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martes, 26 de julio de 2011

ELOGIO DEL MUNDO RURAL TRADICIONAL

(Foto: Raúl Esteban) "Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron por nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella ventusosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío" (I. XI).






Así empieza el discurso de don Quijote a los cabreros, que, por cierto, no viven en la Mancha, sino entre "altas montañas", donde hay pastores enamorados como Grisóstomo, que muere de amor por el desdén de la hermosa Marcela. Sus amigos, para asistir al entierro, se coronan la frente con guirnaldas de "tejo" o "ciprés", y cada uno lleva "un grueso bastón de acebo en la mano". Árboles, como se ve, nada manchegos. Es llamativo cómo los cervantistas se han tomado al pie de la letra las referencias manchegas y han ignorado todos los datos que nada tienen que ver con la Mancha, como son estos parajes montañeses, cercanos al "lugar" de cuyo nombre no quiere acordarse Cervantes.



Hace poco un amigo, Paco Rodríguez, me envió un enlace (que no logro copiar aquí) en el que se analiza el mundo rural tradicional por parte de Félix Rodrigo. Me pareció de sumo interés. Contiene un conjunto de polémicas afirmaciones que, por radicales, resultarán escandalosas para muchos. Tienen que ver con esa "edad dorada" a la que don Quijote considera "dichosa": la del mundo rural tradicional, hoy totalmente desaparecido, proceso de destrucción que precisamente comenzó ya antes de Cervantes (con la derrota de los comuneros) y que llevó a cabo de modo decidido la llamada revolución liberal. El franquismo le dio la puntilla con sus planes de desarrollo.



Félix Rodrigo pone del revés la historia que nos han contado, demostrando cómo el Estado nació para destruir esa sociedad rural, imponiendo sus normas y valores. Se atacó sistemáticamente a un modelo económico y social que se basaba en la defensa de la propiedad comunal, el concejo, el trueque, el igualitarismo y una relación equilibrada con la naturaleza. La industrialización, el carlismo, la guerra civil y hasta el maquis adquieren, desde esta perpspectiva, una interpretación nueva que merece ser pensada y discutida.



Lejos de cualquier idealización, el discurso atrevido de Félix Rodrigo defiende una verdad que nos obliga a reescribir gran parte de la historia que nos han contado, llena de mentiras, engaños y tergiversaciones insostenibles. La vida rural española, especialmente la del noroeste, basada en un modelo comunal, no era ni pobre, ni atrasada, ni los campesinos ignorantes, brutos y torpes, tal y como intelectuales, liberales ilustrados, progresistas y jacobinos nos han repetido con engreído desprecio e ignorancia. Ni la cultura española, ni la enorme riqueza de nuestra lengua y literatura hubieran sido posibles sin esa pujanza de la cultura rural.
Basta consultar los informes del Marqués de Ensenada para comprender que esa imagen del atraso y la ignorancia nada tienen que ver con la España del siglo XVIII, por ejemplo.



Quienes todavía conocimos parte de esa vida rural tradicional comprendemos bien la nostalgia de don Quijote. Tampoco nos extrañan las palabras de Marcela, la bella pastora que vivía en las Montañas de León: "Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles de estas montañas son mi compañía; las claras aguas de estos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos" (I.XV). El modelo patriarcal en el que actualmente vivimos tiene mucho más que ver con el código civil napoleónico, mal llamado liberal y progresista, que con la sociedad rural tradicional. Lástima que la Iglesia, con su control de las conciencias, y la monarquía,que acabará imponiendo el Estado, lastraran las posibilidades de ese modelo rural. Hoy viviríamos en un mundo totalmente distinto.


























sábado, 16 de julio de 2011

EL ARTE DE MEDITAR

(Foto: Ángela Trancón Galisteo)

Algunos se arman mucho lío con esto de la meditación. Han oído hablar de sus beneficios (contra el estrés, la enfermedad, la depresión...) Pero, ¿en qué consiste?

Pues simplemente en concentrarse serenamente, y sin hacer ningún sobresfuerzo, en alguna idea nueva, atractiva, sugerente. Una idea que, por sí sola, obligue a nuestro cerebro a modificar su ritmo acelerado por otro más pausado. De forma natural, la respiración se hace también más lenta.

Meditar es pensar en algo en lo que nunca habíamos pensado antes. Se produce cierta sensación de descubrimiento, de caer la cuenta de algo en lo que antes no habíamos reparado. Fisiológicamente se produce un cambio en el movimiento ocular, que se hace más sincronizado y suave. La mirada se vuelve más vaga o difusa y, por el contrario, si nos fijamos, los objetos que nos rodean se ven más nítidos y presentes.

Se puede meditar sobre conceptos e ideas muy abstractas, generales y profundas, o sobre palabras o imágenes sencillas.

Por ejemplo: El universo existe por sí mismo, no necesita de ninguna causa externa que lo cree, él es la causa inmanente de sí mismo. El universo no es el resultado de ninguna creación, sino emanación de su propia naturaleza. El universo es infinito, eterno, impersonal, perfecto y absolutamente consciente de sí mismo. Son ideas de Benito Espinosa.

Pero también: “Concepto” viene de “concebir”. La concepción consiste en la unión de dos sustancias vitales: algo de mí se une con algo de fuera. Pensar es concebir ideas nuevas. Hay ideas que nacen muertas y otras que nos vivifican. Hay que engendrar dentro de nosotros ideas fecundas. Para ello hay que tener “pasión” y “amor” por el conocimiento. Enamorarse de los conceptos claros y las ideas bellas.

No se puede meditar sin sentir. La energía que nos mueve y da vida es siempre una energía erótica. Por eso el verano es buen tiempo para meditar.

domingo, 10 de julio de 2011

ENTRE ESPINOSA Y EL LAMA GESHE LOBSANG DHONDEN

(Foto: Ángela Trancón Galisteo)

Me refiero al filósofo de origen judeoespañol Baruj Spinoza, que debiéramos llamar Benito de Espinosa, porque provenía de un pueblecito de Burgos (Espinosa de los Monteros, o quizás de Espinosa de Cervera, o incluso de Espinosa de los Caballeros, en Ávila, cuya familia tuvo que huir a Portugal y de ahí pasó a Holanda). Espinosa es seguramente el más importante filósofo moderno, cuya influencia abrió el pensamiento a la ciencia y a una nueva espiritualidad, libre de los dogmas religiosos.

Ha coincidido mi lectura de Espinosa con una visita del lama Geshe Lobsang Dhonden a Madrid, al que he tenido la fortuna de conocer personalmente. Sin proponérmelo, las ideas de Espinosa se han mezclado con las del budismo sereno y lúcido de Lobsang, y de ahí nace este breve hilvanado de ideas, pues pensar no es otra cosa que relacionar o establecer lazos entre palabras y pensamientos que antes han permanecido separados.

Dice Espinosa: “Nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos”. Cualquier idea del bien y el mal, por tanto, pertenece a la esfera de lo humano, no es un atributo de la naturaleza en sí, sino que tiene que ver con nuestras necesidades. La necesidad primera de todo es la de permanecer o perseverar en el ser.

Todo lo que hacemos está determinado por nuestra naturaleza. Libertad y determinismo no son incompatibles. Libertad es conocimiento y aceptación, no la capacidad para hacer cualquier cosa o de cualquier modo. Cuando acepto la necesidad y mejor conozco los determinantes de mi conducta, mayor libertad alcanzo, mayor control de mí mismo.

Espinosa se opone a cualquier idea metafísica de la libertad o la voluntad. Dice, por ejemplo, que “ningún afecto puede ser reprimido a no ser por un afecto más fuerte que el que se desea reprimir, y contrario a él”. Sabia afirmación que va contra todo voluntarismo inútil o contra todas las terapias basadas en la omnipotencia de la mente o el esfuerzo.

No distingue Espinosa entre Dios y la Naturaleza. El Universo no es una creación divina, sino algo inmanente a la Substancia. Tampoco separa el cuerpo y el alma: son dos modos de una misma sustancia.

Cuando escuché a Lobsang Dhonden me di cuenta de la cercanía de las ideas del budismo con las de Espinosa. Hemos de aceptar que en nosotros hay un dualismo básico: sufrimiento y felicidad, tristeza y alegría, confusión y claridad. Nuestra libertad consiste en ir haciendo que disminuya el polo del sufrimiento y lo negativo, e ir elevando el de la claridad y lo positivo. No podemos destruir ni combatir el mal, el dolor o la confusión, directamente, sino acentuando todo lo contrario: enfocándonos en lo positivo, la alegría y la claridad.

Este es el camino que nos conduce al Buda, que no es ni un Dios ni un Semidiós (el budismo no es una religión, sino una filosofía de vida), sino el estado de perfección e iluminación.

Desde el budismo se entiende mejor esa afirmación de Espinosa: La Substancia (o sea, Deux sive Natura, lo que existe por sí y para sí, uno, único, eterno e infinito) “existe por el infinito gozo de existir. Y aquello de que “el amor intelectual a Dios”, o sea, la unión de la mente con la Naturaleza, es la aspiración última del hombre, la fuente de su mayor felicidad.

sábado, 2 de julio de 2011

MIGUEL DE CERVANTES, UN JUDÍO LEONÉS (III)

(Foto: J.Carlos Muñoz)


Parece claro que Cervantes quiso intencionadamente dejar en la oscuridad los datos más importantes de su vida, como su lugar de nacimiento, su origen judío, dónde vivió de niño, dónde estudió y a qué se dedicó la mayor parte de su vida. Durante 20 años dice que dejó de escribir porque tuvo “otras cosas en que ocuparse”. Borró conscientemente su historia personal. Así que todo lo que digamos sobre su vida será en gran parte suposición o invención.

Pero, ¿por qué Cervantes es tan reservado, por qué deja tan pocas huellas de su biografía en sus escritos? Yo creo que por prudencia, para eludir el ojo vigilante de la Inquisición; pero también porque fue consciente de que la obra está por encima del autor. En contra de lo que hoy exige el mercado literario, el autor no es lo importante. La novela se basa en primer lugar en el narrador, y es aquí donde Cervantes indaga, inventa y crea un modelo que aún no ha sido superado. El narrador no es el autor material del texto, sino su autor ficticio.

Para distanciarlo del autor real, Cervantes en el Quijote dota a ese narrador ficticio de una pluralidad de voces a las que llama “autores” hasta el capítulo IX, cuando se inventa el hallazgo de los papeles y cartapacios que ha escrito Cide Hamete Benengeli para atribuirle a él el resto de la historia de don Quijote.

Lo primero que sorprende es cómo se borra y difumina la voz y la presencia del autor-narrador, como si Cervantes quisiera evitar desde el comienzo que se atribuyera a él como persona o autor real, la historia de don Quijote. ¿Prevención ante la posible censura? Sin duda, pero también recurso literario para dar verosimilitud a su relato. Su “cuento” (así lo llama varias veces) es una “historia verdadera”. Ironía, pero también intencionada ambigüedad.

Comienza la narración en primera persona, “no quiero acordarme”, pero pronto este narrador pasa a la sombra y nos vamos enterando de que lo que cuenta lo toma de “otros autores”, de “los anales y archivos de la Mancha”, y que él es el “segundo autor”. No se considera el verdadero autor del texto, sobre todo desde que sustituye su voz por la de Cide Hamete Benengeli.

Estos cambios y tanteos indican que Cervantes estaba buscando un narrador ajeno a su persona desde el comienzo y sólo a partir del capítulo IX encuentra una fórmula eficaz al crear un intermediario, verosímil pero lo suficientemente “manipulable”, el autor arábigo manchego Cide Hamete, lo que le permite dar más verosimilitud a su historia, diferenciándola de las fantasías de los libros de caballerías y las novelas pastoriles. El narrador-autor inicial aparecerá cuando sea necesario, creando una multiplicidad de niveles narrativos que transforman el relato, paradójicamente, en mucho más real y verdadero.

Pero hay más. Es el propio don Quijote quien contribuye también a crear ese narrador-historiador que cuenta su vida: “Cuando salga a la luz la verdadera historia de mis famosos hechos, el sabio que los escribiere… (…) ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta peregrina historia!”, nos dice ya en el capítulo II. Así que la vida del personaje don Quijote es inseparable de su conciencia histórico-literaria; nace o sucede para ser contada.

La invención del hallazgo del manuscrito merece un comentario. Cervantes dice que lo encuentra en “el Alcaná de Toledo”. Alcaná (palabra hebrea) significa mercado, y se refiere al de la judería nueva, donde un muchacho le enseña unos cartapacios a un “sedero” (vendedor de telas de seda). La curiosidad de Cervantes, que lee “hasta los papeles rotos de las calles”, le lleva a interesarse y comprueba que esos papeles están escritos en “arábigo” (no en árabe), o sea, con caracteres árabes, aljamiado. Necesita que alguien se los lea. Enseguida encuentra a un “morisco aljamiado”, y comenta: “No fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara”. Se refiere a la hebrea, a la que considera “mejor y más antigua” que el árabe, algo que también nos da una pista sobre el origen judío de Cervantes.

Al ver que en una acotación se habla de “Dulcinea del Toboso” dice, “quedé atónito y suspenso”, y más aún al comprobar el título: “Historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”. Se salta al sedero e inmediatamente le compra los cartapacios al muchacho y se lleva al morisco a su casa, que en mes y medio le “traduce” todo. Pero nos explica además que la historia va ilustrada con dibujos, entre los que aparece “Sancho Zancas”, llamado así porque tenía “las zancas largas” (así que no era paticorto), pero sí “barriga grande”, por lo que llevaba el sobrenombre de “Panza”.

Cervantes se sitúa frente a la historia de don Quijote como mero intermediario, pues asegura que ya ha sido escrita e ilustrada previamente. Quiere crear una “invención verdadera”, para lo cual él mismo se borra como autor. ¿Lo logra?

Es aquí donde entra la posibilidad de investigar e interpretar el texto para descubrir huellas ocultas. Cervantes domina un juego muy propio de conversos: decir y no decir, ocultar bajo nombres inventados los nombres verdaderos, trasladar los hechos de un lugar a otro, no dar demasiadas pistas sobres sus intenciones y cubrirlas con la capa de la ironía y la burla. Así, podemos descubrir que detrás de “Hamete Benengeli” se encuentra su propio nombre. “Hamete” viene de Hamed, y éste se relaciona con “Mi-ka-el” (Miguel). “Benengeli” no alude a “berenjena”, como piensa Sancho, sino a “Ibn al-ayyid”, que significa “hijo del ciervo”, o sea, “Cervantes”. Todo este juego con los nombres y las papabras se entiende muy bien si comprendemos la mentalidad judía y su “método” talmúdico, que desentraña palabras y letras con un afán de cirujano o arqueólogo.

(Seguiré, que todavía tengo mucho que contar)