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martes, 24 de octubre de 2017

IMPOSICIÓN LINGÚÍSTICA

(Foto: A.T.Galisteo)

Si hablo en español, y no en catalán, yo jamás digo ni escribo Generalitat, sino Generalidad, Gobierno catalán, nunca Govern català, Presidente y no President, Parlamento y no Parlament, Estatuto y no Estatut, Mozos de Escuadra y no Mossos d’Esquadra. Pero tampoco digo Lleida, sino Lérida, no Girona sino Gerona. Lo hago por las mismas razones por las que no digo ni escribo London, sino Londres, Alemania y no Deutschland, Moscú y no Moskva.

Que se hayan llegado a imponer exclusivamente nombres catalanes o gallegos o vascos, cuando desde siglos existen nombres en español, es una prueba de imposición lingüística, de una claudicación y sumisión totalmente injustificada. Como hablante del español, y por pura reacción ante cualquier forma de imposición, me niego a utilizar términos que, por el mero hecho de usarlos forzadamente, ya suponen la aceptación de una dominación lingüística. Sería igualmente inadmisible que yo obligara a decir Lérida en lugar de Lleida, a escribir España y no Espanya, o León en lugar de Lleó, cuando alguien se expresa en catalán.

Respetar estos usos de la lengua respectiva es respetar a sus hablantes. No hacerlo, es imponerse sobre ellos, es obligarles a que hagan un acto de reconocimiento y pleitesía obligatorio, renunciando a sus términos naturales, para usar otros a contrapelo. Se me dirá que esto es ir demasiado lejos, que es ver fantasmas donde no hay más que un gesto de buena voluntad, de reconocimiento de quien habla una lengua distinta. Pero violentar de este modo los usos naturales de una lengua para imponer los de otra no es, sin embargo, algo inocente ni inocuo. Primero, porque crea una confusión fonética y morfológica que no sirve más que para debilitar las normas de una lengua al someterla a las de otra. La “G” de Girona, por ejemplo, deja de ser el fonema “j” para convertirse en otro que no existe en español (fricativa postalveolar sonora). El sistema vocálico y el consonántico son diferentes. Obligar a hacer una excepción en la norma va contra un principio fundamental en el uso de las lenguas: el principio de economía. Nunca una lengua obliga a los hablantes a esfuerzos innecesarios.

Pero en el caso que nos ocupa existe otro elemento determinante: el acto de hablar se convierte en un acto político, en una acción política. El habla deja de ser un acto libre y comunicativo para convertirse en un hecho político, en la afirmación o negación de una posición política. El mero hecho de hablar de un modo u otro te delata, te señala, te coloca en un bando o en otro. Esto es algo aberrante en sí mismo, una perversión de la función del lenguaje. Si un poder político llega a inmiscuirse y a imponerte estos usos lingüísticos, ese poder está dando muestras inequívocas de su voluntad totalitaria. Ya ha penetrado en tu mente, en tu conciencia, en tu modo de presentarte y relacionarte con los otros, poniendo, de entrada, una barrera, obligándote, de entrada, a un acto de reconocimiento de la superioridad de otro. Para no ser excluido o tachado de… (ponga el lector lo que quiera), debes hablar del modo como el poder te dicta.

Pongo este ejemplo de abuso inadmisible, de imposición y dominación lingüística, como una muestra más del grado de claudicación en que los poderes públicos han caído frente al fenómeno totalitario del nacionalismo. Nada de extraño que hayamos llegado a esa increíble imposición de la mal llamada “inmersión lingüística”. En contra de todos estos atropellos se ha constituido una Plataforma formada por más de 36 asociaciones de toda España llamada “Hablemos español”, para recoger 500.000 firmas con las que llevar a cabo una Iniciativa Legislativa Popular (puedes entrar en www.hispanohablantes.es para añadir tu firma).

Su objetivo es que se pueda hablar y estudiar en español en toda España y que este derecho se respete en cualquier lugar, porque el problema ya no se limita a Cataluña, sino que empieza a extenderse por media España. Millones de españoles no pueden recibir hoy la enseñanza en su lengua (en toda Cataluña, pero también en el País Vasco, Navarra, Galicia y cada vez más en Valencia y Baleares). Para dominar no hay mejor instrumento que obligar a hablar a alguien la lengua del dominador. Incrustar en el español todos esos términos catalanes (que cada día son más, y más frecuentes) es otra artimaña para marcar la diferencia, para hacer visible y extender, de modo permanente y cotidiano, esa voluntad de diferenciación simbólica.

Se me objetará que se trata sólo del reconocer la existencia de otras lenguas, de respeto a sus hablantes, de lucha contra la imposición del español. ¿Pero es que una lengua, para existir, necesita imponerse destruyendo y despreciando el derecho de otros a hablar y usar su propia lengua, tal y como ellos quieran?


viernes, 6 de octubre de 2017

¿Y AHORA QUÉ? Ante el desconcierto nacional


(Foto: Fernando Redondo)

Podría escribir otro artículo. Podría repetir lo que he dicho y anunciado desde hace más de treinta años. Podría recoger cientos de afirmaciones escritas en cientos de artículos durante los últimos cinco años (por acotar el tiempo). Podría repetir los gestos de conmiseración con que han sido acogidos mis análisis y vaticinios por muchos, incluidos algunos de mis amigos, los que, aun pensando como yo, me han tachado de exagerado, alarmista, incluso de pirado. Los hechos, sin embargo, han ido dejando cortas mis reflexiones, mis premoniciones, no sólo para darme la razón (pobre consuelo), sino para sacarla de quicio, porque ni siquiera los hechos caben dentro de los márgenes de la razón.

Cuando los hechos empiezan a desbordar a las palabras, entonces significa que hemos entrado en otra fase, otro estado. Cuando se pasa del estado sólido al líquido, por ejemplo, las leyes cambian, nada de lo que vale para tallar una piedra sirve para manipular un litro de gasolina. Las leyes de cohesión, tensión, fluidez o capilaridad, cambian. Pues eso mismo sucede con una sociedad, puede pasar de un estado a otro. Los cambios pueden ser bruscos (una revolución) o lentos y graduales (lo más frecuente) hasta que se hacen evidentes e irreversibles. La paz y la cohesion social, así, pueden pasar de la estabilidad y el equilibrio, a la inestabilidad y el desorden. Los negacionistas, que suelen confundir pacifismo con cobardía, acaban siendo incapaces de distinguir una marea de un tsunami.

No necesito decir que me refiero a España. Pero debo precisar: no sólo a Cataluña. El primer error, el que lo desenfoca todo, es hablar del “problema de Cataluña” como si fuera algo separado o distinto del problema de España. Pensar y creer que lo que sucede en Cataluña no afecta ni influye ni determina todo lo que hoy ocurre en España, es algo que sólo una maniobra de persistente propaganda, de intencionada campaña de adormecimiento, obnubilación e hipnosis colectiva ha podido lograr. Que hoy predomine el relato goebbeliano y nazi sobre lo acontecido en Cataluña el 1-O, transformando una insurrección anticonstitucional en una resistencia heroica del “pueblo catalán”, es algo de una gravedad que supera mis más negros augurios. Pero he dicho que no quiero escribir un artículo. Así que aquí me callo. Es tanta la responsabilidad delictiva de Rajoy y su miserable y cobarde camarilla, que aquí dejo en el tintero la indignación de mi pluma y anestesio con poesía mi lengua:

Aires, aires de mi tierra, da minha terra, de aquel horizonte rojizo manchado de robles y encinas (más allá, las altas montañas), que fue la primera lejanía que mis ojos lograron distinguir en la confusa e inabarcable inmensidad de los campos y riberas que no necesitan más que la luz para existir. Volver a la patria pequeña, a la matria regada por el Cea y luego el Esla y más allá el Duero que acaba en la mar sin límites, atravesando Portugal, que es la misma patria. Amar esta tierra desnuda y sin fronteras, la que es de todos por igual, la que nadie tiene y todos poseen, la que, extendiéndose más allá, encuentra otro mar, al este, y otro al norte, y otro al sur, la España que nos une y nos hace libres.

Frente a la despesperación de esta hora, que acabará siendo trágica, sólo me queda una esperanza, y aquí ya la política olvida su nombre y encuentra su justificación más allá, en los caminos que señala el corazón, y la lucha por la verdad y la razón y el empeño de impulsar un movimiento político de resistencia, que recupere el sentimiento de libertad y dignidad, adquiere su único sentido, que no es otro que volver a ver en el rostro de la patria, o sea, en el de la mayoría de sus ciudadanos, la fe en sí misma (en sí mismos), en su capacidad de reacción ante la deleznable casta política que hoy nos gobierna y domina, un grupúsculo de indeseables corruptos, cobardes y apocados, incapaces mentales, tan engreídos como inútiles.

Sí, hasta el diccionario se fatiga tratando de describir la abyección de quienes han renunciado a devolver la dignidad al Estado, a las leyes, a la libertad, a la igualdad, a la convivencia y a la unión que, si no la persiguen y aplastan, surge de modo natural entre todos los españoles, vivan donde vivan, tengan la ideología que tengan, hablen la lengua que hablen. De todos ellos, de todos nosotros, dependerá que triunfen los sediciosos, los nacionalfascistas, los antidemócratas, los únicos que de verdad usan la violencia, la discriminación y la intimidación contra la mayoría. Se llaman lo contrario de lo que son, pero este engaño, manipulación e imposición del relato cambiado de los hechos acabará desmoronándose. Sí, somos mayoría. Empecemos a creer en nuestra fuerza, por más que nos amordacen unos y otros, independentistas y pusilánimes, atracadores y consentidores.