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miércoles, 29 de noviembre de 2017

UN POCO DE NADA


(Foto: S. Trancón)

Tirar piedrecitas a un lago y ver cómo las ondas forman círculos que poco a poco mueren en el agua. Igual que un pez que pica el anzuelo y hunde un instante el corcho flotante. Pequeños fenómenos, efímeras perturbaciones sobre la superficie líquida que tiende a la quietud. Para contemplar el mundo, para no confundir las pequeñas olas con un tsunami, hemos de tomar nuestros actos como lo que son, apenas la piedrecita que un niño arroja sobre la superficie del mundo, que tiende a la inmovilidad. Cuanto más nos alejamos de lo inmediato, cuanto más nos elevamos sobre la rugosidad y aspereza de las cosas, más ridículas resultan nuestras hazañas cotidianas, la importancia que les damos y la importancia que nos damos a nosotros mismos. 

La comparación del lago no es hoy muy apropiada, porque a punto estamos de ver que los lagos de antes ya sólo son hoy charcas pestilentes. En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño. Con qué asombrosa rapidez cambia todo para mal. Es la paradoja de lo inmóvil, que se transforma a nuestra vista sin que lo podamos ver. Y es frente a eso, frente a lo imparable, ante lo que nuestros actos resultan tan insignificantes. ¿Consuelo de tontos? No, aceptación de sabios. 

Comenté el otro día, paseando con Antonio Colinas por la plaza Mayor de Salamanca, esa asombrosa laguna plateresca, cómo poco a poco había ido desapareciendo todo lo que dio consistencia a nuestra infancia. ¿Cuánto tiempo hace que no oímos croar a una rana en una laguna donde picotea una cigüeña?, le comenté. ¡Silencio, ranas, que está la cigüeña en el charco!, nos gritaba un profesor en el Instituto (al que acabamos llamándole el Rana). Para los niños de hoy, ¿qué sentido tendría esa amonestación, si nunca han visto ni oído croar una rana en un charco?

Nada tiene esto que ver con el paso natural del tiempo, sino con la ruina silenciosa de un mundo que dio consistencia a las palabras más entrañables, las visiones más asombrosas, las transformaciones más inesperadas. Toda la sabidurá que un niño puede adquirir tirando una piedra sobre un lago. No es lamento, ni añoranza, ni lucha vana contra una muerte anunciada, sino callada desesperación a la que sólo podemos vencer volviendo a aceptar la insignificacia de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que podemos hacer frente a la descomunal perturbación que está sufriendo hoy la superficie del mundo, de la Tierra, de los cielos y los mares y los lagos y los bosques y las charcas cubiertas de espadañas.

Quiero alejarme hoy de tanto ruido, tanto aspaviento y tanta memez con que la actualidad política nos inunda y absorbe hasta el punto de creer que lo importante es toda esa efímera e insignificante agitación de aguas que en otro tiempo formaron lagos y hoy no son ya más que lodo, fango que se pega a la suela del zapato y apenas nos permite caminar. Cuánto engaño, cuánto aturdimiento, cuánta preocupación inútil, cuánta energía dilapidada, con qué obstinado empeño se afanan quienes, en un acto de suprema fatuidad, quieren cambiar la vida de los demás con un decreto, una declaración, una ley tramposa, un titular. 

Atrapados por la agitación del momento, por la vacuidad de la inmediatez, conviene de vez en cuando volver sobre sí mismo para dejarnos llevar por un poco de nada, de la nada que somos, por más que nos creamos el centro del mundo y que ese centro va allá hacia donde nosotros nos desplazamos. No, el centro del mundo no está ni en Barcelona ni en Bruselas, ni en Moscú ni en Berlín, ni en Madrid ni en Bilbao. Para mí al menos, y durante el tiempo que he dedicado a escribir estas líneas, el centro del mundo ha estado en esa laguna de mi infancia donde croa una rana a la que una zancuda no le ha dado todavía alcance.




viernes, 24 de noviembre de 2017

LA REFORMA ANTICONSTITUCIONAL



El independentismo, con su viscosa ideología nacionalista, ha impregnado los debates y decisiones políticas desde hace décadas, consumiendo un tiempo y unas energías que, aplicadas a mejorar nuestra nación, hubieran dado unos resultados espectaculares. Creo que tenemos una capacidad creativa, emprendedora y organizativa extraordinarias, que, por culpa de una minoría privilegiada, egoísta y corrupta, ha sido sistemáticamente despreciada y desaprovechada. El Estado, ni ha estimulado ni ha dado la suficiente seguridad (no sólo jurídica, sino institucional, política y colectiva) como para que ese impulso social se orientara hacia una mejora de la colaboración, el bienestar y el progreso.

En lugar de afianzar los vínculos económicos, sociales y culturales entre todos los españoles, avanzando hacia un equlibrio territorial y una mayor igualdad, el modelo autonómico ha introducido un elemento profundamente disgregador y reaccionario en el proceso de desarrollo de un Estado moderno, más justo y equitativo. Quienes atribuyen nuestros avances económicos y sociales a la existencia de las Autonomías, no sólo dejan de lado el despilfarro y las difunciones que ese modelo ha provocado, sino que no tienen en cuenta una pregunta que no podemos obviar: qué hubiera ocurrido si en lugar de las Autonomías hubiéramos impulsado un Estado distinto, descentralizado en la gestión, pero bien organizado y unificado, con normas y competencias claras que hubieran frenado toda tentación nacionalista.

Existe una gran incoherencia entre quienes defienden las bondades de nuestro sistema autonómico, al mismo tiempo que claman por reformarlo y transformarlo en otro muy distinto, al que llaman federal para no llamarlo confederal o plurinacional, que supondría la desmembración de España y del Estado democrático que la sostiene. Cualquier reforma de la Constitución sólo puede tener un sentido: mejorarla como instrumento de integración, no de disgregación. Lo que muchos pretenden, en realidad, es una reforma anticonstitucional, o sea, en contra de la Constitución.

Desgraciadamente, durante los próximos años seguiremos enredados en el debate territorial, que llenará de pringue cualquier discusión racional sobre nuestro modelo de Estado y las necesarias reformas de la Constitución que debieran cerrar la puerta a la actual intepretación de algunos de sus artículos, lo que ha permitido a los secesionistas llegar hasta donde han llegado. Lo peor sería que esta reforma se cerrara en falso, precipitadamente, para contentar a los independentistas, tentación que le ronda a Pedro Sánchez, tan ansioso por llegar a la Moncloa que parece dispuesto a utilizar este reclamo.



F. Sosa Wagner y M. Fuertes, en un excelente artículo titulado “¿Reformas territoriales?”, han alertado ya sobre el tema, señalando el camino a seguir para no cometer errores irremediables. Mucho me temo, sin embargo, que sus sabios consejos caigan como agua en un cesto. Nos dicen, muy acertadamente, que las propuestas de reforma no deben realizarse, ni sólo por juristas y menos por los diputados, sino sobre todo por expertos que atiendan a los problemas diagnosticados y que de verdad se quieran solucionar, lo que supone cuestionar la “eficacia” de la administración autonómica en el cumplimiento de las competencias que el Estado les ha cedido, como las de educación, sanidad, justicia o las ayudas a la dependencia.

Entraremos en un período peligroso en el que el virus nacionalista, con toda su toxicidad, se instalará en el lenguaje de los políticos y pretenderá extenderse a los ciudadanos con el propósito de que acepten como irremediable una claudicación camuflada de consenso, tolerancia y generosidad. Entonces se notará de modo dramático la ausencia de un partido de izquierdas que de verdad defienda a su país, despierte la autoestima y la confianza en nuestras capacidades y recupere el sentimiento nacional de pertenencia, eso que ha renacido estos meses ante los ataques y amenazas de los secesionistas, convertidos ya abiertamente en sediciosos.

Digo un partido de izquierdas que contrarrestre la tendencia autodestructiva de una izquierda antiespañola o filonacionalista, pero también que supla a una derecha que, ante la menor oportunidad, se olvida del interés y el bien común, o sea, del fundamento de la nación, para ponerse del lado de los corruptos, los disgregadores, los nacionalistas con los que está dispuesta a pactar, ya sea para mantener su poder y sus privilegios o para asegurar los negocios comunes.

Nación, Estado y Constitución son inseparables. Mientras la izquierda no lo tenga claro, seguiremos chapoteando en el fango de los nacionalistas, los que continuarán marcando la agenda política, ahora bajo el señuelo de una reforma de la Constitución… ¡anticonstitucional! ¿A qué les suena eso de “elevar el techo competencial”, “blindar competencias”, “bilateralidad”, “soberanía compartida”, o “profundizar en el autogobierno”? Una verdadera reforma constitucional, o sea, a favor de la Constitución, debiera ir en sentido contrario. ¿Y si nos diéramos la oportunidad de comprobar qué efectos produciría una reorganización del Estado en la que las Autonomías dejaran de ser lo que ahora son?




jueves, 16 de noviembre de 2017

BANALIZAR EL SUFRIMIENTO


(Fotos: S. Trancón)

El dolor. El sufrimiento. El abatimiento. La desesperación. La angustia. El desmoronamiento. El miedo. El desgarro. El ahogo. La indefensión. La impotencia. La rabia. El odio. El desánimo. La depresión. La amargura. La humillación. El desprecio. La pobreza. La enfermedad. La desgracia. La pena. 


Sentimientos. ¿Quién puede medir, contar, describir, valorar el sufrimiento diario de los millones de personas que viven a nuestro alrededor? Me refiero al sufrimiento cuyo origen no es el azar, ni el destino, ni el que procede de lo incontrolable de la naturaleza o de nuestra propia fragilidad física, sino al causado por otros seres humanos, que es la mayor fuente de dolor y sufrimiento que padecemos.

La indiferencia, el desprecio, la traición, el engaño, el rechazo, el insulto, el ignorar, borrar o negar las consecuencias de nuestros actos, o sea, todo el dolor que provocan, la cadena imparable de sufrimiento que una decisión u otra puede causar en los demás; tener en cuenta esa variable decisiva que determina el valor de nuestros actos (el grado y la cantidad de sufrimiento que podemos causar a los demás), debería ser un principio siempre presente en nuestra vida, algo que habría de aprenderse a valorar en la escuela, un aprendizaje básico.

La capacidad del ser humano para hacer el mal a otro es casi infinita. Cualquier ser humano es capaz de destruir a otro, de causarle un mal irreparable y, en la misma proporción, encontrar una justificación, una explicación o una excusa para no reconocerlo y menos para pedir perdón y arrepentirse. Sin una prevención constante, poco a poco podemos ir perdiendo la conciencia del mal que causamos, cayendo en una desensibilización progresiva ante el mal y disculpando a quien lo causa.

Me vienen al corazón y a la mente estas reflexiones a propósito de todo lo que estamos viendo y viviendo estos meses en Cataluña, que no es más que el síntoma de algo que ya afecta a toda España. Me refiero a esa dimensión humana de la política, la que tiene en cuenta el sufrimiento que causan los actos y las decisiones políticas, algo tal olvidado, borrado y ausente de todos los comentarios y análisis, no ya de los políticos, sino de la mayoría de tertulianos, periodistas y opinatólogos que parlotean en radios y televisiones.

Hannah Arendt fue la primera que nos alertó sobre ese fenómeno que llamó la “banalización del mal” para advertirnos que no hace falta ser un psicópata, un trastornado o un degenerado para hacer sufrir o destruir a otro ser humano. Que también se puede acostumbrar uno al mal y aprender a convivir con él sin remordimiento ni malestar alguno. Para banalizar el mal lo primero que hay que hacer el banalizar el sufrimiento ajeno.

Quiero destacar esto, precisamente. El cúmulo de sufrimiento y dolor que el proceso independentista catalán ha causado, causa y seguirá causando; la tensión, la desazón, la angustia, la pérdida de energías, el miedo, el desprecio, los innumerables enfrentamientos abiertos y larvados, los insultos, las amenazas, la represión y tumefacción de los sentimientos, la contaminación de las emociones. Todo ese maremagnum invisible e invisibilizado, lo que está provocando es la banalización del sufrimiento, o sea, el acostumbrarnos al mal, a no indentificar y valorar el dolor que causan los políticos y sus decisiones, el no conmovernos ante el sufrimiento y dolor del otro, porque no hay catalán al que, por muy apolítico e irresponsable que sea, al que no le afecte lo que ha sucedido y está sucediendo hoy en Cataluña, pero también al resto de españoles.

Que los responsables directos de todo ello no reconozcan el mal causado, que pretenden borrarlo con una declaración impostada y mendaz ante un juez, es algo que todavía agrava más esa banalización del mal y el sufrimiento. Que nos pidan, además, que transijamos con esa impostura, con esa farsa manifiesta, sin pedir perdón ni arrepentirse, es una subyugación que nadie debiera tolerar. Hablo de responsables directos, y aquí incluyo no sólo a los urdidores y autores y causantes de tanto mal, sino a sus consentidores y colaboradores necesarios.

¿Ponemos nombres? Pues vaya; no sólo los Pujol, Mas, Puigdemont, Junqueras, Forcarell, Jordis, Turull o Cucurull, sino los Colau, Doménech, Fachín, Rufián, Tardá, Soler, Llach… ¡Joder, conocemos a más políticos catalanes que a todos los del resto de España! Pero sigamos: también podemos añadir a esa lista interminable a los Iglesias, Echenique, Iceta, Sánchez… ¿Y Rajoy? Pues sí, y a la cabeza, porque su responsabilidad es tan enorme que casi oscurece a la de todos los demás. ¿Alguno de ellos se ha parado alguna vez, aunque sólo sea un segundo, a pensar en el dolor que causan sus palabras, sus gestos, sus decisiones? ¿En qué medida, proporción y desproporción están contribuyendo a la banalización del sufrimiento?

jueves, 9 de noviembre de 2017

DECIR ES TAMBIEN HACER

(Foto: A.T.Galisteo)

Del dicho al hecho hay un trecho… muy estrecho. El lenguaje es quizás el fenómeno humano más complejo: no sólo encarna el misterio de la conciencia, el paso de la mente al cuerpo, sino que cumple tantas funciones que es muy difícil abarcarlas, analizarlas y relacionarlas entre sí. Porque el lenguaje denota, expresa, señala, revela, oculta, engaña, miente, ordena, impulsa, excita... y todo esto es hacer, que es algo más que decir. Reflexiono sobre la función y el poder del lenguaje a propósito de la extravagante teoría del tancredismo mariano, que ha introducido en el Derecho una distinción insólita: la de que sólo hay delito cuando se producen actos efectivos y probados que puedan ser considerados como tales… ¿Por quién? ¡Por el Gobierno!

Se aprobó en el Parlamento catalán una Ley de Transitoriedad y Desconexión que anulaba la Constitución, pero eso todavía no era ni delito ni nada, se podía seguir adelante hasta… ¡Hasta que esa ley produjera efectos constitutivos de delito! Rajoy pintó una línea roja en el agua y, claro, ni la tinta llegó al río. Ya con el 155 en marcha, si por él fuera, lo ideal sería seguir en punto muerto, meter un poco de ruido (no mucho) con el motor arrancado, pero sin sacarlo del aparcamiento, no sea que si salimos a la calle las turbas independentistas acaben subiéndose al capó y destrozando el coche, una imagen de humillación y violencia que vale más que mil palabras encubridoras.

Ha tenido que venir una juez que no se ha dejado enredar por una teoría tan estrambólita, para recordarnos que el lenguaje es algo más que una mera declaración abstracta o subjetiva de intenciones; que el decir, el declarar, el aprobar un documento, es ya en sí mismo un acto objetivo, y más cuando esas palabras se plasman en escritos que públicamente se aprueban y a los que se otorga validez de ley que obliga a su cumplimiento. Ha tenido que hacer oídos sordos a tanta confusión y marrullería legal para decirnos que sedición, rebelión, insurrección, malversación de fondos públicos, prevaricación y desobediencia, no son sólo palabras cuyo contenido se pueda diluir en meros propósitos e intenciones, sino en sí mismos hechos delictivos y de violencia; que las palabras, los acuerdos, las decisiones, forman ya parte de la ejecución de un plan en sí mismo delictivo. Y que quienes así actúan constituyen una banda organizada que pretende cambiar todo el orden democrático establecido.

Ya hace mucho que la pragmática nos descubrió que hablar no es sólo decir, sino hacer. Que además del significado existe el sentido, el contexto, la recepción y la interpretación del significado. Que hablar es un acto comunicativo, no sólo transmitir un enunciado semántico. Que hablar es actuar, influir directamente en el otro, provocar hechos, producir cambios en la realidad. Que toda la realidad está sostenida por las palabras, que no hay acto humano que no vaya acompañado de palabras que lo justifiquen e impulsen.

Yo tengo un principio, que creo debería ser norma a seguir en cualquier discusión legal y política, que las palabras deben tomarse siempre al pie de la letra y en todos sus sentidos. Para iniciar cualquier debate que quiera descubrir la verdad y llegar a algún acuerdo, se ha de partir de reconocer el sentido literal de las palabras, que es el mejor modo de despojarlas de adherencias subjetivas, sobrentendidos y malentendidos, intenciones ocultas, supuestos e implicaciones no declaradas. Fijado el sentido básico, es ya más fácil descubrir lo demás: la intención, la manipulación, el conflicto emocional y la voluntad de poder que las palabras ocultan.

El independentismo antidemocrático y populista ha sabido utilizar el lenguaje como su principal arma política. Hemos de ser capaces de desenredar la madeja de confusiones que ha ido creando, hasta contaminar el mismo lenguaje del derecho. Hay que tomar las palabras en serio y tener en cuenta todos sus efectos. Esto debería servir, por ejemplo, para acabar con la “inmersión lingüística” en la escuela (sumersión obligatoria en catalán para los hispanohablantes), que inocula el separatismo y el supremacismo en la mente de los niños a través de las palabras, los gestos y las actitudes, o sea, todo lo que el lenguaje dice y hace.

El lenguaje es nuestra última barrera democrática. Cuando pierde su capacidad de acercarnos a la verdad de los hechos; cuando lo dejamos en manos del poder de los tiranos, los corruptos o los pusilánimes… Entonces sí que lo hemos perdido casi todo. Así que, bienvenidos sean los jueces que, al menos ellos, no se dejan embaucar por esos sofismas que pretenden separar las palabras de los actos y los actos de las palabras.





miércoles, 1 de noviembre de 2017

TRAMPA A LA VISTA

(Foto: A.T.Galisteo)

Quisiera escribir y aplicar mi mediana capacidad reflexiva a cualquier otra cosa. Pero ahí está, insistente, obsesiva, la realidad política que se impone con su crudeza, su tozudez, su resistencia a ser analizada. El ejercicio de la razón tiene su ritmo, sus reglas en busca de cohesión y coherencia. El ritmo de los acontecimientos es otro, sigue otras reglas que apenas podemos captar y comprender porque no responden a la misma lógica, sino a esa otra invisible, inaprensible que es “la fuerza de los hechos”. 

Dicho de otro modo: la fuerza de la realidad. Tan despreciada, tan arrinconada, tan ignorada, sin embargo, ahí está, imponiendo a todo lo demás la consistencia de su propia materialidad, su dinámica interna, algo así como el movimiento de las placas tectónicas, sometidas al empuje del magma en combustión, ese fuego que late en el corazón de la Tierra. 

Que la realidad, al ofrecer su resistencia, se haya convertido en nuestra última esperanza, en salvaguarda de lo más valioso que tenemos, la unidad y la convivencia, no debe hacernos olvidar hasta qué punto es frágil el equilibrio y la cohesión social, el orden y la integración que un sistema democrático como el nuestro logra establecer. 

En contra de lo que se está diciendo estos días, si logramos superar este momento de crisis profunda, no será por obra y gracia y decisión de nuestros gobernantes, sino a pesar de todo lo que han hecho y siguen haciendo. Me refiero a lo que podríamos llamar “efecto de realidad”, que poco tiene que ver con la voluntad y la intervención de nuestros responsables políticos. Ni Rajoy, ni Sánchez, ni Rivera (y no digamos Iglesias) han actuado con la claridad, la determinación y la responsabilidad que la situación pedía desde hace años, y me refiero, claro está, a la previsible evolución del proceso independentista catalán con las consecuencias que han afectado tan negativamente a toda España.

Dos factores han sido determinantes para que esa realidad impusiera un momento de cordura y pausa en el proceso de desmoronamiento del Estado y la convivencia en que todavía estamos sumergidos: el instinto de supervivencia de las empresas que viven del mercado, y la reacción espontanea de millones de españoles que han hecho resurgir el sentimiento nacional, superando el complejo franquista y la intimidación impuesta por los nacionalismos independentistas. Las decisiones de Rajoy nada han tenido que ver en la aparición de estos hechos. Al contrario, han sido también causa de su desarrollo.

Conviene tener esto en cuenta para no sacar falsas conclusiones: ni los empresarios se ha vuelto de pronto antiindependentistas (siguen siendo lo que eran, y nunca se han destacado precisamente por tener un compromiso claro y democrático contra del independentismo), ni los millones de españoles que gritan “España unida, jamás será vencida”, al mismo tiempo que “Puigdemont a prisión” (para cabreo del Borrell), son incondicionales de Rajoy, Sánchez o Rivera, quienes de modo descarado están tratando de aprovecharse de la ola de protesta y cabreo contenido que recorre toda España.

Nada sería más peligroso que esta crisis se cerrara en falso, con apaños, componendas, trampas y engaños, todo para posponer los verdaderos problemas que nos han llevado hasta aquí. No vemos a ninguno de estos dirigentes con capacidad ni voluntad para encarar las causas, las claudicaciones, la dejación de funciones y responsabilidades, la aceptación de desigualdades intolerables, el abandono de la defensa de la lengua común, de la historia común, del respeto a la verdad en los medios de comunicación, de lucha contra el supremacismo y la propaganda antiespañola, la utilización de la escuela como fábrica de independentistas, etc.

Es necesaria una profunda reforma del Estado y una nueva distribución del poder y las competencias de los distintos niveles administrativos, estableciendo un Estado único y descentralizado, que ponga fin a la actual dualidad (Estado central/Estado autonómico), que no ha servido más que para consagrar desigualdades, mantener y aumentar privilegios, desmoronar el sentimiento de unidad, crear una burocracia asfixiante, despilfarrar recursos públicos, estimular deslealtades y alimentar caciquismos de origen medieval.

Si no se aborda esto, si la reforma constitucional que pedristas y sorayistas y riveristas nos proponen, va en sentido contrario (“blindar competencias”, “reconocer hechos diferenciales”, “plurinacionalizar España”…), pronto volveremos a las andadas, a las pisadas y pisoteadas y manoseadas consignas y monsergas y trampas y engaños con que se pretenderá que esos millones de españoles hoy alarmados, acaben aceptando la consagración de privilegios; que los disgregadores, los cazafortunas territoriales, los embucadores de masas (esos que provisionalmente han sido “derrotados”), vuelvan a la carga, a la crispación, al desasasiego del que todavía no hemos salido.