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domingo, 30 de marzo de 2008

EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA

(Foto: PortfolioNatural)

He experimentado en mi vida que la conciencia puede acrecentarse. Creo que es uno de los imperativos evolutivos del hombre, un impulso que nos mueve a ir más allá de nuestros límites perceptivos. La conciencia humana es percepción. Aspiramos a cambiar nuestro nivel de percepcion del mundo para verlo, no de modo rutinario y dándolo por hecho, sino como en realidad es, poderosa y maravillosamente extraño e inexplicable. Como no quiero parecer un místico extemporáneo ni un iluminado, propongo una hipótesis evolutiva para explicar esta necesidad de alterar e incrementar nuestra conciencia y dar entrada a esa percepción que intensifica lo real y nos hace sentir todo lo que nos rodea como un misterio pavoroso, pero fascinante.


Si existe una evolución cósmica, física y biológica, ¿por qué no también una evolución de la conciencia? La conciencia, una vez que emerge o surge de la evolución cósmica, física y biológica, puede evolucionar hasta hacerse cada vez más consciente del mundo y de sí misma. Dentro de esa evolución podríamos estar nosotros, los seres humanos. En otras partes del universo, del mismo modo que pueden haberse producidos evoluciones físicas, biológicas y de otro tipo, puede también haber evolucionado la conciencia. No somos los únicos seres conscientes del universo. Del mismo modo que lo cósmico, lo físico y lo biológico forman parte del proceso evolutivo general desde los inicios del universo, desde los comienzos de la evolución de la energía originaria o primordial, también debemos suponer que lo consciente, el impulso hacia la conciencia, forma parte del programa inicial del universo.

jueves, 27 de marzo de 2008

DECONSTRUCCIÓN ESCÉNICA

(Foto: J. Rodríguez)



-Me siento muerta. Se está desmoronando mi ser, Marco Antonio. Me miras como si no existiera.
-No, Cleopatra, querida mía. Tienes un nombre, un nombre histórico.
-Tú también.
-Los dos, porque uno sin el otro no habríamos pasado a la historia. Tenemos nombre, somos.
-Pero necesitamos fingir que existimos.
-Fingimos, pero para venir de la nada al ser, ya somos algo. Salimos a escena.
-Somos algo, no alguien.
-Pero tenemos carne y huesos.
-Dices bien, carne y huesos, porque no existe ninguna mujer de carne y un solo hueso.
-Huesos duros de roer, huesos perdurables. Los huesos, si no se los maltrata, duran más que el bronce. Fíjate en los dinosaurios. ¡Qué grandes proporciones tenían esos bichos! ¡Temibles! Toda la fantasía de nuestros contemporáneos griegos no llegó a tanto. El mundo fue fantástico. Y nosotros lo conocimos, conocimos a los dinosaurios bañándose en el Nilo.
-Ahora todo es tan pequeño… Nos han reducido de la cabeza a los pies. Vamos hacia los insectos. Ellos sí que perduran. ¿Dónde queda la belleza terrible de los dinosaurios? Prefería no ser, no ser, ya que no puedo ser lo que fui, tu amante desnuda sobre la arena roja, junto a los cocodrilos.
-Pero ahora somos nosotros los perdurables, no los dinosaurios.
-Hecho de menos las olas del Nilo acariciando mis pies, preferiría no fingir más que soy Cleopatra.
-Pero estamos casi vivos, somos de carne y huesos, tenemos un nombre. Yo, latino, tú egipcio. No se puede pedir más. Y te puedo mirar y tocar.
-Convénceme de que esto es mejor que contemplar a Orión desde la pirámide de Keops. Preferiría no tener que fingir para ser Cleopatra.
-Pues yo preferiría no haber pasado a la historia. No quiero ser Marco Antonio para toda la eternidad.
(Un trueno atraviesa la escena y retumba por toda la sala)

domingo, 23 de marzo de 2008

CONCIENCIA DEL INFINITO

(Sé que los temas que voy metiendo, entre cuento y cuento, en este bloc, son muchas veces incómodos. No busco complacer ni convencer a nadie. No calculo lo que puede o no puede gustar. Escribo para aclararme yo y, de paso, si a alguien le sirve para algo, pues que lo aproveche como quiera).

El infinito es un concepto irreductible. No podemos ir más allá. Podemos aproximarnos a su contenido mediante imágenes, razonamientos, aproximaciones, pero no podemos definirlo ni ir más allá que lo que el término en sí mismo contiene. Todas las filosofías y religiones, sin embargo, han intentado reducirlo para meterlo en nuestra cabeza. Le han puesto multitud de nombres. El que más fortuna ha tenido es el de Dios.
Distinguir entre el concepto de Dios y el de infinito me parece una tarea imprescindible para quienes queremos integrar en nuestra concepción del mundo, esa realidad del infinito.

Más que lo que es, podemos intentar explicar lo que no es. La primera discrepancia con casi todas las interpretaciones religiosas, es que el infinito no es algo personal, sino impersonal. Nos cuesta aceptar que exista algo en el universo que no sea personal. El niño, en sus primeras fases, no distingue su ser del mundo, y todo lo anima, lo hace vivo y personal. Animismo y egocentrismo, le llaman los psicólogos. De adultos, no concebimos la conciencia y la inteligencia sin un sujeto personal al que atribuirle esa actividad o cualidad. Dios, por consiguiente, no puede ser algo impersonal. Pero el infinito lo es, no puede ser algo personal. Lo personal sólo puede ser limitado, y desde su limitación, no puede concebir lo infinito impersonal.

El infinito tampoco puede ser algo separado del mundo, distinto del mundo mismo. El infinito es todo lo que existe. El infinito es todo lo que está ahí, desde mí mismo y cuanto veo a mi alrededor, hasta todo lo que hay y se mueve y existe en todas las direcciones. Su límite es inimaginable, porque en realidad no lo tiene. Existen mundos, formas y conglomerados de energía, visibles e invisibles, finitos, pero el infinito es el todo, la totalidad de todo, que es algo más que la suma o acumulación de partes o mundos.
Como somos seres limitados por nuestra condición física y corporal, sólo podemos pensar a partir del cuerpo, de la realidad material de los objetos y la sucesión, tal y como nuestros sentidos construyen en el mundo para poder movernos y sobrevivir en él. No podemos concebir el todo, siempre imaginamos que puede haber otro todo anterior o mayor.

Pensamos en el infinito a partir del tiempo y el espacio, porque no podemos hacerlo de otro modo. Pero nuestra idea del tiempo y del espacio encierra una contradicción insoluble: para existir han de ser finitos, pero por su propia naturaleza, pueden ser infinitos. Nada impide que el tiempo y el espacio sean infinitos, lo que pasa en que no podemos ni concebirlo ni imaginarlo, porque el tiempo y el espacio siempre son relativos a algo; más aún, son relaciones construidas por nuestra mente. Al darse cuenta de que no son más que relaciones, Einstein concibió su teoría de la relatividad universal.

Pero el infinito tampoco es una prolongación ilimitada del tiempo y el espacio, porque es una totalidad, y la totalidad no puede ser simplemente el ensanchamiento de una parte, como lo son el tiempo y el espacio. Como tampoco puede ser un agrandamiento del hombre, una expansión ilimitada de lo que es el hombre, o sea, Dios.

El infinito tampoco es algo estático ni siempre igual a sí mismo, sino un movimiento, un flujo y un cambio constante de todo. El universo nunca es igual, miremos hacia donde miremos. No podemos parar el proceso infinito de su constante transformación.

Así que el infinito no es algo personal, ni es sólo lo que vemos, ni lo que podemos imaginar o concebir, ni alguien que lo ve todo desde un lugar privilegiado, ni el universo finito que conocemos y en el que vivimos, que tuvo un big bang y llegará en algún momento a su colapso y desaparición. El infinito es algo más, es un todo sobre el que apenas podemos pensar, lo absolutamente real, de donde proviene todo, lo que hace que todo lo que existe exista, lo que me sostiene a mí y a estas teclas, y a las frases que mis manos y mi mente construyen sobre esta pantalla, y mis frágiles intentos de ser consciente de esa totalidad, de sentirla de algún modo aunque no la comprenda, no la abarque ni sepa explicar.

Mi mejor manera de concebir el infinito, la totalidad, es pensándola en términos de energía, tal y como la ciencia de mi tiempo me induce a imaginar. Lo que añado, y es totalmente racional y coherente con esa concepción científica básica, es que esa energía tiene que ser consciente de sí misma -o que intenta cada vez ser más consciente de sí misma- y es por lo que el universo existe y se crean o aparecen en él infinitas formas y seres en permanente cambio. Yo, una y uno de ellos.

jueves, 20 de marzo de 2008

LA BACTERIA Y LA MITOCONDRIA

(Foto: Estromatolitos)


Anoche dormía en mi cama cuando me di cuenta de que algo permanecía a mi lado, bajo el edredón, como un bulto. De pronto noté que se movía, se deslizaba y se pegaba a mi abdomen. Era una masa-monstruo, como un armadillo, que empezó a hincharse haciendo un ruido oscuro, como un crujido de tierra negra, que yo nunca había oído. Reaccioné de inmediato y golpeé fuertemente con las dos manos a la vez contra aquella especie de sapo grande e informe. Los manotazos fueron secos, levantando bien los brazos hacia atrás para coger más fuerza. Quería aplastar aquello, separarlo de mi piel y matarlo como fuera. Actué con total determinación, sin dudar un segundo, sintiendo que era cuestión de vida o muerte. Me desperté del todo al golpear contra el frontal de la cama, que es de madera maciza. Sudaba.

Ahora, doce horas después, todavía no logro quitarme del pecho y el abdomen la sensación de viscosidad y presión, como una masa esponjosa de aire denso, que está viva y consciente y flota y merodea a mi alrededor a la espera de un descuido, que me duerma o que me deje absorber por una preocupación, la de un posible cáncer estomacal, por ejemplo. En un instante me ha venido a la mente le imagen de una bacteria aburrida y otra de una especie distinta, la mitocondria, que se le acerca. Tienen una amigable charla, y la bacteria anaeróbica (la mitocondria) se introduce en el interior de la otra, la aeróbica. Se entienden tan bien y simbióticamente que ya no se separan más: así comenzó, según Lynn Margulis, la vida, la primera célula eucariótica de la que procedemos los homínidos más o menos humanos. Así parece que fue, más o menos.
O sea, me digo, que el secreto de la vida está en el acuerdo entre dos depredadores que llegan a un intercambio de energía ventajoso para la supervivencia de ambos. Endosimbiosis, se llama. Y este entendimiento va y lo cambia todo, hasta la composición física y química de la Tierra (la Hipótesis Gaia, o Gea, de James Lovelock).

Si conciencia es energía (no lo dudo), la conciencia ya está en el origen de la vida misma. Al igual que existe un intercambio de masa y energía, que es lo que sostiene la vida, ¿por qué no un intercambio de esa otra energía, la de la conciencia? Bien, pues ahí va mi hipótesis. Lo que anoche experimenté no fue más que un intercambio de energía. Una masa o un ser compuesto por esa energía de la conciencia, se intentó colar dentro de mí (el lugar elegido era el hara o dantián, el centro de nuestro equilibrio energético) para realizar un intercambio, como la primera bacteria y la mitocondria seductora. ¿Y por qué reaccioné tan violentamente? Pues sencillamente, porque no me gustó aquello, y no me pareció bueno el trato.

Si Castaneda tiene razón (leer El lado activo del infinito, a pesar de la pésima traducción), pues existirían lo que él llama los voladores, seres inorgánicos que se alimentan de la energía de la conciencia. A cambio de darnos conocimientos sobre la manipulación de la materia (base de la revolución industrial y tecnológica) se adueñan de nuestra energía más valiosa, la de la conciencia, dejándonos la imprescindible para seguir vivos, encapsulados en el yo y el autorreflejo (como si quedáramos encerrados en una burbuja especular y miráramos donde miráramos siempre nos veríamos a nosotros mismos). Si don Juan y Castaneda tienen razón, la influencia de estos bichos (algo así como Matrix) explicaría, entre otras cosas, las enormes estupideces que, a causa de esa merma general de conciencia, el hombre actual lleva a cabo con una obstinación ciega y suicida.
Así que, a pesar de todo, creo que hice bien al destrozarme las manos contra la cama.

martes, 18 de marzo de 2008

ME LARGUÉ AL MONTE

(Fotos: A. Real)


Me largué al monte. Llegué a un paraje lejano y solitario. Robles, encinas, fresnos, jaras, zarzales, retama, romero… y un bullicio de pájaros y cantos irisados expandiéndose por todo el valle. Me tumbé sobre la hierba seca, rodeado de rocas, ramas y gorjeos. Puse mi atención, suavemente, sobre las nubes, los troncos, un arroyo medio seco por el que corría un hilillo de agua borboteando contra unas piedras. Al cabo de un rato, mi mirada se quedó enganchada a unas hojas, que se acercaban a mí hasta estar a la altura de mi mano, creando una profundidad ilimitada de verdes, grises y azules. Traté de abarcar ese horizonte al mismo tiempo que mantenía mis ojos enfocados en la rama de hojas azuladas que tenía cada vez más cerca de mí. Sentí entonces que el árbol erguido del que salía la rama estaba vivo y consciente: las hojas, alargándose, eran conscientes de sí mismas y sentían la presencia del mundo desde la transparencia de su rugosa piel brillante. De pronto, como si hubiera cambiado la presión, se abrieron mis oídos y me percaté del canto de los pájaros. Agudos y graves, corcheas y blancas se entrelazaban formando una malla inextricable y armoniosa de sonidos, sonidos que eran colores, destellos, burbujas y un zigzagueo luminoso de partículas. Me asombró la instantaneidad y fugacidad del sonido. Aparece y desaparece al momento, sin posibilidad alguna de volver a ser ni a repetirse. Me concentré en el sonido: no era algo continuo. Entre latido y latido había algo: agujeros, vacío, silencio, nada. El aire empezó a cubrirse de una neblina casi imperceptible. Partículas azuladas y blancas, saliendo de la nada se expandían en todas las direcciones. Pensé que eran fotones venidos del infinito que chocaban con los átomos invisibles del aire, del oxígeno, el nitrógeno, el carbono. Miré al suelo y observé cómo aquella lluvia incesante de energía se hundía en la tierra, atravesaba e inundaba las hierbas, las piedras, el musgo. También me atravesaba y bañaba a mí. Sentí que no era más que una masa de energía vibrante y encapsulada, compactándose en mi cuerpo, pero abierta a ese chorro velocísimo y suave de energía sin masa, una materia inmaterial, un no sé qué que me cubría y traspasaba. Entre las moléculas, átomos, partículas y fotones que se movían en mi cuerpo había también un espacio vacío, inmenso. Mi cuerpo no era sólido, sino un conglomerado de ondas y vibraciones que formaban una masa intangible suspendida en la nada, viajando a velocidades inconmensurables por el universo. Llevado por la Tierra, atravesaba el vacío. Al cabo de un tiempo que no puedo calcular, empecé a oír a lo lejos el hilillo de agua del arroyo. Las burbujas y el incesante gorgoteo me hicieron volver en mí. El sol ya se había ido y había cesado el bullicio de los pájaros. Empezaba a hacer frío. Me levanté y comencé a caminar. Me sentía muy ligero y sin preocupaciones. Todo a mi alrededor era más nítido, menos sólido y apremiante.

(Este relato, como casi todo lo que cuento, es real, acaba de sucederme. Ahora mismo estoy regresando de mi escapada).

domingo, 16 de marzo de 2008

DATOS QUE DAN QUE PENSAR

(Foto: J.Rodríguez)

La velocidad de la Tierra en su movimiento de rotación sobre sí misma es de casi medio kilómetro por segundo. Al mismo tiempo que gira sobre sí misma, la Tierra se mueve en elipse alrededor del Sol a una velocidad de unos 30 kilómetros por segundo. Pero este circunvalar al sol lo hace arrastrada o siguiendo el movimiento del propio Sol, que tampoco está quieto, sino que gira alrededor de nuestra Galaxia a una velocidad aún mayor, a unos 220 kilómetros por segundo. La Galaxia, a su vez, como un todo, se mueve a unos 600 kilómetros por segundo. Además del agujero negro que bulle en su centro, un día será engullida por otra galaxia mayor, la más cercana, Andrómeda.


Para preparar 100 gramos de miel, una abeja debe visitar cerca de un millón de flores. Una abeja sin carga de polen vuela a unos 65 km por hora. Incluso con su cosecha la abeja todavía es capaz de volar a 30 km por hora. Para obtener un kilo de miel, la abeja debe llevar a la colmena 150.000 cargas de néctar. Si las flores distan un kilómetro y medio de la colmena, para llevar cada carga tendrá que volar tres kilómetros. Por consiguiente, tendrá que recorrer un total de 450.000 kilómetros para preparar un kilo de miel. Esta distancia es once veces lo que mide la circunferencia de la tierra en el ecuador. (Estos datos me los proporciona mi amigo Evelio, y los toma de “La miel y sus derivados”, de Cristina Vázquez Fuentes. Quiere montar cientos de colmenas en unos terrenos que tiene en la falda de los Montes de Toledo, no para aprovecharse de la miel, sino para que las abejas no desaparezcan de la faz de la Tierra. Le sugiero que el problema a lo mejor no está en las abejas, sino en las flores, en que ya no hay casi flores por el campo, porque, a su vez, el clima y el terreno… etc.).

A veces los datos dan también que pensar. Como la velocidad y el espacio son relativos (relativos al punto desde el que establezcamos la distancia y el movimiento, y relativos a la velocidad de la luz en el vacío, unos 300.000 kilómetros por segundo), si nos colocamos ante esas velocidades inimaginables y descomunales de la Tierra, el Sol y la Vía Láctea, pues nos vemos como somos, una nada que se afana, siente y piensa algo durante un instante antes de desaparecer. Si nos colocamos en la perspectiva de la abeja, nos asombra la cantidad de esfuerzo, tiempo y energía que requiere la exitencia de cualquier cosa que damos por hecha a nuestro alrededor sin atisbar lo que ha tenido que ocurrir antes para que lo tengamos al alcance de la mano. ¿Y qué cantidad de explosiones, movimientos, intentos y transformaciones ha tenido que ocurrir en una pequeñísima parte del universo para que, desde aquel polvo cósmico inicial de átomos y partículas, haya aparecido un hombre sobre la Tierra que ahora esté tecleando signos electrónicos y haciéndose estas cábalas metamatemáticas?

viernes, 14 de marzo de 2008

UNA HAZAÑA URBANA INEXPLICABLE (Y ABSOLUTAMENTE CIERTA)

(Foto: J.Rodríguez)


Acabo de realizar una hazaña urbana. La cuento porque todavía estoy conmocionado.
Estaba en una sesión de evaluación y ya al final, alguien comenta no sé qué de las oposiciones. Pregunto si ya estaban convocadas. Una profesora de francés, que lleva tiempo preparándose para el trance, me dice: “Sí, claro, hoy acaba el plazo de solicitudes”. “¿Cómo?”, insisto. “Sí, sí, hoy, día trece”.
Palidezco, exhudo, todo mi cuerpo experimenta un tsumani hormonal, una riada de neurotransmisores alarmados se pone en marcha y trata de poner orden en la caótica explosión de mi galaxia cerebral. Aclaro.
Eran las cinco de la tarde, una hora muy propicia para ponerse delante de los cuernos de la muerte. La oficina receptora de las instancias cerraba a las siete. Tenía dos horas para realizar todos los trámites. Me había comprometido con una futura opositora a estar atento a esa convocatoria y realizarle yo la solicitud, mientras ella se despreocupaba del engorroso y farragoso papeleo. Bien, pues, a pesar de haber estado medianamente atento, ni me había enterado. Una serie de despistes y falsas informaciones había tejido la celada en que caí. Y ahí estaba, medio cataléptico, con dos horas para ir a la otra punta de Madrid (calle Vitruvio, cerraban a las seis), coger los impresos, rellenarlos, sacar un montón de fotocopias de títulos y documentos, encontrar un banco para realizar el ingreso de 34,25 euros de las tasas, correr al registro último situado en la Gran Vía, entregarlo todo y, en el supuesto de que estuviera en orden, respirar tranquilo. Esta secuencia la reconstruyo ahora, porque durante la desbocada carrera logré con acierto alejarla de mi cabeza. De lo contrario hubiera caído en ese agujero negro que tenemos en el centro del pecho, irremisiblemente paralizado ante el espanto de confesar a mi compañera opositora que no, que esta vez no, que tendría que esperar otros dos años para intentarlo de nuevo.
Bien, pues lo conseguí. ¿Cómo? No lo sé, porque se acumularon tales dificultades, que no tengo más remedio que callar, no intentar dar explicaciones a lo sucedido.
En Vitruvio, siempre tan amables, no sabían ni la cuantía de las tasas, no tenían a mano la orden de convocatoria, faltaba el impreso final… El banco cerraba a las seis, insistían, para darme ánimos. Me centré en el impreso 030, el del pago. Llegué a una oficina de Caja Madrid. Cola. ¿Y el dinero? ¿Mira que si no llevo dinero suficiente? Abro la cartera. ¡Cuarenta euros! El coche lo dejé apartado en una parada de taxis. ¿Multa, lo llegará la grúa? Nada, prosigo hacia un centro de preparación de opositores, para que me socorran: calle Cartagena. Aparco en zona de carga y descarga, entro en la oficina y logro que me ayuden a rellenar impresos y hacer fotocopias. Amablemente, no me cobran ni un euro. Son ya las seis y media. Media hora para atravesar la Castellana y subir por la Gran Vía hasta el número 3.
A partir de ese momento mi vejiga no aguanta. El torrente sanguíneo ha debido arrojar toneladas de tóxicos y residuos acetilcolínicos a la tinaja. Revienta, reviento. ¿Corro y/o reviento? Mi padre decía que la capacidad de resistencia del ser humano es casi ilimitada. Él había sobrevivido varias noches en Teruel, a la intemperie, en una trinchera, a veinte grados bajo cero.
Pero hay más. A la altura de Cibeles, antes de coger la hermosa curva de ballesta de la Gran Vía, pues nada, que aparece una manifestación, un mar de banderas rojas al viento, protestando, creo, contra la Empresa Municipal de Transportes. No sé cómo, pero logro girar a tiempo y meterme de cabeza en un aparcamiento. El reloj del Banco de España señala las siete menos tres minutos. Salgo pitando, cruzo suicidamente la calle, abarrotada de coches, llego al edificio señalado con unas banderolas, también al viento, pero he aquí que un guardia civil me cierra el paso y dice que acaban de ordenarle que no deje entrar a nadie más. No sé cómo pero lo convenzo y cojo mi ticket. Ni lo miro. Busco un lavabo y están haciendo la limpieza. “El suelo está mojado”, me advierte la limpiadora. Espero y un momento después se apiade de mí y me deja pasar. Alivio.
Más tranquilo, aguardo mi turno. Miro mi ticket y ¡oh sorpresa!, no tiene número. Señala la hora, 19: 02, como argumento irrefutable. ¿Qué hacer? Reacción inmediata: me levanto y en cuanto queda un milisegundo libre una ventanilla me lanzo y le digo a la funcionaria que se me ha pasado el turno, que tenía el 269 (iban por el número 272). Me deja sentar, entrego todos los documentos, me los sella y todo en regla. Voy a levantarme y llega una solicitante con un número en la mano: el 269. Dice que se le había pasado el turno…
Y colorín colorado, este cuento verdadero, totalmente cierto hasta el último detalle, se ha acabado. No hay duda de que, dentro de la realidad, acaso en su centro, vive la ficción, pugnando por hacerse realidad cuando más lo necesitamos.

miércoles, 12 de marzo de 2008

EL PÁJARO EN SU RAMA

(Foto: J.Rodríguez)


Donde mejor canta un pájaro es en su árbol genealógico, me dijo al oído Jodorowsky, repitiendo palabras del poeta que nadie había sabido interpretar hasta que él las descubrió en una carta del tarot. Sobre una rama los he visto esta noche, a ellos, mis progenitores, cantando. Murieron hace años, pero yo todavía llevaba sobre mis hombros la amarga tristeza de mi madre y la desesperada frustración de mi padre, como si esa fuera mi obligación. Esta noche he abierto la ventana, he respirado la honda quietud del campo, he visto la luna, que difundía una luz nítida y serena, y al mirar hacia mi lado izquierdo los he descubierto ahí, aquí, sobre la plateada rama de una gran encina. Mi madre repitió, con suave murmullo cristalino, junto a mi oído:
-Hijo, donde mejor canta un pájaro es en su árbol genealógico.
Mi padre sonrió, y con voz igualmente serena, repitió:
-Hijo, donde mejor canta un pájaro es en su árbol genealógico.
Comprendí de pronto, con lágrimas en los ojos, que ellos ya eran libres, que no arrastraban ni amargura ni desesperación, y que yo también podía ser libre.
-No alientes más en tu pecho la desesperación de tu padre –insistió una voz que quedó vibrando entre las ramas.
-No guardes más en tu corazón la tristeza de tu madre –añadió otra voz que se perdió entre el verdor numinoso de las hojas.
La plateada encina se dibujaba contra un cielo azul, oscuro y estrellado, sobre la ladera del monte. Fascinado, seguí escuchando aquella voz, que surgía de cualquier lugar hacia el que mirara y flotaba como una melodía:
-Sal de la rueda del pozo, atraviesa el círculo, rompe el espejo. Libérate de la tristeza, de la amargura y la frustración. No te aferres al sufrimiento, suelta la desesperanza, deja esos sentimientos ir hacia los confines de universo, no los retengas más.
Comprendí entonces que el pájaro genealógico era una hoja, que la hoja cantaba sobre una rama, que la rama brotaba del tronco de un árbol inmenso y bellísimo, que el árbol crecía sobre un monte azulado, que el monte rozaba el cielo, que por el cielo giraban a velocidades inconcebibles infinitas galaxias, que las galaxias se diluían en el polvo cósmico y que el polvo cósmico era sólo conciencia pura cuya esencia estaba hecha de belleza y misterio, y que éramos muy desgraciados al colocar en el centro de la vida la desesperación y la amargura, porque todo al fin acaba en la más inimaginable serenidad y quietud. Eso cantaba el pájaro de mi árbol genealógico, ramillete de plumas plateadas, al que yo había ahogado el canto atándolo a la pena, a la rueda del pozo, durante toda mi vida, impidiendo su vuelo infinito.
De la iluminada rama salió entonces hacia el horizonte una garcilla; poco después, un cuervo extendió sus alas hasta perderse en la lejanía. Tal y como yo los había visto cantar, se fueron libres y serenos, cada uno por su lado, pero su partida esta vez no me hizo sufrir. En el más allá el amor se confunde con la libertad.

martes, 11 de marzo de 2008

CUANDO TROPEZAR NOS SALVA

(Foto: R.Ferrando)



Se levantó de repente un viento furioso. Corrió a abrazarse al tronco de una encina para protegerse y no ser llevado por los aires, pero tropezó con la raíz de un arbusto. Cayó de bruces contra una roca y, arrastrándose, clavó sus uñas en una pequeña hendidura. Hundió la cabeza en tierra como un topo buscando la oscuridad. Si abría los ojos podía quedarse ciego. Fue todo tan rápido e inesperado… Imposible alcanzar la robusta encina milenaria. Y de pronto empezó a llover. Torrencial, huracanadamente. Algo nunca visto. Tormenta tropical en medio de la meseta. La llegada de los nuevos tiempos, la nueva era, el retropleistoceno. Las gotas le taladraban la espalda. Dolían como pedradas. Rayos y truenos atómicos a su alrededor. Cerca, muy cerca, encima, rebotando en su cráneo como en una lóbrega cueva. Y, de pronto, un restallido, un hachazo cegador que corta un dos el rugoso tronco, la pétrea encina salvadora, a la que un tropiezo le impidió abrazarse.

sábado, 8 de marzo de 2008

ALGUNOS EJEMPLOS PARA EXPLICAR MEJOR QUÉ ENTIENDO POR CONCIENCIA

(Foto: PortfolioNatural)
Más importante que lo que hacemos, es cómo lo hacemos.
La mejor forma de aprender a hacer algo es haciéndolo, pero no de cualquier manera, sino poniendo toda la atención en la forma en que se está haciendo.
No es tan importante lo que hagas en tu vida; más importante es cómo lo hagas y cómo lo vivas, sea lo que sea.

Si caminas, pon tu atención en cómo caminas.
Cuando caminas, siente que el suelo no es tan sólido como lo ves y piensas, sino una masa flotante de átomos y partículas subatómicas moviéndose en el vacío; que el vacío es mucho mayor que lo ocupado; que lo sólido sólo lo es para el ojo y el pie; que lo estable está en realidad bullendo a velocidades inimaginables.
Mueve tu cuerpo, respira, haz el ejercicio o movimiento que quieras, pero concéntrate en cómo lo mueves, cómo se mueve tu cuerpo y qué sientes física y energéticamente, sin tratar de definirlo ni ponerle palabras.

Si miras algo, pon tu atención en cómo miras, en cómo miran tus ojos.
Si ves algo, no trates de clasificar ni definir lo que ves, sino que presta atención a cómo ves lo que ves.
Cuando mires hacia el horizonte, no importa lo que veas o distingas, sino que abarques y percibas la totalidad sin fijar tu vista en nada, dejando que tus ojos vean por ti, dándote cuenta de que estás percibiendo, pero sin saber lo que percibes ni cómo.

Si hablas, presta atención a cómo hablas y cómo dices lo que dices.
Cuando hables, deja hablar a tu cuerpo.
Si escuchas, date cuenta de cómo escuchas, qué postura adopta tu cuerpo y que hacen tus ojos (los ojos están conectados al cerebro, a los pensamientos).
Si lees, presta atención a cómo lees, no sólo a lo que lees y cuánto lees.
Si te emocionas, pon atención a qué ocurre en tu cuerpo más que a lo que piensas y te repites compulsivamente a ti mismo en ese momento.

Date cuenta de cómo están tus ojos y cómo los mueves: cuando están relajados ven mejor, todo se vuelve más nítido y transparente.
Mira hacia fuera, no hacia dentro, no hacia las imágenes y palabras de tu cerebro. Comprobarás que tus ojos y tu manera de mirar cambian.
Los ojos también pueden servir para serenar y dominar los pensamientos: rompe su automatismo, su compulsión y fijeza.
Concentra tu mirada de manera difusa en el aire y el espacio que hay entre ti y los objetos, entre ti y las personas, más que en los contornos, las formas o los colores concretos. Déjate llevar por ese fluir o chispear de las partículas del aire, de esa nube sutil que parece consciente de sí misma.

Bueno, no estoy dando ninguna tabla de ejercicios, sino poniendo ejemplos sencillos a través de los cuales se puede llegar a entender qué es eso de experimentar la “conciencia de ser”. Como se ve, es en gran parte un problema de atención. El que se da cuenta, o lo que se da cuenta, en todos estos casos, no es la mente ni el yo social, sino otra cosa a la que llamo conciencia, estado o nivel de conciencia. Se produce un cambio sutil de la percepción: de percibir la realidad, tal y como nos hemos acostumbrado a pensar y definir, pasamos a percibir y sentir lo real, eso que está ahí y cuya existencia no es más que pura presencia, sin que sepamos realmente qué es. Algo ocurre en el cerebro, una vibración distinta, ondas de energía que se sincronizan a un ritmo más lento, rompen la compulsión y automatismo de los circuitos sinápticos.

viernes, 7 de marzo de 2008

JEAN-JACQUES Y FREUD

(Foto: PortfolioNatural)


Jean-Jacques Rousseau tenía una novia a la que llamaba Maman. Freud, cuando se enteró, ya le había puesto nombre a su complejo, así que no pudo cambiarlo. Juan Jacobo estaba tan enamorado de su Maman que hacía muchas extravagancias. Una vez le gritó –cuando iba a meter un trozo de pavo en la boca– que aquello tenía un pelo. La amada (que en realidad se llamaba Madame Warens y era muy pulcra) arrojó el bocado al plato poniendo cara de mucho asco. A Jean-Jacques no le importó la cara que puso pues, como un gato, se lanzó al plato para engullir en un santiamén aquel guiso que habían rozado sus dulces labios. Está claro que era un buen salvaje y que, como su hijo Emilio, no tenía ningún complejo. Además, no había leído todavía a Freud y en esto ya se sabe, si no hay nombre, no hay complejo. Otra cosa es ella, claro. Como no le amaba con la misma pasión, lo miró espantada, como al trozo de ave que acababa a sacar de entre las perlas de sus dientes y no quiso volver a verlo. En el amor es muy difícil la simetría.
Da la casualidad que, después de haber leído esta historia verídica -pues la cuenta él mismo en sus
Confesiones- he conocido hoy mismo a otro Juan Jacobo. Es algo raro y, por lo que me ha contado, lo veo también sin ningún complejo edípico. En esto debe influir sin duda la fuerza del nombre. Pon un nombre adecuado a las cosas y las cosas pasan a ser lo que el nombre dice que son. Si llamas amor a un impulso, por ejemplo, aunque sea caníbal, pues pasa a ser amor con todas las consecuencias. Te amo, pues te como; te como, pues te amo. Así, como hacía Juan Jacobo con su novia Warens. De todo esto habló Freud en su día con mucho conocimiento. Pero no se le hace demasiado caso. Otra cosa es la simetría. Freud no habló nunca de la simetría, porque él pensaba que el mundo era triangular. ¡Con lo interesante -y difícil-
que es ser simétricos!

miércoles, 5 de marzo de 2008

¿QUÉ ENTIENDO POR CONCIENCIA?

(Foto: PortfolioNatural)



Dejemos de lado toda connotación moral: esa especie de voz interior (de Dios, del ángel de la guarda o cualquier emisario del Vaticano) que nos señala el bien y el mal y nos atormenta con su susurro amonestador.
Dejemos de lado toda connotación metafísica: alma, aura, efluvio, esencia.
Dejemos de lado todo reduccionismo materialista: reacciones químicas, moléculas, neurotransmisores, proteínas, oligoelementos, células, órganos.

Para diferenciarla, sin indagar más sobre su origen o emergencia, digamos que la conciencia es “un darse cuenta”. La conciencia es eso que me permite darme cuenta, caer en la cuenta, tener la sensación y la certeza de que algo existe o está ocurriendo, dentro y fuera de mí, aunque me resulte difícil luego el describir realmente qué es eso que estoy presenciando o sintiendo.

Diríamos que la conciencia es un darme cuenta de lo que veo, lo que oigo, lo que siento, lo que pienso, lo que imagino. A través de algo que parece que ocurre en mi cerebro, tengo la seguridad de que algo existe o está sucediendo, tanto dentro como fuera de mí.

La conciencia puede acrecentarse o aletargarse, aumentar o decrecer. La conciencia es energía que se hace consciente de sí misma. El estado más alto que podemos alcanzar es “la conciencia de ser”: de nuestro ser, y del ser real del mundo.

La conciencia surge cuando la mente se une y funde con el cuerpo, o cuando el cuerpo “atrapa” a la mente. Es, por eso, un sentir más que un simple pensar.
Distingo entre sentir y emocionarse. La emoción se localiza en una parte del cuerpo, y lo fragmenta. El sentir se extiende por la totalidad del cuerpo y lo unifica. La emoción se relaciona con el yo; el sentir con el ser. “Soy un ser que se siente consciente de sí mismo y del mundo que le rodea”, más que “un yo que se emociona y encierra en sí mismo”.

UNOS VERSOS DE CERVANTES

(Foto: PortfolioNatural)

Estos versos pertenecen a Viaje del Parnaso. Son tan actuales que yo los leo y medito a menudo.


Tuve, tengo y tendré los pensamientos,
merced al cielo que a tal bien me inclina,
de toda adulación libres y esentos.
Nunca pongo los pies por do camina
la mentira, la fraude y el engaño,
de la santa virtud total rüina.
Con mi corta fortuna no me ensaño,
aunque por verme en pie como me veo,
y en tal lugar, pondero así mi daño.
Con poco me contento, aunque deseo
mucho.

lunes, 3 de marzo de 2008

ENTRE EL COMA Y LA VIDA


Llamo a un amigo y me cuenta que ha sufrido un paro cardíaco. Estaba en un hotel en Londres a punto de acostarse y cayó fulminado al suelo. Muerte súbita. Después de quince días en un hospital, en estado de coma inducido, despertó, salvó la vida. O la vida le salvó a él. La vida nos salva de la muerte, y de la muerte nos salvamos a cada instante. Ahora no recuerda nada de los quince días anteriores al ataque (amnesia retrógrada limitada), los mismos que permaneció en coma. ¡Qué precisión! ¡Con qué matemática exactitud descuenta el reloj cerebral las horas!
Se me ocurre pensar que al morir no morimos del todo, que necesitamos un tiempo para que se nos vaya borrando el recuerdo de todo lo que hemos hecho durante la vida. ¿Un tiempo exactamente igual al que hemos vivido? ¿El recuerdo de la vida se desvanece a la misma velocidad con que lo vivimos? Quizás no morimos del todo hasta que no han transcurrido los mismos años que vivimos. En ese estado de coma, algo nos va comiendo lentamente esa copia de la vida que son los recuerdos. Si por casualidad despertamos antes de ese tiempo, es posible que no recordemos ya nada de lo que durante ese estado post mortem la muerte haya engullido. ¿Quién o qué podrá despertarnos durante ese letargo, ese tiempo en coma? A lo mejor tenemos una oportunidad: si ya en vida nos hemos desprendido de todo, si ya no estamos enganchados a ningún recuerdo, pues la muerte no tiene nada que llevarse a la boca. Y proseguimos navegando dios sabe por dónde y cómo. Todos tendremos, al menos, la posibilidad de comprobarlo. Y como nada de ello sabemos ahora, ni sabremos mientras vivamos, pues eso, y por si acaso: despréndete de todo lo que te pasa y pesa. Ligero de equipaje, ya lo dijo uno de nuestros poetas sabios.

MÁS MÁXIMAS Y MÍNIMAS


No hay peor tonto que quien se cree muy listo. (Me incluyo y tomo nota).
Un tonto hace ciento, si le dan lugar y tiempo.
Y un loco, y un director de periódico y hasta un escritor. No te pongas a su alcance.
No hay peor consejero que quien se cree en posesión de la verdad.
No hay peor mentiroso que quien acusa constantemente a los demás de falta de sinceridad.

El tiempo no se va, viene hacia ti: encáralo.
El tiempo corre: aquiétalo.
El tiempo vuela: atrápalo.
El tiempo no pasa: lo dejamos pasar.
El tiempo no se pierde: nos perdemos nosotros en él.
Si te colocas en la cola del tren, el tiempo pasa y la vida se va; si te pones delante, el tiempo viene y la vida se llena con todo lo que ves.

La vida, si la cuentas por años, es corta; si la mides por minutos, momentos, instantes, es larga, tan larga que la alargas sin proponértelo.
Ahora es sólo ahora. Aquí es sólo aquí. No tienes ninguna vida por delante: la tienes aquí y ahora.
Cuando pierdes el tiempo, pierdes tu vida y te pierdes tú.
Cuando más se pierde el tiempo es cuando se pretende hacer más de una cosa a la vez.
Al yo no le importa perder el tiempo porque se cree inmortal: a ti sí.

La vida se vive, no cuando la matas tratando de matar el tiempo, sino cuando te haces consciente: de lo que ves, de lo que haces y para qué lo haces, de lo que piensas, de lo que sientes. De lo que sucede en ti y a tu alrededor.

sábado, 1 de marzo de 2008

DESVELOS DE LA LUZ


Aquí va la portada de mi libro Desvelos de la luz, el que quedó primer finalista en el polémico II Premio de Poesía "Viaje del Parnaso". Está editado por Huerga y Fierro. Se vende a 12 euros, para los interesados. Tiene 106 páginas, incluido el índice. Tengo poca idea de por dónde se distribuirá. Se puede pedir a: huerga@huergayfierro.com Me dicen que se editan en España más de 70.000 títulos nuevos al año, que se calcula que existen unos 350.000 libros "vivos", o sea, los que se siguen vendiendo después de pasar la primera criba de la venta inmediata. De todos ellos, los libreros exhiben y tienen al alcance, por razones puramente espaciales, una pequeñísima cantidad. La selección de esa minoría es ya más obra de libreros y distribuidores, que de editores y escritores. Por supuesto, todo depende de las ventas. Y las ventas, ¿de qué? Mucho del nombre, la fama, la moda, las influencias, la mercadotecnia. Pese a todo, cada libro debe defenderse por sí mismo. Los libros que se leen, disfrutan y aprovechan, me refiero. De los otros nada digo. Yo sólo compro y leo lo que de verdad me interesa.