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viernes, 24 de enero de 2020

HAY DOS IBERISMOS (I)


El proyecto de unión ibérica al que llamamos iberismo -y que este medio defiende y estimula con encomiable empeño-, se presta a cierta confusión que creo necesario abordar de modo explícito y abierto. Como todas las grandes palabras (libertad, democracia, igualdad), el término iberismo puede hacer referencia a realidades muy distintas.

Creo que hay dos interpretaciones básicas del iberismo que es preciso clarificar para evitar malentendidos, porque de cada una de ellas se derivan proyectos y acciones que pueden llegar a ser, no sólo diferentes, sino incompatibles. La pregunta que sirve para diferenciar estos dos modelos es: ¿Qué es lo que queremos unir? Esta es la pregunta inicial e insoslayable, previa a la siguiente: ¿Qué tipo de unión queremos (cooperación, integración, federación, confederación) y qué pasos hemos de dar para lograrlo?

El primer iberismo, que es el que yo defiendo, lo que quiere unir son dos Estados soberanos, Portugal y España. Mi iberismo parte de esta premisa. No se trata de hacer desaparecer la soberanía de ninguno de los dos Estados, ni siquiera establecer espacios de co-soberanía o soberanía compartida. La soberanía no acepta fórmulas intermedias, porque es un principio único e indivisible, se tiene o no se tiene. Así que no se trata de renunciar a nada, entre otras cosas, porque establecer los espacios de co-soberanía, diferenciándolos de los de la soberanía, es algo prácticamente imposible.

No, el camino no puede ser el definir previamente qué es lo que un Estado puede decidir solo y qué es lo que no podría hacer sin el consentimiento del otro. Esta vía, insisto, nos llevaría a discusiones y disputas interminables, con el riesgo de despertar recelos y temores que son los que precisamente queremos superar. Por tanto, el modelo ha de ser otro: el de acordar en cada momento la mejor fórmula de cooperación, optimización de los recursos, unión real de fuerzas, construcción de proyectos comunes. Hay aquí un terreno amplísimo que nos saca de la paralizante discusión y regulación de la soberanía y nos enfoca en la verdadera unión, basada en el interés mutuo y el establecimiento de relaciones humanas, culturales y económicas positivas.

El segundo iberismo no parte de la existencia consolidada de estos dos Estados, sino de otro modelo, el de la unión de los pueblos ibéricos. Es el iberismo del siglo pasado, que surgió en los años 30 y del que tenemos dos referencias concretas que nos pueden ser útiles para juzgar su viabilidad y sentido.

En 1927 se constituyó en Valencia de Federación Anarquista Ibérica (FAI), formada por la Uniáo Anarquista Portuguesa, la Federación Nacional de Grupos Anarquistas de España y la Federación Nacional de Grupos Anarquistas de Lengua Española en el Exilio. El fracaso de esta iniciativa no sólo se debió al desenlace de la guerra civil española, sino a la confusión que el mismo proyecto encerraba. La retórica sobre los pueblos ibéricos no se concretó en nada, y la referencia al internacionalismo proletario volvía todavía más difusos los objetivos y la posibilidad de llevar a la práctica el principio autogestionario y la democracia directa.

La otra referencia son los dos intentos de proclamación de la independencia de Cataluña de 1931 y 1934. El primero lo protagonizó Francesc Macià en 1931. Macià utilizó sucesivamente tres expresiones para definir el sentido de esta independencia:

-L'Estat Català, que amb total la cordialitat procurarem integrar a la Federació de Repúbliques Ibèrics.
-L'Estat Català como una República Catalana para crear la Confederació de Pobles Ibèrics.
-La República Catalana com Estat integrant de la Federació Ibèrica.

Sorprende este vaivén de fórmulas que indica la ambigüedad y confusión del proyecto. La referencia federal y confederal a los pueblos ibéricos parece un añadido apara atenuar y hacer más aceptable el hecho de la proclamación unilateral de la independencia, sin consultar, por supuesto, a ninguno de esos supuestos pueblos ni contar con su voluntad. El intento de Lluís Companys de 1934 fue parecido: proclamó el Estado Catalán de la República Federal Española, transformando, de golpe, a la República Española en República Federal. El gobierno de la República se vio obligado a sofocar inmediatamente esta rebelión.

Los intentos actuales de revivir la idea de una Federación de los Pueblos Ibéricos repiten los mismos errores. La total indefinición del modelo, donde ni siquiera se especifican ni nombran cuántos y cuáles son esos pueblos ibéricos llamados a formar una federación o confederación (que no es lo mismo), ni qué tipo de estructura global se quiere crear (¿Estado de Estados, nación de naciones?), ni qué soberanía tendrían esos pueblos-estados-naciones, ni qué relaciones mantendrían entre sí (¿bilaterales, multilaterales?) ni con el resto del mundo (defensa, fronteras, relaciones internacionales, comercio, etc); todo esto muestra lo evanescente de este iberismo.


Desde el punto de vista práctico, dejando de lado la complejidad política, sería tan costoso, engorroso y paralizante el poner de acuerdo, ante cualquier cuestión o discrepancia, a ese conglomerado desigual y asimétrico de pueblos-estados, que resultaría imposible llevar adelante ningún proyecto común. No tendría ninguna ventaja, y sí un cúmulo inimaginable de inconvenientes. ¿Por qué, sin embargo, dentro del propio movimiento iberista, hay una corriente que defiende este modelo, a todas luces inviable? Responderemos en el próximo artículo.

miércoles, 22 de enero de 2020

A POR LOS JUECES


Con la llegada de Sánchez al poder estamos asistiendo a un cambio radical de paradigma y régimen político. Lo más evidente es que la batalla se está desplazando, del terreno económico y social, al frente ideológico y judicial. No estábamos preparados para esto.

Habíamos logrado, con un esfuerzo de siglos, que las ideologías y la religión fueran cada vez menos determinantes de la acción política. Habíamos logrado limitar la política a la búsqueda racional de las mejores soluciones a los problemas económicos y sociales, dejando las creencias religiosas y las afinidades ideológicas en el ámbito privado y subjetivo, donde reinaban la libertad y la tolerancia. Todo esto ha saltado por los aires. Por ejemplo, la importancia de la ley.

"Si hay algo genuinamente de izquierdas, es el imperio de la ley, el poder de los que no tienen poder", ha escrito Félix Ovejero. Lo contrario es "estar sometidos a la voluntad de un déspota". La ley. Los jueces. Controlarlos, someterlos. No es la primera vez que se pasa de la democracia a la tiranía sin solución de continuidad. Lo hizo Hitler y el nazismo. No hemos aprendido la lección. Confiamos ingenuamente en la democracia, sin establecer mecanismos internos para defenderla.

Tenemos una democracia cada día más desvalida, abierta por los cuatro costados, que invita al asalto. Sobran los guardianes y vigilantes, a los que se va desplazando hacia despachos acolchados donde se entretienen manteniendo largas discusiones. Pretendimos ser más demócratas y tolerantes que nadie y estamos empezando a sufrir las consecuencias. No hay ninguna otra democracia en el mundo que en esto se nos parezca. Ni Portugal, con una historia reciente tan parecida a la nuestra.

El imperio de la ley como valuarte ante la arbitrariedad, la ambición de los déspotas, el egoísmo de los sátrapas, la dominación de los poderosos, el asalto al poder de los parásitos, cínicos y malvados. Parece ya inútil recordar que denunciar ante los jueces y tribunales un delito no es sólo un derecho, sino una obligación. Que el poder ejecutivo y el poder judicial tienen el deber de perseguir el delito como parte esencial de su función, y que si no lo hacen deben ser denunciados y separados de sus cargos públicos.

La rebelión, la sedición, la prevaricación, la malversación y la desobediencia, son graves delitos que no pueden dejarse impunes. Agrava la pena el que sean responsables públicos quienes los cometen. Decir que aplicarles la ley es judicializar la política, es tratar de borrar los delitos y buscar su impunidad. La política no puede estar ni por encima ni en contra de la ley. La política dicta las leyes, la justicia las aplica. Ni dictar las leyes es politizar la justicia, ni aplicarlas es judicializar la política.

Si el poder judicial se somete al poder político, si se deja presionar, si retuerce la interpretación de la ley para agradar y recibir recompensas del poder político o económico, está cometiendo un grave delito: el de anular o pervertir la ley, y el de someterse al poder político o económico.

Todos estos principios, elementales, base de la democracia, han empezado a desmoronarse. ¿A qué estamos asistiendo? A una degradación alarmante de la fuerza y el sentido de la ley y de la voluntad de los jueces para asegurar su cumplimiento. La consigna es ir a por los jueces que se resistan, los que se nieguen a agachar la cerviz o poner la mano. Esta perversión ha empezado por arriba, confiando en que la estructura jerárquica facilite la tarea. Que se lo pregunten a sus señorías los señores Lesmes y Marchena, hasta hace poco considerados hombres honestos e insobornables.

Pero falta un elemento en este análisis: la fuerza de la ideología. Facilitando este desguace, que intenta convertir al poder judicial en el brazo armado del poder ejecutivo, está la utilización del instrumento de dominación más poderoso, el control de la ideología, de las imágenes, las ideas, el soporte simbólico sin el cual no es posible justificar este asalto a los fundamentos de la democracia. Ideología de género, ideología de las identidades, ideología supremacista, ideología guerracivilista, ideología revanchista, ideología estatalista, etc., todo ello envuelto en la retórica redentorista, progresista, liberadora.

El sometimiento de la política a la ideología, y la ideología como la gran encubridora del totalitarismo: O somos conscientes y reaccionamos con determinación y fuerza ante lo que está ocurriendo, o nuestro destino se volverá tan turbio que no seremos capaces de distinguir ni la misma oscuridad.

miércoles, 8 de enero de 2020

MAL AÑO TENGÁIS, MALDITOS


¡Vaya unas Navidades que nos ha dado el PS, el Partido Sanchista! (el PSOE ha desaparecido, dejemos de llamarle lo que no es). Frente a tantos buenos deseos para el nuevo año, confieso que lo he intentado y nada, no me sale nada políticamente correcto. Caigo en la invocación del mal, la imprecación, el anatema, el jérem judío. Que sólo me salen de la boca exabruptos, oiga. ¿Qué me pasa?

Quiero analizarme. ¿Cómo es posible que me domine un impulso tan irracional, hasta el punto de pedirle a las palabras un efecto mágico, un poder taumatúrgico? Porque a los urdidores y sostenedores del actual gobierno, a toda la andrajosa caterva de criptofascistas nacionalistas y sus adláteres, a todos y cada uno les deseo un mal año, que nada de lo que han tramado y bramado para destruir nuestra democracia, que nada les salga bien, que fracasen, que el 2020 sea para ellos y sus seguidores un "annus horribilis".

Hablo sólo de política, pero es que la política, llegado a este punto de exacerbación navideña, ha empezado a rebasar sus límites y lo que ahora empieza, este rotundo 2020, es ya otra cosa, algo que poco tiene que ver con la racionalidad y el control de los impulsos (que es lo que nos hace ciudadanos y demócratas) y sí con el efecto incontrolado de los incendios australianos o las tormentas monzónicas del Mediterráneo.

Quiero pensar, para mi descargo, que este brote psicótico que estoy padeciendo, es una consecuencia del descontrol de la naturaleza, del cambio climático, del maldito CO2 que me está carcomiendo las neuronas. Necesito urgentemente una explicación científica, algún clavo ardiendo al que agarrarme y con el que quemarme, no sólo las manos, sino la lengua. Porque lo que me sale de la boca no es más que ponzoña, sapos y culebras venenosas y malos deseos para todos los que han convertido el Congreso en una cueva de reptiles y babosas.

En esta duda estaba cuando me asomé a los medios. Encontré una carta manuscrita de José María Múgica (no la busques en El País o los medios de Cataluña) que acaba así: "Que pretenda usted alcanzar la investidura con la ayuda del fascismo, que nos asesinó en el País Vasco, me produce una náusea infinita y un profundo desprecio". Habla quien presenció cómo a su padre ETA le daba un tiro en la nuca. Alguien cuya familia judía murió en Auswichtz. Un facha, sin duda, para Sánchez y su camarillla (la SS, la Secta Sanchista).

También, para mi consuelo, leí el mensaje de otro exsocialista amigo, Enrique Calvet: "Nunca imaginé, ni en mis peores vaticinios certeros, que llegaría a ver a afiliados del PSOE, mi PSOE hasta 2005, aplaudir en Cortes a los filoasesinos de Múgica, Pagaza, Buesa, Jauregui, Lluch... Caiga sobre ellos la peor vergüenza y mi maldición". Pues sí, malditos sean.

Pero lo peor es cómo Sánchez ha justificado su abyecto proyecto cainita en nombre del diálogo: "La ley por sí sola no basta", ha proclamado con necia pomposidad, copiando literalmente a Torra. Oponer la ley a la política, situar la política por encima de la ley, es tratar de justificar el incumplimiento de la ley, degradándola. Lo que se busca es la impunidad, el someter la ley a las conveniencias, cambalaches e intereses de los independentistas, de quienes depende Pedro Sánchez. Por eso se recurre al eufemismo de un inexistente "ordenamiento jurídico-político", no a la Constitución y las leyes que de ellas se derivan. El poder jurídico no está supeditado al poder político; cada uno tiene su ámbito de actuación, y nada ni nadie está por encima de la ley, y menos la política y los políticos.

Y por último, maldito sea ese arribista de "Teruel existe". Nadie habrá hecho a Teruel y a España más daño en menos tiempo. Porque su poder, decisivo en esta hora de perjuros, se basa en haber obtenido ¡19.696 votos! (menos que los de mi barrio de León) frente a los 24 millones 365.851 emitidos. Exactamente, el 0,08% del 69,87% de votantes, ni siquiera del censo.

Pero seamos justos: malditos sean también todos los que han hecho posible esta aberración democrática, la misma que permite investir a un presidente con menos de la mitad de los diputados, siendo a su vez la mitad de éstos, enemigos del orden constitucional que les permite tener un asiento en el Congreso. La peor tiranía es la que se cubre de democracia.

sábado, 28 de diciembre de 2019

POR QUÉ SOY IBERISTA


Tiene el verbo ser en español (y en portugués) una fuerza semántica excesiva en comparación con otras lenguas. Al distinguir entre ser y estar, otorga a todo lo que es, una especie de esencia ontológica atemporal. El ser (sustantivo y verbo) es un desafío al tiempo y el espacio, un deseo categórico de eternidad y permanencia. La paradoja está en que, al mismo tiempo, sirve para decir que "somos" mortales y que nada en este mundo "es" permanente. Hechas estas reservas, pues sí, digo que soy iberista y, sobre todo, explico por qué lo soy.

Lo soy casi desde pequeño, porque estudié en Tuy y crucé muchas veces su puente metálico fronterizo para pasear por la amurallada Valença do Minho. Allí oí por primera vez a un niño referirse a la "Batalha de Aljubarrota" (la derrota castellana de 1385, que figura como hito fundacional de Portugal) y a mí aquello me sonó a lo de ¡Mala la hubisteis, franceses, / en esa de Roncesvalles! El niño lo contaba con una mezcla de orgullo y resentimiento.

Tan temprana educación patriótica me ha hecho pensar, y desde entonces entiendo mejor algo que, para ser iberista, uno debe aceptar: que ningún portugués deja de sentirse profunda y orgullosamente portugués. Es algo que, por desgracia, no podemos decir hoy de muchos españoles respecto a su nación. Los portugueses, es cierto, no han tenido ninguna leyenda negra que soportar y combatir, ni han sufrido movimientos internos disgregadores tan obstinados como los promovidos por los independentistas en Cataluña y el País Vasco.

Luego vino Unamuno, Pessoa, Eugénio de Andrade, Saramago... Es escandalosa la ignorancia que los españoles tenemos de la literatura portuguesa, cuando ya Cervantes nos habló en el Quijote de unas mozas de Sayago que recitaban a Camoens... ¡en portugués! (digo de paso que a estas pastoras, cantando y recitando a la vera del río, difícilmente las podemos imaginar por tierras manchegas, y sí por tierras de la Raya, de Zamora y de León, donde también se ubica la primera y más importante novela pastoril, Los siete libros de Diana, escrita por Jorge de Montemayor o de Metemor-o-Velho, hispanoportugués de origen judío).

No puedo dejar de recordar, en este breve recorrido sentimental, el impacto que en los jóvenes de mi generación dejó la Revolución de los Claveles. Estuve en Lisboa al poco de triunfar esa "revolución" que coincidió con los estertores del franquismo. Todavía resuena en mis oídos el Grândola, Vila Morena de Zeca Alfonso, uno de los cantos más bellos y emotivos que conozco. Pero vayamos a otros motivos "sentimentales".

Soy iberista porque siempre que veo el mapa de la Península Ibérica me cuesta trazar la frontera entre España y Portugal; es algo que siento "contra natura". La vista se me va espontáneamente a la totalidad, que luego debo corregir "por imperativo histórico y legal". Lo que más absurdo me resulta es el mapa meteorológico... ¡Como si el viento, el sol o las nubes entendieran de fronteras!

Soy iberista también porque siempre me he imaginado qué hubiera sido de nosotros, portugueses y españoles, si en lugar de separarnos definitivamente en 1640 hubiéramos unido fuerzas y construido el imperio luso-español. (No olvidemos que esta separación se precipitó como consecuencia de la rebelión simultánea de Cataluña, propiciada por las mismas potencias europeas que siempre han estado interesadas en impedir la unión política de Iberia).

Evocando este pasado siento una extraña nostalgia retrospectiva de algo que nunca existió, pero que pudo existir, y aclaro, de paso, que nada tiene esto que ver con ningún sueño "imperialista". En mi libro De la naturaleza del olvido escribí hace mucho un poema breve que decía: ¿Quién me arrancó de donde nunca estuve / y a donde no puedo regresar? Puede aplicarse esta nostalgia de lo imposible a todo lo que uno ha deseado, desde cualquier amor pasado, al paraíso de la infancia perdida, pero también a esa Iberia mítica y soñada, nacida de un impulso que, al menos en mí, y creo que en otros muchos compatriotas, estimula los mejores sentimientos humanos.

Pero soy iberista no sólo porque así me lo pide el corazón, sino la razón. Cualquier ciudadano portugués o español puede comprender hoy fácilmente, teniendo en cuenta criterios económicos, geográficos, políticos y culturales, que nada sería más beneficioso para todos que una unión "federal" de las dos naciones, adopte esta relación la forma de confluencia, integración, cooperación o coordinación, que de todo podría haber. Dos naciones soberanas que unen sus fuerzas y recursos para potenciar su economía, su turismo, su cultura, su agricultura, sus lenguas, sus vías de comunicación (trenes, autopistas, rutas marítimas y aéreas), la protección de la naturaleza y el patrimonio histórico, organizar su defensa, promover la igualdad, etc.

Un plan así nos protegería, no sólo ante un mundo global sometido a imprevisibles tensiones geoestratégicas y políticas, sino ante una Europa que está empezando a dar peligrosos síntomas de desconcierto y desvarío.

martes, 24 de diciembre de 2019

SEFARAD NOS UNE


Para los judíos, España y Portugal nunca han estado separadas. Todo es Sefarad. La separación en dos naciones nunca ha servido para distinguir a los judíos de un lado y otro de la frontera. No hay diferencias entre judíos portugueses y españoles. Todos son sefardíes. Todos son judíos ibéricos o hispanojudíos. Así ha sido a lo largo de la historia, antes y después de su expulsión en 1492 de España y de Portugal en 1497.

La unificación política hispana fue temprana (1469) y se culminó territorialmente en 1492, a partir del cual el imperio español se extendió por todo el mundo. Sin embargo, Portugal se independizó y siguió su propio camino, algo históricamente comprensible, pero política, territorial y económicamente negativo si pensamos en qué podría haber sido el imperio luso-español. Hoy podríamos aprovechar nuestra cercanía y nuestra historia común para recuperar un proyecto de unión que en cierto modo ha estado siempre presente, y cuyas ventajas pocos podrían racionalmente negar. Evocar a Sefarad, mito y realidad, puede servirnos para impulsar ese proyecto.

Los judíos eran súbditos protegidos por el rey, propiedad del rey, estaban a su servicio. Como recaudadores de impuestos sufrían los ataques que no podían dirigirse directamente contra el rey. Además de recaudadores, también ejercían de prestamistas. No sólo prestaban a cualquiera que necesitara dinero, sino también a la corona. Acabaron constituyendo un grupo que, por su posición y poder, logró adquirir títulos de nobleza. No todos los judíos fueron nobles aristócratas y banqueros acaudalados, sólo una minoría. La mayoría vivía de la artesanía y de las profesiones que les estaban permitidas: médicos, veterinarios, escribanos, comerciantes, sastres, etc. En algunas zonas (León) llegaron a ocuparse de la defensa de la ciudad y también fueron propietarios de tierras y viñedos.

Hay una fecha fundamental en la historia de los judíos de Sefarad: 1391. Este año sufrieron la mayor persecución de su historia desde que, varios siglos antes de nuestra era, se instalaran en Hispania. Ese año fueron asesinados por las turbas miles de judíos, una cruel matanza provocada por la predicación de Vicente Ferrer y sobre todo del arcediano de Écija, Ferrán Martínez, que dirigió el saqueo de la judería de Sevilla y de ahí se extendió a casi todas las aljamas de España. Un tercio de los judíos se convirtió, produciendo la primera gran oleada de conversos. Un siglo después, en 1481, se creó la Inquisición para perseguir a estos conversos que, habiéndose bautizado forzosamente, muchos seguían practicando la Ley de Moisés en secreto. Diez años después de la creación de la Inquisición, y quizás como prueba de la imposibilidad de erradicar las estrechas relaciones entre judíos conversos y no conversos, se aprobó el decreto de expulsión, que obligó a miles de judíos y conversos a refugiarse en Portugal y a dispersarse por todo el Mediterráneo.

No podemos entender la cultura española y portuguesa sin la aportación de los judíos en todos los órdenes, pero especialmente en lo referente a la administración del Estado, a las profesiones llamadas liberales, y al arte y la literatura, tanto durante la Edad Media como en los siglos de Oro, XVI y XVII. Podríamos decir que los judíos han dado continuidad a la Hispania romana a través de los siglos, con la llegada de los visigodos, los árabes y el surgimiento de los reinos cristianos medievales. Artes y ciencias como la exégesis bíblica, la mística, la filosofía, la medicina, las leyes, la astronomía, la navegación, la economía o la literatura, fueron desarrolladas gracias a la aportación judía. España estuvo a la cabeza de Europa durante esos siglos.

Otra aportación fundamental fue el desarrollo de la individualidad. Podemos hablar de la aparición de la subjetividad, del mundo interior, en gran parte debido a la necesidad que los judíos tuvieron de encerrarse en su mundo interior frente a la persecución exterior. La surgimiento de la mística se fundamentó en la existencia de la cábala, que ya desarrolló la importancia de la interioridad y la experiencia subjetiva. Nada de extraño que muchos conversos acabaran refugiándose y ocupando los puestos más importantes dentro de Iglesia y las órdenes religiosas.

Hoy, gracias a leyes impulsoras de la nacionalización o "repatriación" de los sefardíes, tanto en Portugal como en España, han podido nacionalizarse unos miles de judíos, estrechando sus lazos con la Península y favoreciendo la recuperación de ese pasado común. Si queremos dar fundamento a la unión federal entre España y Portugal, el conocimiento de la historia de los judíos de Sefarad servirá para estrechar nuestros vínculos culturales y emocionales, no sólo porque hoy muchos, tanto españoles como portugueses, nos reconocemos en esa herencia y nos sentimos descendientes de aquellos conversos y criptoconversos de los siglos XIV, XV y XVI, sino porque la propia utopía que encierra el mito de Sefarad, como reino de paz y armonía, es un estímulo para superar barreras artificiales, diferencias forzadas y prejuicios hoy carentes de sentido. Sí, Sefarad nos une.

jueves, 19 de diciembre de 2019

DE POLÍTICA Y LITERATURA



La semana pasada he asistido a dos actos de los que he sido protagonista. No es que yo tenga demasiada vida social, pero esta coincidencia me invita a reflexionar sobre la utilidad de cierta actividad intelectual que, como es mi caso, oscila entre el compromiso político y la pasión literaria. Uno de ellos fue la conferencia que di en el Casino de Madrid con el título "Cataluña y España", y el otro, la presentación de mi libro "Confesiones de don Quijote" en la Casa de León en Madrid. Del Casino a la Casa, de la política a la literatura.

Toda la política española pasa hoy por esas dos palabras, Cataluña y España, sobre cuyo significado y relación versó mi conferencia del Casino (no le llamo charla, al menos por respeto a la belleza arquitectónica de uno de los edificios más singulares de Madrid). Me invitó a participar el leonés Isidro González, el mayor experto en la historia de los judíos en España. Entre los asistentes se encontraban Amando de Miguel, Pepe Carralero y José María Vizcay, tres de los firmantes del "Manifiesto de los 2.300", la primera denuncia contra el proyecto catalanista que, casi cuarenta años después, ha desembocado en la rebelión separatista.

Frente a la perversa proclamación de Cataluña como nación, hecha por Iceta y sus mariachis, hemos de repetir incansablemente que Cataluña no es una nación, ni lo es, ni lo ha sido, ni lo será, salvo que España desparezca y los españoles lo consintamos. Si así ocurriera, significaría que aceptábamos la usurpación de algo que es propiedad de todos, por una minoría privilegiada y corrupta, que aspira a destruir el Estado democrático que hoy defiende el bien común y la igualdad de todos los españoles. Repitamos, hasta que le supuren los oídos a los independentistas, que Cataluña no es de los catalanes, como no lo es Extremadura de los extremeños, ni Galicia de los gallegos. Que todo es de todos por igual, sin que nadie tenga derecho alguno a trocearlo, apropiárselo y destruir lo que ha sido construido por todos durante siglos.

Parece mentira que todavía hoy siga el PSOE con la cantinela del federalismo, eufemismo que no sería más que el paso previo al independentismo. Lo ha dicho Tardà de modo inequívoco: "Vamos a hacer con la izquierda española una parte del viaje hasta la estación federal. Cuando lleguemos al estado federal español la izquierda española bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final, que es la república de Cataluña". Y añade, por si alguno no lo ha entendido bien: "Si reconocen Cataluña como nación tienen que reconocer el derecho a decidir, y tienen que autorizar el referéndum". Y ese referéndum, "aunque (lo) perdiéramos, ganaríamos. Si haces un referéndum, ¿por qué no dos o tres?"

El texto teatral "Confesiones de don Quijote" fue presentado por Paúl Sarmiento, Juan Margallo y José María Merino. Agradezco el entusiasmo de Sarmiento, el humor cervantino de Margallo y la sabiduría académica de Merino que, lejos de reservas o prevenciones, destacó las huellas judías y leonesas que yo he descubierto en el Quijote y las hizo suyas. Uno, acostumbrado a caminar entre abruptas peñas literarias, cruzar arroyos y buscar sendas escondidas, se sorprende a veces al encontrar en su camino a otros, si no tan solitarios, sí igualmente empeñados en seguir su propia ruta. Compartir la misma pasión cervantina es, sin duda, uno de los fundamentos más sólidos de la amistad.

Volviendo al principio, me pregunto qué sentido tienen estos actos y ceremonias, en que un grupo se reúne para hablar de lo que le preocupa (la grave situación de nuestro país) o le apasiona (la literatura, el teatro). Mi respuesta es que no lo sé. No sé hasta qué punto uno puede influir en los demás, en sus ideas, pasiones y sentimientos.

Lo que sí sé es que la propia vida me empuja a compartir por igual inquietudes políticas y literarias. Y que es difícil separar lo uno de lo otro, sobre todo cuando tiene uno la misma sensación de amenaza, de destrucción de aquello que considera fundamental para su vida y la de los otros: por un lado, la paz y la convivencia, la unidad nacional, la igualdad, la lucha contra los explotadores y usurpadores del bien común; por otro, la creación del arte y la literatura, el disfrutar con los buenos libros, el gozar con el inagotable estímulo cervantino. Pues habrá que seguir.







jueves, 12 de diciembre de 2019

BOOKTRAILER del libro CONFESIONES DE DON QUIJOTE




https://www.youtube.com/watch?v=NwCxr198IKQ

ANESTESIA NACIONAL


Anestesiar, adormecer, sedar. Poco a poco ir perdiendo la conciencia de lo que nos rodea para ir entrando en un mundo de seráfica ingravidez. Van a hacerte una operación de amputación en 3D y lo mejor es que no te enteres, que no sientas ni padezcas. Todo está controlado y en manos de expertos cirujanos. Ha llegado la hora. Hay que intervenir para curar. No podemos seguir así, sin asumir la realidad, sin encarar el problema.

"La realidad española es la que es", ha escrito, exhausto el cráneo, un equidistante columnista de El País ("Acatar... la realidad española", titula su artículo). Es un compendio del plan nacional diseñado para inducirnos al "acatamiento", a la sumisión y la resignación a la que estamos fatalmente llamados: acatar, cumplir inexorablemente la ley, el mandato de la realidad, suprema e incontestable norma. Hasta lo argumenta echando mano de un supuesto ADN histórico.

Dice que todo sería más sencillo si "el país" tuviera algo de lo que goza Europa: "la institucionalidad británica", "la consistencia alemana", "la habilidad italiana" o "la cohesión territorial francesa". Se refiere al "conflicto territorial", del que asegura "es parte de la identidad española", lo mismo que es "consustancial la pulsión de cuestionar las instituciones", o "la tradición de polarización trincherista". Si tuviéramos algo de lo que Europa tiene...

Pero aquí tenemos un Parlamento con 17 partidos y "con eso toca legislar y hacer Gobierno", nos aclara apelando a Perogrullo. De acuerdo con "la aritmética votada por los ciudadanos" (parece que los ciudadanos votamos con calculadora en mano), sólo existen dos opciones: A (coalición PSOE con PP y Cs) o B (PSOE-Podemos con ERC). Dado que la A es imposible, "sólo queda el otro pacto. Por más que se ponga el grito en el cielo, sobre todo en el cielo mesetario, no hay más".

Reparen en lo del "cielo mesetario", que se suma a los tópicos esencialistas ligados a la "identidad española". Tanto rodeo para acabar al final repitiendo (dos veces, para que quede claro): "Hay que acatar la Constitución, pero también hay que acatar la realidad del país". Y: "Hay que sumar con lo que hay, acatando la Constitución pero acatando también la realidad".

La clave está en ese "pero" adversativo, que funciona en realidad como una disyunción de incompatibilidad: o Constitución o realidad. La realidad es lo que se impone, lo sensato, lo que no tendremos más remedio que aceptar si queremos, no sólo salir del actual bloqueo, sino solucionar nuestro atávico "conflicto territorial". Lo demás es "entretenerse en fantasías".

Hacia ahí vamos. Oiremos este mensaje de ahora en adelante hasta la hartura, por no decir el vómito. Que con la Constitución, con el acatamiento a la Constitución no vamos a ningún lado. Que hay algo que está por encima de la Constitución: la realidad, aunque esa realidad sea la rebelión independentista, a la que, con lítotes provocativa, se llama "conflicto político", que es como si al atraco a mano armada de un banco le llamáramos "conflicto financiero".

Sólo les preocupa una cosa: cómo hacer tragar este sapo jurásico a los españoles, cómo ir aplicando el somnífero en vena día a día sin que se note. Tienen medios poderosos para hacerlo, gota a gota, artículo a artículo, pantalla a pantalla, tertuliano a tertuliano, consejo de ministros a consejo de ministros, juez a juez, empresario a empresario, abrazo a abrazo. Álvarez Junco ya lo expresó hace tiempo con apabullante tesis: “Desde un punto de vista lógico, de pura filosofía política, dos nacionalismos son incompatibles. No puede haber dos soberanos en un mismo territorio. Desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio”.

¡Es la realidad, hermano! La realidad del círculo-cuadrado, del huevo-castaña, del pan-como-unas- hostias. ¿Dos naciones en un mismo territorio? No, ocho. De momento ocho, que las ha recontado una a una Iceta colocándolas como garbancitos sobre su barriguita. Porque nacionalidad y nación son mismo, lo dice la realidad oculta de la Constitución, que es realidad verdadera.

Que a lo mejor no queda otro remedio: ésta es la consigna. Porque nuestra Constitución es muy abierta, y si no cabe en la Constitución, peor para la Constitución. Ya lo dijo Ábalos, esa inteligencia superdotada agazapada entre dos ojillos: "Tenemos que buscar un cauce de expresión para que no sea necesario que nadie tenga que recurrir a vulnerar el ordenamiento jurídico". El separatismo avanza imparable: la violencia es pacífica, los tsunamis son democráticos, la independencia cabe en la Constitución.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

VA DE LIBROS


(FOTO: Fernando Redondo)

La palabra libro proviene de "líber", nombre con el que se designa en latín a la membrana vegetal que separa la corteza del tronco de un árbol. Contiene la idea de crecer y liberar, que está también en el origen de la palabra libertad. Ser libre es tener la capacidad de crecer. Y crecer se hace siempre desde dentro, rompiendo lo que nos constriñe o encierra, como es la corteza del árbol.

El término "scríbere" dio origen de la palabra escritura. Significa hacer incisiones, grabar, tal y como hacían nuestros antepasados sobre la piedra, la madera o la arcilla para dar permanencia a la palabra. Pero también está emparentada la escritura con el término griego "kriptós", que se refiere a lo oculto, lo encriptado, lo que debe descifrarse.

"Elígere" en latín significa recolectar, seleccionar, elegir. Leer es elegir, tener la capacidad de seleccionar entre distintos significados o interpretaciones. El lector es un elector. La inteligencia es saber elegir entre varias posibilidades.

Al extenderse la imprenta, el libro pasó de ser declamado o recitado en voz alta, a poder ser leído en silencio, lo que exigió desarrollar la capacidad de concentración e introspección. Uno de los logros mayores del libro ha sido aumentar nuestra capacidad de atención, introversión y reflexión.

El libro sigue siendo hoy el mejor instrumento inventado por el hombre para desarrollar la capacidad de concentración, de reflexión, de autoconocimiento y conocimiento del mundo. Para desarrollar la capacidad de pensar, la capacidad de crecer desde dentro de uno mismo, la capacidad de elegir, la capacidad de descifrar lo oculto.

El los últimos meses he ido a muchas presentaciones de libros. Recibo invitaciones casi cada día. No tendría presupuesto para poder comprar todos los libros a cuyas presentaciones soy invitado. Por eso renuncio a veces a ir a estos actos, sobre todo cuando son de amigos. Es casi obligado que, al ir a saludarlo al final del acto, lleve uno el libro para que se lo firme.

Caigo en la cuenta de que casi todos mis amigos escriben libros, como yo. Y la verdad, no es fácil mantener la amistad con alguien que escribe libros como tú. Es una relación complicada, porque a uno no le gustan siempre los libros de sus amigos. Pero la amistad obliga a la cortesía.

Se escriben hoy muchos libros, pero sobre todo muchos libros inútiles, prescindibles. Quizás siempre fue así, pero hoy se nota mucho más, porque se publica más. Paradójicamente, cada día es más difícil publicar. El mercado del libro es tan caótico, está tan degradado el valor del libro, que la antigua relación entre libro y calidad (literaria) es hoy el último criterio que los editores tienen en cuenta a la hora de publicar algo.

La crítica de libros ha desaparecido prácticamente. Ya casi nadie lee los suplementos literarios de los periódicos o las revistas especializadas. Sólo las leen los propios escritores, no los lectores de libros. La media de las ediciones hoy es de 500 ejemplares, cuando hasta hace poco eran como mínimo de 2.000. Hay miles de editoriales, pero si quieres publicar un libro, pon el dinero por delante. Y muéstrate agradecido, porque te dirán que te hacen un favor.

Cierto es que hoy, repito, gran parte de los libros publicados son deplorables, no sirven para nada de lo que he dicho más arriba. Antes yo jamás dejaba un libro sin leer enteramente. Hoy ya no lo dudo: leo diez páginas, hago un par de catas y decido seguir adelante o lamentar el espacio que va a ocupar el libro en mi trastero, ya abarrotado. Porque eso sí, todavía tengo cierto respeto, casi supersticioso, a los libros.

Concluyo dando un rodeo por el bosque, recién nevado, en el que voy dejando unas huellas que pronto borrará el viento y la lluvia para siempre. Me pregunto, mientras camino por una senda escondida, quién soy y qué sería yo en esta vida sin libros. Qué sería de mí. Trato de responderme.

Soy un cuerpo, una mente y una conciencia. Soy esa totalidad. Mi cuerpo percibe y actúa. Mi mente interpreta y decide. Mi conciencia se da cuenta y crea. Todo está relacionado. El mayor logro es armonizar nuestro ser, que es único, teniendo en cuenta todo lo que somos. Alcanzar el bienestar físico, la claridad del pensamiento y la plenitud de la conciencia. Para todo ello me sirven los libros. Bueno, más que rodeo, este final es una pirueta. Sea.

domingo, 1 de diciembre de 2019

LA VERDAD BASURA


(Foto: Fernando Redondo)

Siempre hemos pensado que la verdad nos hace libres, que la verdad es revolucionaria, que la verdad es poder, que la verdad es el fundamento de la democracia...

Siempre hemos creído que la información ha de estar al servicio de la verdad, porque cuanto más informado esté un pueblo, más difícil es engañarlo y manipularlo...

Siempre hemos luchado contra la censura, la desinformación y la mentira, porque todas las dictaduras se han basado en el engaño y la ignorancia, el control y la manipulación de la información...

Pero algo está cambiando radicalmente. La verdad empieza a ser inofensiva. La verdad empieza a perder valor e influencia. La verdad se está degradando hasta alcanzar la categoría de verdad basura.

La verdad ha dejado de tener importancia porque su conocimiento no produce ninguna reacción, ningún cambio social. La verdad, incluso, se ha convertido en un mecanismo de la paralización.

Es algo bastante nuevo. Los poderosos empiezan a perder el miedo a la verdad. La dominación y la tiranía ya no necesitan de la ocultación ni de la mentira. Todo puede salir a la luz y no pasa nada.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Mediante un mecanismo enormemente eficaz: la saturación. El exceso de información, el bombardeo constante de estímulos lingüísticos y visuales, produce un aturdimiento mental y sensorial, parálisis e indefensión.

Nuestro cerebro está invadido por millones de estímulos que debe procesar y valorar constantemente. El cerebro no puede juzgar, analizar y deducir las implicaciones de toda esa información. No tenemos tiempo para esa tarea; nuestra atención es limitada y, además, eso exige esfuerzo.

Como no tenemos tiempo para pensar, nos dejamos llevar por la estimulación. La estimulación crea adicción. Lo que necesitamos es recibir estímulos, que no se rompa la cadena de excitación cerebral y sensorial. Y como toda adicción, cada vez exige una estimulación mayor. Las imágenes han de ser cada vez más crudas, los insultos más burdos o soeces, las verdades más escandalosas, los atropellos más descarados, la negación de los hechos, más atrevida. Cada información anula así a la anterior. Es lo que se busca.


La duda nos incomoda, la rechazamos. Para evitar pensar buscamos un atajo: el identificarnos con el pensamiento de otros. Aquí es donde interviene el grupo, la ideología. Preferimos que nos lo den todo resumido y sin titubeos. Exigimos en todo respuestas rápidas y fáciles. Necesitamos agarrarnos a la información más simple, aquella que nos lo da ya todo resuelto y valorado, la que nos proporciona la identificación con el grupo. Cuanta más confusión, cuanto más compleja se vuelve la realidad, mayor adhesión a la ideología del grupo.

Los titulares son la información procesada y valorada. Pensamos con titulares. Cada vez nos cuesta más leer información razonada, que nos obligue a pensar. La lectura se ha vuelto superficial, corta, efímera. Somos autómatas, espejos que no hacen otra cosa que reflejar lo que nos ponen delante. Repetidores.

Una vez controlada la mente por saturación y simplificación, es ya muy fácil manipular lo más importante, las emociones. Las emociones se vuelven superficiales y efímeras. Pero sin emociones profundas no hay acción consciente, sólo reacciones pasajeras. Y cuanto más inseguras, más fanáticas.

Ante la verdad basura hemos de recuperar la capacidad de discriminar, de valorar, de elegir. Para ello hay que paralizar la sobreexcitación. No necesitamos tanta información, casi siempre redundante e inútil. Son más importantes nuestras ideas y actitudes. No hay que estar al día, no necesitamos tanta información para saber qué pasa, quién nos domina y cómo.

Hay que pararse. Hay que romper el mecanismo perverso de la sobrestimulación. Hay que desengancharse de la excitación superficial. Hay que confiar más en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, en nuestros sentimientos. No dejarnos arrastrar por la presión del grupo.

Porque la verdad sigue siendo importante. Al degradarla, al neutralizarla mediante la redundancia y la saturación, lo que se busca es desvirtuarla, hacerla equivalente a la mentira. Que no distingamos entre hechos y conjeturas, suposiciones y actos, la injusticia y la justicia, el crimen y la ley. Con la degradación y disolución del concepto de verdad lo que se busca es diluir la responsabilidad y que los poderosos puedan actuar con total impunidad.

Digo poderosos, pero tienen nombres reconocibles: hoy, por ejemplo, esa coalición social-podemo-separatista. Esa alianza entre nuevos ricos y la más abyecta burguesía, cuyo único mérito es chapotear sin escrúpulos en el lodazal de la verdad basura.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

NECIOS AUDACES



Dice Baltasar Gracián: "Todos los necios son audaces". Voy a tirar del hilo de este ovillo y con él entretejer el texto de este artículo, tejido con el que quizás me haga un gorro, un gorrito para proteger mis orejas del frío invernal adelantado, pero sobre todo del ruido, del griterío de la calle. Que quiero recogerme en mi casa, oiga, y que no me molesten, que estoy esperando la llegada de la nieve a mi ventana como aquel poeta quería ver a las golondrinas en primavera, "en tu balcón sus nidos a colgar", y lo que sigue, que es más bonito: "Y otra vez con el ala en tus cristales/ jugando llamarán".

Empiezo hilando que el retruécano no es válido, o sea, que si bien es cierto que todos (o casi todos) los necios son audaces, no todos los audaces son necios. Vamos, que yo me considero ante muchos retos casi siempre audaz, incluso atrevido (y veces temerario), pero necio, lo que se dice necio, sólo muy de vez en cuando. Pero la frase me atrapó, no sólo porque obliga a pensar en uno mismo, o sea, a preguntarse si uno es un necio audaz o un audaz necio, sino porque venía muy a propósito para definir a tanto necio hoy presente en la vida pública. Gracián nos dice que necedad y audacia no son incompatibles, y esto viene bien para no sobrevalorar la audacia, que puede ser índice de necedad.

Digo que a veces gran audacia es señal de enorme necedad, así la coalición frentepopulista de esos dos grandes necios, Pedro y Pablo, que muchos admiran por audaz. Audacia disimula aquí necedad, y por eso la hace más peligrosa. Por eso no basta con oponerle la sabiduría, sino también el valor. Dice de nuevo Gracián: "Sin valor es estéril la sabiduría". Sépanlo bien los que se creen sabios, porque la sabiduría sin valor es tan estéril como la necedad pura.

Más aún: hoy los necios han aprendido a usar el arma más letal: engañar con la verdad. No necesitan disimular nada, ocultar la verdad, negar contradicciones. Se han dado cuenta de que hoy la verdad sirve de poco, que es mucho más importante lo que uno cree que lo que ve: "Es lo menos lo que vemos; vivimos de la fe ajena" (de nuevo Gracián). Por eso “con los necios poco importa ser sabio, y con los locos cuerdo". Hace falta algo más, y aquí es donde fallan tantos apaciguadores, irenistas, tanta alma angelical, seguramente más por falta de valor que de sabiduría.

Pero hay una verdad que no podemos ignorar: “Son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”, que también dijo Gracián. Y esto me da pie a pensar que no solo la audacia, sino la maldad, es atributo frecuentísimo entre los tontos. He llegado a esta conclusión recapitulando mi vida, porque he conocido en ella a muy pocos tontos que fueran buenos. Y malos son sobre todo aquellos que "de los átomos hacen vigas para sacar los ojos". Su principal objetivo es ése: dejarte ciego. Y lo peor de una ceguera repentina no es sólo no ver, sino quedar paralizado. Así el mal, el efecto más nocivo del mal.

Pues para que la sabiduría no sea estéril; para que los tontos audaces no aumenten; para que los malvados no nos saquen los ojos y nos engañen con la verdad; para que la verdad importe; para que sea más importante lo que vemos que lo que creemos; para poder contemplar la nieve tras los cristales y que la nieve nos sosiegue, hemos de tomarnos muy al pie de la letra lo que ya nos aconsejó Quevedo: "más que persuadir para obrar", hay que "obrar para persuadir". Porque el momento ya no admite titubeos precavidos. Nos lo ha dicho Slavenka Drakulic, que conoce muy bien lo sucedido en los Balcanes:

"Necesitas una justificación para empezar a matar, necesitas ser convencido de que estás haciendo lo correcto, de que estás defendiéndote de un enemigo diabólico que quiere hacerte daño. (...) La gente necesita estar dispuesta a matar y morir por sus objetivos. Esto, afortunadamente, tarda un tiempo en suceder. De manera que hay que tener esperanza en que aún estamos a tiempo de explorar posibilidades que eviten un conflicto fatal en España".

Concluyo con Quevedo, que por citas no quede: "Determinarse tarde al remedio del daño, es daño sin remedio". Dicho queda.

viernes, 15 de noviembre de 2019

ESPAÑA DESMEMBRADA



¡Qué castigo! ¡Oh, terca realidad!, ¿por qué no me contradices? ¿Por qué te empeñas en darme la razón? Yo quiero equivocarme, quiero que quienes me han tachado tantas veces de alarmista y exagerado, estén en lo cierto. Pero no. Ahí está el resultado electoral, la confirmación más cegadora del desastre nacional. Los viejos fantasmas van tomando cuerpo, encarnándose, pasando del mundo de los muertos a la más turbia realidad. Cada día que pasa, más cerca sentimos su lúgubre aliento.

Yo entiendo que todos queremos dormir en paz. Que todos tenemos derecho a un feliz descanso diario. Que la reacción más natural es huir de las malas noticias, negar los hechos desagradables, buscar refugios individuales, alejar los malos augurios. Pero no hay salida. No hay sueño al que no lleguen el destello y el humo de las hogueras, las autopistas cortadas, los disparos, el odio de los encapuchados, la torpe defensa de los cascos y los escudos. Ya se han instalado en nuestra retina, y ahí siguen, al fondo, inquietando, perturbando la paz, esa paz que creíamos eterna. En mi obra dramática "Confesiones de don Quijote", imagino a un don Quijote librando la última batalla, la más decisiva, la de "desembarazarse de los hilos y telarañas, los negros murciélagos y las sombras voladoras que aturden y confunden su alma".

Sí, lo peor de esta hora es la confusión. La incapacidad para encarar la cruda realidad. Lo diré con palabras de Stanley G. Payne, el más lúcido hispanista vivo: "España está inmersa en la mayor crisis contemporánea de la era democrática, la más intensa. El problema es que ni el PP ni el PSOE podrán resolver la crisis del sistema. Son responsables de la misma". Y: "La estructura autonómica del Estado es la causa de la fragmentación y deconstrucción de España como nación". "El sistema político puede colapsar y ello llevar a la disgregación de la nación". "La situación es muy, muy grave. Después de la rebelión en Cataluña, la situación sigue igual o peor aún, porque no se resuelve. Vamos de crisis en crisis. No es imposible que en España se vuelva a repetir un escenario como el de la experiencia cantonal de la Primera República".

No hay mejor confirmación de estos negros vaticinios que el resultado de las elecciones. Un parlamento nacional con 17 partidos, de ellos sólo 4 nacionales y el resto partidos territoriales o conglomerados, de los cuales la mitad son antinacionales y antiespañoles. ¡En manos de este Parlamento hemos dejado la soberanía nacional y nuestro futuro! Algo tan sencillo y razonable como el no permitir concurrir a las elecciones nacionales a partidos no nacionales, que no sean de ámbito nacional (y cuyos fines sean locales), bastaría para que, de forma natural, se configuraran en el Parlamento mayorías de gobierno. Pero ahí tenemos a este gallinero, donde oiremos cada día mayores y más vociferantes cacareos. Política de corral, gallinácea, excremental, de la que vivirán con fantásticos sueldos gente que sólo acudirá al Parlamento para destruirlo desde dentro.

No han querido reformar la Ley electoral. Una Ley antidemocrática, porque colapsa la democracia, la invalida al otorgar a los votos un valor distinto en función del lugar en que se emiten. La diferencia es abismal: un diputado puede valer 19.000 votos en una provincia y 167.000 en otra. De ello se benefician los partidos provinciales, regionalistas y nacionalistas, esos que no deberían ocupar un solo asiento en el Congreso. Para defender lo local están los ayuntamientos, las diputaciones y las autonomías; pero eso no basta: quieren estar en el Parlamento Nacional, el único órgano político que representa a la nación, o sea, a todos los españoles por igual, sean de donde sean. Circunscripción única y listas abiertas, con ligeras correcciones: no es tan difícil el remedio.

Pero se prefiere el abismo. Se prefiere la exacerbación de los sentimientos disgregadores, el oportunismo, el egoísmo caciquil de las burguesías locales, la rapiña de tonto el último. Lo dicho: España se agrieta, se quiebra, se trocea, y la izquierda reaccionaria hoy dominante, la del rencor y el odio victimista, la más abyecta izquierda de Europa, la que ha destruido lo único que ha justificado su existencia a lo largo de la historia, o sea, la búsqueda de la igualdad y la defensa de los más desfavorecidos frente a los poderosos, esa izquierda está hoy en el poder y pretende imponernos su más nefasto proyecto, el de la plurinacionalidad, o sea, el de la España desmembrada.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Homenaje a la Resistencia en Cataluña




Suena a homenaje a veteranos de guerra, brigadistas y exiliados. De la Resistencia francesa a la Resistencia catalana. La diferencia es que esta guerra no ha acabado, más bien está en sus comienzos. Por eso fue, más que una evocación, un recuento de efectivos, un analizar dónde estamos, una llamada para unir fuerzas y darse ánimos. El acto tuvo lugar en Barcelona el pasado sábado. Asistí como homenajeado por ser uno de los primeros en intentar organizar esa Resistencia allá por el año prehistórico de 1981, cuando escribí un "Manifiesto por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña" conocido como el "Manifiesto de los 2.300", epítome que recuerda a los 300 espartanos de la Guerra de las Termópilas.

La iniciativa fue de Cayetana Álvarez de Toledo, y sólo ella podía reunir a personas de muy diversa orientación política, porque si algo compartimos los resistentes convocados es el reconocimiento a la honestidad política y la determinación democrática de Cayetana en contra el nacionalseparatismo. Fue un acto importante, y sólo el futuro dirá si señala el inicio de un cambio radical en la lucha contra la rebelión secesionista y la urgente necesidad de una reorganización de todas las fuerzas resistentes actuales. Recibimos el homenaje unos pocos de los miles que a lo largo de casi cuarenta años hemos combatido el independentismo, el proyecto más abyecto, clasista y reaccionario surgido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Allí nos reunimos Antonio Robles, Pepe Domingo, Teresa G. Barbat, Marita Rodríguez, Aleix Vidal-Quadras, Arcadi Espada, Ana Losada, Julia Moreno, en pantalla Albert Boadella y en voz Francesc de Carreras y Félix Ovejero. Nuestras intervenciones están accesibles a quien quiera a través de YouTube. Inició el acto Alejandro Fernández, responsable del PP de Cataluña, y lo cerró Cayetana, que se presenta a la reelección como diputada por Barcelona. Quisiera comentar estas dos intervenciones, que deberían destacarse como uno de los hechos más importantes de la actual campaña electoral.

Tanto Alejandro como Cayetana quisieron dejar claro que no compartían la política de apaciguamiento, entreguismo, apaños e incluso colaboracionismo que durante tantos años había tenido el PP con relación al nacionalismo pujolista, que es quien nos ha llevado hasta aquí. Reconocer este error, este inmenso error, hacer autocrítica y pedir perdón por el abandono, además, en que se ha dejado al constitucionalismo en Cataluña, es un acto de valentía política destacable por lo insólito y tan contrario a la práctica de todos los partidos. Porque ellos han hablado, no a título individual, sino en nombre del partido al que representan.

Se debería cerrar así una etapa de desvarío y claudicación del PP en Cataluña, lo que significa aceptar una culpa compartida por el marianismo y el aznarismo que, entre otros baldones, lleva en su fardel la aceptación de la inmersión (imposición) lingüística, la pérdida del control de los Mozos de Escuadra o el bochorno del 9-N y el 1-O. Y hemos de recordar que todo empezó con la decapitación política de Alejo Vidal-Quadras, que fue precisamente uno de los más justamente homenajeados y quien, en su intervención, dio un ejemplo de elegancia y humor extraordinarios.

Hay quienes han criticado esta rectificación por llegar tarde, ser poco creíble o incluso meramente electoral. Bastaría observar la reacción que ha provocado entre algunos miembros del PP para darse cuenta de que, por el contrario, es un gesto de valentía que no responde a cálculos mezquinos y personales. Un decálogo tan nítido y explícito como el expuesto por Cayetana en su intervención es algo que, o se hace con total sinceridad y compromiso, o no habrá modo alguno de ocultarlo ni de acomodarlo a conveniencias del futuro.

Pero hay más. El acto de rectificación y el compromiso adquirido es algo que, o se extiende a todo el PP y marca un cambio real en la política del partido, no sólo en Cataluña, sino en toda España, o, si esto no ocurre, el futuro que nos espera será más negro que la boca de cien lobos. Por eso es tan importante que triunfen las ideas y la actitud insobornable de Cayetana en el seno del PP, algo que va mucho más allá de las guerras internas y personales por el poder. Y lo digo yo, persona de izquierdas, y que, precisamente por serlo, acudí a este acto. Dado que el PSOE es ya irrecuperable, al menos que el PP se libre del nacionalismo y el marianismo de los Feijóo, Alonsos, Bieles y Sorayas.

jueves, 31 de octubre de 2019

ESPAÑA EN MARCHA



Gabriel Celaya, de origen vasco (apellidos: Múgica, Celaya, Leceta), es hoy un poeta casi olvidado, pese a haber escrito más de 75 libros (55 de ellos de poesía) y ser de izquierdas. Quizás su pecado haya sido ser y sentirse español, un excelente poeta español que jamás se avergonzó de serlo ni dejó de pronunciar la palabra España (frecuente en sus versos). En su libro 'Cantos iberos', de 1955, escribió un poema titulado 'España en marcha', mucho antes de que François Macron creara su partido 'France en Marche' (que coincide con sus siglas FM), y de que Albert Rivera lo copiara en su eslogan 'España en marcha'.

Voy a permitirme glosar, comentar, acercar sus versos (que tan bien interpretó Paco Ibáñez y que muchos cantamos con rebelde emoción en nuestra primera juventud) recordando lo que dicen, que poco tiene que ver con lo que Pablo Iglesias y su pandilla han entendido, que también han querido apropiarse de este 'España en marcha', prostituyendo su sentido. Celaya fue comunista, pero lo suficientemente libre como para renegar de Carrillo, y su poesía está muy por encima de los mensajes que hoy lanza ese relamido impostor que usa su nombre tan en vano (Iglesias, aclaro).

"Nosotros somos quien somos. / ¡Basta de historia y de cuentos! / ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos". Así empieza el poema, y leídos estos versos sin añadido alguno, tomados como fueron escritos, o sea, al pie de la letra, son tan actuales que deberían cantárselos a Pedro Sánchez y a su vice la Cantante Calva allí donde fueran. Yo, si fuera o fuese periodista, a la primera ocasión le cantaría con música de Paco Ibáñez estos versos y le pediría al plagidoctor que me los interpretara: "¿Cree que tienen algo de actualidad, doctor?"

A quien ha pretendido convertir nuestra historia en un cuento de malos (ellos) contra buenos (nosotros), sí, yo le diría "¡basta de historia y de cuentos!", no me venga con más cuentos, sus cuentos; déjeme a mí conocer la historia, no la invente, no la use para legitimarse moral y políticamente, despertando un sectarismo anacrónico y repulsivo. Quien ahora vuelve a enterrar a los muertos está, como ellos, muerto, forma parte de esa macabra hueste de muertos que entierran a los muertos. El primer respeto, la primera muestra de dignidad, es no usar los huesos de los muertos para beneficio personal y partidista. Porque, además, nos dice Celaya: "Ni vivimos del pasado, / ni damos cuerda al recuerdo". Nada tiene que ver conocer el pasado con "vivir de él". ¿Lo entiende, doctor?

De estos otros versos seguro que no entiende nada, ni usted ni mucho menos la Cantante Calva: "De cuanto fue nos nutrimos, / transformándonos crecemos / y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto". Hemos llegado hasta aquí golpe a golpe y muerto a muerto, y por eso queremos y anhelamos algo mejor: "Españoles con futuro / y españoles que, por serlo, / aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno". Y acaba el comunista Celaya: "España mía, combate / que atormentas mis adentros, / para salvarme y salvarte, con amor te deletreo".

Qué lejos todo esto, esta mirada esperanzada sobre España, sobre su pasado y su futuro; qué lejos este sentir y amar y deletrear a España, de la mezquina negación de lo que somos ("nosotros somos quien somos"), de ese odio a España que incendia Barcelona, que recorre Cataluña como un tsunami de lodo, una nube tóxica y ponzoñosa. Que la izquierda justifique y apoye esta ola de rencor e inquina, eso es lo más preocupante. Hablan de frustración, de una reacción natural, del derecho a protestar contra una sentencia que juzgan injusta. Todavía Iceta, después de todo lo visto, sigue diciendo que el movimiento separatista es pacífico y democrático. ¡Y se queda tan orondo y lirondo!

Ante tanto desvarío y engaño, conviene recordar a estos poetas que, como Gabriel Celaya (o como Lorca, Machado, Miguel Hernández, Alberti..., toda la Generación del 27 y la llamada Generación de Postguerra), siempre expresaron y llevaron a sus versos una idea de España abierta, libre y generosa, tan alejada de la imagen grotesca que los separatistas están difundiendo de nuestra nación, que resulta aberrante que tipos como Sánchez o Iglesias se pongan a su servicio, ignorando esos sentimientos que nuestros mejores escritores supieron siempre elevar a la más alta expresión poética.

viernes, 25 de octubre de 2019

EXCESO DE REALIDAD



Somos organismos receptores. Estamos diseñados para canalizar el flujo infinito de estímulos externos e internos a través de cinco sentidos. Podían ser muchos más, pero con estos cinco ya tenemos de sobra para sobrevivir... ¡y para aturdirnos! Porque no basta con detectar y seleccionar los estímulos, lo importante es convertirlos luego en imágenes, sonidos y sensaciones, y con todo ello pasar después a construir impulsos, deseos, pensamientos y actos.

Pero hay más. De nada servirían estos magníficos aparatos receptores y ese increíble sistema de transducción de la energía (lumínica, mecánica, química) en impulso bioeléctrico (neuronal); ni siquiera basta que estemos dotados de ese otro aparato mágico (el cerebro), transformador y creador del pensamiento. Necesitamos algo más. Necesitamos construir la realidad, o sea, dotar al mundo exterior y a nuestro propio cuerpo, de consistencia y estabilidad, algo que exige crear un mapa interior, una imagen global cuyos rasgos esenciales sean permanentes y a los que todos otorguemos una realidad objetiva que no depende de nosotros, que está ahí a pesar de todos los cambios que observemos.

Bien, pues lo nuevo de la sociedad actual es que han aumentado esos aparatos receptores y emisores de imágenes, sonidos, sensaciones, hasta el punto de multiplicar por millones los estímulos diarios que recibimos de ese mundo exterior y llegar a sustituir a la percepción directa de nuestro entorno. La consecuencia es que nuestro mapa interno, la idea misma de un mundo estable y consistente, se resquebraja, se vuelve insegura y tambaleante. ¿Cómo sobrevivir a tanto reclamo de nuestra atención, a tantas imágenes, voces, mensajes, estímulos, manipulaciones, impactos, si apenas tenemos capacidad para recibirlos, no ya para asimilarlos, valorarlos, recolocarlos en nuestra mente y nuestro interior? 

Estamos sumergidos en un mundo incontrolado e incontrolable, sobreexcitado, lo que conduce inevitablemente al aturdimiento, la impotencia y la desconfianza. Ante esta situación, necesitamos a toda costa encontrar elementos que nos den seguridad, que estabilicen nuestra imagen del mundo y de nuestro entorno. Los caminos para lograrlo son muchos, pero lo más frecuente es volverse más fanático, más dogmático, otorgar a nuestras creencias mayor poder sobre nuestras reacciones. También, al quedar atrapados por la confusión, buscar refugio en salvadores o predicadores que nos prometan acabar milagrosamente con el desorden y la inestabilidad.

Quien haya estado siguiendo los acontecimientos de la semana negra de Barcelona (¿todos nosotros?), recibiendo el constante bombardeo (sic) de imágenes, comentarios, gritos y disparos, llamas y proclamas, habrá visto cómo sus ideas, su imagen de la realidad catalana, se tambalea; necesitará reacomodar su mapa interior para reinterpretar qué es el separatismo, la democracia, la violencia, el terrorismo, la independencia. Ese exceso de realidad nos obliga a un ejercicio de simplificación, porque lo que no podemos es dejar de valorar y de buscar algún sentido a lo que vemos, oímos y percibimos con una carga tan alta de excitación, furia y ruido.

Es aquí donde interviene la política como mediadora necesaria para dar sentido y canalizar los efectos nocivos y peligrosos de ese exceso de excitación que la propia realidad produce. La peor política, en este caso, paradójicamente, es la apaciguadora, la encubridora, la banalizadora, cuya imagen más patética se refleja en la cara y los balbuceos del ministro Marlaska y el presidente Sánchez. ¿Por qué? Porque esos tímidos gestos y apariciones no tranquilizan, en el fondo, a nadie. Porque el exceso de realidad acaba desbordando cualquier maniobra de distracción y engaño.

Otro efecto pernicioso de nuestra incapacidad para percibir y dar sentido a la precipitación de hechos inesperados (aunque previsibles) que se están produciendo a nuestro alrededor y tan cerca de nosotros, es el acostumbrarnos a ese exceso de realidad y acabar aceptando como normal lo que en modo alguno puede llegar a serlo: el terrorismo callejero, el uso de la violencia como arma política, como elemento de amenaza, de presión, de imposición. No pueden derrotarnos los antidemócratas y neofascistas por cansancio, por desmoralización, por saturación.

Aquí no hay ninguna solución intermedia: o triunfa la democracia y el Estado, y se restablece la unidad de la Nación y la igualdad política real de todos los ciudadanos, o triunfa el separatismo y la disgregación de la Nación y la derrota del Estado democrático. Las contradicciones irán en aumento y el PSOE, que pretende encontrar una tercera vía, no podrá mantener durante mucho tiempo esa quimera, porque ni será solución ni será moderada, como ahora trata de vendernos. El exceso de realidad lo impedirá.

miércoles, 23 de octubre de 2019

ESPAÑA SENTENCIADA

(Foto: Miguel del Hoyo)


Lo más sorprendente de la sentencia del TS contra los cabecillas de la rebelión separatista (jurídica, semántica y políticamente insostenible, condena absolviendo de hecho a los golpistas), es la confusión que ha sembrado entre los demócratas y constitucionalistas, que creen ver en la actitud de los siete magníficos del Supremo una defensa del Estado democrático y la España constitucional, el afianzamiento del imperio de la ley y un freno al independentismo. Lamento estar totalmente en desacuerdo. Esto sí que son ensoñaciones. Creo que lo último que debemos hacer los demócratas es engañarnos, buscar consuelo en imaginarias victorias. Encaremos, fratelli, la cruda y cruel realidad.

No se trata de ser aguafiestas porque sí, por manía, por obsesión. Es que la lectura atenta de la sentencia da pavor. Como ha dicho Peter Handke, reciente premio Nobel, "lo que pasa en Cataluña da miedo". Debe dárnoslo, y no sólo por lo que pueda pasar, sino por lo que ha pasado y lo que ya está pasando. Porque ya estamos en un camino sin retorno. Sin retorno a la paz, a la convivencia, al orden constitucional, a la restauración de la democracia. Como siempre que he aventurado un pronóstico sobre lo que iba a suceder en Cataluña, resulta que siempre ha sucedido, me doy a mí mismo la autoridad, no para vaticinar el futuro, sino para diagnosticar el presente, que ya lleva preñado en su seno el inmediato futuro.

Digo que no hay retorno, lo que significa que cuanto antes se deje la martingala del diálogo, eso de "volver a la política", como si todo lo que está sucediendo no fuera fruto de la política, aunque sea de una pésima política. Cuanto antes se desmantele esa falacia de que una cosa es la ley y la justicia, y otra la política, digo. Cuanto antes se encare el problema desde el único modo posible de resolverlo, que no es otro que el ejercicio legítimo e indispensable de la fuerza, de la imposición democrática del cumplimiento de la ley y el impedimento de la rebelión, de la insurrección que ya ha tomado casi todo el poder en Cataluña... Porque cada día que pasa sin hacer lo único que se puede y debe hacer, un paso que dan hacia adelante los separatistas, los golpistas, los neofascistas de la antorcha, el asalto incendiario de las calles, carreteras y vías del tren, aeropuertos, comisarías y furgones policiales.

Porque, como bien dijo el fiscal Javier Zaragoza, lo que aquí se ha sentenciado no es a Cataluña, sino a la democracia española. Si fuera sólo lo que Marchena y su excelsa pandilla ha dicho y sentenciado, el problema sería menor. Si sólo fuera un problema de desórdenes públicos y de "ensoñaciones", "ilusiones" y "quimeras", como literalmente afirma la sentencia, la preocupación sería menor. Pero es que la realidad de los hechos nada tiene que ver son esas interpretaciones estrafalarias, pusilánimes y acomodaticias de los señores magistrados.

Estos jueces interpretan los hechos (derogación de la Constitución, supresión de la monarquía, declaración de la independencia, imposición de una nueva legalidad, realización de un referéndum de secesión, utilización de los Mozos de Escuadra para facilitar este referéndum, incumplimiento de los mandatos judiciales, organización de concentraciones violentas, tumultuarias e intimidatorias, ataque a los cuerpos policiales, etc.), todos estos hechos promovidos desde las instituciones y usando el poder y el dinero público, todo esto, para estos jueces, no fueron más que "asonadas" (sic) que nada tienen que ver con el proceso golpista, con el proyecto de secesión, con la hoja de ruta trazada desde hace años. Los desgajan de su contexto y su sentido, su finalidad y objetivo, que no es otro que la independencia. Reducen todo a una maniobra de presión para dialogar. Esto es darle toda la razón a los golpistas, ponerse de su lado, aceptar sus mentiras, tragarse su vomitiva propaganda: somos demócratas, sólo pedimos dialogar democráticamente; como no nos hacen caso no tenemos más remedio de presionar.

Presionar, a esto se redujo todo. Y por si no se habían enterado los sublevados, el Tribunal les concede un nuevo derecho en el que hasta ahora nadie sabía que existía: "el derecho a presionar", una creación super-imaginativa que habrá que incorporar al Derecho. Este es el meollo del asunto: con estos supuestos el Tribunal debería haberlos absuelto. No me extraña que prospere un recurso basado precisamente en sus propios argumentos. ¡Y estas son las cabezas jurídicas, las eminencias, los cráneos superdotados de los que depende nuestra nación! Porque es la nación, España, lo que verdad está en juego, y ellos jugando a inventar crucigramas semánticos.

La mejor prueba de que esa sentencia no ha servido para sus fines (castigar el delito, disuadir de su repetición) es todo lo que está pasando ahora en Barcelona. Sus autores, no sólo no reconocen su culpa, sino que declaran que lo "volverán a hacer", y ya lo están cumpliendo: ellos y sus sustitutos incitan y organizan la nueva rebelión, ahora incendiando la calle y estableciendo el miedo y el terror como el arma última para derrotar al Estado. ¡Y los medios de comunicación colaborando! Les apedrean, acorralan, insultan, obligan a ir con casco, y ellos siguen hablando de "manifestantes", de movimiento mayoritariamente pacífico, del "derecho de manifestación", de "libertad de expresión"...

Nadie dice lo obvio: no son manifestaciones, ninguna concentración de estos días es legal, ninguna ha pedido el correspondiente y obligado permiso con unos responsables de la convocatoria, un horario y un trazado delimitado de la vía pública. No es una marcha pacífica ni legal el cortar vías, carreteras y autopistas, eso ya es en sí mismo un delito, ya es en sí mismo un acto violento, un uso de la violencia para negar a la mayoría su derecho a circular(acudir a su trabajo, a un hospital, al colegio, a ayudar a un familiar, a hacer lo que le dé la gana...) o a transportar pasajeros y mercancías (un bien común cuyo impedimento atenta contra el interés general). Derechos básicos que sólo se pueden conculcar con la declaración de un estado de sitio o excepción. Eso es sabotaje, y si un presidente como Torraforma parte de ese sabotaje ya ha cometido un gravísimo delito por ser, además, la mayor autoridad del Estado en su comunidad.

El que esto nadie lo diga y que los medios recojan sin réplica sus risueñas palabras de satisfacción "al ver a un pueblo pacíficamente defendiendo sus derechos", eso es tan aberrante que señala el grado de enajenación mental en que nos han sumergido los separatistas neofascistas y, sobre todo, los medios de comunicación y un gobierno de miserables y apocados, cuando no de colaboracionistas del golpismo institucionalizado. Porque la mayoría de estas concentraciones violentas y sabotajes están contando con la pasividad de los cuerpos de seguridad, cuando no de la colaboración de Mozos de Escuadra y Bomberos. Nadie lo quiere decir tampoco, pero hay imágenes insultantes, como el ver a una pandilla de adolescentes cortando la vía del tren delante de los Mozos, que son más de ellos en número, por ejemplo. La impunidad es el mayor aliciente para que la violencia vaya en aumento, como está sucediendo; es el peor método de apaciguamiento.

Hay que repetirlo, todo esto no es más que un golpe de Estado continuado, un "proceso golpista" que desde sus inicios no ha dado ni un solo paso atrás, y mucho menos con esta sentencia. Hay que estar ciego para no verlo. Los más obtusos siguen pensando que un golpe de Estado tiene que ser como el de Tejero o el de Pinochet, que si no es así no hay golpe de Estado. Ni siquiera han estudiado cómo Hitler llegó al poder.

Nunca lo que ha sucedido desde hace cuarenta años en Cataluña, que ha dado lugar al estado actual de rebelión e insurrección, nunca ha sido un problema de Cataluña, sino de España. ¿Hay alguno que todavía no se haya enterado?

Estreno Confesiones de don Quijote




VÍDEO:

https://youtu.be/gQ-9ybvFQmw


sábado, 19 de octubre de 2019

POST SENTENTIAM



Es inevitable. Hablemos de la sentencia. Nada más importante hoy. Nada más importante hoy que el post. Post partum, post coitum, post facio, post mortem. Ya vivimos en el post. ¿Y ahora qué?

Primero, la sentencia: meliflua, acomodaticia, farragosa hasta encubrir y negar los hechos; no ya benevolente, sino jurídica, política y socialmente insultante. Ahora ya puedo decirlo: nunca fui admirador de Marchena, al que los mismos que ahora se lamentan de la sentencia lo pusieron en el Olimpo democrático. Pue no. Pues resulta que ha actuado más preocupado por su imagen que por ejercer su labor de juez sin parte. Ni siquiera se ha atrevido a impedir la aplicación del tercer grado antes de cumplida la mitad de la condena. ¿Resultado? Los condenados ya están prácticamente en la calle. Absolución de facto.

Todo esto no hay por dónde cogerlo, ni cogitarlo, ni regurgitarlo. No ha habido rebelión, sólo desórdenes públicos. La violencia no fue instrumental, no buscaba la secesión, sino sólo la negociación. Lo que ocurrió no fue nada, porque el "riesgo ha de ser real y no mera ensoñación o un artificio engañoso para movilizar a los ciudadanos", dicta la sentencia. Así que todo lo que ocurrió fue una ensoñación, una alucinación. Pero si fue un sueño, un delirio, ¿a qué viene el juzgarlo y condenarlo? Es la misma doctrina que la de aquellos jueces alemanes que dejaron libre a Puigdemont. La violencia no ha sido violencia, y, además, ha sido insuficiente. ¿Y derogar la Constitución, sustituir una legalidad por otra, proclamar la independencia, realizar un referéndum ilegal, atacar tumultuariamente a la policía y a los jueces...? Nada, ilusión.

"Los ilusionados ciudadanos que creían que un resultado positivo del llamado referéndum de autodeterminación conduciría al ansiado horizonte de una república soberana, desconocían que el derecho a decidir había mutado y se había convertido en un atípico derecho a presionar. Pese a ello, los acusados propiciaron un entramado jurídico paralelo al vigente y promovieron un referéndum carente de todas las garantías democráticas. Los ciudadanos fueron movilizados para demostrar que los jueces en Cataluña habían perdido su capacidad jurisdiccional y fueron, además, expuestos a la compulsión personal mediante la que el ordenamiento jurídico garantiza la ejecución de las decisiones judiciales". Pobres ciudadanos ilusionados, engañados por los políticos. No, esto no es una ilusión, ¡es la prosa de la sentencia!

Los "condenados" pasarán a depender de la Generalidad. Saldrán cuando quieran. Harán dentro y fuera lo que les dé la gana. Se les aplicará el tercer grado, el décimo o el grado cero. Serán homenajeados, nimbados. Tendrán la aureola de mártires. No devolverán nada del dinero malversado, robado, dedicado a la causa. El cumplimiento de las "condenas" dependerá de sus seguidores y defensores, los mismos que niegan que sean culpables de nada. Ya lo han hecho con Oriol Pujol. Y acabarán concediéndoles el indulto, al que llamarán amnistía.

Pero más me preocupa el post del post. Porque con esta sentencia ya pasamos directamente a la siguiente fase, la próxima estación, el próximo golpe-no-golpe, la fase de la reforma constitucional, del blindaje de competencias, de la plurinacionalidad, de la soberanía compartida, de la independencia-no-independencia. La España desguazada. La España de los jueces de la ensoñación, la España de los políticos del apaciguamiento.

Dijo al comienzo del juicio a estos golpistas (ahora ya será delito el llamarlos así) el fiscal Javier Zaragoza que ése era un juicio a la democracia española. ¡Y vaya si lo ha sido! Una democracia pusilánime, incapaz de defenderse de quienes la destruyen desde dentro. Juzgada y sentenciada como una democracia débil, acomplejada ante Europa, ante los separatistas, ante los privilegiados, ante los supremacistas, ante las oligarquías, el carlismo renovado y el neofalangismo nacionalista.

El problema ya no es sólo de los políticos y del poder desmesurado de los partidos, de la ley electoral que no se quiere reformar, del aberrante sistema autonómico, de la aceptación de las desigualdades. Hemos de añadir a todo esto el problema del poder judicial, un poder cada día más corrupto, dependiente y encamado con el poder político y económico, al que sirve porque ya forma parte de él. Todo este poder se pondrá manos a la obra para convencernos de que no hay otra salida que la claudicación ante el separatismo, entreguismo que camuflarán de acuerdo, convivencia, diálogo, democracia.

Esta sentencia, sí, inicia una nueva era. ¿De claudicación en claudicación, hasta la claudicación final? Costará mucho el impedirlo.

jueves, 10 de octubre de 2019

¿AHORA ESPAÑA?


"Ahora, España", dice el PSOE. (¿Y antes, qué? ¿Y mañana?)
"España en marcha", anuncia Ciudadanos. (¿Hacia dónde? ¿Marchons, Macron?)
"España siempre", proclama Vox. (¿Siempre la misma, siempre igual?)
"¿Izquierda o derecha? España", descubre el PP. (¿Todos iguales?)
"Más país, más España", titubea Errejón. (¿Qué país, qué España? ¿Más de qué?)
"España plurinacional", pregona Pablo Iglesias. (¿Cuántas naciones, cuántas oligarquías?)

¿Pero qué meteorito ha cruzado el cielo, qué tormenta solar, qué cambio ha sufrido el eje de la Tierra para que, de pronto, la palabra maldita, la palabra borrada, excluida, aparezca en casi todos los eslóganes, carteles, reclamos políticos y en boca de los mismos que hasta hace un telediario la rehuían, negaban o denigraban por franquista? Basta comprobar este cambio repentino para desconfiar de tan exagerada exhibición patriótica. Aquí hay gato, rata o pollo encerrado. Huele a chamusquina, a cuerno quemado. Para quienes hemos defendido siempre la palabra España por ser el nombre propio más apropiado para referirnos a una realidad común (a todo aquello que nos ha unido desde siglos y nos sigue uniendo hoy) esta unanimidad nos pone sobre aviso, porque es imposible no ver en ello oportunismo, cinismo y manipulación descarada.

Porque, y esta es una primera evidencia, cuando unos y otros dicen "España" está claro que no sólo no quieren decir lo mismo, sino hasta lo contrario. Por ejemplo, si hasta ayer por la noche para Pedro Sánchez España era una "nación de naciones" (cuatro, dijo: País Vasco, Cataluña, Galicia y...¡España!, o como quisiera llamarse lo que quedare), ¿ahora qué es? ¿Y qué es España para Errejón y Pablo Iglesias, para Iceta y para Feijóo, para el asturianista Barbón, la eukalduna Chivite o la andalucista Teresa Rodríguez?

Pero lo peor es que esta España indefinida e indefinible del PSOE (¿recuerdan a Zapatero, y a Pedro Sánchez explicándonos qué es una nación?), no acaba de estar clara ni para el PP, que se ha dejado contaminar del nacionalforalismo vasco, el nacionalismo gallego y el autonomismo disgregador, todo lo cual indica que su idea de España es de papel y pandereta, incapaz de enfrentarse a la tendencia caciquil de las oligarquías locales, empezando por al separatismo, tal y como hizo Rajoy, al que Pablo Casado parece que quiere resucitar.

Este intento burdo de apropiarse de una palabra hasta ahora cargada de sentido (el de la igualdad, en todos los sentidos), puede pasar a convertirse en un significante vacío, una maniobra perversa de imprevisibles consecuencias. Sólo faltaba que nos quedáramos sin la palabra España por ser imposible ponernos de acuerdo en su significado y que acabara significando lo que a cada uno le diera la gana. Esa sí que sería una España vacía y vaciada.

Lo positivo es que esta pirueta propagandística nace de un hecho fundamental, que no es otro que el resurgir del sentimiento natural de pertenencia y supervivencia que el pueblo español (recuperemos la palabra en su pleno sentido democrático, histórico y político) ha empezado a manifestar y exhibir sin complejos, tal y como hizo hace dos años en Barcelona el 8 de octubre y que sacó a la luz una realidad oculta, pero no por ello inexistente. Es el miedo a que ese movimiento soterrado acabe desbaratando el actual equilibrio político, tan poco cimentado, lo que ha movido a quienes mueven los hilos de los partidos y orientan a sus líderes, a cambiar de estrategia y ponerles en la boca la palabra España, conocedores de la fuerza y la capacidad de arrastre electoral que este referente todavía encierra.

Algo hemos avanzado, sin duda, y ojalá logremos despojar del tufo franquista que los disgregadores de todo tipo (de separatistas a federalistas, de podemitas a nacionalistas) se han empeñado en arrojar sobre la palabra España, maniobra en la que hasta ahora han tenido mucho éxito. Frente al "Estado español", que todavía mantiene el PNV, o la "Puta Espanya" de los CDR de Puigdemont y Torra, bienvenida sea esta recuperación de la palabra España, aunque sea por puro cálculo electoral.

De nosotros, los votantes, depende el saber distinguir entre los oportunistas y manipuladores de turno, que hoy usan esta palabra para prostituirla y desvirtuarla mañana, de quienes respetan su valor y sentido, que no es otro que el de afianzar la unidad política, igualitaria, de derechos y obligaciones, entre todos los españoles. Llegar hasta las últimas consecuencias de esta simple afirmación es algo que ningún partido parece hoy estar dispuesto a asumir. Pero quién sabe. Algo, de momento, parece que ha cambiado.