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viernes, 29 de septiembre de 2017

¿DOS ESPAÑAS?

(Foto: Fernando Redondo)


Nos han contado tantas veces eso de las dos Españas que, como la leyenda negra, hemos acabado creyéndonoslo. Repetimos con Machado que al españolito que viene al mundo una de las dos Españas ha de helarle el corazón: la España ultramontana, carlista y fascista, por un lado, y la anticlerical, chequista y soviética, por otro. La Guerra Civil, con sus matanzas cainitas, le dio al mito de esta división irreconciliable fuerza de ley científica. Sus defensores aportan pruebas irrefutables que van desde los Reyes Católicos hasta hoy, pasando por todo el siglo XIX. Basta oír, por ejemplo, no sólo a Iglesias Turrión y a toda la tropa independentista, sino también a Pedro Sánchez, para comprobar hasta qué punto ese discurso renace con la misma y obsesiva insistencia.

¿Pero es así? ¿Existen esas dos Españas, la una caricatura de la otra? ¿Es éste un hecho diferencial, la prueba de una tara histórica que no hemos sido capaces su superar? Voy a decirlo con claridad: No. Ni existen ni han existido nunca esas dos Españas, ni hay esencia metafísica alguna que las justifique. Creer que existe algún rasgo psicobiológico que determina esa clasificación de los españoles en dos bandos enfrentados es tan absurdo e indemostrable como pensar que ha caído sobre nosotros una maldición bíblica o que ese destino infausto ya aparece escrito en los huesos de Atapuerca.

En Francia, en la Revolución Francesa, la Asamblea se dividió en dos grupos políticos, los partidarios del Antiguo Régimen (la derecha) y los dispuestos a acabar con todos sus privilegios para crear la Nación como una unión de ciudadanos iguales (la izquierda). ¿Algún historiador habla del enfrentamiento entre las dos Francias? Confundir esta división política con la existencia de dos Francias irreconciliables y cainitamente enfrentadas, es insostenible, por más que la Revolución Francesa dejó París lleno de cadáveres y cuerpos sin cabeza.

Una sociedad, en momentos de crisis, no se fractura en dos, sino que se va resquebrajando en múltiples grietas, creando incluso algunos abismos insalvables, pero todo ello es fruto, no de ninguna esencia o predestinación genética, sino de la propia evolución entrópica de los acontecimientos y las circunstancias. Podríamos decir, para que se me entienda mejor, que fue la Guerra Civil la que creó las dos Españas, no las dos Españas las que provocaron la Guerra Civil. En cuanto pasa ese estado de excepción que obliga a la formación de bandos enfrentados, la sociedad se convierte en lo que son sus individuos, una sociedad libre, diversa, no dividida en bandas de primates enfrentados, sino en una heterogeneidad de individuos que tienen en común lo único y fundamental: su condición de ciudadanos.

Así que no, no existen esas dos Españas, inventadas por quienes aspiran a aprovechar esa división social en beneficio de sus intereses y ambiciones de poder. Si divides a la sociedad en dos y logras que una aplaste o arrincone a la otra, tienes el camino libre para imponer a toda la sociedad lo que quieras. Cuando un proyecto de este tipo se hace evidente, como es el caso de los separatistas, surge un nuevo mito: el de los reconciliadores, los equidistantes, los pacifistas, los predicadores del diálogo, la tercera España. Hoy, proscrita la palabra España, prefieren hablar de la tercera vía, que es algo así como inventar una vía con tres raíles.

Lo diré sin rodeos: sólo existe una España, la España de los ciudadanos. Esa es la única España que nos une por encima de cualquier diferencia, ya sea social, cultural, lingüística, territorial, religiosa, ideológica, económica o sexual. La condición de ciudadano es lo que nos hace iguales. La fuente única de derecho es nuestra condición política de ciudadanos. Así que no hay derechos históricos, ni territoriales, ni de clase, ni de origen, ni de ningún tipo que convierta cualquier diferencia en privilegio. 

No hay mayor atropello democrático que despojar del derecho fundamental de ser ciudadano al conjunto de españoles. Lo hace Pedro Sánchez al proclamar que lo que hoy es España en realidad son, al menos, cuatro naciones: Cataluña, País Vasco, Galicia y… ¡España! ¿Nadie le ha dicho, ante semejante imbecilidad, que eso que quedaría, ya no sería España, sino una nueva nación recién inventada? Y si, además, eso que quedara, podría volver a trocearse hasta convertir a Madrid, por ejemplo, en una nación (como también ha proclamado uno de sus preclaros seguidores), ¿que eso sería no sólo destruir la España de los ciudadanos, sino todo el Estado de Derecho? Esta izquierda descarriada está dispuesta a pasar de las dos Españas a cuantas Españas se le ocurran. Los de Cartagena ya están preparados para convertirse en la España 51 o la 101, qué más da.

jueves, 21 de septiembre de 2017

ESPAÑA, PROPIEDAD COMÚN DE LOS ESPAÑOLES


(Foto: F. Redondo)

Hay verdades que, a fuerza de ser proscritas, el mero hecho de enunciarlas resulta una temeridad. Estamos inmersos en un régimen de pensamiento totalitario que ha vuelto literalmente imbéciles a la mayoría de políticos, periodistas, intelectuales y opinadores de todo pelaje. Una de estas verdades elementales que nadie, no ya defiende, sino que ni pronuncia, es que España es un bien común propiedad de todos y cada uno de los españoles. Si esta simple e insoslayable verdad, que es un hecho real y legal, se tuviera en cuenta, serviría para desenmascarar a los predicadores de esa basura mental y política llamada plurinacionalidad, derecho a decidir, autodeterminación y demás metástasis del mal nacionalista. Porque como sociedad estamos contaminados, intoxicados por una enfermedad contagiosa, que si bien se manifiesta virulentamente en Cataluña, ya se ha extendido por toda España.

Frente a tanta confusión, abrumados por la propaganda y propagación del virus, los ciudadanos se muestran indefensos y desconcertados. De este ambiente de incertidumbre y agotamiento no puede surgir nada bueno, pues, o se extiende el sentimiento de impotencia y de fatalidad, resignándose a que quienes quieren destruir España logren sus mezquinos propósitos, o bien estalla una reacción violenta, con consecuencias imprevisibles, de quienes no están dispuestos a entregar ese bien común a los depredadores y destructores de nuestra convivencia y el orden social y de derecho que entre todos hemos construido.

Digo que el proceso independentista es un acto de expropiación por la fuerza de lo que es de todos. España es hoy una sociedad moderna, democráticamente organizada, resultado de varios siglos de trabajo, esfuerzo, colaboración y organización de millones de seres humanos que han ocupado y compartido un territorio, estableciendo todo tipo de leyes para defender ese espacio físico, pero también para organizar un orden social, económico y político común. Cataluña ha formado y forma parte inseparable e indistinguible de este proceso.

El bien común, por su naturaleza, es indivisible, y su propiedad, por lo mismo, no puede ni privatizarse ni trocearse. El bien común lo constituyen aquellos bienes y recursos necesarios para el bienestar y la supervivencia de todos, como, por ejemplo, los ríos, las montañas, los bosques, el aire, el sol, el subsuelo, las costas, la pesca, la fauna, la flora, la biodiversidad, etc., por hablar de condiciones físicas y ecológicas en las que se desenvuelve nuestra existencia.

Pero también forman parte del bien común las infraestructuras que permiten el desarrollo humano, la producción y los intercambios sociales: la red de comunicaciones (carreteras, puertos, aeropuertos, ferrocarriles…), la red eléctrica e informática, el suministro de combustibles, etc. O los bienes y medios que aseguran nuestra salud (hospitales, centros de asistencia, acceso a medicamentos), la educación (escuelas y centros de enseñanza), la propiedad privada, la seguridad y defensa (ejército, policía, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado), la protección jurídica (justicia, leyes), la protección social y del trabajo (Seguridad Social, pensiones, ayudas sociales), la conservación y protección del patrimonio común (natural, histórico, artístico y cultural) y, en general, el Estado, con todo su aparato y sus medios, forma parte del bien común. (El Estado sólo tiene un fin: promover y defender el bien común). 


El nacionalismo catalán, de naturaleza fascista, xenófobo y totalitario (parece que muchos ciudadanos empiezan a darse cuenta de ello), pretende llevar a cabo un acto de expropiación, apropiación y ocupación por la fuerza de una parte de España, controlar un territorio que es propiedad común, del mismo modo que lo es Extremadura, Navarra o las Islas Baleares. Ni Cataluña es de los catalanes, ni Extremadura de los extremeños, ni Navarra de los navarros. La condición de ciudadanos no sólo nos otorga el derecho, sino establece el deber de defender el bien común ante cualquier atropello, usurpación o privatización, ya sea por parte de un atracador, un colectivo, una empresa o un Parlamento. Esto es lo que todavía no han entendido los ciudadanos ni, lo que es más grave, el Gobierno.

Tenemos la obligación de defender y preservar el bien común porque si no lo hacemos estamos consintiendo el robo, la rapiña y la expropiación de algo que es de todos, y tanto da que sean cien mil o un millón los depredadores, aquí ninguna cantidad puede invalidar un derecho que es de todos. Los catalanes, sean mayoría o minoría, no son dueños de Cataluña, como no lo son los andaluces de Andalucía. Sólo lo son en tanto que españoles. No puede haber bien común sin igualdad. España, repitámoslo, es el bien común irrenunciable de todos los españoles. Por lo tanto, Cataluña también lo es.































viernes, 15 de septiembre de 2017

IMÁGENES AL TUNTÚN

(Foto: S. Trancón)

Como tengo tantos temas sobre los que podría hilvanar o tejer este texto, pasquín, hoja volandera o volátil, voy a hacer un experimento y escribir, hablar, farfullar o balbucir sobre las primeras imágenes que me lleguen a la cabeza, a esa inasible pantalla interna que no cesa de emitir en onda corta, día y noche, reclamando nuestra atención. Me ahorro el esfuerzo de tener que discriminar y elegir un tema relevante, siéndolo casi todos y, por lo mismo, ninguno verdaderamente importante. Así que voy a ello.

Imágenes al tuntún, expresión que al parecer viene de “ad vultum tuum”, o sea, a bulto, a voleo, donde el “tuum” puede resultar sutilmente obsceno. La primera imagen que me llega del fondo de la retina es la de Inés Arrimadas, a la que, después de verla en el circo del hemiciclo catalán dirigiéndose a la turbia Forcadell, juntando las manos, suplicante y mística, no puedo dejar de llamar en adelante sor Inés Arrimadas, envuelta en una aureola de inocencia que hasta puede quedar muy arrebatadora en un cuadro de la purísima concepción. Con qué elegancia junta las manos y las empuja una y otra vez hacia delante, queriendo ser incisiva, pero vista de lado resulta implorante, ella abajo, la otra monja, sor Forcarell, arriba, con el rostro ya indeleblemente agrio y avinagrado, negándole lo que suplica, no sabemos qué. 

No puedo menos que trasladarme del icono al sema, del diseño a la semántica, y es aquí donde sor Inés se me diluye como azucarillo, pues últimamente es un manantial de agua clara, tan cristalina como insípida. Con el tsunami fangoso que hoy inunda Cataluña, su actitud, y de la su jefecillo Rivera, resulta tan extemporánea, ucrónica y deslocalizada, que sólo puedo interpretarla como un arrebato místico. Sigue exigiendo el diálogo, el buen rollito, el que esto no es más que una farsa y etcétera, predicadores de la tercera vía de la derecha, cada día más parecidos a la tercera vía de la izquierda, Rajoy en medio. 

Pero pasemos, al menos, a otra imagen, esta casi de refilón, porque me llegó mientras tomaba un café mañanero. Es eso que llaman “ofrenda floral” a Rafael Casanova, ese español que decía luchar por España defendiendo Barcelona de las tropas borbónicas, y que no murió en ningún asalto, sino 30 años después en su cama, pero al que han convertido en protomártir independentista los impulsores de la Cosa Nostra catalana. Bueno, pues lo que las imágenes de los floristas y filibusteros y arcedianos de la ofrenda me llega, sobre todo, es la cutrez, la zafiedad estética de esos paneles que depositan los oficiantes con suma reverencia en las aceras del monumento. Todos con las siglas de su botica de ultramarinos y matasuegras, a cual más meapilas, laicos, pero todos bendecidos con agua de Montserrat, mientras suena, con sones asardañados, ese himno de los Segadores plagiado de una salmodia judía. Arcádico, pero de arcadas. 

¿Más imágenes? El flequillo imposible de Puigdemont, voz de lija y espardeña, mirada de trapo turbio, el brillo ausente del cristalino, que en esas cuencas desconfiadas pierde su nombre. ¿Y de Rajoy haciendo “running”? Torpe voluntarismo asmático que lucha contra el apoltronamiento de su cuerpo y esquía con palos imaginarios, brazos de raqueta, rígidos, puños sin dedos, movidos por hilos invisibles como muñeco de guiñol. 

¿Otras? La turbadora imagen de ese padre en estado de shock, que ha perdido a su hijo atropellado por el terrorista de las Ramblas, y va y lo llevan a Ripoll y se pone a abrazar y consolar a un imán que vaya usted a saber lo que predica, con su jubah y su takiyab a la cabeza, que llora muy compungido, y seguramente con sinceridad, pero que no, que no es ese el gesto natural y humano de un padre consciente de lo que le ha ocurrido, y no se le puede pedir en ese preciso momento que se preste a un acto de propaganda nauseabundo, tan manipulado, tan obscenamente exhibido, mientras no hemos visto, no ya una lágrima, ni siquiera el rostro de ningún otro familiar de ninguna de las otras quince víctimas. En cambio, sí, nos han incitado a que sintamos el horrendo dolor de las madres y hermanas de los asesinos, a los que generosamente se les dará una ayuda suplementaria para superar el trauma provocado por sus hijos, pobres hijos descarriados, también.

Oh, con esta imagen se me han agitado los circuitos neuronales y debo cuidarme, no despertar la ira de los nuevos curas y apóstoles y predicadores de la paz islamocatalana, o mejor, la “pau”, que en español hasta la paz está prohibida. Así que al tuntún acabo.


jueves, 7 de septiembre de 2017

TITULARES DE PRENSA



Los periodistas saben que su poder se basa en los titulares. El poder de los titulares es el poder de la prensa. Los titulares venden porque influyen: no sólo marcan y enmarcan la actualidad, sino que la crean. La actualidad se convierte así en la única realidad importante. Dame un buen titular y quédate con todo lo demás.

Nuestro cerebro vive en una permanente sobreexcitación, si se para un segundo, se muere. Las neuronas son como las hormigas o las abejas, no cesan de agitarse. La glucosa es su droga: la consumen vorazmente. Dos impulsos las guían. Por un lado, un sistema de alerta: cuanto más cambiante e imprevisible es el entorno, mayor atención absorbe y más superficial su percepción. Somos débiles, frágiles; ni siquiera tenemos un caparazón para proteger nuestros órganos interiores, ahí donde se trajina todo. Así que hay que tener mucho ojo, cientos, miles de ojos para que no nos atropelle un coche, una bicicleta, no nos intoxiquemos con un boquerón en mal estado, no digamos una palabra de más y nos ganemos un enemigo para toda la vida.

La segunda fuerza que impulsa a las neuronas es la búsqueda de recompensa, de placer, de endorfinas y toda esa retahíla de sustancias que han descubierto los científicos husmeadores de nuestros fluidos. Hay placeres que simplemente son compensatorios, apaciguadores de la angustia, creadores, confirmadores de un entorno de seguridad. Las ideologías religiosas y políticas cumplen muy bien con esta función.

Si es cierta mi teoría de la sobrexcitación neuronal (nuestro cerebro no descansa ni durmiendo), los titulares sirven para mantener activo este sistema de alerta y recompensa. Nuestro cerebro está casi todo él “ideologizado”, así que interpretamos los titulares en función de ese sistema cognitivo interiorizado que ayuda a movernos por el mundo con rapidez y sensación de control. El éxito de un medio de comunicación es, o complacer a los seguidores de una ideología, o jugar a atraer a ideologías más o menos opuestas, aunque eso suponga contradecirse, pero para eso siempre se puede apelar a la “objetividad y neutralidad informativa”.

Voy a aplicar esta hipótesis a los titulares de hoy. La Vanguardia se inclina por complacer a los de la tercera vía y enfriar un poco a los secesionistas: el fiscal general dice que amparará﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽general dice que ecesionistas: or complacer a los de la tercera vça, creadores de seguridad, confirmadores de un entoná a los funcionarios ante el 1-O: “nadie sufrirá por cumplir la ley”. Fíjense que el fiscal no apunta a los que se saltan la ley y montan un golpe de Estado, sino a los pobres funcionarios que no sabrán qué hacer, si cumplir la ley impuesta por los golpistas o la tambaleante del Estado. Confusión, fruto de la más deleznable cobardía. ¿No dijo ya Puigdemont ayer que ir contra su golpe de Estado e impedir las urnas, sería dar un golpe de Estado? ¡Toma ya! Franco tampoco dio un golpe de Estado, sólo se levantó contra el golpe de Estado que habblica.﷽﷽﷽﷽ Reppe de Estado que habgolpe de Estado, sino que se levantan te del Estado.pobres funcionarios que no sabrde un entonía dado la República.
Seguimos con la Vanguardia. Maroto: “No explicar las medidas contra el 1-O es una parte de la estrategia del Gobierno”. El mantra apaciguador de Rajoy: astucia, prudencia, proporcionalidad. ¿Y si en realidad no hubiera estrategia, ni táctica, ni nada de nada, sino un “ya veremos”, como vengo sosteniendo? Debería existir un plan claro, conocido, bien preparado, pero eso supondría encarar el problema, no desde el inmediatismo de los titulares, sino desde la responsabilidad y la valentía, cosas que tendremos que ir a buscar a otra galaxia, no bajo los faldones del PP.

Sánchez: “Antes y después del 1-O Catalunya seguirá siendo España”. Tranqui, Jordi, tranqui. El de “todas las naciones son España”, el valedor de quien asegura que “Madrid es una nación”, nos dice que él arreglará el tinglado, los títeres de maese Pedro. Y Albert Rivera, el nuevo apaciguador: “Acabarán inhabilitados y creo que debe ser así”.  Atentos a la lítotes: “creo”. Ya dijo que los que silbaron y abuchearon al Rey en la manifestación de Barcelona eran unos pocos “maleducados”… Tan fino, acaba siendo relamido. Más: “Manifiesto en Catalunya en Comú contra el 1-O”. Fijémonos en que dice “en” y no “de” Catalunya en Comú, porque se refiere a unos 300 militantes que discrepan de la línea de Colau, que va a celebrar con Iglesias el 11-S para apoyar “la soberaa de Catalunya"o sabrde un entoncon Iglesias el !s que discrepan de la ltacia, no bajo los faldones del PP. e no sabrde un entonnía de Catalunya”.


Podría seguir con otros titulares y otros periódicos. Se titula para llamar la atención. La atención se atrae complaciendo y reafirmando las ideologías de los lectores. Quien se quiera informar, que piense y reflexione por su cuenta, que ponga entre paréntesis su ideología. Que depure, que no se deje arrastrar por los titulares. Que alimente sus neuronas con sus propios mensajes, su propio néctar.