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miércoles, 20 de abril de 2016

¿QUÉ ES LA IZQUIERDA?

(Fotos: A.T Galisteo)
En un artículo recién publicado en La Nueva Crónica acabé con la apelación genérica a “una verdadera izquierda”. Muchos me han preguntado qué entiendo por “izquierda”. Nunca me vi en mayor aprieto, pero acepto reto. Es como si alguien se coloca en una mesa frente a ti, te da una baraja y te dice, “pon una carta a la izquierda”, y tú le preguntas: “sí, ¿pero a cuál izquierda?”, porque no es lo mismo tu izquierda que la mía. Así que, aceptando que el observador condiciona lo observado, o sea, que la posición subjetiva determina la percepción, voy a ello.
            Primero: la distinción entre izquierda y derecha es política e ideológica, y hace referencia tanto a ideas como a actitudes y sentimientos. Conviene destacar esta doble condición, porque muchas veces pueden no coincidir las ideas y palabras, con las actitudes y comportamientos. Todos conocemos escandalosas discrepancias entre lo que se dice y lo que se hace, y esto vale tanto para personas de derechas como de izquierdas. Ahí están los papeles de Panamá, sin ir más lejos.
            Segundo: la distinción izquierda/derecha ha evolucionado subsumiendo otras dos anteriores, la del XIX entre conservadores y liberales, y la marxista entre proletariado y burguesía. Hoy, diluido el proletariado por la extensión de una amplia y variada clase media, y muy desprestigiado el conservadurismo por reaccionario, las fronteras entre derecha e izquierda no podemos hacerlas echando mano de estas categorías.
            Tercero: conviene distinguir entre la ideología política de los partidos y la identificación personal cona﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ con esa ideologidentificacirda no pueden hacerse echando mano de estas categor hacemientos.  definicirecho a no obede un partido determinado. Votar a un partido no significa identificarse necesariamente con su ideología ni con el comportamiento de sus dirigentes. Es cierto que existen muchos votantes que se identifican con un partido haga lo que haga y sea cual sea la conducta de sus dirigentes. Son votantes creyentes que necesitan reconocerse y ser reconocidos por su adhesión incondicional “a la causa”. Su fe inquebrantable les exige ignorar cualquier dato que contradiga su militancia. Es el caso de muchos votantes del PP (derecha) y de Podemos (izquierda), inmunes a cualquier duda o crítica porque es su propia identidad lo que está en juego.
            Cuarto: es cierto que las fronteras entre izquierda y derecha se han ido diluyendo hasta convertirse muchas veces en mero reclamo político, un instrumento eficaz para enfrentar simbólicamente a dos bandos irreconciliables, lo que refuerza los sentimientos de adhesión y moviliza energías latentes de origen tribal y primitivo, siempre al acecho.
            Cinco: dado que no es fácil borrar estas categorías sin generar una mayor confusión, es más práctico mantenerlas y definirlas mejor. Aunque de modo esquemático, he aquí algunas ideas que a mí me sirven para definir a la izquierda:
-Ser consciente y sensible al dolor humano y la injusticia y obrar en consecuencia, evitando causar dolor a nadie y combatiendo cualquier injusticia.
-Defender el bien común o de la mayoría frente a los intereses de cualquier minoría.
-Defender la libertad y los derechos individuales frente a los privilegios colectivos o de grupo, sean territoriales, históricos o de clase.
-Poner por encima de cualquier otra identidad, la condición de ciudadano como sujeto de derechos y deberes reconocidos en leyes democráticas.
-No considerar las diferencias sociales (económicas y culturales), ya sean individuales o de grupo, como una consecuencia inevitable del determinismo biológico, el azar, la voluntad divina o el mero esfuerzo individual, sino también como resultado de la dominación, la avaricia y la explotación de los otros.

-No confundir la izquierda con el comunismo clásico ni con el socialismo acomodaticio actual, pero tampoco con el populismo de raíz totalitaria, ya sea nacionalista o izquierdista.
Es un breve resumen para animar a la reflexión.

miércoles, 13 de abril de 2016

LA IZQUIERDA Y LAS IZQUIERDAS

(Foto: S. Trancón)

La distinción política entre izquierda y derecha sigue ahí, a pesar de que lleva más de un siglo de crisis “semántica”: es muy difícil anularla. Podemos (lo mismo que los falangistas en su día) empezaron tratando de borrar estas diferencias, conscientes de que esa frontera dividía a los ciudadanos en dos categorías no necesariamente enfrentadas. Ensayaron lo de la transversalidad, pero la realidad (la identificación de sus votantes y de su ideología no sólo de izquierdas, sino de extrema izquierda) les hizo abandonar el intento y ahora ya se sitúan donde están, a pesar de seguir jugando con suficiente ambigüedad como para que quepan en su cesta votos de derecha, incluso de extrema derecha. Izquierda Unida quiso explotar esta contradicción, pero ya ha abandonado esa difícil tarea porque Podemos ha sabido diluirla al colocarse en algunos temas más a la izquierda que la propia IU.
Ciudadanos también quiso borrar esta dicotomía diciendo que había que superar eso de “rojos” y “azules”, buenos y malos, para situarse en el centro y acabar con el enfrentamiento entre las dos Españas, la de derechas y la de izquierdas, esa perversa división que nos llevó a la Guerra Civil. Como a Podemos, el propósito, lleno de razón y buenos deseos, tampoco ha superado el choque con la realidad, y cada día está más claro que este partido se sitúa en el centro derecha. El centro indica moderación, pero no diluye la categoría principal, la que define su espacio natural: la derecha.
La batalla lingüística contra la distinción entre izquierda y derecha ha fracasado, quizás porque el lenguaje necesita de las oposiciones simples, las dicotomías, para enfrentarse a las realidades complejas. Necesitamos simplificar, dividir y separar lo que, fuera de nuestra mente, no es más que un continuo amorfo y caótico.
Aceptado lo inevitable de esa rápida, fácil y eficaz dicotomía lingüística, el problema se ha trasladado a la distinción dentro de cada una de estas dos categorías dominantes. En España este problema siempre ha tenido una importancia decisiva. Así como el concepto de derecha ha permanecido bastante estable y relativamente bien definido, con gran capacidad de adaptación pragmática, el campo de la izquierda ha estado siempre sacudido y atravesado por constantes divisiones irreconciliables. Lo estamos viendo hoy mismo. El intento de aglutinar a las izquierdas con ese señuelo ambiguo del “gobierno del cambio” no funciona.
El problema radica en la propia indefinición ideológica y política de esas diversas izquierdas. Su problema es que no son en verdad “de izquierda”, sino “de izquierdas”, cada una a su modo, una sectaria y dogmática, otra malabarista y oportunista. A estas izquierdas confusas y claudicantes les une una misma ambición: el asalto y la conquista del poder. Poco importa cómo lograrlo y para qué. Empiezan por no tener una idea de España, de su legitimidad histórica y su legalidad constitucional, y acaban peleando por el reparto de despachos, incluido ese imposible semántico llamado “plurinacionalidad”. Nada más alejado de una verdadera izquierda.