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sábado, 9 de junio de 2018

¿ALUCINACIÒN O COBARDÍA?



De niño presencié una escena angustiosa que hoy ha vuelto a mi memoria. Cruzaba con mi madre las vías de la estación de León y nos paramos porque se acercaba un tren a gran velocidad. En la vía paralela estaban aparcados unos vagones. Una hilera de seminaristas, arremangándose las sotanas, empezó a subir a un vagón para cruzar y saltar al otro lado sin percatarse del tren que se acercaba. Estaba oscureciendo y mi madre, al ver el peligro, se puso a gritar, pero pronto el ruido y el humo del tren lo tapó todo. No sé cómo, una décima de segundo antes de la tragedia, el seminarista que estaba a punto de saltar se quedó petrificado en lo alto del vagón. Mi madre, creyente, lo atribuyó a una intercesión divina. Sin duda, lo fue. Lo que no sabría yo decir es si el milagro se obró para evitar la muerte de aquel muchacho o para que mis ojos de niño no presenciaran esa brutal escena.

Metáfora o alegoría, hoy siento una conmoción parecida al contemplar cómo nos precipitamos hacia esa vía que puede acabar en catástrofe inevitable. Ciegos, en hilera, mientras oscurece, sin escuchar las voces que gritan anunciando el peligro, nuestros políticos cruzan las vías sin prevención alguna, ignorando que un tren circula cada vez más veloz hacia su destino y sin obstáculo alguno. Es el tren separatista catalán, por acudir al manido símil ferroviario. Se ha puesto al mando un maquinista fanático, pero no loco. Y no es que vaya a acelerar, es que está acelerando: jamás ningún otro había llegado a tanto, a mostrar sin pudor ni atenuante alguno cuál es su ideología, su infame racismo, su odio pestilente, su plan golpista. Se acabó la ambigüedad.Lo que ayer hubiera levantado todas las alarmas, hoy aparece ya como normal.

Esta es la normalidad rajoyana, por la que ha suspirado el alucinado de la Moncloa. Lo llamo alucinado porque se me han agotado todos los calificativos del diccionario. Quiero pensar que, preso de un trastorno mental, vive en un mundo de puro delirio al que él llama normalidad. La pregunta es si esta alucinación nace de un fondo de insondable cobardía o es fruto de una degeneración neuronal. O de ambas.

Siento repetirme. Lo que está ocurriendo en Cataluña es algo inconcebible en una democracia. Es la realización de un golpe de Estado anunciado, radiado, televisado, "implementado" (como dicen ellos) paso a paso. Un golpe posmoderno (Daniel Gascón). Los golpes también evolucionan, se adaptan a la nueva realidad. Lo mismo que la guerra. Hoy la guerra se lleva a cabo de muchas formas. También hay una guerra posmoderna. Los perezosos, los obtusos, siguen pensando que no hay guerra, que no hay violencia, porque no hay muertos a la vista, muertos por las aceras o las cunetas. Es la filosofía mostrenca de los Rajoy y las Sorayas. "Esperemos a los hechos". Como si el decir no fuera ya un hacer. Como siel insultar, el amenazar, el proclamar, el utilizar TV3 y los medios públicos, el adoctrinar, el usar toneladas de dinero público para hacer propaganda y crear "estructuras de Estado", no fueran ya "hechos jurídicos y fácticos" incontestables, por citar unos pocos.

Con esta doctrina saltaría en pedazos todo el sistema jurídico y democrático. No podríamos detener a terroristas hasta que hicieran explotar sus bombas o a violadores hasta que el hecho no ocurriera delante de tres jueces que coincidieran en la valoración del delito. Hemos visto a más de un centenar de parlamentarios disfrutando de medio año de vacaciones espléndidamente pagadas. Esto tampoco es un hecho, al parecer, sino un derecho adquirido. Y extendido a todos los forajidos a los que pagamos para que dinamiten el orden constitucional. Todo esto es normal para esa fatídica mezcla sináptica de alucinación y cobardía.

Antonio Robles ha escrito: "Estamos ante una guerra no declarada. Quim Torra es un fanático supremacista dispuesto a romper la paz social y lo que haga falta. Sin reparar en costes de ningún tipo. Incluido el enfrentamiento civil. Con Quim Torra no habrá una declaración inofensiva de independencia, sino un órdago sin marcha atrás".Hasta el espectro de Montilla ha dicho que "cada día es peor que el anterior", e Iceta que "esto acabará en batalla campal". Mientras tanto el cabestro sigue sesteando, advirtiendo que no debemos "caer en la ansiedad".

Sólo nos salvará del golpe brutal contra la realidad la reacción de lo que, pese a todo y a todos, sigue siendo el pueblo español, la conciencia nacional, el sentimiento de pertenencia a una comunidad libre y democrática que no quiere autodestruirse. Para esta tarea se necesita otra derecha, pero también otra izquierda.Habrá que hacerlo posible, porque no hay otra salida.

viernes, 4 de marzo de 2016

CLAVOS Y PECADOS (carta de un amigo)

(Foto: A. Galisteo)

Un amigo, Evelio Rivera, me envió esta carta a propósito de un cuento judío que publiqué aquí (ver más abajo) y que leyó en una pausa de su trabajo. Es un relato emocionante y lleno de sabiduría. Que este cuento judío lo conociera ya desde niño es una prueba de esa huella judía invisible que perdura aún en nuestra país.   

Buenas tardes, Santiago:

Es curioso que en medio de esta borrachera de números, me llegue un recuerdo que, como una marea fresca, tiene el poder de arrancar  las cifras del papel y llevárselas volando como gotas de betún. El cuento al que te refieres lo escuché en mi pueblo cuando era pequeño, pero los clavos se clavaban en la puerta cuando se cometían  pecados.  Podías arrancarlos después de confesarte; cuando conseguías el perdón, a pesar de ello, siempre quedaban las marcas, es decir, según entendía yo el cuento, Dios no te perdonaba completamente, quedaba un poso, un runrún en tu interior que se mantenía activo durante mucho tiempo, hasta que finalmente se apagaba el ímpetu de la zozobra que tal o cual cosa te había producido. Afortunadamente, yo era un niño bueno y no encontraba actos, palabras o pensamientos en los que pudiera reconocer un pecado, ni siquiera un pecadito,  cosa  que molestaba mucho al cura de mi pueblo, por lo que tenía que simular pecados, mentir descaradamente al cura en el confesionario, para que no se enfadara conmigo, así que me inventaba los pecados. No sabía yo entonces qué era un pecado, lo descubrí una luminosa mañana cuando abatí un pájaro que piaba sobre la rama del olmo que crecía imponente al costado de la carretera, cerca de mi casa. Como todos los niños de mi pueblo, me fabriqué un tirachinas, corté una pequeña rama de fresno y con un trozo de vidrio hice unas muescas en la madera para encajar las gomas, las cuales, supongo que las conseguí en un estercolero, tarea no exenta de riesgo porque había que rebuscar entre el estiércol de los animales, las latas oxidadas de las sardinas, los cristales de las botellas rotas que ya no servían para cambiarlas en la taberna, etc. Era muy de mañana, coloqué una piedra entre las gomas de mi tirachinas, las  estiré lo más que pude y apunté al pájaro. Jamás pensé que le acertaría, pero el caso es que cayó al suelo golpeado por la fuerza de la piedra. Asombrado me acerqué para ver cómo su pequeña lengua sobresalía levemente entre su pico abierto. Una ola de frío me erizó el pelo del cuello, el pájaro agonizaba, los estertores de su cuerpo, precursores de la muerte, me sobrecogieron, me sentí lleno de vileza. No consideré aquel acto como una proeza, muy al contrario, me sumió en una especie de letargo abarrotado de tristeza. Ese sí fue un gran pecado, nunca he olvidado aquel acto cruel. La brutalidad de un ser que usa su poder para aniquilar la inocente belleza de un pájaro cantado, llenando con hermosos trinos el silencio del claro azul, un azul casi zarco, hasta conseguir que el aire vibre y que violentamente yo golpeé cuando el canto de su última nota se enredaba acariciando las ramas del olmo.    

sábado, 30 de enero de 2016

CLAVOS QUE DEJAN HUELLA (Cuento Judío)

(Foto: Ángela T. Galisteo)

Esta es la historia de un muchachito que tenía muy mal carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta.
El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta.
Un día descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta. Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día.
Después de informar a su padre, este le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter.
Los días pasaron y el joven pudo anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta...
Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: "has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta.. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves.
Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas lo devastará, y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física"


(CUENTO JUDÍO tomado de Shirley Dobin Rosenthal)

viernes, 13 de noviembre de 2015

EN EL MUNDO DE LOS GATOS

(Foto: Ángela Trancón)

Mi amigo Evelio tiene alrededor de su casa un jardín y un pequeño huerto con árboles. Lo cuida y cultiva sin usar ningún tipo de insecticida o pesticida. La naturaleza crece allí libre y espontánea, lo que explica, me dice mi amigo, que acudan a sus árboles y yerbas pájaros, reptiles e insectos de todo tipo. Tiene un gato que se ha convertido en un depredador muy valioso. Caza saltamontes, avispas y ratoncillos con una agilidad y eficacia asombrosas.
Un día mi amigo descubrió que su gato había recibido un disparo que le dejó un balín incrustado bajo la piel. Esa misma noche soñó que su gato estaba a punto de morirse. Le habían colocado una especie de bozal que lo estaba ahogando. En medio de la angustia de ese sueño sintió que algo le rozaba la planta del pie. Se despertó y vio, todavía sumergido en la viveza del sueño, cómo su gato ronroneaba y le mordisqueaba los dedos. Jamás su gato había entrado en su dormitorio y menos para subirse encima de su cama y rasguñarle los pies. Que lo hiciera a media noche, y justo cuando intentaba salvarle en sueños, fue algo que le dejó tan sorprendido como si hubiera entrado de repente en otro mundo.
En realidad sí que había entrado en otro mundo: el mundo de los gatos. La puerta por la que penetró fue el sueño. Un sueño vívido y muy realista, tanto que pasó, sin solución de continuidad, del sueño a la realidad. Cogió al felino y lo llevó a la cocina donde tenía su cuenco lleno de comida y agua. Pensó que tendría hambre o sed. El gato lo miró, dio un salto y se coló por la ventana hacia el jardín. No, no tenía ni hambre ni sed, no era esa la explicación de su insólita conducta.
Los perros nos protegen de ataques y agresiones físicas, guardan nuestro territorio. Perciben nuestras emociones y sentimientos, especialmente la alegría y el miedo. Los gatos, en cambio, nos protegen sobre todo de ataques y agresiones psíquicas o energéticas. Los gatos están en este mundo y en el otro a la vez, tienen conexión con una realidad paralela e invisible en la que se adentran a través de sus propios sueños. Por eso se pasan tantas horas dormitando, soñando semidespiertos.
El hombre ha necesitado, para sobrevivir, no sólo de los perros, sino de los gatos. Necesitamos proteger nuestro cuerpo, pero también nuestra mente. Necesitamos la salud y el bienestar corporal, pero también la energía mental y la conciencia. Mi amigo y su gato conectaron su mente y su conciencia. El gato le despertó para tranquilizarle, para sacarle de una pesadilla. Podemos llegar a morir a causa de una pesadilla. La realidad tiene muchas veces el poder maléfico de una pesadilla.
Los egipcios descubrieron hace casi 10.000 años que los gatos eran su protectores. Por eso adoraban a una diosa gata: Bastet. Enterraban a sus gatos como a seres sagrados. En Bubastis, ciudad de la diosa, había un gran cementerio de gatos momificados. Los gatos eran mensajeros del más allá: veían lo del otro lado; quizás por eso nos ayudan a salir de la zona oscura de los sueños.

Ante tanta confusión política y social, ante tantas amenazas, necesitemos hoy más que nunca del poder protector de los gatos, que nos despierten y saquen de las más inquietantes pesadillas. ¿Quizás por eso el número de gatos en nuestro planeta es tres veces mayor que el número de perros? Nuestra mente es más frágil que nuestro cuerpo.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

KING KONG NACIÓ EN ASTORGA



(Foto: S. Trancón)
El mito de King Kong apareció escrito por primera vez en 1570 y salió de la pluma de un astorgano, Antonio de Torquemada (1507-1569), un escritor judeoconverso autor de cuatro libros extraordinarios: Manual de escribientes, Coloquios Satíricos, Olivante de Laura (que figuraba en la biblioteca de don Quijote) y Jardín de flores curiosas. Es en este último en el que nos narra la historia de King Kong, al que no pone nombre ni cuerpo de simio, sino de oso, pero del que nos cuenta su peripecia completa, mucho más interesante que la del personaje fílmico.

La historia, cuya veracidad fundamenta en el testimonio de Juan Magno, arzobispo de Upsala, la sitúa Torquemada en unas montañas del reino de Suecia. Sucede así: la hermosa hija de un hombre rico salió una tarde al campo con sus amigas y se adentró en un espesura donde se topó as delirantes como que Cervantes o san Teresa eran catalanescatalanes, fantarando a lcon un oso “de demasiada grandeza”, que se la llevó en brazos “sin hallar resistencia ninguna”. Su primer impulso fue comérsela, pero Dios no lo permitió y el oso, movido por un instinto bien diferente, la metió en una cueva y allí “toda su crueldad se le volvió en un amor entrañable”. Después de pacientes carantoñas, logra la fiera que la joven, “aunque no por su voluntad”, consienta en tener “sus ayuntamientos libidinosos con ella”.  La cuida como a una princesa, cazando venados para ella, hasta que unos cazadores se encuentran con la bestia y logran matarla, liberando a la joven de su dulce cautiverio. Al poco tiempo, “sintiéndose preñada y esperándose que había de parir algún notable monstruo, parió un hijo que ninguna cosa sacó de su padre”, salvo el “ser un poco más velloso” que otros hombres. “Criándose con diligencia y cuidado”, se convirtió en un hombre valeroso y temido, “y teniendo noticia de los cazadores que habían muerto al que lo había engendrado, les quitó la vida”, por cumplir con “la obligación de vengar la muerte de su padre”. De su linaje procedían los suevos.




Pues sí, ya lo ven, el mito de la bella y la bestia (menos edulcorado que en el cine) tiene origen leonés. No necesitamos inventarnos, como hacen los independentistas,  delirios provocadores como que Cervantes o Santa Teresa eran catalanes; basta con que leamos a nuestros autores olvidados, como a este astorgano, para descubrir historias tan fantásticas como ésta. Ahora que estamos en época de revisión del callejero bien se merecería Antonio de Torquemada una calle en su patria chica y en Benavente (donde vivió), desplazando a algún que otro energúmeno que todavía figura en el santoral viario. De paso, bien estaría reivindicar su condición de judeoconverso, junto a muchos otros, como nuestro admirado fray Bernardino de Sahagún.  
http://www.lanuevacronica.com/king-kong-nacio-en-astorga 





domingo, 27 de marzo de 2011

CUANDO SE PARA EL TIEMPO

(Foto: Daniel Montero)

Se precipita la luna, con su resplandor anaranjado, sobre los tejados… Se precipita, pero está fija, inmóvil sobre un cielo azul, y todo es silencio, todo irradia presencia, un estar ahí del mundo, totalmente real. Los tejados son de pirraza, y esto que veo es una aldea perdida entre montañas. Aquí he estado en otro tiempo. Aquí he vivido. Las calles, estrechas, muestran piedras descarnadas que han ido desgastando las ruedas de los carros, formando surcos. La lenta rueda del tiempo ha dejado huellas de su paso invisible. Una larga calle, retorcida, recorre la aldea, subiendo hacia la ladera de los castaños. Con lluvia y nieve, he pisado el barro entre las rocas horadadas, las losas de los patios, las ramas de las urces y las retamas. Aquí viví en otro tiempo. ¿Qué queda de mí aquí? Respiré este aire puro, el aroma del tomillo, el olor seminal de los castaños, la hierba recién segada. Un rebaño de cabras pasaba cada atardecer junto a mi puerta. ¿Qué se quedó de mí entre estas piedras, entre el humo de las chimeneas, el musgo de los tejados, la niebla de las mañanas de primavera? Como girones de lana entre las zarzas. Trozos de mí. Por los rincones donde hemos pasado, acurrucados en el silencio, muriendo suavemente, desvaneciéndose a un ritmo muy lento, como el desmoronarse de la roca. Hay una geografía personal, un mundo construido con los lugares en los que hemos vivido. Recorreremos ese territorio por última vez, al final. Los lugares que vimos, allí donde la presencia del mundo se hizo real. Allí donde quisimos quedarnos. Allí donde todo de pronto se paró, permaneció recogido, respirando, sumergiéndose en la eternidad. Antes de entrar en el último sueño, despertamos para ver todos esos lugares sagrados. El último viaje. La despedida. Recogeremos los fragmentos, los momentos en los que descubrimos la presencia de lo invisible, en los que vimos lo invisible, y amasaremos con esas experiencias nuestro verdadero ser. Estamos hechos de la sustancia del espacio, allí donde el tiempo se para. Con los fragmentos sagrados de nuestra vida se construye el espacio de otros mundos, allá donde acaso vayamos a parar, después de olvidarlo todo.