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jueves, 21 de junio de 2018

CONTRADICTIO IN TERMINIS



Uno puede vivir fuera de la lógica, pero lógica nunca dejará de perseguirnos. Siempre estará ahí, pugnando por hacer visibles nuestras contradicciones. Hubo uno que, consciente de su inevitable presencia, propugnó aquello de "aprender a cabalgar las contradicciones". Se refería a que era posible recibir apoyo (dinero) de Irán y Venezuela, regímenes criticables, pero de los que uno se podía aprovechar para debilitar al enemigo común. Defendía este principio como prueba de astucia política, y no como lo que era, puro cinismo. Este mismo se enfrenta ahora a una "contradictio" más peliaguda: cómo pasar de la noche a la mañana de vivir en un pisito de 60 m2 (como el mío) a habitar un chalet de lujo (260 m2, piscina, parcela de 2.000 m2 en zona VIP madrileña), mientras se sostiene el discurso anticasta. ¡Cabalga, caballo del pueblo; a galopar, a galopar...!

Despreciar la lógica tiene consecuencias nefastas y hasta nefandas. No hay principio ético, moral, político y humano más útil y saludable que ajustarnos a las exigencias de la lógica básica. Por ejemplo, estar alerta y no aceptar la "contradictio in terminis", la "petitio principii" o el "argumentum ad nauseam". Son tres de los muchos sofismas que hoy articulan el discurso político y el parloteo insufrible de los tertulianos. Y ni siquiera tenemos ya la posibilidad de alertar a nuestros bachilleres sobre estas poderosas y pegajosas trampas del lenguaje al haber desterrado la filosofía de las aulas.

La imposición de la ideología "progre" (cada día más reaccionaria por simplista) está plagada de esta "contradictio". Por ejemplo, aquello de "prohibido prohibir", que suena muy bien, que apela a la "libertad total", no deja de ser algo contradictorio en sí mismo. Si prohibo todo, debo prohibir también el derecho a prohibir el prohibir, con lo cual nos quedamos donde estábamos, o sea, que tenemos derecho "a prohibir unas cosas" y derecho "a no prohibir otras". Lo mismo pasa con la "libertad total": si es total, yo seré libre de ir contra tu libertad o tú contra la mía, así que con ese principio no resolvemos lo fundamental: para ser libres en unas cosas, hemos de dejar de serlo en otras.

La petición de principio es todavía más insidiosa y común. El "derecho a decidir" (se oculta el "decidir la independencia") se argumenta para defender... ¡el derecho a decidir! Pero si eso es precisamente lo que que hay que demostrar, que unos pocos tengan el derecho a dividir, a separarse y expropiarnos de algo que pertenece a todos. Lo mismo pasa con la democracia. Somos demócratas, dicen los nacionalistas, luego todo lo que hacemos es democrático. Pero si precisamente es al revés: si lleváis a cabo acciones antidemocráticas, eso significa que no sois demócratas.

Con la libertad de expresión es quizás con la que resulta más fácil saltarse la lógica para imponer falacias y sofismas. Las grandes palabras (libertad, igualdad, justicia, democracia) son fácilmente manipulables. Cuando se usan como argumento siempre hay que destronarlas, bajarlas del pedestal y el respeto que inspiran. De abstractas hay que transformarlas en concretas, y del singular pasar al plural. Hay que dejar de hablar, por ejemplo, de libertad para describir libertades concretas. Entonces empezamos a descubrir los usos espurios y las trampas que el propio lenguaje encierra.

Las emociones son necesarias, y no podemos prescindir de ellas, pero nunca pueden ser guías, sino acompañantes. La lógica, en la aque se basa el ejercicio de la razón, no puede ser nunca despreciada, pues es el único instrumento que tenemos para movernos con seguridad por este mundo y controlar, entre otras cosas, a las emociones. La lógica, además, suele ser reveladora de la verdad, a cuyo servicio está. No siempre desenmascara a la mentira, pero hace más difícil el engaño.

¿Y en cuántas contradicciones de este tipo están cayendo los neojipos, los anticasta, los antisistema, los aspirantes a pasar de Vallecas a Galapagar, de minipisos, minitrabajos y minisueldos, a tener "una pequeña gran mansión", como diría Groucho, asegurando que él se conformaba con disfrutar de "las pequeñas cosas" de este mundo? Lo malo es que de estas cosas sólo pueden gozar unos pocos, o sea, las "élites extractivas". Pero lo más insólito es pretender ocultarlo todo con un plebiscito. También se le llama ahora a esto "democracia directa".

sábado, 9 de junio de 2018

¿ALUCINACIÒN O COBARDÍA?



De niño presencié una escena angustiosa que hoy ha vuelto a mi memoria. Cruzaba con mi madre las vías de la estación de León y nos paramos porque se acercaba un tren a gran velocidad. En la vía paralela estaban aparcados unos vagones. Una hilera de seminaristas, arremangándose las sotanas, empezó a subir a un vagón para cruzar y saltar al otro lado sin percatarse del tren que se acercaba. Estaba oscureciendo y mi madre, al ver el peligro, se puso a gritar, pero pronto el ruido y el humo del tren lo tapó todo. No sé cómo, una décima de segundo antes de la tragedia, el seminarista que estaba a punto de saltar se quedó petrificado en lo alto del vagón. Mi madre, creyente, lo atribuyó a una intercesión divina. Sin duda, lo fue. Lo que no sabría yo decir es si el milagro se obró para evitar la muerte de aquel muchacho o para que mis ojos de niño no presenciaran esa brutal escena.

Metáfora o alegoría, hoy siento una conmoción parecida al contemplar cómo nos precipitamos hacia esa vía que puede acabar en catástrofe inevitable. Ciegos, en hilera, mientras oscurece, sin escuchar las voces que gritan anunciando el peligro, nuestros políticos cruzan las vías sin prevención alguna, ignorando que un tren circula cada vez más veloz hacia su destino y sin obstáculo alguno. Es el tren separatista catalán, por acudir al manido símil ferroviario. Se ha puesto al mando un maquinista fanático, pero no loco. Y no es que vaya a acelerar, es que está acelerando: jamás ningún otro había llegado a tanto, a mostrar sin pudor ni atenuante alguno cuál es su ideología, su infame racismo, su odio pestilente, su plan golpista. Se acabó la ambigüedad.Lo que ayer hubiera levantado todas las alarmas, hoy aparece ya como normal.

Esta es la normalidad rajoyana, por la que ha suspirado el alucinado de la Moncloa. Lo llamo alucinado porque se me han agotado todos los calificativos del diccionario. Quiero pensar que, preso de un trastorno mental, vive en un mundo de puro delirio al que él llama normalidad. La pregunta es si esta alucinación nace de un fondo de insondable cobardía o es fruto de una degeneración neuronal. O de ambas.

Siento repetirme. Lo que está ocurriendo en Cataluña es algo inconcebible en una democracia. Es la realización de un golpe de Estado anunciado, radiado, televisado, "implementado" (como dicen ellos) paso a paso. Un golpe posmoderno (Daniel Gascón). Los golpes también evolucionan, se adaptan a la nueva realidad. Lo mismo que la guerra. Hoy la guerra se lleva a cabo de muchas formas. También hay una guerra posmoderna. Los perezosos, los obtusos, siguen pensando que no hay guerra, que no hay violencia, porque no hay muertos a la vista, muertos por las aceras o las cunetas. Es la filosofía mostrenca de los Rajoy y las Sorayas. "Esperemos a los hechos". Como si el decir no fuera ya un hacer. Como siel insultar, el amenazar, el proclamar, el utilizar TV3 y los medios públicos, el adoctrinar, el usar toneladas de dinero público para hacer propaganda y crear "estructuras de Estado", no fueran ya "hechos jurídicos y fácticos" incontestables, por citar unos pocos.

Con esta doctrina saltaría en pedazos todo el sistema jurídico y democrático. No podríamos detener a terroristas hasta que hicieran explotar sus bombas o a violadores hasta que el hecho no ocurriera delante de tres jueces que coincidieran en la valoración del delito. Hemos visto a más de un centenar de parlamentarios disfrutando de medio año de vacaciones espléndidamente pagadas. Esto tampoco es un hecho, al parecer, sino un derecho adquirido. Y extendido a todos los forajidos a los que pagamos para que dinamiten el orden constitucional. Todo esto es normal para esa fatídica mezcla sináptica de alucinación y cobardía.

Antonio Robles ha escrito: "Estamos ante una guerra no declarada. Quim Torra es un fanático supremacista dispuesto a romper la paz social y lo que haga falta. Sin reparar en costes de ningún tipo. Incluido el enfrentamiento civil. Con Quim Torra no habrá una declaración inofensiva de independencia, sino un órdago sin marcha atrás".Hasta el espectro de Montilla ha dicho que "cada día es peor que el anterior", e Iceta que "esto acabará en batalla campal". Mientras tanto el cabestro sigue sesteando, advirtiendo que no debemos "caer en la ansiedad".

Sólo nos salvará del golpe brutal contra la realidad la reacción de lo que, pese a todo y a todos, sigue siendo el pueblo español, la conciencia nacional, el sentimiento de pertenencia a una comunidad libre y democrática que no quiere autodestruirse. Para esta tarea se necesita otra derecha, pero también otra izquierda.Habrá que hacerlo posible, porque no hay otra salida.

miércoles, 6 de junio de 2018

SOY IBERISTA


Tiene el verbo ser en español una fuerza semántica arrolladora y única en comparación con otras lenguas. Al distinguir entre ser y estar, otorga a todo lo que es, una especie de presencia ontológica atemporal. El ser (sustantivo y verbo) es un desafío al tiempo y el espacio, un deseo categórico de eternidad y permanencia. La paradoja está en que, al mismo tiempo, sirve para decir que "somos" mortales y que nada en este mundo "es" permanente. Hechas estas reservas, pues sí, digo que "soy" iberista.

Lo soy casi desde pequeño, porque estudié en Tuy y crucé muchas veces su puente metálico fronterizo para pasear por Valença do Minho. Allí escuché por primera vez a un niño aquello de la "Batalha de Aljubarrota", la derrota castellana de 1385, que figura como hito fundacional de Portugal. El niño lo contaba con una mezcla de orgullo y resentimiento. Tan temprana educación patriótica, con el tiempo, me ha hecho pensar. Entiendo ahora mejor algo que, para ser iberista, uno debe aceptar: ni un solo portugués deja de sentirse profunda y orgullosamente portugués. Es algo que, por desgracia, no podemos decir de la mayoría de españoles respecto a nuestra nación. Ellos, es cierto, no han tenido ninguna leyenda negra que combatir. Pero aquí no sólo la asumimos, sino que la aumentamos, dada nuestra propensión a la hipérbole cuando se trata de criticar lo propio.

Luego vino Unamuno, Pessoa, Eugénio de Andrade, Saramago... Es escandalosa la ignorancia que los españoles tenemos de la literatura portuguesa, cuando ya Cervantes nos habló en el Quijote de unas mozas de Sayago que recitaban a Camoens... ¡en portugués! (digo de paso que a estas pastoras, cantando y recitando a la vera del río, en una fiesta campestre, difícilmente las podemos imaginar por tierras manchegas, y sí por tierras de la Raya y de León, donde también se ubica la primera y más importante novela pastoril, "Los siete libros de Diana", escrita por un portugués, Jorge de Montemayor o de Metemor-o-Velho).

No puedo dejar de lado otro elemento de mi aprendizaje iberista que tiene que ver con el acercamiento al mundo judío sefardí, tan ligado a Portugal. Varios años he acudido como ponente al Congreso Internacional sobre el legado judío en Zamora, organizado por Jesús Jambrina, Anun Barriuso y José Manuel Laureiro, que han estrechado lazos muy importantes entre los pueblos de la Raya al ir descubriendo la presencia judía que todavía pervive en esas apartadas tierras. La huella de Sefarad es algo que debería incorporar cualquier proyecto iberista, como lo es el de la Plataforma por la Federación Ibérica, a cuya presentación en Madrid acudí el pasado sábado.

Es admirable el proyecto que defiende esta Plataforma, impulsada por Pablo Castro, que propone llegar a constituir una Federación o Confederación entre Portugal y España, algo que va más allá de estrechar lazos culturales. Coincide en esto con el Partido Ibérico creado por Casimiro Sánchez, que acaba de proponer 101 medidas concretas para hacer realidad ese acercamiento. No puedo por menos que alegrame de estas iniciativas y desear que avancen hasta impulsar un movimiento que haga posible una verdadera Unión Ibérica.

Como uno de los impulsores del partido Centro Izquierda de España-dCIDE, creo también en la necesidad de ir hacia esa integración, propósito que quedó expresado de este modo entre sus objetivos: "Frente a los intentos de disolución de España como nación y como Estado democrático, dCIDEse declara abiertamente partidario de estrechar los lazos culturales, sociales y políticos con Portugal, tanto por razones históricas y geográficas, como de interés económico y estratégico común. Creemos en las enormes ventajas de caminar hacia una integración de la Península Ibérica a todos los niveles que respete la mutua soberanía y potencie todas nuestras posibilidades de desarrollo y colaboración. Es necesario estimular los sentimientos de igualdad, fraternidad y respeto que ya existen entre nosotros, españoles y portugueses, dejando de lado cualquier actitud de superioridad, ignorancia o insolidaridad. Es contradictorio mirar hacia Europa mientras damos la espalda a Portugal. Todas nuestras propuestas y programas de actuación tendrán en cuenta este decidido propósito de construir una Unión Ibérica integradora".

No puedo menos que recordar, para acabar, el impacto que en los de mi generación dejó la Revolución de los Claveles. Estuve en Lisboa al poco de triunfaresa "revolución" que coincidió con los estertores del franquismo. Todavía resuena en mis oídos el "Grândola, Vila Morena" de Zeca Alfonso, uno de los cantos más bellos y emotivos que conozco. Sí, hay muchas razones para unir España y Portugal, unión que ha de ser política, pero mucho más.

DOS CEREBROS



Me apasiona observar a las personas, cómo actúan, cómo piensan, cómo sienten. Trato de pasar, científicamente, de lo singular observado a lo general inducido. Me viene la idea, a modo de hipótesis teórica, de que existen dos tipos de cerebro. Es sólo una intuición, o sea, una idea peregrina (jacobea y jacobina) que, de ser cierta, serviría para explicar la existencia de dos modos básicos de actuar, dos tipos de seres humanos: los que desarrollan un cerebro abierto al mundo y los que se encapsulan dentro de sí mismos.Aclaro: estos dos cerebros están dentro de cada uno actuando en perpetua lucha o contradicción. No hablo de dos hemisferios, sino de un mismo cerebro global que actúa de dos modos antagónicos, uno de los cuales acaba dominando al otro. Lo que distingue a las personas es cuál de esos dos cerebros rige o domina su actividad cerebral.

Cerebro extrovertido versus cerebro introvertido, para simplificar. Ambos constituidos, "como todas las cosas criadas", "a manera de contienda o batalla", que diría Fernando de Rojas, traduciendo a Heráclito. Me explico. Somos seres encerrados en una burbuja de energía. Esa cápsula nos protege y nos da el sentido de la existencia al actuar como un espejo: dondequiera que miremos vemos nuestro reflejo, nuestra imagen cóncava, algo que Valle-Inclánacabó descubriendo al pasar delante de los espejos del callejón del Gato (de Álvarez Gato). Esa autoimagen nos da la sensación de permanencia, de continuidad, de supervivencia. El cerebro encapsulado es aquel que queda absorbido por ese reflejo, el reflejo de sí mismo, la propia imagen proyectada en la burbuja que nos autocontiene. La superficie de esa esfera, fluida y transparente cuando nacemos, acaba volviéndose rígida y opaca.

El cerebro extrovertido, al contrario, no fija la atención en sí mismo, sino que trata de ver a través de la membrana que nos contiene y protege, intentando hacerla cada vez más translúcida y ligera, más apta para ver "lo que hay fuera". Y de lo que hay fuera, lo más difícil de observar, siempre, es a los otros, porque son lo más parecido a nosotros mismos. Saco una primera conclusión: las personas autoabsorbidas en su imagen son siempre las más difíciles de tratar, porque son incapaces de contemplar el mundo sin ver en él siempre la propia imagen proyectada. Hay que sacarlos de sí mismos y esto, para muchos, es algo física y psicológicamente imposible. Como también vuelve a decir Fernando de Rojas, "estando en el mundo yacéis sepultados", ensimismados.

Un cerebro vivo es aquel que está permanentemente abierto al mundo, descubriendo siempre algo nuevo, algo para él nunca visto ni oído ni observado. El cerebro, o se transforma, o muere.De ahí la enorme importancia vital que tiene el no quedar atrapado en el propio yo, en la autoimagen especular. Sin duda, todos tememos a la muerte, que siempre viene de fuera y amenaza con romper esa cápsula protectora. Pero el truco, la sabiduría consiste, no en protegernos endureciendo la superficie de la esfera o cubriéndola (platearla o azogarla) hasta transformar el cristal en un espejo, sino en permitir el paso de la luz, que la energía del mundo nos penetre y atraviese. La energía del mundo y la energía de los otros.

Nuestras neuronas viven interactuando con el mundo, y especialmente con las neuronas de los otros. Existe un instinto cerebral, neuronal, que nos lleva a conectar con otros cerebros, otras redes neuronales. Los cerebros ensimismados acaban perdiendo la capacidad de empatía, de conexión con los otros.Pero como no podemos vivir sin los otros, por más encerrados que estemos en nosotros mismos, se puede producir un fenómeno profundamente perverso, que es el crear una cápsula colectiva autoprotectora que funciona como una ampliación del propio autorreflejo. Una especie de supraorganismo de replicantes ensimismados.

Atisbo aquí una deriva siniestra con la que no esperaba toparme al seguir el hilo de mi hipótesis inicial. Siempre es arriesgado pasar del individuo al grupo, pero es imposible separarlos. Así que puede existir también un encapsulamiento colectivo, una red especular colectiva en la que queden atrapados los individuos que necesitan sostener una imagen agrandada de sí mismos. ¿Los nacionalismos, la fantasía de las identidades colectivas, el sentimiento de superioridad, la necesidad de conexión con otros replicantes, el encapsulamiento colectivo, son fenómenos relacionados con eso que he llamado "cerebro ensimismado"?

El cerebro ensimismado es un cerebro inseguro, asustado, que teme "eso que hay ahí fuera". Crea un caparazón, un exoesqueleto que limita sus movimientos. Hemos evolucionado, somos seres fluidos, abiertos, ágiles. No hay mayor placer que salir a explorar todo lo que hay ahí fuera. El inabarcable, incomprensible y fascinante mundo que está ahí, esperándonos.


viernes, 4 de mayo de 2018

¿LENGUAS ESPAÑOLAS?

Siempre me ha sorprendido la ambigüedad del artículo 3º de nuestra Constitución que dice que "el castellano es la lengua española oficial del Estado" y que "las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas". Y: "La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección". Con lo fácil que hubiera sido decir que "el español es la lengua oficial del Estado" y no ese retorcido enunciado que, de un plumazo, hizo desaparecer el "español" para sustituirlo por el "castellano" y, de paso, elevó a otras lenguas peninsulares (no dice cuáles) a la categoría de lenguas "españolas".

Veamos y desenmascaremos el pufo, tan burdo como indisimulado. El castellano hace siglos que se convirtió en el español, asimilando las modalidades lingüísticas cercanas e incorporando léxico de las hablas americanas. Hoy es una lengua universal por la extensión y el número de hablantes. Llamarle castellano es pretender encerrarlo en un espacio originario que ya ni siquiera existe, algo tan forzado e inapropiado como llamar romano al italiano. Esta maniobra no ha sido inocente. Su efecto inmediato es despojar a España de su única lengua común y, por tanto, la única a la que se puede considerar, con propiedad, española. Al remitirla a su origen se quiere hacer visible que no es, en realidad, una lengua de todos, sino sólo de Castilla, que es quien la ha impuesto al imponer su dominio. Este es el contexto sugerido.

Pero, mientras se le niega el nombre de español, se equipara al "castellano" con "las demás lenguas españolas". Las lenguas regionales pasan a ser españolas, y el español, en cambio, no deja de ser una lengua (regional) más. Este es el equívoco, el cambalache semántico abiertamente dirigido a despojar al español de su rasgo de lengua común. Pero digámoslo sin miedo: ni el vasco, ni el gallego, ni el catalán son lenguas, en rigor, españolas; se hablan en una parte de España, junto al español, pero no se las puede atribuir un calificativo que sólo es apropiado para el sustantivo, o sea, España. Es llamativo que sean, no los nacionalistas, sino los demás, quienes se empeñen en afirmar que esas lenguas regionales son también españolas. Para los nacionalistas sus lenguas, no sólo no son españolas, sino, en realidad, "antiespañolas", incompatibles con el español, al que nunca ellos considerarán, en recíproca coherencia, otra lengua vasca, gallega o catalana. El español es para ellos lengua foránea, extranjera, impuesta, impropia.

Los federalistas y partidarios de la tercera vía (¿la de tres raíles?), creen que con ese gesto de buenismo lingüístico convencerán a los independentistas de que sus lenguas (y ellos) son amigablemente acogidos por el resto de españoles (¿por qué no castellanos?), y que así se sentirán más a gusto en el "Estado español". Tamaña ingenuidad es hoy ya abierta estulticia, si no maldad disimulada. La misma que el propio artículo 3º de la Constitución encierra, pues es imposible pensar que un texto tan confuso, científica y políticamente insostenible, se haya podido colar por torpeza o despiste. No. Por esos gestos, por este enseñar la patita, sabemos que los secesionistas introdujeron "caballitos de Troya" acá y acullá en el articulado de la CE, y ha sido esa "apertura constitucional" la que han aprovechado para meternos en el lío actual, en el que hasta una rebelión y sedición manifiesta, todavía encuentre dificultades legales para definirse y castigarse como merecen.

La otra rendija, convertida hoy ya en portalón del corral identitario, es eso de "las distintas modalidades lingüísticas de España" que deben ser protegidas y respetadas. Imposible definir ni cuántas ni cuáles, pues cada montaña, valle, riachuelo, peñasco o legajo sirve hoy para marcar la frontera de una nueva lengua. Ahí están esos intrépidos salva-lenguas (o linguas), oportunistas en busca de un cargo de recuperadores y normalizadores de las lenguas oprimidas, dispuestos a que la gente hable lo que ellos inventan con zurcidos y remiendos, del bable al lliunés, del mañico al castúo o el andaluz. Todo con el propósito de usar la lengua como instrumento político para inventarse una identidad con la que poder controlar el espacio social más libre y democrático que existe, como es el del uso de la lengua.

Tanta aberración fatiga. Tanta confusión desespera. Tanto fanático y político oportunista empieza a ser turbador. Si no reaccionamos impulsando la sensatez, defendiendo la libertad de hablar lo que resulta ser más propio y natural, la lengua común, el español, sin perder ni el tiempo ni el dinero en la conservación artificial de modalidades lingüísticas (dialectos) minoritarias, reinventándolas e imponiéndolas "contra natura" y "contra communicatio", pronto acabaremos en manos de verdaderos cabestros que nos dirán hasta cómo hemos de mugir para sentirnos distintos, especiales, dueños de nuestra propia identidad.

domingo, 22 de abril de 2018

PESIMISMO ACTIVO

Existe algo a lo que podríamos llamar "estado de ánimo político". Es un sentimiento, individual y colectivo, que, a partir del presente, adelanta cómo podría ser el futuro (no confundir con la "opinión pública"). Una especie de "percepción anticipadora". Cuanto más oscuro el presente, más inquietante el futuro. Cualquiera que analice sin prejuicios la realidad política de los últimos años, entenderá a quienes nos proclamamos "alarmistas" del presente y "pesimistas" del futuro. No sé cuántos -de esto nunca se ocupará el CIS-, pero pongamos que somos, a ojo de regular cubero, un tercio de la población. En millones podríamos superar al número de parados y pensionistas, lo que no quiere decir que todos los parados y pensionistas sean alarmistas y pesimistas.

No existe correlación entre la situación económica individual y el estado de ánimo político, pero pongamos que es más fácil convencer a quien vive económicamente agobiado que a uno que chapotee en la abundancia, que nuestro presente-futuro justifica el alarmismo pesimista o viceversa. Entra aquí una variable, la "educación sentimental" del ciudadano, que debería propiciar esa madurez política que consiste en ajustar el estado de ánimo a la percepción de la realidad, venciendo la tendencia a acomodar el ojo a lo que dicta la ideología, la conveniencia, el partido o el clero de turno. Quiero decir que así, sin prédicas ni acomodos, lo normal sería sentirse alarmado y pesimista ante el presente y el futuro de nuestra nación.

No voy a hacer una lista de síntomas inequívocos de cómo vamos avanzando hacia el precipicio. Tener que describirlos, cuando están a la luz de todos, es el peor síntoma (la luz también puede cegar). Freud describió el mecanismo de la negación, que podríamos aplicar a los que hoy se autoprotegen negando, unos los hechos, otros su gravedad. Sabemos que se niega lo que se teme y se reprime lo que se desea. El pueblo español tiene su memoria inconsciente, donde se acumulan temores negados y deseos reprimidos. Lo nuevo de hoy es que es esos miedos y deseos empiezan a salir a la luz, ya no funcionan los mecanismos habituales de negación y represión. 

Mi posición es la del que, frente a quienes niegan esos miedos y deseos, quiere encararlos con lucidez, valentía y templanza de ánimo. Frente al adanismo rousseauniano, que niega la existencia del mal y los malos, la "suspensión del juicio" a la espera de que sean los hechos quienes aclaren intenciones y propósitos; frente a los pacifistas y apaciguadores que huyen del conflicto o niegan su existencia, la templanza que controla la embestida esperada; frente a la cobardía o pusilanimidad de los negacionistas, el reconocimiento del peligro y el riesgo de la pasividad; ante el acomodo oportunista, la despreocupación del indiferente o la reserva del conformista, el pesimismo activo.

Ser un pesimista activo significa que, para combatir el mal, lo primero es ponerle nombre e identificar a sus autores; que, para evitar una catástrofe, hay que reconocer las fuerzas que la empujan; que, para confiar en la eficacia de una acción, vencer a un enemigo o superar un obstáculo, hay que aceptar que todo es posible, incluso lo peor. Porque ser un pesimista activo no es ser derrotista o determinista, sino saber que el miedo y la conciencia del peligro son los resortes últimos de una sociedad cuando algo amenaza su propia destrucción.

Son principios elementales que nunca tendrán en cuenta quienes niegan, por ejemplo, que nuestro Estado es débil, que su unidad y poder se está desmoronando, que el plurisecesionismo es ya un hecho real; que tenemos una derecha ciega, oportunista y corrupta a la que España como nación le importa una higa, cuyos intereses se mezclan viscosamente con los de las élites nacionalistas y de ahí su incapacidad para combatirlas; que la izquierda actual es obtusamente antiespañola, que no defiende la unidad y la igualdad entre todos los españoles, garantía de nuestros derechos.

Torpes y miserables quienes no se dan cuenta de que, ante todo esto, la sociedad está empezando a tomar conciencia del peligro, de la "vuelta de lo reprimido", de miedos atávicos que creía conjurados, de injusticias y atropellos intolerables, como la exclusión del español en la enseñanza, la administración y el acceso al trabajo; o el estar pagando a una policía sediciosa y golpista como los Mozos de Escuadra, TV3 y toda la estructura separatista; o el haber creado ese monstruo de 17 cabezas que vive a costa de destruir el Estado, trocear la nación, inventar identidades y alimentar a una casta política parásita y corrupta; o el permitir la existencia de partidos cuyo fin es la destrucción del propio Estado democrático, algo inconcebible en cualquier otro país de Europa.

¡Pesimistas activos, uníos!

¡Ha llegado nuestra hora!

jueves, 12 de abril de 2018

LA CHAPUZA ALEMANA... Y ALGO MÁS


Hablemos claro: Alemania, ni es lo que creemos que es, ni lo parece. Hagamos una generalización abusiva, pero necesaria. No toda Alemania ni todos los alemanes. Digamos, la Alemania oficial, por un lado, y la Alemania oculta, por otro, que, en este caso, coinciden, así que me ahorro más atenuaciones retóricas. La chapuza jurídica que ha dejado en libertad a Puigdemont es esa evidencia que necesitábamos los germanoescépticos para poder soltar la lengua sin ser tildados de lo que sea. Digo chapuza, estropicio, bodrio, castaña, emplasto. Saltarán unos: no siendo jurista, ¿cómo te atreves? Pues atrévome porque soy ciudadano, y con sentido común, con elemental capacidad para razonar y no tragarme piedras de molino, por más tudescas que sean. Y porque otros, más expertos, como Sosa Wagner, vienen a decir lo mismo.

Basta leer el dictamen. Después de afirmar que no hay "alta traición" (¡vaya concepto jurídico!) porque no se cumple el requisito de "fuerza" o "violencia", aclara que sí la hubo, pero no la suficiente como para "doblegar la voluntad" del órgano constitucional contra el que se ejercía esa violencia. Hubo, pero no hubo (muerto, pero sólo un poquito): a esto se llama claridad, coherencia y seguridad jurídica. Y por si hay duda, insiste: “Es cierto que el señor Puigdemont, como iniciador y defensor de la implementación del referéndum, debe ser considerado responsable de los actos de violencia cometidos el día del referéndum. Sin embargo, esos actos de violencia, por su naturaleza, alcance y efecto, no fueron los adecuados para presionar lo suficiente al Gobierno como para que este se hubiera visto forzado a rendirse a las demandas de los perpetradores de la violencia”.

Es difícil encontrar mayor absurdo y descaro. O sea, que sólo hay rebelión o traición si el golpe triunfa, si se hace efectivo o irreversible. Hay que esperar a que triunfe para poder perseguirlo. Ahora se entiende por qué Hitler llegó a donde llegó. Pero el colmo es que va la ministra de Justicia, socialdemócrata, y remacha el clavo con este martillazo: "la sentencia es absolutamente correcta y la esperada", contradiciendo a su propio fiscal. Se atreve, además, a exigirle a España que el otro delito, el de "malversación", tiene que "aclararlo bien" para que se conceda la extradicción (y no "va a ser fácil"), porque si no, "se levantará la orden de detención y Puigdemont será un hombre libre en un país libre, la República Federal Alemana" (sic). Y para más escarnio, amenaza: "habrá que hablar también de los componentes políticos de este caso".

Después de repetir mil veces, a lo Pilatos, que el caso de Cataluña "es un asunto interno de España", y que la justicia actuaría con total independencia, va el gobierno alemán y se mete de hoz y coz y se pone a patear y pisotear y chapotear en el asunto y a sentenciar y contradecir, no a un juez regional como ese del impronunciable Schleswig-Holstein, sino a las más altas instancias judiciales de nuestro país, y a toda la labor policial y de escrupulosa acumulación de pruebas (más de 300) que muestran con todo detalle la violencia de los golpistas antes, durante y después del referéndum (y ahora mismo). No sólo no hacen caso a estas pruebas, es que ese tribunal de tercera ni se ha molestado en mirarlas, ni tampoco esa ministra impresentable (suficiente para declararla persona "non grata" e impedirle pisar suelo español, y menos de Mallorca).

No sólo se meten a sentenciar (sin juicio) lo que no es competencia suya, la validez de las pruebas presentadas por el juez Llarena, sino que ni se dignan conocerlas, lo que no les impide asegurar que "por su naturaleza, alcance y efecto" no son suficientes para constituir el delito reclamado. Imagine a un mecánico que, sin siquiera ver el coche, va y firma que debe ir al desguace, y con el conductor dentro, a ser posible. ¿Por qué lo hace?

Llegamos aquí al meollo del asunto. Sigamos con la metáfora cacharrera. El mecánico chapuzas actúa así porque se lo consienten y porque sabe que su sentencia coincide con lo que piensan sus jefes. ¿Y por qué actúan todos con tanto desprecio y arrogancia? Porque se creen y se sienten superiores. ¿Y de dónde les viene tan mostrenca altanería? Del fondo de la historia, del relato sostenido desde el siglo XVI en que media Europa se alimentó del rencor, la envidia, el resentimiento contra lo que fue el imperio español y hoy es España. Un imperio que nació cuando el Sacro Imperio Romano dejó de ser Germánico y pasó a ser Hispánico, ¡y con Carlos V! ¡Intolerable!, que esos piojosos españoles, descendientes de judíos, hayan logrado semejante hazaña y alcanzado tamaño poder... Y que hoy pretendan ser una nación democrática que se defiende de su propia destrucción... No, eso nunca, por Lutero.

¿Y el Gobierno? ¿Qué Gobierno, dónde, cuándo...? Ni está ni se le espera. Sí, dejemos a los tudescos con su togas y miserias y digamos con Quevedo "que ya los brindis del Tajo / no le deben nada al Rhin". Vayamos a lo importante: qué hemos hecho los españoles de hoy, herederos de los de antaño, para tener un Gobierno tan cobarde, mentecato, pusilánime y acomplejado como para no levantar la mirada del pesebre y decir que no es tolerable que una ministra de un país "amigo", que pertenece al mismo espacio democrático común, diga lo que ha dicho, que es de una hostilidad manifiesta y humillante; y que un juez regional decida lo que compete y afecta a la propia existencia de otra nación, España, poniendo la interpretación absurda de una norma interna por encima de la propia Constitución española.

Porque si es un asunto interno de España a qué viene esa ministra metepatas a meter la suya donde no debe; que si Europa es una espacio político y de derecho común, del que hemos eliminado las fronteras, a qué vienen estas fronteras jurídicas para proteger a forajidos antidemócratas, aliados de los neofascistas de Europa, alemanes, flamencos e italianos; que si no existe cooperación policial, jurídica y política, para qué carajo nos interesa Europa, etc.

La ceguera de Alemania es la ceguera de Europa, que no ha escarmentado de dos terribles guerras mundiales. Ceguera egoísta e hipócrita, porque nada de lo que defienden para los golpistas catalanes consentirían en su país, ni sabotajes, ni ataques violentos contra la policía, ni insultos y amenazas a los jueces, ni mucho menos la ruptura de su unidad territorial. Estamos volviendo a los años 30, pero peor, porque hoy los medios de aniquilación de la paz y la democracia son más profundos, invisibles y potencialmente destructivos. Y España parece que volverá a ser el laboratorio de ese infausto destino. El desmoronamiento interno y la pérdida de la unidad y la confianza no parecen sólo obra de nuestros errores. Nos llaman ignorantes y brutos porque les conviene, porque de ese modo se creen a salvo de su propia cretinez. Hablo de la Alemania oculta, la más peligrosa, pero también de un mundo cada día más convulso y menos predecible.

Lo peor de todo es que, en medio de la confusión, despreciemos las señales de alarma y caigamos en la tentación autodestructiva. Siempre habrá quien, entre nosotros, elevándose por encima de la "chusma" (en ella me incluyo), nos vendrá a dar lecciones de democracia. Ahí tenemos a dos ínclitos defensores del independentismo, disfrazado uno de magistrado y otro de catedrático de derecho, sentenciando: “Por encima de la ley está el principio de racionalidad jurídica. Es un valor superior del ordenamiento jurídico”. ¡Toma ya jurisprudencia! Lo ha dicho Martín Pallín, antiguo magistrado del Supremo.

Y el otro, por Pérez Royo conocido: este proceso “es nulo de pleno derecho", está “viciado” desde el principio porque la instrucción se ha hecho en base a un “delito imaginario”. “No hay rebelión”, insiste. “Es una barbaridad”, porque “se han vulnerado derechos fundamentales de personas que no deberían haber pisado la cárcel”. Bueno, puestos a pensar en sujetos peligrosos, quizás debiera existir una pena específica para evitar que personajes así predicaran sin consecuencia alguna tales memeces. Supongo que los separatistas se lo recompensarán, no será puro altruismo y amor a la verdad. Pienso lo mismo de algunos abducidos como el asturiano Luis Enrique, que ha descubierto que los catalanes "son la hostia", no como sus paisanos y el resto de españoles, más atrasados que un "caganer", digo yo, por buscar una comparación adecuada.

El nacionalseparatismo catalán es por naturaleza violento, usa todas las formas imaginables de violencia, desde la que se ejerce sobre los niños en la guardería para inculcarles el odio y el rechazo a España y a todo lo español, hasta el asalto a coches policiales, sabotajes en carreteras y vías del tren, agresiones, amenazas y coacciones a todos los disidentes. Que todo esto, la violencia visible e invisible de cada día en todos los espacios públicos, pero también privados; que todo se disfrace de democracia es el mayor escarnio y prueba del grado de imposición y control totalitario de una ideología a la que hemos de calificar sin reparos de neonazi y neofascista.

Nota final
He aquí lo que dice el artículo 81 de la Constitución alemana sobre la "alta traición":

“Quien intente con violencia o por medio de amenaza con violencia, 1) perjudicar la existencia de la República Federal de Alemania; 2) cambiar el orden constitucional que se basa en la Constitución de la República Federal de Alemania, será castigado con pena privativa de la libertad de por vida o con pena privativa de la libertad no inferior a 10 años”.

Hace poco, sentenció el TC sobre la pretensión de hacer un referéndum de independencia en el Estado de Baviera: "En la República Federal de Alemania, como estado nacional cuyo poder constituyente reside en el pueblo alemán, los estados federados no son dueños de la Constitución. No hay por lo tanto espacio para aspiraciones secesionistas de un estado federado en el marco de la Constitución. Violan el orden constitucional".

Pues eso.



martes, 10 de abril de 2018

LA NEGACIÓN DE LOS HECHOS


No es posible construir una sociedad sin un acuerdo básico: existe la realidad. Sin este supuesto nadie podría andar seguro por el mundo ni establecer relación alguna con los demás. La evidencia de los hechos, la contundencia de los hechos, la consistencia de los hechos. ¿Es posible prescindir de este fundamento, organizar una sociedad negando el principio de realidad? Este es el mayor reto histórico imaginable al que parece abocada nuestra sociedad.

Dejemos de lado la pregunta científica sobre el fundamento último de la realidad, algo que se diluye cuando tratamos de atravesar la última frontera, la de las partículas elementales y eso tan inasible a lo que llamamos energía. Aparquemos también la duda filosófica que la fenomenología y la física cuántica han introducido al tratar de separar realidad objetiva y mente. Centrémonos en lo que hoy ha entrado en crisis: la construcción social de la realidad.

De modo natural, y guiados por la necesidad de supervivencia, los seres humanos construimos, a partir de los sentidos, un mundo real y objetivo que todos compartimos. Realidad y verdad son inseparables. La verdad es, ante todo, la constatación de la realidad de los hechos. Cuando la verdad se separa de los hechos, cuando se establece una separación radical entre el mundo subjetivo y el objetivo, todo se desmorona. Es lo que ha hecho el relativismo posmoderno, abriendo la puerta a la mayor crisis epistemológica y cognitiva de las sociedades modernas.

Cuando nos preguntamos perplejos cómo es posible que un personaje como Trump haya llegado y se mantenga en el poder, la pregunta importante es cómo ha podido construir su "verdad" sobre la negación de la realidad. Cómo ha podido inventar una realidad mental autónoma que ocupe el espacio de la verdad. Por un lado, esto revela que toda realidad social es una construcción cognitiva, una interpretación que se superpone a la realidad y acaba sustituyéndola; por otro, que hoy se puede crear cualquier interpretación de los hechos de modo rápido y masivo gracias a los poderosos medios de influencia mental, control de las imágenes y lanzamiento simultáneo de billones de mensajes ciberdirigidos capaces de manipular la opinión pública en la dirección que se quiera. 

Pero el ejemplo más cercano, conocido y sorprendente es la creación del relato y la interpretación independentista de la realidad catalana y española por parte del ultranacionalismo fascista catalán, eso que muy apropiadamente alguien ha llamado "fascismo inverso": logran negar la realidad de los hechos mientras se construye una realidad inversa capaz de ocupar el lugar de la verdad, inmune a cualquier evidencia contraria. Es como echar sobre un vaso de agua un chorro de aceite: el aceite flota, mantiene su cohesión y aislamiento como un mundo autocontenido y autosuficiente.

Así, el Estado democrático español pasa a ser fascista, autoritario y represor, como si se tratara de una cruel dictadura. Poco importa que, en un índice de valoración democrática, España aparezca muy por encima de Bélgica, Suiza o Alemania; para los nacionalseparatistas seguirá siendo un Estado sanguinario del que hay que separarse como sea. Muchos belgas, suizos y alemanes también se lo creerán, lo que les hará sentirse, naturalmente, superiores.

Que se corten impunemente carreteras y autopistas, se amenace de muerte con pintadas y gritos a jueces, partidos y asociaciones no nacionalistas, se rompan cajeros y mobiliario urbano, se quemen banderas españolas y retratos de autoridades y políticos. Que se agreda con sillas, palos y piedras a la policía, se les acose, rodee y rompa sus coches y furgonetas; que se apalee y ataque a jóvenes que defienden el derecho a ver a la selección española; que se aísle, insulte y amenace a cualquier padre que pida el 25% de clases en español; que se persiga a cualquier profesor que se niegue a inculcar el odio a España y a propagar mentiras en sus clases; que se practique el apartheid a periodistas y profesionales...

La lista de actos violentos (más de 300 ha contabilizado y documentado la policía en la semana de 1-O) es interminable, sin olvidar el historial de Terra Lliure, que hoy intenta volver a organizarse, o los ataques y la violencia verbal constante de TV3. Que todo este cúmulo de hechos siga ignorándose, banalizándose, negándose, no sólo por parte de los catalanofascistas que los llevan a cabo y apoyan, sino por parte del periodismo "progre" (veo a Escobar en la Sexta repetir "¡eso no es violencia!", "el independentismo es un movimiento pacífico, democrático y tolerante"...), eso sí que nos produce estupor, pero quizás no sea más que un ejemplo de lo que venimos analizando: hoy ya es posible construir una realidad paralela o flotante mediante el simple procedimiento de negar la realidad de los hechos.





martes, 3 de abril de 2018

COMENTARIOS PERTINENTES

(Foto: F. Redondo)

No hay que confundir pertinencia con pertenencia. Son sustantivos que tienen el mismo origen etimológico, pero significados ligeramente distintos. Uno da lugar a dos adjetivos antónimos, "pertinente" e "impertinente", y el otro sólo a uno, "perteneciente". Una lengua es rica por estos matices; dominarla es saber distinguirlos y aplicarlos. Soy de los que piensan que es necesario conocer bien una lengua para pensar bien, para analizar bien, desarrollar la mente y dotarnos de un instrumento imprescindible para dominar nuestras emociones y reacciones. Ya dijo Cervantes aquello de que "lo que se sabe sentir, se sabe decir", estableciendo una relación estrecha entre el decir y el sentir. Decir bien para bien sentir, y al revés, sentirse bien porque existe armonía entre lo que uno dice y lo que siente.

Sirva el preámbulo para defender la necesidad de aprender a hacer comentarios "pertinentes". Debiera ser máxima sagrada de tertulianos y comentaristas, una "profesión" hoy sobrevalorada ante la ausencia de lectura, pensamiento crítico, vacío y aturdimiento mental. Todo comentario debiera ajustarse al objeto de discusión y análisis, encajar o ajustarse al tema, venir a cuento y a propósito. Lo contrario es ser impertinente, hablar por hablar, confundir, someter a la mente a una especie de parálisis y aturdimiento que impide a los oyentes o receptores construir un mínimo de orden y sentido con los mensajes que reciben. Comentar debiera ser poner de relieve lo relevante, lo apropiado y congruente con aquello de lo que se habla o trata. Esto requiere aprendizaje y voluntad de claridad, pero también respeto a los demás, a aquellos que ven y escuchan los mensajes.

Reflexiono sobre el fenómeno tertuliano (o tertulianesco), porque recientemente he sido invitado a participar dos veces en un programa de Intereconomía TV, La Redacción Abierta, dirigido por Rafael Núñez, un presentador nada engolado ni retórico, que practica un periodismo abierto, no sectario, a años luz de lo que vemos en la Sexta u otros programas de agitación y propaganda. En el primer programa pude hablar ajustándome a la máxima que aquí defiendo, intentando que mis comentarios fueran pertinentes con las preguntas e intervenciones del entrevistador, todas ellas a su vez muy pertinentes.

Todo lo contrario me sucedió en el siguiente programa, donde, planteado a modo de debate, tuve que ajustarme a las intervenciones y preguntas, no del moderador, sino del otro tertuliano o contrincante. Imposible poner orden en el marco conceptual y el conglomerado de ideas incongruentes (impertinentes) de mi oponente (y perdón por la aliteración). Falta de experiencia en tales lides y cierto hábito profesoral que confía demasiado en la "pedagogía de la razón", en lugar de centrar la atención en lo relevante, lo pertinente, aquello que de verdad interesa a los espectadores, me llevó a veces por cerros llenos de niebla, y no logré decir bien lo que pensaba.

Pero voy a lo que quiero ir. La impertinencia es hoy lo más común, la característica más destacada del tertuliano, pero sobre todo del político. Para no quedar atrapados por la "logotropía" del discurso (descentrado, merodeante, digresivo, elusivo y hasta logorreico) uno debe mantener la cabeza fría y el cuerpo sereno, y preguntarse siempre "de qué está hablando este tío", "qué me quiere decir", "qué rollo está soltando". Si no sabes responder con claridad, no te eches la culpa ni te creas tonto; piensa que ese charlatán impertinente te está haciendo perder el tiempo. No pretendas entenderlo ni meterte en su cabeza: acabará contagiándote.

Es lo peor que nos puede suceder. Ejemplo: si tratas de ser comprensivo con un nacionalista o un separatista, tal y como predica Iceta y repite Sánchez y toda su cohorte, acabarás hilvanando un discurso tan incoherente (e impertinente) como el que mi compañero tertuliano esbozó en el debate referido. Lo difícil es superar la perplejidad y la ofuscación mental que este tipo de intervenciones produce. Y lo malo, y hasta peor, es que, sometidos a un constante bombardeo de este tipo de mensajes, es muy difícil sustraerse a su tóxica influencia. No es el arte de la política, como se suele decir, sino la miseria de la política. Porque el primer deber de un político es ser responsable de sus palabras, de lo que dice y cómo lo dice. O sea, no ser impertinente.
(El vídeo del debate: https://www.youtube.com/watch?v=KjEjFuelQEM&feature=player_embedded)

martes, 20 de marzo de 2018

CONSUMISMO: UN DIOS CANIBAL


Si hay algo que nos une hoy a todos los seres humanos, por encima de cualquier diferencia, es nuestra condición de consumidores. Ser individuo hoy es ser un sujeto que consume. En esto, hombres y mujeres, igualitos: consumistas. Todos consumiendo -y aspirando a consumir- lo mismo. ¿Consumistas y anticapitalistas? ¡Imposible! Lo increíble, lo insoslayable, lo impepinable, es que ser consumista no es ya una opción, es una necesidad. Sujetos consumistas: sujetados a la imperiosa necesidad de consumir para sobrevivir. 

Consumir no es lo mismo que satisfacer una necesidad cualquiera, sino, sobre todo, satisfacer la necesidad de consumir. ¿Por qué? Porque todos los objetos que la industria capitalista nos ofrece están concebidos y producidos, ante todo, para inducir a ser consumidos. Y consumidos cuanto antes. Consumidos significa que, después de un uso efímero, se tiren enseguida a la basura y sean reemplazados por otros. Una cadena infernal: un monstruo, un dios caníbal insaciable. Las necesidades biológicas básicas (alimento, vestido, cobijo, compañía) quedan al fondo (el fondo de reserva de los impulsos), y sirven de coartada, hasta el punto de que ya no sabemos distinguir entre necesidad y capricho, entre lo que el cuerpo necesita y lo que el mercado nos impone.

Ya es imposible ignorarlo: esta forma de producir y consumir es insostenible; pero, drogados y adictos, no podemos parar el monstruo, la máquina de producción de toneladas de millones de objetos de consumo, que ya actúa sola, auto-reproduciéndose de modo casi automático en cualquier rincón del mundo. El capitalismo ha muerto (morirá, moriremos) de puro éxito, de exceso, triturando a sus propios consumidores, convertidos ellos mismos en objetos de consumo y, por lo mismo, en residuos. Porque todo objeto de consumo genera un residuo, basura, heces, desechos. Es más difícil ya destruir los residuos que fabricar nuevos objetos.

¿Es posible parar esta aberración, este monstruo de infinitos ojos, brazos, bocas y esfínteres, a cuyo servicio estamos, sin posibilidad alguna de liberarnos de su obsesiva compulsión? Sí, claro, hay muchas fórmulas, desde crear mercados locales autosuficientes de productos sostenibles que satisfagan necesidades no inventadas, ni inducidas, ni "desnaturalizadas", a despertar el interés y la pasión por objetos y bienes inmateriales, como el conocimiento, el arte, la creatividad en todas sus infinitas formas. Debería ser un cambio drástico de gustos, necesidades, placeres, aunque se pudiera ir aplicando de manera progresiva, planificando una evolución de la humanidad hacia otro horizonte de expectativas, actividades, relaciones y descubrimientos.

La realidad, sin embargo, va por otro lado. Ahí está China, epítome de lo que digo. Así que lo más probable es que todo siga su curso, y nos iremos adaptando y resignando y apañándolas como podamos. En el camino irán cayendo muchas cosas, destruyéndose muchas seguridades y certezas que hoy damos por hechas, que nos protegen y libran del mal, pero que desaparecerán irreversiblemente. Y los primeros en caer serán quienes peor viven o vivan a la intemperie, porque incluso ellos están obligados a ser consumistas, aunque sólo sea de sobras y residuos.

El suelo ha dejado de ser firme y los seres humanos cada día nos parecemos más a autómatas tambaleantes que necesitamos creer en alguien que nos asegure que, mientras vivamos, podremos seguir consumiendo ansiosa y compulsivamente. Porque la clave está en eso: en generar ansiedad, inquietud, miedo, y ofrecer luego objetos con que calmar la angustia despertada. Objetos que, apenas consumidos, generen de nuevo la necesidad, la compulsión, la insatisfacción.

Lamento el tono apocalíptico al que me han llevado estas precipitadas reflexiones, pero es que, en mi corta vida, he visto cómo he ido pasando de ser un ser bastante humano, incluso "fieramente humano", a ser un sujeto consumidor, y todo sin apenas darme cuenta, y sin mi permiso, y por obligación, y sin escapatoria. Y a darme cuenta de que todo el tinglado que hemos montado se apoya en el mismo engaño, el mismo señuelo de felicidad compulsiva que ofrecen los objetos, su posesión y consumo, transformados en necesidad; el saber que estoy atrapado irremediablemente y que soy un pieza más de todo ese engranaje o máquina o monstruo que acabará destruyéndonos y que ha destruido ya lo más valioso: nuestra capacidad de pensar, de imaginar, de descubrir, de sentir y disfrutar de todo lo que no es puramente material, efímero, espejismo de felicidad. Solos y en compañía, no aislados y perdidos, como nos quiere y necesita el consumismo.






martes, 13 de marzo de 2018

RULL, TURUL, MONTULL y CUCURULL: sobre el sentido musical de las lenguas


Cada lengua tiene su musicalidad, una combinación de vocales y consonantes que crea un ritmo y un tono identificador, fácilmente reconocible. Aunque varía mucho de un hablante a otro, la articulación de sonidos y tonos de cada lengua sigue un patrón respiratorio, acústico, expresivo y rítmico, que tiene mucho que ver con el cuerpo: con la energía que exige la producción de esos sonidos, la relación de la voz con el espacio y con los otros (la voz "toca" al otro a través del aire), la impulsividad o fuerza emocional que el habla transmite, etc. Me refiero a la naturaleza física y fisiológica de la lengua como creación sonora.

El lenguaje no es sólo un acto mental, sino un hecho orgánico y neuronal. Hablamos con todo el cuerpo. El aprendizaje de una lengua es un aprendizaje corporal, de creación de hábitos orgánicos, respiratorios, rítmicos, gestuales. Supone aprender a controlar una compleja red muscular y nerviosa, desde el diafragma a las cuerdas vocales, la glotis o la musculatura facial. No es sólo un problema memorístico.

Las lenguas evolucionan mediante billones de ensayos en que los hablantes crean y seleccionan sonidos, fijan normas acústicas, morfológicas y sintácticas hasta alcanzar un grado óptimo de economía y eficacia comunicativa. Cada lengua es el resultado de un esfuerzo colectivo extraordinario, una verdadera obra de arte y, en este sentido, todas son admirables. 




Pero no todas las lenguas son iguales. Unas son mejores instrumentos que otras. Unas tienen mayor capacidad descriptiva y analítica de la realidad que otras; unas facilitan mejores lazos emotivos y comunicativos entre sus hablantes que otras; unas "suenan" (y resuenan) mejor que otras... Y todo esto influye en su evolución y difusión. El aumento de hablantes viene dado por muchos factores (políticos, económicos, sociales, educativos), pero hay un elemento sin el cual una lengua es muy difícil que se afiance y expanda. Lo diré con una expresión que me acabo de inventar y que el lector no encontrará en los manuales de lingüística: su "capacidad de seducción acústica".

El oído, sí, ese delicadísimo receptor de ondas sonoras. Por su propia naturaleza, al tímpano le gusta la armonía, la combinación eufónica de los sonidos. El oído tiende, además, a la sinestesia, como bien saben los ciegos, por lo que podríamos hablar de "belleza sonora", algo que podemos percibir cuando leemos un soneto de Shakespeare o de Garcilaso, por ejemplo. El español es una lengua que se caracteriza por la claridad de los sonidos (empezando por su sistema vocálico), la sencillez articulatoria (unión de vocales y consonantes formando casi siempre parejas y no grupos consonánticos largos), finales de palabra de fácil pronunciación, palabras formadas por un número reducido de sílabas, una construcción morfológica y sintáctica en la que es fácil identificar al sujeto, etc, todo lo cual facilita, entre otras cosas, el establecer pausas respiratorias naturales. El español ha ido suavizando su brusquedad inicial y facilitando la fluidez eufónica y la variedad tonal, sin perder por ello la naturalidad y la fuerza fonética expresiva y proyectiva.

Viene esto a cuento de la relación del español con otras lenguas de la Península (incluidas las neolenguas, como el aragonés o el asturiano), especialmente con el catalán, una lengua romance que, siendo etimológicamente muy cercana, mantiene diferencias acústico-orgánicas muy notables con el español. Una característica significativa es la terminación de palabras en consonante implosiva, como es el caso de los nombres que aparecen en el título de este artículo. Son cuatro apellidos de cuatro conocidos catalanes. Los dos primeros, Rull y Turull, exconsejeros golpistas de Puigdemont que han pasado unas semanas en la cárcel de Estremera. Montull es un corrupto, mano derecha de Millet, el del Palau, condenado a más de siete años de prisión. El cuarto es un vividor que se dedica, con el dinero público, a predicar cosas como que Cataluña nació en el año 700 a.C, que Roma no era nada hasta que llegaron a ella los catalanes o que el descubrimiento de América fue obra de valerosos catalanes.

Estos cuatro tipos tienen en común ese final consonántico que, como en el caso de muchas palabras del catalán, se han formado por la eliminación brusca de la última vocal. Este ejercicio de retención vocálica lo relacioné hace tiempo con la "pulsión anal" (he escrito artículos sobre ello), pero ahora solo quiero destacar el efecto chocante y cómico que, en este caso, esta peculiar onomástica sonora provoca. Que nos los tomemos tan en serio, y que ellos exhiban tan sin complejos sus propias vergüenzas, es algo que deberíamos "hacérnoslo oír". Porque no, no todas las lenguas suenan igual. No todas tienen la misma capacidad de seducción. Habrá que empezar a fiarse más del oído.

jueves, 1 de marzo de 2018

LA LUCHA DE CLASES


Marx ha pasado a la historia por ser el "inventor" de la lucha de clases. Puso así nombre a un hecho universal que expresa bien el dicho de que "siempre ha habido pobres y ricos". Donde aparecían pobres, Marx colocó proletarios, y donde ricos, burgueses. Elevó el listón intelectual y le dio categoría racional a la miseria. No fue difícil ajustar la teoría a la realidad: los pobres de su época se concentraban en barrios insalubres y entraban y salían de las fábricas como rebaños harapientos. La burguesía, dueña de "los medios de producción" (las fábricas), acumuló suficiente dinero como para construirse palacios e imitar a la nobleza, que tanto les había despreciado. Se hizo así muy visible la diferencia entre esos dos mundos.

La teoría tenía un fundamento demográfico, pues los proletarios fueron pronto la mayoría, desplazando en número a los campesinos, tradicionalmente los más pobres de la pirámide. Marx concibió el enfrentamiento entre los dos grupos como irreconciliable: uno debía destruir al otro para sobrevivir. La "lucha de clases" no sólo describía la realidad, sino que ofrecía "un horizonte de expectativas" a los más desfavorecidos para que tomaran el poder y acabaran con la división en clases.

Como las ideas y la conciencia (superestructura) surgían de la condición económica (estructura), Marx supuso que los obreros más explotados serían los primeros en rebelarse. No fue así, demostrando que no existe ninguna correlación directa entre pobreza y revolución. Fue entonces cuando propuso la necesidad de una vanguardia que guiara al proletariado hacia su liberación. La pequeña burguesía intelectual resultó ser la encargada de asumir esta tarea. Lenin lo puso en práctica. La rebelión de los obreros, paradójicamente, acabó en manos de pequeñoburgueses.

Pero no sólo esta contradicción, la evolución del capitalismo puso de manifiesto el reduccionismo de la lucha de clases. Con la aparición de una amplia clase media consumista, que se convirtió en el motor de la economía, todo el esquema se vino abajo. Hoy la sociedad se ha diversificado tanto (los obreros manuales son sólo ya una minoría), la pobreza y la riqueza han adoptado tantas formas, grados y niveles, haciendo imposible ligarlas a una profesión, un trabajo, un modo de vida, etc., que trazar una línea divisoria entre dos clases antagónicas resulta casi imposible.

Necesitamos aplicar otros criterios, como el de la pobreza y la riqueza "relativas", para describir la realidad. Dicho de modo simple: existen muchas "clases" de pobres, pero también muchos "tipos" de ricos. La línea divisoria hay que trazarla con criterios múltiples y sucesivamente inclusivos. Por ejemplo, eso de "trabajadores" no debiera excluir a muchos "empresarios", ya que algunos de ellos trabajan como "chinos". Y hay pobres que viven del privilegio y eso perjudica, sobre todo, a los que lo son de verdad. Profesiones con mucho prestigio cada día están más proletarizadas. Y no es lo mismo un empresario parásito, que otro productivo; uno que vive del Estado que otro de su talento y esfuerzo; un emprendedor arriesgado que otro corrupto; un defensor de la dignidad de sus empleados que otro explotador, etc.

En general, quien más poder y riqueza acumula es quien más posibilidades tiene de corromperse, explotar y despreciar a los demás. De ahí nuestra prevención. Hoy, además, son las grandes empresas y fortunas quienes más defraudan y evaden su dinero. Por otra parte, la clase media está hoy pasando a vivir en condiciones de pobreza encubierta cada día más degradantes. Hay empresas que mantienen una plantilla de trabajadores bien remunerados y al mismo tiempo explotan a miles de subcontratados con salarios de miseria. Y mientras se degradan las pensiones, una minoría de políticos y directivos obtienen pensiones astronómicas. Etc.

Quiero decir que hoy ya no nos sirve la simplificación de la lucha de clases (los de arriba y los de abajo, la casta y el pueblo) y hemos de sustituirla por la lucha por la igualdad, sin tener en cuenta la profesión, la clase o el estatus social, estableciendo normas que impidan el abuso y los privilegios, sean del tipo que sean. El viejo principio del bien común y la justicia social ha de prevalecer, asegurando que nadie carezca de lo necesario para vivir dignamente. No el rencor o la envidia del pobre hacia el rico, sino la equidad: porque quien más tiene, si bien se mide y valora, es quien más recibe (directa e indirectamente). Y que las diferencias nazcan sólo del esfuerzo y el talento, no del privilegio, el poder, el abuso y el sufrimiento de los demás.







martes, 27 de febrero de 2018

IDENTIDAD E IDENTIDADES


Cuando la izquierda, desconcertada ante la fuerza del capitalismo, que creó la clase media, no supo qué hacer con "la lucha de clases", se apuntó a la "lucha por la identidad", por cualquier tipo de identidad, pues surgieron identidades como Ítacas a las que cada colectivo, más o menos desamparado, debía llegar para encontrar su salvación. Sin ton ni son, sin entender ni definir qué sea la identidad, bastó que una causa se presentara como "revolucionaria", opuesta al poder dominante (patriarcal, global, estatal, de la casta o las élites corruptas), para convertirla en faro que guía al "pueblo" hacia su liberación. Un "totum revolutum" en el que han acabado conviviendo la ultraderecha y la izquierda radical, el puritanismo protestante con el catolicismo de sotana y sacristía, la progresía con la más rancia burguesía. 

En España, a la vanguardia de esta confusión se puso enseguida el nacionalismo catalán, el padre, la madre y el cordero del guisado retroprogresista con el que se han alimentado varias generaciones posfranquistas que han acabado desplazando a los pocos verdaderos antifranquistas que quedan, la mayoría tan noqueados que apenas se atreven a levantar la voz contra tanto "desaguisado". Vivimos en los estertores de esta izquierda descarriada, desnortada, desbrujulada, aunque pueda todavía pasar una década hasta que definitivamente desaparezca o se redefina, se redima, se quite de encima la carcundia esencialista de las identidades.

Aclaremos las cosas. Aceptemos que existe una identidad personal en la medida en que cada uno tiene conciencia de sí mismo como alguien único y diferente. No indaguemos mucho sobre si esa conciencia individual se basa en una diferencia genética o adquirida, sustancial o fenoménica. Aceptémonos como individuos (in-divisibles), aunque nuestra individualidad sea mera metafísica si no se convierte en libertad y autonomía real. Olvidémonos de que en esta sociedad, ante todo y sobre todo, somos individuos en la medida en que somos consumidores, todos, y en esto, tan parecidos como gotas de agua. Pasemos a lo que hoy más y mejor se vende en el mercado de las falsificaciones: las identidades colectivas. La pregunta inicial es: ¿Pero existen esas identidades? Seré un poco arrogante: no, no existen las identidades colectivas. Y no añado "en mi opinión", que es lítotes de Perogrullo, que suele confundir opinión con idea, que es casi lo contrario.

Imposible definir, diferenciar, constatar la existencia de una realidad, hecho o esencia a la que atribuir con propiedad el término de "identidad colectiva", un rasgo único que distinga de modo inequívoco a un grupo humano de otro. Un rasgo esencial y diferenciador que caracterice a todos los individuos pertenecientes a un grupo o colectivo. No existe, y sin embargo...

Sin embargo, y aquí viene el verdadero problema, todos los grupos necesitan construir una identidad imaginaria con que identificarse. Lo primero que hay que entender es que se trata de una construcción basada en cualquier elemento, visible o invisible, sobre el que se proyecta esa identidad inventada. Cualquier cosa sirve, basta con erigirla en símbolo, manifestación o expresión de esa identidad. Bastan dos o tres "señas de identidad" y ya tenemos una identidad campante, rampante y sonante dispuesta a defender su derecho, no ya a existir, sino a ser reconocida y respetada por todos (y subvencionada por el Estado, claro).

Lo que importa, más que la identidad en sí, es el sentimiento de identificación. Soy aquello con lo que me identifico. Por eso, para la creación de cualquier nueva identidad se necesita un grupo impulsor que acabe teniendo suficiente poder como para propagar ese sentimiento de identificación. Es aquí donde las ideas de la izquierda encuentran su acomodo: "opresión/liberación", "víctima/revanchismo", "exclusión/discriminación compensatoria", etc. Es así como el discurso de las identidades acaba desplazando al discurso de la igualdad.

En nuestra sociedad, basada en leyes que aseguran derechos e imponen obligaciones, el discurso de las identidades (lingüísticas, culturales, étnicas, históricas, territoriales) nunca debiera invadir ni invalidar la única identidad social hoy posible: la identidad política, o sea, la que nace de la condición común de ciudadano y nos hace a todos iguales. Iguales, no idénticos. El Estado democrático, que tiene su fundamento en la nación política, no debiera meterse en ese laberinto de las identidades, sean individuales o colectivas, ni convertirlas en sujeto de ningún derecho contrario al de la igualdad. La igualdad, sí, sigue siendo una seña de identificación de la izquierda (que no de ninguna identidad). Eso de "ser" de izquierdas, y más exhibirlo como superioridad moral, es otra fantasía identitaria; cosa distinta es "tener" ideas de izquierdas, que éstas sí que siguen existiendo.

domingo, 18 de febrero de 2018

¿PORTAVOZA?


Irene Montero, la diputada de Podemos, se ha metido de voz y coz en la lucha contra el lenguaje "sexista". Es patético luchar contra algo que no existe. Y sentirse, además, moralmente superior por ello, de una arrogancia cutre. Por más que se diga y vocee y asperje, eso del "lenguaje sexista" es, en sí mismo, un disparate semántico. Al lenguaje no se le pueden atribuir cualidades sólo aplicables a la persona. Existe un uso sexista del lenguaje, pero eso no convierte al lenguaje en machista u opresor, sino a quienes lo usan con intención de despreciar o dominar a las mujeres. No es lo mismo. Es como si acusara usted al lenguaje de ser violador o maltratador.

Detrás de esta batalla lingüística no sólo hay una profunda ignorancia de lo que es el lenguaje, cómo se forma, funciona y evolucionada, sino un enorme desprecio hacia los hablantes, empezando por las mujeres. Esto de "portavoza", "miembra" o "jóvena", no son sólo ocurrencias que incitan a la burla y el cachondeo, sino algo más decisivo, porque nos afecta a todos, no sólo como hablantes, sino como ciudadanos. El lenguaje es seguramente el bien común más importante, un elemento de cohesión y convivencia imprescindible sin el cual no serían posibles las relaciones humanas y sociales. No es sólo el bien común más apreciable, sino el más democrático imaginable. El lenguaje es el resultado de la acción y aportación de todos los hablantes, con independencia de su condición social, no obra de unos pocos o de un grupo dominante.

No hay lengua sin normas sintácticas y gramaticales. Atacar estas normas, destruirlas, es, no sólo destruir un bien común, sino agredir a sus hablantes. Las lenguas evolucionan con la contribución democrática de sus hablantes de forma natural, adaptándose a los constantes cambios sociales y del entorno, pero estos cambios no se imponen nunca a la fuerza. Las lenguas no necesitan policías lingüísticos para imponer cambios en su uso, son los propios hablantes los que generan espontánea y lentamente esos cambios. Por eso son una aberración política todas esas leyes de "normalización lingüística" que se han establecido en Cataluña y por media España, antidemocráticas en sí mismas. Que ahora pretendan algunos hacer lo mismo con "los bables" (no hay uno solo, la primera imposición fascista es obligar a sus hablantes a unificarlos) es una prueba más de desvarío y totalitarismo, en el que coinciden, ¡oh paradoja!, los Álvarez Cascos con podemitas y socialistas.

Esta batalla lingüística muestra cómo la noble causa del feminismo puede derivar en feminismo radical o feminismo ultra, o sea, una ideología reaccionaria que perjudica, en primer lugar, a las mujeres. Llamar a una mujer "portavoza", por más que Lastra, Montero y Robles se sientan encantadas, es lingüísticamente despectivo, y así suena y resuena en nuestro cerebro, y tendremos que hacer un esfuerzo para luchar contra ese efecto inmediato, porque así está fijado en el sentido fonético y musical de la lengua. Basta ponerlo en un contexto como "oiga, portavoza, dígame..." Peor sería, para arreglarlo, decir, "oiga, señora portavoza", o "mi amiga la portavoza"... Bastan estos ejemplos para demostrar que el procedimiento de marcar con el morfema "a" a todo sustantivo o adjetivo viviente para "feminizarlo", conduce a creaciones lingüísticamente aberrantes. Porque ni la "a" es feminista, ni la "o" machista. Sobran ejemplos para mostrarlo.

Lo peor de todo esto es la arrogancia emancipadora con que el ultrafeminismo trata de salvarnos de la lacra machista que ha penetrado en nuestras mentes desde siglos. Erigirse en salvadoras, en comisarias lingüísticas, imponiéndonos usos que destrozan las normas sintácticas, morfológicas y fonéticas de la lengua, es de una soberbia intolerable. ¡Intolerable, sí! Porque agrede y desprecia a todos los hablantes tratando de imponernos un control ideológico, politizando el ámbito más privado e individual como es el de la mente y el modo de hablar y comunicarnos. Entre los derechos lingüísticos de los ciudadanos se encuentra el derecho a no ser presionados, culpabilizados, señalados y denigrados por usar el lenguaje como lo hace, y muy democráticamente, la mayoría.

Ser vocera de la causa feminista es legítimo; ser portavoza del ultrafeminismo, no. Porque eso, ni es progresista ni emancipador, sino cutre y reaccionario. De voz a coz sólo hay una consonante. Y las consonantes se llaman así porque buscan la eufonía. Consonancia significa "estar en armonía". Es lo que busca y logra el lenguaje común: estar en armonía con los otros. Lo mismito que persigue el celo talibán de estas emancipadoras.




jueves, 8 de febrero de 2018

ZOON POLITIKÓN

Lo dijo Aristóteles, que es mucho decir. El hombre es un "zoon politikón"; literalmente, un "animal político", entendido, no en el sentido con que algunos lo han aplicado, por ejemplo, a Martín Villa o a Felipe González, enfatizando su capacidad política en el caso de Felipe, o su habilidad para la supervivencia política, en el caso de Martín. No, sino en el sentido de que el hombre es un "animal social". Suele usarse la expresión para resaltar nuestra dependencia social, el hecho de que nadie puede sobrevivir sin la acogida de un grupo que, desde la cuna a la tumba, nos proporciona protección y ayuda. A mí me gusta la definición aristotélica (este esdrújulo es contundente) por algo que no se suele destacar: porque afirma que somos sociales, sí, pero también animales. Una usted como pueda eso de "animal" y "social" y eso somos, por más contradictorio que parezca.

Lo de "animal" lo interpreto aquí para referirme a lo biológico, lo instintivo, todo eso que está determinado por ese inconcebible entramado de células y neuronas movidas por impulsos electroquímicos, que da lugar a nuestro cuerpo. Es la parte más inconsciente y automática de nuestro ser, la que se mueve por "algo" que viene directamente de lo desconocido, o sea, el impulso de la vida (y también de la muerte, como afirmó Freud). Lo de "social" alude a todo eso que modula, añade, se superpone o entremezcla con lo biológico. Para simplificar: lo innato (animal) interacciona con lo aprendido (social) formando un todo difícil de distinguir. Lo uno no existe sin lo otro, y esto vale tanto para el individuo como para la especie.


Como lo que nos interesa, al final, es entender un poco mejor qué somos y cómo y por qué actuamos como actuamos, saquemos una conclusión elemental: cualquier juicio sobre nosotros mismos o sobre los demás, debe aprender a unir esa doble perspectiva, lo animal y lo social, lo innato y lo aprendido, lo que viene de la impulsividad biológica y lo que proviene de la influencia social. Hay un espacio en el que esta doble corriente (lo que viene de dentro y lo que proviene de fuera) se encuentra y en el que se resuelve la contradicción: el cerebro. El cerebro, no sólo el que se aloja en nuestro cráneo, sino la red de neuronas que se extiende por todo el cuerpo, de la médula al intestino, es el encargado de recoger los impulsos biológicos y los estímulos perceptivos para convertirlos en el mundo en el que vivimos. El cerebro, por tanto, es el resultado de esa doble acción, pero es, a su vez, el que va a decidir qué hacemos en cada momento.

Si todo esto se tuviera en cuenta, y aquí aterrizo, no deberíamos nunca borrar lo instintivo y biológico de nuestra vida, por muy socializados que estemos, ya que, queramos o no, la biología es nuestro primer destino y ahí está, siempre presente; y si no está, malo, algo muy perverso y retorcido y estrafalario acabará apoderándose de nuestra vida. El control de los impulsos lo impone la vida en común, la sociedad, pero siempre debe existir un límite a partir del cual el cuerpo reclama sus derechos. Pretender que "todo es social", incluido el impulso sexual, es una aberración de consecuencias catastróficas. Del mismo modo, creer que la mayoría de los seres humanos es incapaz de controlar sus impulsos, nos llevaría a otro tipo de aberraciones. Apliquen esto a eso de "la cadena perpetua revisable".

Un enfoque de este tipo nos ayudaría a entender un poco mejor eso de "la violencia de género", así mal llamada en la medida en que no integra el elemento biológico al diagnóstico, quedándose solo con lo social. Pero no, el cerebro está tan socializado como sexualizado. Porque el cerebro mantiene un diálogo constante con el cuerpo, con todas las señales biológicas del cuerpo antes de tomar una decisión. Y muchas de esas señales no llegan a la mente consciente, se analizan y valoran de modo inconsciente, de acuerdo con los circuitos que se han forjado a lo largo de la vida a partir de nuestro nacimiento.

La cosa es bastante compleja, ¿verdad? ¿Nos incomoda todo esto, verdad? ¿Nos gustaría que todo fuera más sencillo para resolverlo de un plumazo, con una norma, con una ley, con más centros penitenciarios, verdad? Nos gustaría no ser animales, ser sólo seres sociales, sólo seres moldeables, seres impecables, seres cien por cien políticamente correctos, incólumes, impolutos, vírgenes de todo mal. Nos gustaría vivir en un mundo sin machismo, sin micro ni macromachismo, sin la incertidumbre que nos impone la biología y ese rodar de la Tierra por la inmensidad del cosmos, enganchada a un astro que todo él es fuego, fuego incandescente.






jueves, 1 de febrero de 2018

SOY LO QUE PIENSO

(Foto: Vicente García)


Descartes, después de mucho pensar, dijo aquello de "pienso, luego existo". Aseguran los filósofos racionalistas que eso fue el "fiat lux" de la modernidad, que colocó a la razón como el fundamento de la ciencia y el pensamiento moderno. A mí, lo siento, siempre me pareció una perogrullada, basada, como casi todas las idem, en una petición de principio. Si dudas de todo, ¿por qué no dudar también de que estás pensando-dudando? El axioma cartesiano viene a decir, "pienso, luego pienso", o "existo, luego existo". El problema no está en relacionar el existir y el pensar, sino en el "ergo", el luego, en la relación de causalidad o consecuencia lógica. Yo creo que es mucho más persuasiva, incluso lógicamente, la proposición "siento, luego existo", por poner una de las muchas que se me ocurren en sustitución de la descartiana.

Me da pie y estribo esta piedra filosofal para hacer alpinismo platónico, intentando escalar esa montaña siempre cubierta de nubes que es el misterio del yo, que no es otro que el de la conciencia. Echo mano de la metáfora montañera porque, sí, es muy fácil despeñarse por la pendiente del "qué soy yo" o "quién soy yo", que lo uno lleva a lo otro. Si Yavé dijo algo así como "Yo soy el que soy" o "Yo soy el que existo", difícilmente nosotros seremos capaces de dar una respuesta más clara y categórica. Descartes debería haberse conformado con el silencio que sigue a esta inquietante sentencia divina.

Pero soy inquieto, así que prosigo. De las muchas respuestas que pudiéramos dar a la pregunta que trata de saber qué somos, he aquí ésta que seguramente ya han enunciado muchos, pero que yo hago mía porque es la que se me ha ocurrido para ponerle título a esta bicolumna: soy lo que pienso. Expresada en términos de manual de autoayuda: "eres lo que piensas". Repárese en que no digo "soy el que pienso", lo que sería muy cartesiano, sino que soy eso (esto o aquello) que pienso. Por explicarme un pelín. Somos una fabulosa máquina neuronal: "En el cerebro de un recién nacido, cada segundo se forman hasta dos millones de nuevas conexiones, o sinapsis. A los dos años, un niño cuenta con cien billones de sinapsis, el doble que un adulto". La cita es de David Eagleman. La paradoja es que, para madurar, necesitamos podar las ramas de esa jungla y quedarnos con la mitad de sinapsis. Para construir el mundo necesitamos limitar nuestras posibilidades perceptivas.

El mundo, la realidad, es una creación cerebral construida con billones de estímulos indiferenciados. Si no fuera así no sobreviviríamos ni sabríamos qué hacer rodeados por un mundo incomprensible de infinitos impactos electromagnéticos. Pero voy a lo del título. Si todo se cocina en ese bullicioso y descomunal trasiego de impulsos invisibles, incontables, que van a velocidades astronómicas, ¿qué hacemos nosotros, qué papel juega en todo eso, el pensamiento? Pongamos que el 95% de nuestra actividad es inconsciente. Esto significa que la complejísima maraña neuronal ha creado circuitos fijos por los que circula la actividad electromagnética de forma automática. ¡Y menos mal! Si nuestra vida dependiera de nuestras decisiones conscientes tardaríamos un cuarto de hora en dar dos pasos seguidos.

Sirva tanto preámbulo para llegar a una pequeña cumbre desde la que otear el horizonte de nuestra vida. Me refiero a ese 5% que hemos reservado para la actividad consciente. A esa me refiero con el título. Soy lo que pienso conscientemente. ¿Por qué? Porque es lo único que puedo de verdad controlar de mí mismo. Es ahí donde radica mi albedrío, mi libertad, mi responsabilidad. Así que, conclusión lógica, piense en lo que piensa. Piense que no es lo mismo pensar una cosa que otra. Piense que puede intentar ser dueño, al menos, de un 5% de ese 5% de sus pensamientos no automáticos.

Quiero decir que no desprecie usted ese 5%, porque, gracias a él, puede usted vivir una vida apasionante. Sólo podemos gozar de verdad de aquello de lo que somos intensamente conscientes. Una conciencia alerta es imprescindible para ampliar nuestro mundo, nuestra experiencia del mundo. Una mente abierta es la que está dispuesta a recibir pensamientos inesperados, ideas nuevas, todo aquello que rompa los automatismos mentales anquilosados. En realidad, ese 95% del que hablé depende de ese pequeño 5% del que hablo. Por eso es tan importante.

Y digo más. La política, como la vida, sólo puede renovarse si da importancia a ese 5%. Si da importancia a las ideas. Si confía en la fuerza de las ideas conscientes. Si confía en la coherencia, la consistencia, la capacidad constructiva y unificadora de las ideas y los proyectos lúcidos. Conciencia y honestidad. Pues eso.










jueves, 25 de enero de 2018

EL AURA MICROBIANA


Andaba yo esta mañana en busca de mi identidad cuando me topé con uno de esos artículos de divulgación científica que de vez en cuando me gusta leer. Lo hago con una mezcla de curiosidad indagadora y atracción poética, porque hoy la ciencia avanza no sólo gracias al afán investigador, sino a la imaginación poética. Mediante un elemental experimento se ha podido comprobar que nuestro cuerpo emite no solo calor, ondas sonoras, partículas olorosas, lumínicas y quizás radiactivas, sino también una nube bacteriana, microbiana, que constituye una verdadera aura. Y que ese halo se puede detectar y analizar, y comprobar que es diferente en cada ser humano e incluso en cada familia.

Unamos a ésta, otra investigación que ha descubierto que también heredamos los componentes de nuestro sistema inmunológico básico y que, al parecer, juega un papel bastante influyente en eso de la atracción sexual y la llamada reproductiva de la especie. Buscamos no sólo la belleza, la simetría y la salud biológica, sino la "histocompatibilidad", o sea, un "antígeno leucocitario" complementario que refuerce el sistema inmunológico con una buena dosis de anticuerpos capaces de detectar y combatir virus y bacterias peligrosas. Andaría todo esto mezclado con eso de los olores, que bien sabemos puede dar al traste en un milisegundo con todo nuestro potencial erótico, sea masculino o femenino. No se han descubierto todavía las feromonas, pero está claro que nuestro cerebro reptiliano tiene muchas veces la última palabra.

Se está desarrollando ya una ciencia complementaria de la endocrinología, la exocrinología. Creo que traerá indudables beneficios, no ya a la humanidad, sino a la política. Hoy, en que el consumo está trastocando el orden y hasta la función de los instintos, introduciendo confusión, incertidumbre y angustia en los cuerpos y las almas a través de todo "lo invisible" (desde el reclamo de los olores a las armas biológicas, de internet a los alimentos, de planes multinacionales a revueltas nacionalistas), hoy, digo, nos vendrá bien esta ciencia de la presencia de lo microbacteriano en nuestras vidas -dentro de nuestros cuerpos, pero también fuera, en el aire-, para recuperar el sentido humano del cuerpo, la última barrera contra la manipulación política y la propagación de los virus ideológicos. El cuerpo sabe, el cuerpo siente, el cuerpo habla, así que escúchalo y hazle caso. Es una consigna revolucionaria.

Depurar este sentido corporal global, inmediato, instantáneo; limpiarlo de todas las adherencias mentales, publicitarias, ideológicas, contaminantes; airear, sanear los mecanismos biológicos instintivos o básicos; no dejarnos manipular por el constante acoso de los estímulos consumistas... Si así fuera, la mal llamada "ideología de género", por ejemplo, no habría degenerado en psicopatología de género, que con el tiempo se verá que es un género más de psicopatología, movido, eso sí, y en la mayoría de los casos, por un urgente y justificado afán de justicia igualitaria. Pero saltar de los derechos políticos y sociales, a la esfera de los instintos y el aura microbiana es desatino biológico, no sólo político. Es confundir la lucha contra la dominación y humillación "patriarcal", con la lucha contra la testosterona.

Así que buscando mi identidad matinal me topé con una seña de identidad microbiana inesperada, lo que me ha hecho reflexionar sobre todo ese territorio todavía no conquistado por la política, por la norma social, por el afán totalitario de controlar mi aura invisible. Así que, os digo, les digo, me digo, déjenme con mi aura microbiana identitaria, no me impongan otra identidad que la que me dicta y susurra mi cuerpo, no pretendan dar órdenes a mi fogosidad bacteriana, no me hagan encuadrar a ese ejército bullicioso de partículas y seres invisibles (microbiótica endógena y exógena), a ese anárquico batallón bioquímico no le pongan el uniforme LGTBi, por así decir, y espero que me entiendan sin tomar la metáfora al pie de las siglas.

Dicho de otro modo: no me impongan una identidad "racista", externa, déjenme con mi biología y que yo me las apañe con lo que me ha entregado la vida, el cosmos, el aire que respiro. Porque cuando la política pretende controlar mi aura microbiana (aunque sea para protegerme de una potencial amenaza) está invadiendo mi cuerpo, que es mi propia y única identidad individual. Mi otra identidad, la identidad social, esa pertenece a otra esfera, a la de mis derechos y obligaciones sociales que, curiosamente, también pretende imponérseme, usurpándome esos mismos derechos. Pero este es otro tema.