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viernes, 9 de noviembre de 2018

DEL "PROCÉS" AL PROCESO


El separatismo catalán nunca ha sido un problema catalán, sino de España. Ha sido -y es- un error decisivo analizarlo y circunscribirlo a Cataluña, porque esto supone aceptar, de entrada, una falacia inaceptable: la existencia de una Cataluña como realidad separada, diferenciada y diferente de la realidad de España. Ni existe ni ha existido nunca esa dualidad Cataluña/España que se ha instalado en la mente de casi todos.

Pero, además, es un error porque todo lo que pasa en Cataluña repercute en el resto de España, y al revés, lo que pasa en el resto de España explica lo que sucede en Cataluña. Si esto ha sido así desde el Imperio Romano (en que ni existía Cataluña ni España), mucho más desde 1714, y no digamos desde que Franco entró triunfante en Barcelona. Lo que sí puede comprobarse, al menos desde el siglo XVIII, es que la burguesía catalana ha logrado algo verdaderamente insólito: mezclarse con toda la burguesía y oligarquía española al mismo tiempo que mantenía su sentido de posesión y dominio sobre un territorio, Cataluña.

Si la oligarquía y burguesía catalana ha logrado siempre obtener privilegios "internos" (exenciones, aranceles, inversiones, industrialización, etc.) ha sido por tener, al mismo tiempo, un gran poder e influencia en España. Basta revisar la presencia de catalanes en todos los gobiernos e instituciones franquistas, por referirnos al periodo más reciente. Pero ha sido sobre todo durante la democracia cuando este poder catalán ha llegado a ser determinante del rumbo de España, hasta el punto de que nunca ha estado más cerca de lograr su objetivo último: disolver la realidad de España en un conglomerado de "naciones" más o menos "federadas" sobre las que Cataluña ejercería su indiscutible hegemonía.

Esto no es un delirio ni fruto de una pesadilla: nunca ha estado España más cerca de desparecer como nación. No es una hipótesis de futuro, sino un proyecto ya iniciado y bastante avanzado. Porque ya hemos pasado del procéssecesionista de Cataluña al proceso disgregador de España. O lo que es lo mismo: del golpe de Estado en Cataluña, al golpe a la democracia en toda España, un golpe de Estado camuflado, cuya manifestación más insidiosa es ese "golpe de Estado ideológico" que impone, desde la "ideología de género" o la "memoria histórica", el desprecio de los símbolos nacionales o la persecución de la lengua común.

"Golpe" es hoy una palabra equívoca, porque alude a un momento inicial brusco, concentrado y, por lo mismo, transitorio, que solo tiene dos posibilidades: el triunfo o el fracaso. Si mantenemos hoy la palabra es para destacar lo principal: la voluntad clara de cambiar radicalmente el orden político establecido para imponer otro. Históricamente esto siempre se ha llevado a cabo con violencia, de modo rápido y cruento. Hoy estamos asistiendo a otro tipo de golpe de Estado, coactivo y violento (hay muchas formas de violencia), pero no cruento, silencioso, continuado. No un "golpe", sino sucesivos "golpes": proceso.No llevado a cabo sólo en Cataluña por los separatistas supremacistas, sino en toda España por los plurinacionalistas, federalistas, populistas e independentistas de todo pelaje.

Ante este negro panorama, la pregunta más importante es: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Hay muchas explicaciones, pero yo voy a esbozar una: por la enorme influencia del "poder catalán" en el diseño y evolución de nuestra democracia desde el minuto cero (e incluso antes). El proyecto estratégico disgregador de ese poder encontró enseguida un personaje excepcional, quiero decir excepcionalmente dotado para urdir un entramado corrupto de intereses, favores, cesiones, apoyos, silencios y engaños. Me refiero a Jordi Pujol, el personaje más importante de cuanto ha ocurrido en España en los últimos 40 años.

Pujol fue capaz de enredar, con sus artimañas y su concepción de la política como el arte de la amenaza, el engaño y el disimulo, no sólo a Felipe González y Aznar, sino a todos los poderes del Estado, empezando por la monarquía. Partiendo de un momento especialmente difícil, confuso y turbulento (franquistas, militares, ETA...), Pujol logró erigirse en el elemento estabilizador decisivo del inestable equilibrio político y, a partir de ahí, maniobró, sobornó, engañó, amenazó... Logró que todos quedaran, de un modo u otro, "atrapados" en su red mediante un arma fundamental: el espionaje, los dosieres, la prevaricación y la corrupción.Montó un poderoso sistema de inteligencia a su servicio, después de lograr desmantelar el CESID en Cataluña.

¿Se acuerdan de aquello de "caurantots"?Si vas segant, diguem, la branca d’un arbre al final cau tota la branca, tots els nius que hi han: No és que després caurà aquell d’allà! Aquell d’allà que… No, no…, és que després cauran tots!” ¡Caerán todos, todos, no uno aquí y otro allá, sino todos..! Caerá el árbol entero, amenazó enfurecido en el Parlamento catalán en septiembre de 2014. Y añadió: "Si todo hubiera sido tan corrupto, tan terrible y esos gobiernos tan incapaces, no se hubiera aguantado, y eso condenaría a toda la política catalana". Pues sí, aguantó, y precisamente por eso, porque toda la política catalana ha sido "tan corrupta y tan terrible". En el colmo de su cinismo y descaro dijo también: "No he estat un polític corrupte. Era un home amb molts diners, però vaig dedicar la meva vida i els meus recursos a construir Catalunya".Vamos, que sacrificó su vida por Cataluña, y todo por una minucia, unos miles de millones.

Ya estaba todo esto anunciado en aquel Programa 2000que se destapó 1990, en el que Pujol planificó minuciosamente catalanizar hasta el último rincón de la sociedad civil, cultural, política y administrativa de Cataluña con el claro objetivo de "alcanzar su soberanía" y convertir a "Cataluña (Països Catalans) en el centro de gravedad del sur de la CEE". La llegada de Sánchez a la Moncloa, con todas sus concesiones al separatismo independentista (la última: negar el delito de rebelión) hay que entenderla dentro de este marco general. Es sin duda un salto hacia adelante en esa estrategia general perfectamente definida. Un pequeño paso para Sánchez, y un gran paso para el proyecto separatista.

¿Cómo entender, si no, que nadie de la familia Pujol, a pesar de estar todos inculpados, haya pisado todavía la cárcel? ¿Cómo entender los silencios de Aznar y Felipe González, desde el escándalo de Banca Catalana a los Pactos de Majestic? ¿Cómo entender que los poderes fácticos, empresarios, periodistas, banqueros, magistrados...? Pujol ha conseguido que la corrupción se haya convertido en secreto de Estado.¿Hasta cuándo?¿Cómo parar este proceso disgregador, que aprovecha la conjunción fatal de la crisis económica y política para acabar con nuestro Estado democrático? Es necesario un verdadero plan estratégico general, que una todas las fuerzas y recursos de la sociedad española para, con total claridad y determinación, iniciar un proceso que revierta todo aquello que ha avanzado gracias a la ceguera, el entreguismo y el derrotismo de nuestros máximos responsables políticos y económicos, muchos de ellos atrapados en una red de corrupción, claudicación, cobardía y proteccionismo mutuo que ha llegado a un nivel insoportable. ¿Quién asumirá e impulsará esta urgente tarea? ¿Quién tendrá el coraje de llevar a cabo este proyecto apremiante e inaplazable?

martes, 30 de octubre de 2018

LA ECONOMÍA Y LA DERECHA


Soy hipersensible a la simetría. Enseguida veo un ojo más pequeño que otro, una mandíbula ligeramente desencajada hacia un lado, la mitad de un labio superior que se va hacia la nariz... Durante un tiempo me persiguió la asimetría facial de Xavier Domènech, ese que se morreó en el Congreso con Pablito Iglesias, que también arrastra su asimetría corporal con andares oscilantes (hombros encogidos arriba, barriguita incipiente abajo, melena encoletada buscando el medio de la espalda). Bueno, quiero decir que, si en mi anterior bicolumna hablé de la economía y la izquierda, hoy me toca divagar sobre la economía y la derecha. Y así como empecé mi anterior diciendo que la izquierda se arma mucho lío con la economía, digo ahora que la derecha, por el contrario, no tiene problema alguno con la economía.

Como la izquierda, la derecha tiene también su ley reduccionista del mundo: ganar dinero, y cuanto más, mejor. Poco le importan las leyes y estructuras económicas, las contradicciones sociales y demás entretenimientos de los economistas. Si se adorna con terminología economicista es para ocultar lo único que le interesa: la obtención y acumulación del máximo beneficio, al que considera el fundamento del orden social. Se parapeta en la economía como realidad abstracta y neutral, y habla de crecimiento como sinónimo de progreso, y progreso como bienestar para todos. Así de simple.

La derecha supone que toda riqueza es fruto del talento y el esfuerzo individual, y no repara en que existen otros factores, como es la condición económica heredada, el privilegio y la existencia de leyes que protegen y aseguran la desigualdad impuesta, el abuso, la explotación y el aprovechamiento del talento, el tiempo y la fuerza de trabajo de otros. Y sobre todo: que sin el Estado, su poder y riqueza se vendrían enseguida abajo. Aquí es donde yo veo flaquear más a la derecha, pues, mientras enfatiza la iniciativa individual y predica contra el Estado como elemento distorsionador de la "libertad de mercado", usa al Estado como su principal valedor, poniéndolo siempre que puede a su servicio. La derecha es siempre, diga lo que diga, proteccionista. Sin el Estado, repito, no sería nada.

Porque nunca pone en el balance de sus éxitos todo aquello que le debe al Estado: desde la preparación de la mano de obra (educación, formación), a la salud de sus trabajadores (sistema sanitario), la seguridad (jurídica, ambiental, social), la protección del territorio, infraestructuras, comunicaciones, redes internacionales, normas que regulan las relaciones sociales y, en general, todo lo que asegura la paz social, sin la cual no hay negocio posible. Hoy todos necesitamos de la existencia de un Estado poderoso, eficaz y protector, aunque sea algo mastodóntico y muchas veces inútil (este es otro grave problema que, por cierto, ni derecha ni izquierda quieren afrontar).

Dicho lo dicho, y dicho que enriquecerse, no sólo es legítimo, sino que quizás sea hoy el estímulo más eficaz de la actividad humana, el asunto más importante es equilibrar la función del Estado de tal modo que, no sólo asegure la igualdad efectiva de oportunidades (eliminando todo tipo de proteccionismo y privilegio), sino que actúe en función de un principio de justicia equitativa, que suele confundirse con el de justicia redistributiva: que cada cual contribuya al bien común en función, no tanto de lo que tiene o gana legítimamente, sino de lo que recibe. Quiero decir que, más que "redistribuir la rIqueza" para que todos tengamos lo mismo, se trata de que "quien más recibe, más pague". Si hacemos un balance, parece claro que quienes más "reciben" del Estado son quienes más tienen (este principio vale también para que quienes menos tienen, no abusen del Estado).

Me rondan estas ideas a propósito de ese gran mito moderno, la economía como realidad sagrada, inaccesible para los ciudadanos de a pie, como es mi caso. Parto de que el discurso económico es hoy, ante todo, un arma de propaganda y legitimación política. Porque la economía es siempre política, y así lo entendió y explicó Marx.Incluso Stuart Mill dijo que “ningún problema económico tiene una solución puramente económica”. Aquí, tanto la izquierda clásica como la derecha, son incapaces de afrontar radicalmente el problema de fondo, que no es el capitalismo y el mercado, sino el mercantilismo y el desarrollismo insostenible actual: qué se produce y cómo, cuáles son sus efectos en el bienestar, la salud, el medio ambiente, las relaciones sociales, el progreso cultural y humano. De esto, unos y otros, ni pío.

LA ECONOMÍA Y LA IZQUIERDA


Se arma mucho lío la izquierda con la economía. Nacida de un discurso racional riguroso (el marxismo, basado en el materialismo filosófico), ha acabado, sin embargo, desnortada, incapaz de encarar la realidad cambiante del capitalismo. No ha salido del reduccionismo de "la lucha de clases", al que va colocando sucesivas etiquetas (ricos/pobres, casta/pueblo, etc.). Pero ni siquiera esto: puestos a reducir el mundo (la economía, el pensamiento, la moral, la política..., todo) a esa antítesis, vean cómo encabeza el gran acuerdo político la izquierda de los hermanos Picapiedra que nos quiere gobernar: "Después de 7 años de recortes y asfixia de los Gobiernos de Partido Popular (sic), nuestro país ha retrocedido en igualdad de oportunidades, en cohesión social, en libertades y derechos, en calidad democrática y en convivencia". 

Un burdo diagnóstico (recortes, asfixia) y un único culpable (el PP de Rajoy). Ni análisis de estructuras económicas, relaciones de producción y de poder, contradicciones ideológicas, ni nada: el mal en estado puro contenido en unas siglas frente al bien inmaculado encarnado en un gobierno de progreso. Caso omiso, ignorancia supina y lavado con aguarrás de cualquier reflexión sobre la influencia y dependencia de nuestra economía del resto del mundo, de la crisis económica general, de la globalización y demás nimiedades. Pero también, y esto es todavía más elocuente, ausencia de cualquier alusión a la responsabilidad de los gobiernos territoriales, especialmente a la sangría de Cataluña y el País Vasco, el coste de cuyos privilegios y política de apaciguamiento supera en miles de millones a todos los recortes habidos y por haber.

¿Retroceso en "igualdad de oportunidades"? ¿Se refieren a la "sumisión lingüística", la obligación de hablar en catalán, gallego o euskera en media España para conseguir un título o un puesto de trabajo? ¿Tienen hoy las mismas oportunidades niños, trabajadores, funcionarios, en cualquier lugar de España? ¿Y el recorte de "libertades y derechos"? ¿Hablan de la Cataluña de los hispanohablantes y no separatistas? La pérdida de "la cohesión social y la convivencia", ¿la ha provocado Rajoy el consentidor, con su entreguismo, su política fiscal y económica, calco de lo que habría hecho el PSOE, hasta en el aumento del gasto público y la deuda? ¡Pero aquí vienen los libertadores!

El documento presentado como tabla de salvación, es tan inane, tan superfluo y superficial que, ni aun en el supuesto de que se cumpliera al cien por cien, los efectos reales sobre la mayoría de españoles serían tan insignificantes que resultaría insultante el vendérnoslo como cambio ni solución de nada. Pero lo peor de todo es no tener en cuenta los efectos perniciosos que estas medidas puedan producir. Baste el ejemplo de la subida del salario mínimo: ¿se han previsto los efectos sobre la contratación a tiempo parcial de jóvenes, sobre los contratos temporales, sobre la economía sumergida, sobre los autónomos, sobre el aumento correspondiente de las cuotas de la Seguridad Social, etc.? Que el efecto más inmediato sea la subida del sueldo de los cargos de Podemos resulta un sarcasmo. Una medida aislada como ésta sólo sirve para hacer demagogia populista y no encarar los problemas de fondo.

Porque el problema es la indigencia mental, la incapacidad para pensar en verdaderas reformas, y en la cobardía para atajar los problemas en su raíz, el no atreverse a plantar cara a la actual estructura y el funcionamiento del Estado, el despilfarro de las autonomías, el gasto incontrolado de los cien mil chiringuitos que sostiene el Estado, desde organizaciones empresariales, partidos y sindicatos, a organismos públicos y semipúblicos parásitos, al ejército de asesores y enchufados, subvenciones a diestro y siniestro, el sobrecoste de la obra pública, la evasión y el fraude fiscal, el consentimiento de la economía sumergida y el mercado de falsificaciones, la corrupción y su metástasis larvada, la renuncia a recuperar la millonada entregada a los bancos para el "rescate" de las Cajas, el descontrol en el reparto de las ayudas públicas, etc.

¿Economía? Sí, la más elemental, la que se hace con sumar y restar. Hay dinero de sobra para sostener y mejorar el llamado Estado del Bienestar, pero ese dinero se va, se esfuma, se dilapida para mantener privilegios y prebendas (incluido el pago de intereses a los bancos alemanes), para sostener redes clientelares, para favorecer a oportunistas y verdaderos sátrapas especializados en vivir del Estado. ¿Capitalismo? ¡Ni eso! ¿Y la izquierda? ¿Qué izquierda, la defensora del bien común y los intereses de los trabajadores, o sea, de la mayoría? Ésa, ni está ni se la espera.

miércoles, 24 de octubre de 2018

PLAGIO Y MUCHO MÁS


Hay hechos que se convierten en radiografías del estado mental y moral de una sociedad. El escándalo de la falsa tesis de Pedro Sánchez es uno de ellos. Analizarlo, aunque sea superficialmente, nos da más información sobre la España de hoy que miles de estudios políticos y sociológicos. Por ejemplo, sobre el PSOE, su desvarío ideológico, el cinismo ilimitado de sus dirigentes, empezando por su líder; pero también sobre la "clase" política en general, la impostura y el descaro con que fabrica su imagen pública, el uso de la mentira y el engaño como instrumento "natural" para alcanzar el poder, primero dentro del aparato del partido y luego en las instituciones públicas.

Por ejemplo, también, sobre esa "clase" periodística (parte de ella) empeñada, no en descubrir la verdad, sino en servir a sus amos (la actitud de reconocidos periodistas defendiendo el "no plagio" del Presidente del Gobiernopasará a los anales del servilismo periodístico). O sobre la degradación de nuestra Universidad, cuyo pésimo funcionamiento ha facilitado la actuación impune de tanto saqueador. Pero también sobre el silencio de los corderos, esos ciudadanos creyentes que se adhieren a un partido o una causa con una fe a prueba de "plagios".

Porque este "trabajo" es cualquier cosa menos una tesis doctoral. No cumple los requisitos mínimos: ni por el contenido, ni por la forma, ni por la redacción y presentación. No es sólo que sea "cutre" o de baja calidad, es que es una falsa tesis, mera apariencia de tesis. No lo es porque ni define el objeto de investigación ni delimita su campo de análisis. Reto a cualquiera, empezando por el propio Sánchez, a que defina cuál es el objeto de su investigación, qué hipótesis plantea, qué demuestra, qué aporta de nuevo a la comunidad científica.

Todo es hojarasca, imprecisión, una acumulación descriptiva (no analítica ni interpretativa) de datos y generalidades inconexas, arbitrariamente elegidas, cuya principal misión parecer ser el rellenar páginas, presentado con un lenguaje administrativo y burocrático, sin un atisbo conceptual serio, ni sólido, ni estimulante, ni iluminador de nada. Plano, seco, insulso, inservible, inútil, impostado. ¡Tan parecido al lenguaje del propio Sánchez!

Todo indica que el aspirante a doctor descubrió un día que "la diplomacia económica" era algo "muy modelno", y pensó que con ese concepto podía abrirse camino dentro del mundo académico como experto en algo que ni él sabía lo que era: “Tengo que escribir unas notas sobre diplomacia económica, alguien puede aconsejarme literatura económica para leer? Gracias”, pidió con impúdica ingenuidad en twitter un año antes de acabar su tesis. Parece claro que ni la había empezado. ¡Literatura económica! Mira que no hay libros... Nada de extraño que en este pastiche ilegible quepa todo, de la "Promoción de la Cerámica" al "Distrito Aeronáutico de Sevilla" o "El Plan Japón del Ayuntamiento de Madrid", "temas"a los que dedica más de medio centenar de páginas.

Presentado todo, además, de manera zarrapastrosa, con faltas de sintaxis y puntuación, con un sistema de citas (cuando no plagia), cochambroso, fuera de cualquier norma académica. Las repeticiones, reiteraciones textuales y de contenido son asfixiantes a lo largo de este batiburrillo, recopilación atrabiliaria de documentos copiados, traspuestos y plagiados. (Hay párrafos de doce líneas copiados literalmente hasta tres veces en capítulos distintos).

Porque todo el texto está plagado de plagios, plagio de citas sin determinar la fuente, o sea, apropiadas indebidamente (el plagio es un robo intelectual), pero también plagio de ideas, tantas que resulta imposible determinar con precisión la fuente, aunque rastreables a partir de la embarullada bibliografía presentada.

La pregunta es: ¿quién le otorgó a Sánchez la previa y obligada "suficiencia investigadora"?¿Ha realizado los cursos de doctorado? ¿Alguien lo ha comprobado? Dudo que haya podido pasar el filtro obligatorio de al menos media docena de profesores, cuando muestra ser académicamente un tarugo de tomo y lomo (por lo de la encuadernación, al menos). Item plus: ¿cómo una engañifa de este calibre ha sido aprobada "cum laude" por un tribunal? ¿Y cómo no están todos ya, empezando por el plagidoctor, inhabilitados, despojados de su título y fuera del ámbito universitario? ¡A hacer trampas a la rue!

Que un personaje así, fabricado artificiosamente mediante el engaño, la impostura, la mentira y el descaro, haya llegado a Presidente del Gobierno, y que todavía no haya dimitido, ni la oposición ni nuestro Parlamento le hayan obligado a dimitir, eso dice mucho más, repito, sobre la degradación de nuestra democracia que miles de estudios y análisis y estadísticas. ¡Y no hemos dicho nada sobre Cataluña!


sábado, 13 de octubre de 2018

ENTRE MI YO Y MI EGO



Hace tiempo me inventé una máxima que necesito recordarme cada poco: "Confía más en ti mismo y menos en tu ego". Los filósofos, psicólogos y (sobre todo) psicoanalistas, se han hecho mucho lío con esto del sujeto, el yo, el ego y el sí mismo. Han escrito cosas muy serias y sesudas, pero también muchas chorradas, desde Kant a Lacan (perdón por la aliteración). Yo simplifico, que el arte de pensar consiste muchas veces en hacer simple lo complejo y enigmático lo simple.

Empecemos distinguiendo el "yo" del "ego". Digamos que el yo es la conciencia que tengo de mi mismo como un ser individual, distinto y separado del mundo. El yo es la percepción de mí mismo: mi realidad corporal, emocional, existencial, física y vital. El yo es la conciencia de lo que soy. Uso el verbo ser para expresar el hecho de mi continuidad, de mi existencia como algo permanente, con independencia de la lenta transformación que mi cuerpo va experimentando. Como Yahvé, "yo soy el que soy".

El ego es algo distinto. El ego es una construcción imaginaria, la imagen idealizada de mi mismo. Una imagen interiorizada y con la que me identifico, dotada de rasgos únicos y excepcionales (superdotada, diríamos), lo que permite al sujeto sentirse siempre importante y superior a los demás (al menos en algo). El ego es, por su propia naturaleza, supremacista.

Y narcisista. Se construye muy tempranamente, antes que el lenguaje, en la fase del espejo (Freud) y se sostiene a través de la mirada del otro (la madre). Dada su naturaleza especular e imaginaria, frágil e inconsistente, necesita constantemente la reafirmación del otro, la aprobación del otro, para sostenerse. El ego es el yo imaginario, no el yo real. El yo real acepta lo que es, no se deja engañar por lo que imagina ser. Es muy distinto identificarse con el yo real que con un yo imaginario.

El yo y el ego se mezclan y confunden, pero es muy sano diferenciarlos.Porque yo no soy mi ego. Mi ego forma parte de mí, pero no es más que un sucedáneo de mí mismo. Yo soy mucho más que mi ego. Lo necesito, pero como sirviente, no como amo. Yo no estoy al servicio de mi ego, sino que mi ego ha de estar al servicio de mí. Somos seres escindidos. Peleamos contra nosotros mismos: el ser que somos (mortal, insignificante) contra el ser que imaginamos ser (inmortal, importante). 

Estamos siempre pendientes de adular al ego, de no ofenderle, de darle coba. Al nuestro y al de los otros. Y esto es agotador. Y tóxico, y enfermizo. Valórame por lo que soy (lo que hago, lo que digo, lo que pienso, lo que siento), no por lo que imagino ser. El primero que necesita liberarse de la tiranía de su ego soy yo. Por eso agradezco a quienes me ayudan a bajarle los humos a mi ego. Porque el verdadero aprecio, afecto, amor, nace de reconocer el yo del otro, no de alimentar su ego. Ayudar a que confíe en su yo, en su ser, no en su fantasía de ser. Yo no rindo pleitesía a un fantasma, no adoro a un fantasma que se cree Dios.

El ego es muy frágil, se encoje y asusta por nada. Está siempre en estado de alerta, no tolera el más mínimo fracaso. Cualquier cosa le ofende porque es débil. Y si llega a hacerse fuerte ante los demás, entonces se convierte en tirano: utiliza a los demás para imponer su ley. Por eso la relación con los otros es siempre conflictiva, porque el que toma las riendas, la iniciativa, suele ser el ego.

Egos contra egos: todos ponen por delante a su ego, la imagen de sí mismos, su importancia personal. El ego vive de sentirse importante. Visto desde fuera, todo esto es disparate, desatino. Un espectáculo cómico. Sus consecuencias, en cambio, son dramáticas. En todos los ámbitos, personales, profesionales y también políticos. La política exacerba los egos, vive de alimentar los delirios del ego. Imposible luchar contra eso. Contra los egos chocan los proyectos más nobles, los más lúcidos, los más racionales y necesarios. Por eso toda política está condenada al fracaso.

La vida, en cambio, es el reino del ser. Sólo existimos y avanzamos porque, pese a todos los delirios del ego, nuestro yo, nuestro ser real, mortal y limitado, acepta su condición, confía en su poder y actúa, y al actuar, transforma el mundo, empezando por sí mismo.

sábado, 29 de septiembre de 2018

LA HORA DE LA INFAMIA


Estamos asediados, aturdidos, abducidos por eso que los medios de manipulación de masas llaman "actualidad política". No hay modo de quitárnosla de encima. Es como el zumbido de un enjambre sobre nuestras cabezas. En medio de tanto barullo no tenemos tiempo ya ni de indignarnos. Tratamos de guiarnos por un sentido elemental del orden y la justicia, pero es imposible asimilar tanta tropelía, tanta infamia, tanta mezquindad. Los nombres se amontonan cada día y ya no hay modo de llevar la cuenta ni de recordar sus apellidos. ¿Quién se acordará la próxima semana que hubo una ministra llamada Montón, que en su máster plagiado llegó a decir que "la maternidad es esclavitud" y "la familia la derrota de las mujeres"? 

¿O que el engolado, relamido y sobrevalorado ministro Borrell haya defendido, entre otras memeces, que los golpistas catalanes sería mejor que no estuvieran en la cárcel, y que las bombas que vendemos a Arabia Saudí, son tan humanitarias que "no producen efectos colaterales" porque "dan en el blanco que se quiere con una precisión extraordinaria"? ¿O que la ministra portavoz, de apellido Celaá, haya insistido en que las bombas "son láser de alta precisión y si son de alta precisión no se van a equivocar matando a yemeníes"?

¿Y si pasamos a la Tesis pedrusca, o sanchesca, simple engañifa, refrito o potaje indigerible, hojarasca de muy baja estofa, que un grupo de amiguitos de su mismo nivel intelectual calificó cum laude, en un ejercicio de endogamia degenerante, insultante y denigrante del prestigio académico de nuestras universidades? Y tanto da mirar hacia la izquierda oficial como hacia la derecha retrorrenovada, la de un Casado que tiene la consistencia de un globo de chiche, tan pronto divorciado de la realidad, porque lleva el pecado dentro de su zapato, y ya cojea y flaquea y mansea a ojos vista.

¿Y si miramos hacia esa pandilla de penenes podemitas que ha llegado por puro azar a la política creyéndose catedráticos eméritos de Harward? ¿O a doña Carmena, que parece querer convertirse en doña Croqueta de la política, que ha conseguido que Madrid esté todavía peor que estaba, por no girar hacia el este patrio, allá donde reinan y gobiernan los más eximios, fruto depurado del árbol fabuloso de la raza catalana, con la ayuda transitoria de esa lumbrera de ancha cara y poderoso cuello, que se les ha Colau? ¿La hora de los infames?

Infame es quien carece de crédito y honra, vil, malvado, indigno de ocupar el puesto o cargo que ocupa. Alguien que ha perdido toda credibilidad y reputación, y que debiera ser, cuanto menos, ignorado y apartado de cualquier responsabilidad pública. La infamia se construye con mentiras, engaños, bravuconadas de burofax, amenazas, intimidaciones, acuerdos secretos, cambalaches, traiciones y compraventa de voluntades, todo lo cual exige un ejercicio depurado de cinismo, de descaro, de desdén y desprecio de los principios morales más elementales. Inventarse currículos o alardear de títulos académicos de feria es la manifestación más abyecta de la impostura. Cuando en la vida política y pública lo que domina y predomina es este tipo de conductas, es que la democracia está degenerando, perdiendo su propia esencia y sentido.

viernes, 28 de septiembre de 2018

DEL DICHO AL HECHO


"Con frases no se ataca al Estado", ha sentenciado Carmen Calvo para exculpar la amenazante propuesta de Quim Torra: "No nos tenemos que defender de nada, hemos de atacar al Estado español". Nos aclara Calvo que "la política no se hace con frases, sino con hechos". Precisa que "cualquier medida constitucional requiere hechos jurídicos", o sea, que, mientras no haya "hechos jurídicos probados", Quim Torra y, por tanto, cualquier ciudadano, puede decir lo que quiera, donde quiera y como le dé la gana. Echemos abajo la mitad del Código Penal y, de paso, la Ley de Memoria Histórica y la de Igualdad de Género. Si con frases no se puede "atacar" a nada ni a nadie, ¿a qué vienen todas esas leyes que pretenden condenar hasta un piropo?

"Cabalgar" estas contradicciones es, por lo visto, algo normal y legítimo. Suscita inquietud el comprobar que la vicepresidente siga al pie de la letra la doctrina de Rajoy y el PP de "no intervención" en el caso de los constantes insultos y amenazas del independentismo catalán. Porque no: es absolutamente falso e insostenible que con palabras no se pueda "atacar". Sí se puede: atacar, ofender, insultar, amenazar, injuriar, intimidar, dominar, humillar...

Una frase no es nunca sólo una simple frase. Toda frase es la expresión de un deseo, una intención, un propósito, y se pronuncia para influir en el otro. Toda frase, no sólo "dice"algo, sino que "realiza" algo, produce algo, hace algo. La lingüística ha explicado ya hace tiempo que "decir es siempre hacer".Que no existe un decir que no sea, a la vez, un hacer. Por eso define el lenguaje como "actos del habla".

Es un disparate jurídico el anular la relevancia penal del decir reduciéndolo a un acto meramente subjetivo que se agota en la conciencia del hablante, un pensamiento interno que no tiene proyección alguna fuera de su cerebro. Porque hablar no es sólo pensar, sino expresar públicamente lo que se piensa, que a su vez es, para el receptor, expresión de lo que se siente y lo que que se persigue. Y más cuando se hace públicamente, ante cientos de personas, en un lugar y un contexto determinado que sirve para interpretar y valorar lo dicho, contexto en el que el acto de hablar realiza y lleva a cabo los efectos buscados, con el añadido de que hoy, mediante los medios, se puede ampliar ese contexto y sus efectos a millones de personas, y más si el hablante lo hace desde una posición de poder y representación simbólica excepcional, como es el caso de Torra y la Vicepresidente.

Nadie habla por hablar, o sea, sin intención ni propósito alguno: lo hace siempre para algo, aunque sólo sea para divertirse. Separar las palabras de los hechos es algo imposible. Esto no significa que las palabras realicen siempre lo que dicen. Eso depende de lo que se diga. Si yo insulto a alguien estoy realizando lo que digo, pero si grito ¡fuego! no quiere decir que yo esté provocando un incendio. Naturalmente, de las palabras a los hechos hay un trecho. Habría que añadir que casi siempre ese trecho es muy estrecho, y más cuando se trata de agitar, de impulsar, de animar a alguien o a una masa a que haga algo.


En contra de lo que dice Carmen Calvo la política se hace, sobre todo, con palabras, con frases, precisamente para evitar los hechos consumados, para impedirlos. Por eso no hemos de dejar pasar nunca palabras ni frases ofensivas y amenazantes, que incitan al odio, al ataque, a la subversión del orden democrático, como es el caso. Nunca las palabras son inocentes ni inocuas, producen efectos, o sea, hechos. Para evitar los hechos irreversibles hay que impedir el discurso que los hace posibles. Porque las palabras llevan a cabo una realización anticipada de los hechos. No se puede decir cualquier cosa sin que eso carezca de consecuencias sociales, políticas o jurídicas.

El decir es un arma política de primer orden. Dejar decir es dejar hacer. Parece increíble que a estas alturas, después de la experiencia del nazismo, por poner el ejemplo más trágico, no sepamos que las palabras son hechos, y que los hechos de incitación verbal son actos tan peligrosos como las balas o las bombas, porque llevan a ellas, porque crean las condiciones mentales, colectivas y psicológicas necesarias para que los actos finales tengan lugar. De una fase de preparación mental y psicológica se pasa a otra de agitación, visibilización y exhibición de fuerza (en la que ya estamos); por último, se produce el asalto a los resortes últimos del poder (el que quede por conquistar, claro).

domingo, 16 de septiembre de 2018

HISTORIA Y MEMORIA


La Ley de Memoria Histórica de Zapatero, y la revanchista ampliación llevada a cabo por Sánchez, se estudiarán como ejemplo de aquello que un Estado democrático jamás debe hacer: legislar sobre la conciencia, el pensamiento y los sentimientos. Porque ésta es la pretensión última de esta ley aberrante: imponer, no sólo una visión o un relato, sino un juicio, unos sentimientos, una interpretación y calificación moral de los hechos del pasado. Esta absurda imposición, de naturaleza totalitaria, prostituye tanto el concepto de historia como el de verdad, y hasta el mismo sentido de la democracia.

Partamos de una primera verdad, incontrovertible: el pasado sólo existe en nuestra mente, la realidad es irreversible, no hay modo alguno de resucitar el pasado, y menos a un cuerpo o a una momia. La muerte es un hecho último, y todo muere a cada instante, por más que nos empeñemos en conservarlo, recuperarlo o revivirlo. Cualquier conversión del pasado en presente no deja de ser una invención, un intento de construir una realidad imaginaria en sustitución de la realidad del presente.

Una segunda verdad es que el presente es tan complejo, contradictorio e imprevisible, que necesitamos dotarlo de cierto orden para darle sentido, y por eso no podemos evitar interpretarlo en función del pasado y como anticipación del futuro. Es aquí donde interviene la historia y la memoria, tanto personal como colectivamente. Así que podemos decir que sí, el pasado está aquí, pero sólo como interpretación, elaboración y reconstrucción imaginaria de unos hechos irremediablemente desaparecidos.

Dejemos la memoria personal que, como bien sabemos, está permanentemente reelaborando los recuerdos para acomodarlos a las necesidades subjetivas y emocionales del presente. Es el yo, la imagen personal y el concepto de sí mismo lo que está en juego en esa constante reconstrucción de la historia personal. La memoria colectiva sufre las mismas distorsiones y acomodaciones en función de las tensiones y necesidades del presente. Precisamente porque esto sucede así, es por lo que ha surgido una ciencia, la historia, como un intento de descripción e interpretación del pasado que respete la realidad de los hechos del modo más objetivo posible, y de acuerdo con los registros que de esos hechos se conserven.

La historia, por tanto, nada tiene que ver con la memoria ni los recuerdos; se construye, precisamente, porque ni la memoria colectiva ni los recuerdos personales son de fiar. Exige un esfuerzo de objetividad, un propósito de constatación y respeto a los hechos que contrarreste cualquier tentación de tergiversación y utilización interesada del relato de lo sucedido. La historia está, por lo mismo, en las antípodas de la cualquier manipulación partidista e ideológica del pasado. Por eso he dicho que el Estado comete un abuso intolerable cuando trata de legislar sobre la historia con la pretensión de imponer una interpretación subjetiva y partidista de los hechos del pasado que llega, incluso, a tener consecuencias penales.

El Estado, sin embargo, tiene la obligación de proporcionar a todos los ciudadanos por igual, una educación y una formación que les permita el mayor grado de autonomía y realización de sus capacidades y talentos personales. Esto implica que les proporcione un conocimiento de los hechos más relevantes del pasado de acuerdo con los estudios más reconocidos que la historia nos proporciona.

Lo que no puede consentir un Estado democrático es que la historia se sustituya por un amasijo de interpretaciones, versiones, invenciones y fantasías, cuyo único fin sea controlar la conciencia y los sentimientos más elementales de los ciudadanos, creando identidades étnico-culturales que buscan legitimarse con la más burda interpretación de los hechos del pasado, como ocurre hoy en Cataluña y en casi todas las autonomías. Que la educación se haya puesto al servicio de mezquinos intereses partidistas y de las oligarquías territoriales es un pavoroso ejemplo de dejación y degradación democrática. Que coincida en esto una izquierda cada día más reaccionaria y obtusa, con los intereses de las burguesías caciquiles y territoriales, es algo que no resiste el más mínimo análisis y coherencia moral y política.

Esta izquierda mentalmente indigente y emocionalmente enferma, está logrando, contra todo pronóstico, y en contra de la evolución biológica y natural de los hechos, no sólo resucitar a Franco y reactivar automatismos que van del carlismo al falangismo, sino abonar el terreno para el resurgir de una ultraderecha renovada, tal y como está sucediendo en toda Europa. Y esto sí que es entregarnos al pasado, insuflarle vida a los monstruos y fantasmas de pasado.

viernes, 7 de septiembre de 2018

DEL DICHO AL HECHO



"Con frases no se ataca al Estado", ha sentenciado Carmen Calvo para exculpar la amenazante propuesta de Quim Torra: "No nos tenemos que defender de nada, hemos de atacar al Estado español". Nos aclara Calvo que "la política no se hace con frases, sino con hechos". Precisa que "cualquier medida constitucional requiere hechos jurídicos", o sea, que, mientras no haya "hechos jurídicos probados", Quim Torra y, por tanto, cualquier ciudadano, puede decir lo que quiera, donde quiera y como le dé la gana. Echemos abajo la mitad del Código Penal y, de paso, la Ley de Memoria Histórica y la de Igualdad de Género. Si con frases no se puede "atacar" a nada ni a nadie, ¿a qué vienen todas esas leyes que pretenden condenar hasta un piropo?

"Cabalgar" estas contradicciones es, por lo visto, algo normal y legítimo. Suscita inquietud el comprobar que la vicepresidente siga al pie de la letra la doctrina de Rajoy y el PP de "no intervención" en el caso de los constantes insultos y amenazas del independentismo catalán. Porque no: es absolutamente falso e insostenible que con palabras no se pueda "atacar". Sí se puede: atacar, ofender, insultar, amenazar, injuriar, intimidar, dominar, humillar...

Una frase no es nunca sólo una simple frase. Toda frase es la expresión de un deseo, una intención, un propósito, y se pronuncia para influir en el otro. Toda frase, no sólo "dice"algo, sino que "realiza" algo, produce algo, hace algo. La lingüística ha explicado ya hace tiempo que "decir es siempre hacer".Que no existe un decir que no sea, a la vez, un hacer. Por eso define el lenguaje como "actos del habla".

Es un disparate jurídico el anular la relevancia penal del decir reduciéndolo a un acto meramente subjetivo que se agota en la conciencia del hablante, un pensamiento interno que no tiene proyección alguna fuera de su cerebro. Porque hablar no es sólo pensar, sino expresar públicamente lo que se piensa, que a su vez es, para el receptor, expresión de lo que se siente y lo que que se persigue. Y más cuando se hace públicamente, ante cientos de personas, en un lugar y un contexto determinado que sirve para interpretar y valorar lo dicho, contexto en el que el acto de hablar realiza y lleva a cabo los efectos buscados, con el añadido de que hoy, mediante los medios, se puede ampliar ese contexto y sus efectos a millones de personas, y más si el hablante lo hace desde una posición de poder y representación simbólica excepcional, como es el caso de Torra y la Vicepresidente.

Nadie habla por hablar, o sea, sin intención ni propósito alguno: lo hace siempre para algo, aunque sólo sea para divertirse. Separar las palabras de los hechos es algo imposible. Esto no significa que las palabras realicen siempre lo que dicen. Eso depende de lo que se diga. Si yo insulto a alguien estoy realizando lo que digo, pero si grito ¡fuego! no quiere decir que yo esté provocando un incendio. Naturalmente, de las palabras a los hechos hay un trecho. Habría que añadir que casi siempre ese trecho es muy estrecho, y más cuando se trata de agitar, de impulsar, de animar a alguien o a una masa a que haga algo.

En contra de lo que dice Carmen Calvo la política se hace, sobre todo, con palabras, con frases, precisamente para evitar los hechos consumados, para impedirlos. Por eso no hemos de dejar pasar nunca palabras ni frases ofensivas y amenazantes, que incitan al odio, al ataque, a la subversión del orden democrático, como es el caso. Nunca las palabras son inocentes ni inocuas, producen efectos, o sea, hechos. Para evitar los hechos irreversibles hay que impedir el discurso que los hace posibles. Porque las palabras llevan a cabo una realización anticipada de los hechos. No se puede decir cualquier cosa sin que eso carezca de consecuencias sociales, políticas o jurídicas.

El decir es un arma política de primer orden. Dejar decir es dejar hacer. Parece increíble que a estas alturas, después de la experiencia del nazismo, por poner el ejemplo más trágico, no sepamos que las palabras son hechos, y que los hechos de incitación verbal son actos tan peligrosos como las balas o las bombas, porque llevan a ellas, porque crean las condiciones mentales, colectivas y psicológicas necesarias para que los actos finales tengan lugar. De una fase de preparación mental y psicológica se pasa a otra de agitación, visibilización y exhibición de fuerza (en la que ya estamos); por último, se produce el asalto a los resortes últimos del poder (el que quede por conquistar, claro).

jueves, 2 de agosto de 2018

DESCANSO VERANIEGO

(Foto: A.T.Galisteo)

Llega agosto, invitándome a un merecido descanso neuro-lingüístico. Lo hago gustoso, pero quiero aprovechar la ocasión (todas las ocasiones son únicas) para desmadrarme un poco y dejar al lector con tiempo suficiente de por medio como para que me disculpe. Es el fruto de cierta saturación mediática, errática, epiléptica y esclerótica, que es como el líquido amniótico que nos rodea. Y así será lo que diga.

Y digo que esa ceremonia del PP, con el himno nacional muy cargado de decibelios sobre el fondo de una gran bandera española ondeante (virtual, no real), me produjo un malestar físico y ahora explico por qué. Que un partido que ha permitido el golpe de estado separatista (hasta Alfonso Guerra lo ha calificado así); que lo ha amamantado antes, durante y después con nuestro dinero; que encima se vanaglorie de que "Cataluña no se ha independizado", me parece de un descaro y un cinismo vomitivo.

Este partido y su registrador de la propiedad deberían haberse metido el himno, la bandera y la lengua en el armario. Por respeto a todos los españoles que amamos a España y respetamos su himno y su bandera. Porque esta ostentosa utilización de los símbolos comunes no puede hacerse para legitimar una política suicida y destructiva y disgregadora de la nación española, como fue la que hizo Aznar y continuó con creces el registrador (y que inició Felipe, prosiguió Zapatero y culminará Sánchez).

Que ahora venga Casado y, sin la más mínima autocrítica, se ponga a abanderar la defensa de la nación con una retórica vacía, augura lo peor. Porque voy a decirlo sin tapujos: esta derecha ha sido y es tibia y oportunistamente nacional. El mayor engaño ha sido siempre esa apropiación indebida de España por parte de la derecha, algo que la izquierda oficial nunca ha sabido ver ni denunciar. No entender que hoy España y su Estado democrático son la mayor (y única) garantía de la unidad, la igualdad y el bienestar de todos los trabajadores (del 80% de españoles, digamos), es de mentes obtusas, y dejo ya de lado los aspectos morales y humanos.

Pero la tragedia (tendremos que empezar a usar esta palabra) de España es que, por el lado de la izquierda, el panorama es verdaderamente siniestro: ya no se sabe quién es más pernicioso y destructivo. Con toda esa política de vendedores de feria, va buscando todas las causas posibles para hacerse defensora de todas las identidades imaginarias posibles, y ahí dirige todo su maniqueísmo, su sectarismo, se ramalazo totalitario. Cree en casi todo: la resurrección de los muertos, la justicia post mortem, el lenguaje inclusivo-destructivo, la creación de identidades sexuales por decreto, que el dinero nace por generación espontánea, que la corrupción es siempre la de los otros... Que el mundo se divide en buenos (ellos) y fachas (todos los demás).

Unos y otros siguen sin asumir y entender lo fundamental: que el problema no es, por ejemplo, si debe haber "más" o "menos" Estado, sino de que hoy sobra la mitad Estado (en lo administrativo y en lo "ideológico") y falta otra mitad en lo fundamental (la regulación de derechos imprescindibles para asegurar la unidad, la igualdad y el bienestar de todos). Hoy los políticos y sus partidos se preocupan por legislar y castigar con rigor todo lo superfluo y secundario, mientras son muy liberales y tolerantes en lo fundamental e incapaces de aplicar las leyes que ellos mismos aprueban (y dejar sin legislar todo lo que pueda molestar a los que viven muy bien "tomándose" la ley por su mano).

No tengo el día muy optimista que digamos. Pero ahí está el sol, con sus rayos mortales dispuesto a chamuscar un poco los cerebros a la espera de que se despierten otras neuronas y ¡quién sabe! hasta intenten tomar el poder. Digo neuronas, por colgar el ánimo de alguna pinza, porque sí, todo lo bueno ha de brotar de ahí, del resurgir de nuevas ideas, nuevas palabras capaces de despertar los más nobles sentimientos, hoy ocultos, sepultados por la basura televisiva, política, cultural y hasta la que se nos avecina con el nuevo director del Instituto Cervantes, ese jesuita laico, mal poeta, que habla con la unción de un obispo y se ha propuesto impulsar todas las lenguas españolas, porque ya se sabe que Cervantes era políglota plurinacional. El día que les estorbe le llamarán facha y le borrarán de todas las calles.

martes, 31 de julio de 2018

EL ORIGEN DEL MAL

(foto: A.T. Galisteo)

El mal existe. No hablo de ninguna entidad abstracta, metafísica o cósmica. Me refiero a eso que realizan los hombres. Actos que perjudican conscientemente a otro, que causan dolor, sufrimiento, pobreza, hambre, muerte. Podemos identificar a los malvados: están por todas partes. De todos los malvados, los más peligrosos son aquellos que tienen poder, que "alcanzan" el poder. Siempre me he preguntado qué es lo que convierte a alguien en mala persona, qué es lo que transforma a un ser humano en alguien que causa conscientemente el mal a los demás.

De todas las explicaciones posibles, voy a desarrollar una, más o menos especulativa. Parto de la base de que el cerebro no entiende nada de moral, no se rige por criterios morales. El funcionamiento del cerebro es muy automático. Me atrevo a decir que ni siquiera acepta la categoría del no. Todo en él es positivo, no hay espacio para el no espacio. Toda información que recibe es válida y absoluta en sí misma. No le puedes decir, por ejemplo, "no pienses en eso"; éste es un mensaje totalmente incomprensible para el cerebro. El cerebro es. Todo lo que el cerebro procesa, es, no puede ser y no ser a la vez.

Esto se lo cuento yo a mis amigos cuando viene a cuento; por ejemplo, cuando alguno, ante el olvido de cualquier tontería, enseguida echa mano del Alzheimer. Le replico: si a tu cerebro le dices que tienes Alzheimer, él no va a entender que lo dices en broma o a modo de conjuro, no; se lo tomará al pie de la letra. Así es nuestro cerebro: todo se lo toma al pie de la letra. Yo por eso suelo tomarme al pie de la letra lo que digo, lo que escribo, lo que pienso, y lo que los demás dicen, escriben y piensan. Al pie de la letra y en todos los sentidos. Es el mejor modo de no equivocarse.

Doy un pasito más en mi elucubración. El cerebro lo simplifica todo. Puede analizar lo más complejo, relacionarlo todo, pero su máxima, su ley es "simplificar, simplificar", reducir todo a ideas simples. Economizar. Son esas ideas simples las que al final determinan nuestra conducta, mueven a nuestro cuerpo, construyen nuestra moral.

La otra ley, que es quizás la que más me sorprende, es que el cerebro no se rige por el principio de no contradicción. Todo es compatible, porque el cerebro no juzga, no rechaza nada. Lo único que hace es construir, con un puñado de ideas simples, una red mental coherente. Con esa red lo pesca todo, lo filtra todo, lo juzga y tamiza todo. Lo que es contradictorio, incoherente, simplemente se diluye, desaparece, no se toma en cuenta. Otra vez la ley de la economía.

Apliquemos esto al asunto del mal. El mal siempre se ha asentado sobre ideas simples que funcionan con el automatismo de un acto reflejo. Ideas-impulso, creencias, dogmas. El mal, para quien lo realiza, siempre está justificado, no es posible hacer el mal sin el sostén de un conjunto de ideas simplificadas. Dentro de un malvado siempre encuentra uno un cerebro simplificado, aquel al que le basta un puñado de dogmas para funcionar. Si pudiéramos estrujar su cerebro, exprimirlo, caerían, a lo máximo, media docena de ideas.

Voy a poner un ejemplo. Dice Iglesias Turrión que "Israel es un Estado criminal". Lo dice en la televisión pública y ya no necesita nada más. Le basta este dogma para justificar, no ya a Hamás y todos sus ataques criminales contra Israel, sino para "cabalgar contradicciones" (sic), tales como el recibir dinero y apoyo de regímenes que no dudan en ahorcar homosexuales, lapidar mujeres violadas (aunque sean niñas), quemar mujeres "adúlteras" o cortar el cuello a "infieles" (circulan vídeos terribles de todo ello por internet).

Ejemplos tan brutales del mal no son prueba de perversión, trastorno mental o degeneración genética. Quizás pueda explicarse por la fuerza que determinadas ideas simples ejercen en el cerebro hasta secuestrarlo. Y quizás por eso palabras como civilización, cultura, leyes o democracia, tengan un sentido básico: el cerebro, por su propia inercia dogmática y simplificadora, necesita un desarrollo adicional, que es el que le proporciona la educación, la cultura, el ejercicio del pensamiento y la razón. Y por eso, también, es imprescindible un orden social basado en leyes claras y democráticas. La ley nos protege del mal. Lo que hoy España, mismamente, necesita frente a los cerebros simplificados del nacionalismo separatista.

jueves, 26 de julio de 2018

SUPREMACISMO MORAL

(Foto: A.T.Galisteo)
Partamos de un axioma (proposición que no requiere, en principio, demostración): todos nos sentimos superiores a alguien (sean pocos o muchos) e inferiores a otros (algunos menos). Puede nacer este sentimiento de la inevitable comparación con los otros, con quienes nos topamos y rozamos cada día y casi a todas horas. Como no podemos vemos directamente (salvo cuando nos colocamos ante el espejo), tenemos que imaginarnos a partir de la mirada del otro, que acabamos convirtiendo en espejo donde intentamos vernos.

"¿Seré como ése?" es una pregunta en la que siempre anda enredado nuestro cerebro. "No, yo no soy así", se responde muchas veces; o: "nos parecemos, pero yo soy mucho mejor"... No podemos evitar también el "ése es mejor que yo" (más guapo, más fuerte, más listo, más rico...). Para el cerebro somos casi seres imaginarios, un cuerpo unido a un yo que parece sobrevolar en torno a él. Los demás nos parecen siempre más reales que nosotros mismos. 


Bueno, pues esta complicada manera que tenemos de tomar conciencia de nosotros mismos nos obliga a crear referentes sólidos con que compararnos. Nuestra consistencia, sin la cual viviríamos en permanente inseguridad, la construimos con relación a los otros. Y los otros son de dos clases: los semejantes y los diferentes. Esto se hace más enrevesado (aunque el mecanismo sea muy simple) cuando interviene un nuevo factor: la necesidad de encontrar apoyo, seguridad y protección en el grupo, en sustitución de nuestra frágil consistencia psíquica.

Ese sentirse superior (e inferior) a otro se transforma en un "nosotros somos distintos y superiores". El sentimiento de superioridad se asienta sobre la comparación y el rechazo de otros, que también implica un sentimiento de inferioridad que, para hacerse más soportable, necesita degradar y caricaturizar hasta el escarnio aquello de lo que se carece o admira.

Viene esto a despropósito de una palabra que ha empezado a circular entre nosotros a propósito del separatismo catalán: el supremacismo, palabra que sustituye al racismo, término demasiado ligado a la biología y con resonancias nazis conocidas. El supremacismo no niega los fundamentos raciales de las diferencias, pero los diluye entre otros elementos (históricos, culturales, sociales). El supremacismo recicla también otra palabra en desuso, pero todavía muy útil: el clasismo, o sea, ese sentimiento se superioridad (y desprecio) de las clases acomodadas con relación a las más pobres.

Nacionalismo, independentismo, soberanismo, son distintos modos de camuflar el supremacismo como sentimiento de superioridad, ese complejo (en el sentido psicoanalítico) que mezcla la creencia de ser "diferentes y superiores" con el desprecio y el impulso de destrucción de aquellos que nieguen esa "supremacidad", o sea, la superioridad en grado sumo (supremo es a superior, como general a generalísimo).

Pero concluyo, para cerrar el círculo reflexivo: todo supremacismo necesita hoy, para imponerse, para camuflarse, para ser útil a quienes lo usan (el supremacismo es un instrumento político de dominación), necesita, digo, convertirse en supramacismo moral. ¡Con la moral hemos topado, sí!

Sin entrar en honduras (y para no llegar a guatemala), digamos que la moral define aquellos valores humanos y sociales sobre los que se asienta una sociedad: la libertad, la justicia, la bondad, la compasión, la tolerancia, la igualdad, el respeto a la vida, etc. Cuando un grupo se apropia de todos los valores morales positivos, negándoselos a otro grupo, al que atribuye los valores opuestos, hemos de hablar de supremacismo moral. Es el caso de los separatistas-supremacistas.

Pero aún podemos redondear el círculo añadiendo que ese supremacismo moral es hoy la esencia de la izquierda oficial (PSOE-PSC-Podemos,Etc...), y quizás por eso ha acabado pensando, diciendo y haciendo lo mismo que los separatistas en casi todo. Esta izquierda, reaccionaria y desnaturalizada, se ha erigido en dueña de la moral, dictando en todos los ámbitos, individuales y sociales, qué sea el bien y el mal, lo aceptable y lo rechazable, lo puro y lo impuro. No defiende ideas, sino que impone dogmas, y en esto ha sustituido a la religión y la Iglesia. Lean la Ley de Memoria Histórica o la del LGTBI y verán cómo han superado a todos los savonarolas, ayatolás, curas carlistas y demás fanáticos felizmente desaparecidos unos, otros dominando todavía a media humanidad.

Reniego de esta izquierda fatua, henchida de supremacismo moral (hay otra, aunque seamos minoría), porque creo que la política es el espacio de la razón, la verdad y la libertad (valores políticos), no del moralismo, sea laico o religioso. Las leyes no están hechas para controlar las conciencias, los sentimientos o las creencias, sino para regular los actos que atentan contra el bien común. Lo demás es beatería, supremacismo, insolencia.

miércoles, 11 de julio de 2018

CONTRA EL DERROTISMO


He defendido en reiteradas ocasiones el "alarmismo", al que he definido como "pesimismo activo", para contrarrestar ese mecanismo evasivo que tiende a negar los hechos cuando los hechos nos incomodan, desbordan y amenazan la tranquilidad en que vivimos. Defiendo la necesidad de un "alarmismo controlado", el hacer caso al instinto de supervivencia cuando nos alerta del peligro. He sido acusado de exagerado casi siempre, y no hay acusación más corrosiva, porque sirve para proteger a los "equidistantes", al mismo tiempo que invalida cualquier argumento o comprobación de los hechos descalificando al sujeto que los presenta.

Me toca ahora denunciar, por ser otro mecanismo igualmente evasivo, el fatalismo, el derrotismo, el considerar que todo, en el fondo, está perdido. Perdido de antemano. Perdido irremisiblemente porque "así somos los españoles", porque "esto no hay quien lo arregle", porque "ya es imposible pararlo". Me refiero, claro está, a la continuidad de España como nación y al desmoronamiento del Estado democrático que la sostiene. Poco a poco hemos ido pasando del "negacionismo" al "derrotismo", a interiorizar el fracaso colectivo como algo inevitable. Se me dirá que esta afirmación es también exagerada, la percepción de grupúsculos de intelectuales que poco saben de política.

¡La política! Se la arrogan los políticos profesionales para sí y envuelven todo en el misterio de "la negociación", ese arte reservado a los más astutos y calculadores. La primera obsesión del poder es autoprotegerse, autolegitimarse, dotarse de una aureola de eficacia y sensatez que le permita tomar cualquier decisión sin obstáculos, camuflando sus intereses e ignorando las consecuencias de sus actos. El gobierno actual es paradigma de esa concepción bastarda e infecta de la política.



Pero esta política y estos políticos necesitan algo más para actuar como lo hacen. Necesitan cierta "legitimidad intelectual", ampararse en un discurso que otros les ofrecen y con el que sostener lo que resultaría a todas luces insostenible, mezquino o directamente repugnante. Así está ocurriendo con la política de Pedro Sánchez y todo el PSOE-PSC, y digo todo, porque quien a estas alturas siga creyendo que este partido es regenerable, o es rematadamente obtuso o ignora lo que son vínculos tóxicos o patológicos.

He aquí un solo ejemplo de a lo que me refiero. Álvarez Junco, historiador muy reconocido, ha dicho: “Desde un punto de vista lógico, de pura filosofía política, dos nacionalismos son incompatibles. No puede haber dos soberanos en un mismo territorio. Desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio”. Esto sí que es un intelectual "orgánico". Vean cómo la claudicación, el entreguismo, el derrotismo se viste de sentencia académica para legitimar lo que se considera un imposible. Piensen un momento en la terrible aberración que esta afirmación encierra.

Por un lado, separa la lógica y la filosofía, de la realidad política, como si fueran mundos con vida propia. Es una distinción muy "política", a partir de la cual todo vale: una cosa son los principios, los programas, las propuestas, y otra los hechos. Es normal que esos mundos no coincidan. El arte de la política es disimularlo y aprender a mentir con descaro y sin rubor. Por otro, acepta que en una misma realidad (no hay mayor realidad que la del territorio), es imposible la existencia de dos nacionalismos. Pero deduce que, "desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio". ¿Otro remedio de qué? Nuestro historiador no lo aclara, parece que lo da por supuesto. ¿Pero qué es lo que hemos de suponer?

Que aceptemos como inevitable una realidad imposible, una especie de monstruo con dos cabezas y acaso dos medio cuerpos, y quizás con un solo aparato excretor. O que uno de los dos nacionalismos desaparezca (naturalmente el que sobra es el español), en aquellos territorios donde se presente la incompatibilidad (¿en cuántos?). 


No importa que la lógica y la realidad salten en pedazos, y a un tiempo, sino el ir creando una opinión "intelectual" de que será irremediable lo que hoy todavía no se nombra, pero que se sobreentiende: el triunfo de los separatistas (de momento vascos y catalanes, los demás ya veremos). Nada más útil, para lograrlo, que difundir la idea de lo inevitable, amparados en el juicio de prestigiosos historiadores, juristas, y hasta constitucionalistas. Juicios disfrazados de sensatez y objetividad, claro, y no como lo que son, mera propaganda entreguista, derrotista, no sabemos si nacida de la cobardía, la claudicación, o el pago de favores.

domingo, 8 de julio de 2018

SATURACIÓN, ATURDIMIENTO

(Foto:A. T. Galisteo)

Sabemos que el exceso de oxígeno en la sangre, y no sólo su falta, puede provocar graves trastornos metabólicos y llegar, incluso, a la muerte. El rango ideal está en torno al 95%. Por debajo o por arriba la cosa se complica. Lo importante es que no se rompa el equilibrio entre el oxígeno inspirado (O2) y el dióxido de oxígeno expirado (CO2). ¡Todo está en los números! Que el universo se ajuste al orden matemático que expresan los números es un misterio indescifrable, porque los números son un ejemplo de meta-física pura. ¿Están en la materia, o sólo en nuestra mente?

Pero hablemos de saturación sólo como metáfora. Digamos que el oxígeno es la información, eso que respiramos a cada instante y sin lo que no podríamos vivir. Entre el mundo y nosotros está el aire, y en el aíre, el oxígeno. No podemos dejar de respirarlo, no podemos dejar de estar informados de qué es lo que está pasando a nuestro alrededor. Mi llamada de alerta es ésta: ¿y si estuviéramos saturados de información, y si nuestro cerebro estuviera hiperoxigenado, hiperventilado?

Recibimos mucha más información de la que podemos asimilar. Como la información que recibimos a diario es, además, contradictoria, el esfuerzo por poner orden y darle sentido es mucho mayor. ¿Tenemos tiempo para hacerlo? No. Así que no sólo se trata de tener capacidad, sino de disponer de tiempo: tiempo de reflexión, de ponderación, de análisis. ¿Consecuencias?

El aturdimiento es una de ellas. Un cerebro aturdido es el que, por exceso de impactos, no es capaz de reaccionar con un mínimo de control y seguridad. Piensa reactivamente, que es tanto como decir que no piensa. No valora ni juzga, sino que activa sus esquemas previos (pre-juicios) y usa la nueva información para confirmarlos.

Otra reacción del cerebro acosado es echar mano del relativismo y, por principio, no arriesgarse a defender nada, darle una parte de razón a todo el mundo, guardándose, al mismo tiempo, lo que en realidad piensa si va contra lo que se cree políticamente correcto. Hay grados, desde el se siente sinceramente perplejo al cínico o impostor.

Pensemos en cualquiera de las últimas noticias que nos acosan, saturan y aturden: excarcelación de los de la "manada" (llamarlos así condiciona nuestra reacción), llegada masiva de inmigrantes (llamarlos refugiados condiciona nuestra reacción), acercamiento de los presos golpistas (llamarlos sólo presos...), actuaciones del gobierno separatista (no sólo catalán), la propuesta pedrista de reforma constitucional (llamémosle cambio de Constitución) para crear un Estado plurinacional (o sea, destruir el actual Estado democrático), elecciones democráticas en el PP (descarada lucha interna por el poder), etc.

Añadamos la renuncia inexplicada de Zidane, la destitución alocada de Lopetegui, la actuación dubitativa de Fijóo, los dilemas de Macron y Mekel, el auge del racismo en todas sus versiones (francesa, alemana, italiana, vasca y catalana), la masacre interminable de Siria, las maniobras orquestales de Iglesias y su compadreo con Torra y el tarda-torrentismo independentista. ¿Y si hablamos de Erdogan, de Putin o de Trump? No son temas ajenos, influyen en nuestra vida diaria mucho más de lo imaginable, por no nombrar a China. ¿Y qué pasa en África? ¿Por qué no nos saturan con información sobre el coltán, los diamantes, el petróleo, el uranio, el oro y todas las materias primas que Europa, Rusia, EEUU y China están explotando de modo inconfesable, con métodos que ni en los peores tiempos de la colonización hubieran sido imaginables? ¿Y del colaboracionismo entre mafias y ONGs?

Nuestro problema no es tanto la falta de información, sino la saturación de información trivial (totum revolutum), al mismo tiempo que se nos ocultan datos decisivos, esos que servirían, por sí solos, para juzgar y poner orden en ese exceso intencionado de información, información previamente categorizada por el propio medio que, lo sabemos desde McLuham, es también el mensaje.

No es necesario correr detrás de todo lo que se mueve porque, lejos de estar mejor informado, puede uno acabar aturdido y paralizado. Es mejor analizar una sola noticia importante, ir más allá de la excitación superficial, que pretender estar "informado" sobre cientos de acontecimientos, tan intrascendentes y artificialmente exagerados como suelen ser los que ocupan los titulares cada día.

Recordemos lo que Pedro Recio de Agüero le dijo a Sancho, que se iba tras todo lo que olía: "Omnis saturatio mala, perdices autem pessima", que él mismo le tradujo: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima". Perdices son lo que nos ofrecen constantemente los medios, aprovechándose de nuestra hambre. Así que, consejo me doy, siguiendo al de Tirteafuera: absit!

sábado, 7 de julio de 2018

LA CASTA Y LA COSTRA


¿Se acuerdan cuando Iglesias y su coro podemita no articulaba dos palabras sin que una fuera "la casta", epítome de todos los males y blanco de todas las iras? Hoy ya suena a viejo, ellos mismos han abandonado el término, agotada su capacidad mediática. Es el destino de esos "significantes vacíos" que sirven para suscitar emociones tan difusas como efímeras. Y tienen, además, el efecto indeseado de volverse contra quienes los usan.

Es difícil hoy no pensar en la casta al ver el chalet de la pareja anticastao al oír a Monedero, el talibán del chaleco, condenar a todo lo que se mueve sin su permiso, capaz de pagar a Hacienda, para evitar ser sancionado, un dinero que yo, y el 90% de españoles, jamás tendremos (sí el eximio Màxim Huerta, de fugaz recuerdo). Así que, en recordando hoy aquello de la casta, no puede uno por menos que asociarlo a la costra, ese emplasto de ideas que, de momento, no ha servido más que para que unos vivillos vivan del cuento anticasta.

Pero lo más sorprendente es que en ese saco, en el que se metía a todos los "de arriba" (banqueros, políticos y élites extractivas...) nunca aparecían los separatistas, lo que en términos marxistas quedó siempre muy bien definido como "burguesía nacionalista" que, en Cataluña y el País Vasco, es tan visible que no hace falta realizar ningún máster en politología para identificarlos. Basta echar mano de los apellidos o de los juzgados anticorrupción. La connivencia y concomitancia de esta casta con la otra, la de los Gürtel, es tan evidente que había que hacer un esfuerzo para no relacionarlas.

La existencia de esta casta, como grupo de poder bien organizado, es algo que nadie, y menos si se es de izquierdas (sea marxista, comunista, anarquista, socialdemócrata o sindicalista), puede negar, por eso resulta más sorprendente que al hablar de casta, la verdadera casta, la más poderosa, la nacional-separatista, haya quedado libre de toda culpa. Tanto es así que hoy se ha formado ya una tupida maraña en la que esa burguesía corrupta, clasista, supremacista, racista, neofascista y totalitaria, se siente bien protegida y defendida por quienes todavía se autoproclaman de izquierdas, desde el PSC-PSOE a Podemos y todos sus clones.

Pues habrá que volver a hablar de casta, ahora sí, bien identificada, incluyendo en ella a todos sus encubridores y defensores, explicando que, si todavía goza de inmunidad, es gracias a esa costra, a esa mugre mental en que se ha convertido el discurso oficial de una izquierda descarriada que ni siquiera respeta los principios más elementales de los que nace, ese análisis de la clase dominanteque Marx estableció como punto de partida de todo lo demás, que es lo que hoy, pese a todo, sigue siendo un instrumento útil de análisis de la realidad.

Nunca fue tan visible, tan arrogante, tan descarada la voluntad de dominación e imposición de una minoría sobre la mayoría, como en el caso de las burguesías catalana y vasca, cuyo proyecto pasa por disolver todo lo que facilite la unión entre los españoles.Su gran habilidad ha sido el lograr el apoyo de quienes, dentro del sistema de producción y de riqueza, ocupan el puesto de explotados y dominados, marginados, además, por la barrera clasista de la lengua como señal de pureza de los orígenes.

Nunca, y por lo mismo, ha sido más revolucionario hoy (en el sentido marxista)que la lucha de los trabajadores, explotados y asalariados -la casta de los dominados- por defender el proyecto de España como espacio común, el único capaz de hacer frente al proyecto separatista de la casta nacionalista. Sólo disolviendo y quitándonos de encima esa costra, esa cochambre mental que hace pasar por de izquierdas el proyecto más reaccionario y clasista de nuestra historia, podremos empezar a hablar de España sin complejos. La España de la igualdad y la libertad (inseparables) sólo puede ser posible si la izquierda es capaz de desenmascarar todo el engaño y la confusión en que estamos sumergidos. La derecha, incapaz de articular su propio discurso, debería ser la primera interesada en que esto así ocurriera. Para ello debería empezar por romper -sin buscar más emplastos ni componendas- con esa viscosa connivencia con la casta nacionalista en que han chapoteado sus dirigentes políticos.

martes, 26 de junio de 2018

POR ASÍ DECIR


El pensar, con su lógica de conexiones sintácticas, exige concentración y esfuerzo. En un mundo de agitadas y absorbentes trivialidades, controlar la atención y someterla a lenta crepitación, la que acompaña a la reflexión, produce fatiga. De vez en cuando necesitamos dejar libre el pensamiento para que piense y diga lo que quiera. Es una forma de terapia ante el exceso de incitaciones, agresiones y provocaciones que pueden acabar aturdiendo y paralizando a la propia mente. Es el caso de los acontecimientos de estos últimos días, que no postreros. Por eso, digámoslo así, o por así decir, aunque bien podría ser de otro modo:

El separatismo (el nacional-catalanismo-parafascista) es, en su entraña (que ya intuyó Valle-Inclán, era la más negra de España) racismo puro y sin atributos (los ejemplares de superhombre y supermujer catalanes relumbran en los cuerpos garridos de los Turules y Junqueras, las Forcarelas y Roviras, por no hablar de los Ortuzar Arruabarrena). Pero ahí están, y hasta se citan con el presidente del Gobierno para hablar en pie de igualdad. ¿Para cuándo una enciclopedia del racismo vasco y catalán? Tendría que estudiarse en las escuelas de Cataluña y el País Vasco para evitar el contagio.

Pero la reforma constitucional es urgente, ha dicho (por así decir) Maritxell Batet, que tiene apellido de grato recuerdo, pero que se proclama, como Sánchez, plurinacionalista, que es lo más adecuado para descabezar al monstruo racista nombrado en el párrafo anterior. Todo su bagaje mental debe de ser eso de que, para hacer una tortilla, es necesario romper los huevos. Pues ahí estamos, guiados por tan luminoso faro: necesitamos tener claro contra qué hemos de empotrar la nave. Que ya dijo el obispo Torras i Bages que a Cataluña la hizo Dios, y no los hombres, y Mosén Verdaguer añadió, en consecuencia, que el catalán era obra directa de Dios. En catalán nos lo contará y cantará Maritxell, con Borrell dirigiendo el coro (¡ay, Maruzzella Maruzze, tus ojos son de verde mar!, que le cantaría aquel otro José Guardiola...)

Y yo les resumo, por si todavía quiere alguno enterarse, cómo ha ido la cosa catalana, al menos para que me entiendan un poco. Por etapas: catalanismo (no nos comprenden), nacionalismo (no nos quieren), independentismo (nos roban) separatismo (nos oprimen), golpe de estado (quieren destruirnos). O de cómo es posible que los oprimidos opriman tan brutalmente a los opresores. Porque, ¿quién manda hoy en Cataluña? ¿Quién tiene el poder y el dinero? ¿Se lo cuentan así los del PSC a sus todavía seguidores, aunque escasos, currantes charnegos y sin patria?

Los virus son casi indestructibles, pero necesitan un cuerpo en el que instalarse para sobrevivir. ¡Ah, y ahí llegó la izquierda, la dizque izquierda, la más obtusa y reaccionaria de nuestra historia, que le prestó el cuerpo al nacionalismo, todo su sistema linfático al servicio de la causa incausada de la identidad, la vasca, la catalana, la gallega (hasta Feijoo se ha hecho transfusiones) y le siguen ya la andaluza y todas las que se apuntan a la tarantela plurinacional.

Pero va a ser que no, porque las piedras no hablan, ni siquiera las rocas de Montserrat hablan catalán, que yo he estado allí y he pegado bien el oído. No, las lenguas no emanan de la tierra, ni siquiera la vasca; ni las identidades, ni los pueblos, ni la sangre pura corre por los arroyos de la patria ni baja de las cumbres para regar los campos de los que hemos de expulsar al enemigo. Que a la Virgen de Montserrat, por lo que he leído, la amamantaron durante tres siglos monjes vallisoletanos y si así no fuera, el monasterio hoy sería una ruina, y la montaña sagrada un montón de pedruscos. No, la lengua no es el alma del pueblo, porque el pueblo no tiene alma, no tiene alma metafísica, sino historia. Y la historia es lo que ha sido y fue, no lo que los nacionalfascistas se inventan a su antojo e interés.

Pedro Insua lo ha explicado muy bien (ver "1492, España contra sus fantasmas"). Fuimos un imperio generador y genitivo que engendró 23 naciones, entre ellas la nación española, nación histórica y política y democrática hoy, con la misma o mayor legitimidad que cualquier otra de Europa y el mundo, y que eso no lo vamos a cambiar por más reformas pedristas (y pedruscas) nos impongan. Y que esa reforma criptoindependentista, en el mejor de los casos, no podrá ser posible por falta de acuerdo, o, si lo fuere, saltará por los aires. Aviso para los suicidas, incluidos los de la COE, y el Círculo de Economía y todos esos empresarios apoltronados que creen que su negocio está por encima del bien y el mal nacionalista.

Es un decir, un por así decir.

PULSIÓN AUTODESTRUCTIVA


Acaba de publicarse un libro sobre el que quiero alertar a los lectores: "1492, España contra sus fantasmas", obra de Pedro Insua, uno de los pensadores más activos y estimulantes del panorama actual. Es quizás el libro más riguroso escrito hasta el momento en contra de los mitos negativos de la leyenda negra, hoy reactivados gracias a los nacionalismos separatistas, pero también al resurgir de atávicos prejuicios antiespañoles extendidos por toda Europa. Son muchas las sugerencias que este libro imprescindible despierta, pero hoy me voy a centrar sólo en una, que formulo como pregunta: ¿existe algo así como una pulsión autodestructiva en la "estructura psíquica" de los españoles?

Comprendo que, así formulada la hipótesis, puede conducir a despeñar la reflexión sobre esencias metafísicas o entelequias espirituales de imposible concreción. Por eso empiezo por lo más obvio: parece un hecho histórico recurrente que España como nación, y los españoles como colectividad, han tenido que luchar, más que contra elementos externos, contra sus propios impulsos autodestructivos. Los elementos críticos internos desembocan con frecuencia en factores disgregadores y hasta desgarradores. Podríamos decir que tendemos a ser hipercríticos respecto a lo propio y condescendientes con lo ajeno.

Traigo a discusión esta hipótesis para entender mejor los efectos perversos de la leyenda negra, y el por qué ha encontrado entre nosotros tanta aceptación acrítica, casi rayana en la credulidad y el papanatismo. ¿Podemos relacionar esta pulsión colectiva autodestructiva con lo que Freud llamó "instinto de muerte", enfrentando Tánatos a Eros? ¿O es simplemente el efecto de unas minorías inconformistas, a veces rencorosas, que han tenido una gran influencia en la "opinión pública", desde el libelo de Las Casas a los Goytisolos de hoy? Y: ¿hasta qué punto se trata sólo de un fenómeno externo, sostenido por factores ambientales, o tiene también un arraigo o fundamento en eso tan difícil de analizar, a lo que Freud llamó "estructura psíquica", en la que lo psíquico ya no es algo puramente subjetivo e individual?

Que hoy vivimos uno de los momentos más exacerbados de esa pulsión autodestructiva es algo que podemos compartir una mayoría de españoles, preocupados por la deriva incontrolada de los actuales acontecimientos. Esta reflexión tiene, por tanto, pleno sentido, ya que nace de la necesidad de comprender, no sólo lo que está pasando, sino qué nos está pasando. Yo tengo cierta explicación, que requeriría un espacio mucho más amplio que éste para desarrollarla, pero que aquí me atrevo a esbozar: los españoles estamos "fascinados" por el otro, orientados mental y psíquicamente hacia el otro, tanto que es inevitable convertir al otro-los otros en la fuente de todos los conflictos. Paradógicamente, esta apertura hacia el otro, a veces sin reservas, provoca la reacción contraria, el afianzamiento en uno mismo, la confianza exagerada en uno mismo, el mal llamado individualismo.

Hablamos muchas veces de cainismo y guerracivilismo, un fantasma que hoy resurge y despierta cierto fatalismo antropológico. Hay que analizarlo para comprenderlo y así contrarrestar con mayor éxito todo lo que este fatalismo arrastra. La tendencia a sobrecargar emocionalmente las discusiones, a personalizar y argumentar ad hominem, a crear sectas en lugar de partidos, a partir internamente a los propios partidos, es algo que hoy se refleja en la tendencia disgregadora y autodestructiva de todo lo común, que amenaza nuestra propia existencia como comunidad política.

Pero también es cierto que, paralelamente a esta pulsión autodestructiva, existe un gran impulso creativo, individual y colectivo, que nos da confianza en nuestras propias fuerzas regeneradoras, en nuestra capacidad para organizarnos colectivamente y vencer todas las dificultades, en desactivar el efecto paralizante de nuestros fantasmas.

Fantasmas que, y aquí introduzco yo un matiz, no sólo son creados e inducidos por los de fuera, sino por nosotros mismos, porque nacen de nuestros miedos y hasta de nuestra impulsividad vital, de nuestra gran capacidad creadora, que desborda a veces lo humanamente reconocido como tal. Los ejemplos históricos están ahí, y todavía hoy despiertan en nosotros cierta perplejidad y asombro. No hace falta recurrir a ninguna hipótesis genética ni racial, basta con constatar que revelan aspectos de la naturaleza humana que, fruto de específicas condiciones históricas y geográficas, los españoles hemos sido capaces de hacer realidad.

Confiemos en que, una vez más, de nuestro fondo de reservas energéticas surja ese impulso vital capaz de vencer esa insidiosa pulsión autodestructiva, la que hoy parece arrastrarnos y envolvernos en una oscura pesadilla.

jueves, 21 de junio de 2018

CONTRADICTIO IN TERMINIS



Uno puede vivir fuera de la lógica, pero lógica nunca dejará de perseguirnos. Siempre estará ahí, pugnando por hacer visibles nuestras contradicciones. Hubo uno que, consciente de su inevitable presencia, propugnó aquello de "aprender a cabalgar las contradicciones". Se refería a que era posible recibir apoyo (dinero) de Irán y Venezuela, regímenes criticables, pero de los que uno se podía aprovechar para debilitar al enemigo común. Defendía este principio como prueba de astucia política, y no como lo que era, puro cinismo. Este mismo se enfrenta ahora a una "contradictio" más peliaguda: cómo pasar de la noche a la mañana de vivir en un pisito de 60 m2 (como el mío) a habitar un chalet de lujo (260 m2, piscina, parcela de 2.000 m2 en zona VIP madrileña), mientras se sostiene el discurso anticasta. ¡Cabalga, caballo del pueblo; a galopar, a galopar...!

Despreciar la lógica tiene consecuencias nefastas y hasta nefandas. No hay principio ético, moral, político y humano más útil y saludable que ajustarnos a las exigencias de la lógica básica. Por ejemplo, estar alerta y no aceptar la "contradictio in terminis", la "petitio principii" o el "argumentum ad nauseam". Son tres de los muchos sofismas que hoy articulan el discurso político y el parloteo insufrible de los tertulianos. Y ni siquiera tenemos ya la posibilidad de alertar a nuestros bachilleres sobre estas poderosas y pegajosas trampas del lenguaje al haber desterrado la filosofía de las aulas.

La imposición de la ideología "progre" (cada día más reaccionaria por simplista) está plagada de esta "contradictio". Por ejemplo, aquello de "prohibido prohibir", que suena muy bien, que apela a la "libertad total", no deja de ser algo contradictorio en sí mismo. Si prohibo todo, debo prohibir también el derecho a prohibir el prohibir, con lo cual nos quedamos donde estábamos, o sea, que tenemos derecho "a prohibir unas cosas" y derecho "a no prohibir otras". Lo mismo pasa con la "libertad total": si es total, yo seré libre de ir contra tu libertad o tú contra la mía, así que con ese principio no resolvemos lo fundamental: para ser libres en unas cosas, hemos de dejar de serlo en otras.

La petición de principio es todavía más insidiosa y común. El "derecho a decidir" (se oculta el "decidir la independencia") se argumenta para defender... ¡el derecho a decidir! Pero si eso es precisamente lo que que hay que demostrar, que unos pocos tengan el derecho a dividir, a separarse y expropiarnos de algo que pertenece a todos. Lo mismo pasa con la democracia. Somos demócratas, dicen los nacionalistas, luego todo lo que hacemos es democrático. Pero si precisamente es al revés: si lleváis a cabo acciones antidemocráticas, eso significa que no sois demócratas.

Con la libertad de expresión es quizás con la que resulta más fácil saltarse la lógica para imponer falacias y sofismas. Las grandes palabras (libertad, igualdad, justicia, democracia) son fácilmente manipulables. Cuando se usan como argumento siempre hay que destronarlas, bajarlas del pedestal y el respeto que inspiran. De abstractas hay que transformarlas en concretas, y del singular pasar al plural. Hay que dejar de hablar, por ejemplo, de libertad para describir libertades concretas. Entonces empezamos a descubrir los usos espurios y las trampas que el propio lenguaje encierra.

Las emociones son necesarias, y no podemos prescindir de ellas, pero nunca pueden ser guías, sino acompañantes. La lógica, en la aque se basa el ejercicio de la razón, no puede ser nunca despreciada, pues es el único instrumento que tenemos para movernos con seguridad por este mundo y controlar, entre otras cosas, a las emociones. La lógica, además, suele ser reveladora de la verdad, a cuyo servicio está. No siempre desenmascara a la mentira, pero hace más difícil el engaño.

¿Y en cuántas contradicciones de este tipo están cayendo los neojipos, los anticasta, los antisistema, los aspirantes a pasar de Vallecas a Galapagar, de minipisos, minitrabajos y minisueldos, a tener "una pequeña gran mansión", como diría Groucho, asegurando que él se conformaba con disfrutar de "las pequeñas cosas" de este mundo? Lo malo es que de estas cosas sólo pueden gozar unos pocos, o sea, las "élites extractivas". Pero lo más insólito es pretender ocultarlo todo con un plebiscito. También se le llama ahora a esto "democracia directa".

sábado, 9 de junio de 2018

¿ALUCINACIÒN O COBARDÍA?



De niño presencié una escena angustiosa que hoy ha vuelto a mi memoria. Cruzaba con mi madre las vías de la estación de León y nos paramos porque se acercaba un tren a gran velocidad. En la vía paralela estaban aparcados unos vagones. Una hilera de seminaristas, arremangándose las sotanas, empezó a subir a un vagón para cruzar y saltar al otro lado sin percatarse del tren que se acercaba. Estaba oscureciendo y mi madre, al ver el peligro, se puso a gritar, pero pronto el ruido y el humo del tren lo tapó todo. No sé cómo, una décima de segundo antes de la tragedia, el seminarista que estaba a punto de saltar se quedó petrificado en lo alto del vagón. Mi madre, creyente, lo atribuyó a una intercesión divina. Sin duda, lo fue. Lo que no sabría yo decir es si el milagro se obró para evitar la muerte de aquel muchacho o para que mis ojos de niño no presenciaran esa brutal escena.

Metáfora o alegoría, hoy siento una conmoción parecida al contemplar cómo nos precipitamos hacia esa vía que puede acabar en catástrofe inevitable. Ciegos, en hilera, mientras oscurece, sin escuchar las voces que gritan anunciando el peligro, nuestros políticos cruzan las vías sin prevención alguna, ignorando que un tren circula cada vez más veloz hacia su destino y sin obstáculo alguno. Es el tren separatista catalán, por acudir al manido símil ferroviario. Se ha puesto al mando un maquinista fanático, pero no loco. Y no es que vaya a acelerar, es que está acelerando: jamás ningún otro había llegado a tanto, a mostrar sin pudor ni atenuante alguno cuál es su ideología, su infame racismo, su odio pestilente, su plan golpista. Se acabó la ambigüedad.Lo que ayer hubiera levantado todas las alarmas, hoy aparece ya como normal.

Esta es la normalidad rajoyana, por la que ha suspirado el alucinado de la Moncloa. Lo llamo alucinado porque se me han agotado todos los calificativos del diccionario. Quiero pensar que, preso de un trastorno mental, vive en un mundo de puro delirio al que él llama normalidad. La pregunta es si esta alucinación nace de un fondo de insondable cobardía o es fruto de una degeneración neuronal. O de ambas.

Siento repetirme. Lo que está ocurriendo en Cataluña es algo inconcebible en una democracia. Es la realización de un golpe de Estado anunciado, radiado, televisado, "implementado" (como dicen ellos) paso a paso. Un golpe posmoderno (Daniel Gascón). Los golpes también evolucionan, se adaptan a la nueva realidad. Lo mismo que la guerra. Hoy la guerra se lleva a cabo de muchas formas. También hay una guerra posmoderna. Los perezosos, los obtusos, siguen pensando que no hay guerra, que no hay violencia, porque no hay muertos a la vista, muertos por las aceras o las cunetas. Es la filosofía mostrenca de los Rajoy y las Sorayas. "Esperemos a los hechos". Como si el decir no fuera ya un hacer. Como siel insultar, el amenazar, el proclamar, el utilizar TV3 y los medios públicos, el adoctrinar, el usar toneladas de dinero público para hacer propaganda y crear "estructuras de Estado", no fueran ya "hechos jurídicos y fácticos" incontestables, por citar unos pocos.

Con esta doctrina saltaría en pedazos todo el sistema jurídico y democrático. No podríamos detener a terroristas hasta que hicieran explotar sus bombas o a violadores hasta que el hecho no ocurriera delante de tres jueces que coincidieran en la valoración del delito. Hemos visto a más de un centenar de parlamentarios disfrutando de medio año de vacaciones espléndidamente pagadas. Esto tampoco es un hecho, al parecer, sino un derecho adquirido. Y extendido a todos los forajidos a los que pagamos para que dinamiten el orden constitucional. Todo esto es normal para esa fatídica mezcla sináptica de alucinación y cobardía.

Antonio Robles ha escrito: "Estamos ante una guerra no declarada. Quim Torra es un fanático supremacista dispuesto a romper la paz social y lo que haga falta. Sin reparar en costes de ningún tipo. Incluido el enfrentamiento civil. Con Quim Torra no habrá una declaración inofensiva de independencia, sino un órdago sin marcha atrás".Hasta el espectro de Montilla ha dicho que "cada día es peor que el anterior", e Iceta que "esto acabará en batalla campal". Mientras tanto el cabestro sigue sesteando, advirtiendo que no debemos "caer en la ansiedad".

Sólo nos salvará del golpe brutal contra la realidad la reacción de lo que, pese a todo y a todos, sigue siendo el pueblo español, la conciencia nacional, el sentimiento de pertenencia a una comunidad libre y democrática que no quiere autodestruirse. Para esta tarea se necesita otra derecha, pero también otra izquierda.Habrá que hacerlo posible, porque no hay otra salida.