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jueves, 30 de abril de 2009

LA GRIPE (MENTAL) PUERCA


(Imagen: Dino del Monte)

Los mejicanos la llaman “gripe puerca” o, si se ponen más finos, “gripe de infuenza porcina”. La anterior tuvo un nombre más críptico: “gripe aviar”, que tanto podía ser de los aviones como de las aves (al parecer, pollos).

¿Por qué esta alarma, este anuncio de la catástrofe? Aclaremos el asunto.

Primero, la gravedad de la amenaza. La OMS la ha medido con un 5, o sea, al borde el 6, o sea, al borde de la pandemia apocalíptica (ya no hay más números en la chistera). Bien, bien, aceptémoslo, pero seamos coherentes. Apliquemos la misma media cualquier otra enfermedad: la gripe de cada año, el cáncer, el sida, la tuberculosis... Cojamos todos los virus potencialmente mortales y apliquémosle la estadística: no estaríamos en la antesala de la catástrofe, sino en pleno Apocalipsis.

Pero, si lo que nos preocupa de verdad son las muertes, pongamos en la suma a los que mueren cada día de hambre, ausencia de higiene, la falta de medicamentos básicos o las guerras. Sólo un dato: en Méjico mueren cada año más de 50.000 personas por problemas respiratorios (gripe, contaminación, insalubridad...); sesenta millones de mejicanos carecen de un sistema público de salud... ¡Eso sí que es alarma! Si lo que necesitamos son montones de muertos, pues ahí están. Y si aún no nos alarmamos, pues vayamos a África.

Así que el verdadero problema no es este virus, que no sólo está mal llamado, pues no lo padece el cerdo, sino, sobre todo, interesadísimamente manipulado. La gripe más terrible es la mental, la que se propaga por los medios de comunicación y la que los políticos amplifican y transmiten a nivel mundial. ¿Y quiénes son los beneficiados? Las compañías farmacéuticas, un verdadero cáncer social, infinitamente más peligroso que todos los virus del mundo juntos. ¿Sus aliados? Los medios de incomunicación de masas. ¡Hay que conocer el miedo, la angustia que tienen esos medios cuando no tienen alguna noticia catastrófica con que rellenar las primeras páginas o la apertura de los informativos! ¡Eso sí que los alarma!

Se sabe que no hay mejor medio para evitar catástrofes sanitarias que la higiene, la alimentación, la educación, medicamentos sencillos y baratos, ciudades no contaminadas... ¡Y la verdad! Y la verdad es que nos engañan, nos manipulan, estimulan el miedo, lo alimentan cada día porque es la inversión más rentable. Lo que de verdad alarma, es esta verdad. Produce tanto pavor, que es mejor desviarla, camuflarla y echarle la culta a eso que ni siquiera sabemos lo que es, cómo muta, como actúa, por qué unos sí y otros no, ahora sí y luego no: los virus.

jueves, 23 de abril de 2009

EXISTIR, PERCIBIR, PENSAR, SER CONSCIENTE

(Imagen: Dino del Monte)



Si todo es relativo, también lo es el relativismo,
luego no todo es relativo…

¿Pienso, luego existo? No, pienso, luego pienso. Una tautología.
Como cualquier otra: Tengo un cuerpo, luego tengo un cuerpo.

La realidad es lo que percibimos, pero no es tal y como la percibimos.
Entre el existir y percibir
Entre el percibir y el pensar
Entre el pensar y el ser consciente
Hay saltos cualitativos.

Existir es ser y vivir.
Percibir es recibir estímulos, configurarlos e interpretarlos.
Pensar es abstraer la percepción y elaborar imágenes y conceptos.

Ser consciente es darse cuenta del existir, el percibir y el pensar, pero también:
De lo que no percibimos
De lo que no podemos percibir
De lo que no podemos pensar
De lo que no podemos ser conscientes.

La realidad, sin la percepción, es caótica.
La percepción, sin el pensamiento, es enigmática e incomprensible.
El pensamiento, sin la conciencia, es opaco y repetitivo.

Sólo la percepción consciente nos acerca al misterio del mundo.
Sólo el pensamiento consciente nos libra de la rutina y automatismo.

La existencia es un misterio: existimos, pero cómo hemos surgido de la nada,
cómo nos sostenemos ante la nada,
de dónde hemos surgido y por qué hemos aparecido aquí, no lo comprendemos.

La percepción es un misterio: no sabemos cómo percibimos ni qué es en realidad el percibir.

Pensar es también un misterio: no sabemos cómo pasamos de los estímulos al pensamiento, ni si el pensamiento nace de la realidad o la realidad del pensamiento.

Ser consciente es el mayor misterio, el más apasionante y revitalizador.
Es entrar en contacto directo con la energía consciente que sostiene el universo entero.

viernes, 17 de abril de 2009

LO NUEVO Y LO NOVEDOSO

(Imagen: Manolo Jular)


Hace tiempo escribió Antonio Muñoz Molina un artículo irónico y brillante sobre la “tiranía de lo nuevo”. Expresa su deseo de que llegue pronto el día de la rebelión contra esa tiranía, “contra la coacción y la angustia de no quedarse atrás, de estar al tanto de las propuestas rompedoras, de las últimas tendencias, de lo nunca visto”. Habla del “miedo al anacronismo” y “la convulsión permanente de lo último”. Se refiere sobre todo al arte, donde esta tiranía convierte la estupidez en obra maestra. Basta ir a cualquier Museo de Arte Contemporáneo (han proliferado por todas las Autonomías) para comprobarlo.

Pero hecho de menos aquí una distinción fundamental: la que va de lo novedoso a lo nuevo, de lo actual a lo actuante, de lo vivo a lo compulsivo. Yo defiendo en todo, en la vida y en el arte, lo nuevo, lo actuante y vivo, que hay que diferenciar bien de todo lo que Muñoz Molina denuncia.
La vida es cambio permanente, renovación, innovación. Pero no hay renovación sobre el vacío. El cambio nace del propio impulso de la vida, no es un sombrero de plumas o zanahorias que uno se pueda colocar encima de la cabeza para llamar la atención.

Confundir lo nuevo, actuante y vivo con lo novedoso, actual, rompedor, lo nunca visto..., es un error fatal, que conduce, sobre todo, a la pérdida de tiempo y energía.
Hay un método que yo uso para distinguir inconfundiblemente lo uno de lo otro: la urgencia con que se nos presenta algo. Cuando tengo que ir corriendo a ver una exposición para estar a la última, o una obra de teatro, una película, un concierto, o leer un libro, o..., pues entonces me digo: déjalo, no vale la pena.
En cuanto se fuerza mi libertad de elección, cuando desde fuera me meten el virus de lo último, la compulsión de estar al día, pues malo, fuera.

La cultura y el arte han copiado los métodos alienantes del mercado, que necesita excitar constante y convulsivamente el consumo de lo efímero, reproducir una relación de necesidad, dependencia y urgencia para sostener la producción y el beneficio.

Pero la vida no tiene nada que ver con todo este tinglado. Sólo si pone uno la atención en lo que de verdad le importa, se da cuenta de la distancia que hay entre el verdadero disfrute y este ir detrás de lo último.

En realidad, se persigue lo novedoso para huir de lo nuevo, se corre detrás de lo último para no buscar lo renovador, se deja absorber por lo actual para no encarar lo que permanentemente actúa, se prefiere la repetición compulsiva al cambio y la búsqueda inflexible de la perfección.

No corras detrás de novedades, porque lo nuevo está dentro de ti, no fuera. Si tú no cambias, si no buscas impecablemente tu perfección, es inútil que estés a la última. Por muy rompedor que te creas, no haces más que recrear lo viejo, volver a lo mismo, disfrazado de novedad.

Original es lo que se asiente en el origen, y el origen de todo es la vida. Si algo no produce entusiasmo, placer, renovación vital, por muy novedoso y actual que sea, pues está muerto, es una despilfarro de tiempo y energía.
Cuando uno está atento a todo lo vivo que le rodea, le sobran estímulos, no necesita para nada correr tras de lo último para estar al día, o sea, para estar presente en este mundo, a cada instante nuevo, recién salido del último día de la creación.

sábado, 11 de abril de 2009

EL HUEVO Y LA GALLINA

(Foto: O. Fernández)


Pensar es disciplinar la mente. Acostumbrarse a prestar atención a los pensamientos.
Tratar de desentrañarlos. Las frases hechas son un buen campo de aprendizaje. Por ejemplo, ésta que nos pone ante el dilema de la causalidad reversible: qué fue antes, el huevo o la gallina.

La respuesta, desde el punto de vista de los hechos, es fácil: la gallina. Evolutivamente, no hay duda de que el huevo es la forma de reproducción de las aves, que son ovíparas. Pero para que un ser se reproduzca primero ha de existir. La evolución lleva a las aves, y las aves se reproducen mediante huevos. Así que no hubo primero un huevo, y luego una gallina, sino al revés, una gallina puso un huevo del que salió otra gallina.

Otra cosa es el sentido del dilema, aplicable a todos aquellos fenómenos en los que la causalidad puede ser de ida y vuelta, porque no podemos establecer un orden temporal único (la causa ha de existir antes que el efecto). Pero en este caso, el ejemplo encierra una falacia fácil de desmontar: toda gallina procede de un huevo (menos la primera gallina y el primer gallo, como en el caso de Adán y Eva), y esa gallina podrá poner otro huevo, nunca el mismo huevo del que ella procede. Así que, en este caso, no hay causalidad reversible posible.

En nuestra mente, sin embargo, podemos prescindir de la causalidad y plantear la duda: ¿qué es antes, el cuerpo o la mente? ¿El día o la noche? ¿La ofensa o el ofendido? Etc.
Creamos así un espacio de indeterminación que viene bien para romper la rigidez de los juicios, a veces demasiado excluyentes.

Pero podemos seguir jugando: de un huevo sale una gallina, pero de una gallina puede no salir un huevo; del mismo modo que hay gallinas que no ponen huevos, hay huevos de los que no sale ninguna gallina. No siempre las causas producen efectos, ni los efectos se siguen necesariamente de las causas.

La lógica es para usarla, pero más que para conocer e interpretar la realidad, sirve para interpretar nuestra mente y conocer sus límites. La lógica de la realidad no es exactamente igual a la lógica de la mente. La mente es cosa humana; la realidad va mucho más allá y es, por su propia naturaleza, impersonal, o sea, no humana.

martes, 7 de abril de 2009

EL YO Y LA CONCIENCIA DE SÍ


(Foto: A. Martínez)


Confieso que me sorprendieron las palabras de Einstein cuando dice que el verdadero valor de un hombre consiste en liberarse de su Yo (ver más abajo la entrada ALBERT EINSTEIN, SIN COMENTARIOS). Llevo muchos años dándole vueltas al tema.

Se nos dice que hay que tener un yo fuerte y una buena autoestima para adaptarnos a esta sociedad, que lo contrario es síntoma de falta de confianza en sí mismo y fuente de sufrimientos y fracasos.

Sin duda, la estructura psicológica a la que llamamos "yo" es necesaria, empezamos a construirla casi desde que nacemos y en caso de no consolidarla o estabilizarla surgen todo tipo de trastornos mentales. Pero esto no nos impide el ir más allá, descubrir que, siendo necesaria, es a la vez la fuente de muchas limitaciones y de casi todos nuestros sufrimientos.

La primera consecuencia lógica debería ser, en contra de lo que se dice, desconfiar del yo, no tenerle mucha autoestima, no identificarnos totalmente con él, ponerlo a nuestro servicio, no dejarnos dominar por él. Saber que el yo no es más una pequeña parte de nuestro ser, no nuestro ser total.

Una razón poderosa para no dejarnos absorber por el yo es que se trata de “una construcción mental imaginaria”. En efecto, no hay nada en nuestro cuerpo ni en nuestro ser a lo que podemos identificar con el yo. Por ser algo mental, hecho de ideas, recuerdos, fantasías, interpretaciones, etc. no tiene una estructura internamente estable, sino que requiere, para su permanencia y estabilidad, una gran cantidad de energía y atención.

Consecuencia lógica de este hecho debería ser que no merece la pena pretender que el yo tenga una estabilidad que en sí mismo no posee, que podemos tener muchos yoes en lugar de encerrarnos en uno solo. Romper la fijeza del yo, en definitiva, hasta lograr liberarnos de su tiranía.

No tomarse muy en serio, permitirnos ser uno y muchos a la vez, no actuar siempre del mismo modo predecible, estar alerta cuando el yo, al comprobar su debilidad, nos empuja a la reafirmación ciega y agresiva de nosotros mismos o cuando, por el contrario, se vuelve contra nosotros y nos desprecia.

No hay vida más estúpida que la de quien vive enredado, atrapado, obsesionado y absorto en su yo, en la imagen de sí, en la imposición de esa imagen a los demás, en su importancia personal.

Hay una salida, un truco: desplazar la atención del yo y llevarla a la totalidad de lo que somos, energía, conciencia, pensamiento fluido, un sentir apasionado por el misterio de cuanto nos rodea, un ser en permanente cambio.

Frente al yo, la conciencia de sí y la confianza en nuestro ser, en las ilimitadas posibilidades de todo lo que somos.

miércoles, 1 de abril de 2009

ONDA O PARTÍCULA

(Imagen: Manuel Jular)

El pensamiento es como la vida, crece a partir de un óvulo fecundado, una semilla: una imagen, una idea cargada de energía. En su crecimiento va absorbiendo lo que pasa a su lado, los pensamientos y palabras que espontáneamente se relacionan con él por semejanza, contraste, oposición o complementariedad. Por ejemplo: la fantástica idea de que la luz se comporta a la vez como partícula y como onda. Un chorro de partículas subatómicas (fotones) o una onda de energía.

Me pongo a jugar con esta idea, y veo que nuestro comportamiento puede, a su vez, manifestarse como onda o como partícula. Y llego así a dividir a los hombres en dos grandes categorías: el hombre-partícula y el hombre-onda.

La partícula actúa por percusión, golpe, explosión, estallido. Se asemeja a la descarga eléctrica. Chispazos, chisporroteos, temblores. Punto, línea recta. Es de aspecto masculino.
La onda actúa como flujo, expansión, ola. Se asemeja al agua, el viento, la nube. Calor, envoltura, caricia. Trayecto, línea curva. Es de aspecto femenino.

Las emociones se asemejan a las partículas: reacción, choque, impacto, perturbación momentánea.
Los sentimientos o el sentir, a ondas: acción, expansión más lenta y profunda, menos superficial.

Puestos a elegir, yo prefiero actuar como onda a reaccionar como partícula. Prefiero la sutileza y suavidad de la onda a la brusquedad de la partícula. La persistencia de la onda a la inconsistencia de la partícula. El control de la onda a la impulsividad de la partícula. La elegancia y armonía de la onda, al caos y la compulsión de la partícula. Etc.

Pero somos ambas cosas, onda y partícula, porque somos energía. Lo estimulante es que podemos sentirnos y actuar de un modo u otro. Podemos coger la energía de la partícula, de la explosión atómica de la partícula, y transformarla en onda, en fluidez, para ir más lejos, para viajar hasta el infinito. O, simplemente, para ser más amables, vivir con mayor serenidad, tomarnos menos en serio, amarnos un poco más, querernos como quisiéramos que los demás nos quisieran... Y más etc.

P.D. Dino del Monte, un amigo judío-gitano, me sugiere otro ejemplo, el modo como se puede tocar un zimbal: o mediante percusión (partícula) o mediante serpenteo (onda). A él, y a mí, nos gusta mucho más la suavidad y elegancia de la serpiente, aunque sea venenosa.