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lunes, 21 de diciembre de 2009

ALBORADA DE LA NIEVE


El cielo es azul... ¡y blanco!
Se derrama con suave lentitud.
Poco a poco -copo a copo, capa a capa-
cubre el asfalto, el tejado, el árbol, la roca.
La hierba y el verde musgo:
suavidad sobre suavidad.







Lo duro se vuelve blando,
lo punzante y áspero,
murmullo de plumas y algodón.
El cielo se derrama, vacía su ser
para que yo lo vea, para que mis ojos
contemplen otra luz, el resplandor
de la luz que se hace nieve.

Cuántas horas pasé, de niño,
absorto tras los cristales contemplando
ese silencioso y pálido crepitar
de pétalos de amapola blanca,
cómo caían blandamente
sobre las alas del gorrión,
un aterido petirrojo refugiado
en el alero de mi ventana.

Es la hora del sosiego, del remanso,
el alborozo de la alborada,
el advenimiento de la nieve
con su júbilo callado.

Cómo no gozar con este deleite, el sueño
de un reposo que tanto se parece a la muerte.
Por un momento todo se cubre
con una lívida quietud y nos recuerda
el anhelo, la nostalgia del ser que busca
la continuidad, el manto en que todo se diluye
y desmorona,
como un copo en la mano de un niño.

¡FELIZ SOLSTICIO DE INVIERNO!


martes, 15 de diciembre de 2009

¿ESTÁN MATANDO A CATALUÑA?



Ha dicho Joan Laporta en El País:
“Cataluña se está muriendo, la están matando y tenemos que reaccionar”.
“Rechazamos el trato que el Estado da a Cataluña. Es una humillación inaceptable para los catalanes”.
“Ningún catalán puede aceptar el expolio fiscal que sufrimos ni los ataques a los derechos y libertades de Cataluña desde el secuestro del Estatuto”.
“No me cabe en la cabeza que alguien vote en contra ( de la independencia de Cataluña). Es incontestable que nos conviene un Estado para mejorar la calidad del país”.
“Nos están estrangulando económicamente. Es una vergüenza lo que hemos tardado en tener el AVE”.
“Hay tantos agravios, intolerancia y agresividad y humillaciones, que ha llegado el momento de expresarnos”.

Hacía mucho tiempo que no oía mayor cúmulo de tonterías, engaños y provocaciones. Vale la pena analizar este discurso, enormemente tóxico, insultante y agresivo. Como pieza retórica del nacionalcatalanismo es muy ilustrativa. Veamos algunos de sus recursos “literarios”:

1) Apelación a abstracciones cargadas de emocionalidad bélica: Cataluña, Estado, libertades, derechos, país, independencia...
2) Uso de sustantivos y verbos que despiertan reacciones automáticas de rechazo y autodefensa: matar, humillación, agravios, expolio, ataques, estrangular, sufrir, defender...
3) Polarización categórica excluyente: Cataluña/Estado español.
4) Generalización y personificación del discurso: ningún catalán, los catalanes, nos están estrangulando...

Todo esta retórica no es inocente, sino corrosiva, porque está basada en afirmaciones falsas, gratuitas, que, sin embargo, tendemos a dar por válidas e indiscutibles, aunque sean totalmente inconsistentes. Basta con que pidamos a su autor que concrete y demuestre la verdad de lo que dice, para descubrir que lo único que hay detrás de sus palabras es un sentimiento mezquino de odio, desprecio, engreimiento y amenaza.

¿Quién está matando hoy a Cataluña? ¿Qué Cataluña es esa que se está muriendo? ¿Cuáles son esos agravios, humillaciones, expolios y estrangulamientos? ¡Ah, me olvidaba, lo del AVE!...
Si Cataluña son los catalanes, ¿a qué catalanes hoy se está matando y quiénes son sus asesinos? No se me diga que este lenguaje violento es puramente metafórico, porque no lo es, sino de una agresividad manifiesta y provocativa.

Como el Estado no es más que una abstracción, debo entender que cuando estos nacionalistas hablan así, están refiriéndose necesariamente a todos lo españoles no catalanes, y también a todos los catalanes españoles. Así que todos nosotros somos los que estamos matando, expoliando, estrangulando, humillando, atacando... ¿a quiénes?
Lapota dice: Cataluña soy yo, los catalanes son yo, y yo soy el patriota más valiente... ¿Por qué? Porque me atrevo a decir estas cosas...

Pero vayamos al fondo del asunto: todo este discurso faltón, provocativo, falso, digámoslo sin rodeos, es profunda, viscosamente antidemocrático. No podemos transigir que este personaje diga que no aceptar sus tesis “es una muestra de la falta de cultura democrática del Estado”.
El colmo de la confusión es hacer pasar por democrático lo que no es más que el abuso de una minoría que pretende imponer con todos los medios su fantástica idea de una Cataluña libre e independiente, como si ahora sus ciudadanos no fueran totalmente libres e independientes, igual de libres e independientes que el resto de los españoles y europeos.
¿De qué derechos y libertades están hoy privados los catalanistas, que no los catalanes? ¿Del derecho a decidir? ¿A decidir quiénes y a decidir qué? El único sujeto de esa decisión es el que las leyes democráticas con las que hemos organizado nuestra convivencia, determinan.

¿En qué fundamento democrático se basa una minoría para presionar, amenazar, organizar consultas al margen de las leyes, propagar sentimientos de odio y rechazo, ir creando un ambiente de intolerancia y un sentido de pertenencia excluyente y enfrentado al resto de los españoles? ¿Es democrático manipular los sentimientos de pertenencia con coacciones, mentiras, una propaganda tan avasalladora como falsa, cargada de sentimientos irracionales?

Decir hoy que el Estado (los españoles) está matando a Cataluña (los catalanes), no es un simple ejercicio de libertad de expresión, sino una acusación repulsivamente antidemocrática, porque socava los fundamentos del orden democrático que nos hace a todos iguales.

No debemos dejar pasar este lenguaje, este discurso, este tipo de gestos sin sacar a la luz la basura ideológica e irracional que encierran, alimentan y propagan. En este caso, la del nacionalcatalanismo dominante.

domingo, 6 de diciembre de 2009

EL INSULTO

(Foto: Luis Llavori)
Hay muchas formas de agredir a otro verbalmente: mediante la infamia, la calumnia, el rumor, la mentira, la insinuación, la sospecha, la amenaza... Y, por supuesto, de forma directa mediante el insulto. No siempre el insulto es lo más hiriente y pernicioso, pero sí lo más evidente y rechazable.

He dicho en mi anterior entrada que España es el lugar donde más se ofende verbalmente, donde la violencia verbal adquiere dimensiones alarmantes. No conozco suficientemente otras lenguas y países como para dar validez científica a esta hipótesis posiblemente hiperbólica. Pero, “dejando aun aparte, cielos”, el peligro de exagerar para mejor convencer, he aquí un principio que creo válido: toda guerra comienza siendo una guerra de palabras, toda agresión física empieza con una agresión verbal.
También es cierto que la violencia verbal puede ayudar a contener la agresión física, pero es mucho más frecuente lo contrario: una agresión lleva a otra.

El insulto es una palabra de ésas que, más que decir o enunciar, hacen, actúan, realizan algo. El insulto tiene un efecto que los lingüistas (la pragmática) llaman “ilocutivo” y “perlocutivo”. Lo que el insulto busca es ofender, degradar, menospreciar, cambiar la imagen del otro, humillarlo, provocar un rechazo de los otros contra él. Hay que destacar estos aspectos pragmáticos del insulto, porque son su esencia, más que el contenido semántico (ilocutivo) del insulto, que puede variar hasta el infinito.

Sí tiene interés el “fondo” del que extraemos los insultos: todo lo que tiene que ver con lo sucio o excremental, la fisiología y el comportamiento sexual, la falta de inteligencia y valor, el bajo estatus social, el origen y los progenitores, los defectos físicos, las comparaciones animales.
La enorme variedad de insultos se podrían almacenar en tres grandes “contenedores” o “caladeros”: la degradación de la fisiología, la falta de inteligencia, la bajeza de los orígenes.

Entre los políticos abunda el insulto referido a la falta de inteligencia, la bajeza moral, las conductas socialmente rechazables, la mentira y los orígenes y filiaciones ideológicas y políticas.

La política en España ( es posible que también en otros países) parece haber llegado a la conclusión de que no hay mejor arma contra el contrincante que el insulto, velado y cada vez más explícito. La intención es clara: desprestigiar, degradar al otro como sea. Es una política personalista, siempre ad hominem. Por eso nos parece siempre cainita.

Las personas sustituyen a los hechos, el insulto a las ideas, el exabrupto a la persuasión y la argumentación. El insulto busca, al mismo tiempo, la adhesión incondicional, el trasladar y despertar los sentimientos de odio y rechazo, provocando una identificación con el agresor y una degradación del agredido.

Naturalmente, esta forma de “hacer política” no sería posible si la sociedad en su conjunto no estuviera enganchada a ese mismo modo de proceder, de actuar frente a los otros. Es más importante, como dijo Unamuno, vencer que convencer, “obligar a admitir”, que “adquirir razón”.

Un modo frecuente de proceder es dar por hecho que quien insulta es porque tiene una buena razón para hacerlo, quien se atreve a insultar es porque lo que dice es verdad. Al atrevimiento del insulto se le otorga un plus de valor y verdad.

Con todo lo dicho no quiero menospreciar los hechos frente a las palabras. No es mejor la flema inglesa que nuestra exhuberancia verbal. Se puede ser muy comedido en las palabras y un criminal en los hechos. No somos más crueles, digamos, que los ingleses o los suecos. Hablo de otra cosa.
Hablo de que nuestra violencia verbal es un camino perversamente equivocado para organizar y canalizar la discrepancia, los diversidad de intereses, modos de pensar, de sentir y de vivir, propios de una sociedad moderna. Hablo de que el insulto impide pensar, escuchar, abrirse a los otros y entender sus puntos de vista y sus problemas. Hablo...

Sí, también el insulto es un deshago, una forma de compensación simbólica frente al abuso, la injusticia, la humillación... Lo malo es cuando alguien se aprovecha de esta rabia natural para llevarnos a su corral, para hacer que coreemos sus insultos y aplaudamos sus bravuconadas.