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jueves, 29 de abril de 2010

"NEUROLITERATURA": Literatura y neuronas espejo


(Foto: Juan Santos)
El descubrimiento de las llamadas células espejo, realizado por el equipo de G. Rizzolati en 1996, es una de esas ideas científicamente productivas, aplicable a muchos ámbitos del pensamiento. Como me viene bien para explicar mi concepto de la literatura, y en especial de la novela, voy a aprovecharlo. Podríamos hablar de algo así como neuroliteratura.

Si un mono ve a alguien que se lleva un helado a la boca, su cerebro activa unas neuronas que reproducen ese mismo movimiento en el interior de su cuerpo, pero sin llevarlo a cabo. Ocurre lo mismo cuando oye el chasquido que rompe la cáscara de un cacahuete. Si no reproduce físicamente estas acciones, es porque otras neuronas inhiben esos movimientos orgánicos.

Este mecanismo de imitación o mimetismo interior, orgánico y cerebral, es algo automático y toda la cultura humana (o sea, todo lo que es fruto de la socialización) depende de esta capacidad, basada en la existencia de millones de células espejo repartidas por todo nuestro cerebro, especialmente en la zona pre-motora y el área del lenguaje (área de Brocca).
Gracias a estas neuronas, que están muy conectadas con todas las demás (las encargadas de la percepción y de la memoria, sobre todo) podemos entender las acciones, las emociones y las intenciones de los otros, interpretando todo lo que percibimos y oímos de los demás, especialmente al verlos y oírles hablar.

Desde antes de nacer vamos acumulando experiencias motoras y sensitivas que siguen un orden asociativo, creando una cadena de estímulos que se fijan en nuestra memoria orgánica. Gracias a ese pre-programa orgánico podemos interpretar todo lo que pasa en el interior de los demás de acuerdo con lo que pasa dentro de nosotros.
El éxito del fútbol y los deportes en televisión, de la pornografía o de la publicidad, se basan en el hecho de que cuanto vemos y oímos desencadena esos movimientos automáticos imitativos o miméticos que ponen en funcionamiento las células espejo.

El cerebro reproduce todo lo que ve, oye, imagina y siente. La agresividad es un mecanismo de defensa contra una agresión anticipada que crean las neuronas espejo al interpretar los gestos e intenciones de otro. Las neuronas espejo anticipan las acciones.

Procesamos de modo inconsciente todos los gestos y movimientos de las manos, los ojos, los labios, los músculos faciales, las actitudes y desplazamientos corporales, pero también de los tonos, las pausas, la articulación de las palabras, la velocidad del habla, el timbre de la voz y los sonidos del lenguaje. Todo esto lo hacemos mediante ese mecanismo de resonancia, de reduplicación, de reproducción interna, de espejo, que realizan esas neuronas.

Si imaginamos que una araña nos sube por la pierna mientras estamos tumbados en la playa tomando apaciblemente el sol, seguramente algunos se levantarán de un salto, pero nadie dejará de echar un vistazo a sus piernas y alrededor para ver si descubre algo que se mueve con unas patas más o menos peludas…

Bien, pues yo digo que el narrador es un activador de neuronas espejo. Que la novela bien construida es la que permite una buena activación orgánica de las células espejo. Por eso hablo de novela orgánica.

La literatura es una fuente de placer orgánico. La palabra ha de activar, a través del sonido y las imágenes y sensaciones orgánicas que produce, una sensación placentera.
La literatura es una experiencia orgánica. Un buen narrador escribe con el cuerpo. Un buen escritor conoce, vive, siente, experimenta de forma aguda todos los efectos físicos y neurológicos que aquello que escribe produce en su cuerpo y cuenta con que el lector tenga un buen mecanismo de recepción (de neuronas espejo) que reproduzca aquello que él vive y siente al escribir y al releer lo que escribe.

(Seguiré otro día hablando de algo que acaba de ocurrírseme: las neuronas flecha, o sea, proyectivas, las que ha de aprender a desarrolla un escritor)

jueves, 22 de abril de 2010

TEORÍA DE LA NOVELA

Escribir es pensar, no sólo en lo que se escribe, sino cómo se escribe. Cada novela, al mismo tiempo que se escribe, define su propia teoría de la novela.

Ando metido en un nuevo proyecto: una novela larga, muy larga, pero escrita con párrafos más bien breves, como éste:

Colgó la chaqueta de pana negra, ya raída y desgastada, sobre un clavo que sobresalía en la pared de adobe. Sacó un pañuelo de tela sucio del bolsillo y se quitó el sudor de la frente y el rostro. Antes de colocarse de nuevo la boina de felpa sobre la cabeza, la sacudió violentamente contra la mano izquierda. Se levantó una pequeña nube de polvo. La cuadra olía a estiércol. Ató las riendas a un poste de madera, cerca del pesebre. El caballo también sudaba. Le pasó un cepillo de púas por el lomo y los ijares. Resopló el animal antes de hundir su hocico en un montón de paja seca.

Se verá que aquí estoy defendiendo, no una novela realista, sino una novela física, táctil, en la que, más que contar, se ve, se oye, se huele, se siente. No una novela en la que los hechos se dicen, imaginan o piensan, sino en la que se sientan a través del cuerpo, mediante la resonancia física que las palabras producen en el cuerpo.

Una novela orgánica, que tenga en cuenta, ante todo y sobre todo, los efectos sensoriales y orgánicos de la escritura.
Por tanto, ha de ser fluida, sonora, acústica, gestual, en la que todo resuene y provoque asociaciones neurológicas mediante el reflejo, la reverberación, el eco, la reduplicación, la traslación del texto al cuerpo del lector.

El lector ha de revivir, sin esfuerzo, y directamente a través de la lectura, los estados físicos y orgánicos que la escritura crea al describir los objetos, los lugares, los movimientos, las acciones.
Esto mismo ha de valer para los sentimientos, las emociones, los pensamientos que la novela exprese. Todo ha de pasar por el filtro de lo orgánico.

La paradoja es que, para lograr que el lector de verdad viva, reviva, sienta lo que está escrito, el autor ha de equilibrar lo dicho con lo no dicho, lo contado con lo omitido, lo descrito con lo aludido, lo narrado con lo sugerido, lo expresado con lo insinuado. Si no hay huecos, vacíos, implicaciones, no hay novela, no hay tensión, no hay interés para el lector.
Por ejemplo, el lector sabrá, un momento dado, y sin necesidad de contárselo, que el personaje al que acabo de presentar, que cuelga su chaqueta de pana sobre un clavo, acaba de cometer un crimen...

Ser incapaz de crear un mundo real, una atmósfera, una realidad física, con los detalles de lo concreto, o perderse en vaguedades y abstracciones, produce el mismo efecto que lo contrario: recargar la narración con datos innecesarios, querer contarlo y describirlo todo. Por ambos lados se despeña la novela.

jueves, 15 de abril de 2010

LA MUERTE, COMPAÑERA, CONSEJERA FIEL

(Foto: Agustín Galisteo)

La primera vez que me di de bruces con la muerte, yo tenía cinco años. Una niña de mi edad se ahogó con un globo. Aún recuerdo su cara pálida y los gritos de su madre cuando se la llevaban en un ataúd blanco.

Un amigo de mi infancia se hizo guardia civil. Ascendió pronto a teniente y se dedicó a perseguir al narcotráfico. Cayó en la tentación de traficar con los alijos de droga requisados. Sospecharon de él porque empezó a vivir por encima de sus posibilidades económicas. Lo descubrieron y se pasó varios años en la cárcel. Su mujer murió de cáncer. Al salir de la cárcel, se suicidó. Sus padres, nonagenarios, sin embargo, viven aún.

Tuve otro amigo que se aficionó al submarinismo. Le gustaba el riesgo. Vivió en Guinea Ecuatorial. Un día se fue a la costa de Gijón, se sumergió más hondo de lo prudente y se le reventaron los pulmones por la presión.

También mi primo murió ahogado. Fue en Tenerife. Una ola lo enredó y se ahogó de forma estúpida donde ni siquiera lo cubría el agua. También le gustaba practicar el submarinismo. Las playas rocosas de Tenerife con muy peligrosas, aunque no lo parezcan.

Otro primo mío también se murió hace años. Padecía del corazón desde niño, pero logró sobrevivir durante más de cuarenta años. Era fuerte y cariñoso. Acudí a su entierro, en Valladolid. Me impresionó su cara, hinchada y desfigurada.

Ya de joven, otro amigo se suicidó dándose un pistoletazo a la entrada de la catedral de León.

Cuando yo daba clases en Santa Coloma de Gramanet, un compañero del instituto se cortó la venas en el Departamento de Literatura y se tiró por la ventana. Otros dos profesores amigos también se suicidaron: uno padecía cáncer y el otro, esquizofrenia.

Hace poco, un amigo de Barcelona, con el que escribí varios artículos para la revista El Viejo Topo, apareció muerto en su piso. Padecía una depresión grave.

La lista de amigos y familiares muertos es mucho mayor, claro. Me he acordado ahora estos muertos porque siguen ahí, muy vivos en mi memoria.

De vez en cuando hay que escuchar a nuestra compañera más fiel, la mejor consejera, que siempre está ahí, a nuestra izquierda, a un brazo de distancia.
Sí, yo también me iré, como escribió Juan Ramón Jiménez.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

viernes, 9 de abril de 2010

NOCILLA NOTHING


(Foto: Agustín Galisteo)


Estaba harto de leer titulares sobre el Proyecto Nocilla, La Generación Nocilla, ese nuevo fenómeno de las letras españolas, Nocilla Dream como la mejor novela del año (lo dijo la revista La Quimera), una de las tres mejores del año (El País)... Miraba por encima los artículos, que si deconstrucción, descontextualización, fragmentación, pospoética... Por instinto me decía que todo era un nuevo timo y no traté de seguir la pista a esa moda, hasta que el otro día, buscando en una biblioteca Mientras agonizo, de W.Faulkner, me di de canto (de lomos) con las Nocillas del nuevo Joyce de las letras hispanas. Me llevé una a casa, para hojearla con un poco más de detenimiento. Leí unas veinte páginas y fui incapaz de seguir. Me pregunto se ha habido alguien capaz de leer por completo alguna de esas Nocillas. Prosa pastosa, pero con gusto a papel secante, no a nocilla. O a plástico. Ya lo dijo el autor: “El súmmum de la creación humana es el plástico”. Su técnica es elemental, de parvulario: “Se descontextualizan las cosas y se les da un halo poético por el simple hecho de colocarlas en otro lugar”. Así de fácil es escribir una novela. Porque: “El mundo se ha transformado en un supermercado donde tú vas cogiendo lo que te apetece y con eso puedes montar un día en tu vida, una novela o una peli”. Y por si no quedaba claro: “Crear es copiar”.

Pues con estos hilos se ha construido (¿deconstruido?) la nueva teoría y moda literaria. Fabricada la red, a pescar peces. Pero por más que en un primer momento acudan como moscas a la nocilla, pronostico que este fenómeno durará menos que un donut en la boca, porque está lleno de aire. Pasará la Nocilla, Los Nocillas y los Nocilleros de la crítica y los suplementos literarios.

A mí toda esta moda me parece tan paleta, tan ignorante, tan artificiosa, tan cursi, tan vacía como estos dos versos del nuevo genio:

Me muero por piratear esta noche
los 50 gigabytes de tus pezones

Lo más repelente es el tufo de arrogancia y pedantería que rezuma esta pésima literatura. Sólo así se puede titular un supuesto libro de poemas “Yo regreso siempre a los pezones y al punto 7 de Tractatus”. A esto le llama su autor pospoética, nada menos que un nuevo paragdigma.
Se me acaba de ocurrir el título de mi primer libro pospoético: “El huevo, el postfacio y la gallina se encuentran en un burdel... de Wall Street”. ¿Sugerente título, verdad?

lunes, 5 de abril de 2010

LEYENDO A WILLIAM FAULKNER

(Foto: S. Trancón)

Siempre es buen momento para leer a William Faulkner. Sobre todo para quien quiera aprender algo sobre el difícil arte de la literatura.
Recuerdo aquello que dijo: Para ser un buen novelista hace falta un 99% de talento, un 99% de disciplina y un 99% de trabajo. Y que un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Parece sencillo, pero ahí está todo.

También dijo:
El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo.

Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error.


El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro.

Un escritor trata de crear personas creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera más conmovedora que pueda.

La finalidad de todo artista es detener el movimiento que es la vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo de suerte que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse en virtud de qué es la vida.

Pienso lo mismo. Para mí sólo hay dos clases de literatura: la viva y la muerta. La literatura muerta, la que más abunda, la que llena las estanterías de librerías y supermercados, déjala, no pierdas un segundo de tu vida en leerla. Hay que desarrollar el instinto: o viva, o muerta. A la muerta, ni la toques.

¿Qué es literatura viva? Cuando uno lee cosas como éstas de William Faulkner, enseguida aprende a distinguir:

“... con una herida en la cabeza, en la cual podría haber escondido un cigarrillo”.

O: “Él y Joe tienden la línea (
de anzuelos) sólo cuando Lonnie tiene ganas, no cuando los peces pican”.

O:“-¿No son la verdad y la justicia una misma cosa? –dijo a su vez el sheriff.
-¿Desde cuándo? –dijo tío Gavin-. En mi vida no he visto una verdad que fuera justa, y he visto a la justicia utilizar instrumentos y medios que personalmente yo no tocaría ni con pinzas”.

O:“Es como haber sido arrebatado por un huracán y lanzado y golpeado hasta caer en el mismo punto de partida, y todo ello sin el placer o beneficio de haber hecho un viaje”.

O:“Era como si a raíz de su muerte, aquella mujer hubiera adquirido sustancia suficiente para proyectar una sombra al menos”.

Ponerse a pescar cuando uno tiene ganas y no cuando los peces pican...
Queremos imponer nuestras ideas preconcebidas al mundo, en lugar de hacer lo contrario. Por eso siempre nos pillan desprevenidos la realidad y la vida.
Lo que nos molesta no son los hechos, sino que los hechos no se acomoden a nuestros prejuicios y expectativas.

Hay que pescar, leer, actuar... cuando los peces pican. Algunos se ponen incluso a pescar donde ni siquiera hay río.