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viernes, 13 de noviembre de 2015

EN EL MUNDO DE LOS GATOS

(Foto: Ángela Trancón)

Mi amigo Evelio tiene alrededor de su casa un jardín y un pequeño huerto con árboles. Lo cuida y cultiva sin usar ningún tipo de insecticida o pesticida. La naturaleza crece allí libre y espontánea, lo que explica, me dice mi amigo, que acudan a sus árboles y yerbas pájaros, reptiles e insectos de todo tipo. Tiene un gato que se ha convertido en un depredador muy valioso. Caza saltamontes, avispas y ratoncillos con una agilidad y eficacia asombrosas.
Un día mi amigo descubrió que su gato había recibido un disparo que le dejó un balín incrustado bajo la piel. Esa misma noche soñó que su gato estaba a punto de morirse. Le habían colocado una especie de bozal que lo estaba ahogando. En medio de la angustia de ese sueño sintió que algo le rozaba la planta del pie. Se despertó y vio, todavía sumergido en la viveza del sueño, cómo su gato ronroneaba y le mordisqueaba los dedos. Jamás su gato había entrado en su dormitorio y menos para subirse encima de su cama y rasguñarle los pies. Que lo hiciera a media noche, y justo cuando intentaba salvarle en sueños, fue algo que le dejó tan sorprendido como si hubiera entrado de repente en otro mundo.
En realidad sí que había entrado en otro mundo: el mundo de los gatos. La puerta por la que penetró fue el sueño. Un sueño vívido y muy realista, tanto que pasó, sin solución de continuidad, del sueño a la realidad. Cogió al felino y lo llevó a la cocina donde tenía su cuenco lleno de comida y agua. Pensó que tendría hambre o sed. El gato lo miró, dio un salto y se coló por la ventana hacia el jardín. No, no tenía ni hambre ni sed, no era esa la explicación de su insólita conducta.
Los perros nos protegen de ataques y agresiones físicas, guardan nuestro territorio. Perciben nuestras emociones y sentimientos, especialmente la alegría y el miedo. Los gatos, en cambio, nos protegen sobre todo de ataques y agresiones psíquicas o energéticas. Los gatos están en este mundo y en el otro a la vez, tienen conexión con una realidad paralela e invisible en la que se adentran a través de sus propios sueños. Por eso se pasan tantas horas dormitando, soñando semidespiertos.
El hombre ha necesitado, para sobrevivir, no sólo de los perros, sino de los gatos. Necesitamos proteger nuestro cuerpo, pero también nuestra mente. Necesitamos la salud y el bienestar corporal, pero también la energía mental y la conciencia. Mi amigo y su gato conectaron su mente y su conciencia. El gato le despertó para tranquilizarle, para sacarle de una pesadilla. Podemos llegar a morir a causa de una pesadilla. La realidad tiene muchas veces el poder maléfico de una pesadilla.
Los egipcios descubrieron hace casi 10.000 años que los gatos eran su protectores. Por eso adoraban a una diosa gata: Bastet. Enterraban a sus gatos como a seres sagrados. En Bubastis, ciudad de la diosa, había un gran cementerio de gatos momificados. Los gatos eran mensajeros del más allá: veían lo del otro lado; quizás por eso nos ayudan a salir de la zona oscura de los sueños.

Ante tanta confusión política y social, ante tantas amenazas, necesitemos hoy más que nunca del poder protector de los gatos, que nos despierten y saquen de las más inquietantes pesadillas. ¿Quizás por eso el número de gatos en nuestro planeta es tres veces mayor que el número de perros? Nuestra mente es más frágil que nuestro cuerpo.

sábado, 7 de noviembre de 2015

RELIQUIAS Y RELICARIOS

(Foto: A. Trancón)
Estuve el pasado 29 de octubre presentando en la Casa de León en Madrid el libro de Carlos J. Taranilla, “Breve historia de las reliquias leonesas y sus relicarios”. Conocí a Carlos en la Feria del Libro de León, firmándole mi libro “Huellas judías y leonesas en el Quijote”. Me dijo que era profesor y escritor. Me sorprendió el gesto ya que, entre profesores y escritores, es infrecuente el acercamiento y el reconocimiento mutuo. Lo que predomina es el desdén y los recelos, cuando no el cinismo y la adulación para ser admitido en las capillas que controlan el mundillo académico y literario.

Hace unos días Javier Marías, en un articulo titulado “No me atrevo”, confesó que la presión del medio académico y literario era tal que ya nadie (tampoco él) se atrevía a “opinar sincera y críticamente sobre sus iguales”. Hacerlo es “ser tachado en seguida de envidioso, o inelegante, o de resentido, o cuando menos de competitivo”. Todo se toma como un agravio y un ataque personal. No es de extrañar que la literatura y el arte vivan en sus peores momentos, languideciendo y amustiándose, sostenidas sólo por su antiguo prestigio, pero carentes del vigor que proporciona la crítica y la autocrítica.

El libro de Carlos Taranilla habla de reliquias y relicarios leoneses, y lo hace con rigor informativo, satisfaciendo nuestra curiosidad, pero sin confundir historia con leyenda. Su estudio sobre el Santo Grial leonés es el ejemplo más claro de que no conviene sustituir la investigación histórica por la fantasía. El Santo Grial es una leyenda de origen medieval, y tratar de darle una validez histórica, materializándola en un objeto, es un propósito científicamente descabellado. La leyenda es una invención literaria atractiva, y recrearla a través del cáliz de Doña Urraca es tan legítimo como hacerlo con el cáliz de Valencia o la cueva de Montserrat. Atraer a turistas que crean en esa leyenda y de paso conozcan las maravillas de León, pues estupendo. Pero no hay que borrar la línea que separa la literatura y la ficción, de la verdad. El compromiso con la verdad nos obliga a no amalgamar fe y razón, literatura e historia.


El culto a las reliquias nace de la fe y la superstición, pero no conviene simplificar el fenómeno y pensar que hoy estamos muy alejados de la conducta de nuestros antepasados. Hoy vivimos inmersos en infinidad de creencias y supersticiones que se disfrazan de arte, ciencia y tecnología, pero que exigen de nosotros la misma credulidad. Como ocurrió en el sigo XVI y XVII (su época dorada), las reliquias se nos muestran en artísticos relicarios que son tan importantes como su contenido. Libros que no contienen más que polvo y huesos, se nos presentan envueltos en el prestigio artificialmente creado de sus autores, a los que se venera en ceremonias de reconocimiento. Al final, lo que más interesa es el comercio que se crea a su alrededor, como ocurrió con las reliquias en las iglesias, monasterios y catedrales. Tan alejados están estos productos del arte y la literatura, tan absurdo es tomárselos en serio, como lo fueron el Santo Prepucio, la leche de la Virgen o el huevo de la paloma del Espíritu Santo que se veneraba en la catedral de Colonia.