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jueves, 13 de mayo de 2010

LOS PODERES DEL CEREBRO Y LA MENTE

(Foto: Jep Flaque)



Abundan los libros de autoayuda que otorgan a la mente y el cerebro infinitos poderes, casi mágicos.

La psicología cognitiva ha descubierto la gran influencia de los pensamientos y creencias sobre nuestra conducta. El efecto placebo (y su contrario, el efecto nocebo), entre otras muchas evidencias, así lo confirman. La terapia racional cognitiva o la PNL (programación neurolingüística) demuestran que una reestructuración cognitiva (cambio de creencias, expectativas, autoverbalizaciones o diálogo interno) produce efectos notables sobre el control y mejora de patologías cotidianas (ansiedad, estrés, depresión, fobias…).

Así que sí, es cierto. Un pensamiento puede alterar la química del cerebro, influir en el desarrollo de un cáncer o deprimir el sistema inmunológico. Nunca será bueno dejarse llevar por pensamientos pesimistas, catastrofistas, negativos. Sí, es cierto.

Pero hay que ir un poco más allá, porque esta verdad, sin más, puede producir efectos perniciosos e inesperados. Por ejemplo: ansiedad, culpabilidad y desesperación.
Si todo depende de mis pensamientos, y yo soy el responsable de mis pensamientos, todo lo que me ocurre es culpa mía. Y si, por más que lo intento, sigo dándole vueltas a los mismos pensamientos obsesivos, negativos, será que no tengo remedio. Cuando se llega a este punto, esas terapias milagrosas, no sólo no curan, sino que producen un efecto rebote y agravan el problema.

Así que hay que ir un poco más allá. Por ejemplo, no conviene confundir mente y cerebro. Los biologicistas caen en esa trampa y acaban siendo deterministas: todo depende de la química del cerebro, de las zonas que se activan, de la programación genética… Los espiritualistas, por el contrario, creen que la mente es una sustancia en sí misma que actúa directamente sobre el cuerpo y determina su estado y funcionamiento. Son igualmente deterministas, pero a la inversa.

Mente y cerebro van juntos, pero no son lo mismo. El cerebro determina la mente, y la mente determina la actividad del cerebro. Mente y cerebro determinan la actividad del cuerpo. Puede resultar difícil de entender, pero hay que pensarlo desde esta perspectiva para no caer, ni en el determinismo genético, ni en el voluntarismo o determinismo cognitivo.

La epigenética nos ha librado del determinismo genético: los genes se activan o desactivan de acuerdo con los estímulos del medio. La percepción moldea y modula la expresión de los genes. La neurociencia nos puede librar del determinismo cognitivo: hay una mente consciente y otra inconsciente, y sobre las dos podemos influir.

Hagamos un símil: los genes son letras y palabras con las que escribimos un texto, no son el texto mismo. O: los genes son el texto escrito, pero hay que leerlo e interpretarlo para que signifique algo. La información hay que interpretarla. Con un mismo programa (Word, por ejemplo) se pueden escribir muchas historias. Estamos programados, pero los programas no actúan por sí solos, hay que activarlos y hacer algo con ellos.

Otro símil: el universo, más o menos, está compuesto por un 70% de energía oscura, un 25% de materia oscura y un 5% de materia visible. Paralelamente, la mente es un 70% inconsciente, un 25% semiconsciente y un 5% consciente.

Del 95% de universo no sabemos prácticamente nada. Del 95% de nuestro cerebro y nuestra mente, pues casi lo mismo. Del mismo modo que podemos actuar sobre ese 5% de la materia conocida (desentrañarla, manipularla, transformarla, etc.) igualmente podemos actuar sobre ese 5% de nuestro cerebro y nuestra mente consciente.
Toda nuestra libertad, todo nuestro poder, se basa en ese 5%. Parece poco, pero es prácticamente infinito.
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