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jueves, 28 de febrero de 2019

POLÍTICA Y METAFÍSICA


Supongamos, con Espinosa, que sólo existe una única sustancia, y que todo lo que vemos y no vemos son transformaciones, combinaciones, movimientos de esa sustancia inconcebible e inabarcable. Si todo deriva de una única sustancia infinita, no por creación ni emanación, sino por pura necesidad interna, eso de la libertad o la finalidad no son más que ilusión. Todo está sometido a un orden divino necesario, por más que desconozcamos las causas que determinan cuanto acontece y cuanto hacemos. Aceptar este determinismo metafísico (tanto da que esa sustancia ontológica la concibamos como material o espiritual), y practicar el ascetismo racional que de ello se deriva, son la única fuente de la felicidad.

¿Y dónde colocamos, dentro de esta sinopsis, al pensamiento y la conciencia? El pensamiento, la razón y la conciencia son también atributos de esa única sustancia y forman parte de esa cadena inevitable de causalidad o necesidad interna que da origen a todo cuanto existe y sucede. No es posible ninguna intervención externa, todo es inmanente, y ni siquiera la pasividad o el fatalismo pueden ser el resultado de una decisión externa que nos pudiera situar fuera del mundo.

Así que aquí estamos, en medio del chapoteo de la política del mismo modo que la Tierra da vueltas alrededor de sí misma al tiempo que circula a velocidades descomunales por el universo. Y sin darnos cuenta, porque el encadenamiento de causas supera cualquier comprensión. Atisbar un poco esa infinita acumulación y concatenación de causas nos produce vértigo, y en estas estamos, digo, ahora mismo, porque detrás de todo, también de la política, está el abismo, y hay momentos en que esa percepción se hace tan imperiosa como paralizante.

Viene esta reflexión metafísica a cuento, porque intentar poner un poco de orden en el desconcierto general en que nos ha metido hoy la política es tarea casi imposible. El distanciamiento a que nos invita Espinosa, aceptando nuestra limitación e inmanencia (no somos dioses creadores), nos ayuda a relativizar las convulsiones del momento y a no perder la cabeza ante todo lo que nos resulta inconcebible, como son la mayoría de las decisiones políticas que vemos cada día.

Vistas desde esta distancia, tampoco son tan importantes las elecciones anunciadas, ni tan decisivo a quién elijamos. Me lo digo a mí mismo, y no para aconsejar a nadie; porque, ante un panorama políticamente tan embarullado, sólo sé a quién no votar. Y si sigo así, como no quiero votar a ninguno de los que se presentan, lo mejor va a ser no votar a nadie. No sé cuántos españoles se encuentran en la misma situación, pero sospecho que muchos más de los que recuentan las estadísticas.

Claro está que acabaré votando al menos malo, y esto confirma una vez más que mi decisión no será libre, sino fruto de la necesidad. Lo repito para quitarme esa carga extra de responsabilidad que parece venirnos encima a quienes nos atrevemos a hablar y escribir de política, advirtiendo a los ciudadanos sobre los males que acarrea apoyar a políticos mendaces, egópatas, psicópatas y plagiadores, aunque formen parte de esa cadena de causalidad invisible que mueve todas las cosas en este perro mundo.

Pero si tengo que dar alguna pista, me adelanto para anunciar que no votaré jamás a los traidores. Dante, en su Divina Comedia, nos describe el último círculo del infierno, el noveno, como un lago de hielo donde van a parar todos los traidores. La traición nos hiela el corazón, nos paraliza la frialdad del traidor, que no es aquel que no puede cumplir lo que promete, sino quien promete lo que no puede cumplir, ni le importa; aquel al que ningún compromiso obliga, porque a nadie ni a nada se siente atado.

Si todo se puede incumplir, si entre el decir y el hacer no hay ningún vínculo ni responsabilidad, ¿qué sentido tiene la política, qué fundamento? Basta aplicar este simple criterio para no tener dudas, al menos, sobre qué partidos y qué traidores no merecen ni segunda ni primera oportunidad. Traición a los principios básicos de igualdad ante la ley, de unidad política, de justicia social, de protección y seguridad, de libertad de pensamiento, de libertad lingüística, de respeto al orden constitucional, de lucha contra la corrupción, el supremacismo y la mentira.

Sí, es hora de que salgamos del círculo infernal de los traidores, aunque sólo sea por "necesidad metafísica". Hora de volver a pronunciar sin miedo aquella antigua consigna de "¡muerte(política)a los traidores!"

jueves, 21 de febrero de 2019

GORJERÍAS POLÍTICAS


(De gorjeo, canto de pájaro o gorgoritos de niño. En mala imitación de las greguerías ramonianas. También pudieran ser golferías).

Pedro I el Breve, cruel destino, no volverá a gobernar aunque lo sueñe Sonsoles y su perrita Turca, que ya se había acostumbrado a buscar ratones bajo las alfombras y la entrepierna de los sillones de la impostura. El que aspiró a agotar la paciencia de la legislatura, ceño adusto, ojos opacos e ira contenida, lo ha anunciado con énfasis afásico y cara en la que ni el maquillaje pudo ocultar los golpes del cincel, ¡oh la cruda y dura realidad! No volverá porque no podrá, y será como un desahucio exprés, tan larga la ambición y tan breve el placer.

Veo la cara de pájaro recién caído del nido del ministro astronauta, al que la piel casi no le llega al cuello, y tampoco él lo entiende, porque nada sabe de finanzas ni finiquitos. Y a la histeroide ministra presupuestaria precipitarse contra la nada después de aparecer sobre el cielo parlamentario como una ráfaga henchida de vacua arrogancia. ¿Y la cara desabrida de la ministra portavocera, podrá contorsionarse más? ¿Y qué pensará esa ministra de ojerones tiznados, cuyo nombre no recuerdo? ¿Y qué decir de la otra feministra, la lenguaraz, que se pasa del despectivo maricón a la obsesión trifálica, sin solución de continuidad freudiana?

Y no quisiera hablar mal de Borrell, tan borroso, tan esponjoso, tan relamido él cuando se tiene que mezclar o dirigir a la chusma que pide, no la cabeza, sino prisión justa para los agolpados, los asaltadores y salteadores de la casa común. El Borrell que ha envejecido por los ojos, que es donde más duele porque más se nota. Perder la mirada es andar perdido, metonimia de ida y vuelta, el contenido por el continente, el humo por la hoguera que se apaga. Le quedó un rescoldo de dignidad y no aplaudió la llegada del jefe derrotado, simulando tener ocupado el metacarpo con el móvil, esa escena de elocuente ridículo y rubor ajeno, la sala del Consejo de ministras y ministros palmeando (o palmipedando) el happy end.

No hablo, no escribo, son las imágenes amontonadas en la retina que pían como polluelos. Y veo a Felipe, físicamente mejorado, que dice cosas sensatísimas del sanchismo claudicante, pero hete aquí que pronto se arrepiente y da por bueno el reculeo atrabiliario de la ministra que ahora pinta calvo todo lo que ayer fue turbio, tanto que alarmó también a Guerra, mucho más creíble en su diatriba, quizás porque tiene menos vergüenzas pujolistas que ocultar. Pedrito, ¿quiénes, cómo y con qué te amenazaron, para que tan rápido hicieras como que no habías hecho?

¿Balance de estos nueve meses embarazosos? No, sino balanceo, vaivén a merced del viento, ahora para allá, ahora para acá, pero siempre anclado sobre el mismo punto, el de una egopatía tan simple como reconcomida. Por lo que un ministro y una ministra dimiten, otros se quedan, incluido el cabecilla de la trama impostora, primer plagiador del reino, primus inter pares. ¿Y la exhumación de la momia de Franco (no son sólo huesos, que está el general embalsamado), ese coitus interruptus, emblema de este gobierno gestante y gesticulador, que ha acabado pariendo un ratón?

Entretanto, dice el obispo sacristán Junqueras, orondo y lirondo, que él, el impulsor de las urnas funerarias, no ha querido destruir España porque la ama, y mucho. Y remata el otro, el del verdín en los dientes tarados, que la democracia está por encima de la ley, y esa es la doctrina fundante, fulminante y fulgurante del derecho inalienable de autodeterminación, o sea, de autodestrucción de lo único que hasta ahora es y ha sido, España, propiedad común de leoneses, catalanes y etcétera, todos iguales, por españoles, en derechos y deberes.

Y concluyo: Verde era el conejo blanco, roja la mirada de la hormiga, y negra la sangre azul de los cisnes. Que el color no existe sino en nuestro ojo, que todo lo pinta del color con que mira, así que este efímero gobierno será como un embarazo psicológico para los que creyeron en la fuerza genésica del aire. Yo, chamuscado como la jara en verano, compruebo una vez más que la política vive del delirio, y me admiro al comprobar lo difícil que es convencer a los creyentes de que llevan en la cabeza una bacía, no el yelmo de Mambrino. Bacía vacía, de la que deriva bacinilla. Malos tiempos para la próstata apostólica, que tocan a maitines y llegan los mítines. Y así hasta finales de mayo.

jueves, 14 de febrero de 2019

PARÁLISIS MENTAL



Los ocultó Pedro Sánchez en aquella abyecta declaración de Pedralbes. Ahora Torra los saca para presionar aún más. Los 21 puntos de la infamia con los que, sin eufemismos, el separatismo exige al Gobierno que claudique, que acepte como irremediable e irreversible la independencia de Cataluña. Y Sánchez dice que sí, que vamos a "negociarlo", que vamos a ver "cómo hacemos efectiva la voluntad del pueblo de Cataluña", o sea, la ruptura definitiva con España (pero así, como que no se note, al menos de momento). Cada punto es una provocación, un insulto, un escupitajo, un vómito contra la democracia y la Constitución, un ataque directo a todos los españoles, incluida más de la mitad de los catalanes.

Todo el andamiaje de conceptos sobre los que se levanta esta proclamación de guerra (un día será estudiada como las tesis que Lutero clavó en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg), parte del hecho de que Cataluña es una entidad esencial propiedad exclusiva de los independentistas y que es inevitable que sea reconocida como tal, o sea, que sea independiente de derecho, porque ya lo es de hecho (un hecho histórico irrebatible). La basura ideológica y política que rezuma cada punto, la hediondez supremacista que supura, la nauseabunda mentira que expresa cada frase debería hacer saltar las alarmas de todas las instituciones del Estado y poner en pie de guerra democrática a todos los españoles de bien, que somos la mayoría.

Empieza este libelo diciendo que "no se puede gobernar contra Cataluña". Cataluña, repitámoslo, no es otra cosa que el conjunto de ciudadanos que viven en Cataluña y que lo son por ser españoles, única realidad que les convierte en sujetos políticos y de derecho. Contra esa Cataluña real está gobernando desde hace 40 años el separatismo. Así que habrá que decir que sí, que no se puede seguir gobernando contra Cataluña y contra el resto de España.

Los siguientes puntos no hacen más que reiterar hasta la náusea que Cataluña (o sea, los separatistas) es independiente y soberana, y que lo único que exige es que esta realidad se reconozca internacionalmente y de modo efectivo, para lo cual sobran jueces, juicios, leyes, Constitución, Parlamentos y todo lo que estorbe. De modo sarcástico adornan esta usurpación e imposición apelando a la "separación de poderes", la "independencia judicial", los "Derechos Humanos" y la "ética política". Hasta dicen preocuparse por "la calidad democrática de España". Para argumentarlo dedican los últimos diez puntos a denigrar la realidad democrática de España pidiendo un "proceso de desfranquización".

Lo sorprendente es que algo tan descaradamente beligerante, tan ostentosamente humillante, tan repugnante y antidemocrático, no haya provocado mayor indignación, no se haya desenmascarado con mayor claridad y contundencia por parte de todos los partidos, las instituciones, los poderes del Estado, los medios de comunicación.Sorprende tanta contemporización, tanto miedo a levantar la voz, tanta pusilanimidad.

Buscando una explicación, me atrevo a aventurar una teoría: el efecto "parálisis mental". Lo que el catalanismo separatista (no hay otro) ha logrado (y es mérito indiscutible) es asentar un lenguaje y unos conceptos que, al no ser rebatidos y rechazados de inmediato, producen enseguida una parálisis mental, una incapacidad para el análisis y la crítica racional, un colapso, un atontamiento masivo. Al aceptar el lenguaje impuesto (hay muchos ejemplos, desde hablar del "derecho a decidir" y el "procés" hasta desterrar el topónimo "Lérida") ya todo es parálisis y embotamiento, porque oponerse a usar esa morralla verbal exige esfuerzo y valor: rechazarlo implica ser tachado enseguida de facha y antidemócrata, incluso anticonstitucional.

Los supremacistas separatistas han tenido éxito porque nadie ha querido tomarse nunca en serio, no ya sus intenciones y proclamas, sino los hechos consumados con que han ido creando un cordón sanitario, un círculo de hierro protector que ha asegurado su impunidad, lo queles ha envalentonado hasta el punto de atreverse siempre a dar un paso más. Y nunca han retrocedido, y, aventuro, ni siquiera el juicio previsto les hará retroceder un milímetro. ¡Qué difícil resulta aceptar el mal en estado puro! Es mejor no creérselo, eso evita enfrentarnos a él.

P.D. Fui no de los 200.000 españoles "amotinados" (en palabras de Tezanos) que acudí a la Plaza de Colón el pasado domingo. Podíamos haber sido más, pero me alegró encontrar allí a Luis Corcuera. Deberíamos haber sido más ex-socialistas los que, sin miedo ni complejos, hubiéramos acudido para denunciar la traición de esa banda de los tres (Sánchez-Calvo-Ábalos) que está acabando con el socialismo español.


viernes, 8 de febrero de 2019

LA DEMOCRACIA EXIGE DEMÓCRATAS


Pensar y pesar tienen la misma raíz etimológica, del latín "pensare", que a su vez proviene de "pendere", que significa pender, colgar. La balanza y la romana eran instrumentos en los que se colocaba o colgaba aquello que había que pesar. El peso lo marcaba el "fiel de la balanza". De niño, casi todo cuanto se compraba se pesaba con balanzas y romanas. Son para mí piezas entrañables, evocadoras de olores en tiendas de ultramarinos. Su desaparición indica que el mundo ha cambiado, y nosotros con él. El otro sentido de pesar (tristeza, abatimiento) es un derivado metafórico que une el pensar y el pesar: el mucho pensar puede producir pesar, decaimiento, ese carecer de fuerza para elevarnos y luchar contra la gravedad de la vida.

Si escribir en España, en tiempos de Larra, era llorar, hoy pensar (y escribir lo que se piensa) es también un pesar, un aceptar el peso de lo pensado, hasta llegar a veces al abatimiento. Porquepensar, verdaderamente, es siempre pensar de modo diferente, o sea, no repetir el pensamiento de los otros.Tenemos la mente secuestrada por el pensamiento de los otros. En cuanto pensamos algo distinto buscamos enseguida la aprobación de los demás. Pero repetir lo que otros han pensado no es pensar. Si así fuera no habríamos salido nunca de la manada, la tribu, el clan. Pensar es liberarse de la presión mental de los otros.

La democracia exige ciudadanos que piensen, por eso es tan frágil e inestable.Por eso no hay que darla nunca por sentada. Por eso es tan importante estimar y estimular el pensamiento libre, sin el cual es imposible ser demócrata. Porque existe una estrecha relación entre democracia y pensar. Ser demócrata no es tener una idea fija y preconcebida de todo aquello que debe proponerse, decidirse o realizarse, sino el ser capaz de pensar, sopesar y ponderar en cada momento lo más apropiado, lo que más interesa al bien común y el interés de todos.

Pensar democráticamente es encontrar un equilibrio, un balance entre el interés particular y el general, entre lo que me conviene a mí y lo que conviene a la mayoría. La democracia, como el pensamiento, es sopesar y elegir: entre propuestas, entre proyectos, entre partidos, entre candidatos. Allí donde los ciudadanos renuncian a pensar por sí mismos, allí empieza la democracia a tambalearse.La democracia moderna comenzó con la Ilustración, o sea, con el pensamiento libre. Renunciar a pensar es renunciar a la democracia.

Piensen ahora en Cataluñao en Venezuela, por poner los dos ejemplos de mayor actualidad. Piensen en eso del pensamiento único y entenderán que es incompatible con la democracia. Porque la democracia no es vencer, sino convencer a la mayoría. Y para convencer hay que razonar, ponderar, equilibrar el peso de un pensamiento con el de otro, los intereses de unos con los intereses de otros.

Me produce pesar el comprobar que hoy los partidos han sustituido el pensamiento, no ya por la ideología o las creencias, sino por un no pensar, por carecer, no ya de ideas propias, sino simplemente de ideas. La democracia, o sea, el pensamiento libre, ha desaparecido de su vida. Pensemos en Podemos, en el PSOE o en VOX, por no citar al resto, especialmente a los partidos separatistas, absortos en una sola idea, un único pensamiento.Lo peor es que todos lo partidos creen que lo importante es conseguir "seguidores", votantes "fieles", para lo cual basta con difundir ideas simples, cuanto más vacías, cuanto menos obliguen a pensar, mejor.

Pero repitámoslo: no puede haber democracia sin demócratas, y no hay demócratas allí donde no hay ciudadanos que piensan, que asumen el peso y el pesar de pensar libremente. Sólo las ideas convencen. Los partidos, en una democracia, no pueden ser meros instrumentos de manipulación y propaganda con el único propósito de vencer, anulando el pensamiento.

En época de crisis como la que vivimos, de incertidumbre y confusión, muchos creen que lo mejor es no pensar, renunciar al pensamiento libre, acomodarse al grupo, protegerse en el refugio de la manada, tenga las siglas que tenga. Pero esto es suicida. No tenemos otra salida que la democracia, y no hay democracia allí donde no hay demócratas, o sea, ciudadanos que piensan por sí mismos y confían en su pensamiento. A su pesar, y a pesar de los pesares.