MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

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martes, 25 de junio de 2019

BARCELONA: LO QUE VA DE AYER A HOY


Acaba de "republicar" Federico Jiménez Losantos Barcelona, la ciudad que fue. Me invitó a que participara en la presentación del libro en el Hotel Wellington. Ante un numerosísimo público, como ya es habitual en las convocatorias de Federico, intervine como pude, pues un percance cardíaco me impidió valorar como hubiera deseado estas memorias políticas y sentimentales. Aprovecho ahora para hacerlo con mayor serenidad.

Debo aclarar en primer lugar, para tirios y troyanos, mi relación con Federico Jiménez Losantos, algo que tiene cierto interés, más allá de nuestros vínculos personales. Federico es de sobra conocido por todo cuanto piensa y dice, pues si algo le caracteriza es que ha hecho de la sinceridad y la libertad política (de pensamiento, palabra y obra) su mejor carta de presentación. Expresa sus ideas de modo vehemente, combina el sarcasmo y la ironía mordaz con una argumentación rigurosa y una información apabullante. Hasta sus enemigos reconocen su dominio de palabra y su agilidad mental. Son éstas, cualidades y modos de agitación y comunicación política tan infrecuentes que provocan el rechazo inmediato de los medios bien-pensantes, acomodados y acomodaticios, servidores de sus amos, a derecha e izquierda.

A la derecha acomplejada no le perdona su claudicación ante los nacionalismos, y a la izquierda oficial esto mismo y todo lo demás. Sabemos lo impreciso y confuso que puede ser esta categorización dicotómica de derecha/izquierda, pero sigue siendo práctica y orientativa, además de imprescindible para los electores. Federico siempre ha respetado mi posición política de izquierdas, y yo su adscripción liberal, término igualmente ambiguo, pero útil. Los dos distinguimos bien entre ideas e ideología, y nos une el combatir por igual la ideología progre y la reaccionaria. En este sentido, nuestras discrepancias políticas carecen de relevancia frente a la visión básica que compartimos de la democracia, la libertad y el sentido de la justicia, principios que nos obligaron a enfrentarnos, en la Barcelona que se fue, primero al catalanismo, luego a todo lo que vino detrás y consecuente: nacionalismo, separatismo, golpismo y lo de ahora, ese nazismo-leninismo que se alimenta día a día del odio a España y a todo lo que suene a español.

Quiero destacar algo que, aunque poco frecuente, no deja de ser lo más natural: el hecho de que sólo el fanatismo, el sectarismo partidista o la ceguera ideológica podrían destruir una amistad que se ha forjado en la lucha contra el totalitarismo nacionalista que nos expulsó de aquella Barcelona excitante en la que vivimos los años más intensos de nuestra vida, por ser los de nuestra primera juventud. Una amistad que los dos sabemos está ahí, y que no necesita exhibiciones ni ritos de paso (del paso de los años) para mantenerse. Este libro, que revive algunos hechos y experiencias compartidas, pero sobre todo describe el ambiente intelectual, sentimental y político en que nos sumergimos con pasión y riesgo, ha servido para valorar lo que entonces hicimos, pero también para entender lo que luego continuamos haciendo, y así hasta hoy. Es esta coherencia vital la que quiero destacar, y que muestra, no sólo la distancia entre lo que va de ayer a hoy, sino su continuidad.

Porque todo lo que hoy vemos y padecemos, y que algunos todavía niegan con necia cobardía o mostrenca soberbia, ya lo vimos y vivimos aquel grupo de profesores e intelectuales que primero denunciamos la censura de Lo que queda de España y luego suscribimos el Manifiesto de los 2.300, dos hechos enlazados y que han adquirido un valor simbólico y casi fundacional de la resistencia y lucha contra el nacionalismo separatista que a finales de los setenta reaccionó de forma violenta y difamatoria contra todos nosotros, y que Federico sufrió de modo directo y brutal.

Yo me preguntaba en la presentación frustrada del Hotel Wellington por qué nos costó tanto contar la verdad de lo que estaba ocurriendo en Cataluña, y sobre todo por qué casi nadie quiso hacernos caso. De nada sirvió que los promotores de aquella precoz y premonitoria llamada de alarma fuéramos abiertamente de izquierdas y conocidos antifranquistas. La acusación, que resultó eficacísima, fue desde entonces hasta hoy la misma: llamarnos fascistas (lerruxistas, franquistas, anticatalanes). Degradados, despreciados y denigrados con el uso indiscriminado de este insulto, la tarea inicial de desmontar esta burda acusación hacía imposible centrar la atención sobre lo que para nosotros era lo principal: destapar la impostura, el disimulo con que los catalanistas ocultaban la naturaleza perversa y antidemocrática del proyecto nacionalista, entonces ya perfectamente diseñado. Llamar a alguien facha y franquista (o de ultra derecha ahora) es un modo de descalificación global y absoluta que no necesita argumentación ni demostración alguna, funciona por sí mismo y de modo automático.

Claro está que no basta esta explicación para entender el desprecio con que, no ya en Cataluña, donde el poder nacionalista ya lo dominaba todo, sino en el resto de España, fuimos recibidos después de un primer momento de sorpresa. Debo aclarar aquí que, tanto la UCD de Calvo Sotelo y Martín Villa, como el PSOE de Guerra y Felipe, fueron entonces directamente informados de lo que estaba ocurriendo, cómo habíamos sido linchados personal y públicamente los promotores de la denuncia, qué es lo que empezaba a pasar en la educación, en la cultura, en la vida pública. Ni ellos ni los que siguieron se lo tomaron en serio. El pujolismo no desaprovechó la ocasión. Como bien dice Federico, el presente ya estaba en aquel pasado, pasado en el que nosotros vimos (y temimos) la miseria del presente.

Pero este libro no tiene sólo una lectura política e histórica, sino biográfica. Lo biográfico es la trama que sustenta todo lo demás, que Federico aborda aquí con voluntad literaria. Hecha mano para ello de cierto lirismo que revela ese lado de su personalidad que, quizás por las urgencias combativas y las provocaciones de la lucha política diaria, Federico ha tenido que dejar de lado, y que apenas encauzó a través de una poesía prematuramente abandonada. No resulta fácil, pero en este libro lo ha logrado, aunar esa pulsión (y pasión) literaria, con la descripción cruda de hechos que no admiten demasiados adornos sentimentales. Pero la vida es ese todo inseparable donde las emociones y vivencias íntimas pugnan por ser reconocidas, empezando por nosotros mismos. No es fácil encontrar el equilibrio entre la sinceridad que convence al lector de la verdad de lo que decimos, basándonos en la verdad de lo que sentimos, y la relevancia de lo que contamos, más allá de las peripecias personales.

Federico cuenta en esta Barcelona que fue y se fue con nosotros, muchas cosas que a mí me suscitan emociones y recuerdos olvidados, que quizás debiera algún día también relatar, porque es cierto que lo que entonces vivimos no es muy distinto de lo que ahora padecemos, y la España que en la Barcelona de aquellos años no puedo ser, es la misma que hoy quiere recuperar su conciencia de ser y su derecho a existir. Si entonces aprendimos a escribir (y sólo se aprende a escribir publicando), yo quiero agradecer a Federico aquel empeño en publicar, para lo cual él y Cardín impulsaron la Revista de Literatura,Diwany La Bañera, en las que yo colaboré, además de escribir, como ellos, en El viejo topoy Ajoblanco. Lo intelectual, lo sentimental y lo político formó parte de la misma pasión por la vida que, desbordada, chocó contra la intolerancia, la imposición y el racismo nacionalista. Elegimos la libertad frente a la claudicación servil de muchos. No nos arrepentimos.

jueves, 4 de febrero de 2016

LA MUERTE (CIVIL) DE CERVANTES

(Foto: Ángela T. Gañisteo)

Muerte civil: condenar a alguien al ostracismo, al desprecio y el olvido cuando aún está en vida. Pero hay también una muerte civil póstuma. Se puede seguir matando a alguien después de muerto. Rematarlo. A Cervantes lo condenaron a la muerte civil literaria en vida, Lope y los lopistas a la cabeza. Por envidia, por judeoconverso, porque no se arrimó a ninguna camarilla ni mendigó el elogio interesado de nadie. Pero peor ha sido su muerte póstuma. Tuvieron que ser los ingleses, y luego los alemanes, quienes lo resucitaran. Gracias a ellos se ha convertido en el escritor más importante de la historia. Se le añade Shakespeare, con la diferencia de que El Quijote lo sigue leyendo todo el mundo, lo que no ocurre con Shakespeare. Oficialmente aquí, sin embargo, Cervantes sigue siendo un proscrito, él y su obra, por más premios, alharacas y aspavientos con que se pronuncie su nombre.
La prueba más vergonzante es el interés que ha suscitado el IV centenario de su muerte. Todavía ni sabemos qué es lo que el Ministerio de Cultura ha programado. El español más universal, el más conocido, no despierta atención alguna por parte de un Gobierno que ha despreciado tanto a la cultura que sólo por este mérito debería desaparecer de escena. Pero quizás sea más irritante ver cómo se justifica este desdén, esta incuria, esta injuria, este menosprecio.
José Pascual Marco es Director General de Política e Industrias Culturales y del Libro. ¡De Industrias Culturales! Pues ha dicho que hay 131 actos programados pero que no los podemos conocer por “no estar aún abierta al público ni preparada la página web específica”. Más alucinógenas han sido las explicaciones del secretario de Estado de Cultura, J. M. Lassalle. Dice que no se ha querido “politizar la figura de Cervantes”. ¿Politizar? ¿A qué  se refiere? Traduzco: Que no se ha querido “provocar” a los nacionalistas, en especial a los catalanes. Esta reserva eufemística encierra una cobardía deleznable: Cervantes es España. Celebrarlo, exaltarlo, homenajearlo, es reconocer a España, al idioma español y, por lo mismo, a la realidad nacional española. ¡Eso es politizar a Cervantes! Así que mejor no hacer nada y disimular.
Prosigue: Que se ha huido de “una fasta conmemoración” y se ha sustituido el “modelo tradicional” por “un modelo más participativo, comunitario y deliberativo”, “más abierto y flexible”, “transversal, descentralizado y democrático”, “innovador, libre y sin jerarquías”. Frente a los británicos con Shakespeare, “hemos optado por algo más moderno”, “una nueva fórmula y filosofía de las conmemoraciones”. Ya ven, Lassalle se ha pasado a Podemos. ¡Cómo se contagia la nueva jerga! Añádanlo a lista de los necios... ¡Fasta conmemoración!...

 Cameron anunció a primeros de año que el centenario de Shakespeare se celebrará en 141 países. El Britsh Council organizará en España medio centenar de actos. En Oxford estudiarán la influencia de Cervantes en Shakespeare. Aquí van a dedicar (¡ya veremos a qué!) 3,5 millones. Colau se gastará la mitad de esa cantidad en realizar encuestas, y el juez le ha puesto 3 millones a Rus de fianza. ¡Comparen! Con que se dedicara el 1% de la última trama corrupta de Valencia nos conformaríamos.

sábado, 7 de noviembre de 2015

RELIQUIAS Y RELICARIOS

(Foto: A. Trancón)
Estuve el pasado 29 de octubre presentando en la Casa de León en Madrid el libro de Carlos J. Taranilla, “Breve historia de las reliquias leonesas y sus relicarios”. Conocí a Carlos en la Feria del Libro de León, firmándole mi libro “Huellas judías y leonesas en el Quijote”. Me dijo que era profesor y escritor. Me sorprendió el gesto ya que, entre profesores y escritores, es infrecuente el acercamiento y el reconocimiento mutuo. Lo que predomina es el desdén y los recelos, cuando no el cinismo y la adulación para ser admitido en las capillas que controlan el mundillo académico y literario.

Hace unos días Javier Marías, en un articulo titulado “No me atrevo”, confesó que la presión del medio académico y literario era tal que ya nadie (tampoco él) se atrevía a “opinar sincera y críticamente sobre sus iguales”. Hacerlo es “ser tachado en seguida de envidioso, o inelegante, o de resentido, o cuando menos de competitivo”. Todo se toma como un agravio y un ataque personal. No es de extrañar que la literatura y el arte vivan en sus peores momentos, languideciendo y amustiándose, sostenidas sólo por su antiguo prestigio, pero carentes del vigor que proporciona la crítica y la autocrítica.

El libro de Carlos Taranilla habla de reliquias y relicarios leoneses, y lo hace con rigor informativo, satisfaciendo nuestra curiosidad, pero sin confundir historia con leyenda. Su estudio sobre el Santo Grial leonés es el ejemplo más claro de que no conviene sustituir la investigación histórica por la fantasía. El Santo Grial es una leyenda de origen medieval, y tratar de darle una validez histórica, materializándola en un objeto, es un propósito científicamente descabellado. La leyenda es una invención literaria atractiva, y recrearla a través del cáliz de Doña Urraca es tan legítimo como hacerlo con el cáliz de Valencia o la cueva de Montserrat. Atraer a turistas que crean en esa leyenda y de paso conozcan las maravillas de León, pues estupendo. Pero no hay que borrar la línea que separa la literatura y la ficción, de la verdad. El compromiso con la verdad nos obliga a no amalgamar fe y razón, literatura e historia.


El culto a las reliquias nace de la fe y la superstición, pero no conviene simplificar el fenómeno y pensar que hoy estamos muy alejados de la conducta de nuestros antepasados. Hoy vivimos inmersos en infinidad de creencias y supersticiones que se disfrazan de arte, ciencia y tecnología, pero que exigen de nosotros la misma credulidad. Como ocurrió en el sigo XVI y XVII (su época dorada), las reliquias se nos muestran en artísticos relicarios que son tan importantes como su contenido. Libros que no contienen más que polvo y huesos, se nos presentan envueltos en el prestigio artificialmente creado de sus autores, a los que se venera en ceremonias de reconocimiento. Al final, lo que más interesa es el comercio que se crea a su alrededor, como ocurrió con las reliquias en las iglesias, monasterios y catedrales. Tan alejados están estos productos del arte y la literatura, tan absurdo es tomárselos en serio, como lo fueron el Santo Prepucio, la leche de la Virgen o el huevo de la paloma del Espíritu Santo que se veneraba en la catedral de Colonia.

martes, 8 de septiembre de 2015

EN MEMORIA DEL POETA CARLOS SAHAGÚN


(Foto: S. Trancón)

Como si hubiera muerto un niño
Así tituló Carlos Sahagún uno de sus libros, que recibió el premio Boscán en 1960. Acaba de morir en el mismo anonimato en que quiso vivir. Desde finales de los 80 no supe nada de él. Le llamaba por teléfono y nunca se ponía. Me enteré que hacía lo mismo con todos. Su desconexión con la realidad no me sorprendió. De algún modo, nunca se adaptó a este perro mundo. Cuando todavía era catedrático de literatura en el Instituto Cervantes de Madrid, me contaron que una vez se inició un pequeño incendio y él empezó a gritar por los pasillos a los alumnos: ¡Todos a la cuesta de Moyano, a la cuesta de Moyano! Amaba los libros y no imaginó mejor refugio que las casetas de los libreros.
Nació en medio de la guerra, en 1938, y eso marcó para siempre su vida. En su poesía (seis libros extraordinarios) hay dos temas recurrentes: la infancia y el primer amor. Nadie, y menos los poetas de su generación, la del 50, ha escrito versos más limpios, más profundamente emotivos y sinceros. Nadie tampoco, dentro de la poesía moderna, ha usado el endecasílabo con mayor fluidez y claridad.
Lo conocí en Barcelona en 1980. Él fue el mayor impulsor del Manifiesto de los 2.300. Cuando le presenté el texto lo aceptó de inmediato y enseguida me propuso ir a ver a Amando de Miguel para que figurara como el primer firmante. Acababan de otorgarle el Premio Nacional de Poesía, que recibió de manos de Carlos Sotelo, sustituto interino de Adolfo Suárez después de la intentona de Tejero. Me sorprendió la poca importancia que le dio a este galardón. Lo que más le preocupó fue tener que acudir al acto en avión: tenía una fobia compulsiva a los aviones.
Carlos Sahagún, políticamente, era un anarco-comunista defensor del estalinismo. Moralmente, insobornable. En la cercanía, entrañablemente infantil y visceralmente sincero. Chocó de lleno con el pseudo-comunismo del PSUC y de Carrillo, el pseudo-socialismo de Felipe González y la patraña del catalanismo. Podía defender sin reparos a Líster o a Juan el Cojo, aquel exaltado que se hizo famoso rompiendo farolas con su muleta en una manifestación estudiantil. Lo sorprendente es que ese mismo temperamento pudiera escribir poemas llenos de emoción, pureza e intensidad. Sí, era un hombre apasionadamente contradictorio.
Su poesía, en contra de lo que pudiera suponerse, no puede encuadrarse dentro de la poesía social. Hay en ella un eco inconfundible de su tiempo y de su vida, pero va mucho más allá. No se deja llevar por su ideología ni trata de rendir servicio a la política.
Quizás toda su exaltada retórica no era más que un deshago y una compensación infantil: ese no poder regresar a la infancia. (Y desde qué tristeza hemos venido,/ desde qué infancia que nos han quitado). Como escribió: Yo, capitán con mi espada de palo, /matando de mentira a los demás.
Agradezcamos su sinceridad y valentía, tan ausente hoy entre nosotros. También su viejo amor a España, “esta mala tierra que tanto amé”, cuyos días más tristes describió así: cuando entraron los lobos, después,/ despacio, devorando,/
el agua se hizo amiga de la sangre,/
y en cascadas de sangre cayó, como una herida,
/cayó sobre los hombres
/desde el pecho de Dios, azul, eterno.
Acabemos, a modo de epitafio, con sus propias palabras: Quede mi nombre escrito sobre el agua,/ 
indefenso, esperando/
la hora en que tú desciendas suavemente,/
sabiendo ya el camino, a recordarme.
http://www.libertaddigital.com/cultura/libros/2015-09-03/en-memoria-de-carlos-sahagun-como-si-hubiera-muerto-un-nino-1276556274/






miércoles, 2 de septiembre de 2015

KING KONG NACIÓ EN ASTORGA



(Foto: S. Trancón)
El mito de King Kong apareció escrito por primera vez en 1570 y salió de la pluma de un astorgano, Antonio de Torquemada (1507-1569), un escritor judeoconverso autor de cuatro libros extraordinarios: Manual de escribientes, Coloquios Satíricos, Olivante de Laura (que figuraba en la biblioteca de don Quijote) y Jardín de flores curiosas. Es en este último en el que nos narra la historia de King Kong, al que no pone nombre ni cuerpo de simio, sino de oso, pero del que nos cuenta su peripecia completa, mucho más interesante que la del personaje fílmico.

La historia, cuya veracidad fundamenta en el testimonio de Juan Magno, arzobispo de Upsala, la sitúa Torquemada en unas montañas del reino de Suecia. Sucede así: la hermosa hija de un hombre rico salió una tarde al campo con sus amigas y se adentró en un espesura donde se topó as delirantes como que Cervantes o san Teresa eran catalanescatalanes, fantarando a lcon un oso “de demasiada grandeza”, que se la llevó en brazos “sin hallar resistencia ninguna”. Su primer impulso fue comérsela, pero Dios no lo permitió y el oso, movido por un instinto bien diferente, la metió en una cueva y allí “toda su crueldad se le volvió en un amor entrañable”. Después de pacientes carantoñas, logra la fiera que la joven, “aunque no por su voluntad”, consienta en tener “sus ayuntamientos libidinosos con ella”.  La cuida como a una princesa, cazando venados para ella, hasta que unos cazadores se encuentran con la bestia y logran matarla, liberando a la joven de su dulce cautiverio. Al poco tiempo, “sintiéndose preñada y esperándose que había de parir algún notable monstruo, parió un hijo que ninguna cosa sacó de su padre”, salvo el “ser un poco más velloso” que otros hombres. “Criándose con diligencia y cuidado”, se convirtió en un hombre valeroso y temido, “y teniendo noticia de los cazadores que habían muerto al que lo había engendrado, les quitó la vida”, por cumplir con “la obligación de vengar la muerte de su padre”. De su linaje procedían los suevos.




Pues sí, ya lo ven, el mito de la bella y la bestia (menos edulcorado que en el cine) tiene origen leonés. No necesitamos inventarnos, como hacen los independentistas,  delirios provocadores como que Cervantes o Santa Teresa eran catalanes; basta con que leamos a nuestros autores olvidados, como a este astorgano, para descubrir historias tan fantásticas como ésta. Ahora que estamos en época de revisión del callejero bien se merecería Antonio de Torquemada una calle en su patria chica y en Benavente (donde vivió), desplazando a algún que otro energúmeno que todavía figura en el santoral viario. De paso, bien estaría reivindicar su condición de judeoconverso, junto a muchos otros, como nuestro admirado fray Bernardino de Sahagún.  
http://www.lanuevacronica.com/king-kong-nacio-en-astorga