones porque he empezado a leer un interesante ensayo de Manuel Cruz (Las malas pasadas del pasado) y me topo en la primera página con una cita de Ángel González, un buen poeta, en general, pero al que se le iba de vez en cuando la vena poética y escribía cosas tan desafortunadas como ésta que se cita:
Nada es lo mismo, nada
permanece.
Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se repiten.

(Glosas a Heráclito)

La ocurrencia es de pésimo gusto. Asociar la sangre de la morcilla (palabra de por sí cargada de una sonoridad que la inutiliza para cualquier sutileza) con la sangre de los muertos en guerras del pasado para decir que todo se repite, es meterse en un cenagal asociativo insalvable. Pero pasa por ocurrencia ingeniosa cargada de conciencia crítica…

Otro tanto diríamos de algunos ripios famosos. Hoy, afortunadamente, hemos educado el oído para que detecte de inmediato la rima ripiosa y la deteste. Por ejemplo, aquello de Machado, escrito sin duda después de una mala noche:
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.


O lo de otro gran poeta, Miguel Hernández, en aquella Elegía dedicada a la muerte de su amigo Ramón Sijé:
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
O:
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.


Que el cuerpo muerto del amigo “estercole” la tierra o uno pise “rastrojos de difuntos” no son imágenes poéticas muy afortunadas, así como eso de ir “de mi corazón a mis asuntos”.

La falta de criterio y gusto parece haberse adueñado del mundo de la poesía. Leo los poemas premiados en una página web, prestigiosa por sus casi siempre acertadas críticas (http://criticadepoesia.blogspot.com/). Me desconcierta el criterio con que han sido elegidos versos de este tipo:
Escucha, aún no
cae: prosigue ahora el sueño
de las plantas adoptado por el último perito
parvulario que pasó a mejor
postor.
(Daniel Aguirre, Vuelve usted ayer)
No entiendo (porque no hay nada que entender) qué ha querido el autor decir con eso de “perito parvulario que pasó a mejor postor”. No me gusta, y no significa nada.

O estos otros versos de otro de los premiados:
regreso a la ciudad
de los andenes impasibles
para escollarme noche,
miel talada
de su infancia de helechos y metales.
(Ciudad ciega, Carlos Frühbech)
“Andenes impasibles para escollarme noche”, o “miel talada” no son más que rarezas semánticas sin sentido ni interés alguno.

La poesía es el refugio, reserva y semilla de la lengua. Si perdemos el sentido del ritmo, de las imágenes, la sensibilidad para detectar la reverberación de la palabra o la capacidad evocadora y creativa del verso, la mente se convierte en un hormigueo de sonidos destartalados, insensatos, hojarasca, cháchara, impostura. Los versos fallidos no son sólo malos versos, sino perniciosos, contaminantes.