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martes, 4 de febrero de 2020

HAY DOS IBERISMOS (y III)


He explicado que hoy existen dos tipos de iberismo incompatibles: el que busca la unión económica y política entre dos estados (España y Portugal), respetando su soberanía, y el que promueve la federación de un número indeterminado de estados, naciones o pueblos ibéricos, todavía pendientes de constituir y reconocer. Esta doble concepción afecta a la esencia misma del iberismo de tal modo que no podemos ignorarlo o dejarlo de lado. Ni los agentes, ni las acciones, ni los proyectos de unión serían los mismos en un caso o en otro.

Desde los inicios del iberismo esta divergencia ha estado presente. Lo ha contado muy bien Pablo González en este medio. Luis Araquistáin lo expresó en 1945 al distinguir entre los Estados Unidos Ibéricos y una República Dual. La debilidad de esta propuesta se hace evidente al comprobar que Araquistáin sólo enumera a Castilla, País Vasco, Cataluña y Galicia como los estados ibéricos que habrían de unirse conPortugal.

Identificar a Castilla con todo lo que no es Galicia, Cataluña o Euskadi, y a Castilla con España, es algo totalmenteanacrónico e históricamente insostenible. Ese malentendido olvida la importancia que Galicia, Portugal, León, Navarra y Aragón tuvieron como reinos en la construcción de la España moderna, y subyace en el lenguaje de los separatistas que hablan de Castilla (opresora o comunera, tanto da) para no pronunciar la palabra España, del mismo modo que usan eltérmino "castellano" para no reconocer el carácter nacional y universal del español.

Especialmente engañoso es el proyecto iberista de los independentistas catalanes. El Consejo Asesor para la Transición Nacional de Cataluña, como cuenta Pablo González, propuso en 2013 un Consejo Ibérico formado por Cataluña, Andorra, Portugal y España, en el que una alianza lusocatalana fuera el elemento decisivo.

Como iberista nunca me prestaría a ser utilizado para legitimar la existencia de un estado catalán soberano en pie de igualdad con Portugal, por ejemplo. Eso supondría, no sólo destruir España, sino equiparar a Cataluña con Portugal, dotándola de un estatus jurídico que nunca ha tenido en su historia. Lo que el independentismo catalán busca, más que crear una Iberia unida, es legitimarse y ser reconocido como estado independiente.

Digo que no será posible ningún iberismo real si en España, pero también en Portugal, no se tiene claro que los movimientos independentistas son disgregadores, destructivos y promotores de un conflicto civil que daría al traste con cualquier proyecto de unión ibérica. Nada más importante, en este contexto, que los iberistas españoles hagamos un esfuerzo para dar a conocer a nuestros amigos portugueses, qué es lo que hay detrás del separatismo actual, cuáles son sus fines y sus métodos, y en qué situación se encuentra España bajo el actual Gobierno, constituido gracias al apoyo de los independentistas catalanes y vascos.

He aquí algunos hechos que dan una idea de la gravedad del momento y que, de no resolverse reforzando la unidad e igualdad entre todos los españoles, hará imposible cualquier proyecto iberista.

-España ha sufrido un terrorismo con 3.500 atentados, 864 muertos y miles de heridos. ETA ha sido democráticamente derrotada, pero ha creado un partido que no sólo no condena ni se arrepiente de sus crímenes, sino que los justifica abiertamente y homenajea a sus autores. El actual Gobierno se ha formado gracias al apoyo de este partido (Bildu). En pago, el PSOE ha votado recientemente en el Parlamento Europeo en contra del esclarecimiento de los 376 asesinatos todavía por resolver.

-En Cataluña, mediante un proceso de ingeniería mental y social, copiado del nazismo, el secesionismo ha logrado que un 39% de los votantes en 2019 apoye la independencia, frente a un 43% de no independentistas. Esto supone menos del 30% del censo. Durante casi 40 años se ha impuesto el catalán como lengua única y vehicular de la enseñanza, desterrando el español de todos los usos oficiales. Hoy habla catalán un 33% frente a un 55% español. El derecho a recibir la enseñanza en la lengua materna ha desaparecido para los hispanohablantes de Cataluña. El español siempre ha sido una lengua tan propia de Cataluña como el catalán.

-España es un Estado muy descentralizado, con 17 autonomías que tienen capacidad legislativa, fiscal y económica. El País Vasco goza de un estatuto excepcional que lo convierte en un estado semindependiente. El resultado ha sido la pérdida de la unidad fiscal y de mercado, y la desaparición de un sistema sanitario, educativo, judicial, policial y funcionarial único o unificado, aumentando la desigualdad entre los españoles en función de su lugar de nacimiento.La renta per cápita puede oscilar hasta un 50% (entre Madrid y el País Vasco, por un lado, y Extremadura por otro).

-El separatismo catalán intentó crear en octubre de 2017, mediante la fuerza de los hechos consumados, una situación social y política irreversible (equivalente a lo que tradicionalmente ha sido un golpe de estado), que acabara obligando al Estado a reconocer su independencia. Para ello anularon la Constitución, abolieron la monarquía y proclamaron la República Catalana, aprobando Leyes sustitutorias que llamaron de Desconexión y de Transición, desobedeciendo todas las sentencias condenatorias del Tribunal Supremo y el Constitucional. Los cabecillas de la insurrección han sidocondenados por sedición y malversación con penas menores a las máximas que establece nuestro código penal. Esta sentencia provocó una rebelión violenta con incendios y disturbios por toda Cataluña durante quince días. No había ocurrido nada parecido en España desde el final de la guerra civil en 1939.

-El independentismo catalán y vasco, promovido por las clases dominantes, es declaradamente racista, basado en el odio a todo lo español, y no ha ocultado su supremacismo desde sus orígenes en el siglo XIX. Su raíz es profundamente antidemocrática, reaccionaria y defensora de privilegios que van en contra de la igualdad entre todos los españoles. Su mayor éxito ha consistido en poner de su lado a gran parte de la izquierda española, especialmente al PSOE y a Podemos, los dos partidos que hoy forman Gobierno gracias al apoyo de los independentistas.

-El actual Gobierno está dispuesto a abrir la puerta a una interpretación "constitucional" que permita la independencia de hecho de Cataluña, camuflada en un federalismo creativo y asimétrico. Pretende sustituir la voluntad de todos los españoles, únicos sujetos de la soberanía nacional, por un referéndum limitado a Cataluña. Se inicia así un periodo de inestabilidad política y de enfrentamiento civil de imprevisibles consecuencias.

Invito a los lectores, sean de la orientación política que sean, a que imaginen la existencia de algo parecido en Portugal.¿Pensarían que lo mejor sería el fragmentarse para integrarse luego en un Estado ibérico?

jueves, 30 de enero de 2020

HAY DOS IBERISMOS (II)


(Foto: Fernando Redondo)

Decíamos en el anterior artículo que existía, dentro del movimiento iberista, una corriente que defiende una "federación o confederación de los pueblos ibéricos", un proyecto político no sólo indefinido, sino indefinible y carente de sentido práctico. Basta imaginar la complejidad de este modelo, conformado por un indeterminado número de estados o naciones, todas ellas, además, hoy por hoy inexistentes (salvo Portugal y Andorra), y cuya creación política exigiría la desaparición de España como nación y estado. Parece claro que antes de esa confederación deberían constituirse esos nuevos estados o naciones, un proceso lleno de dificultades, empezando por la delimitación de las fronteras respectivas, base de cualquier soberanía, pues no hay soberanía sin territorio propio.

Hago esta reflexión elemental porque sé que hay defensores sinceros de ese iberismo que idealiza la noción romántica de "pueblo" como el fundamento de la nación y el estado. Esta definición de pueblo alude a una identidad diferenciada y exclusiva (lingüística, racial, étnica, cultural), hoy imposible de encontrar o delimitar en una población tan mezclada genética, cultural e históricamente como la ibérica, y más en la sociedad moderna, basada en intercambios, relaciones y dependencias que han diluido cualquier uniformidad que se supone ha de fundamentar la existencia de un pueblo. Sí podemos usar el término pueblo en sentido político, o sea, el conjunto de ciudadanos, y hablar de pueblo español y pueblo portugués, expresiones que encierran, además, una resonancia emocional positiva (así decimos, "pueblos hermanos").

Dejo de lado, por tanto, a estos iberistas que, sobre todo desde el anarquismo, creen en cierta utopía fraternal e imaginan una especie de "edad dorada ibérica" en la que, como añoraba don Quijote, no hubiera "ni tuyo ni mío" y todo fuera paz y concordia entre los pueblos. Quedémonos con esos buenos deseos, que siempre gozarán de mi respeto, porque sin duda la unión ibérica habrá de estar fundamentada, no sólo en la racionalidad y el interés mutuo, sino en los buenos sentimientos. Es precisamente todo lo contrario del propósito de otros, que usan el reclamo del iberismo para ir justamente en sentido contrario, el de la disgregación y la división. Me refiero, de modo explícito, a los independentistas catalanes, vascos y gallegos y a sus defensores, que también hablan con frecuencia de iberismo.

Se trata de un iberismo "instrumental", contra el que quiero alertar especialmente a los ciudadanos portugueses, en su mayoría desconocedores de la naturaleza y fines de los movimientos independentistas que hoy se están desarrollando en España. De modo espontáneo, los portugueses, rememorando su pasado, cuya independencia se construyó en contra de España, sentirán simpatía por estos movimientos con los que tenderán a identificarse. La propaganda independentista, que ha hecho un gran esfuerzo por ocultar su proyecto antidemocrático, clasista y supremacista para presentarlo como "derecho a la autodeterminación", ha calado en sectores "progresistas" europeos malinformados, y seguramente también en Portugal. Bastaría recordar que son los partidos más derechistas y xenófobos de Europa los únicos que han dado su apoyo a los separatistas catalanes, para sospechar de este "progresismo".

El proyecto iberista no debe caer en esta trampa. Los independentistas hablan de un iberismo de conveniencia en el que ellos, especialmente Cataluña y el País Vasco, ejercerían su hegemonía imponiendo, en la práctica, su dominio económico y político. No aspirarían a salir de España para integrarse en un proyecto que eclipsara este predominio. Pero ni Cataluña ni el País Vasco pueden prescindir de Iberia, o sea, del mercado peninsular, ampliándolo hacia Portugal. Si entran en el juego, ha de ser con ventajas añadidas. Cataluña aspira ya a extender su dominio a Valencia y las Islas Baleares.

Sé que resulta muy difícil explicar, a quien no lo ha vivido de cerca, todos los pasos que el proceso separatista ha ido dando durante cuarenta años para socavar la Constitución española y orden democrático que ha hecho posible el mayor desarrollo de la España moderna. A los bienintencionados les cuesta entender que los independentistas presentan a España como un Estado opresor y franquista simplemente porque defiende su integridad territorial, algo que contemplan las constituciones de todos los estados europeos, empezando por Portugal, cuya Constitución de 1976 señala que "el Estado es unitario" y que el Presidente de la República "garantiza la independencia nacional y la unidad del Estado". Incluso excluye la posibilidad de que esa "independencia y unidad nacional" sea materia de revisión constitucional.

A los portugueses simpatizantes de los independentistas les invitamos a que imaginen la existencia un movimiento parecido en su país que exigiera, por ejemplo, la independencia o autodeterminación del Algarve argumentando que Portugal seguía siendo un estado salazarista opresor.

Pero aún necesitamos explicar con mayor detenimiento, por qué necesitamos que la opinión pública portuguesa comprenda nuestra denuncia y rechazo a los movimientos disgregadores y separatistas de España, cuyos fines chocan radicalmente con el proyecto iberista. De ello nos ocuparemos en el próximo y último artículo.

viernes, 24 de enero de 2020

HAY DOS IBERISMOS (I)


El proyecto de unión ibérica al que llamamos iberismo -y que este medio defiende y estimula con encomiable empeño-, se presta a cierta confusión que creo necesario abordar de modo explícito y abierto. Como todas las grandes palabras (libertad, democracia, igualdad), el término iberismo puede hacer referencia a realidades muy distintas.

Creo que hay dos interpretaciones básicas del iberismo que es preciso clarificar para evitar malentendidos, porque de cada una de ellas se derivan proyectos y acciones que pueden llegar a ser, no sólo diferentes, sino incompatibles. La pregunta que sirve para diferenciar estos dos modelos es: ¿Qué es lo que queremos unir? Esta es la pregunta inicial e insoslayable, previa a la siguiente: ¿Qué tipo de unión queremos (cooperación, integración, federación, confederación) y qué pasos hemos de dar para lograrlo?

El primer iberismo, que es el que yo defiendo, lo que quiere unir son dos Estados soberanos, Portugal y España. Mi iberismo parte de esta premisa. No se trata de hacer desaparecer la soberanía de ninguno de los dos Estados, ni siquiera establecer espacios de co-soberanía o soberanía compartida. La soberanía no acepta fórmulas intermedias, porque es un principio único e indivisible, se tiene o no se tiene. Así que no se trata de renunciar a nada, entre otras cosas, porque establecer los espacios de co-soberanía, diferenciándolos de los de la soberanía, es algo prácticamente imposible.

No, el camino no puede ser el definir previamente qué es lo que un Estado puede decidir solo y qué es lo que no podría hacer sin el consentimiento del otro. Esta vía, insisto, nos llevaría a discusiones y disputas interminables, con el riesgo de despertar recelos y temores que son los que precisamente queremos superar. Por tanto, el modelo ha de ser otro: el de acordar en cada momento la mejor fórmula de cooperación, optimización de los recursos, unión real de fuerzas, construcción de proyectos comunes. Hay aquí un terreno amplísimo que nos saca de la paralizante discusión y regulación de la soberanía y nos enfoca en la verdadera unión, basada en el interés mutuo y el establecimiento de relaciones humanas, culturales y económicas positivas.

El segundo iberismo no parte de la existencia consolidada de estos dos Estados, sino de otro modelo, el de la unión de los pueblos ibéricos. Es el iberismo del siglo pasado, que surgió en los años 30 y del que tenemos dos referencias concretas que nos pueden ser útiles para juzgar su viabilidad y sentido.

En 1927 se constituyó en Valencia de Federación Anarquista Ibérica (FAI), formada por la Uniáo Anarquista Portuguesa, la Federación Nacional de Grupos Anarquistas de España y la Federación Nacional de Grupos Anarquistas de Lengua Española en el Exilio. El fracaso de esta iniciativa no sólo se debió al desenlace de la guerra civil española, sino a la confusión que el mismo proyecto encerraba. La retórica sobre los pueblos ibéricos no se concretó en nada, y la referencia al internacionalismo proletario volvía todavía más difusos los objetivos y la posibilidad de llevar a la práctica el principio autogestionario y la democracia directa.

La otra referencia son los dos intentos de proclamación de la independencia de Cataluña de 1931 y 1934. El primero lo protagonizó Francesc Macià en 1931. Macià utilizó sucesivamente tres expresiones para definir el sentido de esta independencia:

-L'Estat Català, que amb total la cordialitat procurarem integrar a la Federació de Repúbliques Ibèrics.
-L'Estat Català como una República Catalana para crear la Confederació de Pobles Ibèrics.
-La República Catalana com Estat integrant de la Federació Ibèrica.

Sorprende este vaivén de fórmulas que indica la ambigüedad y confusión del proyecto. La referencia federal y confederal a los pueblos ibéricos parece un añadido apara atenuar y hacer más aceptable el hecho de la proclamación unilateral de la independencia, sin consultar, por supuesto, a ninguno de esos supuestos pueblos ni contar con su voluntad. El intento de Lluís Companys de 1934 fue parecido: proclamó el Estado Catalán de la República Federal Española, transformando, de golpe, a la República Española en República Federal. El gobierno de la República se vio obligado a sofocar inmediatamente esta rebelión.

Los intentos actuales de revivir la idea de una Federación de los Pueblos Ibéricos repiten los mismos errores. La total indefinición del modelo, donde ni siquiera se especifican ni nombran cuántos y cuáles son esos pueblos ibéricos llamados a formar una federación o confederación (que no es lo mismo), ni qué tipo de estructura global se quiere crear (¿Estado de Estados, nación de naciones?), ni qué soberanía tendrían esos pueblos-estados-naciones, ni qué relaciones mantendrían entre sí (¿bilaterales, multilaterales?) ni con el resto del mundo (defensa, fronteras, relaciones internacionales, comercio, etc); todo esto muestra lo evanescente de este iberismo.


Desde el punto de vista práctico, dejando de lado la complejidad política, sería tan costoso, engorroso y paralizante el poner de acuerdo, ante cualquier cuestión o discrepancia, a ese conglomerado desigual y asimétrico de pueblos-estados, que resultaría imposible llevar adelante ningún proyecto común. No tendría ninguna ventaja, y sí un cúmulo inimaginable de inconvenientes. ¿Por qué, sin embargo, dentro del propio movimiento iberista, hay una corriente que defiende este modelo, a todas luces inviable? Responderemos en el próximo artículo.

miércoles, 8 de enero de 2020

MAL AÑO TENGÁIS, MALDITOS


¡Vaya unas Navidades que nos ha dado el PS, el Partido Sanchista! (el PSOE ha desaparecido, dejemos de llamarle lo que no es). Frente a tantos buenos deseos para el nuevo año, confieso que lo he intentado y nada, no me sale nada políticamente correcto. Caigo en la invocación del mal, la imprecación, el anatema, el jérem judío. Que sólo me salen de la boca exabruptos, oiga. ¿Qué me pasa?

Quiero analizarme. ¿Cómo es posible que me domine un impulso tan irracional, hasta el punto de pedirle a las palabras un efecto mágico, un poder taumatúrgico? Porque a los urdidores y sostenedores del actual gobierno, a toda la andrajosa caterva de criptofascistas nacionalistas y sus adláteres, a todos y cada uno les deseo un mal año, que nada de lo que han tramado y bramado para destruir nuestra democracia, que nada les salga bien, que fracasen, que el 2020 sea para ellos y sus seguidores un "annus horribilis".

Hablo sólo de política, pero es que la política, llegado a este punto de exacerbación navideña, ha empezado a rebasar sus límites y lo que ahora empieza, este rotundo 2020, es ya otra cosa, algo que poco tiene que ver con la racionalidad y el control de los impulsos (que es lo que nos hace ciudadanos y demócratas) y sí con el efecto incontrolado de los incendios australianos o las tormentas monzónicas del Mediterráneo.

Quiero pensar, para mi descargo, que este brote psicótico que estoy padeciendo, es una consecuencia del descontrol de la naturaleza, del cambio climático, del maldito CO2 que me está carcomiendo las neuronas. Necesito urgentemente una explicación científica, algún clavo ardiendo al que agarrarme y con el que quemarme, no sólo las manos, sino la lengua. Porque lo que me sale de la boca no es más que ponzoña, sapos y culebras venenosas y malos deseos para todos los que han convertido el Congreso en una cueva de reptiles y babosas.

En esta duda estaba cuando me asomé a los medios. Encontré una carta manuscrita de José María Múgica (no la busques en El País o los medios de Cataluña) que acaba así: "Que pretenda usted alcanzar la investidura con la ayuda del fascismo, que nos asesinó en el País Vasco, me produce una náusea infinita y un profundo desprecio". Habla quien presenció cómo a su padre ETA le daba un tiro en la nuca. Alguien cuya familia judía murió en Auswichtz. Un facha, sin duda, para Sánchez y su camarillla (la SS, la Secta Sanchista).

También, para mi consuelo, leí el mensaje de otro exsocialista amigo, Enrique Calvet: "Nunca imaginé, ni en mis peores vaticinios certeros, que llegaría a ver a afiliados del PSOE, mi PSOE hasta 2005, aplaudir en Cortes a los filoasesinos de Múgica, Pagaza, Buesa, Jauregui, Lluch... Caiga sobre ellos la peor vergüenza y mi maldición". Pues sí, malditos sean.

Pero lo peor es cómo Sánchez ha justificado su abyecto proyecto cainita en nombre del diálogo: "La ley por sí sola no basta", ha proclamado con necia pomposidad, copiando literalmente a Torra. Oponer la ley a la política, situar la política por encima de la ley, es tratar de justificar el incumplimiento de la ley, degradándola. Lo que se busca es la impunidad, el someter la ley a las conveniencias, cambalaches e intereses de los independentistas, de quienes depende Pedro Sánchez. Por eso se recurre al eufemismo de un inexistente "ordenamiento jurídico-político", no a la Constitución y las leyes que de ellas se derivan. El poder jurídico no está supeditado al poder político; cada uno tiene su ámbito de actuación, y nada ni nadie está por encima de la ley, y menos la política y los políticos.

Y por último, maldito sea ese arribista de "Teruel existe". Nadie habrá hecho a Teruel y a España más daño en menos tiempo. Porque su poder, decisivo en esta hora de perjuros, se basa en haber obtenido ¡19.696 votos! (menos que los de mi barrio de León) frente a los 24 millones 365.851 emitidos. Exactamente, el 0,08% del 69,87% de votantes, ni siquiera del censo.

Pero seamos justos: malditos sean también todos los que han hecho posible esta aberración democrática, la misma que permite investir a un presidente con menos de la mitad de los diputados, siendo a su vez la mitad de éstos, enemigos del orden constitucional que les permite tener un asiento en el Congreso. La peor tiranía es la que se cubre de democracia.

jueves, 12 de diciembre de 2019

ANESTESIA NACIONAL


Anestesiar, adormecer, sedar. Poco a poco ir perdiendo la conciencia de lo que nos rodea para ir entrando en un mundo de seráfica ingravidez. Van a hacerte una operación de amputación en 3D y lo mejor es que no te enteres, que no sientas ni padezcas. Todo está controlado y en manos de expertos cirujanos. Ha llegado la hora. Hay que intervenir para curar. No podemos seguir así, sin asumir la realidad, sin encarar el problema.

"La realidad española es la que es", ha escrito, exhausto el cráneo, un equidistante columnista de El País ("Acatar... la realidad española", titula su artículo). Es un compendio del plan nacional diseñado para inducirnos al "acatamiento", a la sumisión y la resignación a la que estamos fatalmente llamados: acatar, cumplir inexorablemente la ley, el mandato de la realidad, suprema e incontestable norma. Hasta lo argumenta echando mano de un supuesto ADN histórico.

Dice que todo sería más sencillo si "el país" tuviera algo de lo que goza Europa: "la institucionalidad británica", "la consistencia alemana", "la habilidad italiana" o "la cohesión territorial francesa". Se refiere al "conflicto territorial", del que asegura "es parte de la identidad española", lo mismo que es "consustancial la pulsión de cuestionar las instituciones", o "la tradición de polarización trincherista". Si tuviéramos algo de lo que Europa tiene...

Pero aquí tenemos un Parlamento con 17 partidos y "con eso toca legislar y hacer Gobierno", nos aclara apelando a Perogrullo. De acuerdo con "la aritmética votada por los ciudadanos" (parece que los ciudadanos votamos con calculadora en mano), sólo existen dos opciones: A (coalición PSOE con PP y Cs) o B (PSOE-Podemos con ERC). Dado que la A es imposible, "sólo queda el otro pacto. Por más que se ponga el grito en el cielo, sobre todo en el cielo mesetario, no hay más".

Reparen en lo del "cielo mesetario", que se suma a los tópicos esencialistas ligados a la "identidad española". Tanto rodeo para acabar al final repitiendo (dos veces, para que quede claro): "Hay que acatar la Constitución, pero también hay que acatar la realidad del país". Y: "Hay que sumar con lo que hay, acatando la Constitución pero acatando también la realidad".

La clave está en ese "pero" adversativo, que funciona en realidad como una disyunción de incompatibilidad: o Constitución o realidad. La realidad es lo que se impone, lo sensato, lo que no tendremos más remedio que aceptar si queremos, no sólo salir del actual bloqueo, sino solucionar nuestro atávico "conflicto territorial". Lo demás es "entretenerse en fantasías".

Hacia ahí vamos. Oiremos este mensaje de ahora en adelante hasta la hartura, por no decir el vómito. Que con la Constitución, con el acatamiento a la Constitución no vamos a ningún lado. Que hay algo que está por encima de la Constitución: la realidad, aunque esa realidad sea la rebelión independentista, a la que, con lítotes provocativa, se llama "conflicto político", que es como si al atraco a mano armada de un banco le llamáramos "conflicto financiero".

Sólo les preocupa una cosa: cómo hacer tragar este sapo jurásico a los españoles, cómo ir aplicando el somnífero en vena día a día sin que se note. Tienen medios poderosos para hacerlo, gota a gota, artículo a artículo, pantalla a pantalla, tertuliano a tertuliano, consejo de ministros a consejo de ministros, juez a juez, empresario a empresario, abrazo a abrazo. Álvarez Junco ya lo expresó hace tiempo con apabullante tesis: “Desde un punto de vista lógico, de pura filosofía política, dos nacionalismos son incompatibles. No puede haber dos soberanos en un mismo territorio. Desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio”.

¡Es la realidad, hermano! La realidad del círculo-cuadrado, del huevo-castaña, del pan-como-unas- hostias. ¿Dos naciones en un mismo territorio? No, ocho. De momento ocho, que las ha recontado una a una Iceta colocándolas como garbancitos sobre su barriguita. Porque nacionalidad y nación son mismo, lo dice la realidad oculta de la Constitución, que es realidad verdadera.

Que a lo mejor no queda otro remedio: ésta es la consigna. Porque nuestra Constitución es muy abierta, y si no cabe en la Constitución, peor para la Constitución. Ya lo dijo Ábalos, esa inteligencia superdotada agazapada entre dos ojillos: "Tenemos que buscar un cauce de expresión para que no sea necesario que nadie tenga que recurrir a vulnerar el ordenamiento jurídico". El separatismo avanza imparable: la violencia es pacífica, los tsunamis son democráticos, la independencia cabe en la Constitución.

viernes, 15 de noviembre de 2019

ESPAÑA DESMEMBRADA



¡Qué castigo! ¡Oh, terca realidad!, ¿por qué no me contradices? ¿Por qué te empeñas en darme la razón? Yo quiero equivocarme, quiero que quienes me han tachado tantas veces de alarmista y exagerado, estén en lo cierto. Pero no. Ahí está el resultado electoral, la confirmación más cegadora del desastre nacional. Los viejos fantasmas van tomando cuerpo, encarnándose, pasando del mundo de los muertos a la más turbia realidad. Cada día que pasa, más cerca sentimos su lúgubre aliento.

Yo entiendo que todos queremos dormir en paz. Que todos tenemos derecho a un feliz descanso diario. Que la reacción más natural es huir de las malas noticias, negar los hechos desagradables, buscar refugios individuales, alejar los malos augurios. Pero no hay salida. No hay sueño al que no lleguen el destello y el humo de las hogueras, las autopistas cortadas, los disparos, el odio de los encapuchados, la torpe defensa de los cascos y los escudos. Ya se han instalado en nuestra retina, y ahí siguen, al fondo, inquietando, perturbando la paz, esa paz que creíamos eterna. En mi obra dramática "Confesiones de don Quijote", imagino a un don Quijote librando la última batalla, la más decisiva, la de "desembarazarse de los hilos y telarañas, los negros murciélagos y las sombras voladoras que aturden y confunden su alma".

Sí, lo peor de esta hora es la confusión. La incapacidad para encarar la cruda realidad. Lo diré con palabras de Stanley G. Payne, el más lúcido hispanista vivo: "España está inmersa en la mayor crisis contemporánea de la era democrática, la más intensa. El problema es que ni el PP ni el PSOE podrán resolver la crisis del sistema. Son responsables de la misma". Y: "La estructura autonómica del Estado es la causa de la fragmentación y deconstrucción de España como nación". "El sistema político puede colapsar y ello llevar a la disgregación de la nación". "La situación es muy, muy grave. Después de la rebelión en Cataluña, la situación sigue igual o peor aún, porque no se resuelve. Vamos de crisis en crisis. No es imposible que en España se vuelva a repetir un escenario como el de la experiencia cantonal de la Primera República".

No hay mejor confirmación de estos negros vaticinios que el resultado de las elecciones. Un parlamento nacional con 17 partidos, de ellos sólo 4 nacionales y el resto partidos territoriales o conglomerados, de los cuales la mitad son antinacionales y antiespañoles. ¡En manos de este Parlamento hemos dejado la soberanía nacional y nuestro futuro! Algo tan sencillo y razonable como el no permitir concurrir a las elecciones nacionales a partidos no nacionales, que no sean de ámbito nacional (y cuyos fines sean locales), bastaría para que, de forma natural, se configuraran en el Parlamento mayorías de gobierno. Pero ahí tenemos a este gallinero, donde oiremos cada día mayores y más vociferantes cacareos. Política de corral, gallinácea, excremental, de la que vivirán con fantásticos sueldos gente que sólo acudirá al Parlamento para destruirlo desde dentro.

No han querido reformar la Ley electoral. Una Ley antidemocrática, porque colapsa la democracia, la invalida al otorgar a los votos un valor distinto en función del lugar en que se emiten. La diferencia es abismal: un diputado puede valer 19.000 votos en una provincia y 167.000 en otra. De ello se benefician los partidos provinciales, regionalistas y nacionalistas, esos que no deberían ocupar un solo asiento en el Congreso. Para defender lo local están los ayuntamientos, las diputaciones y las autonomías; pero eso no basta: quieren estar en el Parlamento Nacional, el único órgano político que representa a la nación, o sea, a todos los españoles por igual, sean de donde sean. Circunscripción única y listas abiertas, con ligeras correcciones: no es tan difícil el remedio.

Pero se prefiere el abismo. Se prefiere la exacerbación de los sentimientos disgregadores, el oportunismo, el egoísmo caciquil de las burguesías locales, la rapiña de tonto el último. Lo dicho: España se agrieta, se quiebra, se trocea, y la izquierda reaccionaria hoy dominante, la del rencor y el odio victimista, la más abyecta izquierda de Europa, la que ha destruido lo único que ha justificado su existencia a lo largo de la historia, o sea, la búsqueda de la igualdad y la defensa de los más desfavorecidos frente a los poderosos, esa izquierda está hoy en el poder y pretende imponernos su más nefasto proyecto, el de la plurinacionalidad, o sea, el de la España desmembrada.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Homenaje a la Resistencia en Cataluña




Suena a homenaje a veteranos de guerra, brigadistas y exiliados. De la Resistencia francesa a la Resistencia catalana. La diferencia es que esta guerra no ha acabado, más bien está en sus comienzos. Por eso fue, más que una evocación, un recuento de efectivos, un analizar dónde estamos, una llamada para unir fuerzas y darse ánimos. El acto tuvo lugar en Barcelona el pasado sábado. Asistí como homenajeado por ser uno de los primeros en intentar organizar esa Resistencia allá por el año prehistórico de 1981, cuando escribí un "Manifiesto por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña" conocido como el "Manifiesto de los 2.300", epítome que recuerda a los 300 espartanos de la Guerra de las Termópilas.

La iniciativa fue de Cayetana Álvarez de Toledo, y sólo ella podía reunir a personas de muy diversa orientación política, porque si algo compartimos los resistentes convocados es el reconocimiento a la honestidad política y la determinación democrática de Cayetana en contra el nacionalseparatismo. Fue un acto importante, y sólo el futuro dirá si señala el inicio de un cambio radical en la lucha contra la rebelión secesionista y la urgente necesidad de una reorganización de todas las fuerzas resistentes actuales. Recibimos el homenaje unos pocos de los miles que a lo largo de casi cuarenta años hemos combatido el independentismo, el proyecto más abyecto, clasista y reaccionario surgido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Allí nos reunimos Antonio Robles, Pepe Domingo, Teresa G. Barbat, Marita Rodríguez, Aleix Vidal-Quadras, Arcadi Espada, Ana Losada, Julia Moreno, en pantalla Albert Boadella y en voz Francesc de Carreras y Félix Ovejero. Nuestras intervenciones están accesibles a quien quiera a través de YouTube. Inició el acto Alejandro Fernández, responsable del PP de Cataluña, y lo cerró Cayetana, que se presenta a la reelección como diputada por Barcelona. Quisiera comentar estas dos intervenciones, que deberían destacarse como uno de los hechos más importantes de la actual campaña electoral.

Tanto Alejandro como Cayetana quisieron dejar claro que no compartían la política de apaciguamiento, entreguismo, apaños e incluso colaboracionismo que durante tantos años había tenido el PP con relación al nacionalismo pujolista, que es quien nos ha llevado hasta aquí. Reconocer este error, este inmenso error, hacer autocrítica y pedir perdón por el abandono, además, en que se ha dejado al constitucionalismo en Cataluña, es un acto de valentía política destacable por lo insólito y tan contrario a la práctica de todos los partidos. Porque ellos han hablado, no a título individual, sino en nombre del partido al que representan.

Se debería cerrar así una etapa de desvarío y claudicación del PP en Cataluña, lo que significa aceptar una culpa compartida por el marianismo y el aznarismo que, entre otros baldones, lleva en su fardel la aceptación de la inmersión (imposición) lingüística, la pérdida del control de los Mozos de Escuadra o el bochorno del 9-N y el 1-O. Y hemos de recordar que todo empezó con la decapitación política de Alejo Vidal-Quadras, que fue precisamente uno de los más justamente homenajeados y quien, en su intervención, dio un ejemplo de elegancia y humor extraordinarios.

Hay quienes han criticado esta rectificación por llegar tarde, ser poco creíble o incluso meramente electoral. Bastaría observar la reacción que ha provocado entre algunos miembros del PP para darse cuenta de que, por el contrario, es un gesto de valentía que no responde a cálculos mezquinos y personales. Un decálogo tan nítido y explícito como el expuesto por Cayetana en su intervención es algo que, o se hace con total sinceridad y compromiso, o no habrá modo alguno de ocultarlo ni de acomodarlo a conveniencias del futuro.

Pero hay más. El acto de rectificación y el compromiso adquirido es algo que, o se extiende a todo el PP y marca un cambio real en la política del partido, no sólo en Cataluña, sino en toda España, o, si esto no ocurre, el futuro que nos espera será más negro que la boca de cien lobos. Por eso es tan importante que triunfen las ideas y la actitud insobornable de Cayetana en el seno del PP, algo que va mucho más allá de las guerras internas y personales por el poder. Y lo digo yo, persona de izquierdas, y que, precisamente por serlo, acudí a este acto. Dado que el PSOE es ya irrecuperable, al menos que el PP se libre del nacionalismo y el marianismo de los Feijóo, Alonsos, Bieles y Sorayas.

jueves, 31 de octubre de 2019

ESPAÑA EN MARCHA



Gabriel Celaya, de origen vasco (apellidos: Múgica, Celaya, Leceta), es hoy un poeta casi olvidado, pese a haber escrito más de 75 libros (55 de ellos de poesía) y ser de izquierdas. Quizás su pecado haya sido ser y sentirse español, un excelente poeta español que jamás se avergonzó de serlo ni dejó de pronunciar la palabra España (frecuente en sus versos). En su libro 'Cantos iberos', de 1955, escribió un poema titulado 'España en marcha', mucho antes de que François Macron creara su partido 'France en Marche' (que coincide con sus siglas FM), y de que Albert Rivera lo copiara en su eslogan 'España en marcha'.

Voy a permitirme glosar, comentar, acercar sus versos (que tan bien interpretó Paco Ibáñez y que muchos cantamos con rebelde emoción en nuestra primera juventud) recordando lo que dicen, que poco tiene que ver con lo que Pablo Iglesias y su pandilla han entendido, que también han querido apropiarse de este 'España en marcha', prostituyendo su sentido. Celaya fue comunista, pero lo suficientemente libre como para renegar de Carrillo, y su poesía está muy por encima de los mensajes que hoy lanza ese relamido impostor que usa su nombre tan en vano (Iglesias, aclaro).

"Nosotros somos quien somos. / ¡Basta de historia y de cuentos! / ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos". Así empieza el poema, y leídos estos versos sin añadido alguno, tomados como fueron escritos, o sea, al pie de la letra, son tan actuales que deberían cantárselos a Pedro Sánchez y a su vice la Cantante Calva allí donde fueran. Yo, si fuera o fuese periodista, a la primera ocasión le cantaría con música de Paco Ibáñez estos versos y le pediría al plagidoctor que me los interpretara: "¿Cree que tienen algo de actualidad, doctor?"

A quien ha pretendido convertir nuestra historia en un cuento de malos (ellos) contra buenos (nosotros), sí, yo le diría "¡basta de historia y de cuentos!", no me venga con más cuentos, sus cuentos; déjeme a mí conocer la historia, no la invente, no la use para legitimarse moral y políticamente, despertando un sectarismo anacrónico y repulsivo. Quien ahora vuelve a enterrar a los muertos está, como ellos, muerto, forma parte de esa macabra hueste de muertos que entierran a los muertos. El primer respeto, la primera muestra de dignidad, es no usar los huesos de los muertos para beneficio personal y partidista. Porque, además, nos dice Celaya: "Ni vivimos del pasado, / ni damos cuerda al recuerdo". Nada tiene que ver conocer el pasado con "vivir de él". ¿Lo entiende, doctor?

De estos otros versos seguro que no entiende nada, ni usted ni mucho menos la Cantante Calva: "De cuanto fue nos nutrimos, / transformándonos crecemos / y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto". Hemos llegado hasta aquí golpe a golpe y muerto a muerto, y por eso queremos y anhelamos algo mejor: "Españoles con futuro / y españoles que, por serlo, / aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno". Y acaba el comunista Celaya: "España mía, combate / que atormentas mis adentros, / para salvarme y salvarte, con amor te deletreo".

Qué lejos todo esto, esta mirada esperanzada sobre España, sobre su pasado y su futuro; qué lejos este sentir y amar y deletrear a España, de la mezquina negación de lo que somos ("nosotros somos quien somos"), de ese odio a España que incendia Barcelona, que recorre Cataluña como un tsunami de lodo, una nube tóxica y ponzoñosa. Que la izquierda justifique y apoye esta ola de rencor e inquina, eso es lo más preocupante. Hablan de frustración, de una reacción natural, del derecho a protestar contra una sentencia que juzgan injusta. Todavía Iceta, después de todo lo visto, sigue diciendo que el movimiento separatista es pacífico y democrático. ¡Y se queda tan orondo y lirondo!

Ante tanto desvarío y engaño, conviene recordar a estos poetas que, como Gabriel Celaya (o como Lorca, Machado, Miguel Hernández, Alberti..., toda la Generación del 27 y la llamada Generación de Postguerra), siempre expresaron y llevaron a sus versos una idea de España abierta, libre y generosa, tan alejada de la imagen grotesca que los separatistas están difundiendo de nuestra nación, que resulta aberrante que tipos como Sánchez o Iglesias se pongan a su servicio, ignorando esos sentimientos que nuestros mejores escritores supieron siempre elevar a la más alta expresión poética.

viernes, 25 de octubre de 2019

EXCESO DE REALIDAD



Somos organismos receptores. Estamos diseñados para canalizar el flujo infinito de estímulos externos e internos a través de cinco sentidos. Podían ser muchos más, pero con estos cinco ya tenemos de sobra para sobrevivir... ¡y para aturdirnos! Porque no basta con detectar y seleccionar los estímulos, lo importante es convertirlos luego en imágenes, sonidos y sensaciones, y con todo ello pasar después a construir impulsos, deseos, pensamientos y actos.

Pero hay más. De nada servirían estos magníficos aparatos receptores y ese increíble sistema de transducción de la energía (lumínica, mecánica, química) en impulso bioeléctrico (neuronal); ni siquiera basta que estemos dotados de ese otro aparato mágico (el cerebro), transformador y creador del pensamiento. Necesitamos algo más. Necesitamos construir la realidad, o sea, dotar al mundo exterior y a nuestro propio cuerpo, de consistencia y estabilidad, algo que exige crear un mapa interior, una imagen global cuyos rasgos esenciales sean permanentes y a los que todos otorguemos una realidad objetiva que no depende de nosotros, que está ahí a pesar de todos los cambios que observemos.

Bien, pues lo nuevo de la sociedad actual es que han aumentado esos aparatos receptores y emisores de imágenes, sonidos, sensaciones, hasta el punto de multiplicar por millones los estímulos diarios que recibimos de ese mundo exterior y llegar a sustituir a la percepción directa de nuestro entorno. La consecuencia es que nuestro mapa interno, la idea misma de un mundo estable y consistente, se resquebraja, se vuelve insegura y tambaleante. ¿Cómo sobrevivir a tanto reclamo de nuestra atención, a tantas imágenes, voces, mensajes, estímulos, manipulaciones, impactos, si apenas tenemos capacidad para recibirlos, no ya para asimilarlos, valorarlos, recolocarlos en nuestra mente y nuestro interior? 

Estamos sumergidos en un mundo incontrolado e incontrolable, sobreexcitado, lo que conduce inevitablemente al aturdimiento, la impotencia y la desconfianza. Ante esta situación, necesitamos a toda costa encontrar elementos que nos den seguridad, que estabilicen nuestra imagen del mundo y de nuestro entorno. Los caminos para lograrlo son muchos, pero lo más frecuente es volverse más fanático, más dogmático, otorgar a nuestras creencias mayor poder sobre nuestras reacciones. También, al quedar atrapados por la confusión, buscar refugio en salvadores o predicadores que nos prometan acabar milagrosamente con el desorden y la inestabilidad.

Quien haya estado siguiendo los acontecimientos de la semana negra de Barcelona (¿todos nosotros?), recibiendo el constante bombardeo (sic) de imágenes, comentarios, gritos y disparos, llamas y proclamas, habrá visto cómo sus ideas, su imagen de la realidad catalana, se tambalea; necesitará reacomodar su mapa interior para reinterpretar qué es el separatismo, la democracia, la violencia, el terrorismo, la independencia. Ese exceso de realidad nos obliga a un ejercicio de simplificación, porque lo que no podemos es dejar de valorar y de buscar algún sentido a lo que vemos, oímos y percibimos con una carga tan alta de excitación, furia y ruido.

Es aquí donde interviene la política como mediadora necesaria para dar sentido y canalizar los efectos nocivos y peligrosos de ese exceso de excitación que la propia realidad produce. La peor política, en este caso, paradójicamente, es la apaciguadora, la encubridora, la banalizadora, cuya imagen más patética se refleja en la cara y los balbuceos del ministro Marlaska y el presidente Sánchez. ¿Por qué? Porque esos tímidos gestos y apariciones no tranquilizan, en el fondo, a nadie. Porque el exceso de realidad acaba desbordando cualquier maniobra de distracción y engaño.

Otro efecto pernicioso de nuestra incapacidad para percibir y dar sentido a la precipitación de hechos inesperados (aunque previsibles) que se están produciendo a nuestro alrededor y tan cerca de nosotros, es el acostumbrarnos a ese exceso de realidad y acabar aceptando como normal lo que en modo alguno puede llegar a serlo: el terrorismo callejero, el uso de la violencia como arma política, como elemento de amenaza, de presión, de imposición. No pueden derrotarnos los antidemócratas y neofascistas por cansancio, por desmoralización, por saturación.

Aquí no hay ninguna solución intermedia: o triunfa la democracia y el Estado, y se restablece la unidad de la Nación y la igualdad política real de todos los ciudadanos, o triunfa el separatismo y la disgregación de la Nación y la derrota del Estado democrático. Las contradicciones irán en aumento y el PSOE, que pretende encontrar una tercera vía, no podrá mantener durante mucho tiempo esa quimera, porque ni será solución ni será moderada, como ahora trata de vendernos. El exceso de realidad lo impedirá.

miércoles, 23 de octubre de 2019

ESPAÑA SENTENCIADA

(Foto: Miguel del Hoyo)


Lo más sorprendente de la sentencia del TS contra los cabecillas de la rebelión separatista (jurídica, semántica y políticamente insostenible, condena absolviendo de hecho a los golpistas), es la confusión que ha sembrado entre los demócratas y constitucionalistas, que creen ver en la actitud de los siete magníficos del Supremo una defensa del Estado democrático y la España constitucional, el afianzamiento del imperio de la ley y un freno al independentismo. Lamento estar totalmente en desacuerdo. Esto sí que son ensoñaciones. Creo que lo último que debemos hacer los demócratas es engañarnos, buscar consuelo en imaginarias victorias. Encaremos, fratelli, la cruda y cruel realidad.

No se trata de ser aguafiestas porque sí, por manía, por obsesión. Es que la lectura atenta de la sentencia da pavor. Como ha dicho Peter Handke, reciente premio Nobel, "lo que pasa en Cataluña da miedo". Debe dárnoslo, y no sólo por lo que pueda pasar, sino por lo que ha pasado y lo que ya está pasando. Porque ya estamos en un camino sin retorno. Sin retorno a la paz, a la convivencia, al orden constitucional, a la restauración de la democracia. Como siempre que he aventurado un pronóstico sobre lo que iba a suceder en Cataluña, resulta que siempre ha sucedido, me doy a mí mismo la autoridad, no para vaticinar el futuro, sino para diagnosticar el presente, que ya lleva preñado en su seno el inmediato futuro.

Digo que no hay retorno, lo que significa que cuanto antes se deje la martingala del diálogo, eso de "volver a la política", como si todo lo que está sucediendo no fuera fruto de la política, aunque sea de una pésima política. Cuanto antes se desmantele esa falacia de que una cosa es la ley y la justicia, y otra la política, digo. Cuanto antes se encare el problema desde el único modo posible de resolverlo, que no es otro que el ejercicio legítimo e indispensable de la fuerza, de la imposición democrática del cumplimiento de la ley y el impedimento de la rebelión, de la insurrección que ya ha tomado casi todo el poder en Cataluña... Porque cada día que pasa sin hacer lo único que se puede y debe hacer, un paso que dan hacia adelante los separatistas, los golpistas, los neofascistas de la antorcha, el asalto incendiario de las calles, carreteras y vías del tren, aeropuertos, comisarías y furgones policiales.

Porque, como bien dijo el fiscal Javier Zaragoza, lo que aquí se ha sentenciado no es a Cataluña, sino a la democracia española. Si fuera sólo lo que Marchena y su excelsa pandilla ha dicho y sentenciado, el problema sería menor. Si sólo fuera un problema de desórdenes públicos y de "ensoñaciones", "ilusiones" y "quimeras", como literalmente afirma la sentencia, la preocupación sería menor. Pero es que la realidad de los hechos nada tiene que ver son esas interpretaciones estrafalarias, pusilánimes y acomodaticias de los señores magistrados.

Estos jueces interpretan los hechos (derogación de la Constitución, supresión de la monarquía, declaración de la independencia, imposición de una nueva legalidad, realización de un referéndum de secesión, utilización de los Mozos de Escuadra para facilitar este referéndum, incumplimiento de los mandatos judiciales, organización de concentraciones violentas, tumultuarias e intimidatorias, ataque a los cuerpos policiales, etc.), todos estos hechos promovidos desde las instituciones y usando el poder y el dinero público, todo esto, para estos jueces, no fueron más que "asonadas" (sic) que nada tienen que ver con el proceso golpista, con el proyecto de secesión, con la hoja de ruta trazada desde hace años. Los desgajan de su contexto y su sentido, su finalidad y objetivo, que no es otro que la independencia. Reducen todo a una maniobra de presión para dialogar. Esto es darle toda la razón a los golpistas, ponerse de su lado, aceptar sus mentiras, tragarse su vomitiva propaganda: somos demócratas, sólo pedimos dialogar democráticamente; como no nos hacen caso no tenemos más remedio de presionar.

Presionar, a esto se redujo todo. Y por si no se habían enterado los sublevados, el Tribunal les concede un nuevo derecho en el que hasta ahora nadie sabía que existía: "el derecho a presionar", una creación super-imaginativa que habrá que incorporar al Derecho. Este es el meollo del asunto: con estos supuestos el Tribunal debería haberlos absuelto. No me extraña que prospere un recurso basado precisamente en sus propios argumentos. ¡Y estas son las cabezas jurídicas, las eminencias, los cráneos superdotados de los que depende nuestra nación! Porque es la nación, España, lo que verdad está en juego, y ellos jugando a inventar crucigramas semánticos.

La mejor prueba de que esa sentencia no ha servido para sus fines (castigar el delito, disuadir de su repetición) es todo lo que está pasando ahora en Barcelona. Sus autores, no sólo no reconocen su culpa, sino que declaran que lo "volverán a hacer", y ya lo están cumpliendo: ellos y sus sustitutos incitan y organizan la nueva rebelión, ahora incendiando la calle y estableciendo el miedo y el terror como el arma última para derrotar al Estado. ¡Y los medios de comunicación colaborando! Les apedrean, acorralan, insultan, obligan a ir con casco, y ellos siguen hablando de "manifestantes", de movimiento mayoritariamente pacífico, del "derecho de manifestación", de "libertad de expresión"...

Nadie dice lo obvio: no son manifestaciones, ninguna concentración de estos días es legal, ninguna ha pedido el correspondiente y obligado permiso con unos responsables de la convocatoria, un horario y un trazado delimitado de la vía pública. No es una marcha pacífica ni legal el cortar vías, carreteras y autopistas, eso ya es en sí mismo un delito, ya es en sí mismo un acto violento, un uso de la violencia para negar a la mayoría su derecho a circular(acudir a su trabajo, a un hospital, al colegio, a ayudar a un familiar, a hacer lo que le dé la gana...) o a transportar pasajeros y mercancías (un bien común cuyo impedimento atenta contra el interés general). Derechos básicos que sólo se pueden conculcar con la declaración de un estado de sitio o excepción. Eso es sabotaje, y si un presidente como Torraforma parte de ese sabotaje ya ha cometido un gravísimo delito por ser, además, la mayor autoridad del Estado en su comunidad.

El que esto nadie lo diga y que los medios recojan sin réplica sus risueñas palabras de satisfacción "al ver a un pueblo pacíficamente defendiendo sus derechos", eso es tan aberrante que señala el grado de enajenación mental en que nos han sumergido los separatistas neofascistas y, sobre todo, los medios de comunicación y un gobierno de miserables y apocados, cuando no de colaboracionistas del golpismo institucionalizado. Porque la mayoría de estas concentraciones violentas y sabotajes están contando con la pasividad de los cuerpos de seguridad, cuando no de la colaboración de Mozos de Escuadra y Bomberos. Nadie lo quiere decir tampoco, pero hay imágenes insultantes, como el ver a una pandilla de adolescentes cortando la vía del tren delante de los Mozos, que son más de ellos en número, por ejemplo. La impunidad es el mayor aliciente para que la violencia vaya en aumento, como está sucediendo; es el peor método de apaciguamiento.

Hay que repetirlo, todo esto no es más que un golpe de Estado continuado, un "proceso golpista" que desde sus inicios no ha dado ni un solo paso atrás, y mucho menos con esta sentencia. Hay que estar ciego para no verlo. Los más obtusos siguen pensando que un golpe de Estado tiene que ser como el de Tejero o el de Pinochet, que si no es así no hay golpe de Estado. Ni siquiera han estudiado cómo Hitler llegó al poder.

Nunca lo que ha sucedido desde hace cuarenta años en Cataluña, que ha dado lugar al estado actual de rebelión e insurrección, nunca ha sido un problema de Cataluña, sino de España. ¿Hay alguno que todavía no se haya enterado?

sábado, 19 de octubre de 2019

POST SENTENTIAM



Es inevitable. Hablemos de la sentencia. Nada más importante hoy. Nada más importante hoy que el post. Post partum, post coitum, post facio, post mortem. Ya vivimos en el post. ¿Y ahora qué?

Primero, la sentencia: meliflua, acomodaticia, farragosa hasta encubrir y negar los hechos; no ya benevolente, sino jurídica, política y socialmente insultante. Ahora ya puedo decirlo: nunca fui admirador de Marchena, al que los mismos que ahora se lamentan de la sentencia lo pusieron en el Olimpo democrático. Pue no. Pues resulta que ha actuado más preocupado por su imagen que por ejercer su labor de juez sin parte. Ni siquiera se ha atrevido a impedir la aplicación del tercer grado antes de cumplida la mitad de la condena. ¿Resultado? Los condenados ya están prácticamente en la calle. Absolución de facto.

Todo esto no hay por dónde cogerlo, ni cogitarlo, ni regurgitarlo. No ha habido rebelión, sólo desórdenes públicos. La violencia no fue instrumental, no buscaba la secesión, sino sólo la negociación. Lo que ocurrió no fue nada, porque el "riesgo ha de ser real y no mera ensoñación o un artificio engañoso para movilizar a los ciudadanos", dicta la sentencia. Así que todo lo que ocurrió fue una ensoñación, una alucinación. Pero si fue un sueño, un delirio, ¿a qué viene el juzgarlo y condenarlo? Es la misma doctrina que la de aquellos jueces alemanes que dejaron libre a Puigdemont. La violencia no ha sido violencia, y, además, ha sido insuficiente. ¿Y derogar la Constitución, sustituir una legalidad por otra, proclamar la independencia, realizar un referéndum ilegal, atacar tumultuariamente a la policía y a los jueces...? Nada, ilusión.

"Los ilusionados ciudadanos que creían que un resultado positivo del llamado referéndum de autodeterminación conduciría al ansiado horizonte de una república soberana, desconocían que el derecho a decidir había mutado y se había convertido en un atípico derecho a presionar. Pese a ello, los acusados propiciaron un entramado jurídico paralelo al vigente y promovieron un referéndum carente de todas las garantías democráticas. Los ciudadanos fueron movilizados para demostrar que los jueces en Cataluña habían perdido su capacidad jurisdiccional y fueron, además, expuestos a la compulsión personal mediante la que el ordenamiento jurídico garantiza la ejecución de las decisiones judiciales". Pobres ciudadanos ilusionados, engañados por los políticos. No, esto no es una ilusión, ¡es la prosa de la sentencia!

Los "condenados" pasarán a depender de la Generalidad. Saldrán cuando quieran. Harán dentro y fuera lo que les dé la gana. Se les aplicará el tercer grado, el décimo o el grado cero. Serán homenajeados, nimbados. Tendrán la aureola de mártires. No devolverán nada del dinero malversado, robado, dedicado a la causa. El cumplimiento de las "condenas" dependerá de sus seguidores y defensores, los mismos que niegan que sean culpables de nada. Ya lo han hecho con Oriol Pujol. Y acabarán concediéndoles el indulto, al que llamarán amnistía.

Pero más me preocupa el post del post. Porque con esta sentencia ya pasamos directamente a la siguiente fase, la próxima estación, el próximo golpe-no-golpe, la fase de la reforma constitucional, del blindaje de competencias, de la plurinacionalidad, de la soberanía compartida, de la independencia-no-independencia. La España desguazada. La España de los jueces de la ensoñación, la España de los políticos del apaciguamiento.

Dijo al comienzo del juicio a estos golpistas (ahora ya será delito el llamarlos así) el fiscal Javier Zaragoza que ése era un juicio a la democracia española. ¡Y vaya si lo ha sido! Una democracia pusilánime, incapaz de defenderse de quienes la destruyen desde dentro. Juzgada y sentenciada como una democracia débil, acomplejada ante Europa, ante los separatistas, ante los privilegiados, ante los supremacistas, ante las oligarquías, el carlismo renovado y el neofalangismo nacionalista.

El problema ya no es sólo de los políticos y del poder desmesurado de los partidos, de la ley electoral que no se quiere reformar, del aberrante sistema autonómico, de la aceptación de las desigualdades. Hemos de añadir a todo esto el problema del poder judicial, un poder cada día más corrupto, dependiente y encamado con el poder político y económico, al que sirve porque ya forma parte de él. Todo este poder se pondrá manos a la obra para convencernos de que no hay otra salida que la claudicación ante el separatismo, entreguismo que camuflarán de acuerdo, convivencia, diálogo, democracia.

Esta sentencia, sí, inicia una nueva era. ¿De claudicación en claudicación, hasta la claudicación final? Costará mucho el impedirlo.

jueves, 10 de octubre de 2019

¿AHORA ESPAÑA?


"Ahora, España", dice el PSOE. (¿Y antes, qué? ¿Y mañana?)
"España en marcha", anuncia Ciudadanos. (¿Hacia dónde? ¿Marchons, Macron?)
"España siempre", proclama Vox. (¿Siempre la misma, siempre igual?)
"¿Izquierda o derecha? España", descubre el PP. (¿Todos iguales?)
"Más país, más España", titubea Errejón. (¿Qué país, qué España? ¿Más de qué?)
"España plurinacional", pregona Pablo Iglesias. (¿Cuántas naciones, cuántas oligarquías?)

¿Pero qué meteorito ha cruzado el cielo, qué tormenta solar, qué cambio ha sufrido el eje de la Tierra para que, de pronto, la palabra maldita, la palabra borrada, excluida, aparezca en casi todos los eslóganes, carteles, reclamos políticos y en boca de los mismos que hasta hace un telediario la rehuían, negaban o denigraban por franquista? Basta comprobar este cambio repentino para desconfiar de tan exagerada exhibición patriótica. Aquí hay gato, rata o pollo encerrado. Huele a chamusquina, a cuerno quemado. Para quienes hemos defendido siempre la palabra España por ser el nombre propio más apropiado para referirnos a una realidad común (a todo aquello que nos ha unido desde siglos y nos sigue uniendo hoy) esta unanimidad nos pone sobre aviso, porque es imposible no ver en ello oportunismo, cinismo y manipulación descarada.

Porque, y esta es una primera evidencia, cuando unos y otros dicen "España" está claro que no sólo no quieren decir lo mismo, sino hasta lo contrario. Por ejemplo, si hasta ayer por la noche para Pedro Sánchez España era una "nación de naciones" (cuatro, dijo: País Vasco, Cataluña, Galicia y...¡España!, o como quisiera llamarse lo que quedare), ¿ahora qué es? ¿Y qué es España para Errejón y Pablo Iglesias, para Iceta y para Feijóo, para el asturianista Barbón, la eukalduna Chivite o la andalucista Teresa Rodríguez?

Pero lo peor es que esta España indefinida e indefinible del PSOE (¿recuerdan a Zapatero, y a Pedro Sánchez explicándonos qué es una nación?), no acaba de estar clara ni para el PP, que se ha dejado contaminar del nacionalforalismo vasco, el nacionalismo gallego y el autonomismo disgregador, todo lo cual indica que su idea de España es de papel y pandereta, incapaz de enfrentarse a la tendencia caciquil de las oligarquías locales, empezando por al separatismo, tal y como hizo Rajoy, al que Pablo Casado parece que quiere resucitar.

Este intento burdo de apropiarse de una palabra hasta ahora cargada de sentido (el de la igualdad, en todos los sentidos), puede pasar a convertirse en un significante vacío, una maniobra perversa de imprevisibles consecuencias. Sólo faltaba que nos quedáramos sin la palabra España por ser imposible ponernos de acuerdo en su significado y que acabara significando lo que a cada uno le diera la gana. Esa sí que sería una España vacía y vaciada.

Lo positivo es que esta pirueta propagandística nace de un hecho fundamental, que no es otro que el resurgir del sentimiento natural de pertenencia y supervivencia que el pueblo español (recuperemos la palabra en su pleno sentido democrático, histórico y político) ha empezado a manifestar y exhibir sin complejos, tal y como hizo hace dos años en Barcelona el 8 de octubre y que sacó a la luz una realidad oculta, pero no por ello inexistente. Es el miedo a que ese movimiento soterrado acabe desbaratando el actual equilibrio político, tan poco cimentado, lo que ha movido a quienes mueven los hilos de los partidos y orientan a sus líderes, a cambiar de estrategia y ponerles en la boca la palabra España, conocedores de la fuerza y la capacidad de arrastre electoral que este referente todavía encierra.

Algo hemos avanzado, sin duda, y ojalá logremos despojar del tufo franquista que los disgregadores de todo tipo (de separatistas a federalistas, de podemitas a nacionalistas) se han empeñado en arrojar sobre la palabra España, maniobra en la que hasta ahora han tenido mucho éxito. Frente al "Estado español", que todavía mantiene el PNV, o la "Puta Espanya" de los CDR de Puigdemont y Torra, bienvenida sea esta recuperación de la palabra España, aunque sea por puro cálculo electoral.

De nosotros, los votantes, depende el saber distinguir entre los oportunistas y manipuladores de turno, que hoy usan esta palabra para prostituirla y desvirtuarla mañana, de quienes respetan su valor y sentido, que no es otro que el de afianzar la unidad política, igualitaria, de derechos y obligaciones, entre todos los españoles. Llegar hasta las últimas consecuencias de esta simple afirmación es algo que ningún partido parece hoy estar dispuesto a asumir. Pero quién sabe. Algo, de momento, parece que ha cambiado.

martes, 1 de octubre de 2019

EL NIÑO PUJOL




Nuestra mente sólo descansa cuando encuentra una explicación coherente a las cosas que nos suceden o nos preocupan. El mundo es en sí mismo irracional e incomprensible. Para darle estabilidad y sentido, buscamos constantemente un origen causal con el que, aunque sólo sea de modo provisional, calmar la inquietud que nos produce lo imprevisible e incontrolable. Por el mismo motivo reelaboramos nuestro pasado para dotarle de un sentido tranquilizador. He aquí un ejemplo. Lo he tomado del avance de un libro titulado "Pujol: todo era mentira", de próxima aparición.

Al parecer, Jordi Pujol, a los doce años, sufrió un trastorno obsesivo-compulsivo que le llevó a acudir a un psiquiatra prestigioso, el doctor Moragas, quien le puso en manos de un cura amigo que hizo de psicoterapeuta durante meses hasta lograr la remisión del cuadro psicótico que presentaba (no sabemos cómo lo logró). Pujol, en sus memorias, reelabora el percance hasta quitarle toda importancia. Dice: "Yo con 12 años tenía la cabeza llena de cavilación. Me llevaron al doctor Moragas, un psiquiatra infantil de prestigio. Me pidió que hiciera dibujos. El diagnóstico fue: Este niño nunca será un buen dibujante, pero... sabrá sacar buen provecho a la vida". ¡Ja ja! La realidad fue muy distinta.

En un libro del doctor Moragas, "Niños psicópatas", aparece esta ficha que coincide con la del niño Pujol: "Caso 5º. Ficha número 2348. Chico de 12 años. Una hermana menor. Sin antecedentes. Hace tres meses, ante las imágenes religiosas y especialmente ante el Santísimo Sacramento, cree ver imágenes de contenido coprológico y erótico. Confunde en sus pensamientos a Jesús con Judas. Cree que todo lo que piensa es pecado [...]. Después de unos meses de psicoterapia con el confesor han desaparecido las imágenes desviadas y las ideas de culpabilidad han remitido".

Sufrir alucinaciones es para Pujol "tener la cabeza llena de cavilación". Lo sorprendente es que las imágenes piadosas se transformen en materia fecal y erotógena. He analizado en otro lugar la peculiar relación del catalán (la lengua) y la cultura catalana (pintura, teatro, humor, tradiciones), con la pulsión anal. Parece que Pujol confirma mi teoría. ¿Y eso de confundir a Jesús con Judas? ¡Mira que es estrambótico!; pero premonitorio. Sabiduría del inconsciente, la voz del deseo: "todo lo que piensa es pecado"..., pero aprendió a desviar la culpa, y gracias a un cura.

Judas es símbolo de traición, pero también de avaricia. Es como si el ser que iba a ser Pujol, ya estuviera bullendo en su cabeza y cuerpo desde su más tierna infancia y eso asustara al mismo Pujolín. Me recuerda el caso del niño Adolf Hitler, que también sufrió algún trastorno y Freud, consultado por el médico Ernest Bloch, aconsejó a su familia que lo ingresaran en un centro de salud mental (su padre no hizo caso y ya vimos a dónde llegó).

No sabemos hasta qué punto los conflictos de la infancia y adolescencia condicionan nuestra vida, pero sin duda son siempre reveladores. Yo veo en estos desvaríos y cavilaciones del pequeño Pujol un resumen cabalístico de lo que será su futuro: la fascinación coprofágica del dinero, transformando lo más sagrado (el Santísimo Sacramento y la Santísima Patria) en tentación erótica; la confusión entre el bien y el mal, intercambiables; el refugio en el secreto bancario del confesionario y la utilización de los faldones clericales y montserratinos para bendecir las "desviaciones" y alejar cualquier sentimiento de culpa. Sí, toda esta maestría libidinosa debe exigir un aprendizaje infantil precoz y cavilante.

Desconocemos la encrucijada infantil en la que pudo quedar varado Pedro Sánchez, pero no creo sea muy descabellado el imaginar una lucha agónica por llegar a ser lo que creía ser, una ansiosa necesidad de imponerse y ser visto y reconocido casi a la legua, siempre un palmo por encima de cualquiera (también de la chusma obrera e intelectual), todo lo cual acueró su rostro y su carácter, tieso y desconfiado, temeroso de mostrar cualquier debilidad.

Hay estudios que afirman que en España hay más de seis millones de psicópatas, un millón de psicópatas puros, y otros cinco de psicópatas más o menos integrados. Más de un 10%. Muchos, oiga. Lo que no sabemos es dónde se concentran más. La política yo creo que es un buen abrevadero de esta lobifauna. Los electores deberíamos exigir que, al menos los cabeza de lista, fueran examinados por un equipo de expertos cuyo veredicto fuera inapelable: apto/no apto, personalidad normal/personalidad psicopática.

jueves, 11 de julio de 2019

LA REBELIÓN CATALANA: Ni güevo ni fuero


Entre los Escritos políticos de Quevedo encontramos uno, La rebelión de Barcelona, subtitulado Ni es por el güevo ni es por el fuero, cuyo contenido es de una actualidad asombrosa. Sorprende comprobar hasta qué punto lo que cuenta y analiza Quevedo se parece a lo que hoy vivimos y padecemos. Escribió Quevedo el texto confinado en la cárcel de San Marcos de León, circunstancia que agranda la dignidad y libertad de su pensamiento. Reflexiona en él sobre los hechos iniciados en 1640 que llevaron a Cataluña a separarse de España y ponerse en manos de la monarquía francesa hasta 1652.

La sublevación tuvo una fase inicial que fue la revuelta de los segadores y campesinos contra el poder feudal y burgués barcelonés, que recuerda el intento de toma del Parlamento catalán por los indignados en 2011. Ese movimiento social fue enseguida canalizado y dirigido contra del ejército de Felipe IV que luchaba desde tierras catalanas contra Francia, ejército al que Cataluña se había negado a aportar hombres y dinero. El proyecto de la Unión de Armas de Olivares, resumido en su aforismo Multa regna, sed una lex («Muchos reinos, pero una ley»), chocó en Cataluña con la resistencia de la oligarquía medieval ("los señores de la montaña") y la burguesía mercantil barcelonesa. Recordemos, para completar el cuadro, el auge del bandolerismo, que en Cataluña se convirtió casi en una guerra civil entre clanes mafiosos (robos, secuestros, venganzas, asaltos... Nyarros contra cadells).

La imagen de una Cataluña pactista y pacífica es un mito. El día del Corpusapuñalaron y mataron al virrey Dalmau de Queralt. El clérigo Pau Claris hizo que la Generalidad proclamara al rey francés conde de Barcelona. "Quitaron de la cabeza la corona a la Virgen de Montserrate para coronar a Luis XIII", escribe Quevedo.No quisieron unirse al ejército español y acabaron pagando al ejército francés para que viniera a defender Barcelona. Pasaron de una monarquía otra y en el cambio perdieron el Rosellón y la Alta Cerdaña (donde, además, se impuso el francés como lengua oficial y desapareció el catalán). "No querer dar lo justo y moderado que se les pidió, y perder más, no puede llamarse ahorro, locura sí. Hoy nada es suyo si no es la rebelión", escribió Quevedo.

Quevedo trata de entender esta conducta tan irracional ("locura"), y es aquí donde su reflexión nos interesa más. Primero desmonta la motivación religiosa que fue el arma más eficaz de la rebelión. Se acusó a los tercios de herejes y profanadores de templos. El libelo con el que se alentó la revuelta, escrito por el fraile Gaspar Sala, se titulaba Proclamación Católica (escrita en español, por cierto), en que se exalta la catolicidad catalana hasta el delirio. "El primer gentil que recibió la fe de Cristo" era catalán, Santiago Apóstol inició su predicación en Cataluña, el primer obispo fue catalán, "por los catalanes goza España el santo tribunal de la Inquisición, y fue su primer inquisidor el santo catalán Raimundo de Peñafort". También "los primeros que plantaron la fe de Cristo en las Indias Occidentales fueron doce sacerdotes catalanes"…

Frente a esto, el ejército español quemaba iglesias y pisoteaba el Santísimo Sacramento. De Ruidarenas, la iglesia que sufrió un incendio que Quevedo sospecha fue causado por los rebeldes, se extendió por toda Cataluña la imagen -que aparece en la portada de la Proclamación-de un cáliz con la Sagrada Forma entre llamas. Todos las iglesias y campanarios de Cataluña llamaron a la guerra contra "los agravios sacrílegos ejecutados por los soldados". Hoy exhiben lazos amarillos en las torres y fachadas de las iglesias y llaman a la independencia desde los púlpitos; sus dirigentes, que siguen yendo a misa a comulgar, son una réplica de aquel brazo eclesiástico que alentó la rebelión.

Se identificó entonces a Cataluña con esa catolicidad ultra del mismo modo que hoy se identifica con la democracia y la lucha por la libertad del pueblo oprimido.(Donde católicos contra sacrílegos, pongan demócratas contra fascistas). La Fe Católica era atacada y eso justificaba la guerra. Franco hizo lo mismo y le llamó cruzada. Artur Mas ha dicho que España y los españoles están dispuestos a "quemar Cataluña". La propaganda, basada en la mentira, cuanto más exagerada más eficaz. 

El segundo argumento que desmiente Quevedo es el de la fidelidad de los catalanes a la corona y a la legalidad, que esgrimen con orgullo. Decía la Proclamación, dirigida a Felipe IV: "No tiene V. M. vasallos de fidelidad más entera, de legalidad más pura que los catalanes". Quevedo se asombra de que los catalanes defiendan esto cuando acaban de traicionar al rey, reinventando los fueros para acomodarlos a sus intereses. Sigue aquí al Aristarco (el contra-libelo de la Proclamación): "Esto de inventar los catalanes y escribir a su albedrío lo que conviene a su honra, o a su vanidad, es cosa natural en ellos".Dando la vuelta a todo, pretenden demostrar que ha sido el soberano Felipe IV el que ha traicionado el pacto y conculcado los fueros. Quevedo deja claro que sólo se trata de una lucha en favor de los privilegios de una oligarquía local a la que llama "sátrapas de Cataluña".

Entendemos hoy muy bien esta amarga reflexión de Quevedo: "Mucho desanima amparar al que se ofende de que le amparen: peleábamos contra los franceses por Cataluña, y los catalanes obligaban a los franceses contra nosotros". Buscó en el libro de los fueros catalanes algo que justificara esta conducta y temió encontrar ese "«no queremos porque no queremos», a quien han introducido en fuero; y hojeado todo el libro, hallé no sólo sanos y no quebrados sus fueros, empero no hendidos, antes más guardados de su majestad que de su Archivo y Deputación y Concelleres. Yo les pregunto que cuál tienen que para valerse de los franceses no le hayan hecho pedazos y vuéltole desafuero, pues defenderlos para quebrarlos, guardarlos de todos y no de sí, para perderlos, no es menor locura que sería en cualquiera guardar su casa de todos para derribarla encima de sí mismo".

Lo que descubre Quevedo es cómo han retorcido los fueros (leyes), habilidad que hoy siguen practicando con total descaro: "Muchos fueros y privilegios leí tan diferentes de como los alegan, que los desconocí; y siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren. Esto es concederse privilegios; y yo certifico que no tienen privilegios ni fuero para poder concederse a sí mismos ni lo uno ni lo otro". Saltarse la Constitución, interpretar el Estatuto a su antojo, inventarse leyes... ¿Les suena a algo? ¡Estamos en el siglo XVII!

Acaba Quevedo explicando la metáfora del güevo (los intereses), diciendo que es huevo de gallo porque ha sido empollado por los franceses (losgalos), pero del que ha salido un basilisco, esa "sierpe habitada de veneno que mira con muertes". Tendrán así los catalanes "por rey al régulo" (el basilisco), "que, si mira lo que hace, deshace lo que mira". Entendemos ahora por qué dice que "son los catalanes aborto monstruoso de la política" y el condado de Barcelona "este laberinto de privilegios, este caos de fueros". Y otra jugosa comparación: "son los catalanes el ladrón de tres manos", porque juntan las dos manos para rezar, pero una de ella es un simulacro de madera o trapo, mientras con la mano libre hurtan lo que pueden. Sí, no me recuerden que ni ayer ni hoy podemos hablar de "los catalanes" como un todo homogéneo; vayamos al meollo del asunto y no desviemos la atención.

Es la irracionalidad de la "rebelión"(la llama así, no de otro modo) lo que Quevedo trata de encarar, algo que ni por el güevo ni por el fuero se puede justificar. El escrito nos deja un sabor amargo, porque Quevedo acaba expresando supesimismo ante el fracaso de la razón y la política misma.

Una última perla. Asegura Quevedo que Cataluña necesita, "para engañar, que se fíen de ella". ¡Diálogo, diálogo, diálogo!, repite el basilisco.

domingo, 7 de julio de 2019

DE ZAPATERO A SÁNCHEZ


De niño fui a una escuela donde nos daban un vaso de leche en polvo durante el recreo de la mañana. Era leche que enviaban los americanos. Yo la aborrecía porque, con el estómago vacío, me sentaba fatal. Al maestro, que usaba una regla como principal arma pedagógica, le llamábamos "Zapatones". Tenía unos zapatos llamativamente grandes. Supongo que ocultaban unos pies algo desmesurados con relación a su estatura, que no era demasiado alta. No tanto como aquel otro tipo encorvado y grandullón al que llamábamos "el Altísimo" (y que, por cierto, era el jefe de Falange, del que se decía había encabezado los "paseos" que habían acabado con todos los rojos del pueblo).

Al oír estos días a Zapatero pidiendo el indulto para los separatistas acusados de rebelión, me he acordado de ese sonoro apodo, no sólo por asociación fonética, sino porque zapatones puede traducirse como metepatas, torpe o zopenco. Cuando uno vitupera a alguien (aunque la mofa, como en este caso, sea más descriptiva que ofensiva), debe ampararse en la función pedagógica y política que cumple el insulto, de tan larga y fecundísima tradición entre nosotros.

Creo que es suficiente justificación el denunciar con ello la gravísima irresponsabilidad de quien fue presidente del Gobierno al proclamar, con esa engolada prosodia que ha convertido en caricatura de sí mismo, que espera que la sentencia contra los golpistas "no comprometa el diálogo". Provocación premeditada que asusta porque revela qué tipo de Zapatero remendón tuvimos al frente del Gobierno de España durante ocho años, y qué tipo de PSOE tenemos hoy que ampara y hace suyo este desgarrón contra la democracia y la independencia judicial.

"No comprometer el diálogo", "volver a la política", "encauzar el conflicto"... Palabrería insultante y falaz, como si la ley fuera lo opuesto, y no el sostén, de la política. Todo para pedir una sentencia exculpatoria y un indulto anticipado. Algo peor que lo que trapicheó con ETA, aquellas vergonzosas negociaciones claudicantes del 2006 que hicieron posible la legalización de EH Bildu, un partido que no tendría cabida en ninguna otra democracia, y menos en Europa, organización facciosa con la que ahora pacta Sánchez descaradamente.

Zapatero es el ejemplo más pavoroso de hasta qué punto la democracia puede abrir la puerta a los personajes más ineptos, mentalmente obtusos, peligrosamente fatuos, lo que no significa necesariamente tontos. No lo son, al menos para sí mismos y para los intereses a los que sirven. Ahí está la prueba de esa mediación (zapateresca y zarrapastrosa) en Venezuela, éxito fulgurante que ahora quiere trasladar a Cataluña. De nada sirven el Parlamento, los partidos, las instituciones del Estado, el poder judicial. Hay que abrir "otros espacios de diálogo" que soslayen la Constitución y nos hagan tragar la rueda de molino separatista como si fuera una oblea.

Zapatero hace tiempo que es una fuente de extravagancias que rozan el esperpento. Pasará a la historia aquel gesto cerril del que hizo solemne ostentación ante la bandera americana. Icono de otro momento cegador fue esa foto familiar junto a los Obama, sus hijas luciendo una estética tan cutre e inverosímil como el reciente corte de pelo de su consorte Sonsoles, flequillo y melena tronchada por encima de las orejas, algo tan espantosamente feo que podría "justificar" una demanda de divorcio.

Pero nada de esto sería posible sin el apoyo de algo mucho más peligroso, y que va más allá de la cretinez que exhiben hoy muchos otros Zapateros, empezando por el que hoy ostenta, en una interinidad que dura ya más de un año, la presidencia del Gobierno, ese doble corregido y aumentado que es Pedro Sánchez. Me refiero a esa masa de votantes abducidos por lo que todavía llaman progresismo, que no es más que carlismo postmoderno, comandado por esa carcundia retrógrada y racista que es el nacionalismo catalán, vasco, gallego y sus sucursales diseminadas por toda España.

Pero digamos más. Tampoco sería todo esto suficiente si no hubiera intereses más decisivos que están moviendo hilos y propiciando este desbarajuste. Son fuerzas y poderes internacionales (desde Rusia a Alemania, por no hablar de China y los países islámicos), a los que el escenario geoestratégico de España les viene muy bien para esa guerra global en la que hace tiempo estamos sumergidos (de la que lo ocurrido en los Balcanes parece prueba evidente). Pero de esto le debiéramos preguntar al leonés Pedro Baños, que sabe mucho más.

martes, 25 de junio de 2019

HACERSE EL LOCO


Dice el gran sabio aristotélico-pontevedrés que "en política hay que hacerse el loco muchas veces". Después de cavar en su cráneo hondamente hasta hallar la piedra preciosa de esta sentencia, me dice el Diablo Cojuelo que el expresi ha quedado exhausto y no volverá abrir el pico hasta que no haga una caminata de diez kilómetros de esquí sobre hierba, que es su especialidad. Esperemos que entretanto le dé tiempo a Casado a nombrar a Cayetana Álvarez de Toledo portavoz del PP en el Congreso, que sería una de las noticias más esperanzadoras en medio de este turbio panorama desesperanzado en que hasta las inteligencias más lúcidas empiezan a decir tonterías. (Vean, por ejemplo, qué han dicho y dicen los defensores de Valls, ese tarambana de la política, listísimo, al parecer).

Hacerse el loco: lo dice Rajoy queriendo hacer gracia y pensando que hacerse el loco es sinónimo de hacerse el tonto siendo listo, parecer que no se entera de algo estando como está al tantísimo de todo. Astucia gallega, ser capaz de engañar hasta a la propia sombra simulando que va hacia adelante cuando en realidad está dando la vuelta. El arte de estar parado mientras se bracea como que se avanza. Es todo esto tan pueril que resulta bochornoso que alguien se lo tome en serio, como si surgiera de un cráneo que cogita y no del balbuceo, digamos, de un paramecio al que han nombrado delegado de curso.

Perola política es el arte de hacer, no el de parecer, ni siquiera el de ser. La política debe dejar de lado toda esa mugre vaporosa que envuelve sus decisiones de agudeza, ese pretender escribir recto con renglones torcidos, creerse listísimo por ser capaz de engañar a muchos. El arte del disimulo, del bandazo, el arte de la artimaña... Pues no; por más que se haya degradado hasta exudar basura como por boca de albañal, la política es (debe ser) el espacio de la verdad y la racionalidad, de la fría, apasionada, cruda y vigorosa realidad vista con ojos de despiadada racionalidad, que es lo más humano que podamos imaginar, porque es tener en cuenta el bien de todos y el tratar de no hacer, al mismo tiempo, mal a nadie.

Digo, contra tanto tópico, que ni en la vida ni en la política debe uno hacerse el loco, ni serlo ni parecerlo. Que uno debe hacer y no hacerse, ni el listo ni el tonto, ni el loco ni el cuerdo, ni el astuto ni el besugo. Preocuparse por hacer, no sólo por parecer. Por eso propongo acabar de una vez con los asesores de imagen, mandarles a pacer al desierto. Confiar en lo que uno hace y dejarse guiar por lo que uno siente al hacer lo que hace. La política es un pensar en qué se puede hacer y qué no se debe hacer, cuáles son los efectos reales de las decisiones. Aquí sobran las ideologías, sólo mandan las ideas como guía de los actos, y los actos como jueces de las ideas.

Apliquen esto, por ejemplo, a los resultados de ese hacerse el loco que practicó con astutísima estulticia Rajoy ante la rebelión separatista catalana. Acumulen los hechos, resultado de tanta sabiduría y marrullería política. Lo más increíble es que llevó este hacerse el loco hasta la mismísima sala del Supremo donde se juzgan hechos y disimulos (que son parte de los hechos, del intento de ocultar los hechos). Sólo la contaminación de la justicia por parte de esta concepción reptil de la política ha podido permitir que el expresidente del Gobierno no esté ahora siendo juzgado por alta traición, por echar mano de alguna de las figuras delictivas ante las que nadie debería poder hacerse el loco.

Reconozco que mi idea de la política es algo que hoy sólo parece existir en la estratosfera platónica, tan alejada está de la realidad. Parecería este hecho un argumento autodestructivo, pero es que la realidad es por sí misma el único argumento de la vida, por más que vivamos sumergidos en la etereidad de los deseos, las emociones, los engaños y disimulos. Así que propongo que empecemos a dejar de hacernos el loco, de simular que aquí no pasa nada. Pasa algo, y grave, porque, además, hemos pasado de la estulticia del simulador al descaro del impostorque ya no se preocupa de ocultar nada, porque nada tiene que defender, sino a sí mismo.