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martes, 6 de diciembre de 2016

POESÍA PARA PAGANOS

(Foto: A. Trancón)

Ha escrito Luis Díaz Viana un libro de poemas titulado “Paganos”. Ya el título nos invita a pensar y a sentir (esta es la función de la poesía) desde un lugar simbólico alejado de la vulgaridad, la vanidad y la banalidad del mundo contemporáneo. Pero no vamos hacia la busca del pasado, parece decirnos, porque ya estamos en él, “esa otra vida atrapada / entre la oscuridad y el légamo”. Pronto nos damos cuenta de que no se trata de una huida, sino de un acercamiento: es la fuerza del pasado lo que nos atrae y mueve, más que el rechazo de aquello de lo que huimos. El misterio del pasado es el misterio de su propia presencia, simbolizada en el río: “El río / o el murmullo de palabras de cieno, / frescor de sueños y extraño almacén”.

¿Por qué sigue ahí el pasado, si ya ha desaparecido? ¿Por qué nos atrae si ya está muerto? ¡Gran paradoja! Lo desaparecido permanece, lo destruido sigue en pie, lo muerto continúa vivo. ¿De dónde nace la fascinación que nos produce, si no? Hay una respuesta: “El bosque permanece” porque “El bosque es lo sagrado”, “En el bosque hay palabras / -que no dejan de oírse- / para quien sabe oír” y “El bosque es el mundo antes del mundo, / el hombre antes del hombre”.

El bosque es el símbolo de lo agreste, lo primitivo, lo apartado, lo pagano, eso que ha quedado excluido y arrasado por la civilización cristiana y racional. Hablamos de un mundo concreto, el del paganismo romano, el de los dioses familiares, domésticos, el pago que vive en contacto directo con la naturaleza, inmerso en ella. En el centro de ese pago hay un hogar que mantiene vivo el fuego sagrado de los dioses, el recuerdo, la memoria y el culto a nuestros antepasados.

Aturdidos por la saturación de estímulos efímeros, incapaces de dar consistencia a la memoria, al tiempo y el espacio en que vivimos, esa vuelta al bosque, a la contemplación del río, al refugio del hogar, no nace sólo de la nostalgia o la melancolía, sino de la incertidumbre, de la necesidad de reconstruir la propia identidad fugitiva y cambiante, una identidad que se redescubre pagana, como el arqueólogo que encuentra bajo las ruinas de una iglesia paleocristiana, un ara romana, o bajo un surco, el labrador, un mosaico de Diana: es el momento de la inspiración, del éxtasis que busca la poesía, el encuentro con el misterio, con “La sombra llorosa de un familiar / ya muerto”. La muerte es el mayor misterio, el que incluye a todos los misterios: “Los dioses nos miran con sus ojos vacíos”.

Nada hay más pagano que el amor. El amor sacraliza la vida porque también nos habla de la muerte, contra la que lucha inútilmente. “Aprendí que perder el amor / es la peor de las muertes”, nos dice Luis Díaz. Y escribe uno de los versos más conmovedores que sobre el amor se hayan escrito: “Quiero morir y en ti vencer la muerte”. El amor y la poesía se unen y pueden llegar a confundirse: “El poema es inútil y el amor siempre triste”. Sí, hay un fondo de pesimismo vital, de anhelo imposible, de tristeza unida a la fascinación de las ruinas paganas, que evocan también el amor perdido. Pero el romanticismo de Luis Díaz es sereno, lúcido, no se entrega a la desesperación, un sentimiento ajeno a la aceptación estoica y pagana de la muerte. Por eso acaba su libro con estos versos cargados de emoción contenida: “Estoy en paz, al fin, / con mis dioses paganos. / Estoy en paz conmigo / que es muchísimo más de lo que nunca hubiera imaginado”.

La poesía de Luis Díaz busca la contención, esa difícil sencillez de “inventar las palabras para que cada cosa / sea por primera vez”. Frente a tanta poesía vacía, artificialmente urdida para ocultar la ausencia de emociones sinceras, la poesía de Luis Díaz no engaña a nadie, no camufla la impostura con una retórica artificiosa, sino que expresa con fluidez y claridad sentimientos depurados por la experiencia vivida. Ante la muerte, el descubrimiento de nuestro pasado pagano, ese que sigue latiendo bajo surcos y mosaicos, pero también en nuestra memoria, quizás sea nuestro mejor refugio. Poesía pagana para espíritus paganos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

INDIGNADOS CONTRA EL INDEPENDENTISMO

(Foto: S. Trancón)

Por la igualdad y la unidad de todos los españoles

INDIGNADOS CONTRA EL INDEPENDENTISMO

Noviembre 2016

Se equivocan quienes separan los problemas sociales de los nacionales. Se equivocan quienes pretenden seducir a quienes no quieren ser seducidos, quienes tratan de apaciguar a quienes usan el enfrentamiento, el chantaje y la amenaza como su principal arma política. Los nacionalistas quieren aprovechar la actual debilidad del Gobierno y el desconcierto de la oposición para avanzar en su proyecto y convertir la independencia en un hecho irreversible. Nuestra indignación contra el independentismo es inseparable de la lucha contra la desigualdad y el deterioro social, la injusticia y el mantenimiento de los privilegios, el interés de minorías ambiciosas y corruptas a las que nada importa el presente y el futuro de la mayoría de los ciudadanos.

Después de un año sin Gobierno, la nueva situación política, lejos de aliviar nuestra preocupación por la crisis institucional y social, empieza a dar síntomas alarmantes de un profundo deterioro que afecta a nuestra democracia y convivencia. La debilidad del Gobierno y su incapacidad para establecer una sólida alianza en torno a los problemas más acuciantes de nuestra sociedad, está permitiendo el avance de un frente antidemocrático, anticonstitucional y antinacional, ante el que ninguno de los partidos dominantes está planteando una respuesta adecuada a su gravedad. Movidos por estrategias y cálculos electoralistas, y empeñados en mantener sus privilegios e intereses, muestran una ceguera y una irresponsabilidad tan peligrosas como la incertidumbre y la desconfianza que provocan en los ciudadanos. Esta falta de conciencia y responsabilidad les lleva a tachar de alarmistas a quienes denunciamos su pasividad y su despreocupación por el futuro y el destino común de la mayoría de españoles.

Por un lado, el Gobierno ha iniciado un acercamiento a las posiciones independentistas, no para dar respuesta a una mayoría de ciudadanos que viven preocupados por el avance del separatismo nacionalista que ahora los margina y luego los excluiría de España, sino para ofrecer una salida a los independentistas, salida que no puede ser otra que plegarse a sus exigencias. Ni siquiera ha puesto como condición el respeto a la Constitución y el cumplimiento de las sentencias y leyes democráticas sistemáticamente despreciadas por las autoridades autonómicas y los ayuntamientos promotores del secesionismo. Con cobardía y connivencia, el Gobierno es incapaz de frenar la utilización que los separatistas hacen de las instituciones y el dinero público para construir una independencia de hecho que haga imposible la vuelta al orden constitucional. No podemos aceptar que se disfrace de diálogo lo que no es otra cosa que claudicación y desprecio a la voluntad y los derechos de todos los españoles.

El PSOE, por su lado, es incapaz de asumir su responsabilidad como partido nacional y de izquierdas. La posición del PSC y el reciente acuerdo entre el PNV y el PSE indican que ha dejado de tener un proyecto común español para someterse a los intereses de las minorías nacionalistas conservadoras, preocupadas sólo por mantener y ampliar su poder político y económico. En los 70 folios de su acuerdo con los nacionalistas vascos no hay una sola referencia a España ni a la situación o el interés común de los españoles. Todo su discurso asume de hecho la existencia de una Euskadi económica, social y políticamente independiente. El documento, además de blanquear el terrorismo de ETA, está lleno de vaguedades sobre política social, pero se vuelve exigente al defender lo que llama “más y mejor autogobierno”, que no es otra cosa que alcanzar una independencia camuflada de autogobierno. La parte esencial del acuerdo exige la transferencia de 40 competencias exclusivas del Estado, al tiempo que incluye el “Reconocimiento de Euskadi como nación. Reconocimiento del derecho a decidir del Pueblo Vasco y su ejercicio pactado en un marco de negociación y acuerdo dentro del ordenamiento jurídico vigente en cada momento”. Ni una sola alusión a la Constitución que impide reconocer a Euskadi como nación y en la que no cabe ningún derecho a decidir. Obsérvese el circunloquio: “¡Dentro del ordenamiento jurídico vigente en cada momento!” O sea, cumpliendo la ley, o interpretándola, o estableciendo otras leyes, según convenga en cada momento. Y para acabar, referéndum de ratificación por “la ciudadanía”(?), no por todos los españoles, si nos atenemos al espíritu del texto. Ambigüedad calculada. La misma estrategia llevada a cabo por los independentistas catalanes. El “problema” de Cataluña es el mismo que el del País Vasco, porque los dos son un único y mismo problema: el de la disolución de la España democrática y el Estado de Derecho.

A la pérdida de confianza en estos partidos hemos de añadir la actuación del tercer partido del Parlamento, que se ha convertido en el principal defensor e impulsor de las aspiraciones independentistas, empeñándose día a día en deslegitimar el Estado democrático y destruir la unidad nacional. Frente a ello hemos de afirmar que no existe hoy mejor garantía para asegurar la igualdad y la solidaridad entre todos trabajadores y todos los ciudadanos que la defensa de una España unida y democrática. No es posible encarar los graves problemas sociales que afectan hoy a una mayoría de españoles si al mismo tiempo no solucionamos la crisis institucional, territorial y nacional que paraliza todo proyecto común e ignora el interés general.

Sólo desde la más abyecta manipulación puede alguien erigirse en defensor de los más desfavorecidos mientras apoya el poder de las minorías nacionalistas, ambiciosas e insolidarias, verdaderas castas a las que los problemas sociales nunca les han quitado el sueño. Prestarse a tan burda utilización desde posiciones de izquierda es aún más inadmisible. Pretender solucionar la crisis social (paro, subempleo, pobreza, sueldos de esclavitud, sobreexplotación laboral, pérdida de derechos sociales, deterioro de los servicios públicos y las pensiones), territorializando los problemas, desmoronando el sistema social y jurídico común, destruyendo el actual Estado democrático para sustituirlo por una serie de Estados desiguales, troceando el poder político y enfrentando a los ciudadanos de un territorio con los de otro; hacer pasar por política de izquierdas un proyecto tan reaccionario y antisocial, solo puede entenderse como una maniobra apoyada por intereses particulares, no sólo personales, sino de minorías poderosas de dentro y fuera de nuestro país.

Lo que fue un movimiento espontáneo de protesta, que no distinguió entre territorios ni élites contra las que se dirigía, ha acabado siendo absorbido por proyectos territoriales, desvirtuando el sentido de la indignación y canalizándola hacia las reivindicaciones nacionalistas. La trampa ha consistido en borrar la identidad social y económica, la que une a todos los trabajadores, para sustituirla por una identidad imaginaria basada en la lengua, la historia o el territorio, donde se mezclan explotadores y explotados, privilegiados y excluidos, y cuyo objetivo último es redistribuir el poder entre los poderosos.

Frente a todo ello, poco podemos esperar de una clase política y empresarial que se muestra condescendiente y pasiva ante el riesgo de desmoronamiento del Estado y la democracia, preocupada sólo por mantener su poder, sus privilegios e intereses. Debemos tomar conciencia de que hemos de ser los ciudadanos, los trabajadores, los asalariados y las clases medias, quienes asumamos la tarea de defender la idea nacional, democrática e igualitaria de todos los españoles, negándonos a aceptar las maniobras y apaños que urdan entre sí las élites territoriales y nacionales, apoyadas por los partidos políticos que se están encargando de adormecer a los ciudadanos, de convencernos de que todo se solucionará pacífica y democráticamente, que no debemos preocuparnos por un asunto que ya provoca el hastío entre muchos ciudadanos.

No queremos resignarnos ni engañarnos creyendo que el tiempo solucionará lo que cada día se deteriora y agrava. Ni la democracia, ni el Estado del Bienestar, ni los derechos y servicios sociales, ni las pensiones, ni el desarrollo material logrado con el sacrificio y el trabajo de todos, nada de esto está asegurado ni podrá sostenerse si el orden constitucional que hoy nos protege y mantiene unidos desaparece.


Nuestro propósito es alertar de la grave situación que atraviesa nuestro país para que todos asumamos nuestra responsabilidad. Sólo si una mayoría de ciudadanos toma conciencia del riesgo y la amenaza que para su vida cotidiana, para su presente y su futuro, entrañan los proyectos independentistas y antisociales; sólo si tomamos una actitud decidida y beligerante ante el avance del separatismo, sólo de este modo podremos sustituir el odio, el rencor y el enfrentamiento que hoy empiezan a extenderse, por la unidad, la fraternidad y la solidaridad entre todos los españoles.

Hacemos un llamamiento para que quienes compartan nuestra preocupación e indignación, se adhieran a este COMUNICADO, lo apoyen y difundan.

CENTRO IZQUIERDA NACIONAL-CINC

Para adherirse a este COMUNICADO entrar en www.cinc.org.es


miércoles, 16 de noviembre de 2016

FOLOSOFÍA Y POLÍTICA


(Foto: S: Trancón)





Han desterrado la Filosofía del Bachillerato y la Universidad. Enorme, inconmensurable error. Es como prescindir de medio cerebro. Vivir es pensar. No hay vivir sin pensar. Nada más necesario en la vida que aprender a pensar, a disciplinar la mente, a focalizar la atención en las palabras, los conceptos, las ideas, los argumentos, las razones. Eso es la filosofía. Claro que se puede aprender a pensar sin estudiar filosofía, pero la filosofía ayuda especialmente, porque ese es su principal objeto: relacionar el pensar con el vivir. En ese cruce es en el que también podemos relacionar la filosofía con la política. Del mismo modo que la política no está separada de la vida, la filosofía no está separada de la política. Yo, al menos, no las separo, no puedo separarlas. Las distingo, pero no las separo ni opongo. Hay una secreta e invisible dimensión en la que pensamiento, vida y política se mezclan e intensifican.


Cuando medio salí de la adolescencia tuve la fortuna de leer a Carlos Castaneda, esa especie de chamán intelectual que ha sido tan confusamente entendido y valorado. De las muchas enseñanzas de don Juan recuerdo ahora una: no hay separación entre el nagual y el tonal, todo es el mismo misterio. Por ejemplo: somos mortales, limitados por el tiempo, pero vivimos rodeados por el infinito; somos finitos, encerrados en el espacio, pero nos rodea la eternidad. ¿Sirve esto de algo para la vida y para la política? ¿Puede alguien sentirse importante o superior a los demás si es consciente de su mortal finitud? ¡Si en esto somos todos iguales! Los afanes de la vida, las preocupaciones de cada día, todo eso que absorbe nuestra energía y atención, incluidas las miserias y grandezas de la política, son tan extrañas, fantásticas e incomprensibles como nuestro lugar en el mundo, nuestra relación con el infinito y la eternidad.


Pensar es limpiar la mente, despojarla de todos los chismes y cachivaches que acumulamos cada día. Estamos tan aturdidos, tan saturados de estímulos inútiles, que somos incapaces de pararnos a observar no sólo nuestros actos, sino nuestros pensamientos. Una parte importante de esa habitación o cueva platónica en la que vivimos encerrados (nuestra propia mente) está tan llena de trastos que otros nos meten dentro que ni siquiera nos damos cuenta. Los mensajes que recibimos, los bártulos que conservamos nos impiden abrir la ventana para observar y respirar eso que está ahí, ese misterio que nos rodea y de donde viene toda la energía que nos sostiene. Si no somos capaces de abandonar de vez en cuando ese refugio, esa choza que muchos confunden con un palacio, nunca seremos consciente de nuestros límites y de la radical inutilidad de todo cuanto hacemos frente a nuestro último destino, sea el que sea.


Pues sí, la filosofía ayuda a vivir, y nuestra vida, nuestros empeños cotidianos, por más que huyamos, lo neguemos o nos evadamos, está condicionada por la política. La política, para dignificarse, para nutrirse de energía y sentido, necesita de la filosofía, porque la política no puede estar separada de la vida. Dejar la política sólo en manos de los políticos es como renunciar a poner orden en nuestra casa, permitir que la invadan los okupas de nuestra mente. Ser dueños de nuestra vida nos obliga a tomar partido, a considerar la política como una prolongación inevitable de nuestra forma de vivir y pensar.


Necesitamos darle sentido a lo inexplicable, lo inesperado o lo incontrolado. Preferimos una mala explicación a ninguna. Preferimos una falsa promesa a carecer de toda esperanza. El grupo, sea como sea, siempre proporciona mayor seguridad que vivir aislado. Si un grupo nos ofrece protección, disculparemos todas sus ideas y actos. Sólo quien piensa libremente y por sí mismo es capaz de no caer en las trampas y manipulaciones de la política y los políticos. Frente a todo ello la mejor defensa y protección es el ejercicio de la razón, el pensamiento, la filosofía. Juzguen, desde este punto de vista, a todos los partidos. Y a todos los políticos. Aquello que defienden, ¿tiene algo que ver con la vida? ¿Y con la filosofía de la vida?     

miércoles, 9 de noviembre de 2016

REESCRIBIR LA HISTORIA DE ESPAÑA

(Foto: S. Trancón)
Juan Pedro Aparicio acaba de publicar “Nuestro desamor a España”, un ensayo que ha merecido el Premio Internacional Jovellanos. Lo presentamos en la Casa de León en Madrid Rogelio Blanco y este escribano, con la presencia de Juan Pedro y de José María Hidalgo, el infatigable animador cultural de la Casa. La apasionada discusión que se produjo entre la mesa y parte del público me dicta estas reflexiones, mucho más breves de lo que el tema requiere.
En mi intervención destaqué la valentía y lucidez del autor, el atrevimiento de poner en duda los tópicos e interpretaciones reduccionistas de la historia de España, disolviendo el mito castellanista. Este pensamiento “extramuros de la oficialidad” es imprescindible para reinterpretar nuestro pasado y comprender mejor los problemas del presente. El afianzamiento de un sentimiento natural de pertenencia a España, sin complejos, debe basarse en el conocimiento real de lo que fuimos y lo que somos. Es aquí donde se suscitó el debate de mayor interés. La discrepancia fundamental surgió en torno a la pregunta “¿qué es la historia?”
Para algunos, entre los que se encontraba al Alto Comisionado de la Marca España, la historia es sólo “lo que hacen los historiadores”, algo, por tanto, subjetivo, hasta el punto de que no podemos afirmar que exista una “historia real”, ya que todo es interpretable. Me extrañó que desde posiciones conservadoras se defendiera ese relativismo histórico propio del posmodernismo “líquido”, al mismo tiempo que se escandalizara ante la crítica del esencialismo castellanista de los autores del 98, a quienes debemos, entre otros, la última versión oficial de la historia de España.
Repetiré algo que en ese debate expuse: hay que distinguir entre la historia real (la constatación de los hechos) y su interpretación. La historia se basa en la descripción de los hechos reales, no en los hechos inventados. Por difícil que sea comprobar y definir los hechos, sin esta premisa toda la labor de los historiadores se viene abajo, no hay modo de diferenciarla de la invención literaria. Sí, la historia es lo que hacen los historiadores, pero lo que hacen, no lo que inventan. Lo que hacen para reconstruir del modo más objetivo y veraz los hechos del pasado. La interpretación viene después y un buen historiador distingue estos dos planos.
Juan Pedro Aparicio nos cuenta hechos que han sido ignorados o directamente borrados de la historia oficial: todo lo que precedió al final del reino de León en 1230 y la decisiva intervención de la Iglesia Católica en el cambio de rumbo que entonces se produjo. El secreto, el enigma de España no está en la simplificación literaria que hizo Ortega en su “España invertebrada” cargando las tintas sobre la “embriogénesis defectuosa” de los visigodos, “alcoholizados de romanismo”. Fue una encarnizada y prolongada “lucha de tronos” lo que acabó con ese embrión democrático, esa “cuna del parlamentarismo” que Juan Pedro y Rogelio Blanco lograron fuera reconocida por la UNESCO. Es muy oportuno hoy recordarlo, cuando nuestro sistema democrático es atacado por el frente común de los independentistas y la izquierda reaccionaria.
Los hechos del pasado son irreversibles, y lo que hemos de evitar es proyectar sobre ellos la mentalidad y los juicios del presente. Lo que necesitamos es “desideologizar” la historia de España, descontaminarla de las interpretaciones oficiales que enfatizan la influencia de Castilla, de sus hombres y su indefinible identidad, sobre el conjunto de España, dejando de lado la historia real en la que, desde el idioma hasta los hechos más decisivos de nuestra historia, son el resultado de una gran variedad de influencias, energías, conflictos y empeños compartidos desde la no tan remota Edad Media hasta hoy. Así hemos acabado construyendo nuestra identidad común más importante: la identidad democrática, esa en la que se funden y armonizan todas las otras identidades, las que nos vienen del pasado y las que creamos en el presente. Para defender esta identidad democrática, la que nos hace a todos los ciudadanos libres e iguales, necesitamos reescribir la historia de España, destacar todo aquello que, a pesar de los avatares históricos, nos unió y nos sigue uniendo.


lunes, 31 de octubre de 2016

LA VERDAD SEA DICHA


Estos días, extraña coincidencia, he leído varios artículos políticos, de muy opuesta orientación, que compartían una misma y rotunda afirmación: “la verdad no existe”. Uno habla incluso de “la dictadura de la verdad” y llega a decir que “esta feroz invocación de la verdad es sin duda el mayor enemigo de la libertad de expresión”. Todo para acabar disculpando el asalto violento al aula Tomás y Valiente (asesinado por ETA) donde Felipe González y Cebrián iban a dar una conferencia. Con el mismo descaro proclamó P.Manuel I.Turrión (evitemos la homonimia) que este acto era una “prueba de salud democrática”. Sí, todo es opinable y discutible, la verdad no es más que una entelequia… ¡y yo te pillé en la calle!
Estos ateos de la verdad luchan contra un fantasma, al que confunden con el dogma de la infalibilidad pontificia. Para ellos apelar a la verdad es un sacrilegio, un atentado contra la libertad de opinión. Esta idea religiosa de la verdad hace siglos que quedó desterrada, pero ellos siguen combatiéndola con furor clerical. En cuanto apelas a la verdad te quitan la palabra de la boca. Escribe una opinante en El País: La verdad es incompatible con la democracia porque donde hay verdad no puede haber libertad de opiniones. Como nos advirtió Arendt, la verdad rompe con el pensamiento y por eso es totalitaria”. Yo no sé dónde leyó la autora este descomunal disparate (atribuido osadamente a H.Arendt) de que la verdad rompe con el pensamiento, es totalitaria e incompatible con la democracia.
La efímera moda del posmodernismo, ese desecho filosófico equivalente a la comida basura, parece que ha afectado al cerebro de algunos politólogos (politontólogos) que han extendido el relativismo líquido a la charca política, todo para poner en duda la democracia y justificar el asalto al poder en nombre de la libertad de expresión. ¡Libertad para impedir por la violencia la libertad del otro! Todas las dictaduras han apelado a esta libertad para imponer su orden.
Es el momento de afirmar sin titubeos que no hay democracia sin una defensa constante y beligerante de la verdad. Que no hay libertad de expresión admisible cuyo fin sea pisotear, encubrir o impedir la afirmación y la difusión de la verdad. Que la verdad, no solo existe, sino que es incompatible con la mentira y el engaño, tal y como practican, por ejemplo, esos independentistas promotores de lo que llaman Nova Història para difundir, entre otras sandeces, que Colón, Cervantes, Santa Teresa, Erasmo de Rotterdam o Leonardo da Vinci eran catalanes.
La verdad no es eterna, no es una esencia, no es una abstracción metafísica fuera del espacio y el tiempo, no es un dogma, ni una creencia, ni una opinión, ni una imposición, ni un invento, ni una ficción. La verdad es simplemente la constatación, la comprobación objetiva de los hechos, la evidencia compartida de realidades y sucesos, la percepción e interpretación del mundo que nos rodea como realidad consistente. Desconocemos la esencia última de todo (ya lo descubrió la fenomenología y la física cuántica), pero eso no nos impide construir y compartir una imagen del mundo basada en la idea de verdad, de evidencia, de certeza, algo muy distinto de la mentira, la ficción, el error o el engaño.
Ni la democracia ni la política pueden renunciar al concepto de verdad. Por más que la televisión, internet, las redes antisociales, los aparatos de propaganda de todos los poderes (grandes, medianos y chicos), estén empeñados en diluir y confundir la frontera entre verdad y ficción, verdad y mentira, verdad y engaño… Por más que la realidad sea muy compleja y gran parte de ella se nos escape y sea inabarcable. Por más que nunca podremos eliminar de nuestra vida la incertidumbre y la duda… Ni la política ni la democracia pueden prescindir de la búsqueda y el respeto a la verdad, el compromiso de la palabra y el lenguaje con la claridad, el conocimiento y la realidad de los hechos.  Es curioso, pues cuanto más se niega la existencia de la verdad, más fanáticos aparecen dispuestos a negar la legitimidad de la democracia y a imponernos a gritos y botellazos su “verdad”.   


lunes, 24 de octubre de 2016

DEMÓCRATAS CONTRA ANTIDEMÓCRATAS

(Foto: S.Trancón)
En tiempos de Marx, la principal división social venía marcada por la propiedad privada de los medios de producción. La burguesía, dueña de esos medios, era la clase dominante, y los obreros, que les entregaban su fuerza de trabajo, constituían la clase dominada, el proletariado. La simplificación ofrecía suficiente evidencia como para afirmar que la lucha de clases era el motor de la historia. Hoy esta teoría nos sirve de poco. La sociedad se ha diversificado tanto, con tantos niveles de poder, dependencia y posición social, que la división en clases antagónicas carece de validez científica y económica. Esta división, sin embargo, tiende a mantenerse en la medida en que se asienta sobre otra distinción universal, pobres contra ricos, renovada con expresiones como “los de arriba”/“los de abajo”, “la casta”/“la gente”. Poco importa que estas expresiones sean imprecisas y simplificadoras (significantes “vacíos”). Su poder reside en la eficacia emocional, en que cada uno puede rellenarlas con la energía que proporcionan las frustraciones, humillaciones, carencias y anhelos reprimidos. ¿Es esta hoy la contradicción social fundamental, la que impulsa los cambios y transformaciones?

Sostengo que existe hoy en nuestra sociedad otra contradicción mucho más determinante, la que condicionará el futuro de nuestra nación: demócratas contra antidemócratas. Si viviéramos en una sociedad plenamente democrática, en la que la mayoría fuera decidida, convencida e inflexiblemente democrática, los conflictos serían otros. Se han juntado aquí dos fenómenos: uno, el impacto de la crisis social y económica que ha debilitado la democracia de todos los países de Europa, incluido el nuestro, y otro, el escaso arraigo de la democracia en nuestro país. Al morir Franco había bastantes antifranquistas, pero muy pocos demócratas. Aquí no ha existido nunca un proyecto serio para democratizar a la sociedad. Creímos que la democracia se asentaría por sí sola. Pero no. Nadie nace demócrata ni lo es para toda la vida. La prueba está en que, en cuanto han aumentado los conflictos, la democracia ha empezado a disolverse, a autodestruirse, a ir desapareciendo como elemento fundamental (que fundamenta) la cohesión social y política.

Lo más preocupante es que la iniciativa la están teniendo los antidemócratas. Mientras los demócratas se muestran pusilánimes, acomplejados y sin querer tomar conciencia de la grave situación en que ya estamos peligrosamente sumergidos, los antidemócratas están imponiendo su discurso, su lenguaje, su interpretación de la realidad y la historia, su presencia mediática. Los demócratas no han entendido que es más fácil ser antidemócrata que demócrata, lo mismo que es más fácil creer la mentira que aceptar la verdad. La verdad es siempre aproximativa, exige argumentos y objetividad; la mentira, en cambio, prescinde de la realidad. La democracia no surge por generación espontánea, exige un esfuerzo constante para poner por encima de las reacciones emocionales las ideas, la racionalidad de los datos y los hechos. La democracia se asienta sobre el principio de realidad, y la realidad es el reino de lo necesario, no sólo de lo deseable.


Si los demócratas no despertamos, no salimos de casa; si por confusión, cobardía o miedo no empezamos a señalar a los antidemócratas, a combatirlos con determinación, con ideas, argumentos y decisiones, la inercia y la fuerza de la irracionalidad acabarán triunfando. Muchos serán arrastrados por la excitacion﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽s arrollados por la excitaciincipio de realidad,e argumentos y objetividad; a de s emocionalesa so. Es una labor colecón que provoca la violencia, los sentimientos de revancha y de superioridad que ya exhiben hoy los antidemócratas, sean independentistas, etarras maquillados, anticapitalistas, chavistas, peronistas, leninistas, incluso socialistas, o simplemente resentidos e inseguros, que encontrarán así un modo superar sus complejos de identidad. Que muchos todavía no distingan a un demócrata de un antidemócrata, eso sí que es alarmante, cuando cada día se ven más en los medios de comunicación, la televisión, las instituciones, los Parlamentos, internet y la calle. 

En Alemania lo tienen claro: su Constitución prohíbe «las asociaciones que se dirigen contra el orden constitucional»; desprovee de derechos a quienes combaten «el orden constitucional» y declara inconstitucionales a «los partidos que, según sus fines o según el comportamiento de sus adeptos, tiendan a trastornar o a poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania». La democracia que no sabe defenderse de los antidemócratas deja de ser  democracia.

domingo, 9 de octubre de 2016

GUÍA PARA PERPLEJOS

(Foto: Fernando Redondo)

Tomo el título de la obra de Maimónides, el gran sabio judío del siglo XII, conocida también como “Guía de los descarriados”. Descarriados y perplejos andamos hoy los españoles como aquellos judíos que querían leer la Torá desde el racionalismo aristotélico sin perder el espíritu místico y profético del texto sagrado. Aquel afán de conocimiento chocó con la llegada de los almohades yihadistas, y Maimónides tuvo que huir a Egipto para salvar su vida. De él nos queda la expresión “mantenerse en sus trece”, o sea, no renegar de la fe de Moisés, resumida en los trece principios que él estableció. Maimónides dijo que sólo aquel que estaba sano era capaz de santificar el universo. Salud del cuerpo y el alma, que él no separaba.
            Cuando uno oye a Iñaki Gabilondo, uno de nuestros profetas, decir. "Esto no es un país, es una fosa séptica. Estamos atascados en medio de la cloaca pestilente de la corrupción y no hay forma de hacer nada ni de hablar de nada ni de pensar en nada con este olor nauseabundo que nos paraliza y que se ha metido en el cerebro nacional como una obsesión". Y reiterar: "España no es un país, es un parque temático de la corrupción. No hacemos otra cosa que comparar fetideces, analizar la composición de las basuras o el color y las formas de las heces. Salir de esta cloaca es una prioridad nacional.
”. Cuando uno oye y lee esto queda absolutamente perplejo. Que a alguien tan sensato se le vaya tanto la olla y se atasque con la metáfora escatológica, quizás sí, indica que el país empieza a andar muy mal.
Pero reflexiono: es nuestro modo de pensar. Cuando algo nos irrita mucho, hacemos de esa indignación una categoría suprema, absoluta, totalizadora. Tendemos, por vicio atávico, al pensamiento divino, el que abarca la totalidad. Y sentenciamos rotundamente. Este añadir carga subjuntiva, categórica, hiperbólica y nihilista a nuestros juicios, cumple una función psicológicamente compensatoria: si no podemos cambiar algo, generalizamos y despotricamos con toda la fuerza que nos proporciona nuestra lengua, tan apta para dramatizar las relaciones humanas.
Lo malo de este modo de pensar es que resulta poco eficaz. Nos incapacita para analizar los hechos objetivamente. Nos impide, sobre todo, juzgarnos con mayor ecuanimidad. Por ejemplo, la corrupción puede provocarnos la náusea que describe Gabilondo, pero cómo no destacar que nuestra democracia empieza a reaccionar, que los corruptos ya no podrán actuar con tanta impunidad, que ha aumentado el nivel de conciencia y rechazo social. Lo que antes se ocultaba hoy sale a la luz y nos escandaliza e indigna, y esta reacción es positiva. Espectáculo nauseabundo, sí, pero necesario.
La perplejidad nace de esos juicios categóricos y absolutistas, ese modo de pensar que no deja espacios para descubrir todo lo que nuestra sociedad tiene de positivo, todo lo que este país, España, guarda de creatividad, de fraternidad, de capacidad de reacción. Necesitamos salir de la perplejidad paralizante en que nos han metido los políticos. Necesitamos, no sólo profetas indignados, sino sabios ecuánimes que guíen a los perplejos, esa mayoría a la que la corrupción y los corruptos le producen asco, pero que necesita al mismo tiempo reconocer nuestros logros, superar el tremendismo y el pesimismo con que nos juzgamos.
La indignación tiene dos caminos: o alimentarse con el rencor, sostenerse día a día con un discurso brusco, belicista y beligerante, o convertirse en estímulo para la acción, el ejercicio de la razón, la recuperación de la autoestima, la expansión de los buenos sentimientos y la confianza en las ideas vivificadoras. Sí, necesitamos un país de ciudadanos que pasen de la indignación y la perplejidad a la acción y la confianza en las propias fuerzas. Un país de menos profetas y de más sabios. Porque no hay buena política sin sabiduría, aunque esto suene hoy a mensaje marciano.