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domingo, 19 de marzo de 2017

DESAPARECEN LOS GRILLOS, LLEGAN LAS AVISPAS ASESINAS

Foto: A. T. Galisteo)

Tuve un sueño apocalíptico: abrí la ventana para oír el canto de los grillos y me invadió un zumbido de avispas asesinas. La pesadilla nació de dos noticias que leí el día anterior: están desapareciendo los grillos y saltamontes de nuestras praderas y campos, y una invasón de avispas chinas puede acabar con nuestras colmenas. Se une esta doble catástrofe a la lista casi interminable de desastres ambientales que, día a día, se producen a nuestro alrededor. Para quienes hemos vivido una infancia campestre, inmersos en un mundo de pájaros, grillos y saltamontes, estas noticias son desoladoras. Van desapareciendo los pardales, los vencejos y las golondrinas, las mariposas y los murciélagos, las paleras y los negrillos, las truchas y los urogallos, los ciervos volantes y las abubillas.

Son los efectos invisibles (toda ausencia es invisible) del cambio climático, de la actividad agrícola intensiva y sin control (pesticidas, transgénicos, cultivos exógenos, desaparición de especies autóctonas), de la invasión de la actividad humana, la contaminación del agua, de la tierra y el aire. Roto el equilibrio, ese orden sutil construido a lo largo de milenios de historia humana en contacto con la naturaleza, las fuerzas de la vida acaban irrumpiendo hasta producir tremendas paradojas destructivas como ver a un ejército de avispas asesinas atacando a un enjambre de laboriosas abejas.

La invasora se llama “Vespa Velutina” y es el doble de grande que una abeja, como un minihelicóptero, un dron asesino que se lanza sobre sus primas las abejas y de un mandibulazo destroza a una, descuartiza a otra, hace un bola y se la lleva para alimentar a sus larvas carnívoras. Al parecer llegó en el 2004 desde Ch(ina a Burdeos, en un carguero, una reina polizón cargadita de huevos. Desde Francia cruzaron sus descendientes los Pirineos en el 2010, y ahora campean por todo el norte de la Península; ya han destruido medio millón de colmenas. Es uno de los efectos de la globalización, que deslocaliza (y enloquece) a las especies, incluida la humana.

Ahora que comprendemos que el mundo es una red interconectada, no podemos evitar el relacionar todo con todo, haciendo válida la vieja teoría asociacionista: podemos ir de una imagen a otra y dar un millón de vueltas a la Tierra adentrándonos por todos sus meandros y reconvecos. De lo cercano a lo que está un poco más allá -el País Vasco o Cataluña, por ejemplo-, y de ahí a la China o la Cochinchina, pasando por la Casa Blanca y llegando a las islas Caimán, donde ya sólo hay caimanes financieros. Después de pasar por Caracas, Berlín y el Vaticano, y antes de regresar a casa, podemos echar un vistazo a la calle Ferraz, donde todavía parpadean las siglas del PSOE a la espera del santo advenimiento.

Todo nos lleva a todo, porque todo se asemeja en algo a todo. Si enmudece el canto de los grillos, ahí está el susurro amenazador de las “velutinas”. Si ya no hay saltamontes ni saltipajos por las riberas y los matorrales, ahí están miles de soldados y combatientes asaltando Siria y no dejando piedra sobre piedra. Los campos se siembran de cadáveres lo mismo que las playas de Nueva Zelanda se llenan con cientos de ballenas varadas. La televisión es la máquina que tritura cualquier hecho y hace invisible la verdad: todo se asocia, mezcla y diluye en la pantalla con la misma facilidad con que en nuestro cerebro se conectan las imágenes, o sea, sin ton ni son.

¡Pobre de quien no tenga un punto de anclaje, un rincón de la infancia que le sirva de referencia para no sucumbir al zumbido de las avispas y el frenesí de las neuronas! Algo que le haga ser consciente de que su centro de gravedad está en medio de su pecho, y no en todo lo que cruza o se mueve a su alrededor. Que su centro es su sentir, y que sentir no es lo mismo que emocionarse y menos aún dejarse emocionar con lo que le dicen o le ponen delante de los ojos. Que sólo cultivando su pensamiento y su libertad puede poner orden y calma en su mente, cuyo asalto y conquista es siempre el mayor éxito de los dominadores.

Sólo una mente clara y serena entiende lo que siente, sabe lo que siente e interpreta lo que significa su sentir. Sólo entonces puede distinguir el murmullo que se extingue de los grillos, del zumbido amenazante de las avispas.

lunes, 6 de marzo de 2017

LA NATURALEZA FANTASMAL DE LA ECONOMÍA

(Foto: A. T. Galisteo)


Es admirable la capacidad del lenguaje para hablar de lo abstracto, convertir lo etéreo en algo real, transformar lo invisible en algo evidente. Palabras y números tienen un poder demiúrgico. En ningún ámbito han alcanzado mayor eficacia que en el de la economía. La economía es hoy el espacio de lo sagrado: los economistas son los sacerdotes dueños de las palabras y los números con que nos referimos a eso tan abstracto e invisible como la economía.
El discurso económico goza de un prestigio fundado en la objetividad de los datos, que es su fuente última de legitimación. Al utilizar como instrumento de sus análisis y predicciones la ciencia matemática, que abstrae y objetiva los hechos, otorga a sus afirmaciones un efecto de verdad indiscutible. Esta es la razón por la que el discurso económico se ha convertido en el principal instrumento de propaganda y legitimación de la acción política.
            Confieso mi desconfianza en los economistas, no porque desprecie su labor, imprescindible, sino porque el lenguaje que usan está lleno de trampas y simplificaciones. Cuanto más en serio se toma uno sus estadísticas, cálculos y porcentajes, más fantasmal se vuelve, paradójicamente, la realidad económica, más irreal aquello de lo que hablan. Tomemos un ejemplo, el PIB, la piedra angular, la madre de todas las batallas económico-políticas.
            El PIB mide la “riqueza” de un país, su capacidad para producir bienes y servicios. Si el PIB no aumenta, el país está perdido, esta es la Ley Suprema. Todo se calcula a partir del PIB, así que nada más importante que realizar ese cálculo con el mx﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽el mue realizar ese cIB, asy servicios. Si el PIB no aumenta, el paçis esto concreto, lo áximo rigor y objetividad. Dejemos de lado el carácter bastante aleatorio y arbitrario de qué es lo que se mide, la selección previa (qué productos, qué salarios y qué gastos). Olvidemos también que es el Banco de España quien realiza esos estudios y estimaciones, y el INE (Instituto Nacional de Estadística), quien acaba confirmando o modificando esos datos, dos instituciones directamente controladas por los gobiernos de turno (nada extraño, como ya sabemos sucede con el poder judicial).
            Bien, pues partiendo de las mismas estimaciones de estos organismos, resulta que un equipo acreditado de economistas dirigidos por Roberto Centeno, acaba de hacer públicos unos datos que ponen cabeza abajo y patas arriba la vaca sagrada del PIB. Nuestro PIB real sería un 18% inferior al oficial, y la deuda del Reino de España no sería, como nos dicen, el 100% del PIB, sino el 171%. Una discrepancia tan descomunal (billones de euros) debería sumirnos en la más negra incertidumbre. Si pagar una deuda del 100% del PIB es prácticamente inalcanzable, devolver una del 171% es matemáticamente imposible de toda imposibilidad. Tenerla sobre la cabeza, como un espadón en manos de un gigante loco, es hipotecar nuestro futuro para siempre. Parece inevitable la suspensión de pagos, por más que ahora, sostenidos artificialmente por el BCE, sigamos caminando alegremente hacia el abismo. 
¿Se equivocan estos economistas? ¿Tienen algún interés en manipular los datos? Por lo pronto, han  enviado su informe a Bruselas, o sea, que actúan sin miedo a someterse a los controles y verificaciones necesarias. Lo que sí confirma esta denuncia gravísima es mi total desconfianza en el valor de las cifras oficiales, elaboradas por organismos cuya independencia profesional está más que en entredicho. Si esto hacen con el PIB, ¿qué no harán con otras estadísticas? Por ejemplo, no es cierto que la media de los salarios creados el año pasado es de 600 euros? ¿A esto llamamos creación de empleo? ¿Y cómo es posible que hayamos pagado 60.718 millones de euros en el proceso de reestructuración bancaria, al mismo tiempo que aumenta el gasto sin control, sobre todo en las Autonomías? ¿De dónde sale tanto dinero para el despilfarro y la corrupción?
Hay datos que lo dislocan todo, que confirman la naturaleza fantasmal de nuestras cuentas. ¿Cómo se explica que, según la Agencia Tributaria, en 2014 hubiera en España sólo 5.394 personas con una renta superior a los 600.000 euros anuales, mientras que en el 2007 había 10.580 declaradas? En siete años se esfumaron más de 5.000 declarantes ricos.
Concluyo: Como decía Cervantes de la cruz, detrás de la cual siempre seocultaba el diablo, tras el fantasma de las cifras siempre anda la política. La economía es siempre política y por eso no hay una única solución a los problemas económicos. Ya dijo Stuart Mill que “ningún problema económico tiene una solución puramente económica”.
Ocultar la realidad, la crudeza de los datos, es la peor política. Lo pagaremos muy caro.


miércoles, 1 de marzo de 2017

LA ACTUALIDAD COMPULSIVA

(Foto: A. Trancón Galisteo)

El periodismo vive de una invención: la actualidad. Entiende por actualidadon es reflejar d. Su misificci “lo que sucede en cada momento”. ¿Todo? Evidentemente no, por imposible. Se impone el seleccionar. Es aquí donde la actualidad empieza a diluirse como un azucarillo en el café. Para atraparla necesitamos reducirla a “las noticias del día”. ¿Cuántas y cuáles? Hay muchas, casi infinitas, así que hagamos una segunda reducción, al modo homeopático: quedémonos con “los titulares del día”. Los titulares resumen, condensan la actualidad y nos la ofrecen en dosis digeribles. El mundo, con lo inmenso que es, con la inconmensurable cantidad de noticias que genera cada segundo, reducido a unas cuantas imágenes y titulares… ¿Cómo hacerlo? ¿Qué seleccionar?

Los más racionales, aquellos a los que nos gustaría que los hombres actuaran siguiendo siempre los dictados de la razón y el sentido y el bien común, pensamos que no debiera haber otro criterio selectivo que la verdad y la relevancia de los hechos. El periodismo no tendría otra función que la de informar sobre hechos verdaderos y relevantes, o sea, aquellos que tienen gran influencia social. Si nació para eso, hoy el periodismo se ha teletransportado a otro planeta donde no rige esta ley de la gravedad. Muy distintos son los criterios con los que se inventa y construye hoy la actualidad.

Dado que el principal objetivo, del que depende todo lo demás, es atraer al lector, oyente, espectador (el consumidor de las “noticias”), no hay otra regla que la de usar todos los recursos, trucos, trampas, señuelos, para “enganchar” a ese “videoyente” (lo de “escuchante” es otra memez lingüística parecida a la de decir “escuela infantil” en lugar de guardería). ¿Y qué es lo que más nos atrae? Aquello que más carga inconsciente arrastra y libera: lo escabroso, lo morboso, lo agresivo, lo insólito, lo prohibido, lo escondido. El hombre tiene un rincón, un sótano donde almacena todo tipo de basura, de miedos, frustraciones, deseos ocultos, impulsos reprimidos. Los medios de comunicación han descubierto esta mina, esta charca en la que bucean para seleccionar noticias chocantes, sorprendentes, (“rompedoras” dicen algunos), o para teñir cualquier otra con ese “brillo”, esa fascinación por lo “nunca visto ni oído”.

La actualidad se confunde con la novedad, y la novedad, no con lo nuevo, sino con aquello que “sale a la luz”. Esto exige atrapar constantemente el interés y la atención. ¿Cómo? Mediante el mecanismo de la adicción, o sea, la compulsión a la repetición, un automatismo que funciona para evitar el vacío, el silencio, la bajada de la excitación, el síndrome de abstinencia. Los medios de comunicación serios se están quedando pasmados ante la irrupción de este tipo de noticias, porque se están dando cuenta de que, no sólo tienen ya muy poco que ver con la verdad y la realidad, sino que construyen e inventan un mundo totalmente ficticio, pero muy real, capaz de sustituir a la realidad objetiva y adquirir el mismo poder que ella.

Lo que nunca aceptarán algunos medios es que han sido ellos los que han puesto en manos de políticos sin escrúpulos, ese mecanismo, esa capacidad para crear compulsivamente la actualidad apelando a lo irracional, lo reprimido, las emociones e impulsos más primarios. Y los peores han sido aquellos que han justificado todo apelando a una superioridad moral, erigiéndose en guías, redentores, justicieros sociales que se han creído en el deber de ir iluminando y encendiendo la conciencia de los cabreados, los indignados, las víctimas de casi todo. Alimentar el furor, el cabreo, la queja como un medio válido en sí mismo, sobredimensionando cualquier abuso o cualquier desgracia humana (víctimas del machismo, de la guerra, de la pobreza, del sistema, del Ibex 35, de España…). No necesito citar programas de televisión, presentadores, tertulianos, políticos y otros profesionales que viven muy bien de la indignación y la provocación. Cumplen la misión de sostener la compulsión y evitar la vacuidad sobre la que se asientan.

La verdad y la realidad son consistentes y resistentes. Cambiar el mundo exige empeño, objetividad, claridad mental; no basta con despertar y alentar las reacciones compulsivas de “la gente”. No basta con manipular el miedo, el odio, la rabia, el dolor, la humillación, si estos sentimientos e impulsos no se usan para construir un mundo más justo, objetivo y consistente, sino para propagar la invención y el delirio compartido y compulsivo, llámese éste independencia, nacionalismo, xenofobia, proteccionismo, supremacismo o populismo.



  

            

miércoles, 22 de febrero de 2017

¿QUIÉNES SON LOS MALOS?


(Foto: S. Trancón)
Hagamos una primera definición: Malo es quien realiza consciente y voluntariamente el mal. Y el mal es, ante todo, causar dolor y sufrimiento a los demás. Como casi todo, el mal tiene grados: causar un pequeño mal no es lo mismo que arruinar la vida a alguien. Ser malo de vez en cuando no es lo mismo que ser un malvado redomado.
Marx fue el primero en definir el mal, no desde supuestos morales o religiosos, sino políticos y sociales. No habló del infierno, sino de explotación del hombre por el hombre, o sea, del infierno en esta vida y esta tierra. Cambió lo de ricos y pobres por burguesía y proletariado, y aquello de que es más fácil que un camello pase por el agujero de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos, lo sustituyó por la lucha de clases (eso de la aguja no se refiere a la de coser, sino a una puerta estrecha; lo digo porque a mí de pequeño nunca me lo aclararon, y me devané los sesos con la comparación, aunque luego entendi mejor﷽﷽﷽go entendvané un poco aciy la verdad es quena puerta estrecha una aguja, por í mejor el surrealismo).
Digo que la pregunta de quiénes son los malos, desde Marx, tiene inevitablemente un sentido político, pero eso no impide que nos lleve también a consideraciones más ontológicas o metafísicas. Desde una perspectiva cósmica, o cosmológicamente hablando, podemos decir que el mal no existe, porque, como ya nos explicó Espinosa (y no Spinoza, porque era judío sefardí), “todo lo que existe, existe por necesidad”. Antropológica y humanamente hablando, sí, el mal existe y, sobre todo, la maldad, que es cosa exclusivamente humana.    
La maldad no nace de la necesidad, sino de la voluntad. Por muy determinada que esté nuestra conducta, cada acto consciente de maldad depende de una decisión personal. Aquí es a donde yo quería llegar: hemos de aceptar que la maldad de los malos existe y que, por tanto, hemos de prevenirnos contra ella. Dejemos de lado la discusión sobre si el hombre es naturalmente bueno (Rousseau) y malo (Hobbes), si nace o se hace. Aprendamos a definir y descubrir el mal, la maldad y los malvados, porque este aprendizaje nos será muy útil para andar por este perro mundo.
Se verá que soy contrario al “buenismo”, esa ideología que, no sabemos si por estupidez o por cobardía, niega la existencia del mal y los malvados, y sustituye maldad por comprensión. Si uno no tiene cierta experiencia de la dureza de la vida, si no ha conocido un poco de cerca la maldad humana, le costará aceptar que el mal existe. Y si el mal existe, existen los malos. Así que la pregunta es pertinente: ¿quiénes son, dónde están?
Podemos decir que la maldad es transversal y que, en contra de lo que Marx argumentó, no se encuentra exclusiva ni necesariamente alojada en el “nicho” de los ricos y poderosos. Pero tampoco nos sirve de mucho el diluir la pregunta en una generalización apaciguadora. Necesitamos aceptar lo más evidente: que hay más malos ricos que pobres. Aquí está la discusión: ¿tenemos motivos para sospechar de los que más tienen? Sí, pero no por el hecho de que posean más, sino porque son más poderosos y, por lo mismo, tienen más capacidad para hacer el mal.
La regla suele ser válida: los partidos que tienen más poder son los más corruptos; los bancos están a la cabeza de los abusos (preferentes, cláusulas suelo, desahucios despiadados, tarjetas black, sueldos e indemnizaciones escandalosas, agujeros financieros…); sin empresarios corruptos no habría corrupción; sin el poder de los sindicatos no habría ocurrido el caso de los ERE…  No hablamos de una maldad intrínseca, sino de que quien más poder tiene, más posibilidades tiene de volverse malvado. Se empieza siendo insensible al dolor y el sufrimiento ajeno y se acaba siendo despiadado.
Pues lo dicho: haylos. Y porque “haylos” hay que descubrirlos y pararles los pies y las manos. Una sociedad sana es la que no cierra los ojos al poder de los malos. Los actos de maldad, en una sociedad democrática, no pueden quedar impunes. Si se diluyen, si triunfan los pusilánimes y los apaciguadores, si ya no distinguimos a los buenos (la mayoría) de los malos (una minoría), estamos perdidos. Sin simplificar, claro, que de simple a simplista sólo hay tres letras.

   

  

domingo, 19 de febrero de 2017

POLÍTICA Y FE (Y VICEVERSA)


(Foto: M.Trancón)
Hay una estrecha relación entre fe y política (y entre política y fe). La política promueve la fe, exige la fe, y la fe, a su vez, sostiene la política.
Fe es creer en lo que no vimos (y en lo que no vemos), pero también decimos “si no lo veo, no lo creo” y “ver para creer”, que es una definición de fe “ad contrarium”. Todavía queda un rizo: hay que creer para ver, para ver algo antes hemos de creer en ello (al menos, creer que puede existir). Somos un poco complicados, sí, nos gusta rizar y desrizar el rizo.
La política es uno de los muchos aspirantes a sustituir a la religión, una vez que ésta ha dejado de ser útil para guiar y orientar nuestra vida (al menos en Occidente). La religión exigía una fe ciega, muy difícil de mantener ante las exigencias de la vida real. Desde el Renacimiento, el espacio que la religión ha dejado libre se lo han disputado el arte, la razón, la técnica, la cultura, la ciencia. También la política. Marx fue el primero en entender la política como un sustituto de la religión.
Todo lo dicho me autoriza a hilvanar esta reflexión sobre las relaciones entre política y fe, fe y política. Nada de extraño que oigamos con frecuencia eso de “yo no creo en la política”. Es un intento fallido de liberarnos del influjo inevitable de la política en nuestra vida. Es como la fe del ateo: para no creer también hay que tener fe.
            Para mejor entender este vínculo entre política y religión hay que acudir al concepto de ideología. La ideología es un conjunto de ideas que se refuerzan entre sí y constituyen una estructura cerrada y autosuficiente. En su núcleo hay unas pocas ideas totalizadoras enlazadas de tal modo que si se quita una todo el edificio se desmorona. Ideas simples sobrecargadas de material emocional explosivo.
La ideología no admite la disonancia cognitiva. Nos damos cuenta enseguida de que hemos topado con el defensor de una ideología en cuanto alguien, a la mología en cuanto alguien, a la me hemos topado con una ideologçtodo el edificio se desmorona. ínima, "salta” y se "exalta”. El desencadenante suele ser la profanación de una palabra tabú o un nombre sagrado.  El hombre es el único animal capaz de matar (y de matarse) por una palabra, una idea, un gesto, una imagen, un símbolo. Por una ideología.
La fuerza de una ideología nace de su capacidad de identificación. Tenemos una identidad tan frágil, tan inasible, tan voluble y volátil, que si algo o alguien nos proporciona una identidad con la que sentirnos seguros, allá nos vamos de pies y cabeza. Por eso resulta tan difícil desvincularnos de una ideología. Einstein dijo que era más fácil destruir un átomo.  
Pero la política, por más acostumbrados que estemos a ello, no es, en esencia, el terreno de las ideologías, sino el de las ideas. No el espacio de la fe, sino el de los hechos. No el de las identidades sociales, sino el de la libertad de los individuos. No el de los dogmas, sino el de la discusión y el debate. No el de los prejuicios, sino el de los principios. No el del oportunismo acomodaticio, sino el de las convicciones (que nada tienen que ver con la rigidez de las creencias). No el de la sumisión al grupo, sino el del acuerdo colectivo.
Si aplicamos estos principios al análisis de las ceremonias político-religiosas que hemos visto estos días, nos daremos cuenta de lo lejos que estamos todavía de liberar la política de la contaminación de las ideologías, esa versión actual de lo peor de las viejas religiones. No digo que podamos librarnos por completo de las ideologías, ya que son un mecanismo simplificador adaptativo y necesario (no podemos pensarlo y someterlo todo a la razón), pero sí que estemos prevenidos contra sus efectos más nocivos: la necesidad que tiene toda ideología de convertir a “los otros”, no en contarios, sino en enemigos.
A menos ideas, más dogmas, más fe, menos discusión, más adhesión incondicional. Repasen los recientes congresos de Ciudadanos, el PP, Podemos y los actos de Pedro Sánchez y Susana Díaz en el PSOE. Todos ellos viven de la fe, tratan de mantener la fe, porque sus crisis son de fe. Se buscan creyentes, porque cada día hay más ciudadanos libres que, si no lo ven, no lo creen, y aún viéndolo, no se lo creen.