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martes, 31 de mayo de 2016

MISTERIOS DEL ADN

(Foto: A.T Galisteo)
Han descubierto que el ADN tiene capacidades telepáticas. Secuencias análogas de nucleótidos se comunican entre sí sin contacto físico. Estudiar el ADN es adentrarnos en el mundo cuántico, o sea, el de la realidad invisible, la de las partículas subatómicas. No podemos verlas, pero sí descubrir las huellas de su paso fugaz. Un ADN puede detectar a otro ADN, reconocerlo como similar y activar entonces un “impulso” o una “vibración” que les lleve a ambos a reunirse y combinarse entre s ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ y combinarse entre ssoADN, reconocerlo como similar y enalgo viduos de la misma especie.í. Se produce una resonancia celular que activa patrones compartidos. A lo mejor aquí reside el secreto del amor.
Hablan estos científicos de “resonancia mórfica”, o sea, de una vibración sincronizada de campos morfogenéticos. Estos campos no están en ningún lugar, no ocupan ningún espacio, son sólo patrones de información, información cuántica, carpetas comprimidas de un superordenador o supercerebro cósmico, por así decir.
Para entender un poco de qué hablamos y como puede funcionar este tinglado, este artilugio fantástico y fantasmagórico -pero a la vez muy real-, tenemos que hablar de la luz y el misterio de los fotones, que la producen. Los fotones son los transmisores de información, de toda la información de universo, y tienen la cualidad de intercambiar información a través del “entrelazamiento cuántico”, que hace posible que un fotón esté en dos lugares a la vez. El gato de Schrödinger puede, no sólo estar vivo y muerto a la vez, sino estar vivo y muerto en dos lugares distintos a la vez.
La información, por tanto, se puede transmitir a distancia y a la velocidad de la luz. Es lo que puede hacer el ADN. Por aquí podríamos indagar algo sobre los misterios de la “intuición” y la “telepatía”, pero también sobre los enigmas de la “memoria genética”. Compartimos con todos los seres humanos casi el 100% de nuestro ADN. Sólo una pequeñísima parte nos diferencia y ésa es la que podemos atribuir a la información “cultural” contenida en el ADN, o sea, en partículas sincronizadas con un campo energético o cuántico heredado.
Todo en la naturaleza tiende a repetirse, pero de vez en cuando se producen pequeñas variaciones que dan lugar a mutaciones genéticas. Todo resuena en la naturaleza buscando su doble, su eco, su vibración, pero en esta búsqueda de su resonancia mórfica puede producirse un nuevo enlazamiento, una nueva combinación.
No piensen que soy un especialista, que he estudiado física cuántica, biología molecular o metafísica genética. Confieso que, aunque sé muy bien lo que digo, apenas entiendo de lo que hablo. Pero, y aquí está lo más interesante, tampoco los científicos que nos explican todo esto saben muy bien de lo que están hablando. Créanme, de verdad que saben poco más que usted o yo. Sí, lo cuantifican, lo someten a operaciones matemáticas y fórmulas que les permiten luego hacer experimentos para confirmar sus hipótesis. Se dejan llevar, y esto es lo más maravilloso. Pero de verdad de verdad, nadie sabe lo que es un fotón, ni cómo surge, ni de dónde ni por qué. Describimos lo que observamos, sabemos que observamos algo, pero nada más. ¿Qué es ese “algo”, de dónde sale y a dónde va? Eso ya pertenece a la literatura, por muy científica que sea.
Así que el ADN es un misterio. Un misterio fascinante que posee capacidades asombrosas todavía desconocidas que podemos llegar a conocer y desarrollar, aunque no sepamos bien cómo funciona, ni por qué funciona como funciona. Así el amor, así la vida, así la literatura. Incluso, así la política. Pero de esto hablaremos otro día.       






viernes, 13 de noviembre de 2015

EN EL MUNDO DE LOS GATOS

(Foto: Ángela Trancón)

Mi amigo Evelio tiene alrededor de su casa un jardín y un pequeño huerto con árboles. Lo cuida y cultiva sin usar ningún tipo de insecticida o pesticida. La naturaleza crece allí libre y espontánea, lo que explica, me dice mi amigo, que acudan a sus árboles y yerbas pájaros, reptiles e insectos de todo tipo. Tiene un gato que se ha convertido en un depredador muy valioso. Caza saltamontes, avispas y ratoncillos con una agilidad y eficacia asombrosas.
Un día mi amigo descubrió que su gato había recibido un disparo que le dejó un balín incrustado bajo la piel. Esa misma noche soñó que su gato estaba a punto de morirse. Le habían colocado una especie de bozal que lo estaba ahogando. En medio de la angustia de ese sueño sintió que algo le rozaba la planta del pie. Se despertó y vio, todavía sumergido en la viveza del sueño, cómo su gato ronroneaba y le mordisqueaba los dedos. Jamás su gato había entrado en su dormitorio y menos para subirse encima de su cama y rasguñarle los pies. Que lo hiciera a media noche, y justo cuando intentaba salvarle en sueños, fue algo que le dejó tan sorprendido como si hubiera entrado de repente en otro mundo.
En realidad sí que había entrado en otro mundo: el mundo de los gatos. La puerta por la que penetró fue el sueño. Un sueño vívido y muy realista, tanto que pasó, sin solución de continuidad, del sueño a la realidad. Cogió al felino y lo llevó a la cocina donde tenía su cuenco lleno de comida y agua. Pensó que tendría hambre o sed. El gato lo miró, dio un salto y se coló por la ventana hacia el jardín. No, no tenía ni hambre ni sed, no era esa la explicación de su insólita conducta.
Los perros nos protegen de ataques y agresiones físicas, guardan nuestro territorio. Perciben nuestras emociones y sentimientos, especialmente la alegría y el miedo. Los gatos, en cambio, nos protegen sobre todo de ataques y agresiones psíquicas o energéticas. Los gatos están en este mundo y en el otro a la vez, tienen conexión con una realidad paralela e invisible en la que se adentran a través de sus propios sueños. Por eso se pasan tantas horas dormitando, soñando semidespiertos.
El hombre ha necesitado, para sobrevivir, no sólo de los perros, sino de los gatos. Necesitamos proteger nuestro cuerpo, pero también nuestra mente. Necesitamos la salud y el bienestar corporal, pero también la energía mental y la conciencia. Mi amigo y su gato conectaron su mente y su conciencia. El gato le despertó para tranquilizarle, para sacarle de una pesadilla. Podemos llegar a morir a causa de una pesadilla. La realidad tiene muchas veces el poder maléfico de una pesadilla.
Los egipcios descubrieron hace casi 10.000 años que los gatos eran su protectores. Por eso adoraban a una diosa gata: Bastet. Enterraban a sus gatos como a seres sagrados. En Bubastis, ciudad de la diosa, había un gran cementerio de gatos momificados. Los gatos eran mensajeros del más allá: veían lo del otro lado; quizás por eso nos ayudan a salir de la zona oscura de los sueños.

Ante tanta confusión política y social, ante tantas amenazas, necesitemos hoy más que nunca del poder protector de los gatos, que nos despierten y saquen de las más inquietantes pesadillas. ¿Quizás por eso el número de gatos en nuestro planeta es tres veces mayor que el número de perros? Nuestra mente es más frágil que nuestro cuerpo.

lunes, 10 de marzo de 2014

UN PASEO POR EL PARQUE

Esta tarde me he dado un paseo por el Parque de la ribera del Manzanares. Madrid, en contra de su fama mesetaria, tiene más parques y zonas verdes que muchas otras ciudades del mundo. Es, por ejemplo, muchísimo más verde que Montréal, ciudad en la que estuve hace un par de años, que me sorprendió por su "aridez" paisajística.

He dado un paseo y, sin pretensión alguna, con una camarita de esas que caben en la palma de la mano, he hechos unas fotos. Aquí van, simplemente porque me gusta el contraste entre esa cabeza "embarullada" (como es la de la mayoría), y las reverberaciones del agua en la que nadan apaciblemente los patos y las fochas.












viernes, 19 de abril de 2013

VER PARA CREER


Vemos, palpamos, respiramos, pero al final todo es nada si no creemos. Las sensaciones corporales, físicas, son lo único que nos da la certidumbre de que existe algo aquí, ahí, incluido nosotros mismos; pero no son más que sensaciones, imposible construir con ellas un mundo. El mundo lo construye nuestro cerebro. Somos una máquina poderosa que construye el mundo a partir de unas difusas y confusas sensaciones físicas, orgánicas. Acumulamos sensaciones, las asociamos y las guardamos en nuestra memoria. Todo parte de ahí, desde antes de nacer. Siento, luego existo.

Nos aferramos a la certeza de ese mundo construido a través de nuestros sentidos porque no podemos vivir fuera de él, pero, como no es más que una construcción imaginaria, sostenida por nuestro intento de vivir, de vez en cuando sospechamos o nos damos cuenta de que ni los límites, ni su verdadera naturaleza, son lo que creemos percibir. Esos límites pueden cambiar, desmoronarse, volverse inestables o reconstruirse de modo distinto, abriendo nuestra percepción a algo muy distinto, a mundos extraños, diferentes, inimaginables.

(Fotos: Ángela Trancón)

Nada es tan real como necesitamos creer, nada es tan estable como necesitamos percibirlo, nada es tan físico como nos presentan los sentidos. En el fondo de la materia está el vacío, algo que no se puede ni imaginar ni concebir, pero algo tan real como lo que palpamos, vemos y sentimos. No somos tan importantes como creemos, y nuestro mundo nos es más que un fragmento y un instante de la inmensidad y la eternidad que nos rodea. Una pena, pero también un alivio.

domingo, 19 de febrero de 2012

OJOS, MANOS Y CEREBRO


(Foto: S. Trancón)

Me fascinan las manos. Desde pequeño me he mirado mucho las manos. Es un buen ejercicio de concentración. Los ojos no resisten mantener fija la mirada en nada. Para sostenerla hay que hacer un esfuerzo sutil de atención; sin tensión, pero con determinación. Los objetos enseguida se desenfocan. Tenemos los ojos en constante movimiento, enfocando y desenfocando lo que vemos. En cuanto mantenemos fija la mirada en algo, lo que vemos se desenfoca, lo vemos doble y pronto queda envuelto en una nube. Yo suelo ver manchas amarillas y verde claras. Es bueno para los músculos orbitales y el nervio óptico: se relajan.

Mantener la mirada fija en las manos me produce, como cuando uno se mira fijamente a los ojos en el espejo, un escalofrío, un temblor que recorre todo el cuerpo. Es el toque del espíritu, porque uno toma conciencia de sí mismo y de su corporalidad. Las manos me hacen tomar conciencia súbita de mi condición animal: no son manos, son las extremidades de un animal, de un ave. Es enorme el parecido que tienen las manos con las garras de un águila.

La evolución del cerebro comenzó en las manos. Las manos han guiado nuestra transformación como especie, por eso mantienen la conexión con nuestro ser más primitivo. Todo lo hicimos con las manos. Todo lo seguimos haciendo con las manos.

Observar las propias manos produce extrañeza. De lo que uno se extraña es de su propia existencia. ¿De dónde han salido esas manos, cómo han podido aparecer, aquí, en este mundo, qué es lo que las sostiene y hace posible que se muevan, agarren objetos, manipulen y transformen el mundo? Actúan y se mueven como si tuvieran vida propia.
     
Hay que observar lo que hace el pintor, el músico, el artista, el artesano, el mecánico o el cirujano en sus momentos creativos. Entre su mano, su ojo y su cerebro no hay espacio ni tiempo. Es todo uno. Es una experiencia tan embriagante como inexplicable.

Todos los conceptos encierran un núcleo duro: su relación con las manos. Todo pensamiento ha nacido de las manos. Si vamos hacia atrás, recorriendo los conceptos hasta llegar a su origen, descubriremos que han nacido entre las manos, del contacto de nuestras manos y nuestro cuerpo con la materia y el mundo que nos rodea. Por eso pensar es también sentir. Si no pudiéramos tocar el mundo, todo acabaría desvaneciéndose en una nube fantasmal. ¿Existiría yo si no pudiera tocarme, palparme con mis manos? ¿Y el otro? Tomar conciencia de uno mismo y del otro siempre pasa por el misterio del tacto.   





lunes, 6 de diciembre de 2010

REALIDAD Y MISTERIO

(Foto: S. Trancón)
Cuando digo misterio trato de despojar al término de cualquier connotación mística, esotérica e incluso espiritualista. Digo simplemente: misterio es todo aquello que no comprendo y ante lo que siento perplejidad y asombro.

El misterio no está sólo en los confines del universo, sino aquí mismo, delante de mis ojos: es todo lo que me rodea. Le llamamos realidad. Yo mismo formo parte de ese misterio porque también soy real, parte de esa realidad. Sólo me distingo de la realidad que me rodea en que puedo darme cuenta de que existo, o sea que, además de ser real, puedo también observar esa realidad.

Soy el observador y, a partir de este hecho, me pongo a pensar, trato de comprender qué es eso que observo, a lo que llamo realidad. Como todo lo que percibo me llega a través de los sentidos, trato de saber qué son y qué hacen mis sentidos para que yo pueda percibir lo que me rodea.

Resumiendo, puedo decir que mis sentidos son “filtros moduladores” de los estímulos físicos que reciben. Esto significa que no trasladan los estímulos tal y como los reciben a mi cerebro, sino que los seleccionan, filtran y modulan, traduciéndolos a “otra cosa”: impulsos electromagnéticos, ondas, partículas que luego mi cerebro transforma, mediante procesos neuroquímicos, en imágenes y sonidos.

Mi cerebro crea circuitos que memoriza, automatiza e interpreta como objetos, palabras, escenas, movimientos, esquemas, emociones. El mundo exterior, informe, flujo ininterrumpido de estímulos, se convierte en mundo interior. La realidad es ese mundo interior permanentemente renovado a través del contacto con el mundo exterior, pero también mediante la autoestimulación interna, especialmente a través del lenguaje: un diálogo interno automatizado y permanente.

Así que la realidad es, en realidad, un “constructo” cerebral. ¿Significa eso que no exista nada afuera, que todo sea una alucinación, un espejismo, un holograma, el resultado de reacciones neuroquímicas internas? Digamos que la realidad que nosotros percibimos es un 90% realidad interna y un 10% realidad externa. Pero, también hay que decirlo, la realidad externa que nosotros percibimos es un ínfima parte de la realidad exterior existente (de la visible, pero también de la energía y la materia oscuras del universo invisible, o sea, casi todo).

Observada con mis sentidos, la realidad exterior se me presenta como algo sólido, discreto, físico, ocupando un lugar en el espacio y sometida al paso del tiempo. Esta realidad, sin embargo, observada a nivel subatómico, resulta muy distinta: evanescente, impalpable, fluida, invisible. La realidad que se me presenta como materia, se desvanece como humo y entonces digo que es sólo energía, una energía que sale de la nada cuando yo la observo e inmediatamente desparece.

Llegado a este punto comparo esa realidad cuántica con mi propio pensamiento y veo que también mi conciencia, mi capacidad de observar y darme cuenta de que observo, es algo evanescente, impalpable, invisible, apenas “contenido” en una realidad neuroquímica. A todo esto es a lo que llamo misterio.

La realidad es el misterio. Mi conciencia es el misterio. Si suspendo mi juicio, si me paro ahí, si dejo de pensar, si detengo en ese punto mi pensamiento y me dejo llevar por la perplejidad y el asombro… Si entro en contacto con esa nada de la que surge todo… Si me sumerjo en esa realidad cuántica, en ese flujo… Si me doy cuenta de que formo parte de esa fuerza poderosa que me sostiene, de la que emergen mis células y mis átomos… Si la realidad no es sólo lo que veo y cómo lo veo… Si soy mucho más y muy distinto a lo que creo que soy… Si puedo cambiar un poco, al menos un poco, mi manera de percibir y de pensar el mundo que me rodea y a mí mismo… Si dejo que la perplejidad y el asombro… Etc.

lunes, 11 de enero de 2010

EL DARSE CUENTA

(Foto: K.B. PortfolioNatural)

La conciencia es un darse cuenta.
Es algo más que percibir, sentir o reaccionar.

Existen muchos niveles de conciencia, o niveles de intensidad y concentración del darse cuenta. Estos niveles varían en función del grado de atención y del objeto sobre el que se fija nuestra atención.

El darse cuenta es la focalización voluntaria de la atención en algo, ya sea un objeto concreto o una abstracción, algo que se puede percibir con los sentidos, o algo que sólo se puede imaginar, concebir o pensar.

La autoconciencia es la focalización de la atención en lo que uno percibe, siente, piensa, imagina, teme, desea o hace.

La conciencia, el darse cuenta de lo que uno percibe, siente, piensa y hace, y de lo que sucede a nuestro alrededor, es el mejor medio de control de nosotros mismos y de la realidad que está a nuestro alcance. Es nuestra principal ventaja, nuestro don más alto.

A lo más y mejor que puede aspirar un ser humano, la finalidad más alta, es la de elevar e intensificar su nivel de conciencia, su capacidad para darse cuenta de sí mismo y del misterio que le rodea.

Paradójicamente, cuanto más yo, cuanta mayor focalización y absorción de la atención en uno mismo, menos capacidad de conciencia, menos posibilidades de intensificar el darse cuenta.

El darse cuenta no es algo que realiza y controla el yo, sino algo que sucede en uno mismo, en su cuerpo, en la totalidad de su ser. Por eso se caracteriza por un fluir, una atención intensa pero a la vez fluida y desprendida del yo.

El darse cuenta es algo que ocurre en mí, que de pronto me inunda y hace que me olvide de mí mismo para identificarme con esa energía que se da cuenta de su existencia. Es un ver, sentir y pensar a la vez, que toma conciencia del existir de algo, de la esencia del ser.

La conciencia es una forma de energía que consiste en darse cuenta de la existencia de algo, de que algo es plenamente real, aunque el hecho de su existencia sea inexplicable.

La conciencia del darse cuenta se acrecienta dándose cuenta, intentándolo. Para ello hay que fijar la atención en aspectos de la realidad en los que nunca nos hemos fijado, y luego sostenerla en la esencia del ser que vemos y el hecho de percibirlo. Atención concentrada, pero no rígida.

El intento supremo y último del universo es darse cuenta de sí mismo.
El darse cuenta es un hecho energético final, no hay nada más allá.




miércoles, 18 de noviembre de 2009

EL SER QUE SOMOS

(Foto: S. Trancón)
Eres como eres porque te dices a ti mismo que eres así, le explica don Juan a Carlos Castaneda.
La idea que nos hacemos de nosotros mismos, lo que nos decimos que somos, ese diálogo interno ininterrumpido, determina el ser que somos.
Ese repetitivo y obsesivo decirnos quién somos y cómo somos, acaba convenciéndonos de que somos lo que creemos ser, lo que nos han dicho que somos, lo que hemos aceptado que somos.
Pero somos algo más, y algo distinto.
Ese ser mental es, podríamos decir, la mitad de lo que somos.
Hay algo más.
Además de lo que veo, hay algo que no veo.
Además de mi cuerpo y mi yo, hay esa otra parte de mí de la que apenas puedo hablar, pero que no cabe ni en mi yo ni mi cuerpo físico.
¿Qué es?
No puedo describirlo, no puedo definirlo, no puedo meterlo en la isla del yo, del lenguaje, del pensamiento.
Sólo puedo sentirlo.
Puedo sentir vagamente que estoy conectado con el infinito, aunque no sepa qué significa eso.
Puedo sentir sutilmente que una parte de mí se da cuenta de que hay algo ahí, afuera, o rodeándome, que es real, absolutamente real, aunque no pueda saber ni decir qué es ni cómo es.


Tengo otro yo, otro ser, soy otro ser, además del ser al que llamo yo.
Tengo otro cuerpo, soy otro cuerpo, además de éste que palpo, de carne y hueso.

Al morir nos encontraremos con ese otro yo, ese otro ser, ese otro cuerpo, al que nunca hicimos caso, al que dimos de lado, en el que no creímos porque no lo veíamos.
Es muy posible, no lo puedo asegurar, claro. Ni yo ni nadie.
Pero, puestos a dudar, mejor contar con esa posibilidad, que no quedarme encerrado en este yo rutinario, en este ser que se limita a ser lo que cree ser.
Sí, ese otro ser que también soy, el que se da cuenta, el que siente, al que asusta - aunque le atrae- la eternidad y la infinitud del infinito, eso que está más allá, pero también muy cerca, en mí, aquí, ahí, ahora, envolviéndolo y traspasándolo todo.
Ese ser también soy yo, y puedo contar con él, puedo dejarme arrastrar por las cosas de ese otro lado, atisbar lo insondable y traer de ahí un verso, una imagen, una idea, un sentimiento, un anhelo de perfección y cambio.

¿Ser o no ser? No, ser y ser. No un dilema, una disyuntiva, sino una suma, un más, un yo y algo más, mucho más, y mucho más interesante.
Somos más de lo que somos.
Podemos ser mucho más de lo que nos decimos que somos.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿POR QUÉ MUEREN LAS ENCINAS?


(Foto: S. Trancón)


Hace un mes viajé a Cáceres para asistir al estreno en el Gran Teatro de La identidad de Polán, una obra de Miguel Murillo, dirigida por mi gran amigo Juan Margallo y representada por La quimera de Plástico, un grupo teatral que cumple ahora sus 25 años de existencia y que capitanea otro buen amigo, Tomás Martín. No voy a hablar de la obra, excelente en todos los sentidos, sino de que, al ir en coche, me quedé muy sorprendido al ver, en la ladera de un monte, una mancha grande de encinas de color marrón oscuro. Al principio pensé que había habido un incendio y habían quedado así, calcinadas. Me extrañó, porque el fuego habría devastado todas las hojas convirtiéndolas en cenizas, y no permanecerían secas, como se veían.

Pronto me enteré que las encinas estaban sufriendo una plaga (la Seca), producida por un hongo, la fitoftora. Este hongo, al parecer de origen australiano, se enquista en las raíces y corta toda la circulación de la savia, provocando la muerte súbita del árbol (en una semana puede quedar completamente seco, con las hojas acartonadas). No se saben bien las causas, pero no se ha encontrado remedio alguno para evitar la propagación acelerada (ya hay más de quinientos focos en Extremadura) de la plaga.

Pocas noticias me han abrumado tanto. Encinas, alcornoques, robles, jaras, brezos... Todos están amenazados.
Desde que lo supe, una congoja profunda se agita en mi estómago y mi pecho, como si estuviera creciendo dentro de mí ese hongo asesino.

Lo diré de modo rotundo: Yo no concibo la existencia de este país o nación a la que llamamos España, si desaparecen las encinas de sus montes, desde Zamora a Valencia, de Extremadura a Murcia, de Palencia a Cádiz. No hay árbol que defina mejor el paisaje de toda la meseta, de Norte a Sur, de Este a Oeste. A pesar de haber sido destruidos gran parte de los bosques originarios, todavía se conservan las dehesas de Extremadura, Castilla y Andalucía, donde las extensiones de encinas son algo tan bello y fantástico, que imaginarme que puedan llegar a desaparecer me coloca ante la disyuntiva de huir de este país para siempre o suicidarme.

¿Las causas? El cambio climático, que provoca una sequía prolongada, pero también la sobreexplotación ganadera y agrícola del suelo, el descuido y la falta de regeneración del arbolado. Por un lado, la catástrofe anunciada; por otro, el desdén y el afán de lucro (¿qué hace un tractor metiéndose en un monte o una dehesa?).

He pasado muchas horas de mi vida bajo su sombra. He recibido la energía poderosa de su tronco y de sus ramas. Me han hablado con palabras entrañables y misteriosas. He visto cómo alargaban sus brazos hacia mí. El verde brillante de sus hojas me ha llevado hasta lugares desconocidos, casi inconcebibles, y que no tienen fin.

La encina es uno de los árboles más bellos. Ha resistido millones de años sobre esta dura tierra. Una encina tiene una vida media de 300 años. Sus raíces se pueden extender hasta 10 metros de profundidad. Pueden llegar a medir 20 metros de altura. Pocas visiones más imborrables que observar una bandada de grullas o garzas, al atardecer, cubriendo por completo la cúpula oscura de una gran encina. Una mancha de nieve inmaculada en medio del bosque verde.

Desaparecería el cerdo ibérico, sí. Y el toro de lidia. Pero algo más, mucho más.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL MANZANO PRODIGIOSO

(Foto: S. Trancón)


Me lo contó mi amigo Evelio Rivera. Es una historia maravillosa que le ocurrió a él, siendo niño. Cuando García Márquez nos describió el realismo mágico de Macondo, algunos quedaron muy sorprendidos y no entendieron sus afirmaciones de que las historias de Cien años de soledad no eran invenciones fantásticas, que estaban tomadas de la realidad.

La verdad es que la realidad está tan traspasada por lo insólito, lo mágico, lo inesperado, que muchas veces supera a la fantasía. Pero esto no sucede sólo en Hispanoamérica, donde la imponente geografía y una tradición mágica y milenaria han configurado un modo de ver el mundo en el que lo oculto se hace presente. También ocurría eso en nuestro país, antes de que la invasión urbana y moderna destruyera la tradición rural y su forma poética y dramática del ver el mundo. Cuento la historia, que es absolutamente verdadera.

Tenía yo unos cinco años. Me gustaba mucho ir con mi abuelo al campo, a poner trampas a los conejos, a podar los olivos, a regar los huertos. Como mi pueblo, Retamosa de la Jara, en Toledo, es bastante seco, había en él pocos frutales. Crecían mejor las higueras y los almendros que los manzanos. Pero un año más lluvioso, un manzano floreció y mi abuelo lo regó con esmero, porque sabía que a mí me gustaban mucho las manzanas. Logró que se cargara de manzanas. Cuando ya estuvieron maduras, mi abuelo me dijo: Mañana recogeremos las manzanas. Me hizo una ilusión enorme, no dormí aquella noche pensando en ir al día siguiente con mi abuelo a recogerlas. Pero cuando nos acercamos, mi abuelo comprobó desolado que todas las manzanas habían desaparecido del árbol. Nos las habían robado por la noche. Mi decepción fue total, mi abuelo se quedó abrumado.
Un día después, si embargo, mi abuelo me dijo: Vamos a ver el manzano, porque lo he estado regando y cuidando durante todo el día y a veces ocurre que vuelven a crecer las manzanas. Nos fuimos acercando y sí, perecía que se veía alguna manzana. Ya debajo del árbol pude comprobar que en efecto, habían brotado mágicamente de sus ramas un montón de manzanas, rojas, maduras, como las que tenía antes. Vamos a recogerlas antes de que nos las roben otra vez, me dijo mi abuelo. Volví con una cesta llena de manzanas, infinitamente feliz y lleno de admiración por mi abuelo, que había hecho posible el rebrote del manzano.
Muchos años después me enteré de cómo se había producido el milagro. Mi abuelo aquella misma tarde se dirigió andando a Talavera de la Reina, que está a bastantes quilómetros de mi pueblo, había comprado unos quilos de manzanas, y había vuelto andando, de noche. Luego, con paciencia y mucho arte, había ido cosiendo a las ramas las manzanas, una a una, con su rabito o peciolo, y disimulando el cosido con un hoja.
Un acto, un gesto así, es algo que uno no podrá llegar a agradecer suficientemente durante el resto de su vida.

martes, 29 de septiembre de 2009

MAGIA Y CIENCIA

(Foto: S. Trancón)
Ha hablado en este bloc bastante sobre qué entiendo por magia o mundo mágico. Me he declarado defensor de ese pensamiento que nos acerca al misterio del mundo, cuya existencia es para nosotros profundamente inexplicable. También me he declarado defensor de la ciencia y el espíritu científico, que quiere explicar y entender ese misterio. Quisiera ahora, brevemente, aclarar esta paradoja.

Magia y ciencia comparten un mismo afán de conocimiento, pero se diferencian en que una, la magia, busca sobre todo la experiencia, el sentir la presencia de lo inexplicable, esa realidad que es mucho más que todo lo que podamos imaginar o sentir. La otra, la ciencia, busca ante todo el pensamiento objetivo, la validación de hipótesis irrefutables acerca de aquello que podemos observar. No son incompatibles. Ambas formas de conocimiento son necesarias.

Pero magia es una palabra sobrecargada de connotaciones “fantásticas”, induce a confundir el pensamiento mágico con la superstición, el delirio, lo milagroso. Por eso debo aclarar ahora que soy enemigo de toda superchería, de toda esa literatura que sobrevalora la mente, el control mental, la fuerza del pensamiento como si fuera algo de la misma naturaleza física que una mano o los músculos de nuestro cuerpo. “Todo aquello que pienses y desees de verdad, lo lograrás”, se repite con frecuencia en esos manuales de engañosa autoayuda. No hay que confundir el pensamiento positivo con la creencia en la omnipotencia del pensamiento. La realidad no es una mera copia de nuestra mente, tiene su propia fuerza y sus leyes.

Esto no significa infravalorar la fuerza y el poder de nuestro intento. Nada logramos sin el intenso prolongado e inflexible de alcanzarlo. Pero ni el intento ni el pensamiento son fuerzas que actúan mágicamente sobre la realidad, sino sobre nosotros mismos, sobre nuestras actitudes, disposiciones, atención y entrega a un propósito. ¿Parece poco?

La ciencia nos ayuda a comprender la complejidad del mundo y a reconocer que la realidad no es humana, no es algo personal, algo que nosotros podamos manipular directamente con la fuerza de nuestro pensamiento. No somos Dios, porque ese doble de nosotros al que llamamos Dios, no existe, no puede existir. Si existiera ese Dios, tal y como ha sido concebido por la mayoría de las religiones, y el mundo dependiera de él, pues ese mundo (este mundo) no existiría, no podría existir. El mundo, tal y como lo podemos pensar y sentir, es algo en verdad inconcebible, por eso está tan alejado de cualquier idea humana de Dios. Meterlo en nuestra mente, sea mágica o científica, es como meter todo el mar en una botella. (Una botella donde previamente hemos metido a Dios).

La fuerza del pensamiento (mágico y científico) es enorme, pero apliquémoslo allí donde ese pensamiento puede actuar, no lo usemos para alimentar fantásticos deseos de omnipotencia e inmortalidad, poderes que no nos han sido otorgados.

martes, 10 de febrero de 2009

CONCIENCIA DE SER


(Foto: I. Díez)










Pregunta: ¿Qué es lo que distingue a un cuerpo vivo de otro muerto?
Respuesta: La conciencia de ser.

Pregunta: ¿Qué es la conciencia de ser?
Respuesta: El darse cuenta de que uno existe y está vivo.

Pregunta: ¿Un embrión tiene conciencia de ser?
Respuesta: Un embrión tiene el embrión de la conciencia de ser, la posibilidad de llegar a tener conciencia de ser. La semilla.

Pregunta: ¿Un ser en estado de coma irreversible tiene conciencia de ser?
Respuesta: Tiene una mínima conciencia de ser en estado irreversible de desaparición.

Pregunta: ¿Cuándo podemos establecer el paso de un estado a otro?
Respuesta: Hay una zona, un punto, un momento en el que la conciencia de ser puede ir hacia su disolución o hacia su desarrollo, inclinarse hacia la vida o hacia la muerte.

Pregunta: ¿Cómo sabemos cuándo llega ese momento?
Respuesta: Observando el cuerpo, atendiendo a su estado y sus señales, casi siempre inequívocas.

Pregunta: ¿Tiene alguna justificación prolongar artificialmente un estado vegetativo de mínima conciencia?
Respuesta: Salvo que quien lo padece, en plena conciencia, decida que se le prolongue artificialmente ese estado de mínima conciencia, no tiene justificación alguna. Si el paciente ha establecido voluntariamente lo contrario, prolongar ese estado es un acto de crueldad e impiedad inadmisible.

Pregunta: ¿Es uno dueño de su vida?
Respuesta: Absolutamente. La vida ha de ser siempre fruto de una decisión individual libre y soberana. La conciencia de ser lleva en sí misma la posibilidad de dejar de ser. Es algo inseparable.

Pregunta: ¿Para qué hemos venido a este mundo?
Respuesta: Para vivir plenamente.

Pregunta: ¿Qué significa vivir plenamente?
Respuesta: Incrementar día a día la conciencia de ser. Acrecentar e intensificar la conciencia de ser.

Pregunta: ¿En qué se diferencia nuestra vida de la de otros seres de esta Tierra?
Respuesta: En que partimos de un grado de conciencia de ser que podemos incrementar e intensificar a través de nuestra experiencia.

Pregunta: ¿Se disuelve la conciencia de ser al morir?
Respuesta: La conciencia de ser individual, sí.

Pregunta: ¿Totalmente?
Respuesta: No. La conciencia de ser es una forma incomprensible de energía, fruto del alineamiento o contacto de nuestra energía con la energía del universo. Un contacto o fusión que produce el resplandor de la conciencia de ser, que es lo único que detiene a la muerte. Cuando se rompe la unidad energética que somos, esa energía inexplicable vuelve al cosmos.

Pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida, entonces?
Respuesta: Incrementar la conciencia de ser del universo.

Pregunta: ¿Existe alguna posibilidad de supervivencia individual después de la muerte?
Respuesta: Como no sabemos exactamente qué es la conciencia de ser, no podemos afirmarlo ni negarlo.
En principio, no debería de ser algo imposible, salvo que creamos que la conciencia de ser es inseparable del cuerpo, de la organización anatómica y orgánica de nuestras células vivas. Pero esto, hoy por hoy, no es más que una creencia, lo mismo que lo contrario.

P.D. No sabemos qué es la conciencia de ser, pero sí experimentarla, sentirla, tomar conciencia de su existencia, comprender que es la esencia de nuestro ser. A mayor conciencia de ser, mayor goce, mayor deleite, mayor serenidad, más intenso y profundo nuestro conocimiento del misterio de la existencia de nosotros mismos y de todo cuanto nos rodea. Quien lo experimenta sabe que ésta es una verdad indiscutible. Quizás, la única certeza.

miércoles, 7 de enero de 2009

CAE LA HOJA

Foto: Agustín Galisteo


Estoy esperando a alguien en el coche. Ha salido el sol. El cielo resplandece con un azul intenso. Bajo la ventanilla del coche y respiro el aire tibio de la mañana. A mi lado se alza un plátano de hojas amarillas. Del tronco pálido se van desprendiendo trozos de corteza, como escamas. Se renueva. De pronto cae una hoja, penetra por la ventanilla y se queda a mis pies. Al posarse produce un leve ruido seco. Digo “ruido seco”; construyo una sinestesia para expresar ese sonido casi imperceptible. Como la hoja está seca, traslado la percepción visual a la sensación acústica. La hoja, que fue verde, suave y maleable, se ha vuelto marrón, frágil y quebradiza. Al romperse cruje y se desmorona. Trato así de describir lo indescriptible: el sonido. El sonido es lo más indescriptible que existe. Tienes que echar mano de otros sentidos para hablar de él. El sonido es esencialmente impermanente: el puro instante. En cuanto lo oyes, desaparece. Puedo dar cierta permanencia a lo que veo y a lo que toco, pero no a lo que oigo. Se va, vuela. Un sonido prolongado es una sucesión de sonidos. El sonido es una vibración del aire que llega a nuestro tímpano y ahí produce un estímulo que luego el cerebro transforma en sonido. Se produce al chocar una materia con otra, se desprende de ese choque y llega, como una sucesión de ondas, a nuestro nervio acústico. En realidad es una sensación táctil. Cómo convierte nuestro cerebro esa sensación física en sonido es algo inexplicable. ¿Y todos los matices, intensidades, tonos, alturas, timbres..., que podemos llegar a distinguir? ¿Todo basado en la simple vibración del aire bajo la forma de ondas? El sonido es totalmente invisible, impalpable y fugaz, sin embargo, ahí está. El sonido es el vacío puro, la nada más real. Cojo la hoja por el rabillo y la observo: tiene forma de corazón, por el envés está llena de venas, finísimos surcos que puedo palpar con la yema de mis dedos. Hay una línea más saliente que divide la hoja en dos partes simétricas. De ella parten muchas ramificaciones hacia los lados y bordes, que a su vez se van dividiendo en venas más finas hasta cubrir la hoja entera. Descubro que todos estos canalillos están interconectados: puedo empezar en cualquier punto y recorrer todos los surcos de la hoja entera. Una molécula, un electrón, podría recorrer toda la hoja siguiendo estos caminos. Todo está conectado con todo. Así nuestro cuerpo. La vida es ese flujo constante de energía que circula por todo nuestro ser recorriendo circuitos que van de lo más grande a lo más pequeño e invisible. Si se obstruye ese flujo en un punto, la energía se para, tiene que dar un rodeo, y allí donde no llega, esa zona acaba muriendo. La serenidad, la ausencia de tensión, es el secreto de la salud. La preocupación, la ansiedad, el miedo cierran el flujo de la energía, bloquean, obstaculizan el paso de la energía vital. Provocan una muerte no natural. La otra muerte es la de la hoja, la que se produce cuando se agota la fuente de la energía que la sostiene, la de la tierra, la del universo entero al que estamos conectados. Invisible, como el sonido, pero tan real e incomprensible como el leve crujido de la hoja que acaba de caer a mis pies.

martes, 9 de diciembre de 2008

ENERGÍA Y PERCEPCIÓN

(Foto: Agustín Galisteo)

La definición de energía de Einstein solemos entenderla en sentido cósmico o macrocósmico. Vemos una masa moviéndose a una velocidad inconcebible y de ahí sale la energía. Pero también vale para lo más cercano, para entender lo que ocurre en nuestro cuerpo, que es una masa que produce energía y que, por tanto, también algo en nuestros átomos y moléculas se mueve a esa inconcebible velocidad. Puro enigma, como la fórmula de Einstein, ya lo dije.

Pero si es así, pues yo veo que la energía, lo mismo que produce calor, puede producir conciencia. Al fin y al cabo, el calor es algo tan abstracto como la conciencia. Yo noto el calor gracias a mi piel, pero del mismo modo noto que me estoy dando cuenta de lo que siento o percibo gracias a mi cerebro.

El asunto complicado es comprender cómo esa energía percibe y se da cuenta de que percibe. Tiene que haber una explicación del mismo nivel que todo lo anterior, más o menos “física”. Me explico.

Si somos un conglomerado de campos de energía “organizada” a modo de filamentos, ondas o “cuerdas”, autocontenida, pues en alguna parte de esa esfera tiene que haber una zona de contacto con el mundo exterior, con la energía que nos rodea y que constituye el mundo, y ese contacto es lo que produce la percepción. Hay un punto, una abertura, que nos permite “encajar” nuestra energía con la energía exterior. A esto le podemos llamar “alineamiento” de fibras energéticas o filamentos. El “chispazo”, el contacto es lo que produce la percepción, el darnos cuenta, como si se tratara de una sinapsis que permite el paso de la energía por un circuito neuronal.

Lo que más me interesa de todo esto, es comprobar que esta explicación permite entender por qué pasamos de un estado de conciencia a otro, de un estado de ánimo a otro, de un modo de percibir la realidad a otro, y aquí caben todos los modos extraños de percibir, de sentir y de actuar, incluidos los que juzgamos patológicos o místicos, cotidianos o extraordinarios, delirantes o depresivos, altruistas o mezquinos.

Al cambiar el lugar en el que se produce ese contacto, ese encaje de la percepción, pues lo que vemos y sentimos es un mundo diferente, porque la energía alineada es diferente.
Y son casi infinitos los lugares a los que se puede “mover” ese punto luminoso, donde se concentra nuestra energía para producir la percepción consciente. Tan infinitos como los mundos que podemos percibir, todos igualmente reales, tan reales como el mundo de todos los días, ése que hemos aprendido a percibir de modo estable al fijar nuestro “punto de encaje”, todos, en el mismo lugar.

Hay muchos “lugares”, dentro de nuestra esfera energética, a los que se puede desplazar esa abertura que nos hace percibir. Señalaré algunos:

-El de la preocupación por uno mismo (el más común).
-El de la razón (mucho menos común de lo que suponemos)
-El del conocimiento directo o la conciencia pura (sólo lo podemos mantener durante un tiempo muy limitado)
-El de la atracción por la materia y los objetos (origen del materialismo capitalista)
-El del sexo (el placer del cuerpo).

Todos estos centros de la percepción producen a su alrededor una constelación de pequeños desplazamientos que explicarían la infinidad de conductas, sentimientos y percepciones que podemos experimentar. También se pueden producir “saltos” de un lugar a otro. La conciencia es ese darnos cuenta de dónde se sitúa en cada momento nuestra percepción, dónde se fija y hacia dónde se desplaza. La conciencia nos permite hablar de la “relatividad de la percepción”.

A todo esto yo lo llamo “teoría de la relatividad de la percepción”. En el fondo no es más que una consecuencia de la teoría einsteiniana.

miércoles, 1 de octubre de 2008

PRESENCIA DE LO EXTRAORDINARIO

(Foto:S.Trancón)
Estamos rodeados de lo extraordinario. Lo que sucede es que no tenemos capacidad para prestarle atención y descubrirlo. A veces, sin embargo, algo nos saca de nuestra rutina interpretativa y nos obliga a aceptar hechos energéticos que están siempre ahí, aunque no los veamos ni sintamos en nuestro estado habitual de conciencia. Uno de esos hechos es nuestra propia configuración energética. La noche del 11 de agosto del 2004 tuve una experiencia “no ordinaria”, o de “conciencia de ensueño”, que quiero contar. Me refiero al hecho de que somos un conglomerado energético: campos, ondas y partículas de energía pura encerrada en una especie de burbuja, cuyo centro, más denso, constituye nuestro cuerpo. Reproduzco lo que entonces escribí.

Sentí, al poco de acostarme, que una extraña presencia me llamaba con golpes fuertes que retumbaban a mi lado. Golpes sobre una puerta de madera…, pero no había puerta, sino una barrera espesa e invisible. Golpeaba con urgencia para que la dejara pasar. Yo no veía nada, pero sentía cerca de mí algo oscuro y amenazante que me paralizaba. Ante el miedo, casi terror, de que eso que estaba ahí, tan cerca, acabara traspasando esa puerta o pared, sentí cómo mi cuerpo se transformaba en una masa de energía. Todo mi ser era un conglomerado de partículas vibrantes, que, ante la amenaza, habían tomado conciencia de que formaban un campo cerrado. Quedé convertido en una masa densa de energía chisporroteante, ardiente, que tenía una formal oval, dentro de la cual se concentraba una gran cantidad de energía y calor. Estaba tumbado sobre la cama, pero mi cuerpo, transformado en una burbuja flotante, no tenía peso. Volví a sentir la presencia oscura, oí sus golpes profundos resonando por todo mi interior, llamando con apremio. Me encerré aún más en aquella cáscara de energía, hasta que me desperté del todo. Mi cuerpo desprendía una ola hirviente de calor, una especie de niebla vibratoria, que me rodeaba por todos los lados. Los límites de mi ser no eran los límites de mi cuerpo, sino que se extendían más allá, medio metro a mi alrededor. No estaba encerrado en mi piel, no era sólo un cuerpo físico, atrapado por la gravedad, sino un conglomerado energético, una masa de energía compacta capaz de hacerse consciente de sí misma. Agradecí a aquella extraña presencia que me hubiera permitido experimentar por primera vez en mi vida que somos esferas luminosas que contienen una energía poderosa, intensa, vibrante, capaz de desplazarse por el mundo, conocer la existencia de otros seres y entrar en contacto con ellos para incrementar su conciencia. Comprendí que no sucumbir ante el miedo y el pánico puede abrir nuestro cuerpo al conocimiento silencioso, a la experiencia y la percepción de hechos que, una vez corroborados, ya no se pueden negar. Que nuestro mundo ordinario está separado de lo extraordinario por una sutil barrera que nos protege de su impacto -capaz de destruir nuestra frágil envoltura-, pero que podemos también resistir ante el pavor y recibir, en cambio, una oleada de energía que rompe la fijeza de nuestra conciencia y cambia nuestra percepción.