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miércoles, 28 de julio de 2010

INDEPENDENTISMO CATALÁN (II)

(Foto: Luis Antonio Gil)
Este bloc está abierto a todo tipo de reflexiones. Los temas a veces se me imponen. El del independentismo catalán no me gusta, pero está tan presente en la vida pública estos días que necesito aclarar mis propias ideas. No parto de prejuicio alguno, simplemente trato de comprender lo que está pasando.

Lo primero que me sorprende es la falta de rigor en los juicios, la extraña incapacidad para pensar sobre este tema, lo que lleva a dar por buenos, tópicos y mentiras cegadoras. Por ejemplo, después de la manifestación contra la sentencia del Estatuto del pasado día 10, se ha propagado la idea, ya indiscutible, de que el marco constitucional y democrático actual no sirve, se ha agotado, que hemos entrado definitivamente en otra etapa, la del independentismo. Todo, de pronto, ha cambiado, la “voluntad del pueblo catalán” ha decidido dar una salto hacia adelante, la multitudinaria manifestación muestra a las claras que hay un antes y un después, que definitivamente Cataluña no quiere seguir dentro de España. La discusión se centrará ahora en cómo y cuándo, pero ya se da por hecho que no hay marcha atrás.

Es sorprendente que una afirmación tan insostenible acabe siendo aceptada por la mayoría, sobre todo por los políticos y los periodistas. Primero, porque nunca una manifestación es fuente de derecho alguno, no lo puede ser en una democracia, por muy masiva que sea. La voluntad de los ciudadanos no se puede asentar ni manipular a partir de manifestación alguna. Sólo se expresa a través del voto, cuanto más libre e informado, mejor. Pero como de lo que se trata no es de tener en cuenta la voluntad de los ciudadanos, sino de hacer propaganda, en este caso del independentismo, hay que usar lo que sea para hacer pasar por democrático lo que no lo es en absoluto: el número de manifestantes que acude a una convocatoria como fuente de legitimidad.

Pero incluso este hecho, en cuanto se analiza mínimamente, nos muestra la esencia de la manipulación propagandística y la intención perversa que encierra: la descomunal mentira que se difunde sobre el número de manifestantes nos debería poner en aviso sobre su verdadero propósito.

La artimaña no es nueva. La usó Franco durante cuarenta años: en la plaza de Oriente le aclamaban siempre “más de un millón de personas”, lo significaba que el pueblo aprobaba su “política”. Los que están contra la ley del aborto reunieron nada menos que a “dos millones” en la plaza de Colón. Por arte de magia, con absoluto desprecio a la verdad de los números, se incrementa hasta el infinito el número de manifestantes para usarlos como argumento democrático indiscutible. De menos de 100.000 (la única fuente que usó un método objetivo para contarlos dio la cifra de 56.000) se pasa a “un millón y medio” (toda la población de Gaza se reunió en torno al Paseo de Gracia) y aquí nadie pide que esa burda mentira se castigue, no ya por “propaganda encubierta”, sino por manifiesto atentado contra la verdad con la intención de torcer la voluntad de la mayoría y alterar la opinión pública con métodos democráticamente inadmisibles. Que este modo de “hacer política” se lleve incluso al Parlamento (Artur Mas habló de ese “millón y medio de catalanes” que salieron a la calle como muestra inequívoca de la “voluntad del pueblo catalán”) es algo que debiera encender todas las alarmas, hacer saltar todas las lámparas y micrófonos del Congreso.

Cuando esto se permite y se puede hacer impunemente, y nadie lo advierte, algo grave está pasando, porque la propaganda independentista, está claro, no duda en usar lo que sea para avanzar, para penetrar en las mentes y sentimientos de modo avasallador, sin escrúpulo alguno. Lo que hay que desvelar, con claridad y sin complejos, es la naturaleza antidemocrática, tortuosa y llena de engaños, mediante la cual el pensamiento independentista avanza y desplaza a la verdad, la razón, la tolerancia, el entendimiento, la voluntad integradora y constructiva.

Otra prueba de lo que digo: ¡cómo se ocultó que en esa manifestación el Presidente Montilla fue abucheado, amenazado, insultado y casi agredido por un numeroso grupo de personas, sin que nadie del público lo defendiera! Fue llamado “botifler” y “fil de puta” y “traidor”, pero eso, al parecer, no tiene importancia alguna. Sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni mayor tonto que el que se cree muy listo.

sábado, 24 de julio de 2010

EL INDEPENDENTISMO CATALÁN (I)


El independentismo, antes que una aspiración política, es una ideología. Como tal, es un conglomerado de ideas que acaban convirtiéndose en creencias y convicciones más o menos dogmáticas.
El independentismo constituye una estructura mental cerrada, con un núcleo duro resistente a la crítica, al que se adhiere con facilidad cualquier tipo de argumento, por lo que su poder de expansión está asegurado, sobre todo cuando no existe ningún discurso alternativo y crítico capaz de desenredar la maraña de ideas que se van reforzando a medida que se expanden.
El caso del independentismo catalán es modélico para estudiar y comprender cómo se genera y expande esta ideología en una sociedad democrática como la nuestra.
Algunos de los dogmas en los que el independentismo catalán se asienta y que machaconamente repite en su propaganda son los siguientes:

-La independencia es un derecho democrático. Cualquier pueblo tiene derecho a decidir su futuro político.
-Cataluña es una nación con lengua propia, cultura, historia y entidad política propia, luego tiene derecho a constituirse en Estado Independiente.
-El Estado Español, España, Madrid, los españoles…, nos niegan ese derecho porque son antidemócratas, fascistas e imperialistas.
-Cataluña no es España. Sólo se mantiene hoy dentro del Estado Español por la fuerza. Cataluña está sometida, dominada, subyugada por las fuerzas políticas y represivas del Estado Español.
-Cataluña no necesita para nada a España. Le irá mucho mejor si se separa de España. España expolia a Cataluña. España impide el progreso de Cataluña.
-Los catalanes ni son ni se sienten españoles. Cuando la mayoría de los catalanes (o sea, a partir del 50,01%) decidan en referéndum que se quieren separar de España, Cataluña se proclamará independiente y nada podrá impedir que lo sea.

Todas estas ideas forman un conjunto: si una sola de ellas no es verdad, todo el conjunto se viene abajo, por eso nadie puede poner en cuestión ni un ápice de estos dogmas. Pero cada una de estas afirmaciones, a poco que se las analice, se descubre que encubren mentiras y falsedades, verdaderas patrañas, no sólo por lo que dicen, sino sobre todo por lo que niegan, presuponen, inventan. Para descubrirlo bastará que el lector cambia la palabra Cataluña por España en los mismos argumentos: Las mismas razones democráticas que se esgrimen para Cataluña valen para defender la identidad e integridad del Estado Español. Si sirven para unos deben servir para los otros, luego algo falla, habrá que desmontar la falacia de los argumentos.


Primero, el derecho a la independencia o la autodeterminación, no es un derecho abstracto. Si así lo fuera, Cartagena tendría el mismo derecho a la independencia que Cataluña, o Fuentelalbilla, o Fuentesaúco. Hay que definir previamente quién tiene ese derecho, en qué se basa, cuál es su ámbito territorial, y si no implica negar ese mismo derecho a otros ciudadanos.
Si, por ejemplo, en Tarragona o Reus, hubiera una mayoría de ciudadanos que no quisiera pertenecer a ninguna Cataluña independiente, sino integrarse en el Estado Español, ¿tendrían derecho a hacerlo? ¿Y si el 50,01% de los ciudadanos quisiera otro día independizarse de Cataluña?

El sofisma consiste en definir previamente a Cataluña como unidad territorial, lingüística, cultural, social y políticamente unificada e independiente, para proclamar luego su independencia. Construir primero la realidad mentalmente, y luego proclamar que existe. Y al definir así a Cataluña, excluir todo lo que dentro de Cataluña pueda considerarse español, empezando por los ciudadanos no catalanistas (esos no son catalanes, sino españoles, ocupantes españolistas), el idioma español (no es la lengua de Cataluña, sino del Imperio), y luego todo lo que suene a español (desde los toros a la selección española de fútbol).

No, Cataluña es diversa, bilingüe, catalana, española, con una red poderosa de implicaciones y dependencias de todo tipo, donde no existen fronteras, ni lingüísticas, ni culturales, ni económicas, ni sociales. Donde sólo artificialmente, y mediante la imposición, la mentira, la amenaza o el chantaje, se puede empezar a construir esa Cataluña una, grande y libre, que proclama cada día la ideología independentista. Una Cataluña que se define, ante todo, como negación de España, por eso necesita inventarse agravios, ofensas, ataques, hiperbolizando hasta la caricatura cualquier discrepancia cultural o política, para no responsabilizarse ni siquiera de su deriva independentista: son los españolistas (o sea, el resto de España) quienes nos obligan a ser independentistas…

No, España es un Estado Democrático, la mayoría de los españoles somos demócratas (incluidos los catalanes) y cualquier cambio de esta situación tiene que contar con todos por igual. La discusión tiene que salirse del ámbito de la ideología independentista para situarse en otro lugar: el interés común, la distribución de la riqueza, el progreso económico y cultural, leyes más justas, instituciones más eficaces, control democrático del poder económico, lucha contra la corrupción, las desigualdades territoriales y sociales, la defensa de la naturaleza (que no tiene fronteras), el intercambio cultural y artístico… ¿Cómo se compagina todo esto, por ejemplo, con el hecho de que los grupos de teatro no catalanes tengan vedada cualquier actuación dentro de Cataluña desde hace años, mientras que por Madrid pasen todos los grupos, compañías y directores catalanes que quieran? Son síntomas inequívocos de hacia donde va el independentismo.

El independentismo es una ideología y, como tal, peligrosa, excluyente, de raíz antidemocrática. Pero lo mismo digo del nacionalismo.

Frente al nacionalismo y su deriva natural, el independentismo, yo me proclamo simplemente ciudadano de un estado democrático. No me interesan los nacionalismos, sino los derechos humanos, las leyes igualitarias, las relaciones sociales, los intercambios económicos, humanos y culturales, las normas comunes y el respeto a cualquier actitud que no sea excluyente, que no se base en negar al otro, su lengua, su cultura, sus sentimientos y sus señas de identidad. Nada de esto veo yo en las proclamas independentistas catalanas que están alzando la voz estos días hasta el punto de hacer desaparecer a todas las demás.

domingo, 18 de julio de 2010

LA MARAÑA DE LAS IDENTIDADES


He pasado unos días en Barcelona. Ha dado la casualidad de que coincidieran con la manifestación contra la sentencia del Estatuto Catalán, el triunfo de la selección española de fútbol en el Mundial y la celebración masiva de este éxito en toda España.
Me vienen muchas reflexiones a la mente, que quizás amplíe en otra ocasión. A modo de resumen, aquí van algunas:

1) La especie humana no puede vivir sin formar grupos en los que el individuo busca sentirse seguro y protegido. Para unirse, el grupo necesita inventarse una identidad colectiva.

2) Los rasgos que definen una identidad colectiva son, en gran parte, imaginarios. Cuanto más intangibles y etéreos, más necesitan afirmarse mediante símbolos (banderas, himnos), imágenes, mitos y creencias simplificadoras.

3) Existen, sin embargo, dos maneras distintas de formar una identidad colectiva: de forma excluyente, diferenciadora, negativa, o, por el contrario, de manera integradora, incluyente, positiva. La primera trata de imponerse, ya sea de forma violenta o mediante la propaganda amenazante, la presión psicológica, la persuasión basada en la manipulación intencionada de los sentimientos, el miedo, el rechazo del otro. Y las mentiras, claro: históricas, económicas, políticas. La otra se basa en la apertura al otro, en el deseo de compartir algo con los demás y realizar un proyecto común. Una acentúa e inventa lo que separa; la otra, lo que diferencia y une.

4) Claramente hemos visto estos días la manifestación de estas dos formas de identificación colectiva: la concentración contra la sentencia de Tribunal Constitucional sobre el Estatuto en Barcelona, y la celebración del triunfo de la selección de fútbol, especialmente en Madrid, pero también en Barcelona. Se me dirá que son cosas distintas, una claramente política y otra meramente deportiva. Pero todos sabemos que ni los partidos catalanes son simplemente partidos políticos (son “el pueblo catalán”, la Cataluña que busca independizarse del pueblo español), y la selección es algo más que un equipo de fútbol, lo mismo que el Barça es “més que un club”.

5) Los sentimientos que han movido a las masas estos días, digo, muestran dos formas distintas de construir la identidad colectiva: una negativa, que se afirma por oposición al otro (se une para decir a los demás y decirse a sí misma que ser catalán es “no ser español”) y otra espontánea y positiva (se une para celebrar triunfos simbólicamente colectivos e integradores).

6) Hay dos eslóganes que muestran muy bien lo que digo: “Som una nació, nosaltres decidim”, frente a ese bullanguero “Soy español, español, español”. El eslogan catalanista parte de afirmar que el pueblo catalán no es España. Al darlo por supuesto, tratan de imponerlo en la conciencia colectiva. Si somos una nación, quienes nos impiden serlo (o sea, constituirnos en un estado independiente) no pueden ser más que fascistas y antidemócratas. El espontáneo “soy español”, sin embargo, no busca atacar a nadie, imponer nada a nadie, sino expresar un sentimiento de identidad incluyente, positiva, basada en un triunfo colectivo.

7) Las identidades colectivas aglutinan una maraña de sentimientos difusos, fácilmente manipulables. Puestos a elegir, a uno le gustaría que la política fomentara los sentimientos positivos de identificación colectiva, no la propaganda cada día más engañosa y visceramente antiespañola de los independentistas catalanes. Decir, por ejemplo, que en la manifestación del Estatut salieron a la calle millón y medio de personas, cuando, rigurosamente contados, no llegaban a 60.000, es algo que debería constituir un delito tipificado en el código penal. Que nadie diga que esta forma de distorsionar la realidad para presionar a la opinión pública es intolerable en una democracia, es lo verdaderamente preocupante.

lunes, 5 de julio de 2010

TEORÍA DE LA INCERTIDUMBRE

(Foto: Enrique Fernández)

Heisenberg descubrió que no podemos captar el mundo de manera absolutamente predecible, por más que conozcamos las leyes que rigen los movimientos de la materia. Si captamos el movimiento, por ejemplo, no podremos observar al mismo tiempo la posición de una partícula subatómica. Este principio de incertidumbre se puede extender a todo, incluso de modo mucho más inquietante. Lo más cierto es la incertidumbre, la predicción más segura es siempre lo imprevisible.

Aceptar esta verdad es quizás el aprendizaje más difícil de la vida. La incertidumbre genera ansiedad, miedo, angustia, incluso cuando lo que esperemos sea positivo, porque siempre cabe la posibilidad de perderlo en el último momento.

Pero si todo fuera previsible, si todo lo supiéramos de antemano, la vida en ese mismo momento se pararía, todo quedaría colapsado. La vida es un sistema abierto, si se cierra, desaparece. Siempre tiene que haber una pequeña asimetría que vuelva inestable lo que tiende a la inmovilidad.

Todo el universo se rige por el mismo principio de incertidumbre, el equilibrio absoluto llevaría a la muerte del universo, a la paralización súbita de todas las galaxias y de su expansión infinita.

Huimos de la incertidumbre mediante todo tipo de engaños. Incluso, a los seguros de muerte les llamamos seguros de vida. Pero mientras estemos vivos, la incertidumbre no es más que un horizonte de posibilidades. Aceptar la incertidumbre no es volverse pesimista, no es dejarse atrapar por las predicciones catastrofistas, sino resistir ante la tentación de volvernos deterministas, de cerrar el horizonte de posibilidades que es la vida para convertirla en un inventario de profecías cerradas y autocumplidas, que eso es la muerte.

Hay una diferencia radical entre estar vivo y estar muerto, entre aceptar la incertidumbre y estar atento a todo lo impredecible y nuevo, o, por el contrario, obsesionarse con lo predecible y repetitivo, con la búsqueda imposible de la seguridad.

Quizás lo más impredecible del universo fue la aparición de la conciencia. Si todo fuera mecánico, predecible, seguro, ni siquiera se hubiera producido el big bang y su consecuencia imprevisible: la conciencia. Pero la conciencia está ahí, aquí, y ella misma es, ante todo, un darse cuenta y un aceptar la incertidumbre radical que atraviesa y mueve el universo entero.