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domingo, 31 de enero de 2010

EL TERREMOTO DE HAITÍ Y LA TEORÍA DEL MAL


¿Existe el mal?


¿Y qué es el mal?
Hacer daño a otro, intencionadamente, en beneficio propio.

Es un asunto, por tanto, exclusivamente humano.
Sí, sólo el hombre puede hacer el mal. No Dios. No la naturaleza. No un animal.

Según los cristianos y los musulmanes, Dios castiga, devuelve el mal con el mal, aunque su intención sea alcanzar el bien.
Esa es una buena razón para no creer en ese Dios.

¿Pero no puede utilizarse el mal para lograr el bien?
El mal es mal porque se realiza por un solo motivo: el beneficio propio.

¿Y amputar una pierna para salvar a alguien?
Eso no es hacer el mal. A lo más, una equivocación, nunca un mal. Otra cosa es si le cortas la pierna a alguien para llevártela a tu casa.

Pero se tiende a confundir el mal con los males, el sufrimiento, las desgracias, los accidentes...
Tendemos a otorgar una intención a todo. Pero el mal sólo lo puede hacer el hombre.

Matar a un animal o incendiar un bosque, ¿no es hacer el mal?
No en sí mismo. Sólo se convierte en mal si perjudica a otros, a otros seres humanos.

Un terremoto, ¿no es un mal?
Le falta la intención, la decisión de un ser humano que lo provoque para beneficio propio.

¿Y si ese terremoto es provocado artificialmente por el hombre por intereses económicos o estratégicos, como el petróleo, el dominio de un país o de una zona?
En ese caso nos encontraríamos ante un ejemplo del mal en estado puro.

Dicen que el terremoto de Haití ha sido provocado por un centro llamado HAARP, mediante una onda de altísima frecuencia.
Hoy existe tecnología capaz de hacer eso y mucho más. No es ciencia ficción.

Pero nos asusta pensar que haya grupos capaces de provocar terremotos, cambiar el tiempo, propagar pandemias (reales e imaginarias), hundir los mercados financieros, organizar guerras, manipular globalmente la información...
Pero existen. El mal existe porque existen hombres capaces de realizarlo. Cuanto mayor es el beneficio, mayores posibilidades de que se lleven a cabo actos inimaginables.

Si es así, resulta fácil caer en paranoias conspirativas.
Así es, y cada día será más inevitable.

Y más difícil desenmascarar el mal y descubrir a sus autores.
Quizás no sea tan difícil (ahí están las armas de destrucción masiva y la gripe A), pero lo imposible de controlar será el miedo y la desconfianza masivas. Cuando ya no podamos distinguir la verdad de la mentira, el mal del bien, estaremos totalmente perdidos y sin capacidad alguna de reacción.

¿Hacia eso vamos?
Así parece.

(Tiene interés esta página, relacionada por el terremoto de Haití: http://levantateyanda.wordpress.com/category/haarp/)

sábado, 23 de enero de 2010

FRONTERAS DEL CONOCIMIENTO

(Foto: A. Galisteo)

La filosofía y la ciencia teórica tienen el mismo propósito: preguntarse sobre el fundamento último de todo cuanto existe.
El intento de responder a preguntas simples que conviertan la inabarcable complejidad del mundo en algo comprensible.
Por ejemplo: ¿Por qué existe todo lo que existe? ¿Cómo y cuándo surgió? ¿Tiene algún sentido o finalidad el universo?

Partimos de un hecho, que Descartes formuló de forma problemática: pienso, luego existo. Puedo dudar de todo, pero no del hecho de que estoy pensando. Pero igualmente podríamos decir: siento, luego existo; percibo, luego existo; respiro, luego existo...
Respiro, percibo, siento, pienso: son hechos que remiten a mi propia existencia, constatan el hecho de que yo existo como un ser que respira, percibe, siente y piensa.

El punto de partida cartesiano es, por tanto, la afirmación de la existencia de un ser a partir de la constatación que ese mismo ser hace de su propia actividad. Hay aquí, evidentemente, un círculo vicioso, una petición de principio, porque el fundamento último de la verdad de este silogismo empírico remite al propio sujeto cuya existencia es tan problemática, en último término, como el resto de la realidad cuya existencia se pone en duda a partir del hecho de que los sentidos nos pueden engañar. Pero si nos engañan respecto al mundo exterior, igualmente pueden engañarnos cuando percibimos nuestra propia actividad.

El razonamiento cartesiano nos remite al verdadero punto de partida: la conciencia, que en el hombre puede convertirse en autoconciencia de su propia actividad consciente. Hay algo en mí que puede darse cuenta de lo que percibo, hago y siento. El darme cuenta de algo es lo único que me permite asegurar que ese algo existe. ¿Pero qué es eso de “darme cuenta”? ¿De dónde surge?

Las preguntas básicas vuelven con toda su incertidumbre. La física teórica trata de dar una respuesta dentro de su paradigma observable y cuantificable, mediante fórmulas matemáticas que permitan luego realizar constataciones empíricas. Pero las fronteras de este paradigma hace tiempo que han sido rebasadas. Si queremos explicarnos la existencia de infinitos universos, por ejemplo, o el origen primero de la energía que ha dado lugar a esos universos, no tenemos más remedio que ir más allá de la hipótesis de que todo cuanto existe tiene que tener un origen.

Necesariamente tenemos que suponer que el fundamento último de todo cuanto existe, sea lo que sea, existe por sí mismo, eternamente, y esto ya lo descubrieron los tomistas. Llamar a eso Dios y personalizarlo, es un antropomorfismo demasiado infantil. Los cabalistas prefirieron aceptar los límites de nuestra mente, las fronteras del conocimiento, y abandonarse a la emoción inquietante que produce lo incomprensible, lo inabarcable, la inconcebible, lo eterno e infinito.

domingo, 17 de enero de 2010

TEORÍA DE SUPERCUERDAS Y CONOCIMIENTO CHAMÁNICO

(Foto: S. Trancón)

Es la última teoría de la física que aspira a convertirse en la teoría unificada del todo, o sea, a explicar el fundamento último de cuanto existe en éste y en cualquier otro universo posible. Aunque tiene el inconveniente de no ser “falsable” porque incorpora la existencia de dimensiones inobservables (11 dimensiones, al menos), sí puede validarse si predice fenómenos como la existencia de esa partícula subatómica “Dios”, el bosón de Higgs (al que esperan descubrir en el CERN , con el Acelerador de Hadrones).

A mí no me interesan las fórmulas matemáticas en que esta teoría se basa (no estoy capacitado para entenderlas ni disfrutar de su belleza), sino el hecho de que abren nuestra mente a concepciones que elevan nuestra conciencia y el modo de entender el mundo.
Según esta teoría, la materia y la energía (base del universo) no está formada por partículas, sino por “vibraciones” de “cuerdas” o filamentos de energía primordial. El electrón, por ejemplo, no es un punto, sino una vibración en forma de lazo. La “cuerda” que produce la vibración, esa resonancia en que consiste un electrón, puede oscilar, vibrar, resonar de otra manera y producir otras ondas y partículas.

Lo que más me ha llamado la atención es el hecho de que, mucho antes de que se formulara esta teoría, Carlos Castaneda recibiera este mismo conocimiento a través de don Juan, un indio yaqui que a su vez lo recibió de los chamanes del Méjico antiguo. Habla él de “bandas de emanaciones”, “filamentos luminosos”, “hilos sin fin”, “vibraciones de color o sonido”, “haces de energía”..., y que todo cuanto existe son como “burbujas” o “emanaciones encapsuladas” que surgen de esos "filamentos" y forman “racimos”... También usa el símil de un montón de paja suspendido en el aire, cuyas combinaciones son infinitas. Fibras o filamentos formando haces inconcebibles que pueden llegar a ser conscientes de sí mismos.

Lo que me sorprende es que científicos actuales recurran a metáforas e imágenes parecidas a las que ya usaron los videntes de la antigüedad prehispánica para explicar lo mismo, la constitución última del universo.

Pero la ventaja de los chamanes antiguos es que no se limitaron a explicar los fenómenos de la física, sino de la conciencia, y basándose en las misma teoría de las cuerdas o filamentos de energía que constituyen haces o bandas de las que emanan los seres.

Descubrieron así que en la Tierra existen 48 grandes bandas (cuerdas) de las que surge todo cuanto en ella existe: 40 no producen conciencia; de las otras ocho, siete producen conciencia inorgánica, y una, conciencia orgánica, dentro de la cual estamos las plantas y los animales. El “color” de la energía de la conciencia orgánica de las plantas es “rosa”, el de los insectos “melocotón” y el de los seres humanos “ambarino”.

La teoría de las supercuerdas predice la existencia de infinitos universos finitos en expansión, lo que lleva a la conclusión de que universos finitos, como el nuestro, se repitan en algún otro “lugar” o dimensión cósmica, que existan universos paralelos a nuestro lado, alguno de los cuales pueda ser idéntico o casi idéntico al nuestro. Esto daría cierto fundamento a la creencia en la reencarnación.

Bien, pues todo esto a mí me hace salir de la estrecho cuarto oscuro en que hemos convertido esa burbuja de energía y luz que somos, surgida de la vibración o resonancia de una cuerda de energía infinita, suspendida en el vacío. No estamos condenados a vivir encerrados en una pequeña habitación, podemos salir y perdernos por el vasto mundo que nos rodea.
Al menos, podemos darnos una vueltecita por ahí, de vez en cuando.

lunes, 11 de enero de 2010

EL DARSE CUENTA

(Foto: K.B. PortfolioNatural)

La conciencia es un darse cuenta.
Es algo más que percibir, sentir o reaccionar.

Existen muchos niveles de conciencia, o niveles de intensidad y concentración del darse cuenta. Estos niveles varían en función del grado de atención y del objeto sobre el que se fija nuestra atención.

El darse cuenta es la focalización voluntaria de la atención en algo, ya sea un objeto concreto o una abstracción, algo que se puede percibir con los sentidos, o algo que sólo se puede imaginar, concebir o pensar.

La autoconciencia es la focalización de la atención en lo que uno percibe, siente, piensa, imagina, teme, desea o hace.

La conciencia, el darse cuenta de lo que uno percibe, siente, piensa y hace, y de lo que sucede a nuestro alrededor, es el mejor medio de control de nosotros mismos y de la realidad que está a nuestro alcance. Es nuestra principal ventaja, nuestro don más alto.

A lo más y mejor que puede aspirar un ser humano, la finalidad más alta, es la de elevar e intensificar su nivel de conciencia, su capacidad para darse cuenta de sí mismo y del misterio que le rodea.

Paradójicamente, cuanto más yo, cuanta mayor focalización y absorción de la atención en uno mismo, menos capacidad de conciencia, menos posibilidades de intensificar el darse cuenta.

El darse cuenta no es algo que realiza y controla el yo, sino algo que sucede en uno mismo, en su cuerpo, en la totalidad de su ser. Por eso se caracteriza por un fluir, una atención intensa pero a la vez fluida y desprendida del yo.

El darse cuenta es algo que ocurre en mí, que de pronto me inunda y hace que me olvide de mí mismo para identificarme con esa energía que se da cuenta de su existencia. Es un ver, sentir y pensar a la vez, que toma conciencia del existir de algo, de la esencia del ser.

La conciencia es una forma de energía que consiste en darse cuenta de la existencia de algo, de que algo es plenamente real, aunque el hecho de su existencia sea inexplicable.

La conciencia del darse cuenta se acrecienta dándose cuenta, intentándolo. Para ello hay que fijar la atención en aspectos de la realidad en los que nunca nos hemos fijado, y luego sostenerla en la esencia del ser que vemos y el hecho de percibirlo. Atención concentrada, pero no rígida.

El intento supremo y último del universo es darse cuenta de sí mismo.
El darse cuenta es un hecho energético final, no hay nada más allá.




lunes, 4 de enero de 2010

MATERIA Y ENERGÍA

(Foto: A.Real)

Si alguien me pidiera que resumiera el mundo en dos palabras, yo le constestaría: materia y energía.
Son dos grandes abstracciones, pero tienen la virtud de poder explicarse a través de realidades concretas.
Me refiero, claro está, al mundo que podemos percibir, imaginar, pensar y sentir. No al mundo en sí mismo (sea lo que sea), no el mundo que no podemos percibir ni conocer, no a los infinitos mundos posibles, que están fuera de nuestra capacidad perceptiva y mental.

Todo cuento percibimos y podemos percibir es materia y energía.
Este reduccionismo, lejos de transformar lo complejo en simple, convierte cuanto nos rodea en un misterio complejísimo, porque nos obliga a pensar, no sólo distinguiendo y diferenciando los distintos niveles, formas y manifestaciones de la realidad, sino unificándolas y relacionándolas entre sí.

Por un lado está la realidad físico-química inanimada, de la que tenemos un conocimiento cada día más amplio, lo que nos permite manipularla como nunca había ocurrido en la historia.
Por otro, distinguimos la realidad orgánica, viva y animada, con sus ilimitadas variedades vegetales y animales. También estamos llegando a conocer y manipular la vida de modo casi mágico.
Luego está la realidad psíquica, mental y consciente, de la que sabemos mucho menos, porque es menos perceptible y manipulable.

Bien, pues lo defícil es imaginar, explicar y comprender que estos tres niveles de realidad son eso, materia y energía.

Sin duda, el concepto más escurridizo es el de energía, porque nos referimos con él a un aspecto de la realidad que se "despega" de lo físico y se abre a lo abstracto, o sea, a la conciencia, que es el nivel que menos podemos comprender y manipular, pero cuya realidad es tan absolutamente necesaria y determinante como la realidad directamente perceptible.

Todo esto significa que entre la materia, la vida, el pensamiento y la conciencia no hay una diferencia sustancial, que forman un todo cuyos eslabones están enlazados, por más que no sepamos cómo se produce esa unión, ese emerger lo uno de lo otro, o ese estar lo uno en lo otro, o depender lo uno de lo otro.

De momento, la mejor explicación que yo encuentro es decir que la energía es eso que une y relaciona todo, lo que fluye circularmente a través de esos niveles de realidad y transforma constantemente todo.

Un átomo es tan complejo y misterioso como una célula, una célula como una flor, una flor como un pájaro, un pájaro como una mirada, una mirada como un poema, un poema como la fórmula de Einstein.

No hay nada más apasionante que intentar percibir y sentir todo como lo que es: energía que fluye, se transforma y lo transforma todo.
Lo más sublime de nuestra condición humana es ese poder darnos cuenta, asistir al inconcebible espectáculo que es el mundo.