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jueves, 20 de mayo de 2010

LUCES NÓMADAS (I)

(Foto: S. Trancón)
Los que siguen estas páginas virtuales, intangibles, habrán comprobado que no me gusta hablar de nombres propios, amigos o adversarios, y que ni siquiera añado una lista de blogs amigos, aunque los tenga, pues no quiero enredar a mis posibles lectores con compadreos, banalidades y vanidades personales, a que tan dados son los escritores. Nada más lejos de mi propósito que crear eso tan volátil y ambiguo como una “red social”.
Quien me lea, que se interese por lo que escribo y nada más.
Pero esta norma, como todas, ha de tener sus excepciones, su infracción voluntaria. Adquiere así mayor valor el conculcar lo que uno mismo ha establecido.

Hoy quiero hablar de un amigo, Esteban Martínez Serra, que acaba de publicar en Bartleby Editores un libro de poemas, Las luces nómadas, libro del que necesito escribir largo y distendido, porque son infinitas las reflexiones y sugerencias que su lectura ha despertado en mí.

Conocí a Esteban Martínez de casualidad. Fue en Valdepeñas, en octubre del 2007. Habíamos quedado finalistas, con Javier García Cellino, del premio Viaje del Parnaso en su segunda edición, que por entonces aspiraba a convertirse en el Planeta de la Poesía. De los trapicheos y corrupciones de aquel premio -que al final el jurado otorgó a uno de los poetas más mediocres de nuestra parranda literaria, por un poemario zarrapastroso, hecho de remiendos ilegibles y prosaicos-, hay abundante información en internet, pues los tres finalistas denunciamos con evidente atrevimiento y riesgo esa práctica del amiguismo descarado que hoy degrada a los premios literarios más renombrados.

El eco de la polémica también quedó recogido en este bloc (ver etiqueta “Mundo literario”). El responsable de Bartleby, Pepo Paz, fue uno de los pocos editores que se atrevió a firmar la carta contra la corrupción en los medios literarios que dirigimos al Ministro de Cultura, entonces el ínclito César Antonio Molina. Se produce ahora una feliz y simbólica coincidencia: la desaparición este año de aquel desprestigiado premio parnasiano –herido de muerte tras nuestra denuncia– y la aparición, en cambio, del libro de Martínez Serra, rechazado de modo grosero en aquella farsa de concurso.

Pero todo lo dicho sería para mí insuficiente si los poemas de este libro no me parecieran de una calidad poética excepcional, como trataré de mostrar y demostrar. Y empezaré por el final, el último poema del libro, titulado precisamente “Elogio de la desaparición”:

Que de mí no quede piedra sobre piedra,
que no ocupe espacio en la memoria de nadie. (…)

Que todo siga como hasta ahora: nadie siendo nada…

Siempre he creído que no hay verdadera poesía sin pensamiento, lo que no tiene nada que ver con una poesía discursiva. El pensamiento nace del poema, no el poema del pensamiento… Leído un poema, a uno le debe quedar revoloteando en la cabeza alguna idea nueva.

Concebido como un todo coherente, este libro está lleno de ideas originales, ni sabidas ni consabidas. Ideas que chocan con muchos de los tópicos que se han ido adhiriendo a la corteza de la poesía como hongos, hasta casi desecarla. Este último poema libro, con rotunda sencillez, nos dice que es una presunción de vanidosos soñar con que uno pervive a través de su obra. Nada de inmortalidad unamuniana. Sólo el cuerpo perdura /porque se eterniza en la tierra. Pero esto no produce ninguna desesperación, porque está bien que sea así.

Ni el poeta, ni la poesía y la literatura, aparecen encumbradas o recluidas en ningún paraíso. La palabra poética no se asienta sobre ninguna impostura, ninguna vanidad, ninguna fantasía; ni siquiera se alimenta de la nostalgia o la melancolía. El último poema enlaza así con el primero: la luz se opaca, se enturbia en el poema, nos dice en el Preámbulo. La palabra luz no es la luz, los matices de la luz se apagan en la palabra luz.

Hay aquí una visión radical de la poesía y de la relación del poeta con la escritura que la despoja de toda retórica, todo superfluo romanticismo, sentimentalismo efectista o desbordamiento artificioso… De toda falsedad, en definitiva.

La poesía no es ficción, ni siquiera narración, ni descripción, ni discurso. No es un mero juego de palabras o con las palabras. La poesía tiene que ver con la verdad: la verdad del lenguaje poético (que nos separa de la vida, que nunca será la vida misma), y la verdad de la vida (que es radicalmente efímera, y frente a la que no caben evasiones retóricas o imposturas).

La escritura de Esteban Martínez Serra nace de la verdad: despoja a la poesía de toda falsa retórica y a la vida de todo falso sentimentalismo. Pero esto no significa que sea una poesía fría, sino todo lo contrario: la aceptación de los límites de la palabra tiene que ver con la aceptación de nuestra condición humana, abocada a la muerte y la desaparición, pero es precisamente de aquí, de este suelo firme, del que arranca la belleza, la profundidad y el gran impacto emocional e intelectual de estos excepcionales poemas.
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