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jueves, 22 de noviembre de 2012

CAMPANAS AL VIENTO


Hace tiempo me pidieron un poema para un festival de campaneros que se celebró en Tierra de Campos. El sonido de las campanas me lleva directamente a la infancia. Fui de niño monaguillo, y toqué muchas veces las campanas: a muerto, al rosario, a misa, a gloria, incluso a rebato... No se tocaba igual, por ejemplo, cuando moría un niño que cuando el entierro era el de un adulto. Las campanas eran más grandes que yo, pero era capaz de voltearlas. Subido a una viga, agarrándome a un clavo, las golpeaba con el pie empujándolas hasta que acababan girando a gran velocidad. A cada vuelta, un empujón. Al recordarlo siento cierto vértigo, pues las campanas colgaban arriba, sobre la espadaña de la iglesia, y era fácil resbalarse, caer y ser lanzado al cielo por la fuerza de la campana como un espantapájaros. Incluso la campana se podía salir del eje y acabar volando por los aires. Pero nunca tuve un accidente. Me fascinaba e hipnotizaba el eco, la vibración producida por los golpes del badajo. El badajo se une a la campana con la verga de un toro. Es el material que más resiste al roce constante de las vueltas de la campana. Este es un poema de encargo, y como tal escrito deprisa, sin pretensiones, pero creo que no está del todo mal.

La campana es seno, útero del silencio,
bóveda recogida en bronce,
temblor que da a luz lo invisible
y lo extiende por el aire.
Vago rumor que rasga el viento...

Vibración inmóvil
que condensa los latidos del mundo,
corazón de la noche que al alba
golpea su dolor contra un cielo
de lejanos fulgores dormidos.

Repique alegre que convoca
chillidos de vencejos o voz funeral
que repite, con honda lentitud,
la fugacidad de la vida, el adiós definitivo.
Vago rumor que rasga el viento...

En lo alto de la torre, un volteo,
un aspa que gira arrojando destellos,
granos de trigo que caen
como nieve, como frutos, como fuego.
Borbotones de un manantial profundo.

A rebato, a gloria, contra la nube,
haciéndose eco del lamento,
anunciando la fiesta antigua,
abriendo un hueco 
que llega hasta el infinito.
Vago rumor que rasga el viento...

miércoles, 14 de noviembre de 2012

EL PODER DE LAS PALABRAS



Las palabras dicen.
Las palabras expresan.
Las palabras hacen.

Dicen algo.
Algo sobre el mundo que nos rodea.
Sobre lo que vemos, oímos y tocamos.
Sobre lo que imaginamos y pensamos.
Las palabras construyen, contienen y trasmiten conceptos.

También expresan algo.
Sentimientos, emociones, deseos.
Expresan lo que sentimos en nuestro cuerpo.

Las palabras, además, hacen algo.
Son actos.
Nos comprometen.
Nos dan poder.

Cambian nuestra mente.
Desencadenan y sostienen o cambian nuestras emociones.
Nos motivan y llevan a los actos.

Pero hay más.
Las palabras nos hacen presentes, nos hacen reales.
Nos otorgan conciencia.

Las palabras son energía.
Mueven y modulan la energía.
Dicen, expresan, hacen, realizan.
No sólo al mundo que nos rodea, sino a nosotros mismos.

Por eso es tan importante todo lo que pensamos y decimos.
Por eso es tan importante nutrirnos con palabras vivas, creadoras, estimulantes.
Claras, iluminadoras. No tóxicas, no destructivas.

La literatura se hace con palabras.
Con el poder de las palabras.







miércoles, 7 de noviembre de 2012

EL PODER DEL MIEDO (II)


(Vuelvo sobre un tema del que escribí hace tiempo otra entrada)

El miedo es la emoción más poderosa. Todas las otras emociones siguen su patrón. El miedo es una anticipación. Su función evolutiva es ayudarnos a la supervivencia: evitar las amenazas, prevenir los riesgos, predisponernos para el ataque o la huida.

Como toda emoción, tiene una parte mental y otra más corporal o biológica. En el inicio de la reacción emocional siempre hay una imagen, una idea, un pensamiento que desencadena un mecanismo neurofisiológico automático.

Gracias al desarrollo prefrontal del cerebro, podemos establecer una breve pausa (décimas de segundo) entre la imagen del peligro (real o imaginario) y la reacción del sistema límbico. Sólo mediante el aprendizaje se puede llegar a controlar las reacciones emocionales del miedo y su consecuencia natural: el ataque, la huida o la paralización.

El miedo provoca un estado de alerta general, indiscriminada. No distingue entre los estímulos reales o imaginarios, externos o internos, ni establece una gradación en función del peligro. No analiza el origen, ni la distancia, ni las consecuencias de nuestra reacción. Por eso la respuesta que induce es siempre de todo o nada.

El sistema emocional es rápido, y en eso radica su eficacia, pero la mayoría de las situaciones de la vida no exige una respuesta de ese tipo. Vivimos en un mundo complejo. El miedo todo lo simplifica, pero el precio que pagamos por ello es enorme.


Detrás de todo conflicto siempre encontramos el miedo. Es la emoción humana más fuerte (más que el sexo) y por eso la más peligrosa. La sociedad actual se basa cada vez más en la creación y manipulación del miedo individual y colectivo. Lo peor es que necesita reprimir las reacciones de ataque. Huida y paralización son las únicas salidas.

Pero cuando la presión del miedo no se puede controlar directamente, los poderosos recurren a un mecanismo muy simple: dirigirla hacia los otros, inventarse un chivo expiatorio. El caso de Cataluña es tan evidente que parece mentira que una mayoría social no se dé cuenta: España es el enemigo. En otro tiempo fueron los judíos o los rojos. Por cierto, que los judíos siempre están ahí, a mano, para cuando se necesite un enemigo. Por eso el antisemitismo, ni ha desaparecido ni, desgraciadamente, desaparecerá.

Una recomendación: siempre que tengas un conflicto, un problema, una inquietud, una depresión, un arranque de ira... párate y analízalo. Encontrarás detrás el miedo, el miedo a algo. Cuanto más concretes ese miedo, cuanto más y mejor lo definas, mayor capacidad tendrás para controlarlo. Incluso para darle la vuelta y convertirlo en un impulso, en una fuerza positiva. De esto saben mucho los verdaderos toreros; incluso los buenos escritores. Los dos encaran el último miedo, el más real y el más imaginario, el más general y el más concreto: el miedo a la muerte.