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sábado, 28 de diciembre de 2019

POR QUÉ SOY IBERISTA


Tiene el verbo ser en español (y en portugués) una fuerza semántica excesiva en comparación con otras lenguas. Al distinguir entre ser y estar, otorga a todo lo que es, una especie de esencia ontológica atemporal. El ser (sustantivo y verbo) es un desafío al tiempo y el espacio, un deseo categórico de eternidad y permanencia. La paradoja está en que, al mismo tiempo, sirve para decir que "somos" mortales y que nada en este mundo "es" permanente. Hechas estas reservas, pues sí, digo que soy iberista y, sobre todo, explico por qué lo soy.

Lo soy casi desde pequeño, porque estudié en Tuy y crucé muchas veces su puente metálico fronterizo para pasear por la amurallada Valença do Minho. Allí oí por primera vez a un niño referirse a la "Batalha de Aljubarrota" (la derrota castellana de 1385, que figura como hito fundacional de Portugal) y a mí aquello me sonó a lo de ¡Mala la hubisteis, franceses, / en esa de Roncesvalles! El niño lo contaba con una mezcla de orgullo y resentimiento.

Tan temprana educación patriótica me ha hecho pensar, y desde entonces entiendo mejor algo que, para ser iberista, uno debe aceptar: que ningún portugués deja de sentirse profunda y orgullosamente portugués. Es algo que, por desgracia, no podemos decir hoy de muchos españoles respecto a su nación. Los portugueses, es cierto, no han tenido ninguna leyenda negra que soportar y combatir, ni han sufrido movimientos internos disgregadores tan obstinados como los promovidos por los independentistas en Cataluña y el País Vasco.

Luego vino Unamuno, Pessoa, Eugénio de Andrade, Saramago... Es escandalosa la ignorancia que los españoles tenemos de la literatura portuguesa, cuando ya Cervantes nos habló en el Quijote de unas mozas de Sayago que recitaban a Camoens... ¡en portugués! (digo de paso que a estas pastoras, cantando y recitando a la vera del río, difícilmente las podemos imaginar por tierras manchegas, y sí por tierras de la Raya, de Zamora y de León, donde también se ubica la primera y más importante novela pastoril, Los siete libros de Diana, escrita por Jorge de Montemayor o de Metemor-o-Velho, hispanoportugués de origen judío).

No puedo dejar de recordar, en este breve recorrido sentimental, el impacto que en los jóvenes de mi generación dejó la Revolución de los Claveles. Estuve en Lisboa al poco de triunfar esa "revolución" que coincidió con los estertores del franquismo. Todavía resuena en mis oídos el Grândola, Vila Morena de Zeca Alfonso, uno de los cantos más bellos y emotivos que conozco. Pero vayamos a otros motivos "sentimentales".

Soy iberista porque siempre que veo el mapa de la Península Ibérica me cuesta trazar la frontera entre España y Portugal; es algo que siento "contra natura". La vista se me va espontáneamente a la totalidad, que luego debo corregir "por imperativo histórico y legal". Lo que más absurdo me resulta es el mapa meteorológico... ¡Como si el viento, el sol o las nubes entendieran de fronteras!

Soy iberista también porque siempre me he imaginado qué hubiera sido de nosotros, portugueses y españoles, si en lugar de separarnos definitivamente en 1640 hubiéramos unido fuerzas y construido el imperio luso-español. (No olvidemos que esta separación se precipitó como consecuencia de la rebelión simultánea de Cataluña, propiciada por las mismas potencias europeas que siempre han estado interesadas en impedir la unión política de Iberia).

Evocando este pasado siento una extraña nostalgia retrospectiva de algo que nunca existió, pero que pudo existir, y aclaro, de paso, que nada tiene esto que ver con ningún sueño "imperialista". En mi libro De la naturaleza del olvido escribí hace mucho un poema breve que decía: ¿Quién me arrancó de donde nunca estuve / y a donde no puedo regresar? Puede aplicarse esta nostalgia de lo imposible a todo lo que uno ha deseado, desde cualquier amor pasado, al paraíso de la infancia perdida, pero también a esa Iberia mítica y soñada, nacida de un impulso que, al menos en mí, y creo que en otros muchos compatriotas, estimula los mejores sentimientos humanos.

Pero soy iberista no sólo porque así me lo pide el corazón, sino la razón. Cualquier ciudadano portugués o español puede comprender hoy fácilmente, teniendo en cuenta criterios económicos, geográficos, políticos y culturales, que nada sería más beneficioso para todos que una unión "federal" de las dos naciones, adopte esta relación la forma de confluencia, integración, cooperación o coordinación, que de todo podría haber. Dos naciones soberanas que unen sus fuerzas y recursos para potenciar su economía, su turismo, su cultura, su agricultura, sus lenguas, sus vías de comunicación (trenes, autopistas, rutas marítimas y aéreas), la protección de la naturaleza y el patrimonio histórico, organizar su defensa, promover la igualdad, etc.

Un plan así nos protegería, no sólo ante un mundo global sometido a imprevisibles tensiones geoestratégicas y políticas, sino ante una Europa que está empezando a dar peligrosos síntomas de desconcierto y desvarío.

martes, 24 de diciembre de 2019

SEFARAD NOS UNE


Para los judíos, España y Portugal nunca han estado separadas. Todo es Sefarad. La separación en dos naciones nunca ha servido para distinguir a los judíos de un lado y otro de la frontera. No hay diferencias entre judíos portugueses y españoles. Todos son sefardíes. Todos son judíos ibéricos o hispanojudíos. Así ha sido a lo largo de la historia, antes y después de su expulsión en 1492 de España y de Portugal en 1497.

La unificación política hispana fue temprana (1469) y se culminó territorialmente en 1492, a partir del cual el imperio español se extendió por todo el mundo. Sin embargo, Portugal se independizó y siguió su propio camino, algo históricamente comprensible, pero política, territorial y económicamente negativo si pensamos en qué podría haber sido el imperio luso-español. Hoy podríamos aprovechar nuestra cercanía y nuestra historia común para recuperar un proyecto de unión que en cierto modo ha estado siempre presente, y cuyas ventajas pocos podrían racionalmente negar. Evocar a Sefarad, mito y realidad, puede servirnos para impulsar ese proyecto.

Los judíos eran súbditos protegidos por el rey, propiedad del rey, estaban a su servicio. Como recaudadores de impuestos sufrían los ataques que no podían dirigirse directamente contra el rey. Además de recaudadores, también ejercían de prestamistas. No sólo prestaban a cualquiera que necesitara dinero, sino también a la corona. Acabaron constituyendo un grupo que, por su posición y poder, logró adquirir títulos de nobleza. No todos los judíos fueron nobles aristócratas y banqueros acaudalados, sólo una minoría. La mayoría vivía de la artesanía y de las profesiones que les estaban permitidas: médicos, veterinarios, escribanos, comerciantes, sastres, etc. En algunas zonas (León) llegaron a ocuparse de la defensa de la ciudad y también fueron propietarios de tierras y viñedos.

Hay una fecha fundamental en la historia de los judíos de Sefarad: 1391. Este año sufrieron la mayor persecución de su historia desde que, varios siglos antes de nuestra era, se instalaran en Hispania. Ese año fueron asesinados por las turbas miles de judíos, una cruel matanza provocada por la predicación de Vicente Ferrer y sobre todo del arcediano de Écija, Ferrán Martínez, que dirigió el saqueo de la judería de Sevilla y de ahí se extendió a casi todas las aljamas de España. Un tercio de los judíos se convirtió, produciendo la primera gran oleada de conversos. Un siglo después, en 1481, se creó la Inquisición para perseguir a estos conversos que, habiéndose bautizado forzosamente, muchos seguían practicando la Ley de Moisés en secreto. Diez años después de la creación de la Inquisición, y quizás como prueba de la imposibilidad de erradicar las estrechas relaciones entre judíos conversos y no conversos, se aprobó el decreto de expulsión, que obligó a miles de judíos y conversos a refugiarse en Portugal y a dispersarse por todo el Mediterráneo.

No podemos entender la cultura española y portuguesa sin la aportación de los judíos en todos los órdenes, pero especialmente en lo referente a la administración del Estado, a las profesiones llamadas liberales, y al arte y la literatura, tanto durante la Edad Media como en los siglos de Oro, XVI y XVII. Podríamos decir que los judíos han dado continuidad a la Hispania romana a través de los siglos, con la llegada de los visigodos, los árabes y el surgimiento de los reinos cristianos medievales. Artes y ciencias como la exégesis bíblica, la mística, la filosofía, la medicina, las leyes, la astronomía, la navegación, la economía o la literatura, fueron desarrolladas gracias a la aportación judía. España estuvo a la cabeza de Europa durante esos siglos.

Otra aportación fundamental fue el desarrollo de la individualidad. Podemos hablar de la aparición de la subjetividad, del mundo interior, en gran parte debido a la necesidad que los judíos tuvieron de encerrarse en su mundo interior frente a la persecución exterior. La surgimiento de la mística se fundamentó en la existencia de la cábala, que ya desarrolló la importancia de la interioridad y la experiencia subjetiva. Nada de extraño que muchos conversos acabaran refugiándose y ocupando los puestos más importantes dentro de Iglesia y las órdenes religiosas.

Hoy, gracias a leyes impulsoras de la nacionalización o "repatriación" de los sefardíes, tanto en Portugal como en España, han podido nacionalizarse unos miles de judíos, estrechando sus lazos con la Península y favoreciendo la recuperación de ese pasado común. Si queremos dar fundamento a la unión federal entre España y Portugal, el conocimiento de la historia de los judíos de Sefarad servirá para estrechar nuestros vínculos culturales y emocionales, no sólo porque hoy muchos, tanto españoles como portugueses, nos reconocemos en esa herencia y nos sentimos descendientes de aquellos conversos y criptoconversos de los siglos XIV, XV y XVI, sino porque la propia utopía que encierra el mito de Sefarad, como reino de paz y armonía, es un estímulo para superar barreras artificiales, diferencias forzadas y prejuicios hoy carentes de sentido. Sí, Sefarad nos une.

jueves, 19 de diciembre de 2019

DE POLÍTICA Y LITERATURA



La semana pasada he asistido a dos actos de los que he sido protagonista. No es que yo tenga demasiada vida social, pero esta coincidencia me invita a reflexionar sobre la utilidad de cierta actividad intelectual que, como es mi caso, oscila entre el compromiso político y la pasión literaria. Uno de ellos fue la conferencia que di en el Casino de Madrid con el título "Cataluña y España", y el otro, la presentación de mi libro "Confesiones de don Quijote" en la Casa de León en Madrid. Del Casino a la Casa, de la política a la literatura.

Toda la política española pasa hoy por esas dos palabras, Cataluña y España, sobre cuyo significado y relación versó mi conferencia del Casino (no le llamo charla, al menos por respeto a la belleza arquitectónica de uno de los edificios más singulares de Madrid). Me invitó a participar el leonés Isidro González, el mayor experto en la historia de los judíos en España. Entre los asistentes se encontraban Amando de Miguel, Pepe Carralero y José María Vizcay, tres de los firmantes del "Manifiesto de los 2.300", la primera denuncia contra el proyecto catalanista que, casi cuarenta años después, ha desembocado en la rebelión separatista.

Frente a la perversa proclamación de Cataluña como nación, hecha por Iceta y sus mariachis, hemos de repetir incansablemente que Cataluña no es una nación, ni lo es, ni lo ha sido, ni lo será, salvo que España desparezca y los españoles lo consintamos. Si así ocurriera, significaría que aceptábamos la usurpación de algo que es propiedad de todos, por una minoría privilegiada y corrupta, que aspira a destruir el Estado democrático que hoy defiende el bien común y la igualdad de todos los españoles. Repitamos, hasta que le supuren los oídos a los independentistas, que Cataluña no es de los catalanes, como no lo es Extremadura de los extremeños, ni Galicia de los gallegos. Que todo es de todos por igual, sin que nadie tenga derecho alguno a trocearlo, apropiárselo y destruir lo que ha sido construido por todos durante siglos.

Parece mentira que todavía hoy siga el PSOE con la cantinela del federalismo, eufemismo que no sería más que el paso previo al independentismo. Lo ha dicho Tardà de modo inequívoco: "Vamos a hacer con la izquierda española una parte del viaje hasta la estación federal. Cuando lleguemos al estado federal español la izquierda española bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final, que es la república de Cataluña". Y añade, por si alguno no lo ha entendido bien: "Si reconocen Cataluña como nación tienen que reconocer el derecho a decidir, y tienen que autorizar el referéndum". Y ese referéndum, "aunque (lo) perdiéramos, ganaríamos. Si haces un referéndum, ¿por qué no dos o tres?"

El texto teatral "Confesiones de don Quijote" fue presentado por Paúl Sarmiento, Juan Margallo y José María Merino. Agradezco el entusiasmo de Sarmiento, el humor cervantino de Margallo y la sabiduría académica de Merino que, lejos de reservas o prevenciones, destacó las huellas judías y leonesas que yo he descubierto en el Quijote y las hizo suyas. Uno, acostumbrado a caminar entre abruptas peñas literarias, cruzar arroyos y buscar sendas escondidas, se sorprende a veces al encontrar en su camino a otros, si no tan solitarios, sí igualmente empeñados en seguir su propia ruta. Compartir la misma pasión cervantina es, sin duda, uno de los fundamentos más sólidos de la amistad.

Volviendo al principio, me pregunto qué sentido tienen estos actos y ceremonias, en que un grupo se reúne para hablar de lo que le preocupa (la grave situación de nuestro país) o le apasiona (la literatura, el teatro). Mi respuesta es que no lo sé. No sé hasta qué punto uno puede influir en los demás, en sus ideas, pasiones y sentimientos.

Lo que sí sé es que la propia vida me empuja a compartir por igual inquietudes políticas y literarias. Y que es difícil separar lo uno de lo otro, sobre todo cuando tiene uno la misma sensación de amenaza, de destrucción de aquello que considera fundamental para su vida y la de los otros: por un lado, la paz y la convivencia, la unidad nacional, la igualdad, la lucha contra los explotadores y usurpadores del bien común; por otro, la creación del arte y la literatura, el disfrutar con los buenos libros, el gozar con el inagotable estímulo cervantino. Pues habrá que seguir.







jueves, 12 de diciembre de 2019

BOOKTRAILER del libro CONFESIONES DE DON QUIJOTE




https://www.youtube.com/watch?v=NwCxr198IKQ

ANESTESIA NACIONAL


Anestesiar, adormecer, sedar. Poco a poco ir perdiendo la conciencia de lo que nos rodea para ir entrando en un mundo de seráfica ingravidez. Van a hacerte una operación de amputación en 3D y lo mejor es que no te enteres, que no sientas ni padezcas. Todo está controlado y en manos de expertos cirujanos. Ha llegado la hora. Hay que intervenir para curar. No podemos seguir así, sin asumir la realidad, sin encarar el problema.

"La realidad española es la que es", ha escrito, exhausto el cráneo, un equidistante columnista de El País ("Acatar... la realidad española", titula su artículo). Es un compendio del plan nacional diseñado para inducirnos al "acatamiento", a la sumisión y la resignación a la que estamos fatalmente llamados: acatar, cumplir inexorablemente la ley, el mandato de la realidad, suprema e incontestable norma. Hasta lo argumenta echando mano de un supuesto ADN histórico.

Dice que todo sería más sencillo si "el país" tuviera algo de lo que goza Europa: "la institucionalidad británica", "la consistencia alemana", "la habilidad italiana" o "la cohesión territorial francesa". Se refiere al "conflicto territorial", del que asegura "es parte de la identidad española", lo mismo que es "consustancial la pulsión de cuestionar las instituciones", o "la tradición de polarización trincherista". Si tuviéramos algo de lo que Europa tiene...

Pero aquí tenemos un Parlamento con 17 partidos y "con eso toca legislar y hacer Gobierno", nos aclara apelando a Perogrullo. De acuerdo con "la aritmética votada por los ciudadanos" (parece que los ciudadanos votamos con calculadora en mano), sólo existen dos opciones: A (coalición PSOE con PP y Cs) o B (PSOE-Podemos con ERC). Dado que la A es imposible, "sólo queda el otro pacto. Por más que se ponga el grito en el cielo, sobre todo en el cielo mesetario, no hay más".

Reparen en lo del "cielo mesetario", que se suma a los tópicos esencialistas ligados a la "identidad española". Tanto rodeo para acabar al final repitiendo (dos veces, para que quede claro): "Hay que acatar la Constitución, pero también hay que acatar la realidad del país". Y: "Hay que sumar con lo que hay, acatando la Constitución pero acatando también la realidad".

La clave está en ese "pero" adversativo, que funciona en realidad como una disyunción de incompatibilidad: o Constitución o realidad. La realidad es lo que se impone, lo sensato, lo que no tendremos más remedio que aceptar si queremos, no sólo salir del actual bloqueo, sino solucionar nuestro atávico "conflicto territorial". Lo demás es "entretenerse en fantasías".

Hacia ahí vamos. Oiremos este mensaje de ahora en adelante hasta la hartura, por no decir el vómito. Que con la Constitución, con el acatamiento a la Constitución no vamos a ningún lado. Que hay algo que está por encima de la Constitución: la realidad, aunque esa realidad sea la rebelión independentista, a la que, con lítotes provocativa, se llama "conflicto político", que es como si al atraco a mano armada de un banco le llamáramos "conflicto financiero".

Sólo les preocupa una cosa: cómo hacer tragar este sapo jurásico a los españoles, cómo ir aplicando el somnífero en vena día a día sin que se note. Tienen medios poderosos para hacerlo, gota a gota, artículo a artículo, pantalla a pantalla, tertuliano a tertuliano, consejo de ministros a consejo de ministros, juez a juez, empresario a empresario, abrazo a abrazo. Álvarez Junco ya lo expresó hace tiempo con apabullante tesis: “Desde un punto de vista lógico, de pura filosofía política, dos nacionalismos son incompatibles. No puede haber dos soberanos en un mismo territorio. Desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio”.

¡Es la realidad, hermano! La realidad del círculo-cuadrado, del huevo-castaña, del pan-como-unas- hostias. ¿Dos naciones en un mismo territorio? No, ocho. De momento ocho, que las ha recontado una a una Iceta colocándolas como garbancitos sobre su barriguita. Porque nacionalidad y nación son mismo, lo dice la realidad oculta de la Constitución, que es realidad verdadera.

Que a lo mejor no queda otro remedio: ésta es la consigna. Porque nuestra Constitución es muy abierta, y si no cabe en la Constitución, peor para la Constitución. Ya lo dijo Ábalos, esa inteligencia superdotada agazapada entre dos ojillos: "Tenemos que buscar un cauce de expresión para que no sea necesario que nadie tenga que recurrir a vulnerar el ordenamiento jurídico". El separatismo avanza imparable: la violencia es pacífica, los tsunamis son democráticos, la independencia cabe en la Constitución.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

VA DE LIBROS


(FOTO: Fernando Redondo)

La palabra libro proviene de "líber", nombre con el que se designa en latín a la membrana vegetal que separa la corteza del tronco de un árbol. Contiene la idea de crecer y liberar, que está también en el origen de la palabra libertad. Ser libre es tener la capacidad de crecer. Y crecer se hace siempre desde dentro, rompiendo lo que nos constriñe o encierra, como es la corteza del árbol.

El término "scríbere" dio origen de la palabra escritura. Significa hacer incisiones, grabar, tal y como hacían nuestros antepasados sobre la piedra, la madera o la arcilla para dar permanencia a la palabra. Pero también está emparentada la escritura con el término griego "kriptós", que se refiere a lo oculto, lo encriptado, lo que debe descifrarse.

"Elígere" en latín significa recolectar, seleccionar, elegir. Leer es elegir, tener la capacidad de seleccionar entre distintos significados o interpretaciones. El lector es un elector. La inteligencia es saber elegir entre varias posibilidades.

Al extenderse la imprenta, el libro pasó de ser declamado o recitado en voz alta, a poder ser leído en silencio, lo que exigió desarrollar la capacidad de concentración e introspección. Uno de los logros mayores del libro ha sido aumentar nuestra capacidad de atención, introversión y reflexión.

El libro sigue siendo hoy el mejor instrumento inventado por el hombre para desarrollar la capacidad de concentración, de reflexión, de autoconocimiento y conocimiento del mundo. Para desarrollar la capacidad de pensar, la capacidad de crecer desde dentro de uno mismo, la capacidad de elegir, la capacidad de descifrar lo oculto.

El los últimos meses he ido a muchas presentaciones de libros. Recibo invitaciones casi cada día. No tendría presupuesto para poder comprar todos los libros a cuyas presentaciones soy invitado. Por eso renuncio a veces a ir a estos actos, sobre todo cuando son de amigos. Es casi obligado que, al ir a saludarlo al final del acto, lleve uno el libro para que se lo firme.

Caigo en la cuenta de que casi todos mis amigos escriben libros, como yo. Y la verdad, no es fácil mantener la amistad con alguien que escribe libros como tú. Es una relación complicada, porque a uno no le gustan siempre los libros de sus amigos. Pero la amistad obliga a la cortesía.

Se escriben hoy muchos libros, pero sobre todo muchos libros inútiles, prescindibles. Quizás siempre fue así, pero hoy se nota mucho más, porque se publica más. Paradójicamente, cada día es más difícil publicar. El mercado del libro es tan caótico, está tan degradado el valor del libro, que la antigua relación entre libro y calidad (literaria) es hoy el último criterio que los editores tienen en cuenta a la hora de publicar algo.

La crítica de libros ha desaparecido prácticamente. Ya casi nadie lee los suplementos literarios de los periódicos o las revistas especializadas. Sólo las leen los propios escritores, no los lectores de libros. La media de las ediciones hoy es de 500 ejemplares, cuando hasta hace poco eran como mínimo de 2.000. Hay miles de editoriales, pero si quieres publicar un libro, pon el dinero por delante. Y muéstrate agradecido, porque te dirán que te hacen un favor.

Cierto es que hoy, repito, gran parte de los libros publicados son deplorables, no sirven para nada de lo que he dicho más arriba. Antes yo jamás dejaba un libro sin leer enteramente. Hoy ya no lo dudo: leo diez páginas, hago un par de catas y decido seguir adelante o lamentar el espacio que va a ocupar el libro en mi trastero, ya abarrotado. Porque eso sí, todavía tengo cierto respeto, casi supersticioso, a los libros.

Concluyo dando un rodeo por el bosque, recién nevado, en el que voy dejando unas huellas que pronto borrará el viento y la lluvia para siempre. Me pregunto, mientras camino por una senda escondida, quién soy y qué sería yo en esta vida sin libros. Qué sería de mí. Trato de responderme.

Soy un cuerpo, una mente y una conciencia. Soy esa totalidad. Mi cuerpo percibe y actúa. Mi mente interpreta y decide. Mi conciencia se da cuenta y crea. Todo está relacionado. El mayor logro es armonizar nuestro ser, que es único, teniendo en cuenta todo lo que somos. Alcanzar el bienestar físico, la claridad del pensamiento y la plenitud de la conciencia. Para todo ello me sirven los libros. Bueno, más que rodeo, este final es una pirueta. Sea.

domingo, 1 de diciembre de 2019

LA VERDAD BASURA


(Foto: Fernando Redondo)

Siempre hemos pensado que la verdad nos hace libres, que la verdad es revolucionaria, que la verdad es poder, que la verdad es el fundamento de la democracia...

Siempre hemos creído que la información ha de estar al servicio de la verdad, porque cuanto más informado esté un pueblo, más difícil es engañarlo y manipularlo...

Siempre hemos luchado contra la censura, la desinformación y la mentira, porque todas las dictaduras se han basado en el engaño y la ignorancia, el control y la manipulación de la información...

Pero algo está cambiando radicalmente. La verdad empieza a ser inofensiva. La verdad empieza a perder valor e influencia. La verdad se está degradando hasta alcanzar la categoría de verdad basura.

La verdad ha dejado de tener importancia porque su conocimiento no produce ninguna reacción, ningún cambio social. La verdad, incluso, se ha convertido en un mecanismo de la paralización.

Es algo bastante nuevo. Los poderosos empiezan a perder el miedo a la verdad. La dominación y la tiranía ya no necesitan de la ocultación ni de la mentira. Todo puede salir a la luz y no pasa nada.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Mediante un mecanismo enormemente eficaz: la saturación. El exceso de información, el bombardeo constante de estímulos lingüísticos y visuales, produce un aturdimiento mental y sensorial, parálisis e indefensión.

Nuestro cerebro está invadido por millones de estímulos que debe procesar y valorar constantemente. El cerebro no puede juzgar, analizar y deducir las implicaciones de toda esa información. No tenemos tiempo para esa tarea; nuestra atención es limitada y, además, eso exige esfuerzo.

Como no tenemos tiempo para pensar, nos dejamos llevar por la estimulación. La estimulación crea adicción. Lo que necesitamos es recibir estímulos, que no se rompa la cadena de excitación cerebral y sensorial. Y como toda adicción, cada vez exige una estimulación mayor. Las imágenes han de ser cada vez más crudas, los insultos más burdos o soeces, las verdades más escandalosas, los atropellos más descarados, la negación de los hechos, más atrevida. Cada información anula así a la anterior. Es lo que se busca.


La duda nos incomoda, la rechazamos. Para evitar pensar buscamos un atajo: el identificarnos con el pensamiento de otros. Aquí es donde interviene el grupo, la ideología. Preferimos que nos lo den todo resumido y sin titubeos. Exigimos en todo respuestas rápidas y fáciles. Necesitamos agarrarnos a la información más simple, aquella que nos lo da ya todo resuelto y valorado, la que nos proporciona la identificación con el grupo. Cuanta más confusión, cuanto más compleja se vuelve la realidad, mayor adhesión a la ideología del grupo.

Los titulares son la información procesada y valorada. Pensamos con titulares. Cada vez nos cuesta más leer información razonada, que nos obligue a pensar. La lectura se ha vuelto superficial, corta, efímera. Somos autómatas, espejos que no hacen otra cosa que reflejar lo que nos ponen delante. Repetidores.

Una vez controlada la mente por saturación y simplificación, es ya muy fácil manipular lo más importante, las emociones. Las emociones se vuelven superficiales y efímeras. Pero sin emociones profundas no hay acción consciente, sólo reacciones pasajeras. Y cuanto más inseguras, más fanáticas.

Ante la verdad basura hemos de recuperar la capacidad de discriminar, de valorar, de elegir. Para ello hay que paralizar la sobreexcitación. No necesitamos tanta información, casi siempre redundante e inútil. Son más importantes nuestras ideas y actitudes. No hay que estar al día, no necesitamos tanta información para saber qué pasa, quién nos domina y cómo.

Hay que pararse. Hay que romper el mecanismo perverso de la sobrestimulación. Hay que desengancharse de la excitación superficial. Hay que confiar más en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, en nuestros sentimientos. No dejarnos arrastrar por la presión del grupo.

Porque la verdad sigue siendo importante. Al degradarla, al neutralizarla mediante la redundancia y la saturación, lo que se busca es desvirtuarla, hacerla equivalente a la mentira. Que no distingamos entre hechos y conjeturas, suposiciones y actos, la injusticia y la justicia, el crimen y la ley. Con la degradación y disolución del concepto de verdad lo que se busca es diluir la responsabilidad y que los poderosos puedan actuar con total impunidad.

Digo poderosos, pero tienen nombres reconocibles: hoy, por ejemplo, esa coalición social-podemo-separatista. Esa alianza entre nuevos ricos y la más abyecta burguesía, cuyo único mérito es chapotear sin escrúpulos en el lodazal de la verdad basura.