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jueves, 31 de enero de 2019

PREVER LO IMPREVISIBLE


En mi tranquila y cambiante vida, que ya empieza a ser como la sombra del ciprés, ¿qué es lo que más me ha costado aprender? ¿Qué es lo que nunca me han enseñado, ni advertido, ni estimulado a desarrollar? Hay una larga serie de verbos que deberíamos aprender a conjugar, a practicar, y esto también podría enseñarse en la escuela: atisbar, avizorar, precaver, alertar, reparar, percatarse, fijarse, observar, prevenir. Desarrollar esa capacidad oculta que a veces llamamos intuición, corazonada, aprensión, sobre aviso: o sea, llegar a prever lo imprevisto y hasta lo imprevisible. Sí, lo sé, esto es un imposible, una contradicción lógica, pero aceptemos la paradoja.

Me refiero a conocer de antemano, a sospechar o suponer que algo puede ocurrir, observando y percatándonos de señales o hechos que están a nuestra vista o alcance y que, de no tener desarrollada esa facultad observadora-anticipadora, acabará pillándonos por sorpresa, a veces con efectos demoledores. Esto vale tanto para nuestra vida personal y diaria como para la colectiva, esa charca en la que nos movemos y agitamos como renacuajos.

Nos cuentan que hemos venido a este mundo para ser felices, y pensamos que la vida plena es aquella que acumula experiencias positivas, que avanza en línea recta hacia objetivos cada vez más elevados y gratificantes; que el fin de la sociedad es progresar ininterrumpidamente, alcanzar cada vez un mayor nivel de bienestar, comodidad, placer, consumo. Necesitamos creer que todo lo que nos rodea estará ahí mañana, cuando nos levantemos, y que si algo se altera superficialmente, pronto volverá a ser como antes, sólido y seguro. Al mismo tiempo, aborrecemos la rutina, anhelamos la novedad, nos gustan los cambios, que siempre identificamos como progreso.

A mí me parece que este modo de encarar la vida, el presente y el futuro, tiene un fallo, comete un error tremendo porque no introduce un elemento que forma parte esencial de nuestra vida y del mundo: el principio de incertidumbre, eso que ya Heisenberg descubrió en el corazón mismo del átomo. Este principio no es nuevo. Fernando de Rojas, en "La Celestina", ya lo expuso de forma admirable. Citando a Heráclito dice que "todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla". Y traduciendo a Petrarca: "sin lid y ofensión ninguna cosa engendró la natura, madre de todo". Toda guerra o contienda se caracteriza por la imprevisión de su comienzo y la incertidumbre de su resultado.

Todas las convulsiones de la vida política actual confirman la validez de este principio de incertidumbre. Vean a Podemos cómo se desmorona, cómo avanza VOX, cómo el PSOE se tambalea ante el desconcierto de sus electores, cómo Cs titubea y es incapaz de prever las consecuencias de su propia inconsistencia, cómo el PP, por más aspavientos aznaristas que haga, no es capaz de reconocer (y corregir) su culpabilidad en este llevarnos hacia al abismo, ese agujero negro que, aunque invisible, es un hecho previsible. ¿Qué fue de aquella paz?, diremos un día. ¿Qué será de la paz de ahora, de la que todavía gozamos?

Volvamos a "La Celestina". "¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tuve?", se lamenta Melibea ante el cráneo destrozado de Calixto. Y extiende su reflexión: "¡Oh ingratos mortales, jamás conocéis vuestros bienes sino cuando de ellos carecéis!"

Sí, lo que más me ha costado en mi vida ha sido aprender a prever lo imprevisible, el contar conque el mal, la maldad, la mezquindad, un agujero negro de egoísmo, envidia, desprecio, engaño y traición, anida en el corazón de cualquier ser humano, y que, si eres capaz de observar y atender a las señales invisibles de esa energía oscura, podrás al menos prepararte para el golpe, volverte, no inaccesible, sino transparente para que esa energía siga su camino y no se instale en ti.

Creo que la vida es un misterio insondable, y que para vivirla y gozarla intensamente, es necesario aprender a sufrir los embates de lo imprevisible; que necesitamos no sólo tener experiencias felices, sino dolorosas, adentrarnos en abismos inimaginables, porque sin conocer esos infiernos, jamás podremos valorar la paz, la justicia, el bienestar, la verdad, el amor y la amistad.

La vida es corta, aprender a prever lo imprevisto es tan necesario como respirar. No a evitar lo imprevisible, sino a contar con ello. No a estar en un permanente y agotador estado de desconfianza y alerta, sino de lucidez, de desapego, de libertad de pensamiento. Todo puede siempre ir a peor, sí, pero también a mejor. Prever y prevenir, no tenemos otro camino.

domingo, 27 de enero de 2019

INANIDAD DEL PRESENTE



Siempre me ha llamado la atención ese fenómeno al que podríamos llamar "inversión semántica", por el que una palabra pasa a significar lo contrario de lo que significaba en su origen, y que nos revela su etimología. "Nada", por ejemplo, dicen que proviene de "nata" ("res nata", cosa nacida) y de "nati", nacidos, deriva "nadie". ¿Tan efímero es todo, que al nacer ya es nada, y tan insignificantes todos, que ya nacidos somos nadie? El español ha sido muy creativo en torno a este campo semántico: nadería, nonada, anodino, anonadar, nimiedad, nulidad, futilidad, insignificancia, fruslería...

Pensando en un tema sobre el que hilvanar alguna reflexión para cumplir con mi cita semanal en estas páginas, confieso que esta vez nada me estimulaba, nada tiraba de mí, nada agitaba mi "segundo cerebro" (ese montón de neuronas que viven en nuestras entrañas, de donde siempre parto) y sí, en cambio, se fue apoderando de mí cierta indolencia, cierta sensación de inutilidad. Me vino así la palabra "inanidad", y ahí se ha quedado hasta el punto de coronarse como titular de este articulillo que, en consecuencia, no podrá ser sino "inane".

Porque hoy veo la realidad que nos rodea (que me rodea) como cosa insustancial, insignificante, saturada de nimiedades que tratan inútilmente de rellenar el vacío, la vacuidad esencial del día a día, por más agitación, aspavientos, declaraciones rimbombantes, convenciones, rescates imposibles, taladros para horadar lo duro, lo sumergido. Para sustituir la incertidumbre y la confusión y el miedo y la inseguridad esencial de la vida por un imposible sustancial, trascendente.

Pero sobre todo veo la política de nuestros políticos como el reino de la inanidad, la nadería, la insustancialidad, algo tan inasible, intangible y efímero cuanto con más virulencia se proclama y defiende. Yo creo que esta era, esta nueva era de inanidad, la inauguró Zapatero, al que algunos tardaron en descubrir como otros han tardado en descubrir la vacuidad de Iglesias, Monedero o Errejón. Pedro Sánchez, sin duda, ocupa hoy el trono de los inanes, los fútiles y vacuos (que no inocuos, sino inicuos), alcurnia insípida de la que no podemos descartar a otro que lleva tiempo haciendo méritos para entrar en este club de elegidos, Albert Rivera. La inanidad de los Puigdemont, Torras y Junqueras pertenece a otra categoría, la de los apostólicos, que son tantos y tan variados que podríamos abrir con ellos otra taxonomía.

Pero como la inanidad raya con la memez, dejaríamos este esbozo o aproximación científica a la actualidad muy inacabado, si no reveláramos que detrás de la futilidad del ahora se encuentra la fatuidad de los que acaparan la atención del momento, los que difunden el atontamiento general del presente con ínfulas de entendidos. La necedad se oculta con la impostura, la ñoñez con la vanidad, la estupidez con la insolencia. Miren hacia cualquier lado, pongan nombres, hagan juego.

Bueno, ya ven que no tengo el día ni la hora ni el momento muy lúcido, así que quédense con esta idea de que la mayoría de las cosas que consideramos importantes hoy, por el mero hecho de ser actuales, no por ello dejan de ser inanes, intrascendentes, no merecedoras de nuestra atención, y menos de nuestro desasosiego. Y que un mínimo de prudencia y sensatez nos obliga a esperar un poco, a ver qué queda de tanta alharaca, tanta algarabía, tanto fatuo vaticinador. Esperemos un poco para ver qué queda de tanto líder, tanta aclamación, tanto innovador, tanto campeador, tanto servidor de la patria, tanto estratega.

Porque la vida es frágil, el presente efímero y el futuro impredecible. ¿Y la seguridad? Quizás sólo sea eso que va por debajo, que está ahí, pero que no vemos. Como hemos comprobado que ocurre con algunas palabras, la realidad puede también acabar significando lo contrario de lo que a primera vista dice, o sea, lo que su apariencia, a la que llamamos actualidad, nos dice ahora con tanto apremio. Si dejamos que las cosas evolucionen, quizás podamos ver cómo acaban transformándose en lo contrario de lo que ahora significan. Actual no es sinónimo de urgente.

Así que, españolitos, un poco de paciencia, a barajar y a esperar, que los acontecimientos se precipitan por sí solos. Entre nosotros y la realidad sigue habiendo un abismo. Imposible eliminar de nuestras vidas la confusión, la incertidumbre y la perplejidad. Mejor pararse de vez en cuando a observar, que dejarnos arrastrar por la inanidad turbia del ahora y acabar paralizados, petrificados por lo que se nos venga encima.

martes, 22 de enero de 2019

¿VIOLENCIA DE GÉNERO?



Violencia machista o contra las mujeres, se entiende. Violencia xenófoba, homófoba, hispanófoba, también. Igualmente violencia fascista, antisemita, terrorista, yijadista... En estos casos, queda claro contra quién se dirige la violencia, y también su origen (el odio, manía o fobia contra un grupo social diferenciado). Salvo en el caso de la "violencia machista" (que incluye al autor de esa violencia, "el macho"), estos subtipos de violencia no son necesaria o exclusivamente ejercidos por hombres, pues nada impide a una mujer odiar o agredir a un hombre o a otra mujer, o ser xenófoba, homófoba, hispanófoba, fascista, antisemita o terrorista.

Digo que estos subtipos de violencia pueden más o menos entenderse y definirse, pero ¿podemos hacer lo mismo con la "violencia de género"?El genitivo "de género" es, en este sintagma, una anomalía semántica y gramatical. Necesitaría, para ser comprensible, un complemento: "de género masculino", o "contra el género femenino", por ejemplo. De hecho, no existe ninguna otra construcción sintáctica equivalente en español (¿una frase de género?, ¿un árbol de género?, ¿un enfrentamiento de género?), salvo el derivado "ideología de género".

La expresión "violencia de género" es un uso inapropiado del lenguaje que violenta las normas de combinación morfosintáctica del español,tan inaceptable como esa otra de "nación de naciones", sobre la que ya he escrito que es un imposible semántico. Sin embargo, la "violencia de género" aparece de forma obsesiva, reiterada y ostentosamente en todos los medios y en boca de todos (y todas).

Que esta distorsión lingüística haya llegado a formar parte del corpus legislativo y punitivo indica hasta qué punto hemos perdido el control de los poderes del Estado, otorgándoles una capacidad de intervenir en nuestra mente imponiéndonos un lenguaje cargado de ideología. Porque esto de la "violencia de género" funciona porque remite a una ideología sobrentendida: el feminismo ultra, que ha acabado sustituyendo al feminismo, un movimiento que en su origen defendió la muy justa y necesaria igualdad social (legal, laboral, económica) entre hombres y mujeres.

El feminismo ha acabado convirtiéndose en un esperpento de sí mismo, en la justificación ideológica de una lucha general y omnipresente contra los hombres, identificados como machos depredadores, biológica y genéticamente agresivos y maltratadores de la mujer, potencialmente asesinos, a los que sólo mediante leyes estrictas, castigos, penas y amenazas pueden ser controlados. Porque no basta con castigar los hechos -lo único que debe regular la ley-, sino que es necesario perseguir y penalizar las actitudes, los pensamientos, los sentimientos, el lenguaje, todo aquello que se interprete como el origen y la causa del mal, un mal definido siempre como absoluto.

Toda violencia o agresión de un hombre a una mujer es consecuencia de su "género" (condición biológica y sociopatriarcal); no es posible ninguna otra atribución causal (ni familiar, ni religiosa, ni patológica, ni económica, ni ambiental). De acuerdo con este reduccionismo causal, ¿cómo interpretar el que una mujer mate a su hijo, a su marido o a su padre? ¿Lo hace por ser mujer? 

La diversidad de causas y formas de violencia en nuestra sociedad obliga a que la ley se centre en los actos violentos, los tipifique en sí mismos y deje fuera cualquier atribución causal subjetiva imposible de demostrar como agravante de los hechos.El principio de que a iguales hechos, penas semejantes, debiera ser el criterio dominante. Una distorsión tan arbitraria como la que la ley actual establece perjudica no sólo a los hombres, sino a las mujeres, como se está viendo por las reacciones que está provocando.

Resulta igualmente insostenible que, por el hecho de ser mujeres, se ignore la violencia ejercida por mujeres contra hombres o contra otras mujeres, o que se olvide la violencia que los hombres ejercen contra otros hombres, como si hubiera asesinatos de primera y de segunda. ¿Por qué es más grave que un hombre mate a una mujer que a un hombre, cuando los hombres matan más a los hombres que a las mujeres? ¿Esta lacra no es también fruto del machismo, de la educación patriarcal, del ADN? 

Este peligroso entramado ideológico-moral-legislativo está produciendo efectos perversosen las relaciones entre hombres y mujeres, desvirtuando los impulsos naturales (mutuos), sometiendo la conducta a normas arbitrarias que provocan reacciones contrarias a las que se pretenden imponer. La evolución de la sociedad va hacia el respeto, la defensa de la mujer y el rechazo a toda discriminación, violencia o maltrato por el hecho de ser mujer, pero también contra todo tipo de violencia ejercida por quien sea contra quien sea. No es incompatible lo uno y lo otro. Ni creo yo que sea tan difícil recogerlo en las leyes.

sábado, 19 de enero de 2019

SUPREMACISMO MORAL


Después de las monstruosidades cometidas por los nazis, el racismo ha pasado a ser repudiado y condenado por la sociedad. Pero rechazar la ideología racista no es lo mismo que erradicarla. Ya casi nadie puede hoy esgrimir argumentos biológicos para defender la superioridad de una raza, un pueblo o un grupo social. Pero el sentimiento de superioridad, que es lo que subyace detrás de todo racismo, sigue ahí. La forma más insidiosa, camuflada y perversa es el supremacismo moral. 

Hasta la llegada del marxismo, las clases dominantes no sólo han detentado el poder económico y político, sino también el control moral y religioso. El poder siempre ha ido acompañado del supremacismo moral: los poderosos lo eran por (y para) ser los dueños de la moral. Las clases dominadas, para cambiar su situación, debieron iniciar un proceso de legitimación moral, ocupar ese espacio definido por quienes se consideraban superiores por obra y gracia de Dios o del destino. 

El esfuerzo de reconstrucción moral de la sociedad tuvo que sustituir la religión por una moralidad laica que no exigiera la fe como fundamento de las normas sociales, sino la racionalidad de la convivencia pacífica entre ciudadanos. La democracia se ha fundamentado en una doble separación: entre religión y moral, y entre moral y ley. La moral social no debe supeditarse a la religión, ni la ley debe dictar las normas morales. Todo esto choca con quienes, ya sea por sus creencias religiosas, capacidades, posición social o poder político, se consideran superiores. El sentimiento de superioridad desemboca en el supremacismo moral, fenómeno que hoy ha adquirido una importancia decisiva.

El supremacista moral se considera legitimado para imponer su ideología a los demás, para regular y controlar la vida y la conducta de los otros, los sentimientos, las ideas y hasta los gestos y las miradas. Todo debe ajustarse a una norma previamente establecida, todo debe ser moralmente correcto. Digo moral y no políticamente correcto, porque en realidad no estamos hablando del ámbito de la política, sino de la moral. 

Cuando desde el poder o los medios de comunicación públicos se dicta cómo debe uno comportarse sexualmente, verbalmente, gestualmente, emocionalmente, qué debe pensar sobre el sexo, las relaciones humanas, los inmigrantes, los musulmanes, los palestinos, los judíos, los españoles; cuando se trata de influir en su identidad sexual, imponer esa identidad categóricamente; cuando etcétera, entonces estamos ante una invasión de los supremacistas morales, sustituto de los talibanes, los savonarolas y demás inquisidores.

Este fenómeno de vuelta al oscurantismo, al fanatismo ideológico, es un paso atrás en la lucha por la libertad de conciencia, de pensamiento, de sentimientos, de conducta, de expresión y realización personal conquistadas a partir de la Ilustración y la democracia moderna. Detrás de la aparición de este nuevo supremacismo seguramente hay factores personales y también colectivos. Por un lado está la necesidad de distinguirse, de sentirse importante, de ser reconocidos, de tener poder e influencia. Por otro, el superar el anonimato, la irrelevancia de mucha gente que compensa su sentimiento de inferioridad o debilidad uniéndose a esa corriente dominante que se autodefine como los buenos, los sensibles, los defensores de los débiles, de las causas más justas.

Seguramente existen motivos ocultos, pero no menos poderosos, como es el rencor, el odio hacia quienes no piensan y sienten igual, el revanchismo, pero también injusticias y atropellos intolerables, como ha ocurrido con las mujeres y los homosexuales, algo que hoy pervive en sociedades de más de medio mundo (especialmente en el mundo islámico, algo que no parece preocupar a nuestros supremacistas morales). El error está en pretender regular la moral, en dictar leyes cuyo fundamento no es la búsqueda de la igualdad y el bien común, sino el intento de manipular y modificar las conciencias, los sentimientos, incluso la biología. El peor despotismo es el de los débiles cuando se vuelven poderosos.

Muchos de nuestros supremacistas morales justifican y camuflan su despotismo legislativo y mediático en la defensa de los débiles, pero lo hacen desde la impostura y provecho personal, porque no son ellos, precisamente, quienes más padecen esas discriminaciones que dicen combatir, sino siempre los otros, esa masa anónima a la que preocupan injusticias mucho más acuciantes, aunque menos visibles ni visibilizadas, de las que no se hacen eco los nuevos moralistas, entre otras cosas porque éstos colocan la búsqueda de la identidad (asunto personal, no colectivo) y las diferencias, por encima de la igualdad. ¿Les pongo ejemplos de desigualdades sangrantes hoy en España, de las que no se ocupan los nuevos supremacistas?

martes, 15 de enero de 2019

¿PODEMOS PRESCINDIR DE LA VERDAD?



Empieza el nuevo año y me asalta una duda metafísica nacida de los vapores que desprenden los desechos acumulados durante los pasados 365 días, por ponerle un dique numérico al río turbio de la vida. Viendo y oliendo y recordando todo lo acontecido, me llega el vaho de esa pregunta: la verdad,¿para qué? ¿Y si entráramos en un nuevo ciclo evolutivo en el que la sociedad pudiera prescindir de la verdad? ¿Y si en lugar de la verdad nos acostumbráramos a la ficción hasta el punto de no distinguir entre verdad y mentira, invención y realidad? ¿Un periodo de delirio colectivo?

Parto de un hecho empírico: es más fácil creer una mentira que aceptar una verdad. La mentira tiene la ventaja de que puede construirse con ella un relato apaciguador, coherente, inmune a la realidad de los hechos, a cuya prueba no necesita someterse. Basta con que sirva para reforzar la ideología del sujeto. La ideología (que siempre es compartida o colectiva), aclaro, es un conjunto rígido de creencias que se refuerzan entre sí de tal modo que si se pone en cuestión una de ellas, la estructura se tambalea. La verdad, en cambio, no necesita de la aceptación del sujeto para definirse y justificarse. Con la verdad (las verdades) se construye una teoría, pero no una ideología.

La verdad nace de la realidad de los hechos, pero los hechos no necesitan ser coherentes ni apaciguadores. La fuerza de la verdad nace de la rotundidad e irreversibilidad de los hechos, con independencia de la consistencia cognitiva que le otorguemos, porque la realidad no responde a nuestra lógica, sino a la suya, de la que apenas sabemos nada. Por eso la verdad es siempre más inquietante que la mentira. La verdad siempre es sospechosa, porque revela las mentiras y nos obliga a dudar de ellas. La verdad nos atrae y repele a la vez, por eso abundan más los creyentes que los científicos, los charlatanes que los hombres sensatos.

En contra de lo que se supone, con el aumento de información no ha disminuido el número de creencias y de creyentes, de mentiras y de mentirosos. Sostener una creencia o una mentira hoy es muy fácil, existen toneladas de información al alcance de cualquiera para confirmarlas. Antes bastaba con un puñadito de creencias para vivir tranquilo toda la vida; hoy necesitamos creencias para casi todo, hasta para alimentarnos, para definir nuestro sexo o para votar a un partido político.

Nuestra mente está permanentemente invadida por mensajes que no podemos, no ya verificar o poner a prueba, sino simplemente procesar. No tenemos ni tiempo ni espacio mental para hacerlo. Pero la verdad nunca nos viene dada, es preciso construirla con esfuerzo y distancia. De ahí mi pregunta: ¿y si esto de la verdad no fuera más que un deseo, una ilusión, una utopía racionalista?

En ningún ámbito se hace más patente la necesidad de esta pregunta que en el de la política. Si nos ponemos a analizar, por ejemplo, qué ha dicho y hecho Sánchez durante estos siete meses de ocupación del poder, no hay modo de establecer ningún criterio de verdad, de realidad, de consistencia objetiva. Todo, si creemos en sus palabras, es a la vez lo uno y lo otro, aquí y allá, pero siempre progreso, nueva era, avance indiscutible: "más en siete meses que en siete años", o siglos, o milenios, qué más da. La mayor prueba de la mentira es que resiste la contradicción, que basta con defender impertérrito lo que sea para que eso parezca verdad.

Podríamos decir que hoy asistimos a la "desustancialización" de la verdad. Mi duda es si una sociedad puede mantenerse sobre esta degradación, degeneración, desprecio y negación de la verdad. Si es posible sustituir la referencia a hechos objetivos por meras construcciones virtuales, por la artificiosidad de la propaganda, la imagen efímera, las declaraciones impostadas, los gestos engolados, los aspavientos solemnes, el halago de los sentimientos de identidad supremacista (sea separatista o de izquierdas).

Nada más elocuente que esas canas tintadas que el encorsetado y soberbio P.Sánchez se ha colocado justo a un ladito de la media frente y en el arranque de las sienes... Alguien le ha convencido de que así parece más estadista, más serio, más responsable. Es un truco de chalán de feria, que seguramente toma de Obama, al que las canas le salieron de verdad. ¡Qué disciplinadas las canas, que van y brotan justo allí donde marca el asesor de imagen!¡Y las horas que se habrá pasado el pinturero mirándose en el espejo monclovita!