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viernes, 17 de julio de 2009

LA VIDA ES ASÍ

(Imagen: Monte Aloia)

Las grandes preguntas con frecuencia sólo tienen pequeñas respuestas.
¿Qué es la vida?... Pues esas pequeñas cosas que hacemos cada día.
Viajar es bueno para darse cuenta de que la vida se compone de breves momentos, vivencias que igual que llegan, se van, a las que no hay que pedir otra justificación que su propia existencia. La vida, vista desde esta perspectiva, se explica a sí misma.

He viajado unos días por Galicia y Portugal. Escribo desde Santiago de Compostela. No guardo de este viaje más que imágenes y momentos cuyo sentido empieza y acaba en sí mismo.

Saborear buen café, por ejemplo. El café que he tomado en Tuy, Valença do Miño o Viana do Castelo no se puede comparar con la porquería que sirven en la mayoría de los bares de Madrid. O los croissant, o los dulces, o la carne… No hablemos del pescado.

En Portugal, oh maravilla, la gente no grita. Las carreteras llevan veinte años de retraso respecto a España, y las señales de tráfico no son más que aproximaciones imaginarias, pero esto tiene la ventaja de que uno puede aparecer en los pueblos más ignotos.

La visita al Monte Aloia, en Tuy, es algo que uno no puede dejar de recomendar a un amigo. Beber de fuentes que manan directamente de la roca, caminar por sendas de bosques casi prehistóricos, donde uno no se tropieza con nadie, abrazar árboles centenarios cubiertos de un suave musgo, contemplar a lo lejos las Islas Cíes…

En la casa forestal, de cuento de hadas y brujas, se puede oír el sisear de la culebra, el canto del cárabo, el gruñir del jabalí, los chillidos del zorro…

O contemplar los angelotes hindúes del retablo de la catedral de Santiago, o tumbarse en la Plaza del Obradoiro de espaldas a las torres y mirar hacia el cielo, o sentarse frente al retablo inverosímil de la iglesia de San Martín…

En el barrio judío (Azabachería, Platerías…) hay una panadería antiquísima que tiene “orejas de Hamán”, “pan ácimo”, "bizcochos sin levadura"… Después de quinientos años de Inquisición todavía existe una panadería que vende pan judío y la dueña no sabe ni por qué. Dice que así lo hacía su madre…

También, recorriendo aquellas calles, se pueden todavía descubrir las huellas (agujeros tapados) de alguna “mesusá” en las jambas de granito de las puertas.

Y la imagen imponente del Monte Pindo, su granito rosado resplandeciendo al atardecer, rodeado del azul intenso del mar de Finisterre. Allí sacrificaban los celtas caballos blancos a sus dioses.

En Muros una niña tiene un conejo blanco suelto sobre el alféizar de la ventana, y me enseña cómo tocándole a un lado alza una oreja, y luego las dos…

La vida, sí, son estas cosas.
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