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miércoles, 22 de febrero de 2017

¿QUIÉNES SON LOS MALOS?


(Foto: S. Trancón)
Hagamos una primera definición: Malo es quien realiza consciente y voluntariamente el mal. Y el mal es, ante todo, causar dolor y sufrimiento a los demás. Como casi todo, el mal tiene grados: causar un pequeño mal no es lo mismo que arruinar la vida a alguien. Ser malo de vez en cuando no es lo mismo que ser un malvado redomado.
Marx fue el primero en definir el mal, no desde supuestos morales o religiosos, sino políticos y sociales. No habló del infierno, sino de explotación del hombre por el hombre, o sea, del infierno en esta vida y esta tierra. Cambió lo de ricos y pobres por burguesía y proletariado, y aquello de que es más fácil que un camello pase por el agujero de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos, lo sustituyó por la lucha de clases (eso de la aguja no se refiere a la de coser, sino a una puerta estrecha; lo digo porque a mí de pequeño nunca me lo aclararon, y me devané los sesos con la comparación, aunque luego entendi mejor﷽﷽﷽go entendvané un poco aciy la verdad es quena puerta estrecha una aguja, por í mejor el surrealismo).
Digo que la pregunta de quiénes son los malos, desde Marx, tiene inevitablemente un sentido político, pero eso no impide que nos lleve también a consideraciones más ontológicas o metafísicas. Desde una perspectiva cósmica, o cosmológicamente hablando, podemos decir que el mal no existe, porque, como ya nos explicó Espinosa (y no Spinoza, porque era judío sefardí), “todo lo que existe, existe por necesidad”. Antropológica y humanamente hablando, sí, el mal existe y, sobre todo, la maldad, que es cosa exclusivamente humana.    
La maldad no nace de la necesidad, sino de la voluntad. Por muy determinada que esté nuestra conducta, cada acto consciente de maldad depende de una decisión personal. Aquí es a donde yo quería llegar: hemos de aceptar que la maldad de los malos existe y que, por tanto, hemos de prevenirnos contra ella. Dejemos de lado la discusión sobre si el hombre es naturalmente bueno (Rousseau) y malo (Hobbes), si nace o se hace. Aprendamos a definir y descubrir el mal, la maldad y los malvados, porque este aprendizaje nos será muy útil para andar por este perro mundo.
Se verá que soy contrario al “buenismo”, esa ideología que, no sabemos si por estupidez o por cobardía, niega la existencia del mal y los malvados, y sustituye maldad por comprensión. Si uno no tiene cierta experiencia de la dureza de la vida, si no ha conocido un poco de cerca la maldad humana, le costará aceptar que el mal existe. Y si el mal existe, existen los malos. Así que la pregunta es pertinente: ¿quiénes son, dónde están?
Podemos decir que la maldad es transversal y que, en contra de lo que Marx argumentó, no se encuentra exclusiva ni necesariamente alojada en el “nicho” de los ricos y poderosos. Pero tampoco nos sirve de mucho el diluir la pregunta en una generalización apaciguadora. Necesitamos aceptar lo más evidente: que hay más malos ricos que pobres. Aquí está la discusión: ¿tenemos motivos para sospechar de los que más tienen? Sí, pero no por el hecho de que posean más, sino porque son más poderosos y, por lo mismo, tienen más capacidad para hacer el mal.
La regla suele ser válida: los partidos que tienen más poder son los más corruptos; los bancos están a la cabeza de los abusos (preferentes, cláusulas suelo, desahucios despiadados, tarjetas black, sueldos e indemnizaciones escandalosas, agujeros financieros…); sin empresarios corruptos no habría corrupción; sin el poder de los sindicatos no habría ocurrido el caso de los ERE…  No hablamos de una maldad intrínseca, sino de que quien más poder tiene, más posibilidades tiene de volverse malvado. Se empieza siendo insensible al dolor y el sufrimiento ajeno y se acaba siendo despiadado.
Pues lo dicho: haylos. Y porque “haylos” hay que descubrirlos y pararles los pies y las manos. Una sociedad sana es la que no cierra los ojos al poder de los malos. Los actos de maldad, en una sociedad democrática, no pueden quedar impunes. Si se diluyen, si triunfan los pusilánimes y los apaciguadores, si ya no distinguimos a los buenos (la mayoría) de los malos (una minoría), estamos perdidos. Sin simplificar, claro, que de simple a simplista sólo hay tres letras.

   

  

domingo, 19 de febrero de 2017

POLÍTICA Y FE (Y VICEVERSA)


(Foto: M.Trancón)
Hay una estrecha relación entre fe y política (y entre política y fe). La política promueve la fe, exige la fe, y la fe, a su vez, sostiene la política.
Fe es creer en lo que no vimos (y en lo que no vemos), pero también decimos “si no lo veo, no lo creo” y “ver para creer”, que es una definición de fe “ad contrarium”. Todavía queda un rizo: hay que creer para ver, para ver algo antes hemos de creer en ello (al menos, creer que puede existir). Somos un poco complicados, sí, nos gusta rizar y desrizar el rizo.
La política es uno de los muchos aspirantes a sustituir a la religión, una vez que ésta ha dejado de ser útil para guiar y orientar nuestra vida (al menos en Occidente). La religión exigía una fe ciega, muy difícil de mantener ante las exigencias de la vida real. Desde el Renacimiento, el espacio que la religión ha dejado libre se lo han disputado el arte, la razón, la técnica, la cultura, la ciencia. También la política. Marx fue el primero en entender la política como un sustituto de la religión.
Todo lo dicho me autoriza a hilvanar esta reflexión sobre las relaciones entre política y fe, fe y política. Nada de extraño que oigamos con frecuencia eso de “yo no creo en la política”. Es un intento fallido de liberarnos del influjo inevitable de la política en nuestra vida. Es como la fe del ateo: para no creer también hay que tener fe.
            Para mejor entender este vínculo entre política y religión hay que acudir al concepto de ideología. La ideología es un conjunto de ideas que se refuerzan entre sí y constituyen una estructura cerrada y autosuficiente. En su núcleo hay unas pocas ideas totalizadoras enlazadas de tal modo que si se quita una todo el edificio se desmorona. Ideas simples sobrecargadas de material emocional explosivo.
La ideología no admite la disonancia cognitiva. Nos damos cuenta enseguida de que hemos topado con el defensor de una ideología en cuanto alguien, a la mología en cuanto alguien, a la me hemos topado con una ideologçtodo el edificio se desmorona. ínima, "salta” y se "exalta”. El desencadenante suele ser la profanación de una palabra tabú o un nombre sagrado.  El hombre es el único animal capaz de matar (y de matarse) por una palabra, una idea, un gesto, una imagen, un símbolo. Por una ideología.
La fuerza de una ideología nace de su capacidad de identificación. Tenemos una identidad tan frágil, tan inasible, tan voluble y volátil, que si algo o alguien nos proporciona una identidad con la que sentirnos seguros, allá nos vamos de pies y cabeza. Por eso resulta tan difícil desvincularnos de una ideología. Einstein dijo que era más fácil destruir un átomo.  
Pero la política, por más acostumbrados que estemos a ello, no es, en esencia, el terreno de las ideologías, sino el de las ideas. No el espacio de la fe, sino el de los hechos. No el de las identidades sociales, sino el de la libertad de los individuos. No el de los dogmas, sino el de la discusión y el debate. No el de los prejuicios, sino el de los principios. No el del oportunismo acomodaticio, sino el de las convicciones (que nada tienen que ver con la rigidez de las creencias). No el de la sumisión al grupo, sino el del acuerdo colectivo.
Si aplicamos estos principios al análisis de las ceremonias político-religiosas que hemos visto estos días, nos daremos cuenta de lo lejos que estamos todavía de liberar la política de la contaminación de las ideologías, esa versión actual de lo peor de las viejas religiones. No digo que podamos librarnos por completo de las ideologías, ya que son un mecanismo simplificador adaptativo y necesario (no podemos pensarlo y someterlo todo a la razón), pero sí que estemos prevenidos contra sus efectos más nocivos: la necesidad que tiene toda ideología de convertir a “los otros”, no en contarios, sino en enemigos.
A menos ideas, más dogmas, más fe, menos discusión, más adhesión incondicional. Repasen los recientes congresos de Ciudadanos, el PP, Podemos y los actos de Pedro Sánchez y Susana Díaz en el PSOE. Todos ellos viven de la fe, tratan de mantener la fe, porque sus crisis son de fe. Se buscan creyentes, porque cada día hay más ciudadanos libres que, si no lo ven, no lo creen, y aún viéndolo, no se lo creen.



miércoles, 1 de febrero de 2017

LA HORA DE LOS CABESTROS

(Fotos:S. Trancón)
Me gustaría escribir con moderación, con buenos modos, modales y maneras. Con contención, sin elevar el tono, con la calma que otorga la razón y las buenas razones. Hay momentos en los que esta actitud, sin embargo, no sólo no sirve para nada, sino que desvirtúa el mensaje, inutilizándolo. La corrección política se convierte entonces en pura cobardía, la condescendencia en consentimiento, el silencio en colaboración necesaria.

Me viene en tumulto, a borbotón, el rico vocabulario nacido del pasmo que produce el toparse irremediablemente con alguien incapaz de reaccionar ante una situación límite, sobre todo cuando tiene la obligación y la responsabilidad de hacerlo para bien de todos. Cretino, lerdo, mentecato, lelo, pasmao, imbécil, bobo, atontao, estúpido, besugo, borrego, merluzo, asno, fatuo, majadero, zopenco, tarugo, zoquete, obtuso, idiota, insensato, necio. Son algunos de los términos que ofrece nuestra lengua, tan exuberante, para el desahogo del cabreo.

Digo que no voy a moderarme en exceso, así que me referiré al Presidente del Gobierno. “Espero que la Fiscalía confirme que estas afirmaciones no son ciertas”, ha dicho Rajoy sobre las “preocupantes” declaraciones del juez Vidal en que hace una exhibición jactanciosa del golpe de Estado que el independentismo catalán está llevando a cabo, retransmitido online. Sabemos que un tonto hace ciento, sobre todo si es Presidente de Gobierno. Así que esta afirmación no sería tan inquietante si no supiéramos que existen cientos de necios que le siguen, miles de bobos de solemnidad que están ocupando cargos públicos, políticos en gran mayoría, pero extiéndase la plaga a empresarios, jueces, fiscales, académicos, escritores, dirigentes sindicales y siga usted la flecha en todas las direcciones.

Fijémonos en lo único que le preocupa: que el Fiscal “confirme” que “no son ciertas estas afirmaciones”. Algo que se está haciendo a la luz del día, que se anuncia, se describe y se lleva a cabo sin impedimento alguno (está en la web de la Generalidad, en los documentos del Parlamento, en el Libro Blanco de la Transición Nacional de Cataluña), usando para ello todo el dinero que quieren, pues nada, que el Fiscal confirme, no los hechos, sino que los hechos no son ciertos, que “no se ajustan a la verdad”, como ha dicho eufemísticamente ERC. ¿En qué quedará? Ya lo sabemos: en “algunas irregularidades”… Y vuelta al puro, que aquí no ha pasado nada. “La mesura y el diálogo sirven para resolver problemas y la exageración y el extremismo no conducen a nada”, ha rematado esta faena de cabestro.

Los de Dolça Catalunya han dicho algo que debería ser un clamor de los demócratas: “Lo que debería empezar de verdad es la entrada de una larga hilera de furgonetas tintadas en la plaza San Jaime, llenas de fiscales, investigadores, funcionarios y policías que deben registrar todas las dependencias de la Generalitat (públicas y francas) y comprobar que los políticos respetan nuestros derechos, la ley y el Estado de Derecho”.



Recordemos que el juez Vidal es hijo de un alcalde franquista y de un abuelo pata negra de los que recibió calurosamente a Franco en Barcelona, (como más de media Cataluña, incluido el abuelo de Puigdemont). O que la encargada de la Protección de Datos en Cataluña, una tal Barbarà, fue la número dos de Homs en el Departamento de Gobernación. O que Puigdemont ha dicho públicamente: “Se está trabajando hasta el último detalle y no sólo en los textos normativos indispensables sino también en otras medidas más concretas y operativas, como todo lo que afecta a los recursos humanos, materiales y presupuestarios necesarios con tal de que el nuevo Estado, en el momento de la desconexión, pueda ejercer efectivamente las nuevas funciones que deberá asumir, (…) desde la ley fundacional y de transitoriedad hasta el protocolo relativo a la gestión de los ríos o las carreteras internacionales, el tratamiento de residuos nucleares, etcétera, que se irán presentado en el momento en el que se estime políticamente oportuno".

Tienen ya montada su Gestapo, su brigada político-social, con la lista de afectos y desafectos al régimen, jueces, periodistas, funcionarios, enseñantes, comerciantes, empresarios, mossos… Todos los ciudadanos ya convenientemente fichados, pero los cabestros no se lo creen. ¡Con lo fácil que sería comprobarlo!

“Los tontos de nuestra época se caracterizan por su pusilanimidad” ha escrito Javier Marías. Por eso, “cuando se cede el terreno a los tontos (…); cuando éstos imponen sus necedades y mandan, el resultado suele ser la plena tontificación”. Así estamos, dirimiendo si los hechos se ajustan o no del todo a la verdad de los hechos, si la ilegalidad se ajusta o no del todo la legalidad de la ilegalidad, si la irregularidad es mitad o cuarto y mitad de irregularidad…

(Cabestro es un toro castrado encargado de conducir a las reses bravas hasta el coso y los toriles. Que cada uno interprete la metáfora como quiera).