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miércoles, 22 de febrero de 2017

¿QUIÉNES SON LOS MALOS?


(Foto: S. Trancón)
Hagamos una primera definición: Malo es quien realiza consciente y voluntariamente el mal. Y el mal es, ante todo, causar dolor y sufrimiento a los demás. Como casi todo, el mal tiene grados: causar un pequeño mal no es lo mismo que arruinar la vida a alguien. Ser malo de vez en cuando no es lo mismo que ser un malvado redomado.
Marx fue el primero en definir el mal, no desde supuestos morales o religiosos, sino políticos y sociales. No habló del infierno, sino de explotación del hombre por el hombre, o sea, del infierno en esta vida y esta tierra. Cambió lo de ricos y pobres por burguesía y proletariado, y aquello de que es más fácil que un camello pase por el agujero de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos, lo sustituyó por la lucha de clases (eso de la aguja no se refiere a la de coser, sino a una puerta estrecha; lo digo porque a mí de pequeño nunca me lo aclararon, y me devané los sesos con la comparación, aunque luego entendi mejor﷽﷽﷽go entendvané un poco aciy la verdad es quena puerta estrecha una aguja, por í mejor el surrealismo).
Digo que la pregunta de quiénes son los malos, desde Marx, tiene inevitablemente un sentido político, pero eso no impide que nos lleve también a consideraciones más ontológicas o metafísicas. Desde una perspectiva cósmica, o cosmológicamente hablando, podemos decir que el mal no existe, porque, como ya nos explicó Espinosa (y no Spinoza, porque era judío sefardí), “todo lo que existe, existe por necesidad”. Antropológica y humanamente hablando, sí, el mal existe y, sobre todo, la maldad, que es cosa exclusivamente humana.    
La maldad no nace de la necesidad, sino de la voluntad. Por muy determinada que esté nuestra conducta, cada acto consciente de maldad depende de una decisión personal. Aquí es a donde yo quería llegar: hemos de aceptar que la maldad de los malos existe y que, por tanto, hemos de prevenirnos contra ella. Dejemos de lado la discusión sobre si el hombre es naturalmente bueno (Rousseau) y malo (Hobbes), si nace o se hace. Aprendamos a definir y descubrir el mal, la maldad y los malvados, porque este aprendizaje nos será muy útil para andar por este perro mundo.
Se verá que soy contrario al “buenismo”, esa ideología que, no sabemos si por estupidez o por cobardía, niega la existencia del mal y los malvados, y sustituye maldad por comprensión. Si uno no tiene cierta experiencia de la dureza de la vida, si no ha conocido un poco de cerca la maldad humana, le costará aceptar que el mal existe. Y si el mal existe, existen los malos. Así que la pregunta es pertinente: ¿quiénes son, dónde están?
Podemos decir que la maldad es transversal y que, en contra de lo que Marx argumentó, no se encuentra exclusiva ni necesariamente alojada en el “nicho” de los ricos y poderosos. Pero tampoco nos sirve de mucho el diluir la pregunta en una generalización apaciguadora. Necesitamos aceptar lo más evidente: que hay más malos ricos que pobres. Aquí está la discusión: ¿tenemos motivos para sospechar de los que más tienen? Sí, pero no por el hecho de que posean más, sino porque son más poderosos y, por lo mismo, tienen más capacidad para hacer el mal.
La regla suele ser válida: los partidos que tienen más poder son los más corruptos; los bancos están a la cabeza de los abusos (preferentes, cláusulas suelo, desahucios despiadados, tarjetas black, sueldos e indemnizaciones escandalosas, agujeros financieros…); sin empresarios corruptos no habría corrupción; sin el poder de los sindicatos no habría ocurrido el caso de los ERE…  No hablamos de una maldad intrínseca, sino de que quien más poder tiene, más posibilidades tiene de volverse malvado. Se empieza siendo insensible al dolor y el sufrimiento ajeno y se acaba siendo despiadado.
Pues lo dicho: haylos. Y porque “haylos” hay que descubrirlos y pararles los pies y las manos. Una sociedad sana es la que no cierra los ojos al poder de los malos. Los actos de maldad, en una sociedad democrática, no pueden quedar impunes. Si se diluyen, si triunfan los pusilánimes y los apaciguadores, si ya no distinguimos a los buenos (la mayoría) de los malos (una minoría), estamos perdidos. Sin simplificar, claro, que de simple a simplista sólo hay tres letras.

   

  

domingo, 19 de febrero de 2017

POLÍTICA Y FE (Y VICEVERSA)


(Foto: M.Trancón)
Hay una estrecha relación entre fe y política (y entre política y fe). La política promueve la fe, exige la fe, y la fe, a su vez, sostiene la política.
Fe es creer en lo que no vimos (y en lo que no vemos), pero también decimos “si no lo veo, no lo creo” y “ver para creer”, que es una definición de fe “ad contrarium”. Todavía queda un rizo: hay que creer para ver, para ver algo antes hemos de creer en ello (al menos, creer que puede existir). Somos un poco complicados, sí, nos gusta rizar y desrizar el rizo.
La política es uno de los muchos aspirantes a sustituir a la religión, una vez que ésta ha dejado de ser útil para guiar y orientar nuestra vida (al menos en Occidente). La religión exigía una fe ciega, muy difícil de mantener ante las exigencias de la vida real. Desde el Renacimiento, el espacio que la religión ha dejado libre se lo han disputado el arte, la razón, la técnica, la cultura, la ciencia. También la política. Marx fue el primero en entender la política como un sustituto de la religión.
Todo lo dicho me autoriza a hilvanar esta reflexión sobre las relaciones entre política y fe, fe y política. Nada de extraño que oigamos con frecuencia eso de “yo no creo en la política”. Es un intento fallido de liberarnos del influjo inevitable de la política en nuestra vida. Es como la fe del ateo: para no creer también hay que tener fe.
            Para mejor entender este vínculo entre política y religión hay que acudir al concepto de ideología. La ideología es un conjunto de ideas que se refuerzan entre sí y constituyen una estructura cerrada y autosuficiente. En su núcleo hay unas pocas ideas totalizadoras enlazadas de tal modo que si se quita una todo el edificio se desmorona. Ideas simples sobrecargadas de material emocional explosivo.
La ideología no admite la disonancia cognitiva. Nos damos cuenta enseguida de que hemos topado con el defensor de una ideología en cuanto alguien, a la mología en cuanto alguien, a la me hemos topado con una ideologçtodo el edificio se desmorona. ínima, "salta” y se "exalta”. El desencadenante suele ser la profanación de una palabra tabú o un nombre sagrado.  El hombre es el único animal capaz de matar (y de matarse) por una palabra, una idea, un gesto, una imagen, un símbolo. Por una ideología.
La fuerza de una ideología nace de su capacidad de identificación. Tenemos una identidad tan frágil, tan inasible, tan voluble y volátil, que si algo o alguien nos proporciona una identidad con la que sentirnos seguros, allá nos vamos de pies y cabeza. Por eso resulta tan difícil desvincularnos de una ideología. Einstein dijo que era más fácil destruir un átomo.  
Pero la política, por más acostumbrados que estemos a ello, no es, en esencia, el terreno de las ideologías, sino el de las ideas. No el espacio de la fe, sino el de los hechos. No el de las identidades sociales, sino el de la libertad de los individuos. No el de los dogmas, sino el de la discusión y el debate. No el de los prejuicios, sino el de los principios. No el del oportunismo acomodaticio, sino el de las convicciones (que nada tienen que ver con la rigidez de las creencias). No el de la sumisión al grupo, sino el del acuerdo colectivo.
Si aplicamos estos principios al análisis de las ceremonias político-religiosas que hemos visto estos días, nos daremos cuenta de lo lejos que estamos todavía de liberar la política de la contaminación de las ideologías, esa versión actual de lo peor de las viejas religiones. No digo que podamos librarnos por completo de las ideologías, ya que son un mecanismo simplificador adaptativo y necesario (no podemos pensarlo y someterlo todo a la razón), pero sí que estemos prevenidos contra sus efectos más nocivos: la necesidad que tiene toda ideología de convertir a “los otros”, no en contarios, sino en enemigos.
A menos ideas, más dogmas, más fe, menos discusión, más adhesión incondicional. Repasen los recientes congresos de Ciudadanos, el PP, Podemos y los actos de Pedro Sánchez y Susana Díaz en el PSOE. Todos ellos viven de la fe, tratan de mantener la fe, porque sus crisis son de fe. Se buscan creyentes, porque cada día hay más ciudadanos libres que, si no lo ven, no lo creen, y aún viéndolo, no se lo creen.



miércoles, 1 de febrero de 2017

LA HORA DE LOS CABESTROS

(Fotos:S. Trancón)
Me gustaría escribir con moderación, con buenos modos, modales y maneras. Con contención, sin elevar el tono, con la calma que otorga la razón y las buenas razones. Hay momentos en los que esta actitud, sin embargo, no sólo no sirve para nada, sino que desvirtúa el mensaje, inutilizándolo. La corrección política se convierte entonces en pura cobardía, la condescendencia en consentimiento, el silencio en colaboración necesaria.

Me viene en tumulto, a borbotón, el rico vocabulario nacido del pasmo que produce el toparse irremediablemente con alguien incapaz de reaccionar ante una situación límite, sobre todo cuando tiene la obligación y la responsabilidad de hacerlo para bien de todos. Cretino, lerdo, mentecato, lelo, pasmao, imbécil, bobo, atontao, estúpido, besugo, borrego, merluzo, asno, fatuo, majadero, zopenco, tarugo, zoquete, obtuso, idiota, insensato, necio. Son algunos de los términos que ofrece nuestra lengua, tan exuberante, para el desahogo del cabreo.

Digo que no voy a moderarme en exceso, así que me referiré al Presidente del Gobierno. “Espero que la Fiscalía confirme que estas afirmaciones no son ciertas”, ha dicho Rajoy sobre las “preocupantes” declaraciones del juez Vidal en que hace una exhibición jactanciosa del golpe de Estado que el independentismo catalán está llevando a cabo, retransmitido online. Sabemos que un tonto hace ciento, sobre todo si es Presidente de Gobierno. Así que esta afirmación no sería tan inquietante si no supiéramos que existen cientos de necios que le siguen, miles de bobos de solemnidad que están ocupando cargos públicos, políticos en gran mayoría, pero extiéndase la plaga a empresarios, jueces, fiscales, académicos, escritores, dirigentes sindicales y siga usted la flecha en todas las direcciones.

Fijémonos en lo único que le preocupa: que el Fiscal “confirme” que “no son ciertas estas afirmaciones”. Algo que se está haciendo a la luz del día, que se anuncia, se describe y se lleva a cabo sin impedimento alguno (está en la web de la Generalidad, en los documentos del Parlamento, en el Libro Blanco de la Transición Nacional de Cataluña), usando para ello todo el dinero que quieren, pues nada, que el Fiscal confirme, no los hechos, sino que los hechos no son ciertos, que “no se ajustan a la verdad”, como ha dicho eufemísticamente ERC. ¿En qué quedará? Ya lo sabemos: en “algunas irregularidades”… Y vuelta al puro, que aquí no ha pasado nada. “La mesura y el diálogo sirven para resolver problemas y la exageración y el extremismo no conducen a nada”, ha rematado esta faena de cabestro.

Los de Dolça Catalunya han dicho algo que debería ser un clamor de los demócratas: “Lo que debería empezar de verdad es la entrada de una larga hilera de furgonetas tintadas en la plaza San Jaime, llenas de fiscales, investigadores, funcionarios y policías que deben registrar todas las dependencias de la Generalitat (públicas y francas) y comprobar que los políticos respetan nuestros derechos, la ley y el Estado de Derecho”.



Recordemos que el juez Vidal es hijo de un alcalde franquista y de un abuelo pata negra de los que recibió calurosamente a Franco en Barcelona, (como más de media Cataluña, incluido el abuelo de Puigdemont). O que la encargada de la Protección de Datos en Cataluña, una tal Barbarà, fue la número dos de Homs en el Departamento de Gobernación. O que Puigdemont ha dicho públicamente: “Se está trabajando hasta el último detalle y no sólo en los textos normativos indispensables sino también en otras medidas más concretas y operativas, como todo lo que afecta a los recursos humanos, materiales y presupuestarios necesarios con tal de que el nuevo Estado, en el momento de la desconexión, pueda ejercer efectivamente las nuevas funciones que deberá asumir, (…) desde la ley fundacional y de transitoriedad hasta el protocolo relativo a la gestión de los ríos o las carreteras internacionales, el tratamiento de residuos nucleares, etcétera, que se irán presentado en el momento en el que se estime políticamente oportuno".

Tienen ya montada su Gestapo, su brigada político-social, con la lista de afectos y desafectos al régimen, jueces, periodistas, funcionarios, enseñantes, comerciantes, empresarios, mossos… Todos los ciudadanos ya convenientemente fichados, pero los cabestros no se lo creen. ¡Con lo fácil que sería comprobarlo!

“Los tontos de nuestra época se caracterizan por su pusilanimidad” ha escrito Javier Marías. Por eso, “cuando se cede el terreno a los tontos (…); cuando éstos imponen sus necedades y mandan, el resultado suele ser la plena tontificación”. Así estamos, dirimiendo si los hechos se ajustan o no del todo a la verdad de los hechos, si la ilegalidad se ajusta o no del todo la legalidad de la ilegalidad, si la irregularidad es mitad o cuarto y mitad de irregularidad…

(Cabestro es un toro castrado encargado de conducir a las reses bravas hasta el coso y los toriles. Que cada uno interprete la metáfora como quiera).











jueves, 26 de enero de 2017

DIVIDIR PARA DOMINAR

(Foto: A.Galisteo)
Dar gato por liebre, oropel por oro. Confundir churras con merinas (unas dan leche, otras lana), el culo con las témporas, la velocidad con el tocino. Es llamativa la abundancia proverbial con que nuestro idioma nos alerta de un fenómeno tan reiterado como el confundir cosas que nada tienen que ver entre sí, aunque a veces se parezcan. Sigo sorprendiéndome de los artilugios de la mente, cómo se inclina siempre hacia lo fácil, lo simple, lo que le sirve a uno para identificarse con un grupo o una causa que le redima de sus miedos, su ansiedad o la necesidad de sentirse importante. Es un mecanismo de simplificación dogmática ante el que poco pueden hacer todas las prevenciones del refranero.
            Sí, me sorprende cómo hoy tanta gente se traga con tanta facilidad los nuevos dogmas y tópicos, engañifas y señuelos, toda la basura mental con que el “sistema” (o sea, las estructuras básicas de poder y dominación) va renovando sus instrumentos ideológicos y de control de las emociones, su capacidad de manipulación de la información y el flujo de las protestas, volviendo ineficaz toda resistencia y oposición. El mayor logro del capitalismo actual (podría ser otro, pero este es el que tenemos) ha sido comprender que, para sus fines, nada más eficaz que dominar las conciencias, influir en el estado mental de la mayoría. Y para lograrlo, poco importa quién lo haga ni el contenido de las ideas, principios o valores que defienda.
            Nada más eficaz que dejar con sus ideas a quienes se rebelan contra la actual situación de injusticia y dominación. Mejor aún, hacerles creer que están luchando contra el “sistema” cuando en realidad lo están afianzando. Nada mejor que los esclavos se encarguen de definir y mantener el sistema confundiéndolo con su liberación. Analicen las nuevas consignas ideológicas que defienden quienes se autoproclaman antisistema, de la “desmasculinización” y la imposición de la diversidad sexual, a la pluralidad y el culto a las diferencias, la sacralización de la identidad y el relativismo cultural. Todo esto es bueno y respetable por sí mismo, y carca quien se opone a ello. La nueva religión ideológico-política no admite crítica alguna. Bastaría observar el modo totalitario con que se difunden e imponen estas ideas para estar prevenidos.
            ¿Qué tienen en común estos nuevos movimientos que, amparados en causas justas, acaban convirtiendo a sus seguidores en fanáticos intransigentes, desde animalistas a feministas, de nacionalistas a secesionistas, de antimachistas a okupas, de propalestinos a antisemitas, de plurinacionalistas a antiespañoles? ¿Por qué, en el fondo, toda esta amalgama ideológica no le preocupa al “sistema”, sino que cada día la acoge con mayor naturalidad dentro de su seno? Digámoslo claramente: porque le sirve a un fin superior: dividir, confundir y enfrentar. Confundir y dividir para dominar y vencer, algo tan viejo y simple como la más antigua estrategia de guerra.
Por eso son tan útiles al “sistema” estas modas ideológicas.  Defiende lo que quieras, hazlo como quieras y donde quieras, de la televisión al Parlamento. Siéntete muy valiente y atrevido por levantar la bandera de estas causas. Lograrás con ello lo que el “sistema” nunca conseguiría solo: impedir que la gran mayoría (parados, obreros, profesionales, funcionarios, autónomos, pequeños y medianos empresarios, todos trabajadores) se una, tome conciencia de que comparte una misma situación y destino. Que se divida en grupos y grupúsculos, defensores cada uno de causas particulares e irrenunciables; que ignoren su condición común para defender su particularidad, su singularidad, su identidad.  
             Los que han sacralizado palabras como diversidad, pluralidad, cultura propia o identidad, y han demonizado otras como unión, lengua común, Estado único, clase social, derechos ciudadanos, bien común, etc. Todos ellos no son ni progresistas, ni modernos, ni de izquierdas, sino mantenedores de lo más abyecto del sistema, colaboracionistas necesarios para que los dominados no se enfrenten a enemigos reales, sino imaginarios, como España, los españoles, el Estado o Madrid.
Nada más revolucionario y avanzado hoy que defender lo común e igualitario, lo que va más allá de lo diferente y particular, lo que se asienta en nuestra condición humana por encima de las diferencias de género, de orientación sexual, de preferencias políticas e ideológicas, de lugar de nacimiento o del pasado histórico. Lo que nos define como ciudadanos de un Estado democrático y no miembros de un grupo o una tribu, aunque esa tribu quiera atribuirse la condición de nación para, paradójicamente, imponer una única identidad y excluir la diversidad que no le conviene, o sea, la que nos une a todos los españoles.
util﷽﷽﷽﷽﷽﷽ta, facha, españolistanista, facha, rrojar sobre les, sino imaginarios, como España, los españoles, el Estador las ide


lunes, 16 de enero de 2017

POSVERDAD Y MENTIRA

(Foto: A.Trancón)

La palabra del año. En el trapicheo de las modas, faltaba la moda de las palabras de moda. Ésta ha ganado el concurso de Miss Palabra. Pues aprovechemos el momento antes de que se pase de moda. El destino de todas las palabras “post” es efímero. Le pasó a la postmodernidad. Después de algo tiene que venir algo, aunque sea la nada. Por ejemplo, “post mortem” o “post coitum”, que suenan mejor en latin. Posverdad también suena mejor que “post-truth”, pero pierde en la traducción esa referencia a “the real facts about a situation”, la realidad de los hechos, significado que se ha ido diluyendo en nuestro concepto de verdad. Quizás por eso no llega a cuajar la palabra entre nosotros, porque aquí ya hace mucho que nos hemos inventado la posverdad y hasta la posmentira. Me explico.

El impacto del término post-truth nace de descubrir que la política no necesita argumentar ni convencer con la verdad de los hechos, sino que los puede inventar y tener el mismo éxito. Así lo ha demostrado Trump, asesorado por Putin, que ha empezado a usar las falsas noticias como una nueva arma de destrucción masiva de sus adversarios. Conocían ya los anglosajones, como nosotros, la manipulación de las noticias, la mentira, el engaño y la falsedad, pero siempre ha gozado allí la verdad de prestigio y respeto, mucho más que entre nosotros. Una mentira podía echar a un Presidente de la Casa Blanca (recordemos a Nixon y su Watergate).

El interés de la nueva palabra está en que nos alerta de ese nuevo fenónemo que equipara la verdad y la mentira, revelándonos la inconsistencia de los hechos. Descubrimos de pronto que los hechos no son importantes por sí mismos, por su adecuación a la realidad objetiva, sino por los sentimientos y emociones que despiertan, alientan y confirman. La verdad no tiene un valor en sí misma, sino meramente instrumental.

Si la mentira puede producir los mismos efectos, poco importa que sea ficción o invención. El único requisito es que tenga “visos de verdad”. ¿Pero existe hoy algo que, presentado por la televisión, la radio, la prensa o internet, no tenga, de entrada, visos de verdad? Discriminar entre la verdad y la mentira, (o la medioverdad y la mediomentira), es una tarea agotadora, que exige mucha información adicional. Todos estamos más predispuestos a dejarnos llevar por nuestras creencias y emociones que a poner en duda lo que nos dicen y cuentan los medios afines.

Así que demos la bienvenida a la posverdad si nos ayuda a plantear el gran problema implícito en el neologismo: cómo puede la democracia hacer frente a la mentira utilizada como arma política de destrucción del adversario. Porque el problema está ahí, no en la dificultad de distinguir la verdad de la ficción, sino en el uso intencionado y masivo de la mentira como medio de alcanzar el poder.

Es aquí donde digo que vamos por delante (en contra de lo que creemos, los españoles hemos sido, y seguimos siéndolo, pioneros de muchas cosas, no todas malas, claro). En Cataluña, por ejemplo, la posverdad es el medio natural del independentismo. (Véase mi artículo en este mismo periódico, “Cataluña: del dicho al dato”). Los secesionistas han inventado, incluso, la poshistoria. No hay día en que un jeta, pagado por la Generalidad, nos descubra que ha descubierto el origen catalán de cualquier héroe o personaje relevante de la historia, del Cid a Cervantes. ¿Y la realidad de los hechos? ¿Qué les puede interesar a quienes proclaman que el 30% de los catalanes que votan independentismo son la mayoría del pueblo catalán, “indefectiblemente”? La propaganda separatista se empeña en que los catalanes vivan en la poshistoria, la poseconomía y la pospolítica. Bajo su influencia, los plurinacionalistas están empeñados en inventar el posestado y la posnación.

¿Pero se puede vivir permanentemente en una realidad falsa, inventada y sostenida sólo con emociones y sentimientos de superioridad? No hay duda de que una sociedad puede vivir durante un tiempo en el delirio compartido, pero no permanentemente. Lo malo es que no podemos esperar a que los hechos impongan su verdad, porque el sufrimiento y el coste humano no esperan. No hay otra salida que confiar en la fuerza de la palabra y la verdad para combatir la mentira.

(P.D. Dije que los nacionalistas han sido pioneros de la posverdad. Debo hacer justicia: han sido los dirigentes palestinos quizá los primeros en inventar las mentiras de la posverdad, empezando por inventarse a sí mismos como pueblo milenario. Aseguran incluso que Jesucristo era palestino. No es un chiste, no son de Bilbao. Mahmud Abbas, el pacifista, acaba de proclamarlo: Cristo no sólo era palestino, sino modelo para mártires terroristas, a los que subvenciona con un sueldo de por vida para sus familias. Dinero que, generosa e incondicionalmente, nosotros les damos. La posverdad es también un negocio).

lunes, 2 de enero de 2017

LIBROS PARA PENSAR

(Foto: A. Trancón)
Llega el nuevo año, y aquí va mi deseo: que siempre tengas a mano un libro. Un libro que te haga pensar.

La palabra libro proviene del “líber”, nombre con el que se designa en latín a la membrana vegetal que separa la corteza del tronco del árbol. Contiene la idea de crecer y liberar, que está también en el origen de la palabra libertad. Ser libre es tener la capacidad de crecer. Y crecer se hace siempre desde dentro, rompiendo lo que nos constriñe o encierra, como es la corteza del árbol.

El término “scríbere” dio origen de la palabra escritura. Escribir es inscribir, hacer incisiones, grabar signos sobre la piedra, la madera o la arcilla para dar permanencia a la palabra. También está emparentada la escritura con el término griego “kryptós”, que se refiere a lo oculto, lo encriptado, lo que debe descifrarse.

Libro y escritura acabaron asociándose a “elígere”, que en latín significa recolectar, seleccionar, elegir, de donde procede “lectura”. Leer es elegir, tener la capacidad de seleccionar entre distintos significados o interpretaciones. El lector es un elector. La inteligencia (inter-legere) es la capacidad de elegir entre varias posibilidades.

Al extenderse la imprenta y la alfabetización, el libro pasó de ser declamado o recitado en voz alta, a ser leído individualmente en silencio, lo que exigió desarrollar la capacidad de concentración e introspección. Uno de los logros mayores del libro ha sido aumentar nuestra capacidad de concentración, introversión y reflexión. Este sigue siendo hoy el espacio natural del libro. Gracias a él evolucionó nuestro cerebro.

Lector, ten siempre un libro al alcance de tus manos: es el mejor instrumento inventado por el hombre para desarrollar la capacidad de reflexión, de autoconocimiento y conocimiento del mundo. La finalidad de todo libro es transmitir el conocimiento y ayudar a desarrollar la conciencia, la capacidad de pensar con claridad. La capacidad de crecer desde dentro de uno mismo. La capacidad de elegir. La capacidad de descifrar lo oculto, lo invisible, el misterio de la vida y el universo.

Internet es muy útil, pero no puede sustituir al libro. La lectura en una pantalla siempre será superficial, efímera. La letra virtual no penetra en nuestro cerebro; para que lo haga tenemos que sacarla de la pantalla a través de la impresora o la escritura a mano (gravísimo error desterrar la escritura de la escuela). Materializarla, fijarla, escribirla en el papel para que pueda inscribirse en nuestra mente. Espacio y tiempo. El libro crea un espacio físico que fija y contiene el sonido inmaterial, la palabra. Un espacio que exige tiempo para descifrar todo lo que está escrito en él. ¿Qué sería de internet si desaparecieran los libros?

Libros para pensar, y pensar para vivir, para desarrollar la capacidad de enfrentarnos a los problemas, las dificultades y retos de la vida cotidiana. Para vivir de modo más sereno y feliz. Para disfrutar de la vida. Para asombrarnos ante el insondable misterio del universo y la existencia. Para descubrir nuestras capacidades ocultas, renovar el entusiasmo por lo que hacemos, intensificar la experiencia y estimular la creatividad.

Podemos ser dueños de nosotros mismos, dueños de ese potente centro de creatividad y energía que es nuestro cuerpo y nuestro cerebro. Podemos controlar nuestras ideas, nuestras emociones y nuestros deseos. El libro, la lectura sin prisas, es el mejor medio para perfeccionarnos. Un buen libro nos ayuda a dejar para siempre, por inservibles e inútiles, viejas ideas y prejuicios, pero también el pesimismo, la desconfianza, las vacilaciones, la confusión, el miedo, la envidia y el rencor. Toda la energía negativa que se ha va pegando a nuestros pensamientos día a día.

Un libro siempre a mano. Un libro para animarte a ser libre, a elevar tu energía, a desarrollarte desde tu interior y crecer, haciéndote, como el árbol, más robusto ante la adversidad, más enraizado en este mundo –en la realidad de este mundo– y menos frágil y perdido en el mundo irreal de tu mente, en la absorción en ti mismo. Ser libre de tus propias limitaciones, de tus pensamientos y reacciones automáticas. Descubrir que la realidad en la que estamos inmersos es mucho más y distinta a lo que nuestro modo rutinario de pensar y sentir nos ha acostumbrado. Y que es posible cambiar la vida y transformar el mundo.







miércoles, 21 de diciembre de 2016

HISPANOFOBIA Y ANTISEMITISMO

(Foto: S. Trancón)


Le debo a Elvira Roca Barea el descubrimiento de esta asociación entre hispanofobia y judeofobia. A pesar de haber reflexionado mucho sobre nuestro pasado judeoconverso, nunca caí en la cuenta de esta posible relación, que la autora de “Imperiofobia y Leyenda Negra” fundamenta nada menos que en los orígenes de la Leyenda Negra, a la que tanto contribuyó, paradójicamente, el converso, rencoroso y maquinador Bartolomé de las Casas, a quien yo tenía en exceso valorado por su indudable contribución a la noble causa de la defensa de los indios. Libros como éste son imprescindibles para esa tarea urgente de reescribir nuestra historia con menos retórica, mayor objetividad y menos autodesprecio.

Dice Elvira Roca que en Europa pronto empezaron a asociarnos a los españoles con los judíos, llamándonos “marrani” (“marranen” en alemán), o sea, cerdos judíos, pigs. ¡Y eso después de la expulsión de 1492!, cuando echamos de aquí a los judíos. Se quedaron tantos, bajo capa de conversos, y fueron tan decisivos, que el protestantismo europeo no encontró mejor insulto, reavivando el antisemitismo medieval y generalizándolo al conjunto de los españoles. Surgió así la Leyenda Negra, que no tenía otro objeto que denigrar la proeza del Descubrimiento y la extensión del Imperio, un invento propagandístico de éxito sólo comparable al del antisemitismo, pues ambos aún hoy perduran: “Decían que estábamos mezclados con los judíos (…). La hispanofobia tiene un vínculo fortísimo con el antisemitismo. Posteriormente, (...) les funcionó el tópico de que éramos unos bestias, para lo que el relato de Fray Bartolomé fue fundamental”, nos dice Roca Barea.

Es llamativo que hoy se hayan avivado ambos discursos, la hispanofobia y el antisemitismo, desde la izquierda oficial, y tanto da que sea moderada como extremista, pues en esto coinciden. Elvira Roca encuentra la explicación de este vínculo histórico, que sin duda persiste hoy con nuevas justificaciones encubridoras, como puede ser el mal llamado conflicto palestino-israelí o la conversión del indigenismo en nueva ideología del retroprogresismo militante. Al unirse y retroalimentarse estas dos fobias (odio y miedo), se ha producido una sorprendente mezcla ideológica, pues la izquierda asume el discurso y la actitud de la derecha reaccionaria, tradicionalmente antijudía, y lo une a una tradición intelectual, extranjerizante y liberal, que luchó contra un españolismo conservador defensor del antiguo régimen.

Es preciso decir, ante esta confusa mezcolanza, que la izquierda española ha sido tradicionalmente todo lo contrario, o sea, filosemita y defensora de los judíos, compartiendo una indudable simpatía y hermandad (sentimiento extendido incluso entre los anarquistas), y ello por varias razones, como son nuestros vínculos con el mundo sefardí, el rechazo del nazismo o la importante contribución de los judíos a la lucha antifascista a través de las Brigadas Internacionales en nuestra guerra civil. Esto duró casi hasta finales del franquismo, y yo todavía recuerdo la admiración de la izquierda hacia los “kibuts” israelíes que encarnaban lo mejor del ideal socialista. La derecha fue, en cambio, mayoritariamente antisemita, y a ello contribuyó el régimen de Franco. Es curioso que hoy la izquierda sea tan justificadamente antifranquista y comparta con el franquismo y la ultraderecha, sin embargo, un feroz e irracional antisemitismo (que disfraza de antisionismo por ser lo “políticamente correcto”).

Tampoco la izquierda ha sido nunca antiespañola, como hoy lo es gran parte de la izquierda socialista y toda la izquierda nacionalista y populista. ¿Habrá que recordar que la mejor tradición de la Ilustración, del liberalismo político, de los intelectuales del 98 y la Institución Libre de Enseñanza, de la Generación del 27, de los artistas e intelectuales del exilio, y de los poetas y escritores de postguerra, todos fueron inconfundiblemente defensores de la idea de España, amantes y admiradores sinceros de nuestra cultura y de todo lo español, que albergaron esos nobles sentimientos que plasmaron en sus obras y unieron al deseo de una España mejor, pero nunca renegaron de ella, como hoy hace esa izquierda obtusa, ignorante y pervertida?

Tampoco esta larga tradición que encarna lo mejor de nuestro espíritu crítico ha sido antisemita, sino todo lo contrario, especialmente a partir de la admirable tarea del doctor Ángel Pulido, “descubridor” de los sefardíes en 1903 a raíz de su viaje por los Balcanes. Que hoy, tanto la derecha acomodaticia como la izquierda dominante, se unan en su sentimiento antisemita (disfrazado, repito, de antisionismo antiisraelí), compartiendo un pro-palestinismo genérico y acrítico, que no quiere analizar objetivamente el “conflicto”, es algo que sólo se puede explicar por la fuerza de la propaganda, la manipulación constante de la información y la beligerancia del fanatismo instalado en las conciencias, que reaviva lo peor de nuestra tradición.


domingo, 18 de diciembre de 2016

CATALUÑA: DEL MITO AL DATO


(Foto: F. Redondo)

Es sorprendente cómo se ha construido el mito de Cataluña. Nunca la mentira ha tenido mayor éxito. Veamos algunos datos relacionados con una de las patrañas que ha logrado mayor difusión: el insultante “España nos roba”. Para justificarlo, los independentistas se inventaron unas balanzas fiscales y cifraron el expolio en 16.000 millones de euros anuales. Como el atraco debió de empezar, al menos, en 1714, calculen el monto astronómico de la deuda. Llegará el Juicio Final y los malvados españoles seguiremos debiendo dinero a los industriosos catalanes.

Los datos, sin embargo, dicen lo contrario. Madrid, la capital del mal, en 2015 ha tenido un “déficit fiscal” de 17.501 millones, o sea, el 9% de su PIB, mientras que el de Cataluña, de 8.800 millones, representa el 4,5% de su PIB. Como se ve, “España” roba el doble a Madrid que a Cataluña. Una manera tan burda de crear agravios ignora el principio elemental de que, quien más cobra o gana, más impuestos paga. Según esto, Cataluña sale muy beneficiada porque, comparativamente, aporta al conjunto la mitad que Madrid. El cálculo del déficit fiscal “interior”, por otra parte, es una solemne tontería, imposible de definir con criterios mínimamente serios. Basura estadística que no persigue otro fin que justificar el victimismo y el secesionismo.

Pero vayamos a otros datos que desmienten otra patraña: que Cataluña puede prescindir económicamente de España. Cataluña vende más bienes y servicios a España que al resto del mundo. Por ejemplo: Las empresas catalanas venden más a Cantabria que a Estados Unidos, más a Murcia que a China, el doble a Aragón que a Alemania, más a Andalucía que a Portugal. La balanza comercial queda así: Cataluña tiene un superávit respecto a “España” de 19.300 millones, o sea, que vende al resto de España mucho más de lo que “importa” de ella. Con relación al resto del mundo, el déficit es de 16.600 millones, o sea, todo lo contrario, importa más que exporta al extranjero. Estos datos señalan una gran dependencia de la economía “catalana” del resto de España. Vender en España sale mucho más rentable que vender fuera. Por cada euro invertido, el empresario logra un 7% más de beneficio, y la recaudación de impuestos le favorece un 18% más que si lo hace fuera. Además, Cataluña exporta aprovechando las ventajas que le da el pertenecer a España.

Hablar de “economía catalana” es otra falacia. ¿Dónde empieza y dónde acaba esa economía? Las empresas “ubicadas” en Cataluña son tan dependientes de las empresas españolas y las multinacionales, que es pura fantasía calificarlas de catalanas. Eso sí, con la independencia, los impuestos se quedarían sólo en Cataluña.

Más datos: De enero a mayo de 2016, la Administración del Estado ha invertido en obra pública en Cataluña un 71% más que la Generalidad. Del 2011 al 2015, ese mismo Estado opresor ha invertido un 39% más en Cataluña que en Madrid. Comparativamente, en este mismo período, el gobierno catalán ha invertido en obra pública un 32% menos que el resto de gobiernos autonómicos. La Generalidad, sin embargo, denuncia que el “Gobierno central” no invierte en Cataluña y que los persigue fiscalmente. Mienten con impunidad y alevosía, y no pasa nada.

Por último, las pensiones. La comunidad más deficitaria de España para la Seguridad Social en 2015 ha sido Cataluña. Con sus cotizaciones no habría podido pagar sus pensiones. El déficit es de 3.193 millones, que ha tenido que poner el “Estado opresor”, el mismo que avala sus bonos basura y se hace cargo de los 80.000 millones de euros del endeudamiento del gobierno catalán. Por contra, las cotizaciones a la Seguridad Social de los madrileños han superado sus gastos de pensiones en 1.671 millones de euros.

Pero hay más: La pensión media que paga el Estado a los pensionistas catalanes es un 4,4% más elevada que la del resto de pensionistas españoles. Cotizan menos y cobran más. Si tuvieran que pagarlas con sus cotizaciones, sus pensiones bajarían automáticamente un 15% (144 euros de media al mes). Además, el número de pensionistas en Cataluña es sustancialmente superior al correspondiente a su población. En Cataluña reside el 15.9% de la población española, y sin embargo, se cobra el 19,04% de todas las pensiones que paga el Estado. Los madrileños se jubilan más tarde (63.1 años de media) que los catalanes (62.4 años) y tras haber cotizado más años a la Seguridad Social (33.4 años de media) que en Cataluña (32.7 años). Aquí las décimas son millones. Cataluña, con solo el 15% más de población que Madrid, recibe un 53% más de dinero del Estado para pensiones.

Conclusión: Cataluña es una nación oprimida, sojuzgada, dominada y explotada, en la que los oprimidos oprimen a los opresores, los sojuzgados sojuzgan a los sojuzgadores, los dominados dominan a los dominadores, los explotados explotan a los explotadores, etc. Una pobre nación aplastada que, o se independiza, o muere. El mito contra el dato. El gato por la liebre. El gato encerrado de toda la propaganda nacionalista. ¿No es hora de que deje de maullar y salga a cazar ratones? ¿O lo que quiere es maullar y mamar a la vez?