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jueves, 27 de abril de 2017

MUCHO CARA B

(Foto: S. Trancón)
Nuestra mente funciona mediante un mecanismo tan simple como eficaz: la oposición. El modo más rápido de definir algo es oponerlo a su contrario. El mejor símil es el de la moneda: todo tiene dos caras. A no es B. Opuestos, complementarios y excluyentes. El problema surge cuando descubrimos esa dualidad dentro de un ser que, por definición, debería tener una sola cara identificadora. Jano posee dos rostros, opuestos, pero se trata de un dios. Si viéramos por la calle a un tipo con dos caras reales, una de ellas ocupando el cogote, nos daría bastante pavor.

La realidad política empieza a producirnos el mismo espanto: descubrimos que muchos políticos tienen dos caras, que han vivido durante años con un rostro tan maquillado, tan esculpido, tan hormigonado, que nos ha parecido su única cara, la auténtica, mientras que otra, la real, se hacía milagrosamente invisible. Hemos convivido durante años con monstruos bicéfalos, bifrontes, bicípites, bífidos, bilocados. Tipos que despotricaban contra la corrupción mientras se enfangaban chapoteando como batracios en el lodazal de las comisiones, los sobres, los maletines, los paraísos fiscales, los pelotazos. Impunidad, descaro, cinismo de una desfachatez nauseabunda.

Los ciudadanos normales, los que vivimos austeramente de nuestro trabajo; los que necesitamos pensar que la mayoría de nuestros vecinos, amigos y compatriotas no son ladrones, ni cabronazos, ni caraduras, ni hipócritas redomados… Nos quedamos paralizados, incrédulos y estupefactos ante el desfile ininterrumpido de saqueadores del dinero público, esos a los que Aznar, Rajoy y Esperanza Aguirre hasta ayer mismo defendían como los más honrados e intachables. Son ya tantos los implicados en tramas corruptas y corrompidas, que hemos perdido el nombre y la cuenta, porque el último cara B borra los anteriores.

Llegado a este punto se impone una reflexión con que intentar superar el pasmo y dar cauce a la ira, buscar alguna interpretación que nos ayude a comprender qué está ocurriendo. Porque el problema no es sólo que haya algunos corruptos, sino que sean tantos; no que sean políticos, sino que la mayoría sean políticos; no que ocupen cargos, sino que ocupen los cargos más relevantes, tanto en las instituciones como en la cúpula de los partidos; no sólo que mientan, sino que lo hagan ostentosamente; no sólo que roben, sino que lo hagan impunemente; no que hayan robado, sino que sigan robando ahora mismo.

Hecho el diagnóstico, se impone una explicación: nada de esto sucedería si, además de los corruptos, no hubiera una extensa red corrompida que lo hiciera posible e igualmente se beneficiara de ello: empresarios, funcionarios, jueces, abogados, bancos y banqueros. Pero también, y aquí llegamos a un punto neurálgico, si no existiera una importante masa de ciudadanos que, por activa o por pasiva, no reprueban ni denuncian ni se escandalizan de estas prácticas. El supuesto de que, si se está en política, es para aprovecharse de ello, está tan arraigado que se juzga idiota a quien no lo hace. Este modo de pensar y actuar viene seguramente de muy lejos, de siglos atrás, incluso. El Estado, por su manera de actuar, se ha ganado la desconfianza de los ciudadanos y no es visto como algo propio y común, sino como un ente despótico y depredador, del que hay que protegerse y, llegado el caso, vengarse. Arrastramos esta prevención que nos vuelve condescendientes con quienes aprovechan la ocasión de disponer del dinero público. Quizás sea esta una explicación de por qué se sigue votando a un partido tan medularmente corrupto como el PP.

Pero vayamos más allá: todo esto no sucedería si existiera una legislación más clara, unificada y eficaz del funcionamiento de la Administración y de los poderes del Estado. La actual dispersión, inseguridad y arbitrariedad jurídica hace posible que la adjudicación y contratación de la obra pública y el funcionamiento de los organismos del Estado sea el terreno abonado de la corrupción. Topamos aquí con la inoperante articulación del Estado, la falta de separación de poderes, la proliferación del poder territorial que establece sus normas y hace muy difícil el control y la transparencia, imprescindibles para atajar a los corruptos.

Hay muchos cara B, pero porque existe un Estado B, unos partidos B, unos empresarios B, un capitalismo B, unos ciudadnos B. El envilecimiento individual exige un medio adecuado en el que ir aprendiendo a actuar sin escrúpulos, tejiendo apoyos y connivencias, insensibilizándose ante el reproche moral, esquivando las leyes, despertando la ambición, excitándose con la acumulación del dinero, cegándose con que el poder.

martes, 18 de abril de 2017

EL QUIJOTE, LA IZQUIERDA Y ESPAÑA

(Conmemorando el próximo 23 de Abril, día de Cervantes, que debería ser Fiesta Nacional)

(Foto: S.Trancón)

Ha dicho Ian Gibson que “el Quijote basta para justificar la existencia de España”. Tuvieron que ser los críticos ingleses y alemanes quienes descubrieran en el siglo XVIII la grandeza literaria del Quijote y se interesaran por su autor. Gracias a su reconocimiento hoy es considerado el Quijote como la obra más importante de la historia y a Cervantes el escritor más admirado y universal. ¿Necesitaremos que vengan ahora de nuevo autores, historiadores y turistas a reconocer y a justificar la existencia de España?

Franco utilizó tanto la palabra España para encubrir su tiranía, la dejó tan contaminada de sotanas y brazos en alto, que todavía cuesta a algunos despojarla de ese lastre, esa grotesca caricatura. Pero después de cuarenta años de democracia, este fenómeno resulta muy extraño. Es como si los alemanes fueran incapaces de separar la imagen de Alemania de Hitler y el nazismo. Especialmente llamativo es que la izquierda haya asumido esa burda identificación entre España y el franquismo. Nada de esto habría sucedido sin el malintencionado y xenófobo empeño de los nacionalistas vascos y catalanes de acomplejar al resto de españoles arrojando sobre ellos la culpa, no ya de los cuarenta años de dictadura, sino de toda la historia de España, según ellos obra de canallas, fachas y palurdos.

Es una anomalía cultural y política que la izquierda haya asumido este discurso disgregador y se haya vuelto antiespañola, en contra de su tradición, para favorecer el poder de las minorías nacionalistas, tan contrario a los intereses y la unidad de los trabajadores. Nunca la izquierda (ni socialista, ni comunista, ni anarquista) había renegado de España. ¿Habrá que recordar a algunos qué significan las siglas PCE y PSOE? Tan natural era esta E como antinatural es hoy el intento de borrarla o pronunciarla con vergüenza. Es la hora de recuperar el nombre de España y lo que significa: la mejor garantía democrática de la igualdad, la unidad, la libertad y el bien común de todos los españoles, con independencia de su lugar de origen o cualquier sentimiento particular de pertenencia.

Necesitamos volver a leer a Richard Ford, George Borrow, Ernest Hemingway, Gerald Brenan, Ian Gilson, a los hispanistas y, sobre todo, a Cervantes, para recuperar un legítimo sentimiento de autoestima, de aceptación de nuestra historia singular, de valoración de todo lo que tenemos y nos une, dejando a los nacionalistas con su rencor, sus mezquinos sentimientos y sus fantasías supremacistas. La izquierda, como ha dicho el insobornable Antonio Robles, “necesita amar de nuevo a su país y dejar de estar acomplejada por ello”.

Necesitamos restablecer los vínculos humanos y emocionales con esa realidad histórica, geográfica y cultural llamada España. Sin miedos, sin necesidad de dar explicaciones ni buscar justificaciones a un sentimiento tan natural como lo es sentirse español, del mismo modo que se siente vinculado a su patria un francés, un alemán o un inglés. La izquierda, especialmente, tiene la obligación de defender una idea democrática, igualitaria, abierta y moderna de nuestro país, combatiendo activamente la propaganda antiespañola, antinacional y antidemocrática que de modo beligerante lleva a cabo el nacionalismo catalán, vasco y gallego.

Que una nación pueda identificarse con una obra y un personaje como don Quijote es algo soprendente, y bastaría este hecho para reivindicar sin complejos y determinación nuestra condición de españoles, a los que une, ante todo, una lengua, una cultura y una literatura que es algo más que un simple fenómeno artístico. Se trata de una referencia simbólica capaz de expresar, sostener y elevar los mejores empeños, los afanes más nobles, las exigencias más altas. Es significativo que haya sido Cervantes, un judeoconverso, quien mejor haya sabido condensar y dignificar valores como la valentía, el orgullo, la altivez, la lucha contra la injusticia y la humillación, el amor y la amistad incondicional, la defensa de la libertad y la igualdad, el valor del esfuerzo, la desconfianza en el poder, el desprecio del dolor y la muerte, la pasión por la verdad. Que este conjunto de valores y símbolos lo encarnen los personajes más reales y vivos que ha creado la literatura, don Quijote y Sancho, da pleno sentido a la afirmación de Gibson, que podría figurar en el frontispicio de nuestra democracia.

Ojalá recuperemos, junto al nombre de España, todos estos valores para poder combatir la pasividad, la pusilanimidad, la cobardía y la falta de energía y vitalidad que hoy invade a nuestros políticos, adocenados y encerrados en un posibilismo mezquino y claudicante.
























martes, 11 de abril de 2017

LÍDERES MEDIÁTICOS


(Foto: S. Trancón)

Hace tiempo conocí al exlíder de un partido, hoy prácticamente extinto, que medía el valor de cualquier acción política por su “impacto mediático”. De acuerdo con este principio, su principal preocupación era “salir en los medios”, objetivo al que supeditaba toda su estrategia. Coincide esta opinión con la de muchos, así que me da pie y mano este ejemplo para reflexionar sobre los líderes mediáticos y la importancia de los asesores de imagen, que se han convertido en su guardia pretoriana.

Es ya lugar común decir que en política nada puede hacerse sin un buen líder mediático. Le he dado vueltas y revueltas a esta premisa y no he logrado llegar a conclusión alguna. Contra toda evidencia, no veo por lado alguno un modelo de líder al que poder asociar esos superpoderes mediáticos. Analicemos alguna de las cualidades o atributos que, supuestamente, debe poseer el líder mediático.

Por ejemplo, la juventud. Vean a Trump, Hilary Clinton, Angela Merkel, Rajoy, Hollande, la británica May o a nuestro dicharachero Revilla: son la flor de la juventud. Otro tanto dígase del atractivo físico o el sex appeal, algo tan escurridizo como frágil (cualquier cámara puede volver casi guapo a un feo o viceversa; hacer flaco a un gordo, es ya más difícil, véase Junqueras, que además es un poco bizco). Casi nadie, además, atribuye cualidades políticas sin más a un rostro atractivo. Si así fuera, Paul Newman podría haber sido el mejor político de la historia, junto a Ava Gadner, mientras que nunca hubieran alcanzado el poder el histérico Hitler o el acaponado Franco.

Vayamos a otra cualidad que pueda explicar esa sobredimensión de la influencia de los líderes mediáticos: la competencia discursiva. De nuevo topamos aquí con la evidencia contraria: ¿Cuántas tonterías, atropellando incluso la gramática, ha dicho Rajoy? ¿Es un pico de oro Trump? ¿Lo fue Aznar? Es cierto que algunos políticos, sobre todo los de antes, sobresalían por su elocuencia, que no hay que confundir con la impostura lingüística, como en el caso de Zapatero, que cultiva el engolamiento de la voz con una gestualidad pomposa. La vaciedad discursiva de Iglesias Turrión resulta cada vez más evidente, aparte de su tendencia a la cursilería, que mezcla con un matonismo adolescente de corto alcance. La facilidad de palabra de Rivera revela, con el paso de los días, una limitación no sólo léxica, sino, sobre todo, de ideas y convicciones. El caso de Pedro Sánchez es otro ejemplo de inconsistencia discursiva: repite tanto sus escasas ideas que su voz desabrida nos suena cada vez más a cuero reseco.

¿Y la imagen? Definamos la imagen como la “apariencia global” de una persona, esa totalidad gestáltica en la que se integran todos los elementos visuales relevantes, desde la anatomía del rostro al color de la piel, el pelo, los ojos, la mirada, la forma de vestir y la gestualidad (micro y macro). Todo lo que capta una cámara (y crea y conforma a partir de sus propios filtros y enfoques). Hay teóricos como Mehrabian que atribuyen a estos factores el 55% del impacto de una comunicación. Añade que el 38% restante hay que atribuirlo a los elementos paraverbales (fonéticos, prosódicos, rítmicos, proxémicos y pragmáticos) del lenguaje. Deja un escuálido 7% al contenido semántico del mensaje verbal. Esta teoría es la que ha dado tanto poder a los asesores de la comunicación televisiva y mediática.

Olvidan unos y otros que hay algo fundamental en toda comunicación política: decir algo. Sin una idea, un mensaje, un contenido que transmitir, todo lo demás resulta inconsistente, impostado, hueco, falso. Es la adecuación y la integración del mensaje con todo lo demás (imagen, gesto, voz) lo que produce un efecto u otro sobre el receptor. Ningún asesor de imagen puede suplir lo que es esencial para quien quiera ser un eficaz comunicador político: tener claro algo relevante que decir, sentir lo que se dice y decir lo que se siente con naturalidad y convicción. La totalidad de la persona, en cuerpo y mente, ha de estar implicada, integrada, sin discordancias, dudas, ni prevenciones.

¿Entienden ahora por qué, a pesar de tantos trucos mediáticos, atraen tan poco y están tan desprestigiados los políticos y la política? No hay manera de que, de una cabeza hueca, surja un mensaje convincente. Una cosa sí parece cierta: aquí, entre nosotros, llega a líder quien alcanza el poder, no al revés. Y para eso, cuantas menos ideas y convicciones, mejor.

¿Es posible otra política y otros políticos? Sí, incluso otros políticos mediáticos. El problema no es la política (no podemos prescindir de ellla), sino la mala política, la política mediática de quienes no tienen ideas. La presencia en los medios es condición necesaria, pero no suficiente.