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domingo, 22 de abril de 2018

PESIMISMO ACTIVO

Existe algo a lo que podríamos llamar "estado de ánimo político". Es un sentimiento, individual y colectivo, que, a partir del presente, adelanta cómo podría ser el futuro (no confundir con la "opinión pública"). Una especie de "percepción anticipadora". Cuanto más oscuro el presente, más inquietante el futuro. Cualquiera que analice sin prejuicios la realidad política de los últimos años, entenderá a quienes nos proclamamos "alarmistas" del presente y "pesimistas" del futuro. No sé cuántos -de esto nunca se ocupará el CIS-, pero pongamos que somos, a ojo de regular cubero, un tercio de la población. En millones podríamos superar al número de parados y pensionistas, lo que no quiere decir que todos los parados y pensionistas sean alarmistas y pesimistas.

No existe correlación entre la situación económica individual y el estado de ánimo político, pero pongamos que es más fácil convencer a quien vive económicamente agobiado que a uno que chapotee en la abundancia, que nuestro presente-futuro justifica el alarmismo pesimista o viceversa. Entra aquí una variable, la "educación sentimental" del ciudadano, que debería propiciar esa madurez política que consiste en ajustar el estado de ánimo a la percepción de la realidad, venciendo la tendencia a acomodar el ojo a lo que dicta la ideología, la conveniencia, el partido o el clero de turno. Quiero decir que así, sin prédicas ni acomodos, lo normal sería sentirse alarmado y pesimista ante el presente y el futuro de nuestra nación.

No voy a hacer una lista de síntomas inequívocos de cómo vamos avanzando hacia el precipicio. Tener que describirlos, cuando están a la luz de todos, es el peor síntoma (la luz también puede cegar). Freud describió el mecanismo de la negación, que podríamos aplicar a los que hoy se autoprotegen negando, unos los hechos, otros su gravedad. Sabemos que se niega lo que se teme y se reprime lo que se desea. El pueblo español tiene su memoria inconsciente, donde se acumulan temores negados y deseos reprimidos. Lo nuevo de hoy es que es esos miedos y deseos empiezan a salir a la luz, ya no funcionan los mecanismos habituales de negación y represión. 

Mi posición es la del que, frente a quienes niegan esos miedos y deseos, quiere encararlos con lucidez, valentía y templanza de ánimo. Frente al adanismo rousseauniano, que niega la existencia del mal y los malos, la "suspensión del juicio" a la espera de que sean los hechos quienes aclaren intenciones y propósitos; frente a los pacifistas y apaciguadores que huyen del conflicto o niegan su existencia, la templanza que controla la embestida esperada; frente a la cobardía o pusilanimidad de los negacionistas, el reconocimiento del peligro y el riesgo de la pasividad; ante el acomodo oportunista, la despreocupación del indiferente o la reserva del conformista, el pesimismo activo.

Ser un pesimista activo significa que, para combatir el mal, lo primero es ponerle nombre e identificar a sus autores; que, para evitar una catástrofe, hay que reconocer las fuerzas que la empujan; que, para confiar en la eficacia de una acción, vencer a un enemigo o superar un obstáculo, hay que aceptar que todo es posible, incluso lo peor. Porque ser un pesimista activo no es ser derrotista o determinista, sino saber que el miedo y la conciencia del peligro son los resortes últimos de una sociedad cuando algo amenaza su propia destrucción.

Son principios elementales que nunca tendrán en cuenta quienes niegan, por ejemplo, que nuestro Estado es débil, que su unidad y poder se está desmoronando, que el plurisecesionismo es ya un hecho real; que tenemos una derecha ciega, oportunista y corrupta a la que España como nación le importa una higa, cuyos intereses se mezclan viscosamente con los de las élites nacionalistas y de ahí su incapacidad para combatirlas; que la izquierda actual es obtusamente antiespañola, que no defiende la unidad y la igualdad entre todos los españoles, garantía de nuestros derechos.

Torpes y miserables quienes no se dan cuenta de que, ante todo esto, la sociedad está empezando a tomar conciencia del peligro, de la "vuelta de lo reprimido", de miedos atávicos que creía conjurados, de injusticias y atropellos intolerables, como la exclusión del español en la enseñanza, la administración y el acceso al trabajo; o el estar pagando a una policía sediciosa y golpista como los Mozos de Escuadra, TV3 y toda la estructura separatista; o el haber creado ese monstruo de 17 cabezas que vive a costa de destruir el Estado, trocear la nación, inventar identidades y alimentar a una casta política parásita y corrupta; o el permitir la existencia de partidos cuyo fin es la destrucción del propio Estado democrático, algo inconcebible en cualquier otro país de Europa.

¡Pesimistas activos, uníos!

¡Ha llegado nuestra hora!

jueves, 12 de abril de 2018

LA CHAPUZA ALEMANA... Y ALGO MÁS


Hablemos claro: Alemania, ni es lo que creemos que es, ni lo parece. Hagamos una generalización abusiva, pero necesaria. No toda Alemania ni todos los alemanes. Digamos, la Alemania oficial, por un lado, y la Alemania oculta, por otro, que, en este caso, coinciden, así que me ahorro más atenuaciones retóricas. La chapuza jurídica que ha dejado en libertad a Puigdemont es esa evidencia que necesitábamos los germanoescépticos para poder soltar la lengua sin ser tildados de lo que sea. Digo chapuza, estropicio, bodrio, castaña, emplasto. Saltarán unos: no siendo jurista, ¿cómo te atreves? Pues atrévome porque soy ciudadano, y con sentido común, con elemental capacidad para razonar y no tragarme piedras de molino, por más tudescas que sean. Y porque otros, más expertos, como Sosa Wagner, vienen a decir lo mismo.

Basta leer el dictamen. Después de afirmar que no hay "alta traición" (¡vaya concepto jurídico!) porque no se cumple el requisito de "fuerza" o "violencia", aclara que sí la hubo, pero no la suficiente como para "doblegar la voluntad" del órgano constitucional contra el que se ejercía esa violencia. Hubo, pero no hubo (muerto, pero sólo un poquito): a esto se llama claridad, coherencia y seguridad jurídica. Y por si hay duda, insiste: “Es cierto que el señor Puigdemont, como iniciador y defensor de la implementación del referéndum, debe ser considerado responsable de los actos de violencia cometidos el día del referéndum. Sin embargo, esos actos de violencia, por su naturaleza, alcance y efecto, no fueron los adecuados para presionar lo suficiente al Gobierno como para que este se hubiera visto forzado a rendirse a las demandas de los perpetradores de la violencia”.

Es difícil encontrar mayor absurdo y descaro. O sea, que sólo hay rebelión o traición si el golpe triunfa, si se hace efectivo o irreversible. Hay que esperar a que triunfe para poder perseguirlo. Ahora se entiende por qué Hitler llegó a donde llegó. Pero el colmo es que va la ministra de Justicia, socialdemócrata, y remacha el clavo con este martillazo: "la sentencia es absolutamente correcta y la esperada", contradiciendo a su propio fiscal. Se atreve, además, a exigirle a España que el otro delito, el de "malversación", tiene que "aclararlo bien" para que se conceda la extradicción (y no "va a ser fácil"), porque si no, "se levantará la orden de detención y Puigdemont será un hombre libre en un país libre, la República Federal Alemana" (sic). Y para más escarnio, amenaza: "habrá que hablar también de los componentes políticos de este caso".

Después de repetir mil veces, a lo Pilatos, que el caso de Cataluña "es un asunto interno de España", y que la justicia actuaría con total independencia, va el gobierno alemán y se mete de hoz y coz y se pone a patear y pisotear y chapotear en el asunto y a sentenciar y contradecir, no a un juez regional como ese del impronunciable Schleswig-Holstein, sino a las más altas instancias judiciales de nuestro país, y a toda la labor policial y de escrupulosa acumulación de pruebas (más de 300) que muestran con todo detalle la violencia de los golpistas antes, durante y después del referéndum (y ahora mismo). No sólo no hacen caso a estas pruebas, es que ese tribunal de tercera ni se ha molestado en mirarlas, ni tampoco esa ministra impresentable (suficiente para declararla persona "non grata" e impedirle pisar suelo español, y menos de Mallorca).

No sólo se meten a sentenciar (sin juicio) lo que no es competencia suya, la validez de las pruebas presentadas por el juez Llarena, sino que ni se dignan conocerlas, lo que no les impide asegurar que "por su naturaleza, alcance y efecto" no son suficientes para constituir el delito reclamado. Imagine a un mecánico que, sin siquiera ver el coche, va y firma que debe ir al desguace, y con el conductor dentro, a ser posible. ¿Por qué lo hace?

Llegamos aquí al meollo del asunto. Sigamos con la metáfora cacharrera. El mecánico chapuzas actúa así porque se lo consienten y porque sabe que su sentencia coincide con lo que piensan sus jefes. ¿Y por qué actúan todos con tanto desprecio y arrogancia? Porque se creen y se sienten superiores. ¿Y de dónde les viene tan mostrenca altanería? Del fondo de la historia, del relato sostenido desde el siglo XVI en que media Europa se alimentó del rencor, la envidia, el resentimiento contra lo que fue el imperio español y hoy es España. Un imperio que nació cuando el Sacro Imperio Romano dejó de ser Germánico y pasó a ser Hispánico, ¡y con Carlos V! ¡Intolerable!, que esos piojosos españoles, descendientes de judíos, hayan logrado semejante hazaña y alcanzado tamaño poder... Y que hoy pretendan ser una nación democrática que se defiende de su propia destrucción... No, eso nunca, por Lutero.

¿Y el Gobierno? ¿Qué Gobierno, dónde, cuándo...? Ni está ni se le espera. Sí, dejemos a los tudescos con su togas y miserias y digamos con Quevedo "que ya los brindis del Tajo / no le deben nada al Rhin". Vayamos a lo importante: qué hemos hecho los españoles de hoy, herederos de los de antaño, para tener un Gobierno tan cobarde, mentecato, pusilánime y acomplejado como para no levantar la mirada del pesebre y decir que no es tolerable que una ministra de un país "amigo", que pertenece al mismo espacio democrático común, diga lo que ha dicho, que es de una hostilidad manifiesta y humillante; y que un juez regional decida lo que compete y afecta a la propia existencia de otra nación, España, poniendo la interpretación absurda de una norma interna por encima de la propia Constitución española.

Porque si es un asunto interno de España a qué viene esa ministra metepatas a meter la suya donde no debe; que si Europa es una espacio político y de derecho común, del que hemos eliminado las fronteras, a qué vienen estas fronteras jurídicas para proteger a forajidos antidemócratas, aliados de los neofascistas de Europa, alemanes, flamencos e italianos; que si no existe cooperación policial, jurídica y política, para qué carajo nos interesa Europa, etc.

La ceguera de Alemania es la ceguera de Europa, que no ha escarmentado de dos terribles guerras mundiales. Ceguera egoísta e hipócrita, porque nada de lo que defienden para los golpistas catalanes consentirían en su país, ni sabotajes, ni ataques violentos contra la policía, ni insultos y amenazas a los jueces, ni mucho menos la ruptura de su unidad territorial. Estamos volviendo a los años 30, pero peor, porque hoy los medios de aniquilación de la paz y la democracia son más profundos, invisibles y potencialmente destructivos. Y España parece que volverá a ser el laboratorio de ese infausto destino. El desmoronamiento interno y la pérdida de la unidad y la confianza no parecen sólo obra de nuestros errores. Nos llaman ignorantes y brutos porque les conviene, porque de ese modo se creen a salvo de su propia cretinez. Hablo de la Alemania oculta, la más peligrosa, pero también de un mundo cada día más convulso y menos predecible.

Lo peor de todo es que, en medio de la confusión, despreciemos las señales de alarma y caigamos en la tentación autodestructiva. Siempre habrá quien, entre nosotros, elevándose por encima de la "chusma" (en ella me incluyo), nos vendrá a dar lecciones de democracia. Ahí tenemos a dos ínclitos defensores del independentismo, disfrazado uno de magistrado y otro de catedrático de derecho, sentenciando: “Por encima de la ley está el principio de racionalidad jurídica. Es un valor superior del ordenamiento jurídico”. ¡Toma ya jurisprudencia! Lo ha dicho Martín Pallín, antiguo magistrado del Supremo.

Y el otro, por Pérez Royo conocido: este proceso “es nulo de pleno derecho", está “viciado” desde el principio porque la instrucción se ha hecho en base a un “delito imaginario”. “No hay rebelión”, insiste. “Es una barbaridad”, porque “se han vulnerado derechos fundamentales de personas que no deberían haber pisado la cárcel”. Bueno, puestos a pensar en sujetos peligrosos, quizás debiera existir una pena específica para evitar que personajes así predicaran sin consecuencia alguna tales memeces. Supongo que los separatistas se lo recompensarán, no será puro altruismo y amor a la verdad. Pienso lo mismo de algunos abducidos como el asturiano Luis Enrique, que ha descubierto que los catalanes "son la hostia", no como sus paisanos y el resto de españoles, más atrasados que un "caganer", digo yo, por buscar una comparación adecuada.

El nacionalseparatismo catalán es por naturaleza violento, usa todas las formas imaginables de violencia, desde la que se ejerce sobre los niños en la guardería para inculcarles el odio y el rechazo a España y a todo lo español, hasta el asalto a coches policiales, sabotajes en carreteras y vías del tren, agresiones, amenazas y coacciones a todos los disidentes. Que todo esto, la violencia visible e invisible de cada día en todos los espacios públicos, pero también privados; que todo se disfrace de democracia es el mayor escarnio y prueba del grado de imposición y control totalitario de una ideología a la que hemos de calificar sin reparos de neonazi y neofascista.

Nota final
He aquí lo que dice el artículo 81 de la Constitución alemana sobre la "alta traición":

“Quien intente con violencia o por medio de amenaza con violencia, 1) perjudicar la existencia de la República Federal de Alemania; 2) cambiar el orden constitucional que se basa en la Constitución de la República Federal de Alemania, será castigado con pena privativa de la libertad de por vida o con pena privativa de la libertad no inferior a 10 años”.

Hace poco, sentenció el TC sobre la pretensión de hacer un referéndum de independencia en el Estado de Baviera: "En la República Federal de Alemania, como estado nacional cuyo poder constituyente reside en el pueblo alemán, los estados federados no son dueños de la Constitución. No hay por lo tanto espacio para aspiraciones secesionistas de un estado federado en el marco de la Constitución. Violan el orden constitucional".

Pues eso.



martes, 10 de abril de 2018

LA NEGACIÓN DE LOS HECHOS


No es posible construir una sociedad sin un acuerdo básico: existe la realidad. Sin este supuesto nadie podría andar seguro por el mundo ni establecer relación alguna con los demás. La evidencia de los hechos, la contundencia de los hechos, la consistencia de los hechos. ¿Es posible prescindir de este fundamento, organizar una sociedad negando el principio de realidad? Este es el mayor reto histórico imaginable al que parece abocada nuestra sociedad.

Dejemos de lado la pregunta científica sobre el fundamento último de la realidad, algo que se diluye cuando tratamos de atravesar la última frontera, la de las partículas elementales y eso tan inasible a lo que llamamos energía. Aparquemos también la duda filosófica que la fenomenología y la física cuántica han introducido al tratar de separar realidad objetiva y mente. Centrémonos en lo que hoy ha entrado en crisis: la construcción social de la realidad.

De modo natural, y guiados por la necesidad de supervivencia, los seres humanos construimos, a partir de los sentidos, un mundo real y objetivo que todos compartimos. Realidad y verdad son inseparables. La verdad es, ante todo, la constatación de la realidad de los hechos. Cuando la verdad se separa de los hechos, cuando se establece una separación radical entre el mundo subjetivo y el objetivo, todo se desmorona. Es lo que ha hecho el relativismo posmoderno, abriendo la puerta a la mayor crisis epistemológica y cognitiva de las sociedades modernas.

Cuando nos preguntamos perplejos cómo es posible que un personaje como Trump haya llegado y se mantenga en el poder, la pregunta importante es cómo ha podido construir su "verdad" sobre la negación de la realidad. Cómo ha podido inventar una realidad mental autónoma que ocupe el espacio de la verdad. Por un lado, esto revela que toda realidad social es una construcción cognitiva, una interpretación que se superpone a la realidad y acaba sustituyéndola; por otro, que hoy se puede crear cualquier interpretación de los hechos de modo rápido y masivo gracias a los poderosos medios de influencia mental, control de las imágenes y lanzamiento simultáneo de billones de mensajes ciberdirigidos capaces de manipular la opinión pública en la dirección que se quiera. 

Pero el ejemplo más cercano, conocido y sorprendente es la creación del relato y la interpretación independentista de la realidad catalana y española por parte del ultranacionalismo fascista catalán, eso que muy apropiadamente alguien ha llamado "fascismo inverso": logran negar la realidad de los hechos mientras se construye una realidad inversa capaz de ocupar el lugar de la verdad, inmune a cualquier evidencia contraria. Es como echar sobre un vaso de agua un chorro de aceite: el aceite flota, mantiene su cohesión y aislamiento como un mundo autocontenido y autosuficiente.

Así, el Estado democrático español pasa a ser fascista, autoritario y represor, como si se tratara de una cruel dictadura. Poco importa que, en un índice de valoración democrática, España aparezca muy por encima de Bélgica, Suiza o Alemania; para los nacionalseparatistas seguirá siendo un Estado sanguinario del que hay que separarse como sea. Muchos belgas, suizos y alemanes también se lo creerán, lo que les hará sentirse, naturalmente, superiores.

Que se corten impunemente carreteras y autopistas, se amenace de muerte con pintadas y gritos a jueces, partidos y asociaciones no nacionalistas, se rompan cajeros y mobiliario urbano, se quemen banderas españolas y retratos de autoridades y políticos. Que se agreda con sillas, palos y piedras a la policía, se les acose, rodee y rompa sus coches y furgonetas; que se apalee y ataque a jóvenes que defienden el derecho a ver a la selección española; que se aísle, insulte y amenace a cualquier padre que pida el 25% de clases en español; que se persiga a cualquier profesor que se niegue a inculcar el odio a España y a propagar mentiras en sus clases; que se practique el apartheid a periodistas y profesionales...

La lista de actos violentos (más de 300 ha contabilizado y documentado la policía en la semana de 1-O) es interminable, sin olvidar el historial de Terra Lliure, que hoy intenta volver a organizarse, o los ataques y la violencia verbal constante de TV3. Que todo este cúmulo de hechos siga ignorándose, banalizándose, negándose, no sólo por parte de los catalanofascistas que los llevan a cabo y apoyan, sino por parte del periodismo "progre" (veo a Escobar en la Sexta repetir "¡eso no es violencia!", "el independentismo es un movimiento pacífico, democrático y tolerante"...), eso sí que nos produce estupor, pero quizás no sea más que un ejemplo de lo que venimos analizando: hoy ya es posible construir una realidad paralela o flotante mediante el simple procedimiento de negar la realidad de los hechos.





martes, 3 de abril de 2018

COMENTARIOS PERTINENTES

(Foto: F. Redondo)

No hay que confundir pertinencia con pertenencia. Son sustantivos que tienen el mismo origen etimológico, pero significados ligeramente distintos. Uno da lugar a dos adjetivos antónimos, "pertinente" e "impertinente", y el otro sólo a uno, "perteneciente". Una lengua es rica por estos matices; dominarla es saber distinguirlos y aplicarlos. Soy de los que piensan que es necesario conocer bien una lengua para pensar bien, para analizar bien, desarrollar la mente y dotarnos de un instrumento imprescindible para dominar nuestras emociones y reacciones. Ya dijo Cervantes aquello de que "lo que se sabe sentir, se sabe decir", estableciendo una relación estrecha entre el decir y el sentir. Decir bien para bien sentir, y al revés, sentirse bien porque existe armonía entre lo que uno dice y lo que siente.

Sirva el preámbulo para defender la necesidad de aprender a hacer comentarios "pertinentes". Debiera ser máxima sagrada de tertulianos y comentaristas, una "profesión" hoy sobrevalorada ante la ausencia de lectura, pensamiento crítico, vacío y aturdimiento mental. Todo comentario debiera ajustarse al objeto de discusión y análisis, encajar o ajustarse al tema, venir a cuento y a propósito. Lo contrario es ser impertinente, hablar por hablar, confundir, someter a la mente a una especie de parálisis y aturdimiento que impide a los oyentes o receptores construir un mínimo de orden y sentido con los mensajes que reciben. Comentar debiera ser poner de relieve lo relevante, lo apropiado y congruente con aquello de lo que se habla o trata. Esto requiere aprendizaje y voluntad de claridad, pero también respeto a los demás, a aquellos que ven y escuchan los mensajes.

Reflexiono sobre el fenómeno tertuliano (o tertulianesco), porque recientemente he sido invitado a participar dos veces en un programa de Intereconomía TV, La Redacción Abierta, dirigido por Rafael Núñez, un presentador nada engolado ni retórico, que practica un periodismo abierto, no sectario, a años luz de lo que vemos en la Sexta u otros programas de agitación y propaganda. En el primer programa pude hablar ajustándome a la máxima que aquí defiendo, intentando que mis comentarios fueran pertinentes con las preguntas e intervenciones del entrevistador, todas ellas a su vez muy pertinentes.

Todo lo contrario me sucedió en el siguiente programa, donde, planteado a modo de debate, tuve que ajustarme a las intervenciones y preguntas, no del moderador, sino del otro tertuliano o contrincante. Imposible poner orden en el marco conceptual y el conglomerado de ideas incongruentes (impertinentes) de mi oponente (y perdón por la aliteración). Falta de experiencia en tales lides y cierto hábito profesoral que confía demasiado en la "pedagogía de la razón", en lugar de centrar la atención en lo relevante, lo pertinente, aquello que de verdad interesa a los espectadores, me llevó a veces por cerros llenos de niebla, y no logré decir bien lo que pensaba.

Pero voy a lo que quiero ir. La impertinencia es hoy lo más común, la característica más destacada del tertuliano, pero sobre todo del político. Para no quedar atrapados por la "logotropía" del discurso (descentrado, merodeante, digresivo, elusivo y hasta logorreico) uno debe mantener la cabeza fría y el cuerpo sereno, y preguntarse siempre "de qué está hablando este tío", "qué me quiere decir", "qué rollo está soltando". Si no sabes responder con claridad, no te eches la culpa ni te creas tonto; piensa que ese charlatán impertinente te está haciendo perder el tiempo. No pretendas entenderlo ni meterte en su cabeza: acabará contagiándote.

Es lo peor que nos puede suceder. Ejemplo: si tratas de ser comprensivo con un nacionalista o un separatista, tal y como predica Iceta y repite Sánchez y toda su cohorte, acabarás hilvanando un discurso tan incoherente (e impertinente) como el que mi compañero tertuliano esbozó en el debate referido. Lo difícil es superar la perplejidad y la ofuscación mental que este tipo de intervenciones produce. Y lo malo, y hasta peor, es que, sometidos a un constante bombardeo de este tipo de mensajes, es muy difícil sustraerse a su tóxica influencia. No es el arte de la política, como se suele decir, sino la miseria de la política. Porque el primer deber de un político es ser responsable de sus palabras, de lo que dice y cómo lo dice. O sea, no ser impertinente.
(El vídeo del debate: https://www.youtube.com/watch?v=KjEjFuelQEM&feature=player_embedded)