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martes, 23 de julio de 2013

SOBRE LA MALDAD HUMANA

(Foto: S. Trancón)

Distingamos entre el mal y la maldad. El mal, ontológicamente hablando, no existe. Todo lo que existe, existe por necesidad, como diría Espinosa. Y lo que existe, no es ni bueno ni malo en sí mismo.

La maldad, en cambio, sí existe. Es cosa humana. Es obrar siendo consciente de que se hace daño innecesariamente a otro ser. La maldad no nace de la necesidad, sino de la voluntad. Por muy determinada que esté nuestra conducta, cada acto de maldad depende de una decisión individual: puede hacerse o evitarse.

Dicho esto, hay que aceptar que la maldad humana existe. Todos, a lo largo de nuestra vida, hemos actuado con maldad muchas veces, conscientes de que hacíamos daño a otro pudiendo no hacerlo. Pero la mayoría realizamos estos actos, llamémosles "de pequeña maldad", de forma circunstancial y transitoria, movidos por emociones del momento: rabia, envidia, miedo, venganza, frustración... Por lo general, no buscamos provocar un gran dolor, y si esto ocurre, nos arrepentimos y hasta podemos pedir perdón por el mal causado.

Estos actos de"maldad cotidiana" o del "maldad leve" no nos hacer ser malos, pero nos pueden ir insensibilizando hasta convertirnos en malas personas. Todos conocemos a personas buenas que han acabado siendo malas. Si uno no vigila sus reacciones, el paso de los años y la vida (que suele ser "escuela de maldades") nos acaba haciendo malas personas. Debería ser lo contrario, que el tiempo nos fuera haciendo cada vez más lúcidos, serenos y mejores personas. Pero esto no se logra "dejándose llevar", sino siendo muy vigilantes y críticos con nuestras reacciones y actos.

Lo que nos cuesta aceptar es que todos somos capaces de obrar mal y hacer daño a los demás. La falsa creencia en la bondad natural humana empieza por nosotros mismos. No existe ni bondad ni maldad natural humana. Ni Rousseau ni Hobbes.

Como creemos que somos naturalmente buenos, cualquier acto de maldad supone una disonancia cognitiva que nos cuesta mucho aceptar. Si los actos de maldad sobrepasan lo esperable, lo común, entonces podemos reaccionar de forma contradictoria: o haciéndonos pesimistas radicales, escépticos y malpensados de todo y de todos, o simplemente negándolo o disculpándolo todo con cualquier argumento, por irracional que sea.

Pongamos un ejemplo de ahora mismo: ante las evidencias de una corrupción tan generalizada y continuada entre los dirigentes del PP, hay muchos que son incapaces de aceptarla y reaccionan, o negándola, o disculpándola, o proyectándola sobre los demás. Para evitar la disonancia cognitiva que supone aceptar que "los suyos" son consciente, intencionada y voluntariamente corruptos, inmorales, mentirosos, ladrones, insensibles ante el dolor que causan..., o sea, que son malos y malas personas y hasta peligrosas personas, no pueden en modo alguno aceptarlo y acaban creyendo cualquier disculpa, patraña o disparate con tal de no reconocer que ellos, mientras sigan apoyándolos, forman parte de esa maldad que tantísimo dolor está causando a tantísimas personas. Están dispuestos a asumir argumentos tan falaces como el que "no se puede creer más a delincuente que a un presidente de gobierno", como si ser presidente del gobierno fuera incompatible con ser mentiroso, corrupto y hasta psicópata. Lo peor es cuando alguien se vuelve agresivo para defender su creencia de que los suyos son por principio buenos e incorruptos.

Pero "ni los suyos ni los nuestros". Consentir la maldad vuelve a cualquier persona en un ser malo y malvado. Malo es quien realiza consciente y voluntariamente el mal. Y el mal es, ante todo, causar dolor y sufrimiento a los demás. Consentir y disculpar cualquier acto de maldad (empezando por nosotros mismos) nos inclina a seguir haciendo el mal hasta convertirnos en malos, perversos y hasta asesinos. Un asesino tan inconcebible como un padre que quema a sus hijos, no nace, se hace   a partir de la insensibilización ante un primer acto de maldad. Así todos los dictadores y asesinos que ha habido y hay en el mundo. Los banqueros, empresarios, políticos y jueces corruptos de hoy tienen a sus espaldas una larga serie de actos de maldad que los ha vuelto perversos, insensibles, mentirosos y engreídos. No se explicaría su conducta sin ese aprendizaje.

Sí, la maldad humana existe. Para combatirla, lo primero que hay que aceptar es reconocer
su existencia.

 




  
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