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martes, 16 de mayo de 2017

LA FALACIA DE LA SINGULARIDAD


(Foto: S. Trancón)

La falacia es un embuste, una argucia, una patraña con la que se pretende encubrir algo falso para que parezca verdadero. Susana Díaz, para contrarrestar la deriva plurinacionalista de Pedro Sánchez, ha dicho que es partidaria de reformar la Constitución para reconocer la singularidad de Cataluña (y suponemos que también la del País Vasco, Galicia y Andalucía, al menos). Frente a un roto nos propone un descosido. Pero, ¿a qué carallo llaman singularidad?

Singular es lo único, lo que en algo esencial se diferencia de otro o de otra cosa. Aplicado a las personas, quiere decir que cada individuo es único, porque hay algo esencial en él (desde el ADN a la conciencia de sí mismo), que es distinto de otro ser humano. Cada persona es una totalidad indivisible (individuo), diferente, distinta, singular. Eso no impide que comparta su condición humana con todos los demás y que, por lo mismo, tenga unos derechos humanos comunes entre los que se encuentra el derecho a que se respete su singularidad.

Hablar de singularidad para aplicarlo a una colectividad es, sin embargo, una aberración semántica. Lo singular no puede ser colectivo a la vez. Aceptarlo significaría que otorgamos a la colectividad una entidad singular, un rasgo común y esencial que la convierte en única y distinta de cualquier otra. Para lograr esto deberíamos diluir la singularidad individual en la colectiva, algo así como convertir a un individuo en una hormiga (cuya individualidad queda absorbida por la colonia y no existe fuera de ella). Así y todo, nos resulta muy difícil distinguir a un hormiguero de otro, y nadie proclamaría una república federal de hormigas sobre la base de la singularidad de cada hormiguero.

Pero (al menos hasta ahora) ni los catalanes ni los vascos constituyen un hormiguero. La sociedad catalana es tan singular como singulares son todos y cada uno de sus individuos. Todos son tan diferentes entre sí como lo son los andaluces, los madrileños, los gallegos o cualesquiera otros españoles. Son (somos) todos seres libres, individuales, diferentes y, por lo mismo, iguales, o sea, iguales en derechos y obligaciones. Igualdad ante la ley, no singularidad contra la ley.

Pero, insisten los predicadores de la singularidad, ¿no existen diferencias colectivas, rasgos distintivos, señas de identidad, aquello que nos singulariza como pueblo? ¿No existen diferencias lingüísticas, culturales, psicológicas, históricas, que constituyen una singularidad? Existen esas diferencias, evidentemente, pero por más que las juntemos, no constituyen una singularidad colectiva. Primero, porque todas esas diferencias, ni son únicas ni exclusivas. Por ejemplo, si tomamos la lengua, ¿cuántos hormigueros distintos tendríamos que establecer, y dónde pondríamos las fronteras de cada “singularidad”? Y no sólo en toda España (deberíamos tener en cuenta el bable, el leonés, el aragonés, el extremeño, el andaluz…), sino dentro de Cataluña, por ejemplo, donde nos toparíamos, al menos, con dos grandes singularidades lingüísticas entremezcladas. ¿Históricas? Cada rincón de España tiene un montón de singularidades históricas. ¿Psicológicas? La supuesta tacañería de los catalanes, ¿es un “hecho diferencial”? ¿Son los únicos tacaños del mundo? ¿Culturales? La “cultura” maragata es mucho más “singular” que la catalana, basta comparar el traje maragato con el de un payés. Por no hablar del pueblo gitano, claro.

Es una falacia creer que existen singularidades colectivas, cuando, a nada que comparemos, vemos que todos los rasgos culturales o psicológicos diferenciales son fruto de infinitos intercambios, influencias y circunstancias históricas, no emanan de ninguna esencia singular y están, además, en permanente cambio. No todas las diferencias, por otro lado, son positivas ni dignas de conservar. ¿No ha sido el machismo durante siglos, un rasgo distintivo de nuestra sociedad? ¿No ha impregnado nuestra cultura, nuestra psicología y nuestro lenguaje? Y la ablación, ¿no es también una “singularidad cultural”? ¿Y odiar al diferente, al otro, o sentirse superior a él? ¿Constituye hoy una singularidad que muchos catalanes separatistas odien a España? Puede que ese odio se remonte a Atapuerca… ¡Cataluña es tan antigua y singular!


No existen singularidades colectivas, sino diferencias, y estas diferencias son, o tan triviales y comunes, tan ficticias e imaginarias, tan variables e indefinibles, que en modo alguno pueden servir de fundamento a ningún derecho, y menos aún para justificar cualquier desigualdad social, política y económica. Que los secesionistas y sus cabestros y botafumeiros se inventen otro cuento, no el de la singularidad, para imponernos su única y verdadera diferencia: el sentimiento de superioridad racista, hoy encubierto bajo palabras tan prostituidas como pueblo o nación.   

   

miércoles, 10 de mayo de 2017

SOBRE LA DEMOCRACIA REAL


(Foto: Fernando Redondo)


La sociedad actual no es homogénea: ni ideológica, ni cultural, ni económicamente. Los vínculos que en otro tiempo sirvieron para crear grupos más o menos homogéneos (tribus, clanes, etnias, pueblos), basados en la identidad, han sido sustituidos por el único elemento posible hoy de integración social: la pertenencia a una comunidad política.

Pertenecer a una comunidad política es un hecho ineludible, obra del azar, del que uno sólo puede desvincularse mediante un acto explícito y voluntario. No depende, por tanto, de ningún sentimiento ni de ninguna voluntad previa. Yo soy español pública, social y legalmente, y este hecho no depende de mi ideología, mi lengua, mi cultura o mi situación económica. Mi sentimiento de pertenencia puede ser fuerte, débil o nulo, pero esto no cambia para nada lo fundamental: el reconocimiento de mis derechos y obligaciones como miembro de la comunidad política llamada España. La forma que hoy adopta esta comunidad es la de un Estado democrático, del que es inseparable. Ser español es, por encima de todo, ser ciudadano de un Estado Democrático. La condición de ciudadano demócrata es, en consecuencia, el elemento común de todos los españoles.

Como puede deducirse de estos principios, la palabra clave, sin la cual todo puede custionarse, es “democracia”. Toda discusión que no tenga en cuenta que nuestros derechos se fundamentan en el hecho de pertenecer a una comunidad política democrática, carece de sentido. Quienes hoy cuestionan la democracia no están sólo atacando una forma de gobierno, sino al fundamento de la sociedad actual. Lo mismo podemos decir de quienes pervierten y usan la palabra democracia para encubrir todo lo contrario. Es fácil de entender: dentro de la democracia, todo; fuera de ella, nada de nada. Y todo el mundo sabe qué es la democracia: el respeto a la voluntad de la mayoría, con independencia de las formas concretas que adopte el ejercicio de esta voluntad. Es la comunidad política en su conjunto quien decide por mayoría todo aquello que le afecta, empezando por su propia constitución.

Establecido el principio democrático como fundamento de nuestras relaciones sociales, cabe exigir que todas nuestras Instituciones apliquen rigurosamente este principio y obliguen a todos los ciudadanos por igual a respetarlo. Significa esto que sólo podemos señalar un línea divisoria básica dentro de nuestra sociedad: demócratas/antidemócratas. Cualquier otra división basada en lengua, la religión, la condición económica, el lugar de nacimiento, el sexo, etc. no puede anular esta distinción fundamental.

Es fácil comprender que un corrupto es un antidemócrata que roba; que un secesionista es un antidemócrata que usa el engaño, la amenaza y violencia encubierta para destruir la comunidad política a la que pertenece para sustituirla por otra de raíz totalitaria; que un populista es un antidemócrata que usa la democracia de modo instrumental para alcanzar el poder; que quien utiliza el insulto, la injuria, la mentira, como arma política, es un antidemócrata que se ampara en la libertad de expresión para socavar esa libertad; que un juez que prevarica es un antidemócrata; que un político que organiza una trama de financiación ilegal de su partido, es un antidemócrata; que quien somete el poder judicial a los intereses de su partido es un antidemócrata que destruye uno de los fundamentos de la democracia; que un empresario que usa su poder para poner al Estado a su servicio, es un antidemócrata; que un evasor fiscal, es un antidemócrata…

Viene ahora muy a cuento recordar aquel eslógan que dio origen al movimiento del 15-M, que luego acabó pervirténdose y convirtiéndose en ese conglomerado de Podemos, donde se mezclan hoy por igual demócratas y antidemócratas. “Democracia real” se autodenominaba la plataforma inicial de aquel movimiento. Que la democracia no fuera una etiqueta engañosa, pura hojarasca política, mero instrumento de manipulación social; que la democracia fuera el verdadero poder de la mayoría, llevándola allí donde se ocultaban los corruptos, los ladrones, los banqueros codiciosos y egoistas, los políticos amparados en la impunidad y el desprecio a los ciudadanos, los empresarios prepotentes y carentes de ética y sensibilidad social, etc.

Este eslógan venía a decir que todos estos personajes, más o menos identificados por sus actos, despreciaban a la democracia real y preferían el simulacro de una democracia de papel. Lo que no advirtieron los iniciadores de aquel movimiento es que la solución no pasaba por sustituir a unos antidemócratas por otros, ya fueran éstos populistas, independentistas o plurinacionalistas, sino en promover lo que ahora otros ya están intentando: la construcción una izquierda radicalmente democrática que defienda sin complejos la comunidad política que nos une y garantiza todos nuestros derechos: la España democrática.










martes, 2 de mayo de 2017

REDEFINIR A LA IZQUIUERDA

(Foto: A. Trancón)
El socioliberal Emmanuel Macron ha ganado la primera vuelta de las presidenciales en Francia. Vuelve con él el debate sobre la división entre izquierda y derecha. Muchos ya proclaman la desaparición de esta dicotomía, considerada anacrónica. No es la primera vez que se anuncia. Recordemos que el nacionalsocialismo, el fascismo y la Falange nacieron para acabar con las derechas y las izquierdas. Todos los populismos empiezan afirmando lo mismo. De Gaulle llegó al poder con un discurso parecido. Nada de extraño que Macron haya dicho: “Como el General de Gaulle, elijo lo mejor de la izquierda, lo mejor de la derecha e incluso lo mejor del centro”. El matiz está en que no pretende acabar con esas categorías, sino superarlas.

Tenemos que preguntarnos qué hay de nuevo en esta oferta política, en qué se diferencia de la tercera vía de Tony Blair o incluso de la tradicional socialdemocracia. Imposible saberlo. Podríamos decir que se trata de lo mismo, pero ahora definido desde la derecha. Macron es la cara amable de una derecha liberal, pertenece a las élites preocupadas por los populismos que amenazan la economía libre y la globalización del mercado. Necesita aparecer como no contaminado por los viejos poderes, hoy desacreditados, pero su trayectoria es indiscutiblemente de derechas. Su mensaje se asienta en los mismos principios e incluso repite mensajes que en nada se diferencian de los populismos de siempre: “Un hombre nuevo para una Francia en marcha”. En Marche! se llama su partido, que sustituye la ausencia de siglas definidoras por las iniciales del propio líder.

Muchos se dejan deslumbrar por el espejismo de “lo nuevo”, aunque no sea más que apariencia, ambigüedad calculada. No se dan cuenta de que el éxito de estos fenómenos repentinos nace, no de ellos mismos, sino del fracaso de los otros y, en general, de la incertidumbre y el miedo que provocan situaciones de crisis como la que estamos viviendo. Pero una cosa es comprobar que los partidos de derecha y de izquierda despiertan todo tipo de críticas y recelos, y otra creer que estas categorías son ya inoperantes, inservibles. El tiempo, con su terca insistencia, suele aclarar lo oculto, definir lo indefinido. Ahí tenemos a Ciudadanos, del que ya nadie duda que está a la derecha, y otro tanto ha pasado con Podemos, que de transversales se han ido a la extrema izquierda, dogmática y totalitaria.

Detrás de la supuesta desaparición de la izquierda y la derecha, como vemos, siempre aparece la izquierda o la derecha, prueba de la eficacia pragmática de esta distinción. Los ciudadanos no parecen dispuestos a prescindir de estas categorías, por más que las consideren confusas y a veces indefinibles. Vaga, pero suficientemente, saben que izquierda significa preocupación por los intereses de la mayoría, especialmente por los más desfavorecidos, y derecha, defensa de los más ricos, poderosos y, con frecuencia, privilegiados. Se construye así un patrón ideológico y semántico que luego se proyecta sobre la economía, la función del Estado, los derechos sociales, la educación o la sanidad, campos en que los ciudadanos suelen distinguir bien qué tiende a defender un partido de derechas y otro de izquierdas.

El problema no está, por tanto, en acabar con esta oposición, sino en redefinirla. Sobre todo desde el campo de la izquierda. Es aquí donde reina la mayor confusión, porque hoy ni la izquierda populista, sectaria y revanchista, ni la izquierda socialdemócrata sirven ya para encarar y resolver los graves problemas sociales, economicos ﷽﷽﷽econraves poroblemas ada populista, sectaria y revanchista en quivilegiados. ue la izquierda significa preocupaciómicos y políticos. Lo que vemos en Inglaterra, Francia e Italia, se agudiza en nuestro país, porque aquí se añade un fenómeno insólito, inimaginable en esos países: el abandono de la idea nacional por parte de esas izquierdas. La busca de la igualdad, esencial en la definición de la izquierda, ha sido sustituida por la identidad; la unidad y la soberanía nacional, base de todos los derechos democráticos, reemplazada por el derecho a la independencia de “los pueblos”.
Redefinir a la izquierda significa acabar con esta anomalía, pero también establecer un nuevo vínculo entre “empresarios” y “trabajadores” que rompa la dialéctica de la lucha de clases que estableció el marxismo y que justificó la invención de la socialdemocracia. La izquierda debe redefinirse y dar sentido a su oposición a la derecha, con la que se ha ido confundiendo. Es el abandono de la defensa de la igualdad y la unidad de los trabajadores, y la supeditación de su política a los intereses de una minoría poderosa, lo que ha hecho dudar a muchos ciudadanos de sus diferencias con la derecha.
     
Hoy es necesario establecer una nueva interpretación, una teoría que explique las contradicciones sociales desde una óptica que supere la simplificación marxista. Es necesario, por ejemplo, distinguir, dentro de la burguesía, entre una clase empresarial productiva, creadora y socialmente responsable, y otra improductiva, especulativa y parásita que sólo se preocupa por mantener sus privilegios y su posición dominante controlando todos los resortes y el poder del Estado. De mismo modo, hemos de distinguir entre los ciudadanos que se hacen responsables de su vida y aquellos que todo lo exigen al Estado; entre amparar a quienes carecen de medios, posibilidades y oportunidades para salir de la pobreza, la marginación o el paro, y subvencionar a quienes se aprovechan del Estado para mantener sus privilegioson a otros ciudadnos necesitados.provechan de las ayudas del Estado para establecer una situaciaquellos que todo lo exigen al Es; entre quienes cumplen con sus obligaciones fiscales (asalariados en general) y quienes las eluden mediante trampas e ingeniería fiscal (altos profesionales, empresarios, directivos y especuladores financieros).

Estos son ejemplos parciales que muestran la necesidad de sustituir la “lucha de clases” por una dialéctica de las “contradicciones sociales” en que la confrontación no se establece entre grupos definidos sólo a partir de su condición económica, sino teniendo en cuenta otros factores. La sociedad hoy es compleja, heterogénea, formada por grupos de intereses diversos, no necesariamente antagónicos o excluyentes. El marxismo parte de una consideración puramente economicista del ser humano y no concibe otra base para la constitución de grupos o clases que su posición económica antagónica.  Una línea divisoria distinta ha de tener en cuenta otros criterios objetivos y generales, entre los que se encuentran la justicia, la equidad, la igualdad y la seguridad, pero también la libertad, la iniciativa personal, la recompensa del esfuerzo, el estímulo del beneficio, la responsabilidad social. La función de la política y el Estado es canalizar todas las contradicciones sociales estableciendo una clara distinción entre demócratas y antidemócratas, entre quienes resuelven los conflictos a través del ejercicio constante de la democracia o quienes utilizan medios espurios como la corrupción, la amenaza, el chantaje, la presión política, el control del poder judicial, la ingeniería financiera, etc., para imponerse y dominar a la mayoría.

La izquierda tiene que atreverse a superar la división simplista entre “ricos” y “pobres”, “casta” y “pueblo”, “trama” y “gente”, que atribuye a los primeros el origen de todos los males y convierte a los segundos en merecedores indiscriminados de todos los derechos. La mayoría de los “pobres” no son responsables de su situación, pero tampoco los “ricos” son los causantes únicos o directos de su pobreza; ni unos ni otros tienen lo que tienen por obra exclusiva de sus méritos, capacidades y esfuerzo, sino en función de las condiciones sociales y las normas que en cada caso se establecen. Este es el terreno en el que la izquierda debe construir un nuevo paradigma, una nueva forma de encarar los antagonismos sociales para convertirlos en un factor estimulante de progreso, individual y social, que tenga en cuenta multiplicidad de necesidades y anhelos del ser humano, hoy groseramente limitadas por el consumo insostenible, la manipulación de las emociones y el control de las conciencias.   



     

jueves, 27 de abril de 2017

MUCHO CARA B

(Foto: S. Trancón)
Nuestra mente funciona mediante un mecanismo tan simple como eficaz: la oposición. El modo más rápido de definir algo es oponerlo a su contrario. El mejor símil es el de la moneda: todo tiene dos caras. A no es B. Opuestos, complementarios y excluyentes. El problema surge cuando descubrimos esa dualidad dentro de un ser que, por definición, debería tener una sola cara identificadora. Jano posee dos rostros, opuestos, pero se trata de un dios. Si viéramos por la calle a un tipo con dos caras reales, una de ellas ocupando el cogote, nos daría bastante pavor.

La realidad política empieza a producirnos el mismo espanto: descubrimos que muchos políticos tienen dos caras, que han vivido durante años con un rostro tan maquillado, tan esculpido, tan hormigonado, que nos ha parecido su única cara, la auténtica, mientras que otra, la real, se hacía milagrosamente invisible. Hemos convivido durante años con monstruos bicéfalos, bifrontes, bicípites, bífidos, bilocados. Tipos que despotricaban contra la corrupción mientras se enfangaban chapoteando como batracios en el lodazal de las comisiones, los sobres, los maletines, los paraísos fiscales, los pelotazos. Impunidad, descaro, cinismo de una desfachatez nauseabunda.

Los ciudadanos normales, los que vivimos austeramente de nuestro trabajo; los que necesitamos pensar que la mayoría de nuestros vecinos, amigos y compatriotas no son ladrones, ni cabronazos, ni caraduras, ni hipócritas redomados… Nos quedamos paralizados, incrédulos y estupefactos ante el desfile ininterrumpido de saqueadores del dinero público, esos a los que Aznar, Rajoy y Esperanza Aguirre hasta ayer mismo defendían como los más honrados e intachables. Son ya tantos los implicados en tramas corruptas y corrompidas, que hemos perdido el nombre y la cuenta, porque el último cara B borra los anteriores.

Llegado a este punto se impone una reflexión con que intentar superar el pasmo y dar cauce a la ira, buscar alguna interpretación que nos ayude a comprender qué está ocurriendo. Porque el problema no es sólo que haya algunos corruptos, sino que sean tantos; no que sean políticos, sino que la mayoría sean políticos; no que ocupen cargos, sino que ocupen los cargos más relevantes, tanto en las instituciones como en la cúpula de los partidos; no sólo que mientan, sino que lo hagan ostentosamente; no sólo que roben, sino que lo hagan impunemente; no que hayan robado, sino que sigan robando ahora mismo.

Hecho el diagnóstico, se impone una explicación: nada de esto sucedería si, además de los corruptos, no hubiera una extensa red corrompida que lo hiciera posible e igualmente se beneficiara de ello: empresarios, funcionarios, jueces, abogados, bancos y banqueros. Pero también, y aquí llegamos a un punto neurálgico, si no existiera una importante masa de ciudadanos que, por activa o por pasiva, no reprueban ni denuncian ni se escandalizan de estas prácticas. El supuesto de que, si se está en política, es para aprovecharse de ello, está tan arraigado que se juzga idiota a quien no lo hace. Este modo de pensar y actuar viene seguramente de muy lejos, de siglos atrás, incluso. El Estado, por su manera de actuar, se ha ganado la desconfianza de los ciudadanos y no es visto como algo propio y común, sino como un ente despótico y depredador, del que hay que protegerse y, llegado el caso, vengarse. Arrastramos esta prevención que nos vuelve condescendientes con quienes aprovechan la ocasión de disponer del dinero público. Quizás sea esta una explicación de por qué se sigue votando a un partido tan medularmente corrupto como el PP.

Pero vayamos más allá: todo esto no sucedería si existiera una legislación más clara, unificada y eficaz del funcionamiento de la Administración y de los poderes del Estado. La actual dispersión, inseguridad y arbitrariedad jurídica hace posible que la adjudicación y contratación de la obra pública y el funcionamiento de los organismos del Estado sea el terreno abonado de la corrupción. Topamos aquí con la inoperante articulación del Estado, la falta de separación de poderes, la proliferación del poder territorial que establece sus normas y hace muy difícil el control y la transparencia, imprescindibles para atajar a los corruptos.

Hay muchos cara B, pero porque existe un Estado B, unos partidos B, unos empresarios B, un capitalismo B, unos ciudadnos B. El envilecimiento individual exige un medio adecuado en el que ir aprendiendo a actuar sin escrúpulos, tejiendo apoyos y connivencias, insensibilizándose ante el reproche moral, esquivando las leyes, despertando la ambición, excitándose con la acumulación del dinero, cegándose con que el poder.

martes, 18 de abril de 2017

EL QUIJOTE, LA IZQUIERDA Y ESPAÑA

(Conmemorando el próximo 23 de Abril, día de Cervantes, que debería ser Fiesta Nacional)

(Foto: S.Trancón)

Ha dicho Ian Gibson que “el Quijote basta para justificar la existencia de España”. Tuvieron que ser los críticos ingleses y alemanes quienes descubrieran en el siglo XVIII la grandeza literaria del Quijote y se interesaran por su autor. Gracias a su reconocimiento hoy es considerado el Quijote como la obra más importante de la historia y a Cervantes el escritor más admirado y universal. ¿Necesitaremos que vengan ahora de nuevo autores, historiadores y turistas a reconocer y a justificar la existencia de España?

Franco utilizó tanto la palabra España para encubrir su tiranía, la dejó tan contaminada de sotanas y brazos en alto, que todavía cuesta a algunos despojarla de ese lastre, esa grotesca caricatura. Pero después de cuarenta años de democracia, este fenómeno resulta muy extraño. Es como si los alemanes fueran incapaces de separar la imagen de Alemania de Hitler y el nazismo. Especialmente llamativo es que la izquierda haya asumido esa burda identificación entre España y el franquismo. Nada de esto habría sucedido sin el malintencionado y xenófobo empeño de los nacionalistas vascos y catalanes de acomplejar al resto de españoles arrojando sobre ellos la culpa, no ya de los cuarenta años de dictadura, sino de toda la historia de España, según ellos obra de canallas, fachas y palurdos.

Es una anomalía cultural y política que la izquierda haya asumido este discurso disgregador y se haya vuelto antiespañola, en contra de su tradición, para favorecer el poder de las minorías nacionalistas, tan contrario a los intereses y la unidad de los trabajadores. Nunca la izquierda (ni socialista, ni comunista, ni anarquista) había renegado de España. ¿Habrá que recordar a algunos qué significan las siglas PCE y PSOE? Tan natural era esta E como antinatural es hoy el intento de borrarla o pronunciarla con vergüenza. Es la hora de recuperar el nombre de España y lo que significa: la mejor garantía democrática de la igualdad, la unidad, la libertad y el bien común de todos los españoles, con independencia de su lugar de origen o cualquier sentimiento particular de pertenencia.

Necesitamos volver a leer a Richard Ford, George Borrow, Ernest Hemingway, Gerald Brenan, Ian Gilson, a los hispanistas y, sobre todo, a Cervantes, para recuperar un legítimo sentimiento de autoestima, de aceptación de nuestra historia singular, de valoración de todo lo que tenemos y nos une, dejando a los nacionalistas con su rencor, sus mezquinos sentimientos y sus fantasías supremacistas. La izquierda, como ha dicho el insobornable Antonio Robles, “necesita amar de nuevo a su país y dejar de estar acomplejada por ello”.

Necesitamos restablecer los vínculos humanos y emocionales con esa realidad histórica, geográfica y cultural llamada España. Sin miedos, sin necesidad de dar explicaciones ni buscar justificaciones a un sentimiento tan natural como lo es sentirse español, del mismo modo que se siente vinculado a su patria un francés, un alemán o un inglés. La izquierda, especialmente, tiene la obligación de defender una idea democrática, igualitaria, abierta y moderna de nuestro país, combatiendo activamente la propaganda antiespañola, antinacional y antidemocrática que de modo beligerante lleva a cabo el nacionalismo catalán, vasco y gallego.

Que una nación pueda identificarse con una obra y un personaje como don Quijote es algo soprendente, y bastaría este hecho para reivindicar sin complejos y determinación nuestra condición de españoles, a los que une, ante todo, una lengua, una cultura y una literatura que es algo más que un simple fenómeno artístico. Se trata de una referencia simbólica capaz de expresar, sostener y elevar los mejores empeños, los afanes más nobles, las exigencias más altas. Es significativo que haya sido Cervantes, un judeoconverso, quien mejor haya sabido condensar y dignificar valores como la valentía, el orgullo, la altivez, la lucha contra la injusticia y la humillación, el amor y la amistad incondicional, la defensa de la libertad y la igualdad, el valor del esfuerzo, la desconfianza en el poder, el desprecio del dolor y la muerte, la pasión por la verdad. Que este conjunto de valores y símbolos lo encarnen los personajes más reales y vivos que ha creado la literatura, don Quijote y Sancho, da pleno sentido a la afirmación de Gibson, que podría figurar en el frontispicio de nuestra democracia.

Ojalá recuperemos, junto al nombre de España, todos estos valores para poder combatir la pasividad, la pusilanimidad, la cobardía y la falta de energía y vitalidad que hoy invade a nuestros políticos, adocenados y encerrados en un posibilismo mezquino y claudicante.
























martes, 11 de abril de 2017

LÍDERES MEDIÁTICOS


(Foto: S. Trancón)

Hace tiempo conocí al exlíder de un partido, hoy prácticamente extinto, que medía el valor de cualquier acción política por su “impacto mediático”. De acuerdo con este principio, su principal preocupación era “salir en los medios”, objetivo al que supeditaba toda su estrategia. Coincide esta opinión con la de muchos, así que me da pie y mano este ejemplo para reflexionar sobre los líderes mediáticos y la importancia de los asesores de imagen, que se han convertido en su guardia pretoriana.

Es ya lugar común decir que en política nada puede hacerse sin un buen líder mediático. Le he dado vueltas y revueltas a esta premisa y no he logrado llegar a conclusión alguna. Contra toda evidencia, no veo por lado alguno un modelo de líder al que poder asociar esos superpoderes mediáticos. Analicemos alguna de las cualidades o atributos que, supuestamente, debe poseer el líder mediático.

Por ejemplo, la juventud. Vean a Trump, Hilary Clinton, Angela Merkel, Rajoy, Hollande, la británica May o a nuestro dicharachero Revilla: son la flor de la juventud. Otro tanto dígase del atractivo físico o el sex appeal, algo tan escurridizo como frágil (cualquier cámara puede volver casi guapo a un feo o viceversa; hacer flaco a un gordo, es ya más difícil, véase Junqueras, que además es un poco bizco). Casi nadie, además, atribuye cualidades políticas sin más a un rostro atractivo. Si así fuera, Paul Newman podría haber sido el mejor político de la historia, junto a Ava Gadner, mientras que nunca hubieran alcanzado el poder el histérico Hitler o el acaponado Franco.

Vayamos a otra cualidad que pueda explicar esa sobredimensión de la influencia de los líderes mediáticos: la competencia discursiva. De nuevo topamos aquí con la evidencia contraria: ¿Cuántas tonterías, atropellando incluso la gramática, ha dicho Rajoy? ¿Es un pico de oro Trump? ¿Lo fue Aznar? Es cierto que algunos políticos, sobre todo los de antes, sobresalían por su elocuencia, que no hay que confundir con la impostura lingüística, como en el caso de Zapatero, que cultiva el engolamiento de la voz con una gestualidad pomposa. La vaciedad discursiva de Iglesias Turrión resulta cada vez más evidente, aparte de su tendencia a la cursilería, que mezcla con un matonismo adolescente de corto alcance. La facilidad de palabra de Rivera revela, con el paso de los días, una limitación no sólo léxica, sino, sobre todo, de ideas y convicciones. El caso de Pedro Sánchez es otro ejemplo de inconsistencia discursiva: repite tanto sus escasas ideas que su voz desabrida nos suena cada vez más a cuero reseco.

¿Y la imagen? Definamos la imagen como la “apariencia global” de una persona, esa totalidad gestáltica en la que se integran todos los elementos visuales relevantes, desde la anatomía del rostro al color de la piel, el pelo, los ojos, la mirada, la forma de vestir y la gestualidad (micro y macro). Todo lo que capta una cámara (y crea y conforma a partir de sus propios filtros y enfoques). Hay teóricos como Mehrabian que atribuyen a estos factores el 55% del impacto de una comunicación. Añade que el 38% restante hay que atribuirlo a los elementos paraverbales (fonéticos, prosódicos, rítmicos, proxémicos y pragmáticos) del lenguaje. Deja un escuálido 7% al contenido semántico del mensaje verbal. Esta teoría es la que ha dado tanto poder a los asesores de la comunicación televisiva y mediática.

Olvidan unos y otros que hay algo fundamental en toda comunicación política: decir algo. Sin una idea, un mensaje, un contenido que transmitir, todo lo demás resulta inconsistente, impostado, hueco, falso. Es la adecuación y la integración del mensaje con todo lo demás (imagen, gesto, voz) lo que produce un efecto u otro sobre el receptor. Ningún asesor de imagen puede suplir lo que es esencial para quien quiera ser un eficaz comunicador político: tener claro algo relevante que decir, sentir lo que se dice y decir lo que se siente con naturalidad y convicción. La totalidad de la persona, en cuerpo y mente, ha de estar implicada, integrada, sin discordancias, dudas, ni prevenciones.

¿Entienden ahora por qué, a pesar de tantos trucos mediáticos, atraen tan poco y están tan desprestigiados los políticos y la política? No hay manera de que, de una cabeza hueca, surja un mensaje convincente. Una cosa sí parece cierta: aquí, entre nosotros, llega a líder quien alcanza el poder, no al revés. Y para eso, cuantas menos ideas y convicciones, mejor.

¿Es posible otra política y otros políticos? Sí, incluso otros políticos mediáticos. El problema no es la política (no podemos prescindir de ellla), sino la mala política, la política mediática de quienes no tienen ideas. La presencia en los medios es condición necesaria, pero no suficiente.












domingo, 19 de marzo de 2017

DESAPARECEN LOS GRILLOS, LLEGAN LAS AVISPAS ASESINAS

Foto: A. T. Galisteo)

Tuve un sueño apocalíptico: abrí la ventana para oír el canto de los grillos y me invadió un zumbido de avispas asesinas. La pesadilla nació de dos noticias que leí el día anterior: están desapareciendo los grillos y saltamontes de nuestras praderas y campos, y una invasón de avispas chinas puede acabar con nuestras colmenas. Se une esta doble catástrofe a la lista casi interminable de desastres ambientales que, día a día, se producen a nuestro alrededor. Para quienes hemos vivido una infancia campestre, inmersos en un mundo de pájaros, grillos y saltamontes, estas noticias son desoladoras. Van desapareciendo los pardales, los vencejos y las golondrinas, las mariposas y los murciélagos, las paleras y los negrillos, las truchas y los urogallos, los ciervos volantes y las abubillas.

Son los efectos invisibles (toda ausencia es invisible) del cambio climático, de la actividad agrícola intensiva y sin control (pesticidas, transgénicos, cultivos exógenos, desaparición de especies autóctonas), de la invasión de la actividad humana, la contaminación del agua, de la tierra y el aire. Roto el equilibrio, ese orden sutil construido a lo largo de milenios de historia humana en contacto con la naturaleza, las fuerzas de la vida acaban irrumpiendo hasta producir tremendas paradojas destructivas como ver a un ejército de avispas asesinas atacando a un enjambre de laboriosas abejas.

La invasora se llama “Vespa Velutina” y es el doble de grande que una abeja, como un minihelicóptero, un dron asesino que se lanza sobre sus primas las abejas y de un mandibulazo destroza a una, descuartiza a otra, hace un bola y se la lleva para alimentar a sus larvas carnívoras. Al parecer llegó en el 2004 desde Ch(ina a Burdeos, en un carguero, una reina polizón cargadita de huevos. Desde Francia cruzaron sus descendientes los Pirineos en el 2010, y ahora campean por todo el norte de la Península; ya han destruido medio millón de colmenas. Es uno de los efectos de la globalización, que deslocaliza (y enloquece) a las especies, incluida la humana.

Ahora que comprendemos que el mundo es una red interconectada, no podemos evitar el relacionar todo con todo, haciendo válida la vieja teoría asociacionista: podemos ir de una imagen a otra y dar un millón de vueltas a la Tierra adentrándonos por todos sus meandros y reconvecos. De lo cercano a lo que está un poco más allá -el País Vasco o Cataluña, por ejemplo-, y de ahí a la China o la Cochinchina, pasando por la Casa Blanca y llegando a las islas Caimán, donde ya sólo hay caimanes financieros. Después de pasar por Caracas, Berlín y el Vaticano, y antes de regresar a casa, podemos echar un vistazo a la calle Ferraz, donde todavía parpadean las siglas del PSOE a la espera del santo advenimiento.

Todo nos lleva a todo, porque todo se asemeja en algo a todo. Si enmudece el canto de los grillos, ahí está el susurro amenazador de las “velutinas”. Si ya no hay saltamontes ni saltipajos por las riberas y los matorrales, ahí están miles de soldados y combatientes asaltando Siria y no dejando piedra sobre piedra. Los campos se siembran de cadáveres lo mismo que las playas de Nueva Zelanda se llenan con cientos de ballenas varadas. La televisión es la máquina que tritura cualquier hecho y hace invisible la verdad: todo se asocia, mezcla y diluye en la pantalla con la misma facilidad con que en nuestro cerebro se conectan las imágenes, o sea, sin ton ni son.

¡Pobre de quien no tenga un punto de anclaje, un rincón de la infancia que le sirva de referencia para no sucumbir al zumbido de las avispas y el frenesí de las neuronas! Algo que le haga ser consciente de que su centro de gravedad está en medio de su pecho, y no en todo lo que cruza o se mueve a su alrededor. Que su centro es su sentir, y que sentir no es lo mismo que emocionarse y menos aún dejarse emocionar con lo que le dicen o le ponen delante de los ojos. Que sólo cultivando su pensamiento y su libertad puede poner orden y calma en su mente, cuyo asalto y conquista es siempre el mayor éxito de los dominadores.

Sólo una mente clara y serena entiende lo que siente, sabe lo que siente e interpreta lo que significa su sentir. Sólo entonces puede distinguir el murmullo que se extingue de los grillos, del zumbido amenazante de las avispas.

lunes, 6 de marzo de 2017

LA NATURALEZA FANTASMAL DE LA ECONOMÍA

(Foto: A. T. Galisteo)


Es admirable la capacidad del lenguaje para hablar de lo abstracto, convertir lo etéreo en algo real, transformar lo invisible en algo evidente. Palabras y números tienen un poder demiúrgico. En ningún ámbito han alcanzado mayor eficacia que en el de la economía. La economía es hoy el espacio de lo sagrado: los economistas son los sacerdotes dueños de las palabras y los números con que nos referimos a eso tan abstracto e invisible como la economía.
El discurso económico goza de un prestigio fundado en la objetividad de los datos, que es su fuente última de legitimación. Al utilizar como instrumento de sus análisis y predicciones la ciencia matemática, que abstrae y objetiva los hechos, otorga a sus afirmaciones un efecto de verdad indiscutible. Esta es la razón por la que el discurso económico se ha convertido en el principal instrumento de propaganda y legitimación de la acción política.
            Confieso mi desconfianza en los economistas, no porque desprecie su labor, imprescindible, sino porque el lenguaje que usan está lleno de trampas y simplificaciones. Cuanto más en serio se toma uno sus estadísticas, cálculos y porcentajes, más fantasmal se vuelve, paradójicamente, la realidad económica, más irreal aquello de lo que hablan. Tomemos un ejemplo, el PIB, la piedra angular, la madre de todas las batallas económico-políticas.
            El PIB mide la “riqueza” de un país, su capacidad para producir bienes y servicios. Si el PIB no aumenta, el país está perdido, esta es la Ley Suprema. Todo se calcula a partir del PIB, así que nada más importante que realizar ese cálculo con el mx﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽el mue realizar ese cIB, asy servicios. Si el PIB no aumenta, el paçis esto concreto, lo áximo rigor y objetividad. Dejemos de lado el carácter bastante aleatorio y arbitrario de qué es lo que se mide, la selección previa (qué productos, qué salarios y qué gastos). Olvidemos también que es el Banco de España quien realiza esos estudios y estimaciones, y el INE (Instituto Nacional de Estadística), quien acaba confirmando o modificando esos datos, dos instituciones directamente controladas por los gobiernos de turno (nada extraño, como ya sabemos sucede con el poder judicial).
            Bien, pues partiendo de las mismas estimaciones de estos organismos, resulta que un equipo acreditado de economistas dirigidos por Roberto Centeno, acaba de hacer públicos unos datos que ponen cabeza abajo y patas arriba la vaca sagrada del PIB. Nuestro PIB real sería un 18% inferior al oficial, y la deuda del Reino de España no sería, como nos dicen, el 100% del PIB, sino el 171%. Una discrepancia tan descomunal (billones de euros) debería sumirnos en la más negra incertidumbre. Si pagar una deuda del 100% del PIB es prácticamente inalcanzable, devolver una del 171% es matemáticamente imposible de toda imposibilidad. Tenerla sobre la cabeza, como un espadón en manos de un gigante loco, es hipotecar nuestro futuro para siempre. Parece inevitable la suspensión de pagos, por más que ahora, sostenidos artificialmente por el BCE, sigamos caminando alegremente hacia el abismo. 
¿Se equivocan estos economistas? ¿Tienen algún interés en manipular los datos? Por lo pronto, han  enviado su informe a Bruselas, o sea, que actúan sin miedo a someterse a los controles y verificaciones necesarias. Lo que sí confirma esta denuncia gravísima es mi total desconfianza en el valor de las cifras oficiales, elaboradas por organismos cuya independencia profesional está más que en entredicho. Si esto hacen con el PIB, ¿qué no harán con otras estadísticas? Por ejemplo, no es cierto que la media de los salarios creados el año pasado es de 600 euros? ¿A esto llamamos creación de empleo? ¿Y cómo es posible que hayamos pagado 60.718 millones de euros en el proceso de reestructuración bancaria, al mismo tiempo que aumenta el gasto sin control, sobre todo en las Autonomías? ¿De dónde sale tanto dinero para el despilfarro y la corrupción?
Hay datos que lo dislocan todo, que confirman la naturaleza fantasmal de nuestras cuentas. ¿Cómo se explica que, según la Agencia Tributaria, en 2014 hubiera en España sólo 5.394 personas con una renta superior a los 600.000 euros anuales, mientras que en el 2007 había 10.580 declaradas? En siete años se esfumaron más de 5.000 declarantes ricos.
Concluyo: Como decía Cervantes de la cruz, detrás de la cual siempre seocultaba el diablo, tras el fantasma de las cifras siempre anda la política. La economía es siempre política y por eso no hay una única solución a los problemas económicos. Ya dijo Stuart Mill que “ningún problema económico tiene una solución puramente económica”.
Ocultar la realidad, la crudeza de los datos, es la peor política. Lo pagaremos muy caro.


miércoles, 1 de marzo de 2017

LA ACTUALIDAD COMPULSIVA

(Foto: A. Trancón Galisteo)

El periodismo vive de una invención: la actualidad. Entiende por actualidadon es reflejar d. Su misificci “lo que sucede en cada momento”. ¿Todo? Evidentemente no, por imposible. Se impone el seleccionar. Es aquí donde la actualidad empieza a diluirse como un azucarillo en el café. Para atraparla necesitamos reducirla a “las noticias del día”. ¿Cuántas y cuáles? Hay muchas, casi infinitas, así que hagamos una segunda reducción, al modo homeopático: quedémonos con “los titulares del día”. Los titulares resumen, condensan la actualidad y nos la ofrecen en dosis digeribles. El mundo, con lo inmenso que es, con la inconmensurable cantidad de noticias que genera cada segundo, reducido a unas cuantas imágenes y titulares… ¿Cómo hacerlo? ¿Qué seleccionar?

Los más racionales, aquellos a los que nos gustaría que los hombres actuaran siguiendo siempre los dictados de la razón y el sentido y el bien común, pensamos que no debiera haber otro criterio selectivo que la verdad y la relevancia de los hechos. El periodismo no tendría otra función que la de informar sobre hechos verdaderos y relevantes, o sea, aquellos que tienen gran influencia social. Si nació para eso, hoy el periodismo se ha teletransportado a otro planeta donde no rige esta ley de la gravedad. Muy distintos son los criterios con los que se inventa y construye hoy la actualidad.

Dado que el principal objetivo, del que depende todo lo demás, es atraer al lector, oyente, espectador (el consumidor de las “noticias”), no hay otra regla que la de usar todos los recursos, trucos, trampas, señuelos, para “enganchar” a ese “videoyente” (lo de “escuchante” es otra memez lingüística parecida a la de decir “escuela infantil” en lugar de guardería). ¿Y qué es lo que más nos atrae? Aquello que más carga inconsciente arrastra y libera: lo escabroso, lo morboso, lo agresivo, lo insólito, lo prohibido, lo escondido. El hombre tiene un rincón, un sótano donde almacena todo tipo de basura, de miedos, frustraciones, deseos ocultos, impulsos reprimidos. Los medios de comunicación han descubierto esta mina, esta charca en la que bucean para seleccionar noticias chocantes, sorprendentes, (“rompedoras” dicen algunos), o para teñir cualquier otra con ese “brillo”, esa fascinación por lo “nunca visto ni oído”.

La actualidad se confunde con la novedad, y la novedad, no con lo nuevo, sino con aquello que “sale a la luz”. Esto exige atrapar constantemente el interés y la atención. ¿Cómo? Mediante el mecanismo de la adicción, o sea, la compulsión a la repetición, un automatismo que funciona para evitar el vacío, el silencio, la bajada de la excitación, el síndrome de abstinencia. Los medios de comunicación serios se están quedando pasmados ante la irrupción de este tipo de noticias, porque se están dando cuenta de que, no sólo tienen ya muy poco que ver con la verdad y la realidad, sino que construyen e inventan un mundo totalmente ficticio, pero muy real, capaz de sustituir a la realidad objetiva y adquirir el mismo poder que ella.

Lo que nunca aceptarán algunos medios es que han sido ellos los que han puesto en manos de políticos sin escrúpulos, ese mecanismo, esa capacidad para crear compulsivamente la actualidad apelando a lo irracional, lo reprimido, las emociones e impulsos más primarios. Y los peores han sido aquellos que han justificado todo apelando a una superioridad moral, erigiéndose en guías, redentores, justicieros sociales que se han creído en el deber de ir iluminando y encendiendo la conciencia de los cabreados, los indignados, las víctimas de casi todo. Alimentar el furor, el cabreo, la queja como un medio válido en sí mismo, sobredimensionando cualquier abuso o cualquier desgracia humana (víctimas del machismo, de la guerra, de la pobreza, del sistema, del Ibex 35, de España…). No necesito citar programas de televisión, presentadores, tertulianos, políticos y otros profesionales que viven muy bien de la indignación y la provocación. Cumplen la misión de sostener la compulsión y evitar la vacuidad sobre la que se asientan.

La verdad y la realidad son consistentes y resistentes. Cambiar el mundo exige empeño, objetividad, claridad mental; no basta con despertar y alentar las reacciones compulsivas de “la gente”. No basta con manipular el miedo, el odio, la rabia, el dolor, la humillación, si estos sentimientos e impulsos no se usan para construir un mundo más justo, objetivo y consistente, sino para propagar la invención y el delirio compartido y compulsivo, llámese éste independencia, nacionalismo, xenofobia, proteccionismo, supremacismo o populismo.