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domingo, 6 de diciembre de 2009

EL INSULTO

(Foto: Luis Llavori)
Hay muchas formas de agredir a otro verbalmente: mediante la infamia, la calumnia, el rumor, la mentira, la insinuación, la sospecha, la amenaza... Y, por supuesto, de forma directa mediante el insulto. No siempre el insulto es lo más hiriente y pernicioso, pero sí lo más evidente y rechazable.

He dicho en mi anterior entrada que España es el lugar donde más se ofende verbalmente, donde la violencia verbal adquiere dimensiones alarmantes. No conozco suficientemente otras lenguas y países como para dar validez científica a esta hipótesis posiblemente hiperbólica. Pero, “dejando aun aparte, cielos”, el peligro de exagerar para mejor convencer, he aquí un principio que creo válido: toda guerra comienza siendo una guerra de palabras, toda agresión física empieza con una agresión verbal.
También es cierto que la violencia verbal puede ayudar a contener la agresión física, pero es mucho más frecuente lo contrario: una agresión lleva a otra.

El insulto es una palabra de ésas que, más que decir o enunciar, hacen, actúan, realizan algo. El insulto tiene un efecto que los lingüistas (la pragmática) llaman “ilocutivo” y “perlocutivo”. Lo que el insulto busca es ofender, degradar, menospreciar, cambiar la imagen del otro, humillarlo, provocar un rechazo de los otros contra él. Hay que destacar estos aspectos pragmáticos del insulto, porque son su esencia, más que el contenido semántico (ilocutivo) del insulto, que puede variar hasta el infinito.

Sí tiene interés el “fondo” del que extraemos los insultos: todo lo que tiene que ver con lo sucio o excremental, la fisiología y el comportamiento sexual, la falta de inteligencia y valor, el bajo estatus social, el origen y los progenitores, los defectos físicos, las comparaciones animales.
La enorme variedad de insultos se podrían almacenar en tres grandes “contenedores” o “caladeros”: la degradación de la fisiología, la falta de inteligencia, la bajeza de los orígenes.

Entre los políticos abunda el insulto referido a la falta de inteligencia, la bajeza moral, las conductas socialmente rechazables, la mentira y los orígenes y filiaciones ideológicas y políticas.

La política en España ( es posible que también en otros países) parece haber llegado a la conclusión de que no hay mejor arma contra el contrincante que el insulto, velado y cada vez más explícito. La intención es clara: desprestigiar, degradar al otro como sea. Es una política personalista, siempre ad hominem. Por eso nos parece siempre cainita.

Las personas sustituyen a los hechos, el insulto a las ideas, el exabrupto a la persuasión y la argumentación. El insulto busca, al mismo tiempo, la adhesión incondicional, el trasladar y despertar los sentimientos de odio y rechazo, provocando una identificación con el agresor y una degradación del agredido.

Naturalmente, esta forma de “hacer política” no sería posible si la sociedad en su conjunto no estuviera enganchada a ese mismo modo de proceder, de actuar frente a los otros. Es más importante, como dijo Unamuno, vencer que convencer, “obligar a admitir”, que “adquirir razón”.

Un modo frecuente de proceder es dar por hecho que quien insulta es porque tiene una buena razón para hacerlo, quien se atreve a insultar es porque lo que dice es verdad. Al atrevimiento del insulto se le otorga un plus de valor y verdad.

Con todo lo dicho no quiero menospreciar los hechos frente a las palabras. No es mejor la flema inglesa que nuestra exhuberancia verbal. Se puede ser muy comedido en las palabras y un criminal en los hechos. No somos más crueles, digamos, que los ingleses o los suecos. Hablo de otra cosa.
Hablo de que nuestra violencia verbal es un camino perversamente equivocado para organizar y canalizar la discrepancia, los diversidad de intereses, modos de pensar, de sentir y de vivir, propios de una sociedad moderna. Hablo de que el insulto impide pensar, escuchar, abrirse a los otros y entender sus puntos de vista y sus problemas. Hablo...

Sí, también el insulto es un deshago, una forma de compensación simbólica frente al abuso, la injusticia, la humillación... Lo malo es cuando alguien se aprovecha de esta rabia natural para llevarnos a su corral, para hacer que coreemos sus insultos y aplaudamos sus bravuconadas.
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