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miércoles, 31 de julio de 2019

FULGOR Y MISERIA DEL CEREBRO


El título parafrasea una obra dramática de Bertolt Brecht, autor otrora omnipresente en la escena, hoy abandonado en ese cercado de desguaces que es en gran parte el teatro actual. Pero nada tiene que ver el contenido de esa obra con el título de este artículo, salvo la resonancia mórfica y fonética, fenómeno inesperado y automático al que casi nunca opongo resistencia. Mi intención es mostrar la perplejidad que me produce ese órgano al que los científicos más prestigiosos del mundo están dedicando su mejor esfuerzo, un empeño titánico por descubrir no sólo cómo funciona, sino para desentrañar qué es, qué hay en ese conglomerado, en esa sustancia química y biológica que hace posible el pensamiento y la conciencia.

Quizás el error esté en la misma pregunta, pues en el universo, la mera existencia de algo no exige ningún porqué previo que lo justifique, eso es algo que construye nuestra mente y va más allá de la existencia misma. El cerebro existe, está ahí, colocado dentro de nuestra cabeza y ramificado por todo el cuerpo, especialmente en el intestino, y sabemos que gracias a él tenemos sensaciones y percepciones que acaban transformándose en imágenes, emociones y pensamientos. Y toda la vida consiste en organizar ese bullicio y agitación neuronal incesante de tal modo que actuemos de un modo eficaz para mantener la vida de todas las células de nuestro cuerpo y su constante renovación.

El cerebro es capaz de construir una imagen de todo cuanto existe, o sea, convertir la actividad celular y neuronal en mente, creando una representación, una simulación y una sustitución virtual del mundo, gracias a la cual podemos anticipar los hechos y los cambios de nuestro entorno y acomodar nuestra conducta a ellos. Este es el fulgor del cerebro: la capacidad de iluminar la realidad, sentirla y percibirla. Pero más allá del automatismo con que la vida afirma y asegura su existencia a través de la mente, lo más inexplicable es que hay algo más, y es la conciencia que esa mente (ese cuerpo) tiene de sí misma como un todo al que llama "yo", entidad a la que atribuye cuanto hace, ve, piensa, siente y padece.

Más allá de la mente, aparece la conciencia, ese darse cuenta de sí mismo, ese percibirse a sí mismo dentro del mundo pero como algo separado de él. Nuestra "miseria" (en el sentido de pobreza), la miseria de nuestro cerebro nace de la limitación de nuestra conciencia. El yo es tímido, está siempre al acecho y le teme a la muerte, a su propia desaparición. La conciencia, en cambio, es el intento de liberarse del yo, acceder a la percepción pura, el observar sin el filtro de la mente todo cuanto nos rodea, empezando por nosotros mismos.

La observación de sí mismo comienza al darnos cuenta de qué estamos pensando, qué es lo que está trajinando, haciendo y deshaciendo nuestra mente. Todos sabemos lo difícil que es atrapar los pensamientos. La mente es siempre nebulosa, flotante, y sólo gracias al lenguaje esos efluvios neuronales se convierten en pensamiento. El pensamiento, gracias a la escritura, puede, a su vez, adquirir una realidad objetiva, fuera de nuestro cerebro. Por eso la buena escritura, la buena literatura, es siempre fulgor, resplandor que nos saca del sopor y el aturdimiento mental.

Llego a donde quería llegar: nada más importante que el pensar consciente, el desarrollar la capacidad fulgurante del cerebro. ¿Para qué? Para ser felices o, al menos, para ser un poco menos infelices de lo que la mayoría (la mayor parte del tiempo) lo somos. Feliz es quien es consciente de lo que piensa y lo que siente, quien se da cuenta de cómo lo que piensa determina lo que siente y así deja de estar enganchado a pensamientos automáticos, inútiles, anticipaciones paralizantes, rumiaciones tóxicas, miedos, evasiones y proyecciones fantasiosas. En su lugar, enfoca toda su atención en observar, percibir y admirar todo cuanto sucede a su alrededor.

Son reflexiones de verano, la estación más fulgurante. Como dije en mi anterior artículo, el verano es un buen momento para pensar, para meditar, para aquietar la mente. También para liberarnos de la absorción en las preocupaciones colectivas, ese cerebro social igualmente intoxicado y aturdido con sus propios miedos, obsesiones, evasiones y fantasías. Porque también podríamos hablar del fulgor y la miseria de la política, de la política de los políticos conscientes y de la política de los políticos apenas cerebrados, que son los más.

jueves, 25 de julio de 2019

TIEMPO DE SILENCIO


En el verano la luz se aquieta, reposa con mayor intensidad sobre los tejados, los muros, las tapias, la tierra roja de los surcos, las ramas y troncos de los árboles, el asfalto gris, el agua tersa de los pantanos, las peñas, el azul celeste. Esa luz quieta eterniza el instante, paraliza el tiempo fugitivo y nos invita al silencio, a no hablar, a no cotorrear, a no parlotear, a no farfullar con nosotros mismos, que es lo que más hacemos, a lo que más tiempo dedicamos, lo que más energía consume. No hay mayor despilfarro que dejarnos atrapar por ese diálogo interno obsesivo, repetitivo, en el que hoy nos decimos lo mismo que ayer, y que anteayer, y que el anteayer del anteayer.

El mayor secreto de la vida es no estar de paso por la vida, o sea, no estar de paso por ese instante que la luz aquieta. Porque no hay otro. Y si te vas de él y te quedas absorto en la preocupación por ti mismo, encapsulado en ese cuchicheo interno que te saca del mundo real (ése que la luz hace presente), entonces ignoras y desprecias lo que de verdad nos hace vivir, que no es sino el contacto real y físico con todo lo que nos rodea. Nuestra energía sólo se renueva cuando se aquieta y alinea con la energía de la luz que hace presente al mundo. Si vives encerrado en tu cápsula, escuchando el eco de ti mismo, excitado por esa agitación interna permanente, que confundes con la vida, no descubrirás nunca la fuerza del silencio, ese no temer al vacío que la luz nos desvela en las horas quietas del verano.

La vida es absoluta y completa en sí misma, no se justifica en función de algo que vendrá después. Nada cambiará luego si algo no cambia ahora. Sólo soy lo que ahora soy. Todo lo que pueda llegar a ser está en lo que ahora soy y puedo hacer. Escapar del presente, no poner toda la atención en el presente, es dejar pasar la vida, es perderse el espectáculo indescriptible de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Infinidad de acontecimientos, transformaciones, asociaciones, sincronías, interrelaciones se producen a cada instante ante nuestros ojos. Todo nos lo perdemos si estamos atrapados por ese diálogo compulsivo que proyecta su preocupación por el futuro y no cesa de darle vueltas al pasado.

Nace esta obsesiva y reiterativa agitación interna de nuestro miedo a la muerte. Es como si temiéramos al vacío, al silencio, a la quietud, que identificamos con la muerte. Preferimos vivir en una atmósfera de irrealidad, de sopor, ese mundo imaginario que sustituye al mundo real y al que entregamos nuestra atención y energía. Vemos todo con ojos velados. La cápsula en que estamos atrapados se llena del vaho de nuestro propio aliento. No vemos realmente a los otros ni al mundo, y nosotros mismos pasamos a formar parte de ese mundo irreal. Nos da miedo el misterio de la realidad, que está siempre más allá de nosotros y de lo que nosotros hagamos.

En "El mundo por de dentro", Francisco de Quevedo nos recuerda todo esto con palabras llenas de agudeza y sabiduría. La conciencia del tiempo nace de la conciencia de la muerte. "¿Tú, por ventura, sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo?" El tiempo se valora por horas, por días, que son como ladrones que, de forma "fugitiva y secreta", nos roban el tiempo.

Y frente a la ilusión del futuro: "¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester, si lo llamares?" Los días no dejan huellas ("¿has visto algunas pisadas de los días?"), el pasado no vuelve sobre sus pasos, los días "sólo vuelven la cabeza para reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar". Porque vivir no es ir dejando atrás a los días, sino "que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte".

Concluye Quevedo diciéndonos que tiene por necio tanto "al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir", como al malo "que vive sin miedo della" como si nunca hubiera de morir. ¿Y quién es cuerdo, entonces? "Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir". Lo escribió antes de que aparecieran los libros de autoayuda.

sábado, 13 de octubre de 2018

ENTRE MI YO Y MI EGO



Hace tiempo me inventé una máxima que necesito recordarme cada poco: "Confía más en ti mismo y menos en tu ego". Los filósofos, psicólogos y (sobre todo) psicoanalistas, se han hecho mucho lío con esto del sujeto, el yo, el ego y el sí mismo. Han escrito cosas muy serias y sesudas, pero también muchas chorradas, desde Kant a Lacan (perdón por la aliteración). Yo simplifico, que el arte de pensar consiste muchas veces en hacer simple lo complejo y enigmático lo simple.

Empecemos distinguiendo el "yo" del "ego". Digamos que el yo es la conciencia que tengo de mi mismo como un ser individual, distinto y separado del mundo. El yo es la percepción de mí mismo: mi realidad corporal, emocional, existencial, física y vital. El yo es la conciencia de lo que soy. Uso el verbo ser para expresar el hecho de mi continuidad, de mi existencia como algo permanente, con independencia de la lenta transformación que mi cuerpo va experimentando. Como Yahvé, "yo soy el que soy".

El ego es algo distinto. El ego es una construcción imaginaria, la imagen idealizada de mi mismo. Una imagen interiorizada y con la que me identifico, dotada de rasgos únicos y excepcionales (superdotada, diríamos), lo que permite al sujeto sentirse siempre importante y superior a los demás (al menos en algo). El ego es, por su propia naturaleza, supremacista.

Y narcisista. Se construye muy tempranamente, antes que el lenguaje, en la fase del espejo (Freud) y se sostiene a través de la mirada del otro (la madre). Dada su naturaleza especular e imaginaria, frágil e inconsistente, necesita constantemente la reafirmación del otro, la aprobación del otro, para sostenerse. El ego es el yo imaginario, no el yo real. El yo real acepta lo que es, no se deja engañar por lo que imagina ser. Es muy distinto identificarse con el yo real que con un yo imaginario.

El yo y el ego se mezclan y confunden, pero es muy sano diferenciarlos.Porque yo no soy mi ego. Mi ego forma parte de mí, pero no es más que un sucedáneo de mí mismo. Yo soy mucho más que mi ego. Lo necesito, pero como sirviente, no como amo. Yo no estoy al servicio de mi ego, sino que mi ego ha de estar al servicio de mí. Somos seres escindidos. Peleamos contra nosotros mismos: el ser que somos (mortal, insignificante) contra el ser que imaginamos ser (inmortal, importante). 

Estamos siempre pendientes de adular al ego, de no ofenderle, de darle coba. Al nuestro y al de los otros. Y esto es agotador. Y tóxico, y enfermizo. Valórame por lo que soy (lo que hago, lo que digo, lo que pienso, lo que siento), no por lo que imagino ser. El primero que necesita liberarse de la tiranía de su ego soy yo. Por eso agradezco a quienes me ayudan a bajarle los humos a mi ego. Porque el verdadero aprecio, afecto, amor, nace de reconocer el yo del otro, no de alimentar su ego. Ayudar a que confíe en su yo, en su ser, no en su fantasía de ser. Yo no rindo pleitesía a un fantasma, no adoro a un fantasma que se cree Dios.

El ego es muy frágil, se encoje y asusta por nada. Está siempre en estado de alerta, no tolera el más mínimo fracaso. Cualquier cosa le ofende porque es débil. Y si llega a hacerse fuerte ante los demás, entonces se convierte en tirano: utiliza a los demás para imponer su ley. Por eso la relación con los otros es siempre conflictiva, porque el que toma las riendas, la iniciativa, suele ser el ego.

Egos contra egos: todos ponen por delante a su ego, la imagen de sí mismos, su importancia personal. El ego vive de sentirse importante. Visto desde fuera, todo esto es disparate, desatino. Un espectáculo cómico. Sus consecuencias, en cambio, son dramáticas. En todos los ámbitos, personales, profesionales y también políticos. La política exacerba los egos, vive de alimentar los delirios del ego. Imposible luchar contra eso. Contra los egos chocan los proyectos más nobles, los más lúcidos, los más racionales y necesarios. Por eso toda política está condenada al fracaso.

La vida, en cambio, es el reino del ser. Sólo existimos y avanzamos porque, pese a todos los delirios del ego, nuestro yo, nuestro ser real, mortal y limitado, acepta su condición, confía en su poder y actúa, y al actuar, transforma el mundo, empezando por sí mismo.

martes, 31 de julio de 2018

EL ORIGEN DEL MAL

(foto: A.T. Galisteo)

El mal existe. No hablo de ninguna entidad abstracta, metafísica o cósmica. Me refiero a eso que realizan los hombres. Actos que perjudican conscientemente a otro, que causan dolor, sufrimiento, pobreza, hambre, muerte. Podemos identificar a los malvados: están por todas partes. De todos los malvados, los más peligrosos son aquellos que tienen poder, que "alcanzan" el poder. Siempre me he preguntado qué es lo que convierte a alguien en mala persona, qué es lo que transforma a un ser humano en alguien que causa conscientemente el mal a los demás.

De todas las explicaciones posibles, voy a desarrollar una, más o menos especulativa. Parto de la base de que el cerebro no entiende nada de moral, no se rige por criterios morales. El funcionamiento del cerebro es muy automático. Me atrevo a decir que ni siquiera acepta la categoría del no. Todo en él es positivo, no hay espacio para el no espacio. Toda información que recibe es válida y absoluta en sí misma. No le puedes decir, por ejemplo, "no pienses en eso"; éste es un mensaje totalmente incomprensible para el cerebro. El cerebro es. Todo lo que el cerebro procesa, es, no puede ser y no ser a la vez.

Esto se lo cuento yo a mis amigos cuando viene a cuento; por ejemplo, cuando alguno, ante el olvido de cualquier tontería, enseguida echa mano del Alzheimer. Le replico: si a tu cerebro le dices que tienes Alzheimer, él no va a entender que lo dices en broma o a modo de conjuro, no; se lo tomará al pie de la letra. Así es nuestro cerebro: todo se lo toma al pie de la letra. Yo por eso suelo tomarme al pie de la letra lo que digo, lo que escribo, lo que pienso, y lo que los demás dicen, escriben y piensan. Al pie de la letra y en todos los sentidos. Es el mejor modo de no equivocarse.

Doy un pasito más en mi elucubración. El cerebro lo simplifica todo. Puede analizar lo más complejo, relacionarlo todo, pero su máxima, su ley es "simplificar, simplificar", reducir todo a ideas simples. Economizar. Son esas ideas simples las que al final determinan nuestra conducta, mueven a nuestro cuerpo, construyen nuestra moral.

La otra ley, que es quizás la que más me sorprende, es que el cerebro no se rige por el principio de no contradicción. Todo es compatible, porque el cerebro no juzga, no rechaza nada. Lo único que hace es construir, con un puñado de ideas simples, una red mental coherente. Con esa red lo pesca todo, lo filtra todo, lo juzga y tamiza todo. Lo que es contradictorio, incoherente, simplemente se diluye, desaparece, no se toma en cuenta. Otra vez la ley de la economía.

Apliquemos esto al asunto del mal. El mal siempre se ha asentado sobre ideas simples que funcionan con el automatismo de un acto reflejo. Ideas-impulso, creencias, dogmas. El mal, para quien lo realiza, siempre está justificado, no es posible hacer el mal sin el sostén de un conjunto de ideas simplificadas. Dentro de un malvado siempre encuentra uno un cerebro simplificado, aquel al que le basta un puñado de dogmas para funcionar. Si pudiéramos estrujar su cerebro, exprimirlo, caerían, a lo máximo, media docena de ideas.

Voy a poner un ejemplo. Dice Iglesias Turrión que "Israel es un Estado criminal". Lo dice en la televisión pública y ya no necesita nada más. Le basta este dogma para justificar, no ya a Hamás y todos sus ataques criminales contra Israel, sino para "cabalgar contradicciones" (sic), tales como el recibir dinero y apoyo de regímenes que no dudan en ahorcar homosexuales, lapidar mujeres violadas (aunque sean niñas), quemar mujeres "adúlteras" o cortar el cuello a "infieles" (circulan vídeos terribles de todo ello por internet).

Ejemplos tan brutales del mal no son prueba de perversión, trastorno mental o degeneración genética. Quizás pueda explicarse por la fuerza que determinadas ideas simples ejercen en el cerebro hasta secuestrarlo. Y quizás por eso palabras como civilización, cultura, leyes o democracia, tengan un sentido básico: el cerebro, por su propia inercia dogmática y simplificadora, necesita un desarrollo adicional, que es el que le proporciona la educación, la cultura, el ejercicio del pensamiento y la razón. Y por eso, también, es imprescindible un orden social basado en leyes claras y democráticas. La ley nos protege del mal. Lo que hoy España, mismamente, necesita frente a los cerebros simplificados del nacionalismo separatista.

domingo, 8 de julio de 2018

SATURACIÓN, ATURDIMIENTO

(Foto:A. T. Galisteo)

Sabemos que el exceso de oxígeno en la sangre, y no sólo su falta, puede provocar graves trastornos metabólicos y llegar, incluso, a la muerte. El rango ideal está en torno al 95%. Por debajo o por arriba la cosa se complica. Lo importante es que no se rompa el equilibrio entre el oxígeno inspirado (O2) y el dióxido de oxígeno expirado (CO2). ¡Todo está en los números! Que el universo se ajuste al orden matemático que expresan los números es un misterio indescifrable, porque los números son un ejemplo de meta-física pura. ¿Están en la materia, o sólo en nuestra mente?

Pero hablemos de saturación sólo como metáfora. Digamos que el oxígeno es la información, eso que respiramos a cada instante y sin lo que no podríamos vivir. Entre el mundo y nosotros está el aire, y en el aíre, el oxígeno. No podemos dejar de respirarlo, no podemos dejar de estar informados de qué es lo que está pasando a nuestro alrededor. Mi llamada de alerta es ésta: ¿y si estuviéramos saturados de información, y si nuestro cerebro estuviera hiperoxigenado, hiperventilado?

Recibimos mucha más información de la que podemos asimilar. Como la información que recibimos a diario es, además, contradictoria, el esfuerzo por poner orden y darle sentido es mucho mayor. ¿Tenemos tiempo para hacerlo? No. Así que no sólo se trata de tener capacidad, sino de disponer de tiempo: tiempo de reflexión, de ponderación, de análisis. ¿Consecuencias?

El aturdimiento es una de ellas. Un cerebro aturdido es el que, por exceso de impactos, no es capaz de reaccionar con un mínimo de control y seguridad. Piensa reactivamente, que es tanto como decir que no piensa. No valora ni juzga, sino que activa sus esquemas previos (pre-juicios) y usa la nueva información para confirmarlos.

Otra reacción del cerebro acosado es echar mano del relativismo y, por principio, no arriesgarse a defender nada, darle una parte de razón a todo el mundo, guardándose, al mismo tiempo, lo que en realidad piensa si va contra lo que se cree políticamente correcto. Hay grados, desde el se siente sinceramente perplejo al cínico o impostor.

Pensemos en cualquiera de las últimas noticias que nos acosan, saturan y aturden: excarcelación de los de la "manada" (llamarlos así condiciona nuestra reacción), llegada masiva de inmigrantes (llamarlos refugiados condiciona nuestra reacción), acercamiento de los presos golpistas (llamarlos sólo presos...), actuaciones del gobierno separatista (no sólo catalán), la propuesta pedrista de reforma constitucional (llamémosle cambio de Constitución) para crear un Estado plurinacional (o sea, destruir el actual Estado democrático), elecciones democráticas en el PP (descarada lucha interna por el poder), etc.

Añadamos la renuncia inexplicada de Zidane, la destitución alocada de Lopetegui, la actuación dubitativa de Fijóo, los dilemas de Macron y Mekel, el auge del racismo en todas sus versiones (francesa, alemana, italiana, vasca y catalana), la masacre interminable de Siria, las maniobras orquestales de Iglesias y su compadreo con Torra y el tarda-torrentismo independentista. ¿Y si hablamos de Erdogan, de Putin o de Trump? No son temas ajenos, influyen en nuestra vida diaria mucho más de lo imaginable, por no nombrar a China. ¿Y qué pasa en África? ¿Por qué no nos saturan con información sobre el coltán, los diamantes, el petróleo, el uranio, el oro y todas las materias primas que Europa, Rusia, EEUU y China están explotando de modo inconfesable, con métodos que ni en los peores tiempos de la colonización hubieran sido imaginables? ¿Y del colaboracionismo entre mafias y ONGs?

Nuestro problema no es tanto la falta de información, sino la saturación de información trivial (totum revolutum), al mismo tiempo que se nos ocultan datos decisivos, esos que servirían, por sí solos, para juzgar y poner orden en ese exceso intencionado de información, información previamente categorizada por el propio medio que, lo sabemos desde McLuham, es también el mensaje.

No es necesario correr detrás de todo lo que se mueve porque, lejos de estar mejor informado, puede uno acabar aturdido y paralizado. Es mejor analizar una sola noticia importante, ir más allá de la excitación superficial, que pretender estar "informado" sobre cientos de acontecimientos, tan intrascendentes y artificialmente exagerados como suelen ser los que ocupan los titulares cada día.

Recordemos lo que Pedro Recio de Agüero le dijo a Sancho, que se iba tras todo lo que olía: "Omnis saturatio mala, perdices autem pessima", que él mismo le tradujo: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima". Perdices son lo que nos ofrecen constantemente los medios, aprovechándose de nuestra hambre. Así que, consejo me doy, siguiendo al de Tirteafuera: absit!

viernes, 19 de enero de 2018

UNA TEORÍA DEL CONFLICTO


El universo no tiene centro, todo depende del lugar en que momentáneamente se coloque el observador. Si no tiene centro, tampoco podemos saber si tiene límites, ésta parece una conclusión de lógica geométrica. Si no podemos situar sus límites, ¿cómo podremos asegurar que los tiene? El universo que vemos, paradójicamente, nos lleva hacia un universo que tiene que ser radicalmente distinto al que vemos. Tiene que ser "otra cosa", esencialmente inconcebible e inimaginable.

En una noche estrellada, desde la cumbre del Teleno, por ejemplo, podremos ver hasta unas 2.500 estrellas. Estamos en la Tierra, en un lugar apartado de uno de los brazos exteriores de la espiral de nuestra galaxia, que tiene entre 100 y 400 mil millones de estrellas. Nuestra galaxia, a su vez, es una de los 100 a 400 mil millones de galaxias que puede haber en el universo "conocido". Calculando por lo bajo, a ojo de buen cubero científico, pueden existir en ese espacio unos 100 millones de billones de planetas parecidos a la Tierra, lo que significaría que podría haber unos 10.000 billones de civilizaciones inteligentes en el universo observable. Sólo en nuestra galaxia habría unas 100 mil civilizaciones "inteligentes".

Qué pequeño e insignificante resulta todo desde esta perspectiva. Conviene pararse de vez en cuando para observar el mundo, y a nosotros mismos, desde el diminuto punto que ocupamos en ese espacio inconmensurable. Recuerdo una comparación que de pequeño nos hacían los jesuitas en aquellos "ejercicios espirituales" de Semana Santa, para que imagináramos qué significaba "la eternidad": un pajarillo, cada millón de años, se lleva en el pico un granito de arena de toda la que se extiende por las playas del mundo. Pues cuando acabara de transportarla toda, no habría transcurrido ni un segundo dentro de la eternidad...

La conclusión, para quien no sea demasiado obtuso, es que somos una insignificancia, que darnos importancia es tan ridículo como patético. Quedar encerrados en la burbuja de nuestro ego, de la importancia personal, absortos en el autorreflejo, en la imagen cóncava, distorsionada y engrandecida que refleja esa burbuja en que estamos confinados, es nuestra mayor desgracia, la mayor limitación que podemos imponer a nuestro desarrollo, a nuestra capacidad de crear y de disfrutar. Si esa esfera en la que todos vivimos atrapados, que señala los límites de nuestra energía, es una condición de nuestra existencia como seres humanos, lo que ya no es irremediable es que convirtamos esa burbuja en cárcel; que, en lugar de volver sus límites cada día más transparentes para poder observar el misterio del mundo, la hagamos cada vez más opaca, más espesa, más dura.

He comprobado, en mi corta y alargada vida, que casi todos los conflictos humanos, por más que tengan causas objetivas, acaban sin resolverse porque chocan con esa estructura egocentrada y autoabsorbente de nuestra mente, incapaz de separar la imagen de sí mismo de la objetividad de los hechos. Pasando del terreno de la vida y los conflictos cotidianos al, un poco más amplio, de la política o la cultura, la influencia de este mecanismo psicobiológico de identificación con la imagen autoproyectada de nosotros mismos, es tan influyente, que muchos proyectos generosos y lúcidos acaban desmoronándose al ser incapaces sus protagonistas de encarar los conflictos naturales que genera. Cuando se supera esta trampa, en cambio, las posibilidades de expansión y potenciación de las energías individuales reunidas pueden ser extraordinarias.

El yo es necesario para mantener la estabilidad de nuestro ser, ese conglomerado heterogéneo de campos y fibras energéticas, pero no podemos convertirnos en sus esclavos; el ego debe estar a nuestras órdenes, y no al revés. Todo cuanto hacemos en la vida acaba en fracaso vital si no somos capaces de entender y llevar a la práctica esta verdad. Dichoso el que confía en sí mismo y, en cambio, no se fía de su ego, no queda atrapado por la importancia personal, por la búsqueda ansiosa de reconocimiento y estima, por cualquier sentimiento de superioridad.

Cuanto más confianza tengamos en lo que somos, hacemos, pensamos y sentimos, menos arrogantes, intransigentes y engreídos nos mostraremos. Cuanto más carencias y frustraciones, mayor necesidad de proyectarlas sobre los demás. Si este mecanismo de compensación cae en manos de ambiciosos manipuladores, hábiles embaucadores y predicadores del rencor, que señalan a los otros como los causantes de la propia debilidad, la tendencia obsesivo-compulsiva del ego se pondrá al servicio de esos dominadores, a los que entregará su energía. La masa (que algunos confunden con el pueblo), entonces, funciona como un gran ego que genera su propio autorreflejo. También puede servirnos esta teoría para entender alguno de los fenómenos que hoy más nos inquietan.

miércoles, 26 de julio de 2017

LA LIBERTAD COMO ILUSIÓN


Ilusión tiene un sentido negativo (algo que parece real pero no lo es) y otro positivo (algo que provoca entusiasmo y esperanza). Sólo en español adquiere este sentido positivo, y quizás por eso podemos pasar tan fácilmente de ilusionado a iluso, de visión a alucinación, de ideal a utopía, del ensueño a delirio. Cervantes construyó con esta dualidad a don Quijote y logró describir esa inquietante propensión a ir de un extremo a otro sin solución de continuidad, que es quizás el rasgo histórico que define mejor al español.

(Angela T. Galisteo)
De todas las ilusiones, la que más me interesa es la ilusión mental. Me refiero a esas ideas y creencias que tomamos por reales aunque nunca nos hayamos parado a comprobar si son o no meras ilusiones. La que más arraigo tiene, quizás porque no podamos vivir si ella, es la ilusión de libertad. El sentido de identidad individual se fundamenta en la ilusion mental de que somos lose fundamentas en la ilusia comprobar si no son meras ilusiones.itar que, como ocurris en disputa son ón mental de que somos dueños de nuestras ideas y pensamientos y que, por lo mismo, las decisiones que tomamos cada instante nacen de nuestra voluntad.

Si algo me ha enseñado la vida es que ni nací libre, ni soy ni seré nunca libre y que, sin embargo, necesito ser libre, creer en mi libertad, luchar por ella y ejercerla tanto como necesito respirar. Precisamente porque la libertad es una ilusión, por un lado no me hago ilusiones sobre ella (que es tanto como no hacerlas sobre mí mismo y mis poderes), pero, como también es un anhelo necesario, no dejaré de construir dentro de mi mente un espacio libre de prejuicios, de ideas impuestas, de hábitos y automatismos: esta es mi verdadera libertad, la libertad de pensar y juzgar por mí mismo en función de lo que veo, lo que siento, lo que sé y lo que razono.

Sólo cuando uno se toma a sí mismo como lo que es, un ser único e intransferible; sólo cuando uno se responsabiliza de su individualidad, puede compartir con otros sus ideas, contrastarlas, discutirlas, despojarlas de toda imposición y dogmatismo, que es lo contrario de la libertad. Responsabilizarse de las propias ideas exige un estado de permanente vigilancia para no dejarse arrastrar por la tendencia al gregarismo, la adaptación al grupo, la acomodación al entorno, el miedo a la exclusión y el aislamiento.

Observo a muchos que me rodean y pienso que serían capaces de morir por unas ideas que no son suyas porque jamás se han parado a despojarlas de la ilusión de verdad que encierran; capaces de entregarse con una pasión desbordada a defender ideas que otros han metido en su cabeza y en las que creen con fe ciega; seres que se creen muy libres mientras reaccionan como autómatas en cuanto alguien pone en duda sus creencias.

Aspiro a ser cada día más libre, o sea, a tener ideas propias, construidas sobre la objetividad y la razón; ideas libres, que sólo ellas pueden ser liberadoras; ideas descontaminadas, que no me obliguen a aceptar lo que otros dicen por miedo al rechazo, al chantaje de la inseguridad. Aspiro a tener cada día más ideas y menos ideología, porque las ideas pueden ser propias, pero la ideología es siempre colectiva. Compartir ideas sin necesidad de defender una ideología, porque el paso de ideología a creencia, y de creencia a dogma, es casi inevitable. La clave está en no confundir las ideas con la persona, romper esa tendencia perversa a identificarnos con nuestras ideas, haciéndolas carne de nuestra carne. Yo soy mucho más que mis ideas, y más cuando se convierten en creencias y dogmas a las que entrego mi seguridad. Porque cuanto más inseguro, más dogmático.

Al no darle valor objetivo a las ideas, al confundirlas pegajosamente con nuestras emociones y nuestra identidad, acabamos convirtiendo cualquier idea en opinión, o sea, en una idea de mi propiedad. Contradecirla, por lo mismo, es atacar a la persona, despojarla de algo que le pertenece. Pero no, las ideas, una vez expresadas, ya no son de uno, son de cualquiera que las analice, discuta, acepte o rechace.

Apliquen estas reflexiones a la política dominante, donde toda idea (incluso buena) acaba convirtiéndose en opinión, ideología, dogma, religión y secta. Vean a los ultraseguidores de Podemos, de Pedro Sánchez, de los nacionalistas, euskaldunes y galleguistas; a los antisemitas propalestinos (siempre disfrazados de antisionistas), a los antitaurinos hispanófobos, los animalistas agresivos, a la policía política del movimiento LGTBIQ, a los chavistas, los monederistas, los ultraliberales, los antiabortistas o, de modo extremo, a los islamistas y sus defensores. Todos, por supuesto, se creen muy libres, incluso defensores de la libertad. Ilusos, pero peligrosos.





miércoles, 16 de noviembre de 2016

FOLOSOFÍA Y POLÍTICA


(Foto: S: Trancón)





Han desterrado la Filosofía del Bachillerato y la Universidad. Enorme, inconmensurable error. Es como prescindir de medio cerebro. Vivir es pensar. No hay vivir sin pensar. Nada más necesario en la vida que aprender a pensar, a disciplinar la mente, a focalizar la atención en las palabras, los conceptos, las ideas, los argumentos, las razones. Eso es la filosofía. Claro que se puede aprender a pensar sin estudiar filosofía, pero la filosofía ayuda especialmente, porque ese es su principal objeto: relacionar el pensar con el vivir. En ese cruce es en el que también podemos relacionar la filosofía con la política. Del mismo modo que la política no está separada de la vida, la filosofía no está separada de la política. Yo, al menos, no las separo, no puedo separarlas. Las distingo, pero no las separo ni opongo. Hay una secreta e invisible dimensión en la que pensamiento, vida y política se mezclan e intensifican.


Cuando medio salí de la adolescencia tuve la fortuna de leer a Carlos Castaneda, esa especie de chamán intelectual que ha sido tan confusamente entendido y valorado. De las muchas enseñanzas de don Juan recuerdo ahora una: no hay separación entre el nagual y el tonal, todo es el mismo misterio. Por ejemplo: somos mortales, limitados por el tiempo, pero vivimos rodeados por el infinito; somos finitos, encerrados en el espacio, pero nos rodea la eternidad. ¿Sirve esto de algo para la vida y para la política? ¿Puede alguien sentirse importante o superior a los demás si es consciente de su mortal finitud? ¡Si en esto somos todos iguales! Los afanes de la vida, las preocupaciones de cada día, todo eso que absorbe nuestra energía y atención, incluidas las miserias y grandezas de la política, son tan extrañas, fantásticas e incomprensibles como nuestro lugar en el mundo, nuestra relación con el infinito y la eternidad.


Pensar es limpiar la mente, despojarla de todos los chismes y cachivaches que acumulamos cada día. Estamos tan aturdidos, tan saturados de estímulos inútiles, que somos incapaces de pararnos a observar no sólo nuestros actos, sino nuestros pensamientos. Una parte importante de esa habitación o cueva platónica en la que vivimos encerrados (nuestra propia mente) está tan llena de trastos que otros nos meten dentro que ni siquiera nos damos cuenta. Los mensajes que recibimos, los bártulos que conservamos nos impiden abrir la ventana para observar y respirar eso que está ahí, ese misterio que nos rodea y de donde viene toda la energía que nos sostiene. Si no somos capaces de abandonar de vez en cuando ese refugio, esa choza que muchos confunden con un palacio, nunca seremos consciente de nuestros límites y de la radical inutilidad de todo cuanto hacemos frente a nuestro último destino, sea el que sea.


Pues sí, la filosofía ayuda a vivir, y nuestra vida, nuestros empeños cotidianos, por más que huyamos, lo neguemos o nos evadamos, está condicionada por la política. La política, para dignificarse, para nutrirse de energía y sentido, necesita de la filosofía, porque la política no puede estar separada de la vida. Dejar la política sólo en manos de los políticos es como renunciar a poner orden en nuestra casa, permitir que la invadan los okupas de nuestra mente. Ser dueños de nuestra vida nos obliga a tomar partido, a considerar la política como una prolongación inevitable de nuestra forma de vivir y pensar.


Necesitamos darle sentido a lo inexplicable, lo inesperado o lo incontrolado. Preferimos una mala explicación a ninguna. Preferimos una falsa promesa a carecer de toda esperanza. El grupo, sea como sea, siempre proporciona mayor seguridad que vivir aislado. Si un grupo nos ofrece protección, disculparemos todas sus ideas y actos. Sólo quien piensa libremente y por sí mismo es capaz de no caer en las trampas y manipulaciones de la política y los políticos. Frente a todo ello la mejor defensa y protección es el ejercicio de la razón, el pensamiento, la filosofía. Juzguen, desde este punto de vista, a todos los partidos. Y a todos los políticos. Aquello que defienden, ¿tiene algo que ver con la vida? ¿Y con la filosofía de la vida?     

miércoles, 13 de enero de 2016

CUIDADO CON TUS CREENCIAS

(FOTOS: A. TRANCÓN)

Nuestro sentido de la realidad es muy limitado. Sólo el tacto nos proporciona alguna certeza sobre la consistencia del mundo. Pero el tacto es burdo, no percibe el movimiento, y apenas diferencia los estados, formas y elementos de la materia. Necesita de la vista para construir el mundo. Pero la vista es también muy poco de fiar. Sólo crea imágenes, o sea, realidades imaginarias. Lo que vemos, además, no es más que una interpretación: nada es tal y como lo vemos. El color, por ejemplo, no está en las cosas, sino en nuestro cerebro. Y así todo.
La materia es un conglomerado de partículas en permanente agitación. Casi todo en ella es vacío. No percibimos la energía que mantiene unidas a esas partículas invisibles (la gravedad o la fuerza electromagnética, por ejemplo). Tenemos que fiarnos necesariamente de nuestro cerebro, más que de nuestros sentidos. Como todo acaba construyéndose en él, es ahí donde debemos fijar más nuestra atención si queremos aprender a movernos por el mundo. Al final, lo que más nos determina y condiciona son nuestros propios pensamientos.
Pero el pensamiento es también muy limitado. Construye conceptos e ideas para dar permanencia a la realidad y asegurar así nuestra supervivencia, pero es incapaz de comprender la mayor parte de lo que vemos, hacemos o vivimos. Allí donde el pensamiento racional no llega, surgen las creencias para cubrir el vacío. Nada nos asusta más que no encontrar un sentido o una explicación a lo que sucede a nuestro alrededor.
Pero hay creencias raciones y creencias irracionales. Aquel que no es consciente de sus creencias, quien no las somete constantemente a análisis, cae presa de su fuerza irracional. Las creencias son como el cemento: tienden a volverse pétreas. Las creencias más peligrosas son las religiosas. Miren a esa familia rezando durante un mes ante el cadáver de su hijo esperando a que resucite, o a ese hijo que ejecuta a su madre con un tiro de kalashnikov ante una multitud porque así se lo exige su fe y su adhesión al grupo que la profesa.


Pero igualmente perniciosas son las creencias políticas. Lo peor de esta fe laica es que los creyentes no son conscientes de ella, piensan que son sólo ideas, y muy racionales. Por eso no se paran ni un minuto a ponerlas en duda. Todavía hay quien, por ejemplo, cree que la CUP encarna la esencia de la revolución pendiente, incluso después del espectáculo de política basura que nos han ofrecido. O que eso de la autodeterminación es un derecho del pueblo catalán, aunque suponga atropellar los derechos democráticos de la mayoría, incluidos los catalanes. La izquierda tiene una peligrosa tendencia al dogma y la creencia ciega. Lo justifica con una autoatribuida superioridad moral que lleva a disparates como ése de las tres magas falleras o la birria de reyes magos carmelanos.  No se atreve a pensar o poner en duda sus creencias políticas y sociales, tirándolas al muladar si es necesario.

Lo dicho, cuídate de tus creencias, ¡que son tus peores enemigos!
http://www.lanuevacronica.com/cuidado-con-tus-creencias

miércoles, 18 de febrero de 2015

EL AHORA NO ES EL PRESENTE


(Foto: S. Trancón)

No podemos definir el tiempo.
No sabemos si es un hecho objetivo o sólo una construcción mental.
No hay modo de separarlo de nosotros mismos.
Lo concebimos, sin embargo, como algo objetivo, un hecho evidente que damos por supuesto.
El tiempo es algo que ocurre ahí fuera y sucede de modo absoluto e irremediable, al margen de nuestra voluntad.

El tiempo es algo que pasa, algo que transcurre y se va de modo inevitable.
Para hacerlo más objetivo, lo medimos y contamos.
Medimos y contamos el paso del tiempo como si fuera un objeto en movimiento.
Al darle continuidad le damos duración.

El tiempo es inseparable del espacio. Sólo podemos entenderlo con relación al espacio.
El tiempo es lo que un objeto tarda en recorrer un espacio.
Pero pasa lo mismo con el espacio. El espacio es aquello que se tarda un tiempo en recorrer.
No se puede definir lo uno sin lo otro. El tiempo es relativo al espacio y el espacio al tiempo.

Nuestra mente no puede funcionar sin la idea de tiempo y espacio.
Todo lo que podemos pensar e imaginar está encerrado y limitado por esos dos conceptos.
Para nosotros el mundo es todo aquello que se puede localizar en un espacio y que está sometido al paso del tiempo.
El paso del tiempo hace que todo cambie, y no hay cambio sin destrucción o desaparición de algo.

La idea del espacio y el tiempo la construimos a partir de la experiencia de nuestro propio cuerpo. Nuestro cuerpo ocupa un lugar en el espacio, se mueve y desplaza a través de él, y está cambiando constantemente.
Experimentamos que con el transcurso del tiempo se produce inevitablemente un deterioro de la fuerza, la salud y las habilidades físicas, hasta conducir a un final ineludible: nuestra propia muerte. La flecha del tiempo, por lo tanto, va en un sentido y no tenemos modo alguno de pararla ni de invertir su dirección.

Nace de aquí nuestra idea del tiempo como pasado, presente y futuro.
El presente es lo que sucede en cada momento, por oposición a lo que ya ha pasado o lo que todavía no ha sucedido.

Pero el presente es inaprehensible, porque para poder pensarlo tiene que haber sucedido.
Siempre estamos un instante por detrás del presente.
El tiempo es, por tanto, aquello que ha desaparecido o que todavía no ha llegado a suceder.
Como no podemos pararlo, todo es, o pasado, o futuro.

Descubrimos así el carácter totalmente subjetivo del tiempo.
El tiempo para nosotros no es más que un pensamiento.
Sostenemos el tiempo con nuestro pensamiento.

Aquí es donde podemos introducir una idea nueva: la de distinguir el ahora y el presente.
El ahora es lo que acaba de suceder, lo que sucede y lo que está a punto de suceder.
El ahora es el pasado, el presente y el futuro reunidos en la conciencia.
Nuestra conciencia puede superar esa idea del tiempo como pasado, presente y futuro separados.

El ahora es mucho más que el presente.
El presente es reducir el tiempo y la realidad a lo que está sucediendo en cada momento.
Vivir sólo en el presente es luchar inútilmente contra el paso del tiempo.
Dejarse absorber sólo por el presente es huir del pasado y temer al futuro.

El ahora es mucho más.
El ahora acepta y reconoce que el pasado sigue en el presente y que el futuro ya está en el presente.
Pero el ahora, además, incorpora el espacio al tiempo.
El ahora acepta y reconoce que vivimos en un espacio, que estamos en un lugar concreto y limitados por él.

Las tres dimensiones del espacio se relacionan con las tres dimensiones del tiempo.
El ancho es el presente, el largo el futuro y el alto el pasado.
Estamos en el pasado, el presente y el futuro a la vez, del mismo modo estamos en un espacio ancho, alto y largo.

Vivir aquí y ahora es un intento de reunir la totalidad de lo que somos.

No se trata de huir del espacio en que vivimos ni de luchar contra el paso del tiempo, sino de intensificar nuestra vida aceptando el misterio de nuestra propia existencia, ese estar aquí y ahora haciendo lo que hago y pensando lo que pienso.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿EN QUÉ PIENSAS?

(Foto: Agustín Galisteo)


Cuando nos ocurre un accidente, de ésos fácilmente evitables, solemos preguntarnos, ¿pero en qué estaría yo pensando? Otras veces reaccionamos: ¡ya lo sabía, ya sabía yo que esto me iba a suceder! Una y otra reacción nos indica que no siempre somos dueños ni conscientes de lo que pensamos. Más aún: gran parte de nuestra actividad cerebral es automática e inconsciente. Freud indagó sobre una pequeña parte de ese inconsciente, la relacionada con los traumas y los impulsos más primarios, pero la actividad inconsciente es mucho más.

Estamos “pensando” constantemente. El cerebro jamás cesa en su actividad. Funciona las 24 horas del día. Esta actividad interna incesante sigue patrones y programas previamente establecidos, muchos de ellos heredados y otros adquiridos. ¿Qué lugar ocupan los estímulos y los datos externos en esta actividad?

Los datos y estímulos sensoriales no cambian ni determinan la actividad interna, sólo la modulan. Esto hace que ni siquiera la percepción sea una actividad consciente. El 90% de la percepción es automática e inconsciente. El cerebro inconsciente dirige la percepción, no al revés. La percepción no es pasiva, sino activa. Es una construcción cerebral inconsciente. Hemos aprendido a percibir lo que percibimos de acuerdo con patrones heredados y adquiridos. Vemos lo que ya hemos visto. Esto nos da seguridad, rapidez y capacidad de anticipación, pero limita mucho nuestra capacidad de percepción, novedad y sorpresa. Todo cambia constantemente, pero no somos capaces de percibir esos cambios.

Para modificar nuestra vida, para sacarla de la rutina cerebral, hay que ser conscientes de nuestra actividad inconsciente. No podemos cambiar radicalmente nuestro cerebro, pero sí potenciar nuestra capacidad de ser conscientes. Intuiciones, corazonadas y presentimientos, por ejemplo, forman parte de nuestra actividad inconsciente, pero a la que podemos prestar atención. Sobre lo único que tenemos un poco de control es, en realidad, sobre nuestra atención.

Es esta atención, nuestra capacidad para atender a ciertas señales e intuiciones (ese conocimiento previo, inconsciente), lo que podemos entrenar para evitar ciertos peligros, amenazas y situaciones, así como para dejarnos llevar por presentimientos o anticipaciones positivas. Podemos aprovecharnos de nuestro inconsciente. El inconsciente es rápido, ahorra recursos; la conciencia es lenta y menos eficiente. La conciencia marca la dirección, el inconsciente nos da la energía que necesitamos para alcanzar los objetivos.

El sentimiento de aislamiento, de ensimismamiento, de incapacidad para ver la realidad, para salir de nuestro mundo inconsciente, se debe a ese exceso de actividad interna descontrolada y automática. Todo lo que sea “parar” esa actividad interna caótica e incesante, darnos cuenta de ella, nos libera de esa “cárcel” perceptiva, esa burbuja interna en la que estamos secuestrados.

Darnos cuenta de lo que pensamos inconscientemente en cada momento es la mejor manera de saber por qué actuamos como actuamos. No podemos controlar la mayor parte de nuestros pensamientos inconscientes, pero sí darnos cuenta de que estamos pensando y actuando inconscientemente. Este simple darnos cuenta libera nuestra energía y atención, paraliza el automatismo y nos abre la puerta a otra percepción del mundo, a ver la realidad con otros ojos. Los del asombro y el misterio.

martes, 1 de julio de 2014

ANHELO DE DISOLUCIÓN

El 6 de septiembre de 2012 escribí esto:
(Foto: S. Trancón)


Vienen veloces del azul oscuro, al anochecer, quién sabe qué, o quiénes, y me inquieta su sombra, aleteos negros que tiemblan, reverberan y desaparecen al instante. Fugaces señales de ese otro mundo que no veo, pero que sé que está aquí, ahí, rodeándome, yo sumergido en él sin apenas saberlo. Al otro lado de ese velo invisible. Esa vibración oscura deja su eco dentro de mí, en el centro de mi pecho, una inquietud anhelante, ondas que no encuentran su reposo en el mar del infinito. La paz. La serenidad. El infinito contemplando al infinito. Y de pronto, las hojas oscuras y brillantes del magnolio se recortan contra el azul eléctrico del cielo, mientras contemplo el mar abajo en profunda calma. Esa suavidad me invita a una dulce disolución. La vida, esa fugaz vibración oscura, un aleteo, un anhelo de intensidad. Así el ser que vino de la nada vuelve a su eterna e inconmovible calma, olvidando hasta la posibilidad de ser, habiendo sido. 

jueves, 19 de junio de 2014

EL YO ES LO QUE MENOS IMPORTA



El yo es la imagen que el sujeto tiene de sí mismo.
El yo es una construcción subjetiva imaginaria y, como tal, no se basa en ninguna esencia o sustancia real que podamos identificar como tal.
El yo, al ser una construcción mental imaginaria, exige una atención y una energía constante para constituirse y mantenerse.
El yo es, por su propia naturaleza, una entidad mental frágil, sometida constantemente a prueba en la medida en que la imagen del sujeto no es una realidad fija, sólida, consistente, sino cambiante.

El sujeto construye su yo tanto a partir de sus propias
experiencias como de las experiencias de los otros. La imagen que el sujeto se hace de sí mismo depende en gran parte de la imagen que los otros se hacen de él mismo. Construimos nuestra propia imagen a partir de la imagen que los otros se hacen de nosotros mismos.

El yo es necesario para nuestra seguridad psíquica y mental. No podemos prescindir de él.
El yo es la primera persona verbal sin la cual no es posible construir el lenguaje. El yo nos identifica lingüística y socialmente, nos diferencia de los otros y nos permite comunicarnos con ellos.

¿Por qué digo, sin embargo, que el yo es lo que menos importa?

Porque el yo no es la totalidad de uno mismo.
Cuando el yo absorbe toda nuestra energía, cuando de ser un instrumento útil se convierte en dueño y señor de todo lo que somos, cuando deja de ser un sirviente y se convierte en amo, cuando deja de ser consejero y se convierte en dictador, cuando nos hace sus esclavos, cuando todo cuanto hacemos y pensamos y sentimos está en función del yo, de la imagen de uno mismo, de la preocupación por uno mismo y por la imagen que los demás se hacen de uno mismo..., entonces perdemos toda libertad para ser la totalidad de los que somos.

Somos mucho más que un yo. 
Somos un cuerpo que siente.
Somos una conciencia que se da cuenta.
Somos una mente que conoce.
Somos seres que perciben.
Somos seres que aman.
Somos seres que crean.
Somos seres que ríen, gozan, disfrutan...

Cuando el yo se convierte en lo más importante, todo lo demás deja de ser importante.

(Fotos: Fernando Redondo)