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lunes, 29 de abril de 2019

ENTRE DEBATE Y DEBACLE



Hablemos del primer debate de las elecciones, que el segundo queda fuera del plazo de entrega de esta columna. Comentemos la ceremonia, el espectáculo, la teatralidad de este primer acto de la comedia, sainete o tragedia nacional. Voy de tópicos, pero no soy yo, sino la realidad la que es tópica. Y si se construye un escenario artificial, si salen cuatro personajes y se ponen a hablar y gesticular, y se reúne una multitud de espectadores para verlos, pues eso es formalmente una obra teatral, que cada cual podrá clasificar como quiera. Yo la califico de una mala comedia, representada por actores mediocres, algunos pésimos.

He sido crítico teatral, y como para mí el arte dramático se fundamenta en el trabajo del actor, empiezo por aquí. El vestuario, que debe caracterizar al personaje o alguno de sus rasgos esenciales, unificó a tres actores, tópicamente trajeados, y diferenció al cuarto, aparentemente más informal, enfundado en una camisa con las mangas milimétrica y feamente arremangadas a la altura del codo. El traje y corbata condiciona la gestualidad corporal y la expresividad facial, encorsetándolas y volviéndolas más rígidas, lo que debería haber favorecido una mayor espontaneidad y proximidad del cuarto, pero no, sólo sirvió para poner de manifiesto otro tipo de acartonamiento, el de la impostada naturalidad, una moderación forzada, acompasada con melifluo cabeceo.

Dejo de lado la "camisa azul" (y nueva), de viejas resonancias, quizás no tan casuales, pero lo que, como actor, deja a Iglesias en el peor puesto, es esa actitud corporal encogida, llamativamente encorvada, prueba de una timidez no del todo superada o quizás un reflejo defensivo, como preparándose para una pelea o boxeo (¿peso pluma?), que es cuando se muestra Iglesias más locuaz y retador. Su jesuítica contención, las reiteradas llamadas al diálogo y las buenas formas resultaron por lo mismo ridículas, tanto como sus apelaciones a la Constitución del 78, ese régimen corrupto y nefasto que, sin embargo, se quiere abolir. Cinismo burdo, potaje mal cocinado.

De Sánchez y su robótica gestualidad, lo que más destaca es su actitud despectiva, ese rencor concentrado que no logra ocultar y le sale a los ojos (mirada turbia y negra); ese apretar los labios formando una u invertida, tan difícil de dibujar (a mí no me sale), gesto que deberían captar los fotógrafos como el más emblemático de su personalidad. Menos dotado para la ironía, incluso, que el desabrido Aznar, Sánchez resulta patético cuando pretende ser irónico y original, como cuando se escudó en eso del "detector de verdades", tontería que hasta debió aprender de memoria.

De Casado, dentro de su comedida actuación, llamó mi atención la falta de reflejos, el no haber aprendido que ante un ataque hay que contraatacar de inmediato, y para ello hay que tomar las palabras siempre al pie de la letra. Si te preguntan de qué color tienes las manos, pues hay que responder sin titubeos: "Yo, blancas, muy blancas, y tú (o usted) ?" Y si te dicen que has votado con Bildu, le pides el contenido de esas votaciones, y a cambio de qué, porque a lo mejor se refieren al asfalto de una calle o a poner farolas. Y aprovechas para recordarle que su socio preferente acusó a su partido de tener las manos manchadas de cal viva, por si lo ha olvidado; y le recuerdas las cesiones y concesiones a los filoterroristas y separatistas, las habidas y por haber, etc.

Rivera, sin duda, fue el mejor actor, pero sin abandonar del todo esa desvaída pulcritud que no sabemos si oculta falta de ideas y convicciones o un imposible y calculado equilibrismo. Son tantos los puntos débiles de Sánchez, tantas las tropelías, engaños, mentiras y maquinaciones antidemocráticas perpetradas por el más nefasto y peligroso presidente del gobierno de nuestra democracia, que resulta sorprendente la falta de claridad y firmeza en denunciarlo.

Pues esto es lo que hay. No nos sacarán estos políticos (ni con este ni con otro debate) de la debacle en que como nación y estado democrático estamos ya hace tiempo sumergidos. Mala comedia, malos actores, mala representación, un guión falto de vida, de interés, de verdad. Todo demasiado impostado, sin centrarse en el argumento principal, el tema que condiciona todo lo demás: la propia existencia de la nación y la defensa del estado democrático que la sostiene, amenazados por esa imposible "nación de naciones". Si no hay Nación y Estado, ¿cómo va a haber política social, fiscal, igualitaria o económica? entre debate y debacle

miércoles, 17 de abril de 2019

HAY CARTITAS QUE OFENDEN


Abro mi buzón y me topo con tres cartitas del PSOE. Madrugadoras. Deberían haberse quedado en el buzón general, donde la comunidad de vecinos ha decidido que se coloque la publicidad. Pero no. Se han colado a mi buzón, y sin mi permiso. Vienen a mi nombre, el de mi mujer y el de mi hija.

Las abrimos, y todas tienen un numerito arriba, que debe de ser el que corresponde a mi identidad gregaria (el 28079). No sé por qué, pero me acuerdo de otros siniestros numeritos tatuados. El firmante, sin embargo, me tutea y llama por mi nombre: "Estimado Santiago". ¡Qué confianza! Dejo de lado el corazoncito rojo que acompaña a las siglas. Reprimo mi primera reacción ante este símbolo, puerilizado hoy hasta la náusea, usado tan a troche y moche que puede colocarlo un asesino sobre su víctima antes de estrangularla.

Así, a ojo de pajarillo, o de pardillo, que es como me siento, veo que la cartita viene llena de frases y palabras en negrita para que me fije en lo esencial, porque sin duda necesito de ese reclamo gráfico para enterarme mejor de lo intrincado del mensaje, impreso sobre la frase "La España que quieres", que emborrona el texto. ¡Gran metáfora!, porque, ciertamente, es la palabra España la que sobra, la que, por más que se nombre, está ausente, negada y prostituida.

Se niega, en primer lugar, al negárseme mi condición política, que es el ser un ciudadano español, la única seña de identidad que le autorizaría a dirigirse a mí al firmante Pedro Sánchez. Pues no, mi identidad política, para él y su partido, no es ésa, sino el ser un colega progre al que le pueden dirigir frases como ésta que encabeza la misiva: "Tú sabes que 'la juventud no se pierde' (negrita) mientras se siga luchando y creyendo en el futuro". Supónese que ya he perdido la juventud, si no a qué viene esta pavada. Por si hubiera dudas, prosigue: "Eres de la generación que nunca ha dejado de pelear"... Todo para venderme, ¡oh gran propuesta!, "la revalorización de las pensiones". ¿Cómo, cuánto? ¡Qué más da!

Repite hasta 24 veces la palabra España, algo tan freudiano que ciega. Hay España para todo, hasta "la España que cuida de tu familia". ¡Toma España, Abascal, Casado, Rivera! Ya lo dice al final, como colofón: "la España en la que cabemos todos". Incluidos, por supuesto, aquellos que usan nuestro dinero para negar y renegar de España. Nunca un partido, que además sigue llamándose español, ha defendido con mayor descaro el desmoronamiento y la desaparición de España en nombre de España.

Pero si a mí me quita la condición de ciudadano para convertirme en "pensionista" progre, a mi mujer la convierte en feminista activa, permitiéndose esta inicial conjetura: "La España que hoy conoces es muy distinta de aquella en la que creciste", suponiendo que la de hoy es mucho mejor gracias a una lucha "de la que tú has sido protagonista". De nuevo desaparece su condición de sujeto político para ser reducida a mujer progre, que defiende "una España que apuesta por el feminismo".

¿Y a mi hija? Otra vez ese tono de empalagosa confianza: "Tú ya naciste en una España que miraba hacia el futuro". "A medida que ibas creciendo has ido imaginando la España que quieres". ¿Y si la España que quiere no tiene nada que ver con la no España que tú imaginas, Pedrín, Pedrito, Pedrusco, ya puestos a tomar confianzas? Lo de "una España en la que quedarse" es puro sarcasmo, pues lleva mi hija dos años ganándose la vida al otro lado del mundo, a donde ha ido a buscar trabajo.

Me fijo, para acabar, en la firma del firmante y veo, sin ser especialista en ello, que la "p" nominativa abreviada no es tal, sino un triángulo que apunta muy en punta hacia adelante, simplificación gráfica de una agresividad apenas contenida. De nuevo Freud, escribiendo por los codos para revelar eso que apenas se puede ocultar. Se "confirman" (nunca mejor dicho) los rasgos de reconcentrado y peligroso narcisismo en la rúbrica del apellido, casi ilegible, pero con ególatras mayúsculas y una tilde exagerada que cae como un rayo.

Pues sí, confiésolo, mucho me alegraría que esta burda patraña -la de usar el nombre de España para negar a España- le saliera por donde pueda haberle entrado, pura impostura, engaño descarado, aunque sólo para quienes necesitan engañarse.

miércoles, 10 de abril de 2019

MATRACA FEDERALISTA


"Aquí sólo hay una salida seria, que es la federalización".Habló Felipe González y se hizo el silencio. Sentenció, desde las alturas de la divinidad expresidencial, y la corte celestial cuasi al completo asintió, asiente, salvo un camarero que andaba por allí preocupado de que no se rompieran las copas del brindis. Es hora de ajustar algunos botones a la chaqueta de pana felipista que derivó en frac sin solución de continuidad. Al menos, porque ha engordado un poco.

Hay dos responsables que iniciaron del abismal colapso mental, institucional y político en que andamos metidos y que afecta a los fundamentos del orden democrático, que no son otros que la propia existencia de España como nación, base del Estado, siendo el Estado, a su vez, el sostén de la nación. No es pequeño problema, ni un problema más, sino el que condiciona los demás, de izquierda a derecha. Dos responsables dos, Felipe y Aznar. Los dos igualitos en esto, porque con ellos y en ellos se fraguó la claudicación, el entreguismo, el cambalache suicida de la fragmentación y disolución de España, por muy solemne y apocalíptico que suene.

Felipe decidió, en el momento decisivo, exculpar a Pujol del desfalco de Banca Catalana, punto de arranque del proceso separatista, negocio familiar que permitió el acopio de millones incalculables de pasta gansa catalana para la compra de voluntadesurbi et orbi.Aznar le entregó luego las llaves de la finca para hiciera lo que quisiera. Supongamos que se equivocaron por ambición y sin ser conscientes de las consecuencias, a pesar de que algunos ya advertimos, entonces, de la que se nos venía encima y de costado.

Bueno, supongamos lo que sea, lo que hoy no es admisible es que ni uno ni otro sean capaces de reconocer su error, no ya su culpa. Yo estaría dispuesto a olvidarlo si al menos tuvieran ahora claro qué hay que hacer. O no intentaran, como en el caso de Felipe, confundir y darle aliento al separatismo al modo Iceta, ofreciéndole la puerta de salida de la "federalización". ¡Qué manía la de alargar los polisílabos con sobrederivaciones como si se tratara de elongar el pene! ¡La constitucionalización de la plurifederalización del Estado!

No sabe Felipe, ni ninguno de los federalistas, qué carallada es eso de la "federalización" salvo un eufemismo para otorgarles de hecho la independencia a Cataluña, Euskadi, Galicia y etc., pero viene a decir que, para evitar problemas con la independencia, lo mejor es otorgarla de hecho (y de derecho, pero de forma encubierta) mediante la federalización, que es lo mismo que la indefinible "nación de naciones", el cheque que Pedro Sánchez lleva en su cartera para comprar su posible continuidad. Los supremacistas no dudarán en subirse a este tren que les brindará "la mejor ocasión que han visto" en un siglo para saltarse definitivamente cualquier barrera democrática.

Que no, que no hay tercera vía, sino vía muerta. Que seguir creando la ilusión de un apaño torticero e ignorar que éste no es más que un asunto de fuerza (esto lo tienen muy claro los independentistas), y que llegado a este punto sólo hay una "salida seria" que es la imposición democrática de la fuerza frente a los que quieren imponernos, por la fuerza de los hechos, la segregación.

Que aquí el problema no es cómo unos pocos se reparten el poder y lo disputan entre sí, sino cómo se impone el poder democrático de la mayoría, cómo prevalece el interés común que es el interés de todos los españoles sin distinción de origen o apellido, sobre el proyecto egoísta y supremacista de unas oligarquías que quieren dar un paso más en su proceso de usurpación y apropiación indebida de un territorio y unos bienes que son de todos, fruto del esfuerzo histórico y colectivo de millones de españoles durante siglos.

Que hoy España no es ninguna entelequia esencialista, sino una realidad social, política, económica, cultural y territorial consolidada, constituida como un Estado democrático en el que están garantizados los derechos fundamentales de todos sus ciudadanos. Que España es hoy la única garantía de la unidad e igualdad de todos los españoles, por eso hoy más que nunca la idea de España es revolucionaria, de izquierdas (de una izquierda ideal y emancipadora, no de la izquierda cutre y reaccionaria actual), más que de derechas (que sigue sin saber qué hacer con España, si volverla católica, apostólica, foral, liberal o progresista).

sábado, 6 de abril de 2019

FOBIAS Y FILIAS


La lista de fobias y filias es infinita. A casi todo, y a todos, podemos odiar, amar, rechazar o apegarnos. La fobia es una aversión obsesiva y compulsiva. La filia, una atracción incontrolada y excesiva. La psicología describe fobias y filias de todo tipo. Son una prueba de que lo irracional forma parte del ser humano. Nadie está libre de estas reacciones impulsivas, que condicionan nuestra vida.

Estamos en época de elecciones, y viene a propósito el reflexionar sobre este fenómeno aplicado a la política. Empiezo reconociendo que todos estamos atrapados por nuestras fobias y filias, aversiones y adhesiones incondicionales. Uno tiende a pensar que está libre de prejuicios, que no se deja arrastrar por factores emocionales a la hora de analizar lo que dicen y hacen los políticos. Yo lo intento, y creo ser bastante objetivo y sensato en mis juicios, pero al mismo tiempo compruebo que no puedo evitar esas reacciones, sobre todo las fobias y manías, por más que procuro controlarlas o justificarlas con argumentos racionales.

Lo cierto es que, por encima de cualquier razonamiento, exposición de hechos o valoración de propuestas, la mayoría reacciona anteponiendo a todo ello sus fobias y filias, simpatías y antipatías. Nuestros juicios políticos acaban dependiendo de algo tan expeditivo como un "me cae bien" o "me cae fatal". Seguramente es algo muy humano, un recurso evolutivo necesario ante lo imprevisible de la conducta de nuestros semejantes.

El problema está en que nunca tenemos acceso directo a las verdaderas intenciones de los demás. Lo más fácil sería fiarnos de la palabra del otro cuando nos manifiesta o explica sus propósitos, pero la experiencia nos dice que nunca hemos de fiarnos de las buenas palabras e intenciones, y menos en política. De palabras y promesas incumplidas están las hemerotecas llenas, y las videotecas, los parlamentos y demás almacenes de la política. Si las palabras no son de fiar, uno necesita orientarse por alguna otra señal, y es aquí donde entran en juego las simpatías y antipatías personales.

Y es aquí donde también intervienen los asesores de imagen, los equipos de comunicación y demás instrumentos de manipulación e ingeniería social. ¿Hasta qué punto son eficaces estas maniobras orquestadas en la oscuridad de los equipos de campaña? Supongamos que de los posibles votantes, un 40% tiene ya decidido su voto en función de fobias y filias bien arraigadas; otro 30% ya ha decidido no votar y el 30% restante todavía no ha decantado su voto. Los primeros, incondicionales, se identifican con los representantes de sus respectivas opciones políticas y sus mensajes. El 30% dudoso, el decisivo, no sabe a quién votar, aunque sí a quién no votar, porque votar es, en primer lugar, no votar a quienes nos caen mal o fatal.

Así que lo decisivo es crear una corriente de atracción y simpatía con el fin de provocar en los dudosos cierta identificación personal. Y aquí intervienen decisivamente esos mensajes breves, simplificados, relacionados con problemas y preocupaciones generales, con miedos y amenazas, pero también con deseos e ilusiones futuras: emigración, Cataluña, autonomías, vivienda, sanidad, paro, terrorismo, inseguridad, turismo, desigualdad... Un terreno complejo y para el que no existen recetas ni soluciones fáciles.

Mi conclusión es que no hay modo de aventurar el resultado de las próximas elecciones, que yo espero depare sorpresas, sobre todo porque no existen líderes lo suficientemente atractivos como para inclinar el flujo de simpatías a su favor de modo mayoritario. Si hablo por mí mismo, he de confesar que mis fobias y antipatías van casi por igual hacia todos los candidatos, así que mi voto va ser por descarte. Llegado a este punto, me dejo llevar por las"fobias estéticas".

Me explico. Soy hipersensible a las "apariencias", me fío mucho de ellas. En esto sigo a mi compatriota Moisés de León, que dijo que todas las cosas de este mundo tienen una parte visible y otra invisible, y que la visible revela la invisible. Así que no puedo con la impostura. Rechazo instintivamente a los que no desprenden naturalidad, armonía entre lo que piensan, dicen, sienten y padecen.

Y por eso me repelen los rostros asimétricos, los ceños fruncidos, las miradas turbias, los ojos opacos, los cuerpos ovoides, los hombros encogidos, los gestos crispados, las voces acartonadas, los andares pomposos, las sonrisas forzadas, los timbres agudos, la fonética flatulenta, las caras de cemento, las melenas encoletadas, los flequillos desflecados, el léxico insulso, la prosodia engolada... Cada uno es hijo de sus fobias.