Puedes ver aquí el trailer de mi obra de teatro "Confesiones de don Quijote", que se representará el día 23 de abril en el Auditorio de León.
viernes, 7 de abril de 2023
miércoles, 29 de marzo de 2023
jueves, 23 de febrero de 2023
QUEVEDO Y ESPAÑA
Quevedo (1580-1645) dedicó al tema de España una obra titulada España defendida y los tiempos de ahora de las calumnias de los noveleros y sediciosos. Tiene especial interés por ser quizás la primera en combatir lo que a principios del siglo XX Julián Juderías llamó Leyenda Negra (término atribuido a Emilia Pardo Bazán), pero cuyo origen se remonta a principios del siglo XVI. Obra temprana e inacabada (1606), expresa desde el inicio claramente su intención:
"Cansado de ver el sufrimiento de España, con que ha dejado pasar sin castigo tantas calumnias de extranjeros, quizá despreciándolas generosamente, y viendo que, desvergonzados nuestros enemigos, lo que perdonamos modestos juzgan que lo concedemos convencidos y mudos, me he atrevido a responder por mi patria y por mis tiempos".
Pasados más de cuatro siglos, sorprende comprobar cómo lo que escribió Quevedo sigue teniendo hoy plena actualidad. El discurso antiespañol y negro-legendario ha tomado especial virulencia hoy de la mano y por boca de los nacionalismos separatistas y del indigenismo de la izquierda revanchista. Como dijimos en un artículo anterior (Quevedo y Cataluña), la persistencia de un fenómeno basado en la fuerza de la mentira, el odio y el rencor, como es el de la leyenda negra, nos plantea el problema del control de la mente y la conciencia mediante la transmisión de estereotipos y prejuicios.
Resumamos algunos de sus juicios y valoraciones. Empieza Quevedo hablando de la falta de autoestima y"la poca ambición de España" que no se defiende de las mentiras que sobre ella se propagan, y "tiene en manos del olvido las cosas que merecieron más clara voz de la fama". Denuncia no sólo el maltrato y la "insolencia de los extranjeros" y "los forasteros envidiosos", sino también del silencio "de los propios".
Se sorprende Quevedo que alemanes y franceses hayan hecho "de nuestras verdades mentiras", mientras "hacen de sus mentiras y sueños verdades". Exclama: "Oh desdichada España! Revuelto he mil veces en la memoria tus antigüedades y anales, y no he hallado por qué causa seas digna de tan porfiada persecución. (...) ¿Quién no nos llama bárbaros? ¿Quién no dice que somos locos, ignorantes y soberbios?" Y: "Aun lo que tan dichosamente se ha descubierto y conquistado y reducido por nosotros en Indias, está disfamado".
En su defensa de la historia de España, Quevedo huye de mitos, leyendas e invenciones etimológicas, lo que era muy común en la historiografía de la época, para basarse sólo en "papeles, historias y tradiciones y sepulcros". Nada de una España metafísica y eterna. La verdad siempre por delante. Los españoles "sola de la verdad desnuda hacemos pompa y aun la adelgazamos en nuestro favor". Tanto es así que dice, por ejemplo: "Calamidad han sido en España godos y cartagineses".
Quevedo afirma que "por la virtud y el valor es España aborrecida". De la envidia nace el desprecio: "Viendo que no pueden negar a los españoles el esfuerzo, la osadía en los peligros, la constancia en los trabajos y, al fin, el primer lugar en las armas, acógense a negarnos las letras". A refutar esta última opinión dedica Quevedo casi un capítulo de su libro. No sólo cita a más de medio centenar de grandes autores contemporáneos a los que nombra explícitamente, sino a los autores hispano-romanos. Destaca el desarrollo de todas las ciencias: "En las ciencias sólidas, como filosofía, teología, leyes, cánones y medicina y escritura, todas las naciones nos son inferiores, si bien nos tratan de bárbaros".
Y concluye: "¿En qué materia del mundo no hay en España sola tantos libros como en todas las naciones en sola su lengua, en la cual están traducidos todos los griegos y hebreos y latinos y franceses y italianos, como es de ver al que ha visto librerías en España?
Nos llama la atención la defensa que hace del español, lengua "común en toda España", "la lengua propia de España". Lo hace porque hasta la misma lengua española fue objeto de desprecio por parte de franceses y alemanes. Erasmo de Rotterdam, por ejemplo, dijo que nuestra lengua estaba demasiado llena de "eses", lo que la hacía semejante al silbido de las serpientes. Quevedo, con abundantes citas, muestra la presencia del fonema /s/ en el latín, lo que no va en menoscabo de su elegancia y musicalidad.
También relaciona nuestra lengua con el canto de "las aves regaladas y blandas", destacando los sonidos labio-linguales frente a los guturales y palatales, más abundantes en la lengua alemana, como fonema /rr/, "letra de borrachos", sonido parecido al "gruñido de los animales, que le forman en la garganta".
Muy de acuerdo con el pensamiento de la época, relaciona el modo de ser y actuar de los españoles con las condiciones geográficas, orográficas y climáticas de la península, que influyen en la proporción de los humores del cuerpo, fundamento biológico del carácter: "Concluimos que las costumbres propias y primeras de España fueron en todo hijas de la templanza de su cielo y de la naturaleza del lugar, y por eso modestas, moderadas y según justa ley y disciplina".
Pone abundantes ejemplos de la fertilidad de la tierra (rica en miel, vino y aceite, por ejemplo), de la abundancia de metales preciosos o de ser España "madre de la mejor casta de caballos, y en ella se crían los más ligeros", una afirmación nada anecdótica, pues basta pensar en la importancia que el caballo tuvo en la civilización de América (¡y en las películas del oeste!).
Quevedo supo ver muy tempranamente cómo influyen en la historia los elementos "subjetivos", las ideas, la manipulación e interpretación de los hechos; cómo una sociedad se ve y valora a sí misma y cómo la juzgan y valoran los demás; la dialéctica entre los estados y la importancia de los esquemas ideológicos en la construcción de las naciones e imperios. Tiene todo esto hoy especial interés para entender mejor lo que llamamos "guerra cultural", que más bien debiéramos llamar "guerra ideológica", y que no es más que una de las caras de la guerra política, interna y externa, en la que toda sociedad está permanentemente sumergida.
Quevedo, al escribir su España defendida contra los noveleros y los sediciosos, fue consciente de que esta defensa le traería críticas y ataques "que se han de armar contra mí", pero justifica su atrevimiento con una frase que quizás explique mucho mejor la historia de España de lo que muchos historiadores han elucubrado intentando aclarar el "enigma" de España: "No fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después".
(Quien quiera tener más información sobre el tema puede consultar mi libro Sabiduría de los clásicos, Punto Rojo Libros)
martes, 14 de febrero de 2023
QUEVEDO Y CATALUÑA
Francisco de Quevedo conoció los hechos de la llamada Guerra dels Segadors de 1640 y realizó una interpretación de los mismos. Lo dejó escrito en una pequeña obra de carácter polemista, que fue publicada con el seudónimo de Antonio Martínez Montejano con el título de La rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero.
Recordemos que esta guerra duró hasta 1652 en que Barcelona se rindió al ejército de Felipe IV. Se originó al negarse los catalanes a contribuir a la Unión de Armas mediante la cual el Conde-Duque de Olivares trató de crear un ejército en el que todos los reinos y las regiones participaran. El Condado de Barcelona se negó a apoyar y contribuir al mantenimiento de los Tercios que luchaban contra Francia en la Guerra de los Treinta Años. Paradójicamente, esta rebelión les llevó a pedir la ayuda de Francia y a someterse a Luis XIII, al que proclamaron conde de Barcelona. No era la independencia y la libertad, por tanto, lo que se buscaba, como bien dijo Quevedo: "Debiera advertir Cataluña que el mudar señor no es ser libre, sino mudables".
El libelo de Quevedo tiene interés, más que por la descripción de los hechos, por las reflexiones políticas que hace a propósito de lo que califica acertadamente como rebelión, ya que supuso el intento de secesión de Cataluña mediante la violencia. Recordemos que se inició con el asesinato del virrey Dalmau de Queralt y otras veinte personas el día del Corpus; que dejó miles de muertos y, entre otras consecuencias, se perdieron para siempre los condados del Rosellón y la Cerdeña.
Resumamos algunas de las consideraciones de Quevedo que nos hacen pensar sobre un tema inquietante: hasta qué punto lo que hoy estamos viviendo en Cataluña no es sino la continuidad de algo que, de modo adelantado, Quevedo ya vio y describió en su época.
Empecemos por el título. Al afirmar que esta rebelión no se hizo ni por el fuero ni por el huevo, Quevedo expresa su perplejidad, pues ni las leyes (los fueros, los privilegios, las instituciones) fueron quebrantadas por la monarquía, ni el huevo (intereses, riqueza, dominios) se puso en peligro por la acción de la corona. Al no encontrar una explicación racional, Quevedo habla de locura: "No querer dar lo justo y moderado que se les pidió, y perder más, no puede llamarse ahorro, locura sí". Frente al tópico del seny y el pragmatismo de los catalanes, Quevedo acude a una explicación psicológica o subjetiva: el "no queremos porque no queremos", que "han introducido (convertido) en fuero".
Quevedo insiste en la falta de legitimidad de la rebelión, pues, una vez estudiados, "hallé no sólo sanos y no quebrados sus fueros (...), antes más guardados de su majestad que de su archivo y diputación y concelleres". Los sublevados, sin embargo, esgrimen sus fueros para justificar el levantamiento: "Muchos fueron y privilegios leí tan diferentes de como los alegan, que los desconocí; y siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren". ¿Qué hacen hoy los separatistas sino alegar y retorcer la ley para que diga lo que ellos quieren que diga? Se llega así a lo que Quevedo define como "laberinto de privilegios" y "caos de fueros", una definición bastante acertada de lo que hoy sucede en Cataluña.
Hay otro elemento especialmente llamativo y de gran interés, que Quevedo analizó en su obra: el de la propaganda. No hay guerra sin propaganda. Quien inicia una guerra necesita organizar, incluso antes que las armas, una eficaz propaganda que la justifique y con la que acusar al enemigo de ser el causante del enfrentamiento. Quevedo analizó este fenómeno, mostrando su asombro por la fuerza de la mentira y la creación de lo que hoy llamaríamos fake news, falsas noticias y noticias falseadas.
El hecho que desencadenó la guerra fue el siguiente: en Riudarenas (un pueblecito de Gerona), se produjo el incendio de su iglesia, sin que sepamos si el fuego fue intencionado o resultado de un accidente, si provocado por los soldados del ejército real o por sus atacantes. En el incendio ardió el sagrario y se quemaron las sagradas formas. Un hecho que se convirtió en el detonante de la rebelión. No suelen ser grandes sucesos, ni graves, los que desencadenan las guerras, sino hechos insignificantes que de pronto adquieren un gran valor simbólico y emocional. La clave está en identificar un pequeño suceso con una gran causa.
Se interpretó este suceso como una profanación sacrílega de las hostias consagradas, llevada a cabo por los soldados imperiales, a los que se acusa de apóstatas, sacrílegos y herejes en un panfleto escrito por un fraile, Gaspar Sala i Berart, que se publicó firmado por Los Conselleres y Consejo de Ciento de la Ciudad de Barcelona, con el canónigo Pau Claris a la cabeza, y que se difundió por toda Cataluña y por Europa, traducido a varios idiomas.
(Quien quiera ampliar la visión que Quevedo tiene de Cataluña y España puede acercarse a mi libro Sabiduría de los clásicos, que en Barcelona puede encontrar en la librería Byron).
sábado, 31 de diciembre de 2022
AL HABLA CON LOS CLÁSICOS. GRACIÁN (9 y 10)
Los dos últimos episodios del Programa dedicado a nuestros mejores clásicos del Siglo de Oro, en este caso a Baltasar Gracián.
https://www.youtube.com/watch?v=wWyGTiLyHcs
Y
https://www.youtube.com/watch?v=vo0u2cJ3ORQ
AL HABLA CON LOS CLÁSICOS. GRACIÁN (7 y 8)
Aquí tienes los enlaces 7 y 8 del Programa "Al habla con los clásicos", dedicados a transmitir y comentar la sabiduría de Baltasar Gracián, sus aforismos, sentencias e historias llenas de mensajes para aprender a saber vivir, que es la sabiduría más importante.
https://www.youtube.com/watch?v=MkyOW7yhfLI
Y
https://www.youtube.com/watch?v=q9-CrEGSZ-0
sábado, 24 de diciembre de 2022
LA DANZA DE LOS ESTORNINOS
Danza de estorninos en los Monegros el pasado 22 de diciembre de 2022.
Vuelan, se unen, se juntan, pero no chocan.
Ojalá la sociedad fuera igual.
¿Por qué lo hacen?
Por placer, para crear belleza.
Un ritual dedicado a un dios desconocido.
https://www.facebook.com/AndresCaparrosOficial/videos/5960211734017448
lunes, 21 de noviembre de 2022
AL HABLA CON LOS CLÁSICOS. GRACIÁN (5 y 6)
Nuevas entregas del Programa "Al habla con los clásicos".
https://www.youtube.com/watch?v=YEGSRrD3tiA
y
https://www.youtube.com/watch?v=U0ZUktTV-1w
jueves, 10 de noviembre de 2022
AL HABLA CON BALTASAR GRACIÁN (3 y 4)
Prosigo la serie de comentarios sobre la obra de Baltasar Gracián a través de EsRadio Alicante, basados en mi libro "Sabiduría de los clásicos. Palabras para pensar, pensamientos para vivir".
https://www.youtube.com/watch?v=ToqZLkec3jo
https://www.youtube.com/watch?v=lGe8UDcaJOg
martes, 25 de octubre de 2022
AL HABLA CON BALTASAR GRACIÁN (2)
De una serie de programas semanales que he iniciado con EsRadio Alicante, invitado por Pilar Jáuregui
Entresaco aforismos, sentencias, máximas, fábulas, apolos e historias breves y las vamos comentando.
Una aproximación al pensamiento y el lenguaje de Baltasar Gracián y Francisco de Quevedo.
https://www.youtube.com/watch?v=uUNMvCCFkro
lunes, 3 de octubre de 2022
AL HABLA CON BALTASAR GRACIÁN Y QUEVEDO
https://www.youtube.com/watch?v=HE45HCxpTGo
Un entrevista sobre mi libro "Sabiduría de los clásicos. Palabras para pensar, pensamientos para vivir".
PRESENTACIÓN EN BARCELONA
Vídeo de la presentación en Barcelona del libro de José Ramón Bravo, "Teoría del imperio y la nación del siglo XXI" en la que intervengo del minuto 5:30' al 20:00'
SOBRE EL ORGEN JUDÍO DE CERVANTES
En este artículo se resumen mis aportaciones sobre el origen judío de Cervantes recogidas en mi libro "Huellas judías y leonesas en el Quijote. Redescubrir a Cervantes".
jueves, 18 de agosto de 2022
Tertulia sobre "SABIDURÍA DE LOS CLÁSICOS"
TERTULIA SOBRE MI LIBRO "SABIDURÍA DE LOS CLÁSICOS" EN LA PLATAFORMA "ENCUENTROS DE HUMANIDADES Y FILOSOFÍA".
viernes, 29 de julio de 2022
ENGTREVISTA: AL HABLA CON NUESTROS CLÁSICOS
https://www.youtube.com/watch?v=HE45HCxpTGo
Una entrevista sobre mi libro "SABIDURÍA DE LOS CLÁSICOS"
miércoles, 29 de junio de 2022
CHARLA SOBRE MI LIBRO "Sabiduría de los clásicos, palabras para pensar, pensamientos para vivir"
jueves, 19 de mayo de 2022
SABIDURÍA DE LOS CLÁSICOS
Mi nuevo libro:
SABIDURÍA DE LOS CLÁSICOS: palabras para pensar, pensamientos para vivir.
Ya puedes adquirirlo a través de Amazon y en Punto Rojo Editorial o buscando por internet.
Más fácil: escribiendo a huellasjudias@gmail.com
Precio oficial: 15 euros
Aquí puedes ver un par de vídeos de presentación:
https://www.youtube.com/watch?v=-U0M7L1iSns
viernes, 13 de mayo de 2022
SOBRE MI LIBRO "DESVELOS DE LA LUZ"
He recobrado esta reseña del profesor de la Universidad de León José Enrique Martínez sobre mi libro de poemas "Desvelos de la luz". Si estás interesado en adquirir un ejemplar, escribe a huellasjudias@gmail.com
Santiago Trancón, Desvelos de la luz, Madrid, Huerga y Fierro, 2008, 108 pp. 383-388.
José Enrique Martínez
ISSN:0313-1329
Estudios Humanísticos. Filología 31, (2009). 383-388
Santiago Trancón es autor de distintos libros: un poemario, De la naturaleza del olvido (1989), una novela, En un viejo país (1997), y estudios como Teoría del teatro (2006) o Castañuela 70. Esto era España, señores (2006). Conviene que nos fijemos en dos fechas: 1989, cuando apareció el poemario citado, y 2008, cuando se publica el segundo, objeto de esta reseña, Desvelos de la luz. Casi veinte años entre uno y otro. De la naturaleza del olvido caminaba de la levedad a la concentración, de la imagen sencilla a la densidad conceptual y, fragmentado en poemas, venía a ser una única composición. Es algo que, como veremos, podemos apreciar en estos Desvelos de la luz, poemario que va precedido de una poética seria, rigurosa y clarificadora. Santiago Trancón declara, frente a la opinión antigenérica, tan frecuente: “Proclamar que los géneros literarios no existen es como afirmar que la tierra es plana. Cuanto más se empeñen algunos en anunciar su desaparición, más se nos impone su existencia y necesidad”. Los géneros, escribe, son “modos diversos de enunciación, con impulsos, intenciones y finalidades comunicativas”. Y especifica, respecto a la poesía: “No es simple convención formal o estilística. Lo que ella ilumina, descubre y crea, no es lo mismo que convoca una novela, un cuento, una obra dramática, un ensayo o una noticia de periódico (...). La poesía selecciona, comprende y desvela aspectos de la realidad, del mundo y sus misterios, que sólo a través de ella podemos vivir y vislumbrar”. Santiago Trancón procede después a caracterizar la poesía frente a otros discursos por el ritmo y la medida, la intensidad expresiva, la “verdad”, el modo de enunciación subjetiva y la unión de pensamiento y emoción; en palabras del poeta: “La poesía es ritmo, respiración, cadencia. Por eso su modo natural de enunciación es el verso”; “La poesía es concisión, intensidad, concentración significativa y emocional”; “La poesía, hoy, es siempre lírica [...]. Es lírica porque no puede construirse con emociones fingidas”; “La poesía no está hecha para contar historias ni para describir cosas, sucesos o paisajes, sino para transmitir lo que el poeta siente, piensa e imagina al observar la realidad...”; “La poesía es subjetiva, pero no egocéntrica, ni narcisista”: por eso, porque no es narcisista, es dialogante, comunicativa, intemporal y universal; la poesía aspira a “provocar una experiencia nueva en la que se une lo físico y la conciencia, el sentir y la idea [...], el yo con la objetividad del mundo”. Trancón procede después a una verdadera defensa de la poesía, en la línea –pero desde una concepción moderna, claro está-, de las poéticas que se remontan a la Edad Media, a Dante, a Boccaccio o, entre nosotros, al Marqués de Santillana o a Juan del Encina. Frente a imposturas, palabrería, arbitrariedades sintácticas o de otro tipo, exhibicionismos y búsqueda de novedades a toda costa, el poeta reafirma una “poesía que provoca una experiencia única, intensa, emocional y mental a la vez, corporal y etérea, un darse cuenta del misterio que nos rodea, de la belleza y la angustia que traspasa el mundo”.
Desvelos de la luz distribuye su materia poética en cinco partes de extensión parecida, con 70 poemas en total. Hay un índice externo de unidad: los poemas, sin título, van numerados dentro de cada parte. El poemario se concibe, por lo tanto, no como un agregado de poemas diversos, sino como libro, siendo evidente la unidad significativa de cada una de las partes.
En el poema inicial la luz (recuérdese el título del libro, Desvelos de la luz), se contrapone a la sombra, y la piedra (solidez, quietud) al río (a lo líquido y fluyente). Pero no son sombras totales, opacas, sino “un fulgor de sombras”. Es la iluminación, por pálida que sea, lo que predomina. En ese ámbito de luces y sombras “brota un anhelo” que se une al “temblor de álamos”. El anhelo implica al yo, a un yo contemplativo, perceptivo y reflexivo. Es del poeta –y a posteriori del lector- del que brotan esos anhelos, vagos tal vez, sin concreción acaso, con un punto de emoción en ese “temblor” de los álamos y quizá también del alma. A la vez que hemos interpretado superficialmente el poema, hemos podido captar algunas características por las que se define esta poesía, confirmadas con la lectura de los poemas posteriores: capacidad de sugerencia; brevedad, que supone expresión y desarrollo conciso; concentración significativa, que podemos nombrar como intensidad; tensión, aquí movida entre contrarios –luz, sombra- interdependientes, que se presuponen el uno al otro; tendencia a la instantánea más que al desarrollo temporal. A estas primeras intuiciones podemos añadir algunas otras: la presencia, explícita o no, de un yo, de un sujeto activo que observa y medita, con la luz y la sombra como elementos fundamentales de su visión; un mismo clima emocional, una misma tonalidad sentimental que en estos primeros poemas es adscribible a los términos luz y sombras; tradicionalmente, la luz connota elementos positivos reales (claridad, visión, calor, etc.) o simbólicos (desvelar, pureza de las cosas, renacer, etc.), y la sombra, la oscuridad o la noche, elementos negativos, reales también (dificultades de percepción y movimiento...) y simbólicos (opacidad de un texto, incertidumbre vital, duda, lo insondable, etc.). Cuando el poeta dice “Quisiera ver la luz del amanecer. / Luz de pájaros y racimos y espigas / que un niño lleva bajo el brazo / para alumbrar la sombra de los pozos”, toda una serie de imágenes venturosas vienen a la mente: la pureza con que la luz del amanecer va delineando, delimitando las cosas, el mundo; es como un renacer, como si la vida apareciera cada día con la primera luz del mundo. En cambio, si leemos: “Llegó la noche como un alacrán”, otra serie opuesta de imágenes nos atenaza y sobrecoge: el miedo, el peligro, la herida, la muerte... Estas connotaciones las expresa el poeta por medio de una figura retórica formada por términos que se excluyen desde el punto de vista del significado: el oxímoron, que se ofrece como fórmula de fusión de contrarios; en los poemas de Trancón encontramos: oscura luz, fuego negro, llama oscura, luz negra...; es curioso observar cómo los calificativos “oscuro” y “negro” cobran un relieve significativo muy fuerte, al teñir de tinieblas la claridad del fuego, de la llama o de la luz: predomina el túnel sobre la salida, pudiéramos decir.
Aspecto importante del poemario es el recurso a los símbolos: hay complejos mentales, sentimentales o de otro tipo difíciles de explicar y el símbolo puede configurar en una palabra todo aquel complejo interior: perdido entre sombras, incertidumbres y miedos, el poeta escribe: “Pero sé que más allá hay un sendero / que puedo recorrer, y fuentes a lo largo / del camino que apagan momentáneamente la sed”. Tanto el sendero como las fuentes como la sed remiten a un estatuto simbólico: “Un galope de caballos antiguos / atraviesa la noche” ¿Qué caballos son esos fuera del ámbito simbólico? Y la misma pegunta nos hacemos ante otros caballos que aparecen en distintos poemas: “Caballos negros, cubiertos de zarzas, se precipitan al mar”: sentimientos de desolación, desconcierto y muerte acudirán en una inicial interpretación; los “caballos guerreros” del poema séptimo de la tercera parte, responden a lo que Carlos Bousoño llamó “visión”, pero es además, en el sentido corriente, una visión apocalíptica, aterradora, como si esos simbólicos caballos, espoleados por “serpientes de humo”, se precipitaran hacia el abismo. Junto a los símbolos destacan las imágenes, que normalmente materializan una visión o un pensamiento. Podemos degustar algunas: “El crepúsculo es un surco oxidado que llega hasta el infinito”; “Un anhelo de raíces asciende hacia la copa de los chopos”; “La noche es ya un navío errante cargado de sombras”; el fruto morado de la higuera es “vulva solar que picotean los gorriones”; el grillo es “ruiseñor de azabache”, las amapolas, “frágiles copas que recogen el rubor del viento”, etc., etc.
Me referiré finalmente al contenido en cada una de las partes del poemario. Si la primera, “Fulgor de sombras”, expresa los contrarios en su mismo enunciado, enfrentados como dos polos, positivo y negativo, sólo fusionados formalmente a través del oxímoron, la segunda parte, “Donde la quietud”, poetiza un ámbito natural sereno donde el sujeto puede mirar, admirar y meditar, con impresiones íntimas de una pareja quietud que trasciende hacia la visión de un tiempo detenido, una eternidad que es “la eternidad de un instante” y, por ello, fugaz, “fugaz eternidad”, nuevo oxímoron hacia el sentido de la inmovilidad, la lentitud de todo, como si la muerte detuviera también su paso, como si todo –también el alma- reposara, quieta, ajena al decurso temporal, como si el mundo natural permaneciera inmóvil y en él pudiera brotar el anhelo, ese signo recurrente en esta poesía: “el anhelo de reposo” dice un poema, de reposo no perturbado por accidentes como la noche o las sombras, por “la inquietud que penetra en los rumores de lo oscuro”, como expresa otra composición. El logro de ese anhelo supondría tal vez una plenitud que el poeta ve, de momento, fuera de sí, en el mundo natural, “serena plenitud sin mí”, pero que persiste como vehemente afán: “Y mis cansados ojos (...) / siguen buscando / la huella incandescente, el fulgor de la quietud en el centro de la noche”.
En la tercera parte, “Teoría de la incertidumbre”, los signos negativos se acumulan: sol lánguido, pupilas sin rumbo, ramas quebradas..., son imágenes o sintagmas en los que el sustantivo se hace acompañar por un calificativo que matiza negativamente su significado: atardeceres disecados, racimos oxidados, vacas moribundas, cielo de plomo... Estos signos brotan de un estado de ánimo desolado, perplejo y angustiado ante la vida y, si hacemos caso al poema octavo, ante el decurso temporal, volviéndose el sujeto hacia esa etapa en que lo temporal no es perceptible: “Infancia feliz, sin miedo a los relojes”, “los instantes en que fui feliz”. Predomina, en cambio, el ahora desolado, el vacío interior, “la incertidumbre de la espera”, el vacío interior del que parece salir el sujeto en los versos finales, que alumbran, creo, un tiempo nuevo: “Pero regresé de día y despierto. / ¡Oh la dicha del regreso!”.
“El cielo encendido” es el título de la cuarta parte: el tenebroso paisaje interior de la parte tercera es ahora luminoso, alegre, leve, aéreo. Retornan las sensaciones que entran por los ojos: nubes que refulgen, agua que brota y ríe, etc. Cada poema, breve y leve, es como una instantánea de luz, un cuadro, un lienzo en el que los objetos componen un paisaje risueño, reflejo de otro paisaje interior que se trasvasa a los ojos que miran. No es extraño que reaparezca el amanecer como momento auroral del renacer del corazón, merced, sin duda, a un tú que enciende el cielo del título y los ojos del yo contemplativo y admirativo. De ambas actitudes derivan imágenes de una gran delicadeza: “Tu voz llegaba a mi corazón / como un rumor de pétalos cayendo al agua”; “Una luz de oro acariciaba la seda de tus pechos”. Pero frente al amanecer, el crepúsculo llega con sus signos acuciantes: “Llega sigilosa la noche. / La lluvia, lenta, como nieve, / empieza a caer sobre mis ojos”; el temor sobreviene, la incertidumbre otra vez: “Ya nada es seguro en mi corazón”. ¿Todo momentáneo? Así parece: el desasosiego que ha sobrevenido, el ahogo interior parecen resolverse, pues se reproducen las imágenes delicadas y luminosas: “zarcillos de verde luz casi transparente”, “la llanura encendida de amapolas”... ¿Aceptación del destino temporal? Así lo pensamos a la luz del poema final de esta parte.
La parte final del poemario lleva por título “Plenitud del vacío”. Con este título parece que nos asomamos a abismos místicos, al vacío que podemos hallar expresado por un San Juan de la Cruz, por ejemplo, pero con una diferencia: el santo de Ávila canta desde la fe, se expresa desde una concepción religiosa; en la poesía de Trancón no aparece para nada ni la impregnación religiosa ni la fe. Plenitud del vacío. Difícil nos resulta concebir un vacío lleno, pleno. También lo es para el poeta, dado que el oxímoron traduce una experiencia inefable. De ahí que el poeta recurra a imágenes, ante la dificultad inicial de expresarlo de otra manera: “La plenitud es vacía como la gota de rocío / que tiembla y cae de la hoja que yo acaricié”; “El eco, el vacío que deja la ola al morir”... ¿El vacío fértil de los místicos? ¿el vaciamiento del alma? Son preguntas que nos hacemos a medida que van discurriendo los poemas. Silencio, muerte, vacío, plenitud. La muerte-vacío como plenitud, la nada como destino, la plenitud vacía. El “no pensar”, el “no lugar”, el estar “no siendo”, “una llama que colma y no quema”: son expresiones que nos hablan de ese después, del anhelo de reposo, de la quietud definitiva a la que las formas parecen tender. “Ese ya no ser” -abandono, quietud, vacío, transparencia- prefigura la muerte, el ser no siendo que la poesía vislumbra, intuye y hasta intenta revelar. Acaso sea el poema penúltimo del libro el que reúna gran parte de las preocupaciones de esta parte final: la buscada actitud de serenidad para reflexionar sobre lo que no se acepta; el deseo de eternizar el instante o de imaginar la eternidad del instante; la poesía como posible terapia sanadora, según la vieja concepción aristotélica, el inevitable pavor ante la muerte y la esperanza final como deseable posibilidad.
ISSN: 0313-1329 Estudios Humanísticos. Filología 31, (2009). 383-388
José Enrique Martínez












