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miércoles, 31 de julio de 2019

FULGOR Y MISERIA DEL CEREBRO


El título parafrasea una obra dramática de Bertolt Brecht, autor otrora omnipresente en la escena, hoy abandonado en ese cercado de desguaces que es en gran parte el teatro actual. Pero nada tiene que ver el contenido de esa obra con el título de este artículo, salvo la resonancia mórfica y fonética, fenómeno inesperado y automático al que casi nunca opongo resistencia. Mi intención es mostrar la perplejidad que me produce ese órgano al que los científicos más prestigiosos del mundo están dedicando su mejor esfuerzo, un empeño titánico por descubrir no sólo cómo funciona, sino para desentrañar qué es, qué hay en ese conglomerado, en esa sustancia química y biológica que hace posible el pensamiento y la conciencia.

Quizás el error esté en la misma pregunta, pues en el universo, la mera existencia de algo no exige ningún porqué previo que lo justifique, eso es algo que construye nuestra mente y va más allá de la existencia misma. El cerebro existe, está ahí, colocado dentro de nuestra cabeza y ramificado por todo el cuerpo, especialmente en el intestino, y sabemos que gracias a él tenemos sensaciones y percepciones que acaban transformándose en imágenes, emociones y pensamientos. Y toda la vida consiste en organizar ese bullicio y agitación neuronal incesante de tal modo que actuemos de un modo eficaz para mantener la vida de todas las células de nuestro cuerpo y su constante renovación.

El cerebro es capaz de construir una imagen de todo cuanto existe, o sea, convertir la actividad celular y neuronal en mente, creando una representación, una simulación y una sustitución virtual del mundo, gracias a la cual podemos anticipar los hechos y los cambios de nuestro entorno y acomodar nuestra conducta a ellos. Este es el fulgor del cerebro: la capacidad de iluminar la realidad, sentirla y percibirla. Pero más allá del automatismo con que la vida afirma y asegura su existencia a través de la mente, lo más inexplicable es que hay algo más, y es la conciencia que esa mente (ese cuerpo) tiene de sí misma como un todo al que llama "yo", entidad a la que atribuye cuanto hace, ve, piensa, siente y padece.

Más allá de la mente, aparece la conciencia, ese darse cuenta de sí mismo, ese percibirse a sí mismo dentro del mundo pero como algo separado de él. Nuestra "miseria" (en el sentido de pobreza), la miseria de nuestro cerebro nace de la limitación de nuestra conciencia. El yo es tímido, está siempre al acecho y le teme a la muerte, a su propia desaparición. La conciencia, en cambio, es el intento de liberarse del yo, acceder a la percepción pura, el observar sin el filtro de la mente todo cuanto nos rodea, empezando por nosotros mismos.

La observación de sí mismo comienza al darnos cuenta de qué estamos pensando, qué es lo que está trajinando, haciendo y deshaciendo nuestra mente. Todos sabemos lo difícil que es atrapar los pensamientos. La mente es siempre nebulosa, flotante, y sólo gracias al lenguaje esos efluvios neuronales se convierten en pensamiento. El pensamiento, gracias a la escritura, puede, a su vez, adquirir una realidad objetiva, fuera de nuestro cerebro. Por eso la buena escritura, la buena literatura, es siempre fulgor, resplandor que nos saca del sopor y el aturdimiento mental.

Llego a donde quería llegar: nada más importante que el pensar consciente, el desarrollar la capacidad fulgurante del cerebro. ¿Para qué? Para ser felices o, al menos, para ser un poco menos infelices de lo que la mayoría (la mayor parte del tiempo) lo somos. Feliz es quien es consciente de lo que piensa y lo que siente, quien se da cuenta de cómo lo que piensa determina lo que siente y así deja de estar enganchado a pensamientos automáticos, inútiles, anticipaciones paralizantes, rumiaciones tóxicas, miedos, evasiones y proyecciones fantasiosas. En su lugar, enfoca toda su atención en observar, percibir y admirar todo cuanto sucede a su alrededor.

Son reflexiones de verano, la estación más fulgurante. Como dije en mi anterior artículo, el verano es un buen momento para pensar, para meditar, para aquietar la mente. También para liberarnos de la absorción en las preocupaciones colectivas, ese cerebro social igualmente intoxicado y aturdido con sus propios miedos, obsesiones, evasiones y fantasías. Porque también podríamos hablar del fulgor y la miseria de la política, de la política de los políticos conscientes y de la política de los políticos apenas cerebrados, que son los más.

jueves, 25 de julio de 2019

TIEMPO DE SILENCIO


En el verano la luz se aquieta, reposa con mayor intensidad sobre los tejados, los muros, las tapias, la tierra roja de los surcos, las ramas y troncos de los árboles, el asfalto gris, el agua tersa de los pantanos, las peñas, el azul celeste. Esa luz quieta eterniza el instante, paraliza el tiempo fugitivo y nos invita al silencio, a no hablar, a no cotorrear, a no parlotear, a no farfullar con nosotros mismos, que es lo que más hacemos, a lo que más tiempo dedicamos, lo que más energía consume. No hay mayor despilfarro que dejarnos atrapar por ese diálogo interno obsesivo, repetitivo, en el que hoy nos decimos lo mismo que ayer, y que anteayer, y que el anteayer del anteayer.

El mayor secreto de la vida es no estar de paso por la vida, o sea, no estar de paso por ese instante que la luz aquieta. Porque no hay otro. Y si te vas de él y te quedas absorto en la preocupación por ti mismo, encapsulado en ese cuchicheo interno que te saca del mundo real (ése que la luz hace presente), entonces ignoras y desprecias lo que de verdad nos hace vivir, que no es sino el contacto real y físico con todo lo que nos rodea. Nuestra energía sólo se renueva cuando se aquieta y alinea con la energía de la luz que hace presente al mundo. Si vives encerrado en tu cápsula, escuchando el eco de ti mismo, excitado por esa agitación interna permanente, que confundes con la vida, no descubrirás nunca la fuerza del silencio, ese no temer al vacío que la luz nos desvela en las horas quietas del verano.

La vida es absoluta y completa en sí misma, no se justifica en función de algo que vendrá después. Nada cambiará luego si algo no cambia ahora. Sólo soy lo que ahora soy. Todo lo que pueda llegar a ser está en lo que ahora soy y puedo hacer. Escapar del presente, no poner toda la atención en el presente, es dejar pasar la vida, es perderse el espectáculo indescriptible de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Infinidad de acontecimientos, transformaciones, asociaciones, sincronías, interrelaciones se producen a cada instante ante nuestros ojos. Todo nos lo perdemos si estamos atrapados por ese diálogo compulsivo que proyecta su preocupación por el futuro y no cesa de darle vueltas al pasado.

Nace esta obsesiva y reiterativa agitación interna de nuestro miedo a la muerte. Es como si temiéramos al vacío, al silencio, a la quietud, que identificamos con la muerte. Preferimos vivir en una atmósfera de irrealidad, de sopor, ese mundo imaginario que sustituye al mundo real y al que entregamos nuestra atención y energía. Vemos todo con ojos velados. La cápsula en que estamos atrapados se llena del vaho de nuestro propio aliento. No vemos realmente a los otros ni al mundo, y nosotros mismos pasamos a formar parte de ese mundo irreal. Nos da miedo el misterio de la realidad, que está siempre más allá de nosotros y de lo que nosotros hagamos.

En "El mundo por de dentro", Francisco de Quevedo nos recuerda todo esto con palabras llenas de agudeza y sabiduría. La conciencia del tiempo nace de la conciencia de la muerte. "¿Tú, por ventura, sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo?" El tiempo se valora por horas, por días, que son como ladrones que, de forma "fugitiva y secreta", nos roban el tiempo.

Y frente a la ilusión del futuro: "¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester, si lo llamares?" Los días no dejan huellas ("¿has visto algunas pisadas de los días?"), el pasado no vuelve sobre sus pasos, los días "sólo vuelven la cabeza para reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar". Porque vivir no es ir dejando atrás a los días, sino "que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte".

Concluye Quevedo diciéndonos que tiene por necio tanto "al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir", como al malo "que vive sin miedo della" como si nunca hubiera de morir. ¿Y quién es cuerdo, entonces? "Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir". Lo escribió antes de que aparecieran los libros de autoayuda.

miércoles, 17 de julio de 2019

CAMPAÑA DE LIMPIEZA LINGÜÍSTICA DE COLAU


El Ayuntamiento de Colau, con el dinero de todos, ha editado una Guía de comunicación inclusiva para construir un mundo más igualitario. ¡77.000 copias, 28 páginas, exclusivas, deslumbrantes, esperpénticas! Compendio de escupitajos al diccionario, patadas a la gramática, coces a la semántica. Gran meada, riego por aspersión sobre el asfalto sintáctico, de pie, al estilo de la Colau rompeaguas, activista. Cundirá el ejemplo. Veremos a los ayuntamientos del recambio imitar la proeza. Preparen el cerebro, embalsamen la lengua, hagan ejercicios de contención gutural. Llega la redención lingüística. Acicalados, almidonados, hipervigilantes para que no se nos escape ni un suspiro fuera de catálogo. Progresísimos, ciudadanos concienciados aportando nuestro granito de alpiste al canario de la empatía, la tolerancia, el abrazo inclusivo: llega la epifanía, todos a comulgar, a fundir nuestros corazones y a luchar contra la xenofobia, la lgtbiq+fobia, la canariofobia, la imperiofobia.

Lo que más me sorprende no sé si es la becerril ignoranciaque sus promotores manifiestan, o la cabestril arroganciacon que la nueva clerigalla retroprogre impone su catecismo, establece normas y extiende su legaña vigilante sobre la sociedad. Su obsesión de control y dominio sobre cuerpos, mentes y lenguas, es lo más parecido a la tiranía de los ayatolás. Está claro que cuanto más irracional, cuanto más contraria al sentido común, mayor impacto (temor, respeto) produce una norma totalitaria. 

La lengua es un bien común, propiedad de todos los hablantes. Nadie es dueño de ella, nadie puede imponer sus propias normas. Las normas son convenciones que nacen del uso, y el uso de la interrelación y la necesidad comunicativa. La lengua es el resultado de la creatividad colectiva y responde a leyes naturales, como son la claridad, la economía, la eficacia, el establecimiento de vínculos emocionales, la espontaneidad. Evoluciona de modo natural en función de nuevas necesidades comunicativas, ya sea por un mejor conocimiento del mundo, la aparición de nuevas realidades, nuevos valores y estímulos. Las normas estabilizan los usos más frecuentes y comunes, pero no imponen ni inventan nada.

El poder político nada tiene que hacer ni decir, ni mandar ni prohibir, ni meter la mano, la pata o la lengua en el uso que los hablantes hacen libremente de una lengua; es un terrero totalmente ajeno a las funciones que podemos exigirle al Estado. El conocimiento de la lengua común y oficial es un derecho individual que el Estado debe asegurar, pero eso nada tiene que ver con el funcionamiento y uso de esa lengua. El Estado no es dueño de ninguna lengua ni puede intervenir en sus normas internas y usos.

Las Colau, con cretina soberbia, quieren imponer un modo de hablar, de entonar, de gesticular y de definir las palabras de acuerdo a una ideología obtusa, ovejuna, que consideran superior, oponiéndose a lo que los hablantes han construido y construyen libremente cada día con la lengua que utilizan. El lenguaje se rige por un principio democrático: prevalece lo que la mayoría quiere. Pretender torcer y retorcer esa voluntad es lo más antidemocrático que podamos imaginar, porque afecta a la vida diaria de todos (la vida interior y la vida social: vivir es hablar, consigo mismo y con los otros). Imponer desde el púlpito institucional un modo de hablar y de pensar, mojigato y pedante, es algo tan clasista que espanta comprobar el grado de degeneración mental y moral al que puede llegar esta secta.

Además, si analizamos la alternativa que ofrecen para desterrar los términos reprobados (patriarcales, machistas, xenófobos...) resulta muchas veces más ofensiva y excluyente que lo que pretende erradicar. He aquí unos ejemplos. Nos proponen que no llamemos a nadie "negro", sino "persona negra" o "persona racializada"; no "abuelo o abuela", sino "persona mayor"; no "discapacitado", sino "persona en situación de discapacidad"; no "cojo", sino "personaconmovilidadreducida"; no "ciego", sino "persona con ceguera" (que desaparezca la ONCE, por machista); no "esquizofrénico", sino "persona con un trastorno de esquizofrenia"; no "bipolar", sino "voluble"; no "estoy depre", sino "tengo un día triste", etc. ¡Dicen que así defienden a los "colectivos vulnerabilizados"!


Esta neolengua cursi acaba haciendo más visible aquello que pretende negar, como cuando en lugar del "vete a tomar por el culo" nos propone un "vete a freír espárragos", estigmatizando aún más el sexo anal que es precisamente una legítima reivindicación homosexual. Todo sigue la misma senda del disparate. "Somos personas plurales", "una persona se puede definir por múltiples ejes", y "estos ejes identitarios nunca deben jerarquizarse unos por encima de otros". Esto supone que cuando nos dirijamos a una persona debemos nombrarla a partir de todos sus ejes. Por ejemplo, a un senegalés deprimido y con muletas, debemos tratarle como "persona racializada con movilidad reducida que tiene un día triste". Y sin jerarquizar los ejes para que no se caiga.

Si no actuamos así, con esta delicadeza sintáctica, es como "consecuencia de la colonialidad y el racismo". Pero hay más: no debemos decir "terrorismo yihadista o islámico", sino de al Qaeda, el Daesh... Nada que ver con el islam, ni Mahoma, ni el Corán... Hay que partir el terrorismo por el eje para no confundir los ejes de la carreta. Ya cantó Atahualpa: "Porque no engraso los ejes, me llaman abandonao"...

Y no digas que vas "al paki, al badulaque o al chino"... ¡sino al supermercado! Identificar a alguien sólo por el eje del origen es rebajar su dignidad. Eso huele a racismo. Porque, además, no puedes llamar a nadie "inmigrante ilegal", porque "ninguna persona es ilegal", lo mismo que "no hay nadie normal, todo el mundo es diferente", así que no te ofendas cuando alguien te diga que no eres normal, tío-tía. Tampoco digas "trabajar como un negro", aunque la expresión nazca precisamente de denunciar el trabajo esclavizante de los negros. Y lo de "moros en la costa"... ¡vade retro, Satanás, que son personas del Magreb! Y no se te ocurra decir "mi mujer o mi esposa", sino "mi pareja o mi cónyuge".

Pero la guía municipal va más allá: no presupongas nunca "que una persona con cuerpo de macho se identificará como hombre y tendrá comportamientos 'masculinos', y una persona con cuerpo de hembra se identificará como mujer y tendrá comportamiento 'femenino'. Además,(tampoco) consideres que los hombres y las mujeres son complementarios y se atraen sexualmente",porque"esta cuestión es mucho más compleja". O sea, cuando veas a una persona piensa que es un marciano sin sexo y espera a que él-ella-ello te diga cuál es la preferencia sexual que le-la-lo define. Y si ves a un toro, no mires qué le cuelga entre las piernas, porque la naturaleza se equivoca muchas veces. En todo caso, si ves a un niño, piensa que es una niña, y viceversa; o mejor, no pienses nada, déjale ser lgtbiq+, que él elija su camino sin interferencias morfosintácticas heteropatriarcales.

Y un pasito más. Si ves llorar a una niña, no pienses que llora como una niña, ni se te pase semejante barbaridad por la cabeza; piensa que él-ella-ello "llora como quiere" (sic, no me la invento). Y aprende biología: "hermafroditas son los caracoles", nunca los humanos, que son "intersexuales"; y si alguien se opera y cambia de sexo, no digas que ha realizado un "cambio de sexo, sino una afirmación de género". Y a las personas que están de acuerdo con el género que se le asignó al nacer, no les llames hombre, mujer o heterosexual, sino, de ahora en adelante, "una persona cisgénero", neologismo inventado por un alemán que en español suena a lo que a uno le apetece hacer al oír semejantes chorradas.

(Y digo yo, ¿Valls se habrá enterado de esto (o de algo)? No, hombre, esto son minucias, cosa de plebeyos).






jueves, 11 de julio de 2019

LA REBELIÓN CATALANA: Ni güevo ni fuero


Entre los Escritos políticos de Quevedo encontramos uno, La rebelión de Barcelona, subtitulado Ni es por el güevo ni es por el fuero, cuyo contenido es de una actualidad asombrosa. Sorprende comprobar hasta qué punto lo que cuenta y analiza Quevedo se parece a lo que hoy vivimos y padecemos. Escribió Quevedo el texto confinado en la cárcel de San Marcos de León, circunstancia que agranda la dignidad y libertad de su pensamiento. Reflexiona en él sobre los hechos iniciados en 1640 que llevaron a Cataluña a separarse de España y ponerse en manos de la monarquía francesa hasta 1652.

La sublevación tuvo una fase inicial que fue la revuelta de los segadores y campesinos contra el poder feudal y burgués barcelonés, que recuerda el intento de toma del Parlamento catalán por los indignados en 2011. Ese movimiento social fue enseguida canalizado y dirigido contra del ejército de Felipe IV que luchaba desde tierras catalanas contra Francia, ejército al que Cataluña se había negado a aportar hombres y dinero. El proyecto de la Unión de Armas de Olivares, resumido en su aforismo Multa regna, sed una lex («Muchos reinos, pero una ley»), chocó en Cataluña con la resistencia de la oligarquía medieval ("los señores de la montaña") y la burguesía mercantil barcelonesa. Recordemos, para completar el cuadro, el auge del bandolerismo, que en Cataluña se convirtió casi en una guerra civil entre clanes mafiosos (robos, secuestros, venganzas, asaltos... Nyarros contra cadells).

La imagen de una Cataluña pactista y pacífica es un mito. El día del Corpusapuñalaron y mataron al virrey Dalmau de Queralt. El clérigo Pau Claris hizo que la Generalidad proclamara al rey francés conde de Barcelona. "Quitaron de la cabeza la corona a la Virgen de Montserrate para coronar a Luis XIII", escribe Quevedo.No quisieron unirse al ejército español y acabaron pagando al ejército francés para que viniera a defender Barcelona. Pasaron de una monarquía otra y en el cambio perdieron el Rosellón y la Alta Cerdaña (donde, además, se impuso el francés como lengua oficial y desapareció el catalán). "No querer dar lo justo y moderado que se les pidió, y perder más, no puede llamarse ahorro, locura sí. Hoy nada es suyo si no es la rebelión", escribió Quevedo.

Quevedo trata de entender esta conducta tan irracional ("locura"), y es aquí donde su reflexión nos interesa más. Primero desmonta la motivación religiosa que fue el arma más eficaz de la rebelión. Se acusó a los tercios de herejes y profanadores de templos. El libelo con el que se alentó la revuelta, escrito por el fraile Gaspar Sala, se titulaba Proclamación Católica (escrita en español, por cierto), en que se exalta la catolicidad catalana hasta el delirio. "El primer gentil que recibió la fe de Cristo" era catalán, Santiago Apóstol inició su predicación en Cataluña, el primer obispo fue catalán, "por los catalanes goza España el santo tribunal de la Inquisición, y fue su primer inquisidor el santo catalán Raimundo de Peñafort". También "los primeros que plantaron la fe de Cristo en las Indias Occidentales fueron doce sacerdotes catalanes"…

Frente a esto, el ejército español quemaba iglesias y pisoteaba el Santísimo Sacramento. De Ruidarenas, la iglesia que sufrió un incendio que Quevedo sospecha fue causado por los rebeldes, se extendió por toda Cataluña la imagen -que aparece en la portada de la Proclamación-de un cáliz con la Sagrada Forma entre llamas. Todos las iglesias y campanarios de Cataluña llamaron a la guerra contra "los agravios sacrílegos ejecutados por los soldados". Hoy exhiben lazos amarillos en las torres y fachadas de las iglesias y llaman a la independencia desde los púlpitos; sus dirigentes, que siguen yendo a misa a comulgar, son una réplica de aquel brazo eclesiástico que alentó la rebelión.

Se identificó entonces a Cataluña con esa catolicidad ultra del mismo modo que hoy se identifica con la democracia y la lucha por la libertad del pueblo oprimido.(Donde católicos contra sacrílegos, pongan demócratas contra fascistas). La Fe Católica era atacada y eso justificaba la guerra. Franco hizo lo mismo y le llamó cruzada. Artur Mas ha dicho que España y los españoles están dispuestos a "quemar Cataluña". La propaganda, basada en la mentira, cuanto más exagerada más eficaz. 

El segundo argumento que desmiente Quevedo es el de la fidelidad de los catalanes a la corona y a la legalidad, que esgrimen con orgullo. Decía la Proclamación, dirigida a Felipe IV: "No tiene V. M. vasallos de fidelidad más entera, de legalidad más pura que los catalanes". Quevedo se asombra de que los catalanes defiendan esto cuando acaban de traicionar al rey, reinventando los fueros para acomodarlos a sus intereses. Sigue aquí al Aristarco (el contra-libelo de la Proclamación): "Esto de inventar los catalanes y escribir a su albedrío lo que conviene a su honra, o a su vanidad, es cosa natural en ellos".Dando la vuelta a todo, pretenden demostrar que ha sido el soberano Felipe IV el que ha traicionado el pacto y conculcado los fueros. Quevedo deja claro que sólo se trata de una lucha en favor de los privilegios de una oligarquía local a la que llama "sátrapas de Cataluña".

Entendemos hoy muy bien esta amarga reflexión de Quevedo: "Mucho desanima amparar al que se ofende de que le amparen: peleábamos contra los franceses por Cataluña, y los catalanes obligaban a los franceses contra nosotros". Buscó en el libro de los fueros catalanes algo que justificara esta conducta y temió encontrar ese "«no queremos porque no queremos», a quien han introducido en fuero; y hojeado todo el libro, hallé no sólo sanos y no quebrados sus fueros, empero no hendidos, antes más guardados de su majestad que de su Archivo y Deputación y Concelleres. Yo les pregunto que cuál tienen que para valerse de los franceses no le hayan hecho pedazos y vuéltole desafuero, pues defenderlos para quebrarlos, guardarlos de todos y no de sí, para perderlos, no es menor locura que sería en cualquiera guardar su casa de todos para derribarla encima de sí mismo".

Lo que descubre Quevedo es cómo han retorcido los fueros (leyes), habilidad que hoy siguen practicando con total descaro: "Muchos fueros y privilegios leí tan diferentes de como los alegan, que los desconocí; y siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren. Esto es concederse privilegios; y yo certifico que no tienen privilegios ni fuero para poder concederse a sí mismos ni lo uno ni lo otro". Saltarse la Constitución, interpretar el Estatuto a su antojo, inventarse leyes... ¿Les suena a algo? ¡Estamos en el siglo XVII!

Acaba Quevedo explicando la metáfora del güevo (los intereses), diciendo que es huevo de gallo porque ha sido empollado por los franceses (losgalos), pero del que ha salido un basilisco, esa "sierpe habitada de veneno que mira con muertes". Tendrán así los catalanes "por rey al régulo" (el basilisco), "que, si mira lo que hace, deshace lo que mira". Entendemos ahora por qué dice que "son los catalanes aborto monstruoso de la política" y el condado de Barcelona "este laberinto de privilegios, este caos de fueros". Y otra jugosa comparación: "son los catalanes el ladrón de tres manos", porque juntan las dos manos para rezar, pero una de ella es un simulacro de madera o trapo, mientras con la mano libre hurtan lo que pueden. Sí, no me recuerden que ni ayer ni hoy podemos hablar de "los catalanes" como un todo homogéneo; vayamos al meollo del asunto y no desviemos la atención.

Es la irracionalidad de la "rebelión"(la llama así, no de otro modo) lo que Quevedo trata de encarar, algo que ni por el güevo ni por el fuero se puede justificar. El escrito nos deja un sabor amargo, porque Quevedo acaba expresando supesimismo ante el fracaso de la razón y la política misma.

Una última perla. Asegura Quevedo que Cataluña necesita, "para engañar, que se fíen de ella". ¡Diálogo, diálogo, diálogo!, repite el basilisco.

domingo, 7 de julio de 2019

DE ZAPATERO A SÁNCHEZ


De niño fui a una escuela donde nos daban un vaso de leche en polvo durante el recreo de la mañana. Era leche que enviaban los americanos. Yo la aborrecía porque, con el estómago vacío, me sentaba fatal. Al maestro, que usaba una regla como principal arma pedagógica, le llamábamos "Zapatones". Tenía unos zapatos llamativamente grandes. Supongo que ocultaban unos pies algo desmesurados con relación a su estatura, que no era demasiado alta. No tanto como aquel otro tipo encorvado y grandullón al que llamábamos "el Altísimo" (y que, por cierto, era el jefe de Falange, del que se decía había encabezado los "paseos" que habían acabado con todos los rojos del pueblo).

Al oír estos días a Zapatero pidiendo el indulto para los separatistas acusados de rebelión, me he acordado de ese sonoro apodo, no sólo por asociación fonética, sino porque zapatones puede traducirse como metepatas, torpe o zopenco. Cuando uno vitupera a alguien (aunque la mofa, como en este caso, sea más descriptiva que ofensiva), debe ampararse en la función pedagógica y política que cumple el insulto, de tan larga y fecundísima tradición entre nosotros.

Creo que es suficiente justificación el denunciar con ello la gravísima irresponsabilidad de quien fue presidente del Gobierno al proclamar, con esa engolada prosodia que ha convertido en caricatura de sí mismo, que espera que la sentencia contra los golpistas "no comprometa el diálogo". Provocación premeditada que asusta porque revela qué tipo de Zapatero remendón tuvimos al frente del Gobierno de España durante ocho años, y qué tipo de PSOE tenemos hoy que ampara y hace suyo este desgarrón contra la democracia y la independencia judicial.

"No comprometer el diálogo", "volver a la política", "encauzar el conflicto"... Palabrería insultante y falaz, como si la ley fuera lo opuesto, y no el sostén, de la política. Todo para pedir una sentencia exculpatoria y un indulto anticipado. Algo peor que lo que trapicheó con ETA, aquellas vergonzosas negociaciones claudicantes del 2006 que hicieron posible la legalización de EH Bildu, un partido que no tendría cabida en ninguna otra democracia, y menos en Europa, organización facciosa con la que ahora pacta Sánchez descaradamente.

Zapatero es el ejemplo más pavoroso de hasta qué punto la democracia puede abrir la puerta a los personajes más ineptos, mentalmente obtusos, peligrosamente fatuos, lo que no significa necesariamente tontos. No lo son, al menos para sí mismos y para los intereses a los que sirven. Ahí está la prueba de esa mediación (zapateresca y zarrapastrosa) en Venezuela, éxito fulgurante que ahora quiere trasladar a Cataluña. De nada sirven el Parlamento, los partidos, las instituciones del Estado, el poder judicial. Hay que abrir "otros espacios de diálogo" que soslayen la Constitución y nos hagan tragar la rueda de molino separatista como si fuera una oblea.

Zapatero hace tiempo que es una fuente de extravagancias que rozan el esperpento. Pasará a la historia aquel gesto cerril del que hizo solemne ostentación ante la bandera americana. Icono de otro momento cegador fue esa foto familiar junto a los Obama, sus hijas luciendo una estética tan cutre e inverosímil como el reciente corte de pelo de su consorte Sonsoles, flequillo y melena tronchada por encima de las orejas, algo tan espantosamente feo que podría "justificar" una demanda de divorcio.

Pero nada de esto sería posible sin el apoyo de algo mucho más peligroso, y que va más allá de la cretinez que exhiben hoy muchos otros Zapateros, empezando por el que hoy ostenta, en una interinidad que dura ya más de un año, la presidencia del Gobierno, ese doble corregido y aumentado que es Pedro Sánchez. Me refiero a esa masa de votantes abducidos por lo que todavía llaman progresismo, que no es más que carlismo postmoderno, comandado por esa carcundia retrógrada y racista que es el nacionalismo catalán, vasco, gallego y sus sucursales diseminadas por toda España.

Pero digamos más. Tampoco sería todo esto suficiente si no hubiera intereses más decisivos que están moviendo hilos y propiciando este desbarajuste. Son fuerzas y poderes internacionales (desde Rusia a Alemania, por no hablar de China y los países islámicos), a los que el escenario geoestratégico de España les viene muy bien para esa guerra global en la que hace tiempo estamos sumergidos (de la que lo ocurrido en los Balcanes parece prueba evidente). Pero de esto le debiéramos preguntar al leonés Pedro Baños, que sabe mucho más.