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viernes, 4 de noviembre de 2011

UNA HISTORIA DE 1990

Revisando uno de mis antiguos cuadernos encontré esta breve historia que lleva la fecha de 17 de noviembre de 1990:

Me cuenta que siendo niña, un día se puso a buscar a su madre por toda la casa y no la encontró. Preguntó por ella y le dijeron que no vendría. No lo creyó, y se puso a esperarla a la puerta de la casa. Se quedó allí mucho tiempo, sentada en el suelo. Nadie podía hacer que entrara en la casa. Llegó la noche y continuó allí, esperándola, hasta que se durmió. Volvió a preguntar por su madre al día siguiente y le contestaron lo mismo. Ella tampoco les creyó y volvió a sentarse a la puerta de la casa a esperarla. Y se durmió de nuevo y pasó allí toda la noche. Al día siguiente volvió a hacer lo mismo, y al siguiente, y al siguiente, así hasta que se convenció de que no volvería. Al cabo de un mes, su madre volvió del manicomio. No reconocía a sus hijos, a ninguno de sus cinco hijos. Entretanto, su padre tampoco aparecía casi nunca por casa. “Andaba borracho con alguna de sus queridas vete tú a saber por dónde”, me explicó.

Recuerdo ahora a esa niña, la imagino en la puerta sentada, acurrucada como un pajarillo, obstinada y enfurecida, conteniendo las lágrimas, aprendiendo a sufrir la ausencia, la pérdida real y simbólica de la madre, preguntándose por el orden y el sentido del mundo, incapaz de encontrar una respuesta. ¿Quién, de niño, no recuerda haber esperado inútilmente algo? La veo a ella, aunque no la conocí de niña, pues cuando me contó esta historia ya no era joven, aunque conservaba las facciones de niña. Tenía dos hijos y era profesora de la Universidad, como lo había sido su padre. En contra de lo que podríamos suponer, provenía de una familia acomodada. La miseria humana y moral no es patrimonio de los pobres, por más que nos guste imaginarla siempre, lejos de nosotros, en ambientes degradados. Pues no, a veces está a la puerta de nuestra casa, incluso dentro.

sábado, 30 de abril de 2011

PUBLICACIÓN DE LAS "MEMORIAS DE UN JUDÍO SEFARDÍ"


HE AQUÍ LA PORTADA DE MI LIBRO "MEMORIAS DE UN JUDÍO SEFARDÍ"

Ya se puede solicitar a través de esta dirección:


LA EDITORIAL ME INDICA QUE A LOS PRIMEROS QUE ADQUIERAN LAS "MEMORIAS" SE LE ENVIARÁ TAMBIÉN COMO OBSEQUIO EL LIBRO "LA MAGIA DE LAS PALABRAS" de Amando de Miguel. NO SE COBRAN TAMPOCO LOS GASTOS DE ENVÍO.
(¡No está mal, la verdad!). TODOS LOS LIBROS IRÁN FIRMADOS POR EL AUTOR, ADEMÁS.
EL LIBRO ESTARÁ EN LAS LIBRERÍAS A MEDIADOS DE MAYO.

Ya he hablado de este libro en otras entradas. Como resumen, he aquí el texto de contraportada:

La historia apasionante de un judío sefardí. Una vida llena de aventuras y experiencias insólitas. Un viaje desde la Rumanía nazi y comunista a la añorada Sefarad, pasando por el Israel de 1948, de los kibbuts y el conflicto palestino, la Alemania de los años sesenta y la España de los últimos años del franquismo y la transición democrática. Dan Kofler, músico y pintor, es la encarnación viva del errante, del desterrado, del artista que incansablemente indaga sobre el sentido de la vida y la búsqueda de la verdad y la perfección del arte, enfrentándose a sus éxitos y fracasos con una entereza y pasión que conmoverá al lector desde la primera página.

Santiago Trancón ha recreado en estas Memorias, con una prosa ágil y precisa, no sólo la vida del protagonista, sino su propia aventura, desde el primer encuentro con Dan Kofler en una cueva de Toledo, a la indagación sobre el pasado judío de nuestro país, la herencia milenaria de una cultura que está en la base misma de lo español, cuyas huellas descubre el narrador a cada paso y en las que encuentra las claves del pensamiento, la psicología y el modo de ser de tantos españoles de ayer y de hoy. La reconstrucción biográfica se convierte así, no sólo en una inquietante novela, sino en un deslumbrante documento histórico y filosófico que no dejará indiferente a nadie, pues el lector se verá empujado a realizar su propio viaje, preguntándose sobre el sentido de su vida y el misterio de la existencia.

lunes, 18 de abril de 2011

MEMORIAS DE UN JUDÍO SEFARDÍ (El tulipán)

(Foto: Eduardo Blanco)

Como mi casa se situaba al lado de la montaña, mi gran afán era salir a recorrer el campo, solo, perderme por ahí. Un día me fui más allá, al siguiente valle, caminando, y de repente veo una cosa que… Mira, cuando el milagro ocurre ya no es milagro. Porque es milagro cuando lo piensas, en la fantasía, pero en el momento en que se materializa ya pasa al mundo real, y eso es lo fantástico.

Pues iba yo por ahí, solo, y de repente noto cómo sale de la tierra algo, despacio, de manera lenta, pero se veía brotar y crecer. Observo una cosa de un color amarillo anaranjado y rojo. Era un tulipán silvestre. Nada más verlo me da una taquicardia, unas palpitaciones que se me sale el corazón del pecho. Porque nunca había visto un tulipán, y era de una hermosura fascinante. Al acabar de abrirse noté cómo se llenaba mi corazón, y todo mi cuerpo, de ternura y amor. Me agacho, lo miro y de pronto el tulipán…, el tulipán empieza a hablarme. Yo pienso ahora racionalmente: ya no tenía dos años, sino más de cuatro, y sabía bien que las flores no hablan, ni mi perro, ni mi burro, y las plantas que tengo alrededor de mi casa no me hablan. Pero aquel tulipán empiezó a hablarme con una voz cálida, baja de tono, suave, como soplando o susurrando, se abre frente a mí y me dice, Dani, quiero ser tu amigo, y le digo, yo también, pero cómo es que hablas… Y contesta: Hablamos, pero no todo el mundo nos escucha; y además, no hablamos con todo el mundo… Me pide: Ten cuidado de no pisarme, porque soy muy frágil. No, no, por Dios, no te preocupes. Yo, lleno de emoción, me acerco, le doy un beso y se me llena toda la cara de un calor dulce… Me dice: Ven todos los días a verme. Y le hago la promesa: Ten por seguro que todos los días voy a venir a verte.

Me vuelvo a mi casa con la preocupación de que nadie lo pise, con el deseo de que nadie lo descubra. No le cuento lo que me ha ocurrido a nadie, ni a mi padre ni a mi madre, pensando que no me van a creer, que se van a reír de mí. Así que fue un secreto entre el tulipán y yo. Y todos los días iba a verlo, hasta que después de mi cumpleaños, el tulipán me dice, mira, mi tiempo se está acabando y yo voy a desaparecer, no dijo la palabra morir; ven a verme el año que viene, por la misma época. Me despido de él, voy a verlo al día siguiente y lo encuentro más mustio, apagándose, y ya no me hablaba. Unos días después desapareció. Esto se quedará grabado en mi mente hasta el último instante en que me muera. Me sentí muy privilegiado porque un tulipán me hablara. He revivido muchas veces esos momentos y lo que entonces sentí. Lo he guardado en mi interior como un tesoro. Poco después, en la escuela nos leyeron ese pasaje en que Salomón habla con las piedras, las rocas, las plantas… Todos los niños se reían menos yo. Yo sabía que Salomón podía haber hablado con las flores, porque yo tenía la prueba, a mí mismo me había hablado un tulipán. Yo pienso que los niños, y más a esa edad, no son tan fantasiosos como la gente cree. Son mucho más realistas de lo que parece. Lo que pasa es que ven con otros ojos, otro estado de conciencia, mucho más cercana quizás a nuestro estado primitivo, en el que vivíamos muy conectados con la naturaleza.

jueves, 14 de abril de 2011

MEMORIAS DE UN JUDÍO SEFARDÍ (El milagro)

(Foto: Asier Castro)

Cuando mi madre tenía siete años de edad, su madre enferma del corazón y muere. Se trasladaron entonces de Paskan a Bucarest. Un hermano de mi bisabuelo Isaac Goldstein, llamado Abraham, era un gran rabino, muy religioso y místico, que al final de su vida prometió ir andando desde Paskan a Jerusalén con más de 100 años, y lo cumplió. Al poco tiempo de llegar murió y está ahí enterrado, en Jerusalén. Este hombre era un santo, un grande en la Torá. Un día viene a visitarlo otro rabino de Polonia, para intercambiar ideas. Van los dos paseando por el campo, interpretando los misterios ocultos del Bereshit, oscurece y ellos siguen hablando. Era una noche cerrada, sin luna, pero abigarrada de estrellas, y de repente el rabino de Polonia se para, le coge las manos, mira al cielo y dice: Abraham, pide ahora algo, que es el momento. Él anuncia: Que todos mis hijos mueran en avanzada edad, que tengan larga vida... Y le contestó el rabino de Polonia: Hecho.

Muchos años después, Abraham se fue un día a Bucarest, y mientras él está allí, una de sus hijas, Sara, se muere; tenía treinta y tantos años. Todo el mundo conocía la promesa. Los judíos entierran a sus muertos muy pronto, igual que los musulmanes. Así que el médico viene, le toma el pulso, está fría, está muerta. Le mandan un aviso a su padre, Abraham, para que venga rápidamente. Viaja toda la noche y llega por la mañana. Le dicen: Sara ha muerto. Él replica, no, no puede ser. Pero es lo que ha dicho el médico, tenemos que enterrarla. Todo esto me lo contó mi madre. Entra en la habitación, mira, ya estaba con la sábana tapándole la cara, y va entonces y le grita: ¡Súrale, Súrale, levántate!.. Y se levantó. Murió luego con más de 80 años. Todos los demás hijos pasaron de noventa…

Es una historia que me impresionó mucho de niño y me impresiona ahora. Estaba muerta de verdad, yo lo creo así. ¡Levántate, levántate!.. Mi madre me dice: No sabes de la familia de santos que vienes... Es verdad que esa parte de la familia de mi madre, los Goldstein, eran muy religiosos, muy metidos en el misticismo y la Cábala. De ahí le venían esos poderes a Abraham. Mi madre tiene ahora 94 años. Mi tío Marku murió con 98... Así que provengo, por parte de esta rama de la familia de mi madre, de antepasados longevos.

viernes, 8 de abril de 2011

MEMORIAS DE UN JUDÍO SEFARDÍ (El cuadro)

(Foto: Josúa Rodríguez)

En el 2009 inicié la elaboración de un libro basado en las Memorias de un judío sefardí llamado Dan Kofler, conocido en el mundo de la música como Dino del Monte. Lo acabé un año después. Es un volumen de 750 páginas en el que recreo la azarosa y apasionante vida del protagonista. Al mismo tiempo, cuento el proceso de acercamiento al mundo judío del narrador, que le lleva a conocer su origen judeoconverso. Paralelamente se da a conocer la enorme presencia de la cultura hebrea en nuestro país a lo largo de la historia y se reflexiona sobre el judaísmo, la cábala y el sentido espiritual de la vida.


El libro se va a publicar en la editorial INFOVA, y no tardará en estar en las librerías. Como en él abundan reflexiones que pueden interesar a los lectores de este cuaderno virtual, iré entresacando pasajes del mismo y ofreciéndolos para quien quiera hacerse una idea de su contenido. Espero que el carácter fragmentario de los textos no impida el disfrute de su lectura.



Se ha hecho de noche. Antes de irme, de subir a mi coche para regresar a Madrid, le pido que me hable de ese inquietante cuadro que preside el salón. Me pide que me levante y lo acompañe. Me coloca delante del cuadro y dice que lo observe bien. La luz del techo lo ilumina. Veo a una mujer rubia, con una melena ondulada cayendo sobre sus hombros hasta sus pechos. Está totalmente desnuda, con los senos bien simétricos, medianos, los pezones oscuros, erectos, pero la figura no inspira un erotismo ni una sensualidad directa, sino algo oscura. Está sentada sobre un sillón de terciopelo rojo, en actitud hierática, como una reina en su trono. Por arriba, en un cielo extraño, enmarcándola, aparece un dosel, como un zimbal, cuyos pies son columnas barrocas, salomónicas. Este mueble flota en el aire, por encima de la mujer. Su cuerpo desnudo es bello, con curvas armoniosas, pero su rostro se muestra rígido, la mirada al frente, pero algo borrosa.

Dino me pide que sin dejar de mirar a la figura femenina me vaya alejando hacia la izquierda. Ocurre entonces algo que me deja sin palabras. Todo el cuerpo de la mujer, menos su cabeza, va girando conmigo. Sus piernas, muslos y brazos (que reposan sobre el sillón) van moviéndose, desplazándose hacia mi lado. Ese movimiento tiene algo de erótico profundamente inquietante. Dino hace que vuelva al centro y ahora que gire hacia el otro lado, hacia la derecha. Ocurre el mismo fenómeno.

Le pido explicaciones y él me dice que este efecto óptico juega con el misterio de la percepción, el ojo que mira y el cerebro que ve. Técnicamente es complicado, porque se trata de jugar con la perspectiva de un modo muy preciso y sutil, una ligera asimetría de las piernas, los brazos y los pies del sillón.

Todavía guarda más misterios este extraño cuadro. Dino va apagando poco a poco las luces del salón, y a medida que hay más oscuridad en la sala, el fondo del cuadro parece más iluminado. Ya sin luz directa, es como si desprendiera un resplandor de nieve, intenso, que sale del fondo, una luz que, no sé por qué, me digo que viene del infinito. El infinito no tiene centro, cualquier punto es su centro, no tiene límites por ningún lado. Así esta luz se sale del cuadro y no sabemos dónde acaba ni dónde comienza.

-Este cuadro se titula La mujer y su destino. Esa mujer es Hanna, y ya te contaré otro día por qué tiene los pies manchados de tierra y una lágrima de sangre que cae sobre su pie derecho.

(P.D. Se trata de uno de los cuadros pintados por Dan Kofler)

martes, 2 de noviembre de 2010

PÁGINAS PERDIDAS

(Foto: S. Trancón)
De vez en cuando releo algunas páginas perdidas en viejos cuadernos. La vida pasa y se diluye como la niebla, pero a veces nos deja su aroma y su rumor prendido en las palabras que vanamente escribimos para retenerla.

Mediona, 7 de agosto de 1990

¡Qué molesto puede llegar a ser un ruido constante cuando todo está en silencio! El temblor del frigorífico, el zumbido de una mosca, la moto que pasa bajo la ventana… Hay ruidos que nos pueden desquiciar. Es como poner los dedos en un enchufe: la reacción es inmediata y violenta. Pero ahora todo está en calma, la casa se ha dejado penetrar por el silencio, el sosiego, y poco a poco todo lo que me rodea se va liberando de los límites del tiempo y del espacio, y noto que no estoy defendiéndome del mundo exterior, sino reposando en él, dejándome invadir y penetrar por el silencio y la quietud. Y entonces empieza a llover, primero tan suavemente que apenas se percibe, en pequeñas oleadas, suavizando el ritmo de su entrega, de su caída, y luego poco a poco con mayor intensidad, golpeando los tejados, el agua forma regueros en el suelo, y se mezclan muchos sonidos dentro de ese rumor, el chasquido de las gotas sobre la acera, el crepitar sobre los cristales, el gorgotear sobre los charcos, el viento que mueve las hojas de los chopos, cerca y lejos, olas viniendo de la calle, el murmullo lejano de una cascada. El cielo gris, gris ceniza, gris plomo, gris plata, sin nubes, una suave oscuridad en la que se expande el blanco difuso de las casas, un resplandor sin luz. Arriba, un techo con vigas de roble ennegrecidas, torcidas, onduladas, despreocupándose de la perfección y firmeza de la línea, como las paredes, blancas, que huyen de la verticalidad, con curvas y abombamientos, por eso puedo sentir que se mueven, que son como la masa del pan empujada por la levadura, no erigidas para alcanzar la rectitud, el orden, la seguridad, sino levantadas sobre lo informe, el magma, la masa, el barro... Hasta encontrar la quietud etérea de la curva, la bóveda, la cúpula, el ábside, la columna, los límites no señalados para envolver el sonido, el siseo y los rumores de la lluvia, envolventes, prefigurando la caricia, prolongando el contacto, la cópula… Veo la pequeña ermita pre-románica de Tossa, allá en lo alto y los restos de un castillo señalando los límites de la Marca Hispánica… Ese espacio envuelto y vuelto hacia el interior, un interior cálido, acogedor, sereno, con pequeñas saetas de luz como ojos rasgados, la pupila de un gato, un oscuro por donde penetra un rayo de luz, no la luz total, cegadora, que hace imposible el misterio y el recogimiento de la piedra, mirando hacia su interior vacío. El viento que baja desde allí y agita las ramas de los pinos, los cipreses, los robles… Y cuatro tumbas pequeñas, sarcófagos esculpidos en la piedra, con su hueco para reposar la cabeza y que los ojos ciegos miren siempre hacia el cielo. ¿Cuatro tumbas de niños mártires? El ábside de tres lóbulos, tres delicados senos, tres cuerpos desnudos abrazados a la piedra curvada, modelada por el cincel, el viento, la niebla y la lluvia. “Ah, olhar é en mim una perversão sexual!”, escribió Pessoa.

jueves, 15 de abril de 2010

LA MUERTE, COMPAÑERA, CONSEJERA FIEL

(Foto: Agustín Galisteo)

La primera vez que me di de bruces con la muerte, yo tenía cinco años. Una niña de mi edad se ahogó con un globo. Aún recuerdo su cara pálida y los gritos de su madre cuando se la llevaban en un ataúd blanco.

Un amigo de mi infancia se hizo guardia civil. Ascendió pronto a teniente y se dedicó a perseguir al narcotráfico. Cayó en la tentación de traficar con los alijos de droga requisados. Sospecharon de él porque empezó a vivir por encima de sus posibilidades económicas. Lo descubrieron y se pasó varios años en la cárcel. Su mujer murió de cáncer. Al salir de la cárcel, se suicidó. Sus padres, nonagenarios, sin embargo, viven aún.

Tuve otro amigo que se aficionó al submarinismo. Le gustaba el riesgo. Vivió en Guinea Ecuatorial. Un día se fue a la costa de Gijón, se sumergió más hondo de lo prudente y se le reventaron los pulmones por la presión.

También mi primo murió ahogado. Fue en Tenerife. Una ola lo enredó y se ahogó de forma estúpida donde ni siquiera lo cubría el agua. También le gustaba practicar el submarinismo. Las playas rocosas de Tenerife con muy peligrosas, aunque no lo parezcan.

Otro primo mío también se murió hace años. Padecía del corazón desde niño, pero logró sobrevivir durante más de cuarenta años. Era fuerte y cariñoso. Acudí a su entierro, en Valladolid. Me impresionó su cara, hinchada y desfigurada.

Ya de joven, otro amigo se suicidó dándose un pistoletazo a la entrada de la catedral de León.

Cuando yo daba clases en Santa Coloma de Gramanet, un compañero del instituto se cortó la venas en el Departamento de Literatura y se tiró por la ventana. Otros dos profesores amigos también se suicidaron: uno padecía cáncer y el otro, esquizofrenia.

Hace poco, un amigo de Barcelona, con el que escribí varios artículos para la revista El Viejo Topo, apareció muerto en su piso. Padecía una depresión grave.

La lista de amigos y familiares muertos es mucho mayor, claro. Me he acordado ahora estos muertos porque siguen ahí, muy vivos en mi memoria.

De vez en cuando hay que escuchar a nuestra compañera más fiel, la mejor consejera, que siempre está ahí, a nuestra izquierda, a un brazo de distancia.
Sí, yo también me iré, como escribió Juan Ramón Jiménez.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

sábado, 20 de marzo de 2010

SAN ANDRÉS DE TEIXIDO


Hace años acudí a la romería de San Andrés de Teixido. Por unas horas, se abrió la grieta y me adentré en otro mundo.


Oigo el rumor de las olas, abajo, en el acantilado de San Andrés de Teixido, el más abrupto de Europa, a más de 630 metros de altura... Ya he ido allí en vida, así que no tendré que acercarme de muerto, reencarnado en lagarto, conejo, caracol o libélula... Con mucho cuidado piso los tojos, bajo por la estrecha y empinada carretera, camino hasta el santuario... Oigo un grito aterrador, pero me tranquilizo: es el graznido de un pavo que parece haber visto en mí al mismo diablo... Una meiga vestida de negro hasta la cabeza me ofrece la herba de namorar o preñadeira. Crece en lo escarpado de las rocas que dan al mar. Llego a la fuente de tres caños o de los deseos... Mojo un pañuelo blanco, lo paso por mi cara y mi brazo izquierdo y lo dejo atado a la rama de un avellano. Anochece, y empiezo a ver por los prados de alrededor del santuario, por las rocas, por las tumbas del cementerio, por los cruceiros, parejas haciendo el amor como quien cumple un rito sagrado, invocando a la diosa de la fertilidad. La mayoría de las parejas adopta la postura de la cruz de San Andrés... En este oculto finisterrae, se agitan misteriosas fuerzas telúricas... Desde la Edad del Bronce han peregrinado hasta aquí los hombres en busca del más allá. Llega la niebla, sube desde el fondo del acantilado y lo cubre todo. Las figuras de alrededor se convierten en esculturas románicas que poco a poco, caminando entre la bruma, se reúnen en torno al santuario y forman el Pórtico de la Gloria... Antes de iniciar la travesía, como unos panecillos de colores que cuelgan de mi cuello, ensartados como un collar: una mano, un pez, una barca, un San Andrés y un pensamiento... Un halcón se lanza hacia la barca en la que viajo con otros difuntos. Remamos hacia la Isla de la Eterna Juventud. Me protejo para no ser atrapado por el halcón. Quiero ver qué hay más allá.

Sí, San Andrés de Teixido es una puerta hacia el otro mundo.

P.D. Puedes buscar en Google Vídeos: "España entre el cielo y la tierra: Galicia/Galiza 10/11"

jueves, 15 de octubre de 2009

EL MANZANO PRODIGIOSO

(Foto: S. Trancón)


Me lo contó mi amigo Evelio Rivera. Es una historia maravillosa que le ocurrió a él, siendo niño. Cuando García Márquez nos describió el realismo mágico de Macondo, algunos quedaron muy sorprendidos y no entendieron sus afirmaciones de que las historias de Cien años de soledad no eran invenciones fantásticas, que estaban tomadas de la realidad.

La verdad es que la realidad está tan traspasada por lo insólito, lo mágico, lo inesperado, que muchas veces supera a la fantasía. Pero esto no sucede sólo en Hispanoamérica, donde la imponente geografía y una tradición mágica y milenaria han configurado un modo de ver el mundo en el que lo oculto se hace presente. También ocurría eso en nuestro país, antes de que la invasión urbana y moderna destruyera la tradición rural y su forma poética y dramática del ver el mundo. Cuento la historia, que es absolutamente verdadera.

Tenía yo unos cinco años. Me gustaba mucho ir con mi abuelo al campo, a poner trampas a los conejos, a podar los olivos, a regar los huertos. Como mi pueblo, Retamosa de la Jara, en Toledo, es bastante seco, había en él pocos frutales. Crecían mejor las higueras y los almendros que los manzanos. Pero un año más lluvioso, un manzano floreció y mi abuelo lo regó con esmero, porque sabía que a mí me gustaban mucho las manzanas. Logró que se cargara de manzanas. Cuando ya estuvieron maduras, mi abuelo me dijo: Mañana recogeremos las manzanas. Me hizo una ilusión enorme, no dormí aquella noche pensando en ir al día siguiente con mi abuelo a recogerlas. Pero cuando nos acercamos, mi abuelo comprobó desolado que todas las manzanas habían desaparecido del árbol. Nos las habían robado por la noche. Mi decepción fue total, mi abuelo se quedó abrumado.
Un día después, si embargo, mi abuelo me dijo: Vamos a ver el manzano, porque lo he estado regando y cuidando durante todo el día y a veces ocurre que vuelven a crecer las manzanas. Nos fuimos acercando y sí, perecía que se veía alguna manzana. Ya debajo del árbol pude comprobar que en efecto, habían brotado mágicamente de sus ramas un montón de manzanas, rojas, maduras, como las que tenía antes. Vamos a recogerlas antes de que nos las roben otra vez, me dijo mi abuelo. Volví con una cesta llena de manzanas, infinitamente feliz y lleno de admiración por mi abuelo, que había hecho posible el rebrote del manzano.
Muchos años después me enteré de cómo se había producido el milagro. Mi abuelo aquella misma tarde se dirigió andando a Talavera de la Reina, que está a bastantes quilómetros de mi pueblo, había comprado unos quilos de manzanas, y había vuelto andando, de noche. Luego, con paciencia y mucho arte, había ido cosiendo a las ramas las manzanas, una a una, con su rabito o peciolo, y disimulando el cosido con un hoja.
Un acto, un gesto así, es algo que uno no podrá llegar a agradecer suficientemente durante el resto de su vida.

jueves, 13 de agosto de 2009

LA HISTORIA DE FRAY HERNANDO DE TALAVERA O LO MAL QUE NOS HAN CONTADO LA HISTORIA

(Foto:S. Trancón)



Nos han contado muy mal la historia. Escandalosamente mal.

No hay forma de entender este viejo país sin saber qué ocurrió aquí con los judíos, que era cientos, miles, presentes hasta en los rincones más insospechados. No hay pueblo por el que últimamente pase que no encuentre huella de su presencia.


Recuerdo los tres últimos:

-Villafranca del Bierzo y su calle (judía) del Agua, donde nació Gil y Carrasco (en un caserón señorial hoy medio en ruinas, para vergüenza de leoneses y leonesistas de salón) y de donde eran también dos grandes escritores a los que tuve la suerte de conocer: Ramón Carnicer (al que negaron vergonzosamente el Premio de las Letras de Castilla y León) y el inolvidable Antonio Pereira, recientemente fallecido, ambos con apellidos de muy probable origen converso (aparecen con frecuencia en los Memoriales de la Inquisición, sobre todo los Pereira).

-Sahagún de Campos, donde se conserva una gran sinagoga, hoy convertida en Iglesia de la Peregrina, ahora en restauración.

-Mansilla de las Mulas, desde la Edad Media poblada por judíos diversos, y de donde es un amigo, Miguel Herrero, que lleva el apellido de la profesión de su padre (de tradición judía), cuya fragua y herrería yo todavía conocí de niño.


Digo que no hay forma de entender la historia moderna de España y eso que se ha llamado español sin revisar y repensar esa tradición judía, sobre todo a partir de un hecho decisivo: la expulsión o conversión forzosa de 1492, una decisión de consecuencias incalculables que oscureció uno de los reinados más audaces y positivos de nuestro pasado.

Después de aquel decreto de conversión o expulsión, vino el afianzamiento de la Inquisición y los estatutos de limpieza de sangre, que influyeron en el modo de relacionarse entre sí los españoles, que marcó su psicología, la lucha interna de clases y el modo en que el poder de la Iglesia se afianzó.


El cainismo de los españoles tiene su origen en esa situación, pues la condición de converso llegó a ser peor que la de judío. A partir de 1500 el tener un antepasado hebreo fue una amenaza para cualquiera, pues esa mancha se heredaba para toda la eternidad, recaía sobre los descendientes hasta el fin de los tiempos. Las consecuencias eran tremendas, no sólo no poder ejercer cargo público alguno, sino siquiera entrar en una orden religiosa. Por eso Teresa de Ávila hubo de borrar el apellido de su abuelo, Sánchez de Toledo, condenado por la Inquisición, para quedarse sólo con el de Cepeda, comprando el silencio con el dinero de su familia, ricos negociantes judíos. Y como ella miles y miles.


Yendo a visitar una vez la Colegiata de San Juan de los Reyes, en Toledo, me sorprendió una placa de cerámica que luce en una pared del vestíbulo de entrada. Dice así:


FRAY HERNANDO DE TALAVERA (1430-1507)

Familiar y protegido de los Álvarez de Toledo, señores de Oropesa, niño cantor de la Colegiata de Talavera de la Reina, catedrático de la Universidad de Salamanca, monje jerónimo en San Leonardo de Alba de Tormes, prior de Nuestra Señora de Prado de Valladolid, confesor de Isabel la Católica y su consejero real, supremo organizador de Castilla a finales del siglo XV, obispo de Ávila y administrador de Salamanca, impulsor de la Gramática Española de Nebrija, examinador de los proyectos de Colón y su protector, reformador de la nobleza y de las órdenes religiosas, primer arzobispo de Granada, santo alfaquí apóstol de los moriscos, modelo para la evangelización de América, detractor y, finalmente, víctima de la Inquisición, varón integérrimo y castellano perfecto, fraile escueto de ayunos y tipo ideal de obispos.

En memoria de la “gravedad castellana” que fue norma y acicate de su vida, y hoy es nuestro honor y nuestro orgullo.

La Fundación Álvarez de Toledo 8-julio-1986


Expliquemos que “detractor” se refiere a que denunció los métodos de la Inquisición, que “alfaquí” significa sabio conocedor de la ley musulmana, que “integérrimo” es el superlativo absoluto de “íntegro”, que Nebrija fue también converso y que Colón era de origen judío (numeraba los folios de sus cartas con letras hebreas, entre otros detalles).


La primera vez que leí esta placa conmemorativa me sorprendió cómo alguien, después de llegar a lo más alto, pudo caer de repente en desgracia, víctima de la Inquisición. Nada se explicaba en el texto. Investigando supe que el tan Fray Hernando era hijo del Señor de Oropesa, uno de los poderosísimos Álvarez de Toledo al que la reina Isabel otorgó título de nobleza. Hijo de ese gran señor, pero también de “una hebrea” del barrio judío de Oropesa.


Aclaro al lector que este Oropesa es un pueblo precioso de Toledo, donde todavía se conserva el imponente castillo de los Álvarez de Toledo (familia donde abundaban, por cierto, los bastardos), no ese otro lugar donde iba Aznar a lucir horteramente sus musculitos, invitado por sus amiguetes de Porcelanosa, (hecho –y cohecho– que hoy convendría recordar, como aquella boda de el Escorial, estilo Berlusconi, que todavía nos avergüenza).


Bien, pues nada se dice en este escrito de que fue precisamente el tener madre judía lo que llevó a la desgracia a este gran hombre, cargado de cargos y títulos, pero con los que se fue “desarmado y vencido”, a la tumba. Se sabe que se opuso al establecimiento de la Inquisición, que no era partidario de la hoguera sino de la persuasión, pero que se topó con el Cardenal Cisneros y pese a la protección de la reina, al morir ésta en 1505, se inició contra él un proceso inquisitorial. Muchos de sus familiares ya habían caído en manos del Santo Oficio (nombre que hoy suena un poco sarcástico).

Pues si esto pasaba a finales del XV, los siguientes siglos (hasta el XIX) todo empeoró. Pero ya hablaremos de ello.


P.D. Me fascina el nombre de algunas de las obras que escribió Fray Hernando: “Tratado sobre el vestir, calzar y comer”, “Tratado contra el murmurar y decir mal de otro en su ausencia”, “Cómo debemos haber cuidado de espender muy bien el tiempo para que no se pierda momento” o “¿Por qué creer en Dios? Porque Él lo manda”...

viernes, 24 de julio de 2009

HUELLAS JUDÍAS EN SANTIAGO

(Foto: S.Trancón)
He pasado unos días en Santiago de Compostela. Siempre me ha impresionado el Obradoiro, San Francisco, San Martín... Tantas y tantas iglesias, retablos de un delirio barroco desbordado, una muestra apabullante del poder de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, que permitió, a través del arte, desarrollar la imaginación de arquitectos, escultores y pintores hasta cumbres insuperables.

Cuando llegué a la catedral, al caer la tarde, empezó a sonar el órgano y se inició una misa cantada, oficiada por el arzobispo compostelano. Aunque mantienen cierta solemnidad, las ceremonias actuales no son más que un pálido reflejo de lo que yo presencié de niño, una procesión de obispos y cardenales entrando por el Pórtico de la Gloria, con grandes cruces, palio y velones, bajo las voces del canto gregoriano, cuando la misa todavía se cantaba en latín. A su vez, esta ceremonia paleofranquista sin duda carecía del empaque y la imponente teatralidad de las celebraciones medievales y barrocas. Hay que imaginar la piedra gris que ahora vemos, pintada de vivos colores, toda la catedral una llamarada de inimaginables resplandores, claroscuros, filigranas y abstracciones geométricas. Como contraste, las retorcidas columnas cargadas de racimos y los inmensos angelotes desnudos sosteniendo el retablo central, con caras orientales que recuerdan las gigantescas figuras de Buda.

Lo del botafumeiro balanceándose de rosetón a rosetón, trazando el brazo de la cruz de las naves, es un resto de aquella imponente gestualidad. Que se usara para contrarrestar los malos olores de los peregrinos que dormían en las galerías de la catedral me parece una leyenda. Creo que no es más que una forma exagerada de ritualizar la quema de incienso, el humo blanco que -a través de un incensario gigante, que parece movido por las manos de un atlante invisible- se eleva hacia el cielo, como las almas puras.

Pero lo que más me ha impresionado esta vez, no ha sido comprobar que Santiago sigue siendo una ciudad única, cargada de una energía poderosa, melancólica y oscura, que puede llegar a aturdir, sino el descubrir la historia soterrada de los criptojudíos de la ciudad. Frente al poder omnipresente de la Iglesia, es increíble que se haya asentado, en el entramado de calles que rodean la catedral (Azabachería, Platerías...), una rica comunidad judía medieval, que tuvo que ocultarse o huir a partir del siglo XV. Lo sorprendente es encontrar hoy huellas de esta presencia, cinco siglos después de que la Inquisición impusiera su ley de hoguera, sambenitos y galeras.

En la calle de Troya, cerca de Azabachería, descubrí una panadería que me dejó desconcertado. En un pequeño escaparate aparecían unos cartelitos, escritos con una letra primorosamente trazada, sobre una serie de productos. No sólo se explicaba en ellos el “pan de los muertos”, sino el “pan ácimo”, el “pan de Challah o de J’alá”, “las orejas de Hamán”... Encima de un pan trenzado se podía leer: “Pan de Challah o J’alá, pan judío para el sabbath, las tres ramas de la trenza simbolizan: LA VERDAD, LA JUSTICIA Y LA PAZ, en tanto que el acabado de semillas de amapola representa el maná, caído del cielo. Para las celebraciones del año nuevo judío Rosh Hashanah se prepara un pan en forma de espiral. Su forma redonda simboliza la continuidad”.

También se podía leer un proverbio ladino: “Lo que comiste o no comiste no importa, lo que importa es que te sentaste a la mesa”.

Lleno de curiosidad entré en la tienda y le pregunté a la dueña -una mujer alta y fuerte, llamada Bernarda-sobre todos esos productos judíos. De modo brusco me preguntó: ¿Tú eres judío? Yo, sorprendido, le respondí que no, pero que me interesaba mucho la historia de los judíos y conversos de España, que estaba realizando un trabajo sobre el tema. Le comenté que no sabía que en Galicia se amasaran esos dulces llamados “orejas”, como en León, y que sin duda ese nombre prevenía del dulce judío llamado “orejas de Hamán” (relacionado con la historia de Esther), y que aparecía al lado. La reacción de la mujer fue lo que más me intrigó: ¡me miró como si yo fuera un espía de la Inquisición! Empezó a contradecirme, dijo que no, que también se hacían orejas en el norte de Italia, que la repostería y la panadería tenían influencias de todo el mundo. Que ella no era judía, ni su madre, aunque hacía un “mazapán” sin levadura... (La palabra "mazapán" se usa en León para referirse a una especie de bizcocho, y proviene de matzá-pan; matzá es la palabra hebrea utilizada para nombrar el pan ácimo o sin levadura). “Pero por qué tiene esos panes y dulces judíos ahí”, le pregunto... “Están sólo de exposición, no se venden”... Y continuó con el mismo tono: “Supuestamente estamos en el barrio judío, por el nombre de las calles, los soportales... Ahí al lado está la iglesia de San Miguel, que dicen que era una sinagoga, y la calle de Jerusalén, pero...”

Leí entonces en la pared un texto sobre los “nuevos cristianos”, copiado de no sé qué libro, en el que se comparaba el proceso de siembra del trigo hasta la elaboración del pan, con el proceso de conversión cristiana, y acababa la alegoría explicando cómo los que habían nacido fuera del bautismo debían someterse a trituración, ser molidos para formar parte de la masa del Cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia, cuyo fermento o levadura era la fe. No entendía nada. ¿A santo de qué colocaba toda esta literatura por la pared y el escaparate de la tienda? ¿Era una conversa renegada, llena de contradicciones? ¿O criptojudía y aquello una forma sutil de protesta?

Al día siguiente volví, después de enterarme por la página de internet de la panadería (http://www.atroia.com/) que vendía pastas de hibisco, de jazmín, rosa, tomillo...Le pregunté qué pastas me aconsejaba, si la de jazmín, la de pétalos de rosa... A mí esas no me gustan, me dijo sin más miramientos. La de semillas de amapola, sí. Me puso cien gramos, me cobró una barbaridad y cuando yo le comenté que la elaboración de estas pastas sería fruto de una larga tradición, ella, de modo taxativo, me dijo que las había inventado ella... Que no iba a contarme una película para quedar bien, que ésa era la verdad... Y que si buscaba repostería “hebraica” la podía encontrar en Ribadavia...

Observé la bolsita de papel, en que me sirvió las pastas, y en ella no aparecía ni el nombre de la panadería ni dirección alguna, pero por arriba había una cenefa en cuyo centro se veía una extraña cruz echa con dos cuadrados cruzados. Pero si uno se fijaba bien, podía ver las puntas de una cruz de David doble, entremezclada en el interior de un cuadrado. Por debajo figuraba otro motivo que a primera vista parecían espigas alineadas, pero que en realidad eran “menorás”, candelabros de siete brazos...

Pienso ahora que esta extraña reacción refleja muy bien la paranoia de los conversos, que este modo de hablar y de comportarse es fruto de una larga tradición de ocultamientos, miedos, prevenciones y contradicciones. Lo inquietante es comprobar que hoy, después de tantos siglos, alguien pueda seguir comportándose como en el siglo XVI, cuando el manifestar los orígenes judíos se supone que ya no comporta peligro alguno. ¿O quizás sí? Al hablar con esta mujer comprendí de golpe la compleja psicología del converso. Afirmar y negar a la vez, ser y no ser, aceptar y rechazar... Esto es lógica y mentalmente imposible, pero muy posible en la vida, en los sentimientos, en el modo de comportarse y de hablar.

Comprobé luego que la iglesia de San Miguel de al lado, en efecto, se asentaba sobre una antigua sinagoga, porque su orientación norte-sur no podía tener otro origen. También me gustó ver plantado un olivo en medio de la Ruela de Jerusalén. O los dos agujeros donde estuvo una “mesusá” en la jamba derecha de granito de una casa, tapados con un taco de madera. Y la Rúa de los Bautizados...

Huellas de una presencia de más de dos mil años que aún hoy se pueden descubrir por los rincones más insospechados e insólitos de nuestra geografía. No sólo en las grandes ciudades, sino en pueblos perdidos, como Peranzanes y Guímara, en los Ancares leoneses, donde el gremio de vendedores ambulantes (trajineros, albarderos, guarnicioneros, arrieros...) de origen judío, hasta tenía una jerga particular, el burón...

miércoles, 20 de mayo de 2009

LA VUELTA DEL SEFARDÍ

(Imágenes: Dan Kofler)



Hace unos meses, a través de Dan Kofler, conocí a un sefardí toledano que me contó cómo había vuelto al judaísmo después de casi cinco siglos. Es una historia entrañable, que expresa cómo el legado judío sigue vivo en la antigua Sefarad, a pesar del tiempo. Ahora vive en un kibbutz en Israel.

Vivía yo en España, en Toledo, ejerciendo mi profesión de abogado. Residía en una casa de piedra, en el barrio judío de la ciudad, que era muy antigua, heredada de mis abuelos, que tenía un sótano, una cueva donde nunca, de niño, me habían permitido entrar. Un día me dejé llevar por un extraño impulso y bajé a la cueva, donde se guardaban objetos antiguos, tinajas de vino, herramientas antiguas, algún mueble roto... Encendí la bombilla y miré alrededor; la estancia era pequeña, pero muy acogedora, cálida, con una temperatura muy agradable. No sé cómo, pero me dirigí hacia una piedra que sobresalía, el sillar de un arco. Encima, metido entre una ranura, cubierto de polvo, confundido con el color de la piedra, apareció un pergamino. Lo cogí muy emocionado y me di cuenta de que estaba escrito en árabe o hebreo. Como yo no sabía lo que allí ponía fue corriendo a preguntarle a un cura, que me remitió a un guía turístico que sabía leer hebreo. Le presenté el escrito y él me dijo que era de un tal Rabí Abraham Toledano. ¿Y qué dice? Pues escribe que deja esta carta para que las generaciones futuras sepan que allí vivió un judío que, pese a todas las persecuciones, ha permanecido fiel a su fe, y que sus descendientes deben ir con la cabeza muy alta, porque él ha seguido creyendo el Dios de sus antepasados. Me quedé sobrecogido. Después de varios siglos, yo conocía mi origen judío... Y así llegué hasta aquí. Me convertí, me circuncidé, y aquí vivo feliz, sin echar de menos mi buena vida de abogado en Toledo, aunque me gusta volver de vez en cuando, porque allí también están mis orígenes.

sábado, 14 de febrero de 2009

SER ALGUIEN

(Foto: K.Badillo)

Un niño de siete años. Le llevan a un psiquiatra para tratarlo de un posible trastorno de hiperactividad. Tienen una entrevista. La madre está muy preocupada por las malas notas, su falta de atención, su rebeldía... En la conversación surge la frase: "...para que el día de mañana seas alguien". El niño replica al psiquiatra: "Yo ya soy alguien". Lo dice sorprendido de que alguien dude de que él es alguien. No me invento esta anécdota. Me la ha contado alguien que estuvo presente.

Casi al mismo tiempo me envía mi amigo Rafael Gordon un vídeo. Se explica en él cómo nuestra educación se basa en una aberración: la de querer convertirnos a todos en profesores universitarios. Ser profesor universitario es ser alguien en la vida...

La escuela es hoy un lugar de domesticación y anulación de la personalidad. Se dirige sólo a la cabeza y desprecia al cuerpo. Ignora la singularidad y destruye la creatividad. Pero esta anulación se inicia en la familia y cuando el niño no se doblega fácilmente, ahí llegan los psiquiatras.

Siento una enorme pena por los niños de hoy: están condenados a la infelicidad. Yo tuve una escuela parecida, pero viví en un pueblo y allí pude correr, saltar, gritar, explorar el mundo, recorrer kilómetros alrededor de monte, pisar campos, bosques, arroyos y charcas. Pude ser alguien antes de que nadie me lo pusiera en duda.

Pero mucho mejor que yo lo explica este vídeo:
http://video.google.es/videoplay?docid=-9133846744370459335
No te lo pierdas, de verdad.

lunes, 2 de febrero de 2009

COPOS DE NIEVE QUE UN PAJARILLO PICOTEA

(Foto: K.Badillo)

Me levanto. Subo la persiana: caen grandes copos de nieve. El viento los zarandea, formando cortinas que se entrelazan. Puntos de luz condensada que hacen un corto viaje, caen a tierra y se disuelven lentamente.

Algo, la fuerza de la vida, atrae la energía que atraviesa en todas direcciones el universo, forma un conglomerado de átomos y ahí queda atrapado ese pequeño haz de conciencia que somos.
Un breve viaje, antes de desaparecer en la nada, en el mar de la conciencia cósmica, sea lo que sea, nos permite vislumbrar el todo, disfrutar de abismales y deslumbrantes visiones. Cuando digo visiones me refiero a todo lo que el cuerpo, como totalidad unificada, puede percibir y sentir, más que a imágenes visuales.

El joven Spinoza se propuso “investigar si existía algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema”. Creyó encontrarlo en “el conocimiento de Dios”, o sea, “el conocimiento de la unión que la mente tiene con toda la naturaleza”. Deus sive natura.

Hace frío. Recuerdo los inviernos de mi infancia. Me veo detrás de unos cristales: la nieve se acumula en la barandilla de hierro de mi balcón. Los pardales, ateridos, se refugian debajo de las tejas. Una lavandera revolotea delante de mi ventana. La abro de par en par y el pajarillo se cuela dentro. Se posa encima de un aparador y agita su larga cola de arriba abajo. Esparzo unas migas de pan y cierro la puerta, despacio. Miro por la rendija de la cerradura y veo a la pajarita, después de un breve titubeo, picotear encima de la mesa camilla. Camina, adelantando una pata cada vez; no da saltitos, como los gorriones.

Mi mente es el copo de nieve que va por el aire y la pajarita que picotea la miga, ese otro copo que mi mano infantil esparció sobre la mesa.

lunes, 1 de diciembre de 2008

ALGO SOBRE EL JUDAÍSMO HISPANO

(Foto: S. Trancón)

Confieso que cada día me apasiona más el tema del judaísmo hispano. La historia que hemos aprendido en el bachillerato es una perversa inducción a la anorexia mental, o sea, que promueve la amnesia de lo que históricamente hemos sido.

Como viajero curioso, en mi veraniego paseo por tierras leridanas descubrí hace dos años el nombre de tres pueblos que llamaron mi atención: Torá, Osso de Sió y Guimera. Cada día aparecen restos de nuevas aljamas o juderías en nuestro país. Hasta en mi pueblo, Valderas, me acabo de enterar que existió un aljama con sinagoga. Por eso no me ha extrañado que estos tres nombres todavía no figuren en la lista de posibles juderías olvidadas.

El nombre de Torá parece claro que se refiere a la Torá judía, el texto sagrado sobre el que se asienta el judaísmo. El pueblo me llamó mucho la atención. Mantiene un casco antiguo lleno de arcos, calles estrechas y laberintos, a pesar de tener poco más de trescientos habitantes. Al contrario de todos los pueblos de la zona, no está enclavado en lo alto de un cerro, sino al fondo de un pequeño valle, rodado de altas montañas, como camuflado en el paisaje. Las callejuelas dan a una plaza donde mana una fuente, con un gran pilón que servía de lavadero, y unos castaños altísimos, robustos y frondosos alrededor. En dos puntos distintos se pueden leer estas inscripciones: “Plaza de la República, 1931-1939”, y “En recuerdo de la visita de Alfonso XIII en 1907 con motivo de la gran inundación”. Yo no sé cómo cayó por aquellos inhóspitos contornos Alfonso XIII, pero su visita, que debió impresionar a los vecinos, no dejó huella suficiente como para impedir el activo republicanismo de toda la zona. Por un castillo cercano, el de Vicfred, pasaron también y durmieron Felipe V, el borbónico Carlos de las guerras carlistas y hasta el fugaz Amadeo de Saboya, camino del exilio, aunque más bien se iba para su casa.

No visité el pueblo de Osso de Sió, pero Sió no puede referirse, creo yo, más que a Sión, la tierra prometida del sionismo. Y Guimera, otro pueblo sorprendente, igualmente laberíntico, lleno de casas con intricadas cuevas en su interior, ocultas en las profundidades de la ladera rocosa, pienso que se relaciona con la Guemerá, otro libro judío que, junto con la Mishná dará lugar al Talmud, otro de los fundamentos del judaísmo.

El judaísmo alcanzó su edad de oro en Sefarad, España, entre los siglos X y XIII. Todo lo que aquí dejó todavía no ha sido reconocido y permanece en gran parte ignorado y activamente silenciado. A mí me parece un olvido tan empobrecedor que no quiero pasarme ni un día más sin intentar repararlo. Ya sé, por ejemplo, que en mi tierra, León, vivió el gran Moisés de León, que escribió uno de los tratados de la Cábala más importantes, el Zóhar (el Resplandor), libro, por desgracia, prácticamente inaccesible. O curiosidades, como una relacionada con los nombres de Dios, a que hice referencia en una entrada anterior. Los judíos no podían (ni pueden) pronunciar el nombre de Dios, pero una vez al año, el Día de la Expiación, creo que el sumo sacerdote, cuando aún existía el templo de Salomón, podía entonar los 72 nombres secretos de Yahvé, pero para que el pueblo no lo oyera, se hacía un gran ruido alrededor del templo con cacerolas y escudos. Decían que de este modo ayudaban a Dios a crear otros mundos.

viernes, 31 de octubre de 2008

CULEBRA, GOLONDRINA, RANA

(Foto: S. Trancón)
El Dalmau. Dos de agosto. He visto un jabalí, una raposa, una gineta, un halcón, una abubilla, una culebra, sapos, una ranita verde de San Antón, golondrinas, arañas, escarabajos, cuervos, pardales. Necesito rodearme de vez en cuando de todo esto. Una vida totalmente urbana me asfixia.

Otro día me acerqué al atardecer a un santuario prehistórico, oculto entre robles. Es el dolmen más grande que he visto nunca. Me sobrecogió. El cielo estaba poblado de voladores, manchas negras que revoloteaban por encima de mi cabeza. Supe que allí no se puede ir desprotegido, que hay que prepararse antes para que no te atrape eso que todavía se oculta allí.

Tomar contacto con la vida no humana, la de la naturaleza, la de los animales, pájaros e insectos, y con la vida humana primitiva, la presencia todavía vibrante de esos hombres antiguos que levantaron piedras ciclópeas en lugares de poder, es algo que me desintoxica de la artificialidad del mundo urbano, un mundo totalmente construido.
Algo que necesito no sólo para vivir, sino para sobrevivir.

Ha habido una tormenta y todo huele a verdor, a tierra mojada y aromas vegetales. Brillan las hojas, intensificando el verde, el esplendor del verde. Llega la noche, y apenas oscurece, una rana empieza a croar dulcemente, como un cuclillo de agua, cú, cú, cú…, sobre el fondo del canto de los grillos.

He visto nadar sobre el estanque una culebra. ¡Qué elegancia, qué suavidad, que deslizamiento más sinuoso y sigiloso, la diminuta cabeza ligeramente levantada! Deja sobre la superficie del agua unas ondulaciones casi vaporosas, que pronto se desvanecen.

Observo el vuelo rasante de las golondrinas. Bajan, aletean y hunden levemente su pico en el estanque. Rasgan la seda del agua y beben una gota que se llevan en su pico. ¡Qué precisión! Con qué exactitud clavan la punta de su pico en el agua que refleja su vuelo, el espejo en que se besan. No se mojan las alas, no chocan contra la superficie tersa y brillante.

La perfecta inmovilidad de las ranas flotando en medio del estanque. Asoman la mitad de su cabeza, las patas traseras abiertas, los dedos estirados. Pueden pasar horas enteras en esa inmovilidad, pero si perciben un leve ruido o movimiento a su alrededor, se hunden en un instante hasta el fondo turbio del agua, donde se camuflan. Un movimiento prodigiosamente rápido y preciso.

Me traslado, me adentro, dejo mi mente de lado para ser culebra, golondrina, rana, un instante. Para dejar de ser humano, al menos por un instante.

domingo, 26 de octubre de 2008

LA SOMBRA DEL JABALÍ

(Foto: S. Trancón)



En el verano del 2006 pasé unos días perdido en una masía del Solsonés. Era la casa del “masové”. Al lado de una huerta, entre rocas, había un estanque redondo que recogía el agua de una fuente. De noche cantaban las ranas con una croar tan potente que parecía salido de la garganta de un dinosaurio. Aquel extraño rugir, en medio de la noche oscurísima, venía de lo más profundo del pasado y me llevaba a un mundo primigenio, una era anterior al hombre.
Una noche aquel concierto del cretácico cesó de repente. Me quedé quieto entre las sombras gigantes y lúgubres de los árboles. Oí un resoplido ronco y prolongado, seguido de suaves gruñidos. Crujieron unas ramas y hojas secas. Los pasos se hicieron más sigilosos, pero cada vez se oían más cerca de mí. Vencí el impulso de escapar corriendo hacia la masía y me dispuse a encarar aquello, fuera lo que fuera. El silencio se hizo interminable. Volvió poco a poco el coro de ranas, al principio alternando pequeños gorjeos, luego con una furia ensordecedora, como en la tragedia griega hacían las Gorgonas y las Erinias.
Me creí libre del peligro, pero en cuando me dí la vuelta para regresar, al girar mis ojos, que iban barriendo la negrura que me rodeaba, me deslumbró un pequeño resplandor. Fijé la vista, como abriendo un agujero en la noche, y dos ojos rojizos quedaron enganchados a los míos. Un feroz gruñido y un retumbar el suelo como si se iniciara un terremoto, fue lo último que recuerdo.

El impresionante jabalí me dio un cabezazo en el estómago y me lanzó a un lado. Caí entre unas zarzas y por fortuna no me rompí ni un hueso. Hasta mi bazo quedó intacto. Eso sí, el moratón me llegaba hasta el pecho. ¿Qué ocurrió? Pues de modo inesperado, en una milésima de segundo, oí una voz que surgía de mi interior, y sin palabras me dijo: abandónate, no opongas ninguna resistencia.
Volé como un espantapájaros y lo vi todo desde el aire. El jabalí, con todas sus cerdas erizadas, como púas, siguió su trote hasta perderse entre los arbustos.
Siempre he sido un poco temerario. De pequeño me gustaba salir al bosque en medio de la noche para retar a las monstruosas sombras que me salían al camino. Me gustaba sentir pavor, pero dominarlo. Si algún día esas figuras me dejaban tranquilo y el paseo nocturno acababa sin sobresaltos ni visiones de ningún tipo, volvía desilusionado.


P.D. Otro día contaré cómo me pasé una tarde absorto, mirando el agua verdeclara del estanque, contemplando a una culebra, a las ranas y sapos y a las golondrinas que volaban rasgando levemente la seda del agua con su pico.

domingo, 12 de octubre de 2008

ESCRIBIR LOS SUEÑOS

(Foto: S.Trancón)
Desde Freud y Jung, los sueños han pasado, de ser sólo sueños, a convertirse en fuente de autoconocimiento, de inspiración artística y de investigación científica. Incluso en una puerta de entrada hacia lo desconocido, recuperando la larga tradición del sueño como origen de revelaciones, premoniciones, augurios y vaticinios.

Como los sueños son volátiles, y apenas se prenden a nuestra conciencia ordinaria por un hilo muy frágil, lo que yo hago es escribirlos cuanto antes. Sólo de vez en cuando, claro, cuando un sueño me sorprende por su viveza o extrañeza.

De los sueños me interesa más su relación con el presente que con el pasado o el futuro. Más que regresión o proyección, creo que son prospección, introspección. Y antes que su contenido, es el estado emocional en que nos sumerge lo que más me atrae.

Para entenderlos (más que para interpretarlos), uno debe saber que en ese estado de conciencia nocturna, la mente funciona con metáforas y metonimias. La metáfora es asociación por semejanza, condensación; la metonimia, sustitución por contigüidad. El proceso de asociación y sustitución metafórica y metonímica es, por su propia naturaleza, ilimitado, así que es inútil buscar la primera piedra filosofal, inicial o nuclear. Lo importante es descubrir la fuerza, el impulso emocional, el deseo que recorre la cadena de las imágenes y situaciones oníricas.

Me encuentro en una especie de corral. Veo puertas hechas con rejas de madera que al abrirse y cerrarse me van metiendo por un laberinto, un camino del que es muy difícil salir. Voy adentrándome y de pronto tropiezo con una de esas puertas, me caigo y toda la estructura del laberinto se viene abajo. Me enredo, intento salir y todo queda destrozado. Me siento culpable del desastre y empiezo a reconstruirlo todo. Lo hago con mucha paciencia. F. J. aparece por allí, se sorprende y se ríe con un gesto de desprecio al verme realizar una tarea tan humillante. Yo prosigo sin sentirme para nada ofendido ni avergonzado. Me concentro en el trabajo y me despierto.

Corral-laberinto-atravesar puertas-tropezar-algo que se viene abajo-levantarse-reconstruir. Es una pequeña historia que reproduce, metafórica y metonímicamente, miles de historias, de situaciones por las que todos pasamos. La vida es frágil y laberíntica, y en cualquier momento todo se nos puede venir abajo. Para levantarse, iniciar una nueva aventura, un nuevo proyecto, es preciso no hacer caso de la mirada o censura de los otros, los F. J. de mi sueño.

P.D. Escribir es siempre escribir sueños. La lógica de la literatura es la lógica del sueño: una cadena ilimitada de metáforas y metonimias para expresar el deseo, el impulso, el intento, la fuerza inagotable de la vida.

miércoles, 1 de octubre de 2008

PRESENCIA DE LO EXTRAORDINARIO

(Foto:S.Trancón)
Estamos rodeados de lo extraordinario. Lo que sucede es que no tenemos capacidad para prestarle atención y descubrirlo. A veces, sin embargo, algo nos saca de nuestra rutina interpretativa y nos obliga a aceptar hechos energéticos que están siempre ahí, aunque no los veamos ni sintamos en nuestro estado habitual de conciencia. Uno de esos hechos es nuestra propia configuración energética. La noche del 11 de agosto del 2004 tuve una experiencia “no ordinaria”, o de “conciencia de ensueño”, que quiero contar. Me refiero al hecho de que somos un conglomerado energético: campos, ondas y partículas de energía pura encerrada en una especie de burbuja, cuyo centro, más denso, constituye nuestro cuerpo. Reproduzco lo que entonces escribí.

Sentí, al poco de acostarme, que una extraña presencia me llamaba con golpes fuertes que retumbaban a mi lado. Golpes sobre una puerta de madera…, pero no había puerta, sino una barrera espesa e invisible. Golpeaba con urgencia para que la dejara pasar. Yo no veía nada, pero sentía cerca de mí algo oscuro y amenazante que me paralizaba. Ante el miedo, casi terror, de que eso que estaba ahí, tan cerca, acabara traspasando esa puerta o pared, sentí cómo mi cuerpo se transformaba en una masa de energía. Todo mi ser era un conglomerado de partículas vibrantes, que, ante la amenaza, habían tomado conciencia de que formaban un campo cerrado. Quedé convertido en una masa densa de energía chisporroteante, ardiente, que tenía una formal oval, dentro de la cual se concentraba una gran cantidad de energía y calor. Estaba tumbado sobre la cama, pero mi cuerpo, transformado en una burbuja flotante, no tenía peso. Volví a sentir la presencia oscura, oí sus golpes profundos resonando por todo mi interior, llamando con apremio. Me encerré aún más en aquella cáscara de energía, hasta que me desperté del todo. Mi cuerpo desprendía una ola hirviente de calor, una especie de niebla vibratoria, que me rodeaba por todos los lados. Los límites de mi ser no eran los límites de mi cuerpo, sino que se extendían más allá, medio metro a mi alrededor. No estaba encerrado en mi piel, no era sólo un cuerpo físico, atrapado por la gravedad, sino un conglomerado energético, una masa de energía compacta capaz de hacerse consciente de sí misma. Agradecí a aquella extraña presencia que me hubiera permitido experimentar por primera vez en mi vida que somos esferas luminosas que contienen una energía poderosa, intensa, vibrante, capaz de desplazarse por el mundo, conocer la existencia de otros seres y entrar en contacto con ellos para incrementar su conciencia. Comprendí que no sucumbir ante el miedo y el pánico puede abrir nuestro cuerpo al conocimiento silencioso, a la experiencia y la percepción de hechos que, una vez corroborados, ya no se pueden negar. Que nuestro mundo ordinario está separado de lo extraordinario por una sutil barrera que nos protege de su impacto -capaz de destruir nuestra frágil envoltura-, pero que podemos también resistir ante el pavor y recibir, en cambio, una oleada de energía que rompe la fijeza de nuestra conciencia y cambia nuestra percepción.

sábado, 30 de agosto de 2008

DESDE MONTÁNCHEZ



Estoy en Montánchez, un pueblo de Cáceres, donde coordino un Festival llamado “Encuentros en Montánchez. Diálogo de Culturas”. No hablaría de él si no fuera por lo singular de esta experiencia, de la que podría contar y escribir mil historias. Hoy sólo voy a referirme rápidamente a una (en este Festival hay actividades desde las doce de la mañana a las dos de la madrugada, y no tengo un minuto desocupado) por su capacidad de sugerencia y estímulo imaginativo.

El día de la inauguración, el pasado 27, elevamos sobre las almenas de un imponente castillo un luna gigante, que lentamente, en medio de la noche, y con una música especialmente compuesta para el momento por el artista Alwin van der Linder, fue apareciendo entre las altivas piedras milenarias, hasta quedar suspendida en el cielo. El aire la balanceaba y parecía danzar sobre el fondo estrellado. Fue algo inolvidable para todo el pueblo de Montánchez que abarrotaba el castillo. Se trataba, desde el punto de vista simbólico, de jugar con “el reto de la imposibilidad”. Pedir la luna es un imposible, posible: allí estaba. Una luna llena que confundía a cualquier visitante y que podía ser percibida desde más de treinta pueblos a la redonda. Por un lado, la luna en cuarto menguante; por otro, una hermosa y brillante luna llena coronando las torres de un castillo. Lo más extraordinario es que, por un fallo de construcción de la gran esfera (venida desde China, hay que decirlo), a eso de las tres de la mañana, y ante la vista de los más transnochadores, la luna acabó elevándose y perdiéndose en el infinito, libre, aventurera. ¿A dónde se ha ido?
Pues no ha querido abandonar Montánchez del todo, y ya hay quien la ha visto merodeando por la sierra, dispuesta a regresar. Nuestro próximo espectáculo, para la inauguración de los próximos Encuentros (finales de agosto del 2009) ya tiene nombre: EL RETORNO DE LA LUNA. No os lo perdáis.