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sábado, 2 de julio de 2011

MIGUEL DE CERVANTES, UN JUDÍO LEONÉS (III)

(Foto: J.Carlos Muñoz)


Parece claro que Cervantes quiso intencionadamente dejar en la oscuridad los datos más importantes de su vida, como su lugar de nacimiento, su origen judío, dónde vivió de niño, dónde estudió y a qué se dedicó la mayor parte de su vida. Durante 20 años dice que dejó de escribir porque tuvo “otras cosas en que ocuparse”. Borró conscientemente su historia personal. Así que todo lo que digamos sobre su vida será en gran parte suposición o invención.

Pero, ¿por qué Cervantes es tan reservado, por qué deja tan pocas huellas de su biografía en sus escritos? Yo creo que por prudencia, para eludir el ojo vigilante de la Inquisición; pero también porque fue consciente de que la obra está por encima del autor. En contra de lo que hoy exige el mercado literario, el autor no es lo importante. La novela se basa en primer lugar en el narrador, y es aquí donde Cervantes indaga, inventa y crea un modelo que aún no ha sido superado. El narrador no es el autor material del texto, sino su autor ficticio.

Para distanciarlo del autor real, Cervantes en el Quijote dota a ese narrador ficticio de una pluralidad de voces a las que llama “autores” hasta el capítulo IX, cuando se inventa el hallazgo de los papeles y cartapacios que ha escrito Cide Hamete Benengeli para atribuirle a él el resto de la historia de don Quijote.

Lo primero que sorprende es cómo se borra y difumina la voz y la presencia del autor-narrador, como si Cervantes quisiera evitar desde el comienzo que se atribuyera a él como persona o autor real, la historia de don Quijote. ¿Prevención ante la posible censura? Sin duda, pero también recurso literario para dar verosimilitud a su relato. Su “cuento” (así lo llama varias veces) es una “historia verdadera”. Ironía, pero también intencionada ambigüedad.

Comienza la narración en primera persona, “no quiero acordarme”, pero pronto este narrador pasa a la sombra y nos vamos enterando de que lo que cuenta lo toma de “otros autores”, de “los anales y archivos de la Mancha”, y que él es el “segundo autor”. No se considera el verdadero autor del texto, sobre todo desde que sustituye su voz por la de Cide Hamete Benengeli.

Estos cambios y tanteos indican que Cervantes estaba buscando un narrador ajeno a su persona desde el comienzo y sólo a partir del capítulo IX encuentra una fórmula eficaz al crear un intermediario, verosímil pero lo suficientemente “manipulable”, el autor arábigo manchego Cide Hamete, lo que le permite dar más verosimilitud a su historia, diferenciándola de las fantasías de los libros de caballerías y las novelas pastoriles. El narrador-autor inicial aparecerá cuando sea necesario, creando una multiplicidad de niveles narrativos que transforman el relato, paradójicamente, en mucho más real y verdadero.

Pero hay más. Es el propio don Quijote quien contribuye también a crear ese narrador-historiador que cuenta su vida: “Cuando salga a la luz la verdadera historia de mis famosos hechos, el sabio que los escribiere… (…) ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta peregrina historia!”, nos dice ya en el capítulo II. Así que la vida del personaje don Quijote es inseparable de su conciencia histórico-literaria; nace o sucede para ser contada.

La invención del hallazgo del manuscrito merece un comentario. Cervantes dice que lo encuentra en “el Alcaná de Toledo”. Alcaná (palabra hebrea) significa mercado, y se refiere al de la judería nueva, donde un muchacho le enseña unos cartapacios a un “sedero” (vendedor de telas de seda). La curiosidad de Cervantes, que lee “hasta los papeles rotos de las calles”, le lleva a interesarse y comprueba que esos papeles están escritos en “arábigo” (no en árabe), o sea, con caracteres árabes, aljamiado. Necesita que alguien se los lea. Enseguida encuentra a un “morisco aljamiado”, y comenta: “No fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara”. Se refiere a la hebrea, a la que considera “mejor y más antigua” que el árabe, algo que también nos da una pista sobre el origen judío de Cervantes.

Al ver que en una acotación se habla de “Dulcinea del Toboso” dice, “quedé atónito y suspenso”, y más aún al comprobar el título: “Historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”. Se salta al sedero e inmediatamente le compra los cartapacios al muchacho y se lleva al morisco a su casa, que en mes y medio le “traduce” todo. Pero nos explica además que la historia va ilustrada con dibujos, entre los que aparece “Sancho Zancas”, llamado así porque tenía “las zancas largas” (así que no era paticorto), pero sí “barriga grande”, por lo que llevaba el sobrenombre de “Panza”.

Cervantes se sitúa frente a la historia de don Quijote como mero intermediario, pues asegura que ya ha sido escrita e ilustrada previamente. Quiere crear una “invención verdadera”, para lo cual él mismo se borra como autor. ¿Lo logra?

Es aquí donde entra la posibilidad de investigar e interpretar el texto para descubrir huellas ocultas. Cervantes domina un juego muy propio de conversos: decir y no decir, ocultar bajo nombres inventados los nombres verdaderos, trasladar los hechos de un lugar a otro, no dar demasiadas pistas sobres sus intenciones y cubrirlas con la capa de la ironía y la burla. Así, podemos descubrir que detrás de “Hamete Benengeli” se encuentra su propio nombre. “Hamete” viene de Hamed, y éste se relaciona con “Mi-ka-el” (Miguel). “Benengeli” no alude a “berenjena”, como piensa Sancho, sino a “Ibn al-ayyid”, que significa “hijo del ciervo”, o sea, “Cervantes”. Todo este juego con los nombres y las papabras se entiende muy bien si comprendemos la mentalidad judía y su “método” talmúdico, que desentraña palabras y letras con un afán de cirujano o arqueólogo.

(Seguiré, que todavía tengo mucho que contar)

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