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miércoles, 26 de febrero de 2020

LA PERSPECTIVA CÓSMICA




"En la montaña palentina nacen ya más osos que niños", ha dicho el sabio Peridis. Y ha añadido algo más inquietante: "El oso está protegido: el niño, no". Elevo la sindéresis (palabra que le gustaba mucho a Gracián) y extiendo la reflexión a la etérea región de los principios filosóficos: en el universo, todo es un más y un menos; mientras algo aumenta y se expande, otro algo disminuye y se comprime; mientras se protege una cosa, otra se abandona. Pongamos árboles, cultivos, animales, pueblos, industrias, pero también amigos, ideas, palabras, gustos, partidos o leyes.

Así que completemos a Heráclito: todo cambia, pero siguiendo los vaivenes del más y el menos. Un movimiento va hacia la expansión y la multiplicación, y otro hacia la disminución y la desaparición. Más de algo implica menos de otra cosa. El misterio, lo que resulta muy difícil de comprobar, es la relación causal. Aquí es donde nos perdemos. ¿Hay alguna relación entre el aumento de osos asturianos y leoneses, y la disminución del número de niños? Yo fui niño montaraz, así que lamento más la ausencia de niños correteando como liebres, que la escasez de osos por los Picos de Europa. ¿Pero es lo uno incompatible con lo otro? ¿No se puede proteger a los osos y a los niños a la vez?

La insólita asociación de Peridis nos plantea dudas de calado metafísico: ¿Nos preocupan más los osos que los niños? ¿Estamos más dispuestos a proteger a los osos que a los niños? ¿Qué es más necesario para conservar la naturaleza, los niños o los osos? Y, dado que oso come a niño, y no niño a oso, si aumentan mucho los osos deberemos proteger a los niños de sus zarpas, que ellos no se plantean tanta duda moral. Así que la demasía de osos puede contribuir también al vacío demográfico. O a la crisis agrícola y ganadera, porque quien dice osos, ponga lobos, o conejos, o topillos, avispas velutinas o cotorras, que también son criaturas de Dios.

Donde aumentan las cacatúas argentinas disminuyen los gorriones nacionales: hete aquí uno de esos dilemas ecologistas que obligan a decisiones nada ecológicas. Es ahí donde yo quería llegar. Que sí, que estamos metidos en un buen lío, porque la naturaleza y, por extensión, el universo todo, no se atiene a ninguna moral ecologista. Su ecología es radical, inhumana, digamos. A los osos tanto les importa zamparse a ovejas descarriadas que a los niños que se escapan de casa. Al virus corona tanto le da atacar a Pedro Sánchez que a Ábalos, a Irene Montero que a Carmen Clavo, incluso que a Abascal o Inés Arrimadas (esto último sería estéticamente muy cruel).

¡Ah, el equilibrio! Me olvidaba. La homeostasis cósmica lo rige todo. Todo se autorregula de modo natural. ¿Pero sabe alguien cómo se puede autorregular algo a sí mismo si no lo "autorregulan" otros? No, lo único que vemos es que algo crece y estorba o impide a otro crecer y cuando la cosa se lía puede que la destrucción sea mutua o que uno gane. No existe el irenismo cósmico. Las tormentas y huracanes no adoptan una perspectiva humana; y no entienden, por supuesto, de ideología de género.

Nos aterra cambiar la perspectiva humana y adoptar la perspectiva cósmica, pero en realidad estamos sometidos a las mismas leyes, a la misma acuciante lucha entre el más y el menos. Hasta comer vegetales es un acto de crueldad. La ciencia está descubriendo que incluso los árboles, las plantas, los cardos y las amapolas, sienten, tienen un sistema perceptivo y receptivo que es lo más parecido a nuestro sistema nervioso. Si nosotros tenemos conciencia, ¿por qué ellas no? Malísima noticia para los veganos.

¿Y si llevamos esta perspectiva a la política? Yo veo que, en el fondo, seguimos las mismas leyes implacables. Lo único que hacemos es disimularlo, encubrirlo. No podemos aceptar el hecho tremendo, crudelísimo, de que en el universo no existe nada parecido a la piedad, la compasión, la caridad, el heroísmo o el martirio, que eso es algo que nosotros nos hemos inventado para sobrevivir en un mundo que no lleva en su ADN ninguno de esos genes.

Bueno, me he despeñado, lo siento, así que aquí lo dejo. Puede que el fenómeno separatista o el de Sánchez, que tanto se parecen, sea algo tan natural como el coronavirus o el aumento de los osos palentinos. Pues habrá que adoptar una perspectiva cósmica si queremos sobrevivir.

domingo, 1 de diciembre de 2019

LA VERDAD BASURA


(Foto: Fernando Redondo)

Siempre hemos pensado que la verdad nos hace libres, que la verdad es revolucionaria, que la verdad es poder, que la verdad es el fundamento de la democracia...

Siempre hemos creído que la información ha de estar al servicio de la verdad, porque cuanto más informado esté un pueblo, más difícil es engañarlo y manipularlo...

Siempre hemos luchado contra la censura, la desinformación y la mentira, porque todas las dictaduras se han basado en el engaño y la ignorancia, el control y la manipulación de la información...

Pero algo está cambiando radicalmente. La verdad empieza a ser inofensiva. La verdad empieza a perder valor e influencia. La verdad se está degradando hasta alcanzar la categoría de verdad basura.

La verdad ha dejado de tener importancia porque su conocimiento no produce ninguna reacción, ningún cambio social. La verdad, incluso, se ha convertido en un mecanismo de la paralización.

Es algo bastante nuevo. Los poderosos empiezan a perder el miedo a la verdad. La dominación y la tiranía ya no necesitan de la ocultación ni de la mentira. Todo puede salir a la luz y no pasa nada.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Mediante un mecanismo enormemente eficaz: la saturación. El exceso de información, el bombardeo constante de estímulos lingüísticos y visuales, produce un aturdimiento mental y sensorial, parálisis e indefensión.

Nuestro cerebro está invadido por millones de estímulos que debe procesar y valorar constantemente. El cerebro no puede juzgar, analizar y deducir las implicaciones de toda esa información. No tenemos tiempo para esa tarea; nuestra atención es limitada y, además, eso exige esfuerzo.

Como no tenemos tiempo para pensar, nos dejamos llevar por la estimulación. La estimulación crea adicción. Lo que necesitamos es recibir estímulos, que no se rompa la cadena de excitación cerebral y sensorial. Y como toda adicción, cada vez exige una estimulación mayor. Las imágenes han de ser cada vez más crudas, los insultos más burdos o soeces, las verdades más escandalosas, los atropellos más descarados, la negación de los hechos, más atrevida. Cada información anula así a la anterior. Es lo que se busca.


La duda nos incomoda, la rechazamos. Para evitar pensar buscamos un atajo: el identificarnos con el pensamiento de otros. Aquí es donde interviene el grupo, la ideología. Preferimos que nos lo den todo resumido y sin titubeos. Exigimos en todo respuestas rápidas y fáciles. Necesitamos agarrarnos a la información más simple, aquella que nos lo da ya todo resuelto y valorado, la que nos proporciona la identificación con el grupo. Cuanta más confusión, cuanto más compleja se vuelve la realidad, mayor adhesión a la ideología del grupo.

Los titulares son la información procesada y valorada. Pensamos con titulares. Cada vez nos cuesta más leer información razonada, que nos obligue a pensar. La lectura se ha vuelto superficial, corta, efímera. Somos autómatas, espejos que no hacen otra cosa que reflejar lo que nos ponen delante. Repetidores.

Una vez controlada la mente por saturación y simplificación, es ya muy fácil manipular lo más importante, las emociones. Las emociones se vuelven superficiales y efímeras. Pero sin emociones profundas no hay acción consciente, sólo reacciones pasajeras. Y cuanto más inseguras, más fanáticas.

Ante la verdad basura hemos de recuperar la capacidad de discriminar, de valorar, de elegir. Para ello hay que paralizar la sobreexcitación. No necesitamos tanta información, casi siempre redundante e inútil. Son más importantes nuestras ideas y actitudes. No hay que estar al día, no necesitamos tanta información para saber qué pasa, quién nos domina y cómo.

Hay que pararse. Hay que romper el mecanismo perverso de la sobrestimulación. Hay que desengancharse de la excitación superficial. Hay que confiar más en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, en nuestros sentimientos. No dejarnos arrastrar por la presión del grupo.

Porque la verdad sigue siendo importante. Al degradarla, al neutralizarla mediante la redundancia y la saturación, lo que se busca es desvirtuarla, hacerla equivalente a la mentira. Que no distingamos entre hechos y conjeturas, suposiciones y actos, la injusticia y la justicia, el crimen y la ley. Con la degradación y disolución del concepto de verdad lo que se busca es diluir la responsabilidad y que los poderosos puedan actuar con total impunidad.

Digo poderosos, pero tienen nombres reconocibles: hoy, por ejemplo, esa coalición social-podemo-separatista. Esa alianza entre nuevos ricos y la más abyecta burguesía, cuyo único mérito es chapotear sin escrúpulos en el lodazal de la verdad basura.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

NECIOS AUDACES



Dice Baltasar Gracián: "Todos los necios son audaces". Voy a tirar del hilo de este ovillo y con él entretejer el texto de este artículo, tejido con el que quizás me haga un gorro, un gorrito para proteger mis orejas del frío invernal adelantado, pero sobre todo del ruido, del griterío de la calle. Que quiero recogerme en mi casa, oiga, y que no me molesten, que estoy esperando la llegada de la nieve a mi ventana como aquel poeta quería ver a las golondrinas en primavera, "en tu balcón sus nidos a colgar", y lo que sigue, que es más bonito: "Y otra vez con el ala en tus cristales/ jugando llamarán".

Empiezo hilando que el retruécano no es válido, o sea, que si bien es cierto que todos (o casi todos) los necios son audaces, no todos los audaces son necios. Vamos, que yo me considero ante muchos retos casi siempre audaz, incluso atrevido (y veces temerario), pero necio, lo que se dice necio, sólo muy de vez en cuando. Pero la frase me atrapó, no sólo porque obliga a pensar en uno mismo, o sea, a preguntarse si uno es un necio audaz o un audaz necio, sino porque venía muy a propósito para definir a tanto necio hoy presente en la vida pública. Gracián nos dice que necedad y audacia no son incompatibles, y esto viene bien para no sobrevalorar la audacia, que puede ser índice de necedad.

Digo que a veces gran audacia es señal de enorme necedad, así la coalición frentepopulista de esos dos grandes necios, Pedro y Pablo, que muchos admiran por audaz. Audacia disimula aquí necedad, y por eso la hace más peligrosa. Por eso no basta con oponerle la sabiduría, sino también el valor. Dice de nuevo Gracián: "Sin valor es estéril la sabiduría". Sépanlo bien los que se creen sabios, porque la sabiduría sin valor es tan estéril como la necedad pura.

Más aún: hoy los necios han aprendido a usar el arma más letal: engañar con la verdad. No necesitan disimular nada, ocultar la verdad, negar contradicciones. Se han dado cuenta de que hoy la verdad sirve de poco, que es mucho más importante lo que uno cree que lo que ve: "Es lo menos lo que vemos; vivimos de la fe ajena" (de nuevo Gracián). Por eso “con los necios poco importa ser sabio, y con los locos cuerdo". Hace falta algo más, y aquí es donde fallan tantos apaciguadores, irenistas, tanta alma angelical, seguramente más por falta de valor que de sabiduría.

Pero hay una verdad que no podemos ignorar: “Son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”, que también dijo Gracián. Y esto me da pie a pensar que no solo la audacia, sino la maldad, es atributo frecuentísimo entre los tontos. He llegado a esta conclusión recapitulando mi vida, porque he conocido en ella a muy pocos tontos que fueran buenos. Y malos son sobre todo aquellos que "de los átomos hacen vigas para sacar los ojos". Su principal objetivo es ése: dejarte ciego. Y lo peor de una ceguera repentina no es sólo no ver, sino quedar paralizado. Así el mal, el efecto más nocivo del mal.

Pues para que la sabiduría no sea estéril; para que los tontos audaces no aumenten; para que los malvados no nos saquen los ojos y nos engañen con la verdad; para que la verdad importe; para que sea más importante lo que vemos que lo que creemos; para poder contemplar la nieve tras los cristales y que la nieve nos sosiegue, hemos de tomarnos muy al pie de la letra lo que ya nos aconsejó Quevedo: "más que persuadir para obrar", hay que "obrar para persuadir". Porque el momento ya no admite titubeos precavidos. Nos lo ha dicho Slavenka Drakulic, que conoce muy bien lo sucedido en los Balcanes:

"Necesitas una justificación para empezar a matar, necesitas ser convencido de que estás haciendo lo correcto, de que estás defendiéndote de un enemigo diabólico que quiere hacerte daño. (...) La gente necesita estar dispuesta a matar y morir por sus objetivos. Esto, afortunadamente, tarda un tiempo en suceder. De manera que hay que tener esperanza en que aún estamos a tiempo de explorar posibilidades que eviten un conflicto fatal en España".

Concluyo con Quevedo, que por citas no quede: "Determinarse tarde al remedio del daño, es daño sin remedio". Dicho queda.

martes, 3 de septiembre de 2019

BANDADA DE ESTORNINOS


Desde hace unos días, al atardecer, veo pasar por delante de mi balcón cientos de estorninos que van a posarse sobre unos árboles frondosos que se levantan a los lados de la calle. Son castaños de indias de casi 30 metros de altura. Pasan en oleadas y se camuflan entre las hojas y las ramas, como notas de un pentagrama. Forman una gran algarabía, mezclando gritos y gorjeos en un intrincado torbellino acústico.

No todos farfullan o parlotean lo mismo. Distingo entrelazados cantos de gorriones, mirlos y urracas. Son pájaros políglotas, con un gran oído, capaces de imitar sonidos muy variados, algo que ya sorprendió a Mozart. El alboroto dura casi una hora, y cesa repentinamente al oscurecer. No sé cómo se ponen de acuerdo para hacerlo tan al "unísono". Sin duda, son aves muy disciplinadas, porque durante toda la noche no se oye ni pío. Ni un "piullido" se escapa de sus picos. (He recuperado esta entrañable palabra onomatopéyica de mi infancia, releyendo "Los sueños" de Quevedo).

Son los estorninos aves gregarias, se juntan para protegerse del ataque de halcones y gavilanes y dibujan con su vuelo hermosas nubes de formas sorprendentes, tan sincronizadas que parecen transformarse en un ser fantasmagórico. El secreto está, al parecer, en que cada pájaro sigue el aleteo de los siete compañeros de viaje que vuelan su lado. El conjunto es el resultado de la agregación de esas sincronías individuales, así que no hace falta una mente global que dirija el espectáculo. Nunca chocan entre sí, y no necesitan a ningún líder que dirija la bandada y organice el vuelo.

Estos estorninos (también conocidos como tordos o zorzales) cuando caen sobre viñedos y frutales causan enormes estragos, por lo que muchos agricultores tienen que acudir a ahuyentadores sónicos para evitar la plaga. Sus excrementos son muy corrosivos y contienen bacterias y hongos que pueden causarnos muchas enfermedades, incluida la meningitis y la encefalitis.

No todos los estorninos son iguales, los hay negros y los hay pintos. Los pintos son migrantes y sus plumas están moteadas de hermosos colores verdes, azules, marrones y blancos. Confieso que pájaros y árboles son los seres que desde niño han atraído más mi atención. Tengo mucha más afinidad con ellos que con muchos de mis semejantes.

Son éstas, divagaciones de finales de verano, en el que las oleadas de noticias no han pasado delante de mi balcón, alejado como he estado del alboroto político-mediático diario, leyendo a Pío Baroja, a Quevedo y a Baltasar Gracián mientras recopilaba y seleccionaba, entre los cientos de artículos que he ido publicando en el último lustro, un ramillete con el que editar un libro al que daré el título de "La verdad sea dicha". Hablo de la verdad que no debe callarse y que, además, ha de ser fuente de dicha.

Y ya, empujado por la metáfora pajarera o pajaril, y puesto a interpretar las señales del cielo, pienso en cómo funciona o se configura una masa, cómo los individuos acaban perdiendo su individualidad en medio de una ola que los arrastra sin posibilidad de escapar a su empuje. No es necesario poner a todos los individuos previamente de acuerdo, dispuestos a obedecer y a seguir a un líder; basta con sentir la necesidad de acomodarse al pequeño grupo con el que uno vive y se mueve cada día, los más cercanos e influyentes, para acabar formando parte de esa bandada de estorninos alborotadores. (Aplíquese la alegoría, por ejemplo, al vuelo del "prusés").

Y mientras tanto seguimos a la espera de que ocurra un milagro y las nuevas elecciones nos saquen del atolladero en que cada día nos hundimos un poquito más. El abyecto espectáculo que nos están ofreciendo Iglesias y Sánchez está degradando tanto la política que es sorprendente que la mayoría siga yendo a votar. Pero nos esperan días gloriosos, un otoño lleno de sorpresas. La política basura ya está alcanzado el nivel sublime de la televisión basura, la de los programas y las tertulias, no del corazón, sino de la entrepierna.

Así que sigamos observando el vuelo de los estorninos y oyendo sus trinos vocingleros. Mientras los árboles ofrezcan sus ramas y hojas para dormitorio de los pájaros, elevando sus copas al cielo del atardecer, nada estará del todo perdido.


miércoles, 31 de julio de 2019

FULGOR Y MISERIA DEL CEREBRO


El título parafrasea una obra dramática de Bertolt Brecht, autor otrora omnipresente en la escena, hoy abandonado en ese cercado de desguaces que es en gran parte el teatro actual. Pero nada tiene que ver el contenido de esa obra con el título de este artículo, salvo la resonancia mórfica y fonética, fenómeno inesperado y automático al que casi nunca opongo resistencia. Mi intención es mostrar la perplejidad que me produce ese órgano al que los científicos más prestigiosos del mundo están dedicando su mejor esfuerzo, un empeño titánico por descubrir no sólo cómo funciona, sino para desentrañar qué es, qué hay en ese conglomerado, en esa sustancia química y biológica que hace posible el pensamiento y la conciencia.

Quizás el error esté en la misma pregunta, pues en el universo, la mera existencia de algo no exige ningún porqué previo que lo justifique, eso es algo que construye nuestra mente y va más allá de la existencia misma. El cerebro existe, está ahí, colocado dentro de nuestra cabeza y ramificado por todo el cuerpo, especialmente en el intestino, y sabemos que gracias a él tenemos sensaciones y percepciones que acaban transformándose en imágenes, emociones y pensamientos. Y toda la vida consiste en organizar ese bullicio y agitación neuronal incesante de tal modo que actuemos de un modo eficaz para mantener la vida de todas las células de nuestro cuerpo y su constante renovación.

El cerebro es capaz de construir una imagen de todo cuanto existe, o sea, convertir la actividad celular y neuronal en mente, creando una representación, una simulación y una sustitución virtual del mundo, gracias a la cual podemos anticipar los hechos y los cambios de nuestro entorno y acomodar nuestra conducta a ellos. Este es el fulgor del cerebro: la capacidad de iluminar la realidad, sentirla y percibirla. Pero más allá del automatismo con que la vida afirma y asegura su existencia a través de la mente, lo más inexplicable es que hay algo más, y es la conciencia que esa mente (ese cuerpo) tiene de sí misma como un todo al que llama "yo", entidad a la que atribuye cuanto hace, ve, piensa, siente y padece.

Más allá de la mente, aparece la conciencia, ese darse cuenta de sí mismo, ese percibirse a sí mismo dentro del mundo pero como algo separado de él. Nuestra "miseria" (en el sentido de pobreza), la miseria de nuestro cerebro nace de la limitación de nuestra conciencia. El yo es tímido, está siempre al acecho y le teme a la muerte, a su propia desaparición. La conciencia, en cambio, es el intento de liberarse del yo, acceder a la percepción pura, el observar sin el filtro de la mente todo cuanto nos rodea, empezando por nosotros mismos.

La observación de sí mismo comienza al darnos cuenta de qué estamos pensando, qué es lo que está trajinando, haciendo y deshaciendo nuestra mente. Todos sabemos lo difícil que es atrapar los pensamientos. La mente es siempre nebulosa, flotante, y sólo gracias al lenguaje esos efluvios neuronales se convierten en pensamiento. El pensamiento, gracias a la escritura, puede, a su vez, adquirir una realidad objetiva, fuera de nuestro cerebro. Por eso la buena escritura, la buena literatura, es siempre fulgor, resplandor que nos saca del sopor y el aturdimiento mental.

Llego a donde quería llegar: nada más importante que el pensar consciente, el desarrollar la capacidad fulgurante del cerebro. ¿Para qué? Para ser felices o, al menos, para ser un poco menos infelices de lo que la mayoría (la mayor parte del tiempo) lo somos. Feliz es quien es consciente de lo que piensa y lo que siente, quien se da cuenta de cómo lo que piensa determina lo que siente y así deja de estar enganchado a pensamientos automáticos, inútiles, anticipaciones paralizantes, rumiaciones tóxicas, miedos, evasiones y proyecciones fantasiosas. En su lugar, enfoca toda su atención en observar, percibir y admirar todo cuanto sucede a su alrededor.

Son reflexiones de verano, la estación más fulgurante. Como dije en mi anterior artículo, el verano es un buen momento para pensar, para meditar, para aquietar la mente. También para liberarnos de la absorción en las preocupaciones colectivas, ese cerebro social igualmente intoxicado y aturdido con sus propios miedos, obsesiones, evasiones y fantasías. Porque también podríamos hablar del fulgor y la miseria de la política, de la política de los políticos conscientes y de la política de los políticos apenas cerebrados, que son los más.

martes, 25 de junio de 2019

HACERSE EL LOCO


Dice el gran sabio aristotélico-pontevedrés que "en política hay que hacerse el loco muchas veces". Después de cavar en su cráneo hondamente hasta hallar la piedra preciosa de esta sentencia, me dice el Diablo Cojuelo que el expresi ha quedado exhausto y no volverá abrir el pico hasta que no haga una caminata de diez kilómetros de esquí sobre hierba, que es su especialidad. Esperemos que entretanto le dé tiempo a Casado a nombrar a Cayetana Álvarez de Toledo portavoz del PP en el Congreso, que sería una de las noticias más esperanzadoras en medio de este turbio panorama desesperanzado en que hasta las inteligencias más lúcidas empiezan a decir tonterías. (Vean, por ejemplo, qué han dicho y dicen los defensores de Valls, ese tarambana de la política, listísimo, al parecer).

Hacerse el loco: lo dice Rajoy queriendo hacer gracia y pensando que hacerse el loco es sinónimo de hacerse el tonto siendo listo, parecer que no se entera de algo estando como está al tantísimo de todo. Astucia gallega, ser capaz de engañar hasta a la propia sombra simulando que va hacia adelante cuando en realidad está dando la vuelta. El arte de estar parado mientras se bracea como que se avanza. Es todo esto tan pueril que resulta bochornoso que alguien se lo tome en serio, como si surgiera de un cráneo que cogita y no del balbuceo, digamos, de un paramecio al que han nombrado delegado de curso.

Perola política es el arte de hacer, no el de parecer, ni siquiera el de ser. La política debe dejar de lado toda esa mugre vaporosa que envuelve sus decisiones de agudeza, ese pretender escribir recto con renglones torcidos, creerse listísimo por ser capaz de engañar a muchos. El arte del disimulo, del bandazo, el arte de la artimaña... Pues no; por más que se haya degradado hasta exudar basura como por boca de albañal, la política es (debe ser) el espacio de la verdad y la racionalidad, de la fría, apasionada, cruda y vigorosa realidad vista con ojos de despiadada racionalidad, que es lo más humano que podamos imaginar, porque es tener en cuenta el bien de todos y el tratar de no hacer, al mismo tiempo, mal a nadie.

Digo, contra tanto tópico, que ni en la vida ni en la política debe uno hacerse el loco, ni serlo ni parecerlo. Que uno debe hacer y no hacerse, ni el listo ni el tonto, ni el loco ni el cuerdo, ni el astuto ni el besugo. Preocuparse por hacer, no sólo por parecer. Por eso propongo acabar de una vez con los asesores de imagen, mandarles a pacer al desierto. Confiar en lo que uno hace y dejarse guiar por lo que uno siente al hacer lo que hace. La política es un pensar en qué se puede hacer y qué no se debe hacer, cuáles son los efectos reales de las decisiones. Aquí sobran las ideologías, sólo mandan las ideas como guía de los actos, y los actos como jueces de las ideas.

Apliquen esto, por ejemplo, a los resultados de ese hacerse el loco que practicó con astutísima estulticia Rajoy ante la rebelión separatista catalana. Acumulen los hechos, resultado de tanta sabiduría y marrullería política. Lo más increíble es que llevó este hacerse el loco hasta la mismísima sala del Supremo donde se juzgan hechos y disimulos (que son parte de los hechos, del intento de ocultar los hechos). Sólo la contaminación de la justicia por parte de esta concepción reptil de la política ha podido permitir que el expresidente del Gobierno no esté ahora siendo juzgado por alta traición, por echar mano de alguna de las figuras delictivas ante las que nadie debería poder hacerse el loco.

Reconozco que mi idea de la política es algo que hoy sólo parece existir en la estratosfera platónica, tan alejada está de la realidad. Parecería este hecho un argumento autodestructivo, pero es que la realidad es por sí misma el único argumento de la vida, por más que vivamos sumergidos en la etereidad de los deseos, las emociones, los engaños y disimulos. Así que propongo que empecemos a dejar de hacernos el loco, de simular que aquí no pasa nada. Pasa algo, y grave, porque, además, hemos pasado de la estulticia del simulador al descaro del impostorque ya no se preocupa de ocultar nada, porque nada tiene que defender, sino a sí mismo.

jueves, 6 de junio de 2019

ENTRE CHAVES NOGALES Y QUEVEDO


Uno vive de estímulos intelectuales, lee y escribe a vuela letra, y se deja aconsejar por amigos sabios. Es el caso que ahora me lleva a tirar del hilo de dos lecturas recientes para hilvanar este comentario. La una (lectura) ha sido el excelente y oportuno artículo de Ernesto Escapa titulado "Una mirada delatora", en el que, con motivo del 75 aniversario de su muerte, recuerda la extraordinaria obra de Manuel Chaves Nogales, hasta hace poco olvidada. Así que, bajo este estímulo me he puesto a leer (y releer) alguno de sus libros y artículos.

La segunda lectura ha sido el original libro de Juan Pedro Aparicio recién publicado, "Cien relatos cuánticos", donde me he topado con un texto de Quevedo que me ha empujado a leer sus "Escritos políticos" y a releer sus "Sueños". Y así, siguiendo el azaroso encuentro de lecturas que, como meteoritos, pueden chocar en el cielo de nuestro cerebro y desprender una nueva luz, así, digo, me he visto atrapado por dos pensamientos, uno de Nogales, otro de Quevedo, que piden los ponga en contacto al modo del fortuito encuentro entre una máquina de coser y un paraguas, que cantó Lautréamont y pintó Dalí.

El de Nogales viene en un artículo que escribió en Irlanda durante la segunda guerra mundial sobre el ejército americano, que titula "La fuerza constructiva y la potencia destructora". Dice ahí que "cuesta tanto trabajo destruir como construir. La potencia tiene que ser la misma (...). Los mejores constructores serán también los mejores destructores".

En contra de lo que podríamos pensar, explica que Hitler fracasó porque no tenía suficiente fuerza destructora. Los americanos, en cambio, tenían "fe ciega en la eficacia de su capacidad destructora"; pero, y aquí viene lo más importante, esa fe nacía de su fuerza constructiva, de su amor a la vida y no a la muerte, como ocurría en el nazismo. "¿Qué es más eficaz, la desesperación o el entusiasmo?¿Qué da más fuerza al hombre, la plenitud o la miseria, la conciencia del valor que tiene la vida o la triste convicción de que no vale la pena conservarla?", se pregunta.

La reflexión de Quevedo es igual de lúcida, pero más desgarradora. Habla de la muerte de César y nos cuenta cómo Tilio Cimbro le quita la capa y la asesta la primera puñalada por la espalda: "Esta primera herida, que no fue de peligro, fue la mortal, con ser la primera, pues dio determinación a las otras". Y añade: "El Rey que se deja quitar la capa da ánimo para que le quiten la vida".

Hace a continuación otra reflexión. Cuando Casca está a punto de clavarle el puñal, César la pregunta "¿qué haces?", a lo que comenta Quevedo: "Quien pregunta lo que padece, con razón padece, y sin remedio, lo que pregunta. No puede ser mayor ignorancia que preguntar uno lo que ve". Y concluye: "Achaque es de la majestad descuidada preguntar al que le destruye y no creer al que le desengaña".

Una y asocie el lector estas dos ideas y trate de aplicarlas a su vida, verá cuán provechosas son. Y tanto valen para la vida personal, ese reto permanente en que consiste vivir, como para la vida colectiva y la política. Al fin y al cabo, no tenemos medio mejor para vencer obstáculos, asegurar la supervivencia y encarar el caos sobre el que se asienta la vida, que dejarnos guiar por unos pocos pensamientos iluminadores.

Aceptemos que "fuerza constructiva" y "potencia destructora" son ambas necesarias. El buenismo irenista no nos salva, ni con él podremos construir nada. En esta lucha de contrarios y necesarios, la conciencia de la vida y el entusiasmo son superiores a la desesperación y la atracción de la muerte. Y tengamos el valor de mirar a nuestros enemigos de frente. En la vida sí, hay adversarios y competidores, pero también enemigos. Son los menos, pero eso no importa, porque, dependiendo de lo que esté en juego, pueden acabar siendo muchos. Si uno actúa impunemente arrastra a los demás, como nos dice Quevedo.

Y sí, no hay mayor ignorancia, cobardía y estupidez, que ponerse adialogar con quien te está apuñalando y preguntarle qué está haciendo. Claro, para tener esto claro hay que aceptar lo que señala Chaves Nogales, la ineludible necesidad que tenemos de destruir todo aquello que nos destruye. No es una invitación a la violencia, sino una exaltación de la vida.

sábado, 6 de abril de 2019

FOBIAS Y FILIAS


La lista de fobias y filias es infinita. A casi todo, y a todos, podemos odiar, amar, rechazar o apegarnos. La fobia es una aversión obsesiva y compulsiva. La filia, una atracción incontrolada y excesiva. La psicología describe fobias y filias de todo tipo. Son una prueba de que lo irracional forma parte del ser humano. Nadie está libre de estas reacciones impulsivas, que condicionan nuestra vida.

Estamos en época de elecciones, y viene a propósito el reflexionar sobre este fenómeno aplicado a la política. Empiezo reconociendo que todos estamos atrapados por nuestras fobias y filias, aversiones y adhesiones incondicionales. Uno tiende a pensar que está libre de prejuicios, que no se deja arrastrar por factores emocionales a la hora de analizar lo que dicen y hacen los políticos. Yo lo intento, y creo ser bastante objetivo y sensato en mis juicios, pero al mismo tiempo compruebo que no puedo evitar esas reacciones, sobre todo las fobias y manías, por más que procuro controlarlas o justificarlas con argumentos racionales.

Lo cierto es que, por encima de cualquier razonamiento, exposición de hechos o valoración de propuestas, la mayoría reacciona anteponiendo a todo ello sus fobias y filias, simpatías y antipatías. Nuestros juicios políticos acaban dependiendo de algo tan expeditivo como un "me cae bien" o "me cae fatal". Seguramente es algo muy humano, un recurso evolutivo necesario ante lo imprevisible de la conducta de nuestros semejantes.

El problema está en que nunca tenemos acceso directo a las verdaderas intenciones de los demás. Lo más fácil sería fiarnos de la palabra del otro cuando nos manifiesta o explica sus propósitos, pero la experiencia nos dice que nunca hemos de fiarnos de las buenas palabras e intenciones, y menos en política. De palabras y promesas incumplidas están las hemerotecas llenas, y las videotecas, los parlamentos y demás almacenes de la política. Si las palabras no son de fiar, uno necesita orientarse por alguna otra señal, y es aquí donde entran en juego las simpatías y antipatías personales.

Y es aquí donde también intervienen los asesores de imagen, los equipos de comunicación y demás instrumentos de manipulación e ingeniería social. ¿Hasta qué punto son eficaces estas maniobras orquestadas en la oscuridad de los equipos de campaña? Supongamos que de los posibles votantes, un 40% tiene ya decidido su voto en función de fobias y filias bien arraigadas; otro 30% ya ha decidido no votar y el 30% restante todavía no ha decantado su voto. Los primeros, incondicionales, se identifican con los representantes de sus respectivas opciones políticas y sus mensajes. El 30% dudoso, el decisivo, no sabe a quién votar, aunque sí a quién no votar, porque votar es, en primer lugar, no votar a quienes nos caen mal o fatal.

Así que lo decisivo es crear una corriente de atracción y simpatía con el fin de provocar en los dudosos cierta identificación personal. Y aquí intervienen decisivamente esos mensajes breves, simplificados, relacionados con problemas y preocupaciones generales, con miedos y amenazas, pero también con deseos e ilusiones futuras: emigración, Cataluña, autonomías, vivienda, sanidad, paro, terrorismo, inseguridad, turismo, desigualdad... Un terreno complejo y para el que no existen recetas ni soluciones fáciles.

Mi conclusión es que no hay modo de aventurar el resultado de las próximas elecciones, que yo espero depare sorpresas, sobre todo porque no existen líderes lo suficientemente atractivos como para inclinar el flujo de simpatías a su favor de modo mayoritario. Si hablo por mí mismo, he de confesar que mis fobias y antipatías van casi por igual hacia todos los candidatos, así que mi voto va ser por descarte. Llegado a este punto, me dejo llevar por las"fobias estéticas".

Me explico. Soy hipersensible a las "apariencias", me fío mucho de ellas. En esto sigo a mi compatriota Moisés de León, que dijo que todas las cosas de este mundo tienen una parte visible y otra invisible, y que la visible revela la invisible. Así que no puedo con la impostura. Rechazo instintivamente a los que no desprenden naturalidad, armonía entre lo que piensan, dicen, sienten y padecen.

Y por eso me repelen los rostros asimétricos, los ceños fruncidos, las miradas turbias, los ojos opacos, los cuerpos ovoides, los hombros encogidos, los gestos crispados, las voces acartonadas, los andares pomposos, las sonrisas forzadas, los timbres agudos, la fonética flatulenta, las caras de cemento, las melenas encoletadas, los flequillos desflecados, el léxico insulso, la prosodia engolada... Cada uno es hijo de sus fobias.

viernes, 29 de marzo de 2019

NEUROGÉNESIS NACIONAL


Hasta hace poco nos decían que neurona muerta, neurona perdida para siempre. Que el cerebro era irrecuperable. Como metáfora de la vida, parece acertado. Lo muerto, muerto está. El pasado, pasado. Así es. Pero puede que no tan así. Que las neuronas mueran, como todo, pero también se regeneren. Porque casi todo lo que muere puede renacer. La flecha del tiempo no va tan recta, sino en zigzag, porque va y viene. Le llaman neurogénesis. Dicen que hasta los 90 años siguen renaciendo neuronas en un cerebro sano y estimulado. Bueno, yo creo que hasta la muerte, e incluso después, al menos durante un tiempo. Es posible que no muramos ni tan de repente ni tan del todo.

Quisiera pensar que también puede existir una neurogénesis nacional. Que el cerebro colectivo tiene capacidad de regenerarse. Dos enemigos le acechan, nos acechan: la depresión y el estrés. La depresión y el estrés son máquinas destructoras de neuronas. Confieso que estoy atacado por esos dos males, que muchas veces van unidos. Depresión ansiosa, ansiedad depresiva. La depresión nace de la incapacidad para resolver un conflicto, alejar un peligro, vencer una dificultad. Las fuerzas flaquean, el pesimismo paraliza, el derrotismo anticipa la derrota. Viendo y oyendo, observando y razonando sobre lo visto y oído cada día a nuestro alrededor, es difícil no dejarse llevar por la depresión nacional.

O por la ansiedad, igualmente destructiva. Porque uno ve con claridad primaveral lo que habría que hacer para conjurar los males y alejar los peligros. Lo dice, lo escribe, lo comenta con los pocos o muchos amigos que uno tiene (imposible saberlo hoy día), pero no sabe el alcance de todo ello, y sospecha que es casi nulo, porque el proceso neuro-degenerativo parece mucho más poderoso y extendido que el de la neurogénesis nacional.

Muy difícil, sí, no dejarse arrastrar por el pesimismo y la ansiedad. Dura prueba, pero de la que hemos de salir más serenos, libres, decididos y clarividentes, porque sólo desde la claridad de ideas, la firmeza de las convicciones, la determinación que nace de la verdad, la defensa del bien común, la igualdad y la justicia, podremos estimular esa neuro-regeneración nacional, el resurgir de impulsos ocultos, fuerzas revitalizadoras que sustituyan a la depresión y desesperación actuales.

Entre tanto, no nos queda otro camino que seguir denunciando el proceso degenerativo y autodestructivo en el que ha entrado el cerebro colectivo, el organismo neuronal de la nación, si atendemos a las manifestaciones y los propósitos cada día menos encubiertos de quienes se ven ya haciendo la autopsia al cadáver de la nación. Lo digo porque parece cundir el miedo a que vuelva a gobernar Pedro Sánchez con su comparsa de enterradores. Peligro real, que nos podría llevar al enfrentamiento civil (o sea, al triunfo de la depresión y la desesperación), enfrentamiento que puede adoptar muchas formas, hoy inimaginables.

Los síntomas son alarmantes, pero yo confío en la fuerza de la biología. A pesar de todo. No es optimismo, es aceptar que no es tan fácil que una nación se suicide, que la mayoría caiga en un estado de hipnosis colectiva irreversible. Esto supondría, al menos, que las fuerzas degenerativas actuales (PSOE, Podemos y todas las marcas, mareas y conglomerados separatistas y nacionalistas) alcanzaran la mayoría.

Para que esto no ocurra, y en tanto no surja otra izquierda, es necesario desenmascarar y atacar sin descanso a esta izquierda reaccionaria, servidora de las oligarquías territoriales supremacistas, que ha sustituido aquel "proletarios del mundo, uníos" por el "trabajadores de España, dividíos". No luchéis por la igualdad, por leyes que os defiendan a todos del abuso de los poderosos, sino por sus privilegios y el reparto de poder entre ellos.

Lo peor de todo es el servilismo y el acobardamiento de los medios. Fue bochornoso ver el otro día a Iglesias defendiendo su residencia de neopijo diciendo que él tenía derecho a pagarla con una hipoteca de "900 euros al mes a 30 años". No hace falta coger la calculadora para descubrir la patraña de semejante afirmación. Suponiendo que le haya costado 600.000 euros (precio muy por debajo del de mercado), necesitaría, no 30, sino 60 años para pagar la deuda. Que pueda hacerlo, además, gracias a la existencia de los bancos, contra los que lanza soflamas y amenazas porque encarnan lo más abominable del sistema capitalista, es cinismo vomitivo. Pero los entrevistadores callaron, enmudecieron. Hacen lo mismo otros los medios, a los que intimida insultándolos. ¡Y seguimos cambiando la hora!

jueves, 28 de febrero de 2019

POLÍTICA Y METAFÍSICA


Supongamos, con Espinosa, que sólo existe una única sustancia, y que todo lo que vemos y no vemos son transformaciones, combinaciones, movimientos de esa sustancia inconcebible e inabarcable. Si todo deriva de una única sustancia infinita, no por creación ni emanación, sino por pura necesidad interna, eso de la libertad o la finalidad no son más que ilusión. Todo está sometido a un orden divino necesario, por más que desconozcamos las causas que determinan cuanto acontece y cuanto hacemos. Aceptar este determinismo metafísico (tanto da que esa sustancia ontológica la concibamos como material o espiritual), y practicar el ascetismo racional que de ello se deriva, son la única fuente de la felicidad.

¿Y dónde colocamos, dentro de esta sinopsis, al pensamiento y la conciencia? El pensamiento, la razón y la conciencia son también atributos de esa única sustancia y forman parte de esa cadena inevitable de causalidad o necesidad interna que da origen a todo cuanto existe y sucede. No es posible ninguna intervención externa, todo es inmanente, y ni siquiera la pasividad o el fatalismo pueden ser el resultado de una decisión externa que nos pudiera situar fuera del mundo.

Así que aquí estamos, en medio del chapoteo de la política del mismo modo que la Tierra da vueltas alrededor de sí misma al tiempo que circula a velocidades descomunales por el universo. Y sin darnos cuenta, porque el encadenamiento de causas supera cualquier comprensión. Atisbar un poco esa infinita acumulación y concatenación de causas nos produce vértigo, y en estas estamos, digo, ahora mismo, porque detrás de todo, también de la política, está el abismo, y hay momentos en que esa percepción se hace tan imperiosa como paralizante.

Viene esta reflexión metafísica a cuento, porque intentar poner un poco de orden en el desconcierto general en que nos ha metido hoy la política es tarea casi imposible. El distanciamiento a que nos invita Espinosa, aceptando nuestra limitación e inmanencia (no somos dioses creadores), nos ayuda a relativizar las convulsiones del momento y a no perder la cabeza ante todo lo que nos resulta inconcebible, como son la mayoría de las decisiones políticas que vemos cada día.

Vistas desde esta distancia, tampoco son tan importantes las elecciones anunciadas, ni tan decisivo a quién elijamos. Me lo digo a mí mismo, y no para aconsejar a nadie; porque, ante un panorama políticamente tan embarullado, sólo sé a quién no votar. Y si sigo así, como no quiero votar a ninguno de los que se presentan, lo mejor va a ser no votar a nadie. No sé cuántos españoles se encuentran en la misma situación, pero sospecho que muchos más de los que recuentan las estadísticas.

Claro está que acabaré votando al menos malo, y esto confirma una vez más que mi decisión no será libre, sino fruto de la necesidad. Lo repito para quitarme esa carga extra de responsabilidad que parece venirnos encima a quienes nos atrevemos a hablar y escribir de política, advirtiendo a los ciudadanos sobre los males que acarrea apoyar a políticos mendaces, egópatas, psicópatas y plagiadores, aunque formen parte de esa cadena de causalidad invisible que mueve todas las cosas en este perro mundo.

Pero si tengo que dar alguna pista, me adelanto para anunciar que no votaré jamás a los traidores. Dante, en su Divina Comedia, nos describe el último círculo del infierno, el noveno, como un lago de hielo donde van a parar todos los traidores. La traición nos hiela el corazón, nos paraliza la frialdad del traidor, que no es aquel que no puede cumplir lo que promete, sino quien promete lo que no puede cumplir, ni le importa; aquel al que ningún compromiso obliga, porque a nadie ni a nada se siente atado.

Si todo se puede incumplir, si entre el decir y el hacer no hay ningún vínculo ni responsabilidad, ¿qué sentido tiene la política, qué fundamento? Basta aplicar este simple criterio para no tener dudas, al menos, sobre qué partidos y qué traidores no merecen ni segunda ni primera oportunidad. Traición a los principios básicos de igualdad ante la ley, de unidad política, de justicia social, de protección y seguridad, de libertad de pensamiento, de libertad lingüística, de respeto al orden constitucional, de lucha contra la corrupción, el supremacismo y la mentira.

Sí, es hora de que salgamos del círculo infernal de los traidores, aunque sólo sea por "necesidad metafísica". Hora de volver a pronunciar sin miedo aquella antigua consigna de "¡muerte(política)a los traidores!"

jueves, 31 de enero de 2019

PREVER LO IMPREVISIBLE


En mi tranquila y cambiante vida, que ya empieza a ser como la sombra del ciprés, ¿qué es lo que más me ha costado aprender? ¿Qué es lo que nunca me han enseñado, ni advertido, ni estimulado a desarrollar? Hay una larga serie de verbos que deberíamos aprender a conjugar, a practicar, y esto también podría enseñarse en la escuela: atisbar, avizorar, precaver, alertar, reparar, percatarse, fijarse, observar, prevenir. Desarrollar esa capacidad oculta que a veces llamamos intuición, corazonada, aprensión, sobre aviso: o sea, llegar a prever lo imprevisto y hasta lo imprevisible. Sí, lo sé, esto es un imposible, una contradicción lógica, pero aceptemos la paradoja.

Me refiero a conocer de antemano, a sospechar o suponer que algo puede ocurrir, observando y percatándonos de señales o hechos que están a nuestra vista o alcance y que, de no tener desarrollada esa facultad observadora-anticipadora, acabará pillándonos por sorpresa, a veces con efectos demoledores. Esto vale tanto para nuestra vida personal y diaria como para la colectiva, esa charca en la que nos movemos y agitamos como renacuajos.

Nos cuentan que hemos venido a este mundo para ser felices, y pensamos que la vida plena es aquella que acumula experiencias positivas, que avanza en línea recta hacia objetivos cada vez más elevados y gratificantes; que el fin de la sociedad es progresar ininterrumpidamente, alcanzar cada vez un mayor nivel de bienestar, comodidad, placer, consumo. Necesitamos creer que todo lo que nos rodea estará ahí mañana, cuando nos levantemos, y que si algo se altera superficialmente, pronto volverá a ser como antes, sólido y seguro. Al mismo tiempo, aborrecemos la rutina, anhelamos la novedad, nos gustan los cambios, que siempre identificamos como progreso.

A mí me parece que este modo de encarar la vida, el presente y el futuro, tiene un fallo, comete un error tremendo porque no introduce un elemento que forma parte esencial de nuestra vida y del mundo: el principio de incertidumbre, eso que ya Heisenberg descubrió en el corazón mismo del átomo. Este principio no es nuevo. Fernando de Rojas, en "La Celestina", ya lo expuso de forma admirable. Citando a Heráclito dice que "todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla". Y traduciendo a Petrarca: "sin lid y ofensión ninguna cosa engendró la natura, madre de todo". Toda guerra o contienda se caracteriza por la imprevisión de su comienzo y la incertidumbre de su resultado.

Todas las convulsiones de la vida política actual confirman la validez de este principio de incertidumbre. Vean a Podemos cómo se desmorona, cómo avanza VOX, cómo el PSOE se tambalea ante el desconcierto de sus electores, cómo Cs titubea y es incapaz de prever las consecuencias de su propia inconsistencia, cómo el PP, por más aspavientos aznaristas que haga, no es capaz de reconocer (y corregir) su culpabilidad en este llevarnos hacia al abismo, ese agujero negro que, aunque invisible, es un hecho previsible. ¿Qué fue de aquella paz?, diremos un día. ¿Qué será de la paz de ahora, de la que todavía gozamos?

Volvamos a "La Celestina". "¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tuve?", se lamenta Melibea ante el cráneo destrozado de Calixto. Y extiende su reflexión: "¡Oh ingratos mortales, jamás conocéis vuestros bienes sino cuando de ellos carecéis!"

Sí, lo que más me ha costado en mi vida ha sido aprender a prever lo imprevisible, el contar conque el mal, la maldad, la mezquindad, un agujero negro de egoísmo, envidia, desprecio, engaño y traición, anida en el corazón de cualquier ser humano, y que, si eres capaz de observar y atender a las señales invisibles de esa energía oscura, podrás al menos prepararte para el golpe, volverte, no inaccesible, sino transparente para que esa energía siga su camino y no se instale en ti.

Creo que la vida es un misterio insondable, y que para vivirla y gozarla intensamente, es necesario aprender a sufrir los embates de lo imprevisible; que necesitamos no sólo tener experiencias felices, sino dolorosas, adentrarnos en abismos inimaginables, porque sin conocer esos infiernos, jamás podremos valorar la paz, la justicia, el bienestar, la verdad, el amor y la amistad.

La vida es corta, aprender a prever lo imprevisto es tan necesario como respirar. No a evitar lo imprevisible, sino a contar con ello. No a estar en un permanente y agotador estado de desconfianza y alerta, sino de lucidez, de desapego, de libertad de pensamiento. Todo puede siempre ir a peor, sí, pero también a mejor. Prever y prevenir, no tenemos otro camino.

sábado, 19 de enero de 2019

SUPREMACISMO MORAL


Después de las monstruosidades cometidas por los nazis, el racismo ha pasado a ser repudiado y condenado por la sociedad. Pero rechazar la ideología racista no es lo mismo que erradicarla. Ya casi nadie puede hoy esgrimir argumentos biológicos para defender la superioridad de una raza, un pueblo o un grupo social. Pero el sentimiento de superioridad, que es lo que subyace detrás de todo racismo, sigue ahí. La forma más insidiosa, camuflada y perversa es el supremacismo moral. 

Hasta la llegada del marxismo, las clases dominantes no sólo han detentado el poder económico y político, sino también el control moral y religioso. El poder siempre ha ido acompañado del supremacismo moral: los poderosos lo eran por (y para) ser los dueños de la moral. Las clases dominadas, para cambiar su situación, debieron iniciar un proceso de legitimación moral, ocupar ese espacio definido por quienes se consideraban superiores por obra y gracia de Dios o del destino. 

El esfuerzo de reconstrucción moral de la sociedad tuvo que sustituir la religión por una moralidad laica que no exigiera la fe como fundamento de las normas sociales, sino la racionalidad de la convivencia pacífica entre ciudadanos. La democracia se ha fundamentado en una doble separación: entre religión y moral, y entre moral y ley. La moral social no debe supeditarse a la religión, ni la ley debe dictar las normas morales. Todo esto choca con quienes, ya sea por sus creencias religiosas, capacidades, posición social o poder político, se consideran superiores. El sentimiento de superioridad desemboca en el supremacismo moral, fenómeno que hoy ha adquirido una importancia decisiva.

El supremacista moral se considera legitimado para imponer su ideología a los demás, para regular y controlar la vida y la conducta de los otros, los sentimientos, las ideas y hasta los gestos y las miradas. Todo debe ajustarse a una norma previamente establecida, todo debe ser moralmente correcto. Digo moral y no políticamente correcto, porque en realidad no estamos hablando del ámbito de la política, sino de la moral. 

Cuando desde el poder o los medios de comunicación públicos se dicta cómo debe uno comportarse sexualmente, verbalmente, gestualmente, emocionalmente, qué debe pensar sobre el sexo, las relaciones humanas, los inmigrantes, los musulmanes, los palestinos, los judíos, los españoles; cuando se trata de influir en su identidad sexual, imponer esa identidad categóricamente; cuando etcétera, entonces estamos ante una invasión de los supremacistas morales, sustituto de los talibanes, los savonarolas y demás inquisidores.

Este fenómeno de vuelta al oscurantismo, al fanatismo ideológico, es un paso atrás en la lucha por la libertad de conciencia, de pensamiento, de sentimientos, de conducta, de expresión y realización personal conquistadas a partir de la Ilustración y la democracia moderna. Detrás de la aparición de este nuevo supremacismo seguramente hay factores personales y también colectivos. Por un lado está la necesidad de distinguirse, de sentirse importante, de ser reconocidos, de tener poder e influencia. Por otro, el superar el anonimato, la irrelevancia de mucha gente que compensa su sentimiento de inferioridad o debilidad uniéndose a esa corriente dominante que se autodefine como los buenos, los sensibles, los defensores de los débiles, de las causas más justas.

Seguramente existen motivos ocultos, pero no menos poderosos, como es el rencor, el odio hacia quienes no piensan y sienten igual, el revanchismo, pero también injusticias y atropellos intolerables, como ha ocurrido con las mujeres y los homosexuales, algo que hoy pervive en sociedades de más de medio mundo (especialmente en el mundo islámico, algo que no parece preocupar a nuestros supremacistas morales). El error está en pretender regular la moral, en dictar leyes cuyo fundamento no es la búsqueda de la igualdad y el bien común, sino el intento de manipular y modificar las conciencias, los sentimientos, incluso la biología. El peor despotismo es el de los débiles cuando se vuelven poderosos.

Muchos de nuestros supremacistas morales justifican y camuflan su despotismo legislativo y mediático en la defensa de los débiles, pero lo hacen desde la impostura y provecho personal, porque no son ellos, precisamente, quienes más padecen esas discriminaciones que dicen combatir, sino siempre los otros, esa masa anónima a la que preocupan injusticias mucho más acuciantes, aunque menos visibles ni visibilizadas, de las que no se hacen eco los nuevos moralistas, entre otras cosas porque éstos colocan la búsqueda de la identidad (asunto personal, no colectivo) y las diferencias, por encima de la igualdad. ¿Les pongo ejemplos de desigualdades sangrantes hoy en España, de las que no se ocupan los nuevos supremacistas?

martes, 15 de enero de 2019

¿PODEMOS PRESCINDIR DE LA VERDAD?



Empieza el nuevo año y me asalta una duda metafísica nacida de los vapores que desprenden los desechos acumulados durante los pasados 365 días, por ponerle un dique numérico al río turbio de la vida. Viendo y oliendo y recordando todo lo acontecido, me llega el vaho de esa pregunta: la verdad,¿para qué? ¿Y si entráramos en un nuevo ciclo evolutivo en el que la sociedad pudiera prescindir de la verdad? ¿Y si en lugar de la verdad nos acostumbráramos a la ficción hasta el punto de no distinguir entre verdad y mentira, invención y realidad? ¿Un periodo de delirio colectivo?

Parto de un hecho empírico: es más fácil creer una mentira que aceptar una verdad. La mentira tiene la ventaja de que puede construirse con ella un relato apaciguador, coherente, inmune a la realidad de los hechos, a cuya prueba no necesita someterse. Basta con que sirva para reforzar la ideología del sujeto. La ideología (que siempre es compartida o colectiva), aclaro, es un conjunto rígido de creencias que se refuerzan entre sí de tal modo que si se pone en cuestión una de ellas, la estructura se tambalea. La verdad, en cambio, no necesita de la aceptación del sujeto para definirse y justificarse. Con la verdad (las verdades) se construye una teoría, pero no una ideología.

La verdad nace de la realidad de los hechos, pero los hechos no necesitan ser coherentes ni apaciguadores. La fuerza de la verdad nace de la rotundidad e irreversibilidad de los hechos, con independencia de la consistencia cognitiva que le otorguemos, porque la realidad no responde a nuestra lógica, sino a la suya, de la que apenas sabemos nada. Por eso la verdad es siempre más inquietante que la mentira. La verdad siempre es sospechosa, porque revela las mentiras y nos obliga a dudar de ellas. La verdad nos atrae y repele a la vez, por eso abundan más los creyentes que los científicos, los charlatanes que los hombres sensatos.

En contra de lo que se supone, con el aumento de información no ha disminuido el número de creencias y de creyentes, de mentiras y de mentirosos. Sostener una creencia o una mentira hoy es muy fácil, existen toneladas de información al alcance de cualquiera para confirmarlas. Antes bastaba con un puñadito de creencias para vivir tranquilo toda la vida; hoy necesitamos creencias para casi todo, hasta para alimentarnos, para definir nuestro sexo o para votar a un partido político.

Nuestra mente está permanentemente invadida por mensajes que no podemos, no ya verificar o poner a prueba, sino simplemente procesar. No tenemos ni tiempo ni espacio mental para hacerlo. Pero la verdad nunca nos viene dada, es preciso construirla con esfuerzo y distancia. De ahí mi pregunta: ¿y si esto de la verdad no fuera más que un deseo, una ilusión, una utopía racionalista?

En ningún ámbito se hace más patente la necesidad de esta pregunta que en el de la política. Si nos ponemos a analizar, por ejemplo, qué ha dicho y hecho Sánchez durante estos siete meses de ocupación del poder, no hay modo de establecer ningún criterio de verdad, de realidad, de consistencia objetiva. Todo, si creemos en sus palabras, es a la vez lo uno y lo otro, aquí y allá, pero siempre progreso, nueva era, avance indiscutible: "más en siete meses que en siete años", o siglos, o milenios, qué más da. La mayor prueba de la mentira es que resiste la contradicción, que basta con defender impertérrito lo que sea para que eso parezca verdad.

Podríamos decir que hoy asistimos a la "desustancialización" de la verdad. Mi duda es si una sociedad puede mantenerse sobre esta degradación, degeneración, desprecio y negación de la verdad. Si es posible sustituir la referencia a hechos objetivos por meras construcciones virtuales, por la artificiosidad de la propaganda, la imagen efímera, las declaraciones impostadas, los gestos engolados, los aspavientos solemnes, el halago de los sentimientos de identidad supremacista (sea separatista o de izquierdas).

Nada más elocuente que esas canas tintadas que el encorsetado y soberbio P.Sánchez se ha colocado justo a un ladito de la media frente y en el arranque de las sienes... Alguien le ha convencido de que así parece más estadista, más serio, más responsable. Es un truco de chalán de feria, que seguramente toma de Obama, al que las canas le salieron de verdad. ¡Qué disciplinadas las canas, que van y brotan justo allí donde marca el asesor de imagen!¡Y las horas que se habrá pasado el pinturero mirándose en el espejo monclovita!

sábado, 13 de octubre de 2018

ENTRE MI YO Y MI EGO



Hace tiempo me inventé una máxima que necesito recordarme cada poco: "Confía más en ti mismo y menos en tu ego". Los filósofos, psicólogos y (sobre todo) psicoanalistas, se han hecho mucho lío con esto del sujeto, el yo, el ego y el sí mismo. Han escrito cosas muy serias y sesudas, pero también muchas chorradas, desde Kant a Lacan (perdón por la aliteración). Yo simplifico, que el arte de pensar consiste muchas veces en hacer simple lo complejo y enigmático lo simple.

Empecemos distinguiendo el "yo" del "ego". Digamos que el yo es la conciencia que tengo de mi mismo como un ser individual, distinto y separado del mundo. El yo es la percepción de mí mismo: mi realidad corporal, emocional, existencial, física y vital. El yo es la conciencia de lo que soy. Uso el verbo ser para expresar el hecho de mi continuidad, de mi existencia como algo permanente, con independencia de la lenta transformación que mi cuerpo va experimentando. Como Yahvé, "yo soy el que soy".

El ego es algo distinto. El ego es una construcción imaginaria, la imagen idealizada de mi mismo. Una imagen interiorizada y con la que me identifico, dotada de rasgos únicos y excepcionales (superdotada, diríamos), lo que permite al sujeto sentirse siempre importante y superior a los demás (al menos en algo). El ego es, por su propia naturaleza, supremacista.

Y narcisista. Se construye muy tempranamente, antes que el lenguaje, en la fase del espejo (Freud) y se sostiene a través de la mirada del otro (la madre). Dada su naturaleza especular e imaginaria, frágil e inconsistente, necesita constantemente la reafirmación del otro, la aprobación del otro, para sostenerse. El ego es el yo imaginario, no el yo real. El yo real acepta lo que es, no se deja engañar por lo que imagina ser. Es muy distinto identificarse con el yo real que con un yo imaginario.

El yo y el ego se mezclan y confunden, pero es muy sano diferenciarlos.Porque yo no soy mi ego. Mi ego forma parte de mí, pero no es más que un sucedáneo de mí mismo. Yo soy mucho más que mi ego. Lo necesito, pero como sirviente, no como amo. Yo no estoy al servicio de mi ego, sino que mi ego ha de estar al servicio de mí. Somos seres escindidos. Peleamos contra nosotros mismos: el ser que somos (mortal, insignificante) contra el ser que imaginamos ser (inmortal, importante). 

Estamos siempre pendientes de adular al ego, de no ofenderle, de darle coba. Al nuestro y al de los otros. Y esto es agotador. Y tóxico, y enfermizo. Valórame por lo que soy (lo que hago, lo que digo, lo que pienso, lo que siento), no por lo que imagino ser. El primero que necesita liberarse de la tiranía de su ego soy yo. Por eso agradezco a quienes me ayudan a bajarle los humos a mi ego. Porque el verdadero aprecio, afecto, amor, nace de reconocer el yo del otro, no de alimentar su ego. Ayudar a que confíe en su yo, en su ser, no en su fantasía de ser. Yo no rindo pleitesía a un fantasma, no adoro a un fantasma que se cree Dios.

El ego es muy frágil, se encoje y asusta por nada. Está siempre en estado de alerta, no tolera el más mínimo fracaso. Cualquier cosa le ofende porque es débil. Y si llega a hacerse fuerte ante los demás, entonces se convierte en tirano: utiliza a los demás para imponer su ley. Por eso la relación con los otros es siempre conflictiva, porque el que toma las riendas, la iniciativa, suele ser el ego.

Egos contra egos: todos ponen por delante a su ego, la imagen de sí mismos, su importancia personal. El ego vive de sentirse importante. Visto desde fuera, todo esto es disparate, desatino. Un espectáculo cómico. Sus consecuencias, en cambio, son dramáticas. En todos los ámbitos, personales, profesionales y también políticos. La política exacerba los egos, vive de alimentar los delirios del ego. Imposible luchar contra eso. Contra los egos chocan los proyectos más nobles, los más lúcidos, los más racionales y necesarios. Por eso toda política está condenada al fracaso.

La vida, en cambio, es el reino del ser. Sólo existimos y avanzamos porque, pese a todos los delirios del ego, nuestro yo, nuestro ser real, mortal y limitado, acepta su condición, confía en su poder y actúa, y al actuar, transforma el mundo, empezando por sí mismo.

domingo, 16 de septiembre de 2018

HISTORIA Y MEMORIA


La Ley de Memoria Histórica de Zapatero, y la revanchista ampliación llevada a cabo por Sánchez, se estudiarán como ejemplo de aquello que un Estado democrático jamás debe hacer: legislar sobre la conciencia, el pensamiento y los sentimientos. Porque ésta es la pretensión última de esta ley aberrante: imponer, no sólo una visión o un relato, sino un juicio, unos sentimientos, una interpretación y calificación moral de los hechos del pasado. Esta absurda imposición, de naturaleza totalitaria, prostituye tanto el concepto de historia como el de verdad, y hasta el mismo sentido de la democracia.

Partamos de una primera verdad, incontrovertible: el pasado sólo existe en nuestra mente, la realidad es irreversible, no hay modo alguno de resucitar el pasado, y menos a un cuerpo o a una momia. La muerte es un hecho último, y todo muere a cada instante, por más que nos empeñemos en conservarlo, recuperarlo o revivirlo. Cualquier conversión del pasado en presente no deja de ser una invención, un intento de construir una realidad imaginaria en sustitución de la realidad del presente.

Una segunda verdad es que el presente es tan complejo, contradictorio e imprevisible, que necesitamos dotarlo de cierto orden para darle sentido, y por eso no podemos evitar interpretarlo en función del pasado y como anticipación del futuro. Es aquí donde interviene la historia y la memoria, tanto personal como colectivamente. Así que podemos decir que sí, el pasado está aquí, pero sólo como interpretación, elaboración y reconstrucción imaginaria de unos hechos irremediablemente desaparecidos.

Dejemos la memoria personal que, como bien sabemos, está permanentemente reelaborando los recuerdos para acomodarlos a las necesidades subjetivas y emocionales del presente. Es el yo, la imagen personal y el concepto de sí mismo lo que está en juego en esa constante reconstrucción de la historia personal. La memoria colectiva sufre las mismas distorsiones y acomodaciones en función de las tensiones y necesidades del presente. Precisamente porque esto sucede así, es por lo que ha surgido una ciencia, la historia, como un intento de descripción e interpretación del pasado que respete la realidad de los hechos del modo más objetivo posible, y de acuerdo con los registros que de esos hechos se conserven.

La historia, por tanto, nada tiene que ver con la memoria ni los recuerdos; se construye, precisamente, porque ni la memoria colectiva ni los recuerdos personales son de fiar. Exige un esfuerzo de objetividad, un propósito de constatación y respeto a los hechos que contrarreste cualquier tentación de tergiversación y utilización interesada del relato de lo sucedido. La historia está, por lo mismo, en las antípodas de la cualquier manipulación partidista e ideológica del pasado. Por eso he dicho que el Estado comete un abuso intolerable cuando trata de legislar sobre la historia con la pretensión de imponer una interpretación subjetiva y partidista de los hechos del pasado que llega, incluso, a tener consecuencias penales.

El Estado, sin embargo, tiene la obligación de proporcionar a todos los ciudadanos por igual, una educación y una formación que les permita el mayor grado de autonomía y realización de sus capacidades y talentos personales. Esto implica que les proporcione un conocimiento de los hechos más relevantes del pasado de acuerdo con los estudios más reconocidos que la historia nos proporciona.

Lo que no puede consentir un Estado democrático es que la historia se sustituya por un amasijo de interpretaciones, versiones, invenciones y fantasías, cuyo único fin sea controlar la conciencia y los sentimientos más elementales de los ciudadanos, creando identidades étnico-culturales que buscan legitimarse con la más burda interpretación de los hechos del pasado, como ocurre hoy en Cataluña y en casi todas las autonomías. Que la educación se haya puesto al servicio de mezquinos intereses partidistas y de las oligarquías territoriales es un pavoroso ejemplo de dejación y degradación democrática. Que coincida en esto una izquierda cada día más reaccionaria y obtusa, con los intereses de las burguesías caciquiles y territoriales, es algo que no resiste el más mínimo análisis y coherencia moral y política.

Esta izquierda mentalmente indigente y emocionalmente enferma, está logrando, contra todo pronóstico, y en contra de la evolución biológica y natural de los hechos, no sólo resucitar a Franco y reactivar automatismos que van del carlismo al falangismo, sino abonar el terreno para el resurgir de una ultraderecha renovada, tal y como está sucediendo en toda Europa. Y esto sí que es entregarnos al pasado, insuflarle vida a los monstruos y fantasmas de pasado.

martes, 31 de julio de 2018

EL ORIGEN DEL MAL

(foto: A.T. Galisteo)

El mal existe. No hablo de ninguna entidad abstracta, metafísica o cósmica. Me refiero a eso que realizan los hombres. Actos que perjudican conscientemente a otro, que causan dolor, sufrimiento, pobreza, hambre, muerte. Podemos identificar a los malvados: están por todas partes. De todos los malvados, los más peligrosos son aquellos que tienen poder, que "alcanzan" el poder. Siempre me he preguntado qué es lo que convierte a alguien en mala persona, qué es lo que transforma a un ser humano en alguien que causa conscientemente el mal a los demás.

De todas las explicaciones posibles, voy a desarrollar una, más o menos especulativa. Parto de la base de que el cerebro no entiende nada de moral, no se rige por criterios morales. El funcionamiento del cerebro es muy automático. Me atrevo a decir que ni siquiera acepta la categoría del no. Todo en él es positivo, no hay espacio para el no espacio. Toda información que recibe es válida y absoluta en sí misma. No le puedes decir, por ejemplo, "no pienses en eso"; éste es un mensaje totalmente incomprensible para el cerebro. El cerebro es. Todo lo que el cerebro procesa, es, no puede ser y no ser a la vez.

Esto se lo cuento yo a mis amigos cuando viene a cuento; por ejemplo, cuando alguno, ante el olvido de cualquier tontería, enseguida echa mano del Alzheimer. Le replico: si a tu cerebro le dices que tienes Alzheimer, él no va a entender que lo dices en broma o a modo de conjuro, no; se lo tomará al pie de la letra. Así es nuestro cerebro: todo se lo toma al pie de la letra. Yo por eso suelo tomarme al pie de la letra lo que digo, lo que escribo, lo que pienso, y lo que los demás dicen, escriben y piensan. Al pie de la letra y en todos los sentidos. Es el mejor modo de no equivocarse.

Doy un pasito más en mi elucubración. El cerebro lo simplifica todo. Puede analizar lo más complejo, relacionarlo todo, pero su máxima, su ley es "simplificar, simplificar", reducir todo a ideas simples. Economizar. Son esas ideas simples las que al final determinan nuestra conducta, mueven a nuestro cuerpo, construyen nuestra moral.

La otra ley, que es quizás la que más me sorprende, es que el cerebro no se rige por el principio de no contradicción. Todo es compatible, porque el cerebro no juzga, no rechaza nada. Lo único que hace es construir, con un puñado de ideas simples, una red mental coherente. Con esa red lo pesca todo, lo filtra todo, lo juzga y tamiza todo. Lo que es contradictorio, incoherente, simplemente se diluye, desaparece, no se toma en cuenta. Otra vez la ley de la economía.

Apliquemos esto al asunto del mal. El mal siempre se ha asentado sobre ideas simples que funcionan con el automatismo de un acto reflejo. Ideas-impulso, creencias, dogmas. El mal, para quien lo realiza, siempre está justificado, no es posible hacer el mal sin el sostén de un conjunto de ideas simplificadas. Dentro de un malvado siempre encuentra uno un cerebro simplificado, aquel al que le basta un puñado de dogmas para funcionar. Si pudiéramos estrujar su cerebro, exprimirlo, caerían, a lo máximo, media docena de ideas.

Voy a poner un ejemplo. Dice Iglesias Turrión que "Israel es un Estado criminal". Lo dice en la televisión pública y ya no necesita nada más. Le basta este dogma para justificar, no ya a Hamás y todos sus ataques criminales contra Israel, sino para "cabalgar contradicciones" (sic), tales como el recibir dinero y apoyo de regímenes que no dudan en ahorcar homosexuales, lapidar mujeres violadas (aunque sean niñas), quemar mujeres "adúlteras" o cortar el cuello a "infieles" (circulan vídeos terribles de todo ello por internet).

Ejemplos tan brutales del mal no son prueba de perversión, trastorno mental o degeneración genética. Quizás pueda explicarse por la fuerza que determinadas ideas simples ejercen en el cerebro hasta secuestrarlo. Y quizás por eso palabras como civilización, cultura, leyes o democracia, tengan un sentido básico: el cerebro, por su propia inercia dogmática y simplificadora, necesita un desarrollo adicional, que es el que le proporciona la educación, la cultura, el ejercicio del pensamiento y la razón. Y por eso, también, es imprescindible un orden social basado en leyes claras y democráticas. La ley nos protege del mal. Lo que hoy España, mismamente, necesita frente a los cerebros simplificados del nacionalismo separatista.

martes, 26 de junio de 2018

POR ASÍ DECIR


El pensar, con su lógica de conexiones sintácticas, exige concentración y esfuerzo. En un mundo de agitadas y absorbentes trivialidades, controlar la atención y someterla a lenta crepitación, la que acompaña a la reflexión, produce fatiga. De vez en cuando necesitamos dejar libre el pensamiento para que piense y diga lo que quiera. Es una forma de terapia ante el exceso de incitaciones, agresiones y provocaciones que pueden acabar aturdiendo y paralizando a la propia mente. Es el caso de los acontecimientos de estos últimos días, que no postreros. Por eso, digámoslo así, o por así decir, aunque bien podría ser de otro modo:

El separatismo (el nacional-catalanismo-parafascista) es, en su entraña (que ya intuyó Valle-Inclán, era la más negra de España) racismo puro y sin atributos (los ejemplares de superhombre y supermujer catalanes relumbran en los cuerpos garridos de los Turules y Junqueras, las Forcarelas y Roviras, por no hablar de los Ortuzar Arruabarrena). Pero ahí están, y hasta se citan con el presidente del Gobierno para hablar en pie de igualdad. ¿Para cuándo una enciclopedia del racismo vasco y catalán? Tendría que estudiarse en las escuelas de Cataluña y el País Vasco para evitar el contagio.

Pero la reforma constitucional es urgente, ha dicho (por así decir) Maritxell Batet, que tiene apellido de grato recuerdo, pero que se proclama, como Sánchez, plurinacionalista, que es lo más adecuado para descabezar al monstruo racista nombrado en el párrafo anterior. Todo su bagaje mental debe de ser eso de que, para hacer una tortilla, es necesario romper los huevos. Pues ahí estamos, guiados por tan luminoso faro: necesitamos tener claro contra qué hemos de empotrar la nave. Que ya dijo el obispo Torras i Bages que a Cataluña la hizo Dios, y no los hombres, y Mosén Verdaguer añadió, en consecuencia, que el catalán era obra directa de Dios. En catalán nos lo contará y cantará Maritxell, con Borrell dirigiendo el coro (¡ay, Maruzzella Maruzze, tus ojos son de verde mar!, que le cantaría aquel otro José Guardiola...)

Y yo les resumo, por si todavía quiere alguno enterarse, cómo ha ido la cosa catalana, al menos para que me entiendan un poco. Por etapas: catalanismo (no nos comprenden), nacionalismo (no nos quieren), independentismo (nos roban) separatismo (nos oprimen), golpe de estado (quieren destruirnos). O de cómo es posible que los oprimidos opriman tan brutalmente a los opresores. Porque, ¿quién manda hoy en Cataluña? ¿Quién tiene el poder y el dinero? ¿Se lo cuentan así los del PSC a sus todavía seguidores, aunque escasos, currantes charnegos y sin patria?

Los virus son casi indestructibles, pero necesitan un cuerpo en el que instalarse para sobrevivir. ¡Ah, y ahí llegó la izquierda, la dizque izquierda, la más obtusa y reaccionaria de nuestra historia, que le prestó el cuerpo al nacionalismo, todo su sistema linfático al servicio de la causa incausada de la identidad, la vasca, la catalana, la gallega (hasta Feijoo se ha hecho transfusiones) y le siguen ya la andaluza y todas las que se apuntan a la tarantela plurinacional.

Pero va a ser que no, porque las piedras no hablan, ni siquiera las rocas de Montserrat hablan catalán, que yo he estado allí y he pegado bien el oído. No, las lenguas no emanan de la tierra, ni siquiera la vasca; ni las identidades, ni los pueblos, ni la sangre pura corre por los arroyos de la patria ni baja de las cumbres para regar los campos de los que hemos de expulsar al enemigo. Que a la Virgen de Montserrat, por lo que he leído, la amamantaron durante tres siglos monjes vallisoletanos y si así no fuera, el monasterio hoy sería una ruina, y la montaña sagrada un montón de pedruscos. No, la lengua no es el alma del pueblo, porque el pueblo no tiene alma, no tiene alma metafísica, sino historia. Y la historia es lo que ha sido y fue, no lo que los nacionalfascistas se inventan a su antojo e interés.

Pedro Insua lo ha explicado muy bien (ver "1492, España contra sus fantasmas"). Fuimos un imperio generador y genitivo que engendró 23 naciones, entre ellas la nación española, nación histórica y política y democrática hoy, con la misma o mayor legitimidad que cualquier otra de Europa y el mundo, y que eso no lo vamos a cambiar por más reformas pedristas (y pedruscas) nos impongan. Y que esa reforma criptoindependentista, en el mejor de los casos, no podrá ser posible por falta de acuerdo, o, si lo fuere, saltará por los aires. Aviso para los suicidas, incluidos los de la COE, y el Círculo de Economía y todos esos empresarios apoltronados que creen que su negocio está por encima del bien y el mal nacionalista.

Es un decir, un por así decir.

jueves, 21 de junio de 2018

CONTRADICTIO IN TERMINIS



Uno puede vivir fuera de la lógica, pero lógica nunca dejará de perseguirnos. Siempre estará ahí, pugnando por hacer visibles nuestras contradicciones. Hubo uno que, consciente de su inevitable presencia, propugnó aquello de "aprender a cabalgar las contradicciones". Se refería a que era posible recibir apoyo (dinero) de Irán y Venezuela, regímenes criticables, pero de los que uno se podía aprovechar para debilitar al enemigo común. Defendía este principio como prueba de astucia política, y no como lo que era, puro cinismo. Este mismo se enfrenta ahora a una "contradictio" más peliaguda: cómo pasar de la noche a la mañana de vivir en un pisito de 60 m2 (como el mío) a habitar un chalet de lujo (260 m2, piscina, parcela de 2.000 m2 en zona VIP madrileña), mientras se sostiene el discurso anticasta. ¡Cabalga, caballo del pueblo; a galopar, a galopar...!

Despreciar la lógica tiene consecuencias nefastas y hasta nefandas. No hay principio ético, moral, político y humano más útil y saludable que ajustarnos a las exigencias de la lógica básica. Por ejemplo, estar alerta y no aceptar la "contradictio in terminis", la "petitio principii" o el "argumentum ad nauseam". Son tres de los muchos sofismas que hoy articulan el discurso político y el parloteo insufrible de los tertulianos. Y ni siquiera tenemos ya la posibilidad de alertar a nuestros bachilleres sobre estas poderosas y pegajosas trampas del lenguaje al haber desterrado la filosofía de las aulas.

La imposición de la ideología "progre" (cada día más reaccionaria por simplista) está plagada de esta "contradictio". Por ejemplo, aquello de "prohibido prohibir", que suena muy bien, que apela a la "libertad total", no deja de ser algo contradictorio en sí mismo. Si prohibo todo, debo prohibir también el derecho a prohibir el prohibir, con lo cual nos quedamos donde estábamos, o sea, que tenemos derecho "a prohibir unas cosas" y derecho "a no prohibir otras". Lo mismo pasa con la "libertad total": si es total, yo seré libre de ir contra tu libertad o tú contra la mía, así que con ese principio no resolvemos lo fundamental: para ser libres en unas cosas, hemos de dejar de serlo en otras.

La petición de principio es todavía más insidiosa y común. El "derecho a decidir" (se oculta el "decidir la independencia") se argumenta para defender... ¡el derecho a decidir! Pero si eso es precisamente lo que que hay que demostrar, que unos pocos tengan el derecho a dividir, a separarse y expropiarnos de algo que pertenece a todos. Lo mismo pasa con la democracia. Somos demócratas, dicen los nacionalistas, luego todo lo que hacemos es democrático. Pero si precisamente es al revés: si lleváis a cabo acciones antidemocráticas, eso significa que no sois demócratas.

Con la libertad de expresión es quizás con la que resulta más fácil saltarse la lógica para imponer falacias y sofismas. Las grandes palabras (libertad, igualdad, justicia, democracia) son fácilmente manipulables. Cuando se usan como argumento siempre hay que destronarlas, bajarlas del pedestal y el respeto que inspiran. De abstractas hay que transformarlas en concretas, y del singular pasar al plural. Hay que dejar de hablar, por ejemplo, de libertad para describir libertades concretas. Entonces empezamos a descubrir los usos espurios y las trampas que el propio lenguaje encierra.

Las emociones son necesarias, y no podemos prescindir de ellas, pero nunca pueden ser guías, sino acompañantes. La lógica, en la aque se basa el ejercicio de la razón, no puede ser nunca despreciada, pues es el único instrumento que tenemos para movernos con seguridad por este mundo y controlar, entre otras cosas, a las emociones. La lógica, además, suele ser reveladora de la verdad, a cuyo servicio está. No siempre desenmascara a la mentira, pero hace más difícil el engaño.

¿Y en cuántas contradicciones de este tipo están cayendo los neojipos, los anticasta, los antisistema, los aspirantes a pasar de Vallecas a Galapagar, de minipisos, minitrabajos y minisueldos, a tener "una pequeña gran mansión", como diría Groucho, asegurando que él se conformaba con disfrutar de "las pequeñas cosas" de este mundo? Lo malo es que de estas cosas sólo pueden gozar unos pocos, o sea, las "élites extractivas". Pero lo más insólito es pretender ocultarlo todo con un plebiscito. También se le llama ahora a esto "democracia directa".