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domingo, 15 de marzo de 2009

YO Y LOS OTROS

(Foto: Miguel Sánchez)

El infierno son los otros, creo que dijo Sartre. Vivir con esa idea empobrece mucho la vida. Primero, porque si bien los otros son la fuente primera de casi todos nuestros sufrimientos, lo son también de nuestras alegrías. La relación con los otros es la fuente más importante de la vida, lo que nos estimula y sostiene.

Sin los otros pronto caeríamos en un pozo, autistas encerrados en los límites del yo, que, por naturaleza, es conservador, vive temeroso en su concha de galápago, protegiéndose de todo lo que se mueve alrededor.

Leo a Todorov, un breve artículo titulado “El conocimiento de los otros”, que me incita a reflexionar sobre el tema. Resumo y presento a mi modo sus ideas, que me parecen iluminadoras.

Una relación positiva con el otro pasa por un proceso que podemos dividir en cuatro fases:

1) “Asimilación ”: percibo e interpreto al otro en función de mí mismo, de mi modo de ser y pensar. Me fijo sobre todo en las semejanzas.
2) “Comprensión”: trato de percibir el mundo a través de los ojos del otro, no juzgo, no añado ni quito nada, no trato de fundirme con el otro.
3) “Diferenciación”: me percibo y juzgo a mí mismo como diferente del otro, pero acepto y comprendo al otro como diferente de mí mismo. Toda interpretación de mí mismo y del otro es relativa.
4) “Desidentificación”: no me identifico con el otro ni conmigo mismo, modifico constantemente mi idea del otro y de mi mismo. El conocimiento del otro me transforma a mí mismo, y el conocimiento de mí mismo transforma mi conocimiento del otro.

Como se ve, la relación con el otro nos obliga a cambiarnos a nosotros mismos, aquí está la clave. Cuando no ocurre esto, algo ha fallado. El otro nos obliga a desidentificarnos con la idea que nos hemos hecho de nosotros mismos. Los otros ponen constantemente a prueba la idea y la imagen de nosotros mismos. Agradezcámoslo, porque sólo así podemos avanzar, progresar en el conocimiento y la conciencia de nosotros mismos.
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