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miércoles, 27 de mayo de 2009

VIAJE A ALMAGRO


(Imágenes: Dino del Monte)

Ayer viajé a Almagro para participar en un encuentro (Calatrava Escena), dedicado a analizar y discutir el Espacio Teatral del siglo XXI, invitado por Luis Molina, un hombre apasionado del teatro que ha llevado a cabo una empresa quijotesca: la creación, en el corazón de La Mancha, del Teatro Laboratorio La Veleta. Ha convertido un lugar abrupto y seco en un frondoso jardín en el que, además de una primorosa sala de teatro, ha levantado un pequeño pabellón dedicado a Cervantes y el Quijote, otro a Lorca y el teatro de títeres y máscaras, una biblioteca y una residencia para quien desee ir a estudiar, a ensayar o simplemente a pasar unos días en compañía de profesionales del teatro. Un proyecto que está necesitado de un apoyo y una ayuda oficial que nunca llega.

Este espacio encantador y tranquilo es ya más conocido en Hispanoamérica que en nuestro país, porque se ha convertido en lugar de residencia y paso obligado de todas las compañías y grupos teatrales que vienen desde allí a actuar en España o Europa, a las que Luis Molina y su mujer Elena acogen con una sencillez y amabilidad que ya no parece ni de este siglo ni de este mundo.

En las muchas discusiones del encuentro, intensas y llenas de interés, se suscitó un tema que aparentemente no venía a cuento, pero que a mí me dejó lo suficientemente inquieto como para que lo traiga aquí a reflexión. Dijo un ponente, el excelente escenográfo Llorenç Corbella, de paso, que no sabía muy bien qué pintaba el Ministerio de Cultura, si no sería mejor que desapareciera. Yo le repliqué que quizás fuera mucho mejor que desaparecieran todos los demás Ministerios y quedara uno sólo, el de Cultura.

Me expliqué argumentando que si se tomara la cultura de verdad en serio, se llegaría a la conclusión de que no había nada más importante para un país que organizar y estimular la educación y la cultura, que todo lo demás se daría por añadidura, incluida la solución de la crisis económica.

Que el más evidente desprecio y degradación a la que había llegado la cultura (o sea, el teatro, le música, le literatura, el cine, el arte, la artesanía, la danza, el baile, la arquitectura, las fiestas, etc., pero también el conocimiento, la investigación, el dominio de las lenguas, el desarrollo de las artes y de las ciencias, la creación de formas y modelos de pensamiento, de sentimiento, de comunicación, de disfrute, de expresión y creación, de conservación de la naturaleza, creación de bosques y espacios naturales, ciudades y casas más habitables, preserva y extensión cultivos tradicionales, et.).

Que la visión burdamente materialista y economicista de la vida y el mundo, digo, ha llevado a considerar en nuestro país a la cultura como un lastre centralista del que el Estado se podía liberar sin problema alguno, entregando de manera incondicional ese ámbito de actuación política a las autonomías.
Se sigue discutiendo hoy si transferir los trenes de cercanías, pero no se duda de que la educación y la cultura son ya competencias intocables de esos miniestados independientes.
Se entiende así que se haya establecido la limpieza étnica teatral en Cataluña, por ejemplo, y allí no pueda entrar ni un sólo grupo “español”, o sea, de cualquiera de los otros 16 califatos. Si se les impidiera actuar a los grupos catalanes, en cambio, en el resto del “estado español”, se hablaría a gritos de discriminación, odio e incomprensión por parte de esos mismos promotores del apparheid teatral.

Tiene esto una relación clara con la construcción de esos museos y teatros provincianamente faraónicos, como los llamados del Canal en Madrid o el Nacional de Cataluña, en competencia con otros desastres, como el Teatro Valle-Inclán del Ministerio de Cultura. Los edificios teatrales son un síntoma evidente, no ya de hacia dónde nos dirigimos, sino hacia dónde hemos llegado. Lo que más me sorprende es que los hombres de teatro se hayan resignado a padecer esta situación sin protesta alguna.

miércoles, 20 de mayo de 2009

LA VUELTA DEL SEFARDÍ

(Imágenes: Dan Kofler)



Hace unos meses, a través de Dan Kofler, conocí a un sefardí toledano que me contó cómo había vuelto al judaísmo después de casi cinco siglos. Es una historia entrañable, que expresa cómo el legado judío sigue vivo en la antigua Sefarad, a pesar del tiempo. Ahora vive en un kibbutz en Israel.

Vivía yo en España, en Toledo, ejerciendo mi profesión de abogado. Residía en una casa de piedra, en el barrio judío de la ciudad, que era muy antigua, heredada de mis abuelos, que tenía un sótano, una cueva donde nunca, de niño, me habían permitido entrar. Un día me dejé llevar por un extraño impulso y bajé a la cueva, donde se guardaban objetos antiguos, tinajas de vino, herramientas antiguas, algún mueble roto... Encendí la bombilla y miré alrededor; la estancia era pequeña, pero muy acogedora, cálida, con una temperatura muy agradable. No sé cómo, pero me dirigí hacia una piedra que sobresalía, el sillar de un arco. Encima, metido entre una ranura, cubierto de polvo, confundido con el color de la piedra, apareció un pergamino. Lo cogí muy emocionado y me di cuenta de que estaba escrito en árabe o hebreo. Como yo no sabía lo que allí ponía fue corriendo a preguntarle a un cura, que me remitió a un guía turístico que sabía leer hebreo. Le presenté el escrito y él me dijo que era de un tal Rabí Abraham Toledano. ¿Y qué dice? Pues escribe que deja esta carta para que las generaciones futuras sepan que allí vivió un judío que, pese a todas las persecuciones, ha permanecido fiel a su fe, y que sus descendientes deben ir con la cabeza muy alta, porque él ha seguido creyendo el Dios de sus antepasados. Me quedé sobrecogido. Después de varios siglos, yo conocía mi origen judío... Y así llegué hasta aquí. Me convertí, me circuncidé, y aquí vivo feliz, sin echar de menos mi buena vida de abogado en Toledo, aunque me gusta volver de vez en cuando, porque allí también están mis orígenes.

miércoles, 13 de mayo de 2009

IDEOLOGÍAS Y LIBERTAD



Me esfuerzo en comprender el mundo que me rodea. Vienen a mi mente palabras que se resisten al análisis, pero no puedo prescindir de ellas: ideología, religión, ciencia, pensamiento, política. Ahí están, en boca de todos; son de uso constante, irremplazables. Pues habrá que pensar en ellas, ya que no podemos dejar de pensar con ellas.

Ideología: un conjunto de ideas sencillas, fuertemente enlazadas, cargadas de emoción, que crean modelos de identificación y sirven para dar cohesión a un grupo. Se distinguen, no por su estructura interna, sino por su eficacia: la capacidad de atraer seguidores y el grado de automatismo que generan sobre la conducta.

Las ideologías están muy cercanas a la religión y la política. Participan de la religión en la medida en que su fundamento último es la creencia y la adhesión indiscutible, pero su contenido es distinto: se refieren a este mundo, a los problemas de este mundo, no se adentran en los misterios de la vida y la muerte.

Las ideologías también se relacionan con la política, pero la política es más práctica: se ocupa del poder, las distintas formas de organización social, de las relaciones entre grupos y la distribución de los bienes materiales.

El pensamiento es nuestra capacidad para razonar, utilizar las ideas para comprender mejor el mundo y a nosotros mismos. Es un instrumento imprescindible para distanciarnos de la realidad, interpretarla, actuar sobre ella y evaluar los resultados de nuestra acción.

La ciencia es una forma restringida de pensamiento, que trata de prescindir de la ideología, la política, la religión y cualquier desviación subjetiva en el conocimiento y análisis de la realidad. Busca la verdad, pero pone siempre a prueba esa verdad, que sólo valora en función de los resultados comprobados.

Bien, pues mi reflexión consiste en afirmar, primero, que nuestro modo de entender la vida y el mundo está determinado por todo ello: ideología, religión, ciencia, política y pensamiento. Nuestra conducta está influida por todo eso. No podemos sustraernos a la influencia de las ideologías, la política, la religión, la ciencia y el pensamiento.

Segundo, que, cuanto más clara tengamos la distinción entre estos cinco ámbitos de nuestra vida y conducta, mejor. Cuanto menos los mezclemos, mejor. Cuanto más huyamos de un pensamiento indiferenciado y globalizador (o sea, totalitario), mejor. Confundir religión con ciencia o hacer de la ciencia una religión, por ejemplo, es igual de equivocado que convertir la política en pura ideología o pretender que la política sustituya a la religión y la ideología.

Tercero, que, frente a la fuerza de las ideologías, las religiones, los partidos políticos, sólo nos quedan dos caminos: la ciencia y el pensamiento. Más aún: la ciencia al servicio del pensamiento, y el pensamiento al servicio de nuestra libertad.

Sólo quien piensa por sí mismo, quien defiende por encima de las ideologías, la religión, la política y el reduccionismo de la ciencia, su propio modo de pensar y sentir, sólo ése puede aspirar a ser libre y dueño de su vida.
Sólo así, ejercitando su pensamiento, resistiendo a la presión que le llega de fuera, la obediencia al rebaño (el automatismo de la ideología, la fe de la religión, la adhesión al partido político o el dogmatismo de la ciencia) puede el solitario construir su mundo y colocar en su centro el afán de conocimiento y la pasión por la vida, beber de la fuente: el intento de ser verdaderamente libres.

miércoles, 6 de mayo de 2009

SABIDURÍA TEATRAL




Ha caído en mis manos el texto de una conferencia dada por Albert Boadella en la Escuela Municipal de Arte Dramático de Madrid. Se lo agradezco a su director, Guillermo Alonso del Real. Destila sabiduría. Primero, teatral, que es tanto como decir artística. Pero también humana, un saber estar y un saber vivir nacido de la experiencia. Reproduzco alguna de sus reflexiones. Bastan por sí solas.

Ahora todo el mundo es creador. Esa palabra es muy fuerte, y refleja cierta vanidad. Cocineros, carpinteros, zapateros... Todo el mundo es creador. Hace unos días la Sociedad de Autores me invitó a un acto. En la carta de invitación se decía que en España había cien mil creadores. Me citaba a mí como uno de ellos. Yo respondí, también por carta: Estimado Eduardo Bautista: después de haber recibido su amable invitación para participar en una mesa redonda, le confieso que algunos términos de la carta me han sumido en un estado de inquietud. ¿De veras hay cien mil creadores? Si esto es cierto, nos encontramos ante una hecatombe sin precedentes. Sólo cabe imaginarse la que montó el primero y auténtico creador para deducir lo que puede suceder ahora ante tantas vocaciones de Dios.

Hay otros diamantes que facilito al lector:

Nosotros no creamos nada, lo que hacemos nosotros es desvelar determinadas cosas que ya existen. Simplemente desvelamos, ponemos luz sobre una sombra. (Me gusta identificar el arte con la tarea de desvelar. Mi último libro de poemas se titula Desvelos de la luz)

No hay que abandonar nunca la infancia.

La realidad es lo más fantástico que hay. No hay nada más imaginativo que la realidad.

La realidad que nosotros llevemos al teatro siempre debe ser manipulada. No sirve la traslación directa.

La sugestión es más importante que la imitación.

Yo no sé qué es eso de la imparcialidad.
Hay que ser parcial, pasional, fuera la tibieza.

Hay que ir siempre contra la moda.
Si sigues una moda lo único que conseguirás es estar pasado de moda a los quince días.

Defendeos de la modernidad, no queráis ser modernos. Ya sois modernos; si no lo fueras estaríais muertos.

Me gusta la libertad de pensamiento de Boadella. Es estimulante. Su teatro, también, salvo algunos despistes, como aquel “Yo tengo un tío en América” o “Visanteta de Favara”, de hace años. Nada, en comparación con su deslumbrante producción dramática y artística. Por eso son más de tener en cuenta sus palabras. Palabras de sabio.