Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
jueves, 20 de febrero de 2020
DE PÁJARAS Y PÁJAROS
Si, como dice Gracián, "lo bien dicho se dice presto" porque "lo bueno, si breve, dos veces bueno, y aun lo malo, si poco, no tan malo", quisiera yo ser breve y preciso, al menos para que lo poco que bien diga se duplique, y lo mucho malo se disimule. Pero difícil propósito es éste ante tan profusa, confusa y avasalladora lista de despropósitos que la realidad nos ofrece cada día, que ni aún siendo Argos tiene uno ojos para atisbar lo que pasa alrededor. Por eso siempre mejor, sí, pájaro o pajarraco en mano que cien picos volando por encima de nuestra cabeza.
Así que a la caza voy y, cogidos al menos por una pata, chillen un poco esos pajarillos o pajarracos antes de soltarles y que, después de "cantar en el ansia", sigan su alado vuelo y corten "las etéreas salas con velocidad", ya convertidos en "flor de plumas y ramillete con alas", como escribió Calderón. Dado que la vida es sueño y se nos escapa, que al menos durante un instante brillen y desprendan irisados destellos, incluso en medio de la noche, nuestros breves momentos de lucidez y rebeldía. Nada podemos contra la fatalidad, sea ella lo que fuere, pero si logramos hacer un agujero en medio de su negrura, por él penetrará la luz, de la que estamos rodeados aunque no la veamos.
Cazaron al vuelo a ese avión venezolano que traía en su buche a la vicepresidenta Delcy, nombre de insufrible cursilería, y una vez posada, la dulce pájara puso 40 huevos-maleta en el gallinero del gobierno y nadie sabe si son polluelos o tiranosaurios lo que lleva en su seno la güevada. Es posible, como ha sospechado la valiente Ana Oramas, que los huevos sean de oro, porque la gallina ponedora lo es, tesorera guerrillera a la que deslumbra la lumbre del poder y el relumbrón del dinero, como a los galápagos refugiados en la charca de Galapagar. Lo que de verdad me asombra es que nadie sepa ni dónde está ni qué contiene ese cargamento explosivo transoceánico.
Este oscurantismo, este cerrojazo informativo, eso es lo verdaderamente asombroso. Toda la secuencia, desde el encuentro urgente de Ábalos (ojillos de pájaro insectívoro) con el amigo turista al que no había otro momento para verlo que a las dos de la madrugada en el aeropuerto, a este penúltimo descubrimiento de ese tumulto de maletas invisibles pasando de mano en mano, es algo tan insólito que ni en un sueño febril pudiera imaginarse. Pero ahí está, y sigue tan oculto como el asalto a la embajada mejicana en La Paz, y eso que ésta fue a la luz del día.
Pero es que este cordón de hierro sanitario con que el gobierno protege sus tropelías y delitos lo ha extendido a todo, y lo peor es que le funciona, que tiene a una cohorte de periodistas, funcionarios, jueces, guadaespaldas y cuatreros que protegen su nido de reptiles, y así pasan las horas y los días como en la canción de Machín, en que la gente se pregunta "qué, cuándo, cómo y dónde" y sólo le responden, "quizás, quizás, quizás", porque la duda y el secreto siempre han favorecido al poder.
Así que los más piadosos, por más desconcertados que estén, se dicen que quizás sí, que quizás funcione eso del "diálogo" con los separatistas, y con los agricultores y ganaderos (aunque ni los reciban), y con los empresarios, y los pensionistas, y los autónomos, y con los parados desahuciados y los nuevos que crecen cada día, y que no importa enfrentarse a EEUU y a Europa y cobijar a dictaduras terroristas, declarar el boicot a Israel, amparar teocracias que promueven la más abyecta discriminación de las mujeres y los homosexuales, que todo eso está justificado porque lo hace un gobierno progresista.
Cantan los mirlos enamorados en Madrid estas noches de febrero, anunciando una primavera en la que el coronavirus va a recular y poco a poco disolverse en los rigores estivales, porque no resiste "la calor". Eso aquí, ¿pero qué pasará en las antípodas o el hemisferio sur? Yo confío más en que se lo traguen los pájaros, si todavía quedan pardales, porque también están sufriendo su plaga, la malaria aviar. Nadie ha contado los millones de pajarillos que han caído ya, porque sus cuerpos diminutos no cortan las carreteras ni incendian contenedores, pero a mí me acongoja su muerte silenciosa más que el destino de los galápagos.
sábado, 28 de diciembre de 2019
POR QUÉ SOY IBERISTA
Tiene el verbo ser en español (y en portugués) una fuerza semántica excesiva en comparación con otras lenguas. Al distinguir entre ser y estar, otorga a todo lo que es, una especie de esencia ontológica atemporal. El ser (sustantivo y verbo) es un desafío al tiempo y el espacio, un deseo categórico de eternidad y permanencia. La paradoja está en que, al mismo tiempo, sirve para decir que "somos" mortales y que nada en este mundo "es" permanente. Hechas estas reservas, pues sí, digo que soy iberista y, sobre todo, explico por qué lo soy.
Lo soy casi desde pequeño, porque estudié en Tuy y crucé muchas veces su puente metálico fronterizo para pasear por la amurallada Valença do Minho. Allí oí por primera vez a un niño referirse a la "Batalha de Aljubarrota" (la derrota castellana de 1385, que figura como hito fundacional de Portugal) y a mí aquello me sonó a lo de ¡Mala la hubisteis, franceses, / en esa de Roncesvalles! El niño lo contaba con una mezcla de orgullo y resentimiento.
Tan temprana educación patriótica me ha hecho pensar, y desde entonces entiendo mejor algo que, para ser iberista, uno debe aceptar: que ningún portugués deja de sentirse profunda y orgullosamente portugués. Es algo que, por desgracia, no podemos decir hoy de muchos españoles respecto a su nación. Los portugueses, es cierto, no han tenido ninguna leyenda negra que soportar y combatir, ni han sufrido movimientos internos disgregadores tan obstinados como los promovidos por los independentistas en Cataluña y el País Vasco.
Luego vino Unamuno, Pessoa, Eugénio de Andrade, Saramago... Es escandalosa la ignorancia que los españoles tenemos de la literatura portuguesa, cuando ya Cervantes nos habló en el Quijote de unas mozas de Sayago que recitaban a Camoens... ¡en portugués! (digo de paso que a estas pastoras, cantando y recitando a la vera del río, difícilmente las podemos imaginar por tierras manchegas, y sí por tierras de la Raya, de Zamora y de León, donde también se ubica la primera y más importante novela pastoril, Los siete libros de Diana, escrita por Jorge de Montemayor o de Metemor-o-Velho, hispanoportugués de origen judío).
No puedo dejar de recordar, en este breve recorrido sentimental, el impacto que en los jóvenes de mi generación dejó la Revolución de los Claveles. Estuve en Lisboa al poco de triunfar esa "revolución" que coincidió con los estertores del franquismo. Todavía resuena en mis oídos el Grândola, Vila Morena de Zeca Alfonso, uno de los cantos más bellos y emotivos que conozco. Pero vayamos a otros motivos "sentimentales".
Soy iberista porque siempre que veo el mapa de la Península Ibérica me cuesta trazar la frontera entre España y Portugal; es algo que siento "contra natura". La vista se me va espontáneamente a la totalidad, que luego debo corregir "por imperativo histórico y legal". Lo que más absurdo me resulta es el mapa meteorológico... ¡Como si el viento, el sol o las nubes entendieran de fronteras!
Soy iberista también porque siempre me he imaginado qué hubiera sido de nosotros, portugueses y españoles, si en lugar de separarnos definitivamente en 1640 hubiéramos unido fuerzas y construido el imperio luso-español. (No olvidemos que esta separación se precipitó como consecuencia de la rebelión simultánea de Cataluña, propiciada por las mismas potencias europeas que siempre han estado interesadas en impedir la unión política de Iberia).
Evocando este pasado siento una extraña nostalgia retrospectiva de algo que nunca existió, pero que pudo existir, y aclaro, de paso, que nada tiene esto que ver con ningún sueño "imperialista". En mi libro De la naturaleza del olvido escribí hace mucho un poema breve que decía: ¿Quién me arrancó de donde nunca estuve / y a donde no puedo regresar? Puede aplicarse esta nostalgia de lo imposible a todo lo que uno ha deseado, desde cualquier amor pasado, al paraíso de la infancia perdida, pero también a esa Iberia mítica y soñada, nacida de un impulso que, al menos en mí, y creo que en otros muchos compatriotas, estimula los mejores sentimientos humanos.
Pero soy iberista no sólo porque así me lo pide el corazón, sino la razón. Cualquier ciudadano portugués o español puede comprender hoy fácilmente, teniendo en cuenta criterios económicos, geográficos, políticos y culturales, que nada sería más beneficioso para todos que una unión "federal" de las dos naciones, adopte esta relación la forma de confluencia, integración, cooperación o coordinación, que de todo podría haber. Dos naciones soberanas que unen sus fuerzas y recursos para potenciar su economía, su turismo, su cultura, su agricultura, sus lenguas, sus vías de comunicación (trenes, autopistas, rutas marítimas y aéreas), la protección de la naturaleza y el patrimonio histórico, organizar su defensa, promover la igualdad, etc.
Un plan así nos protegería, no sólo ante un mundo global sometido a imprevisibles tensiones geoestratégicas y políticas, sino ante una Europa que está empezando a dar peligrosos síntomas de desconcierto y desvarío.
jueves, 19 de diciembre de 2019
DE POLÍTICA Y LITERATURA
Toda la política española pasa hoy por esas dos palabras, Cataluña y España, sobre cuyo significado y relación versó mi conferencia del Casino (no le llamo charla, al menos por respeto a la belleza arquitectónica de uno de los edificios más singulares de Madrid). Me invitó a participar el leonés Isidro González, el mayor experto en la historia de los judíos en España. Entre los asistentes se encontraban Amando de Miguel, Pepe Carralero y José María Vizcay, tres de los firmantes del "Manifiesto de los 2.300", la primera denuncia contra el proyecto catalanista que, casi cuarenta años después, ha desembocado en la rebelión separatista.
Frente a la perversa proclamación de Cataluña como nación, hecha por Iceta y sus mariachis, hemos de repetir incansablemente que Cataluña no es una nación, ni lo es, ni lo ha sido, ni lo será, salvo que España desparezca y los españoles lo consintamos. Si así ocurriera, significaría que aceptábamos la usurpación de algo que es propiedad de todos, por una minoría privilegiada y corrupta, que aspira a destruir el Estado democrático que hoy defiende el bien común y la igualdad de todos los españoles. Repitamos, hasta que le supuren los oídos a los independentistas, que Cataluña no es de los catalanes, como no lo es Extremadura de los extremeños, ni Galicia de los gallegos. Que todo es de todos por igual, sin que nadie tenga derecho alguno a trocearlo, apropiárselo y destruir lo que ha sido construido por todos durante siglos.
Parece mentira que todavía hoy siga el PSOE con la cantinela del federalismo, eufemismo que no sería más que el paso previo al independentismo. Lo ha dicho Tardà de modo inequívoco: "Vamos a hacer con la izquierda española una parte del viaje hasta la estación federal. Cuando lleguemos al estado federal español la izquierda española bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final, que es la república de Cataluña". Y añade, por si alguno no lo ha entendido bien: "Si reconocen Cataluña como nación tienen que reconocer el derecho a decidir, y tienen que autorizar el referéndum". Y ese referéndum, "aunque (lo) perdiéramos, ganaríamos. Si haces un referéndum, ¿por qué no dos o tres?"
El texto teatral "Confesiones de don Quijote" fue presentado por Paúl Sarmiento, Juan Margallo y José María Merino. Agradezco el entusiasmo de Sarmiento, el humor cervantino de Margallo y la sabiduría académica de Merino que, lejos de reservas o prevenciones, destacó las huellas judías y leonesas que yo he descubierto en el Quijote y las hizo suyas. Uno, acostumbrado a caminar entre abruptas peñas literarias, cruzar arroyos y buscar sendas escondidas, se sorprende a veces al encontrar en su camino a otros, si no tan solitarios, sí igualmente empeñados en seguir su propia ruta. Compartir la misma pasión cervantina es, sin duda, uno de los fundamentos más sólidos de la amistad.
Volviendo al principio, me pregunto qué sentido tienen estos actos y ceremonias, en que un grupo se reúne para hablar de lo que le preocupa (la grave situación de nuestro país) o le apasiona (la literatura, el teatro). Mi respuesta es que no lo sé. No sé hasta qué punto uno puede influir en los demás, en sus ideas, pasiones y sentimientos.
Lo que sí sé es que la propia vida me empuja a compartir por igual inquietudes políticas y literarias. Y que es difícil separar lo uno de lo otro, sobre todo cuando tiene uno la misma sensación de amenaza, de destrucción de aquello que considera fundamental para su vida y la de los otros: por un lado, la paz y la convivencia, la unidad nacional, la igualdad, la lucha contra los explotadores y usurpadores del bien común; por otro, la creación del arte y la literatura, el disfrutar con los buenos libros, el gozar con el inagotable estímulo cervantino. Pues habrá que seguir.
miércoles, 4 de diciembre de 2019
VA DE LIBROS
(FOTO: Fernando Redondo)
La palabra libro proviene de "líber", nombre con el que se designa en latín a la membrana vegetal que separa la corteza del tronco de un árbol. Contiene la idea de crecer y liberar, que está también en el origen de la palabra libertad. Ser libre es tener la capacidad de crecer. Y crecer se hace siempre desde dentro, rompiendo lo que nos constriñe o encierra, como es la corteza del árbol.
El término "scríbere" dio origen de la palabra escritura. Significa hacer incisiones, grabar, tal y como hacían nuestros antepasados sobre la piedra, la madera o la arcilla para dar permanencia a la palabra. Pero también está emparentada la escritura con el término griego "kriptós", que se refiere a lo oculto, lo encriptado, lo que debe descifrarse.
"Elígere" en latín significa recolectar, seleccionar, elegir. Leer es elegir, tener la capacidad de seleccionar entre distintos significados o interpretaciones. El lector es un elector. La inteligencia es saber elegir entre varias posibilidades.
Al extenderse la imprenta, el libro pasó de ser declamado o recitado en voz alta, a poder ser leído en silencio, lo que exigió desarrollar la capacidad de concentración e introspección. Uno de los logros mayores del libro ha sido aumentar nuestra capacidad de atención, introversión y reflexión.
El libro sigue siendo hoy el mejor instrumento inventado por el hombre para desarrollar la capacidad de concentración, de reflexión, de autoconocimiento y conocimiento del mundo. Para desarrollar la capacidad de pensar, la capacidad de crecer desde dentro de uno mismo, la capacidad de elegir, la capacidad de descifrar lo oculto.
El los últimos meses he ido a muchas presentaciones de libros. Recibo invitaciones casi cada día. No tendría presupuesto para poder comprar todos los libros a cuyas presentaciones soy invitado. Por eso renuncio a veces a ir a estos actos, sobre todo cuando son de amigos. Es casi obligado que, al ir a saludarlo al final del acto, lleve uno el libro para que se lo firme.
Caigo en la cuenta de que casi todos mis amigos escriben libros, como yo. Y la verdad, no es fácil mantener la amistad con alguien que escribe libros como tú. Es una relación complicada, porque a uno no le gustan siempre los libros de sus amigos. Pero la amistad obliga a la cortesía.
Se escriben hoy muchos libros, pero sobre todo muchos libros inútiles, prescindibles. Quizás siempre fue así, pero hoy se nota mucho más, porque se publica más. Paradójicamente, cada día es más difícil publicar. El mercado del libro es tan caótico, está tan degradado el valor del libro, que la antigua relación entre libro y calidad (literaria) es hoy el último criterio que los editores tienen en cuenta a la hora de publicar algo.
La crítica de libros ha desaparecido prácticamente. Ya casi nadie lee los suplementos literarios de los periódicos o las revistas especializadas. Sólo las leen los propios escritores, no los lectores de libros. La media de las ediciones hoy es de 500 ejemplares, cuando hasta hace poco eran como mínimo de 2.000. Hay miles de editoriales, pero si quieres publicar un libro, pon el dinero por delante. Y muéstrate agradecido, porque te dirán que te hacen un favor.
Cierto es que hoy, repito, gran parte de los libros publicados son deplorables, no sirven para nada de lo que he dicho más arriba. Antes yo jamás dejaba un libro sin leer enteramente. Hoy ya no lo dudo: leo diez páginas, hago un par de catas y decido seguir adelante o lamentar el espacio que va a ocupar el libro en mi trastero, ya abarrotado. Porque eso sí, todavía tengo cierto respeto, casi supersticioso, a los libros.
Concluyo dando un rodeo por el bosque, recién nevado, en el que voy dejando unas huellas que pronto borrará el viento y la lluvia para siempre. Me pregunto, mientras camino por una senda escondida, quién soy y qué sería yo en esta vida sin libros. Qué sería de mí. Trato de responderme.
Soy un cuerpo, una mente y una conciencia. Soy esa totalidad. Mi cuerpo percibe y actúa. Mi mente interpreta y decide. Mi conciencia se da cuenta y crea. Todo está relacionado. El mayor logro es armonizar nuestro ser, que es único, teniendo en cuenta todo lo que somos. Alcanzar el bienestar físico, la claridad del pensamiento y la plenitud de la conciencia. Para todo ello me sirven los libros. Bueno, más que rodeo, este final es una pirueta. Sea.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
NECIOS AUDACES
Empiezo hilando que el retruécano no es válido, o sea, que si bien es cierto que todos (o casi todos) los necios son audaces, no todos los audaces son necios. Vamos, que yo me considero ante muchos retos casi siempre audaz, incluso atrevido (y veces temerario), pero necio, lo que se dice necio, sólo muy de vez en cuando. Pero la frase me atrapó, no sólo porque obliga a pensar en uno mismo, o sea, a preguntarse si uno es un necio audaz o un audaz necio, sino porque venía muy a propósito para definir a tanto necio hoy presente en la vida pública. Gracián nos dice que necedad y audacia no son incompatibles, y esto viene bien para no sobrevalorar la audacia, que puede ser índice de necedad.
Digo que a veces gran audacia es señal de enorme necedad, así la coalición frentepopulista de esos dos grandes necios, Pedro y Pablo, que muchos admiran por audaz. Audacia disimula aquí necedad, y por eso la hace más peligrosa. Por eso no basta con oponerle la sabiduría, sino también el valor. Dice de nuevo Gracián: "Sin valor es estéril la sabiduría". Sépanlo bien los que se creen sabios, porque la sabiduría sin valor es tan estéril como la necedad pura.
Más aún: hoy los necios han aprendido a usar el arma más letal: engañar con la verdad. No necesitan disimular nada, ocultar la verdad, negar contradicciones. Se han dado cuenta de que hoy la verdad sirve de poco, que es mucho más importante lo que uno cree que lo que ve: "Es lo menos lo que vemos; vivimos de la fe ajena" (de nuevo Gracián). Por eso “con los necios poco importa ser sabio, y con los locos cuerdo". Hace falta algo más, y aquí es donde fallan tantos apaciguadores, irenistas, tanta alma angelical, seguramente más por falta de valor que de sabiduría.
Pero hay una verdad que no podemos ignorar: “Son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”, que también dijo Gracián. Y esto me da pie a pensar que no solo la audacia, sino la maldad, es atributo frecuentísimo entre los tontos. He llegado a esta conclusión recapitulando mi vida, porque he conocido en ella a muy pocos tontos que fueran buenos. Y malos son sobre todo aquellos que "de los átomos hacen vigas para sacar los ojos". Su principal objetivo es ése: dejarte ciego. Y lo peor de una ceguera repentina no es sólo no ver, sino quedar paralizado. Así el mal, el efecto más nocivo del mal.
Pues para que la sabiduría no sea estéril; para que los tontos audaces no aumenten; para que los malvados no nos saquen los ojos y nos engañen con la verdad; para que la verdad importe; para que sea más importante lo que vemos que lo que creemos; para poder contemplar la nieve tras los cristales y que la nieve nos sosiegue, hemos de tomarnos muy al pie de la letra lo que ya nos aconsejó Quevedo: "más que persuadir para obrar", hay que "obrar para persuadir". Porque el momento ya no admite titubeos precavidos. Nos lo ha dicho Slavenka Drakulic, que conoce muy bien lo sucedido en los Balcanes:
"Necesitas una justificación para empezar a matar, necesitas ser convencido de que estás haciendo lo correcto, de que estás defendiéndote de un enemigo diabólico que quiere hacerte daño. (...) La gente necesita estar dispuesta a matar y morir por sus objetivos. Esto, afortunadamente, tarda un tiempo en suceder. De manera que hay que tener esperanza en que aún estamos a tiempo de explorar posibilidades que eviten un conflicto fatal en España".
Concluyo con Quevedo, que por citas no quede: "Determinarse tarde al remedio del daño, es daño sin remedio". Dicho queda.
jueves, 31 de octubre de 2019
ESPAÑA EN MARCHA
Voy a permitirme glosar, comentar, acercar sus versos (que tan bien interpretó Paco Ibáñez y que muchos cantamos con rebelde emoción en nuestra primera juventud) recordando lo que dicen, que poco tiene que ver con lo que Pablo Iglesias y su pandilla han entendido, que también han querido apropiarse de este 'España en marcha', prostituyendo su sentido. Celaya fue comunista, pero lo suficientemente libre como para renegar de Carrillo, y su poesía está muy por encima de los mensajes que hoy lanza ese relamido impostor que usa su nombre tan en vano (Iglesias, aclaro).
"Nosotros somos quien somos. / ¡Basta de historia y de cuentos! / ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos". Así empieza el poema, y leídos estos versos sin añadido alguno, tomados como fueron escritos, o sea, al pie de la letra, son tan actuales que deberían cantárselos a Pedro Sánchez y a su vice la Cantante Calva allí donde fueran. Yo, si fuera o fuese periodista, a la primera ocasión le cantaría con música de Paco Ibáñez estos versos y le pediría al plagidoctor que me los interpretara: "¿Cree que tienen algo de actualidad, doctor?"
A quien ha pretendido convertir nuestra historia en un cuento de malos (ellos) contra buenos (nosotros), sí, yo le diría "¡basta de historia y de cuentos!", no me venga con más cuentos, sus cuentos; déjeme a mí conocer la historia, no la invente, no la use para legitimarse moral y políticamente, despertando un sectarismo anacrónico y repulsivo. Quien ahora vuelve a enterrar a los muertos está, como ellos, muerto, forma parte de esa macabra hueste de muertos que entierran a los muertos. El primer respeto, la primera muestra de dignidad, es no usar los huesos de los muertos para beneficio personal y partidista. Porque, además, nos dice Celaya: "Ni vivimos del pasado, / ni damos cuerda al recuerdo". Nada tiene que ver conocer el pasado con "vivir de él". ¿Lo entiende, doctor?
De estos otros versos seguro que no entiende nada, ni usted ni mucho menos la Cantante Calva: "De cuanto fue nos nutrimos, / transformándonos crecemos / y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto". Hemos llegado hasta aquí golpe a golpe y muerto a muerto, y por eso queremos y anhelamos algo mejor: "Españoles con futuro / y españoles que, por serlo, / aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno". Y acaba el comunista Celaya: "España mía, combate / que atormentas mis adentros, / para salvarme y salvarte, con amor te deletreo".
Qué lejos todo esto, esta mirada esperanzada sobre España, sobre su pasado y su futuro; qué lejos este sentir y amar y deletrear a España, de la mezquina negación de lo que somos ("nosotros somos quien somos"), de ese odio a España que incendia Barcelona, que recorre Cataluña como un tsunami de lodo, una nube tóxica y ponzoñosa. Que la izquierda justifique y apoye esta ola de rencor e inquina, eso es lo más preocupante. Hablan de frustración, de una reacción natural, del derecho a protestar contra una sentencia que juzgan injusta. Todavía Iceta, después de todo lo visto, sigue diciendo que el movimiento separatista es pacífico y democrático. ¡Y se queda tan orondo y lirondo!
Ante tanto desvarío y engaño, conviene recordar a estos poetas que, como Gabriel Celaya (o como Lorca, Machado, Miguel Hernández, Alberti..., toda la Generación del 27 y la llamada Generación de Postguerra), siempre expresaron y llevaron a sus versos una idea de España abierta, libre y generosa, tan alejada de la imagen grotesca que los separatistas están difundiendo de nuestra nación, que resulta aberrante que tipos como Sánchez o Iglesias se pongan a su servicio, ignorando esos sentimientos que nuestros mejores escritores supieron siempre elevar a la más alta expresión poética.
miércoles, 8 de mayo de 2019
APROPIACIÓN INDEBIDA
Apoderarse de los bienes ajenos es delito. La apropiación indebida es robo con estafa. Suena a atenuante, pero hay apropiaciones que pueden ser criminales, sobre todo cuando se trata de bienes comunes. Apropiárselos es expropiarlos a la mayoría. Porque hay propiedad común.
El término nación expresa bien qué es un bien común: aquello que es propiedad de todos los ciudadanos por igual. Nación es todo lo que pertenece a todos, empezando por el medio físico, eso que delimitan las fronteras (terrestres, marítimas, aéreas). Entran aquí los bienes naturales (el suelo, el aire, el agua, el sol, la flora, la fauna, etc.); los bienes materiales, sociales y culturales construidos a los largo de los siglos (industria, comunicaciones, carreteras, monumentos...); pero también el Estado, que es el conjunto de instituciones y normas que rigen las relaciones sociales y productivas y hacen posible la convivencia.
Propiedad común no se opone a propiedad privada, pero limita el uso particular de los bienes comunes, prevaleciendo su defensa sobre cualquier otro interés. Entender la nación como bien y propiedad común es el mejor modo de desenmascarar la aberración semántica de la plurinacionalidad. Si hay varias naciones, cada una ha de tener su territorio con su Estado y fronteras, del que son dueños y soberanos exclusivamente sus ciudadanos. Un mismo territorio no puede pertenecer a dos naciones (hasta los enclaves, como el de Treviño, se rigen por esta norma).
Traducido: si Cataluña es una nación, deja de ser de todos los españoles para pasar a ser propiedad exclusiva de quienes sean reconocidos como catalanes. Para ello hay que expropiar a los españoles de esa propiedad común que es hoy Cataluña (con todos sus bienes), y a su vez expropiarles a los catalanes esa propiedad común que hoy es España (con todas sus consecuencias). Hacerlo al estilo de la toma del peñasco del Perejil o mediante una apropiación indebida (como proponen Junqueras, Iceta e Iglesias) es lo mismo.
Pero quien dice Cataluña puede decir cualquier otro bien común. Por ejemplo, Cervantes y el Quijote. Los bienes culturales son también un bien común, aunque, por su naturaleza, puedan ser gozados por todo el mundo. Nada más miserable que intentar apropiarse indebidamente de un bien tan común como Cervantes y el Quijote. Pues los separatistas no tienen reparo en hacerlo. Han montado una institución destinada a catalanizar todo lo que suene a valor o prestigio español, incluido Cervantes y el Quijote, cuyo origen catalán propagan con vídeos, conferencias y libros. No es delito menor,¡porque además se hace con dinero público!
Pero lo más nocivo es el contagio. En cualquier rincón de España vemos surgir a fragmentadores y expropiadores de lo común, ya sea la educación, la historia, la sanidad, la justicia, los puertos y aeropuertos, las fuerzas de seguridad y hasta los rótulos de las carreteras. Un ejemplo ridículo es el conflicto que ha llegado al Tribunal de Justicia Europeo a propósito del uso comercial de la figura de don Quijote.
Las Denominaciones de Origen se inventaron para proteger los productos originales de las imitaciones espurias. Tal es el caso del "Queso Manchego". Los productores de esta DO unen a la marca una efigie de don Quijote, con su molino y rebaño de ovejas, y consideran que ningún otro queso puede llevar estos iconos. El TEJ sentencia que éstos son "signos evocativos" de la Mancha y que es ilegítimo usarlos para vender otro queso.
Traigo a cuento esta "noticia de quesos" como muestra del afán de apropiarse de lo común para beneficio particular. Nada hay más común y español que Cervantes y el Quijote. La primera apropiación indebida ha sido hacer a Cervantes y a don Quijote "manchegos".Viene de lejos, cuando un cura encontró una partida de bautismo en Alcalá a la que añadió el nombre de "Miguel". Luego, una lectura reduccionista convirtió a la Mancha en el espacio geográfico dominante de las aventuras de don Quijote.
He demostrado en mi libro Huellas judías y leonesas en el Quijote que ese tópico paisaje desolado desaparece a partir del capítulo X de la I Parte. Convertir el Quijote en guía turística es licencia aceptable, siempre que no se desvirtúe su sentido y alcance, que es universal por ser español, no manchego. Como español, no acepto la expropiación forzosa, ni de Cervantes ni de cualquier otro bien común. Vamos, que me rebelo contra tanto timador, saqueador y maleante, y contra todos los predicadores de la resignación y la claudicaciónque los amparan. ¡Que se vayan al infierno!
martes, 18 de abril de 2017
EL QUIJOTE, LA IZQUIERDA Y ESPAÑA
(Conmemorando el próximo 23 de Abril, día de Cervantes, que debería ser Fiesta Nacional)
Franco utilizó tanto la palabra España para encubrir su tiranía, la dejó tan contaminada de sotanas y brazos en alto, que todavía cuesta a algunos despojarla de ese lastre, esa grotesca caricatura. Pero después de cuarenta años de democracia, este fenómeno resulta muy extraño. Es como si los alemanes fueran incapaces de separar la imagen de Alemania de Hitler y el nazismo. Especialmente llamativo es que la izquierda haya asumido esa burda identificación entre España y el franquismo. Nada de esto habría sucedido sin el malintencionado y xenófobo empeño de los nacionalistas vascos y catalanes de acomplejar al resto de españoles arrojando sobre ellos la culpa, no ya de los cuarenta años de dictadura, sino de toda la historia de España, según ellos obra de canallas, fachas y palurdos.
Es una anomalía cultural y política que la izquierda haya asumido este discurso disgregador y se haya vuelto antiespañola, en contra de su tradición, para favorecer el poder de las minorías nacionalistas, tan contrario a los intereses y la unidad de los trabajadores. Nunca la izquierda (ni socialista, ni comunista, ni anarquista) había renegado de España. ¿Habrá que recordar a algunos qué significan las siglas PCE y PSOE? Tan natural era esta E como antinatural es hoy el intento de borrarla o pronunciarla con vergüenza. Es la hora de recuperar el nombre de España y lo que significa: la mejor garantía democrática de la igualdad, la unidad, la libertad y el bien común de todos los españoles, con independencia de su lugar de origen o cualquier sentimiento particular de pertenencia.
Necesitamos volver a leer a Richard Ford, George Borrow, Ernest Hemingway, Gerald Brenan, Ian Gilson, a los hispanistas y, sobre todo, a Cervantes, para recuperar un legítimo sentimiento de autoestima, de aceptación de nuestra historia singular, de valoración de todo lo que tenemos y nos une, dejando a los nacionalistas con su rencor, sus mezquinos sentimientos y sus fantasías supremacistas. La izquierda, como ha dicho el insobornable Antonio Robles, “necesita amar de nuevo a su país y dejar de estar acomplejada por ello”.
Necesitamos restablecer los vínculos humanos y emocionales con esa realidad histórica, geográfica y cultural llamada España. Sin miedos, sin necesidad de dar explicaciones ni buscar justificaciones a un sentimiento tan natural como lo es sentirse español, del mismo modo que se siente vinculado a su patria un francés, un alemán o un inglés. La izquierda, especialmente, tiene la obligación de defender una idea democrática, igualitaria, abierta y moderna de nuestro país, combatiendo activamente la propaganda antiespañola, antinacional y antidemocrática que de modo beligerante lleva a cabo el nacionalismo catalán, vasco y gallego.
Que una nación pueda identificarse con una obra y un personaje como don Quijote es algo soprendente, y bastaría este hecho para reivindicar sin complejos y determinación nuestra condición de españoles, a los que une, ante todo, una lengua, una cultura y una literatura que es algo más que un simple fenómeno artístico. Se trata de una referencia simbólica capaz de expresar, sostener y elevar los mejores empeños, los afanes más nobles, las exigencias más altas. Es significativo que haya sido Cervantes, un judeoconverso, quien mejor haya sabido condensar y dignificar valores como la valentía, el orgullo, la altivez, la lucha contra la injusticia y la humillación, el amor y la amistad incondicional, la defensa de la libertad y la igualdad, el valor del esfuerzo, la desconfianza en el poder, el desprecio del dolor y la muerte, la pasión por la verdad. Que este conjunto de valores y símbolos lo encarnen los personajes más reales y vivos que ha creado la literatura, don Quijote y Sancho, da pleno sentido a la afirmación de Gibson, que podría figurar en el frontispicio de nuestra democracia.
Ojalá recuperemos, junto al nombre de España, todos estos valores para poder combatir la pasividad, la pusilanimidad, la cobardía y la falta de energía y vitalidad que hoy invade a nuestros políticos, adocenados y encerrados en un posibilismo mezquino y claudicante.
lunes, 2 de enero de 2017
LIBROS PARA PENSAR
(Foto: A. Trancón)
Llega el nuevo año, y aquí va mi deseo: que siempre tengas a mano un libro. Un libro que te haga pensar. La palabra libro proviene del “líber”, nombre con el que se designa en latín a la membrana vegetal que separa la corteza del tronco del árbol. Contiene la idea de crecer y liberar, que está también en el origen de la palabra libertad. Ser libre es tener la capacidad de crecer. Y crecer se hace siempre desde dentro, rompiendo lo que nos constriñe o encierra, como es la corteza del árbol.
El término “scríbere” dio origen de la palabra escritura. Escribir es inscribir, hacer incisiones, grabar signos sobre la piedra, la madera o la arcilla para dar permanencia a la palabra. También está emparentada la escritura con el término griego “kryptós”, que se refiere a lo oculto, lo encriptado, lo que debe descifrarse.
Libro y escritura acabaron asociándose a “elígere”, que en latín significa recolectar, seleccionar, elegir, de donde procede “lectura”. Leer es elegir, tener la capacidad de seleccionar entre distintos significados o interpretaciones. El lector es un elector. La inteligencia (inter-legere) es la capacidad de elegir entre varias posibilidades.
Al extenderse la imprenta y la alfabetización, el libro pasó de ser declamado o recitado en voz alta, a ser leído individualmente en silencio, lo que exigió desarrollar la capacidad de concentración e introspección. Uno de los logros mayores del libro ha sido aumentar nuestra capacidad de concentración, introversión y reflexión. Este sigue siendo hoy el espacio natural del libro. Gracias a él evolucionó nuestro cerebro.
Lector, ten siempre un libro al alcance de tus manos: es el mejor instrumento inventado por el hombre para desarrollar la capacidad de reflexión, de autoconocimiento y conocimiento del mundo. La finalidad de todo libro es transmitir el conocimiento y ayudar a desarrollar la conciencia, la capacidad de pensar con claridad. La capacidad de crecer desde dentro de uno mismo. La capacidad de elegir. La capacidad de descifrar lo oculto, lo invisible, el misterio de la vida y el universo.
Internet es muy útil, pero no puede sustituir al libro. La lectura en una pantalla siempre será superficial, efímera. La letra virtual no penetra en nuestro cerebro; para que lo haga tenemos que sacarla de la pantalla a través de la impresora o la escritura a mano (gravísimo error desterrar la escritura de la escuela). Materializarla, fijarla, escribirla en el papel para que pueda inscribirse en nuestra mente. Espacio y tiempo. El libro crea un espacio físico que fija y contiene el sonido inmaterial, la palabra. Un espacio que exige tiempo para descifrar todo lo que está escrito en él. ¿Qué sería de internet si desaparecieran los libros?
Libros para pensar, y pensar para vivir, para desarrollar la capacidad de enfrentarnos a los problemas, las dificultades y retos de la vida cotidiana. Para vivir de modo más sereno y feliz. Para disfrutar de la vida. Para asombrarnos ante el insondable misterio del universo y la existencia. Para descubrir nuestras capacidades ocultas, renovar el entusiasmo por lo que hacemos, intensificar la experiencia y estimular la creatividad.
Podemos ser dueños de nosotros mismos, dueños de ese potente centro de creatividad y energía que es nuestro cuerpo y nuestro cerebro. Podemos controlar nuestras ideas, nuestras emociones y nuestros deseos. El libro, la lectura sin prisas, es el mejor medio para perfeccionarnos. Un buen libro nos ayuda a dejar para siempre, por inservibles e inútiles, viejas ideas y prejuicios, pero también el pesimismo, la desconfianza, las vacilaciones, la confusión, el miedo, la envidia y el rencor. Toda la energía negativa que se ha va pegando a nuestros pensamientos día a día.
Un libro siempre a mano. Un libro para animarte a ser libre, a elevar tu energía, a desarrollarte desde tu interior y crecer, haciéndote, como el árbol, más robusto ante la adversidad, más enraizado en este mundo –en la realidad de este mundo– y menos frágil y perdido en el mundo irreal de tu mente, en la absorción en ti mismo. Ser libre de tus propias limitaciones, de tus pensamientos y reacciones automáticas. Descubrir que la realidad en la que estamos inmersos es mucho más y distinta a lo que nuestro modo rutinario de pensar y sentir nos ha acostumbrado. Y que es posible cambiar la vida y transformar el mundo.
miércoles, 7 de septiembre de 2016
JUAN CARLOS MESTRE, LA POESÍA ESENCIAL
Entre mis lecturas de este verano quiero destacar un libro de
Juan Carlos Mestre, “La tumba de Keats”, Premio Jaén de Poesía en 1999, recién
reeditado por la editorial Calambur e ilustrado por el propio Mestre. Se trata
de un largo poema escrito con un gran impulso y una energía poderosa que le
otorga una unidad de tono, ritmo y estilo absolutamente original. Ni por su
estructura ni por su lenguaje se parece a cualquier otro libro de poesía. Quien
se adentre en sus versos se verá obligado a dejar de lado su idea preconcebida
sobre lo que es un poema para entregarse a lo fundamental: la experiencia poética.
El libro nace de una visita que Mestre hace en 1997 a la tumba de
J.Keats, poeta romántico que murió muy joven en Roma. El marco físico es la
ciudad de Roma, “cadáver esencial”, símbolo y metáfora del mundo, por la que el
poeta camina y se pierde. Lo importante es la vivencia arrebatada que provoca
este deambular, que acaba convirtiéndose en un viaje interior: “No he
descendido a ningún otro infierno que no fuese mi vida”. La belleza y horror,
el orden y el caos, las cúpulas y las cloacas, el pasado y el presente, todo se
mezcla fuera del tiempo y provoca asociaciones insólitas, imágenes fascinantes
y sentimientos desbordados.
El exceso. Mestre nos hace reflexionar sobre el mundo como exceso,
algo esencialmente inabarcable, inexplicable, incomprensible para la
experiencia humana. Algo que está siempre más allá de lo humano. Ante eso que
nos desborda, el poeta, movido por la angustia y la desazón, busca lo esencial,
lo sustancial, aquello que permanece en el mundo bajo todas sus infinitas
formas. En esta búsqueda comprende que él no es más que otro sustantivo perdido
en una cadena interminable de sustantivos. Todo es fragmento asociado a otro
fragmento sin que podamos explicar el sentido de esa asociación. Nada de
extraño que use la construcción nominal, la elipsis verbal, la anáfora y el
paralelismo como recursos dominantes.
El caos y el orden no son más que una ilusión, todo está
conectado con todo formando una red sustancial que apenas percibimos. La
palabra es también un objeto sustancial que se mezcla, enlaza y asocia movida
por su propio impulso. El verbo nace del sustantivo, no al revés. “El obstinado
aliento / de la cansada luz de octubre en el baúl de las abejas”. “La
implacable hormiga en el blando bulbo de la boca helada" “… Un reloj de sol
bajo los párpados,/ la aguja inmóvil como retina fría de los caballos muertos”.
El poeta no hace otra cosa que liberar la energía de la palabra. El
irracionalismo es un medio para ampliar el poder del lenguaje y la conciencia.
El lenguaje se extraña de sí mismo, la palabra se mira y se sorprende a sí
misma. La transgresión del género poético es una necesidad, no algo buscado por
sí mismo. El resultado será ese fluir torrencial de concordancias, asonancias,
resonancias y sincronías que otorgan a la palabra un poder esencial contra el
orden impuesto, el orden de la sintaxis, pero también el orden político, civil,
social. Hay, detrás de esta poesía desbordada, una conciencia cívica rebelde,
irreverente, que lucha contra la imposición y la banalidad. “Están llenas de estiércol
todas las escobas de la patria”, dice en “La bicicleta del panadero”. Y: “La
muerte anda viva entre nosotros”.
No pretende el poeta imponer un orden humano al universo, sino
describir lo que ve y siente. Una especie de monólogo exterior, de fuera hacia adentro,
del mundo a la palabra. No hay propiamente subjetividad, sino conexión
interior: el poeta como sustancia transparente en la que se refleja el mundo.
“Llamas vivir al terrible corazón que rueda sin otro oficio que la necesidad”.
El tono bíblico, salmódico, con ecos proféticos y alegóricos, la
iluminación de los oráculos, es la forma adecuada para dar cauce esta
experiencia poética. El poeta poseído por la palabra, sustituto de la carne,
también materia impenetrable. El cuerpo como un sentir desgarrado, atravesado
por la palabra. “Conozco el lóbrego lugar del mundo donde los astros mueren”. “He
sido poseído por un extraño canto de insecto”. Feliz lectura otoñal, para quien
no lo haya hecho todavía.
martes, 24 de mayo de 2016
ANTONIO COLINAS: MEMORIAS DEL AGUA
Acaba
Antonio Colinas de publicar su último libro, “Memorias del estanque”. Es el 70
de su bio-bibliografía, el número cabalístico de la plenitud creadora. Sincronía perfecta entre el ciclo solar y la
gestación poética. Un libro que sitúa a Colinas entre los más destacados
escritores de nuestro tiempo. Un poeta al que podemos llamar, con pleno
sentido, universal, porque su escritura ha sabido, a partir de sus raíces,
proyectarse y difundirse por todo el mundo, desde Corea y China a Méjico,
Colombia o Canadá, pasando por Italia y toda Europa.
Ha recorrido Colinas el planeta de un extremo a otro llevando
la poesía a los rincones más insospechados, de las plazas a las cátedras
universitarias, de los bosques y montañas, a los teatros y cafés. No es una
metáfora. Este libro tiene la primera virtud de hacer visible esa geografía
universal por la que Colinas ha ido leyendo, recitando, explicando y
transmitiendo el sentido más profundo de su poesía: llegar a todos los lugares
para hacer sentir a todos los seres humanos el valor de la palabra, la
capacidad que la poesía posee para llevarnos hacia nosotros mismos en busca de
nuestra plenitud, la plenitud que nace de la conciencia de ser y el valor de la
vida.
También habla este libro de su geografía personal, de los
lugares en que ha vivido, trazando un círculo que ahora vuelve a su origen, a
su raíz, al centro: el lugar de su infancia. Escribe: “He sido en la vida lo
que he deseado ser”. Y aclara: “En la vida no he ido adonde he querido, sino
adonde la vida me ha llevado”. ¡Quién pudiera decir lo primero y aceptar y
entender lo segundo! De lo primero, de su insobornable voluntad y determinación
de ser lo que deseaba ser, tuve conocimiento y experiencia directa allá por los
años en que empezó a escribir y publicó su primer libro. Nunca he conocido a
nadie que tuviera más clara, y más pronto, su vocación literaria y poética. Fue
lo primero que me transmitió desde el momento en que nos conocimos. Creo que yo,
entonces, le transmití otra de las pasiones que compartimos: el afán de
conocimiento. Dice que siempre me recuerda con un libro en la mano.
He disfrutado y he vivido la lectura de este libro como una
experiencia única, la que nos lleva a descubrir la felicidad como “soledad,
serenidad, silencio”, “tres claves para la plenitud de ser”, “tres situaciones
o estados de ánimo (que) dan forma a algo más profundo que no puedo explicar”.
Eso inexplicable e inefable es la fusión de nuestro ser con la naturaleza, con
el todo, uno de los hilos de seda con que Colinas teje las páginas más íntimas
y fértiles de estas inclasificables Memorias.
Son Memorias poéticas, pero no por eso menos biográficas. Nos
hablan de la vida esencial, de la transformación interior, ese elevarnos hacia
la luz al descender hacia la profundidad de lo que somos. Deja de lado lo
superficial y anecdótico, eso que la mayoría de autores suele confundir con la
vida, convirtiendo el recuerdo en mero reflejo de sí mismos, no en una
reflexión sobre su lugar en el mundo y el sentido de su vida.
Pero también este libro es un bello “fruto” literario (no
“producto”, como él dice), una admirable creación artística, expresión pura de
la prosa poética, del cuidado y el amor a la palabra, depurada en su esencia
rítmica y seductora. No ha caído Colinas en la trampa cronológica, secuencial y
espacial de la narración, ha sabido trascender las limitaciones del tiempo y el
espacio para transmitirnos una profunda verdad: en nuestro interior, en nuestro
verdadero ser, todo está relacionado con todo, tiempo y espacio se funden. En
el circulo﷽﷽﷽﷽después ya ha sucedidoo
de su vida mndo un cl espacio para transmitirnos una profunda verdad: en
nuestro interior, en írculo no hay antes y después, no hay cerca ni
lejos, el pasado es ahora, el aquí, allí. Estanque, lago, remanso, fuente: todo
nace del fluir del agua, que es la vida.
miércoles, 16 de marzo de 2016
¿DE DÓNDE ERA CERVANTES?
La
doctrina oficial dice que nació en Alcalá de Henares en 1547. La principal
prueba es una partida de bautismo descubierta en 1752. Las dudas sobre la
fiabilidad de este documento, sin embargo, no han cesado desde que se dio a
conocer. La polémica se ha prolongado hasta hoy. Acabo de leer detenidamente un
libro de Emilio Maganto, editado por la Universidad de Alcalá, que pretende
zanjar definitivamente la discusión. No lo consigue, por más que trate a
quienes no compartimos su fe de charlatanes “movidos por oscuros y mezquinos
intereses”. Me incluye en un grupo imaginario, “el grupo sanabrés”, al que
acusa de “obcecación, vanidosa petulancia y temeridad ridícula”. “Con enorme
beligerancia y gran aparato propagandístico” dice que “vituperamos a las más
altas personalidades académicas”. Escribe que Sanabria es “una comarca
galaico-portuguesa”… Por supuesto, no ha leído mi libro (“Huellas judías y
leonesas en el Quijote”) al que cita dos veces como publicado en 2013, cuando
lo fue en 2014. Me recuerda a otro cervantino leonés (que tampoco ha leído mi
libro) que asegura que yo defiendo que Cervantes nació en Carbajal de la Legua…
Aclaro mi posición: yo no digo que Cervantes nació en
Alcalá o en Sanabria, sino que su familia “procedía” de las montañas de León.
No podemos ir más allá. No hay prueba alguna de que naciera en el pueblo de
Cervantes, pero tampoco de que la partida de Alcalá pertenezca a nuestro autor.
Los reiterativos, prolijos y confusos argumentos de Maganto siguen sin
confirmar lo principal: que en la partida alcalaína figure el nombre de
“Miguel”. Defiende tres cosas contradictorias: que el nombre aparece abreviado,
que se ha borrado y que se ha roto el papel donde estaba escrito. Reconoce que
la abreviatura es “anma﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ue la
abreviatura es "roto el papel por donde estaba el nombre. vantes.ómala”,
contraria a los usos de la época, y que no figura en las otras 10 partidas del
libro en que aparece el nombre de Miguel. La explicación del “Carbantes” en
lugar de “Cervantes” es más peregrina: asegura que la “a” es una amalgama de
“e” y “r”. Respecto al apellido Saavedra, que nunca llevó su padre Rodrigo,
dice que Cervantes lo tomó del árabe “Shaiavedraa”, que significa manco o
tullido… porque “era muy aficionado a cristianizar nombres árabes en sus
obras”.
Yo lo único que defiendo es que no sabemos dónde nació
Cervantes y que nunca lo sabremos, entre otras cosas, porque él lo quiso
ocultar voluntariamente: “de cuyo nombre no quiero acordarme”. Y lo hizo para
no revelar su origen judeo-leonés: “en las montañas de León tuvo principio mi
linaje”. No hay mejor explicación.
Cuando le preguntan por su patria, Rinconete responde a Monipodio:
“La patria no me parece de mucha importancia decirla, ni los padres tampoco”.
Monipodio asiente: “Es provechoso documento callar la patria, encubrir los
padres y mudar los propios nombres”. El licenciado Vidriera, cuando le
preguntan de dónde era, “respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado”.
Como sabía leer y escribir le replican que no será “por falta de memoria
habérsete olvidado el nombre de tu patria”. “Sea por lo que fuere –respondió el
muchacho-, que ni della ni del de mis padres sabrá ninguno”.
No reveló Cervantes su patria, pero dejó muchas pistas
sobre su “lugar” de origen, que muestra conocer muy bien: lenguaje, fauna,
flora, orografía, costumbres y modos de vida, etc. Todo lo que el mancheguismo
oficial ha tratado de borrar e ignorar con obstinado empeño.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











