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jueves, 14 de octubre de 2010

EL PODER DEL MIEDO




El miedo es una reacción instintiva de defensa que predispone al ataque o la huida. Como mecanismo de supervivencia es beneficioso para el individuo y la especie, ya que permite responder con rapidez ante una amenaza. Neurológicamente depende de la activación de la amígdala, aunque se puede controlar mediante el córtex prefrontal.

Pero el miedo, en la sociedad actual, se puede convertir en una emoción altamente perniciosa, porque ya no depende tanto de las amenazas reales como de las posibles e imaginarias. Psicológicamente produce ansiedad y estrés, hasta el punto de bloquear las sinapsis de las neuronas.

Prevenir las amenazas y peligros es sano y necesario, pero anticipar esas amenazas y peligros dejándonos invadir por el miedo, es una reacción bloqueante, agotadora y destructiva.

Ni la huida anticipada, ni el ataque preventivo o anticipado, ni la paralización o indefensión previa, son reacciones racionales, porque nos impiden valorar el peligro real y las consecuencias de nuestra acción.

El catastrofismo sobrevalora y generaliza cualquier amenaza o peligro. Otra reacción equivocada es la negación de la amenaza o el riesgo.

Pero el miedo, racionalizado, analizado y valorado, se puede convertir en una fuerza positiva, cuando la transformamos en acción controlada y orientada a un objetivo concreto.

No hay nada que influya más en nuestra vida que nuestros miedos. Para transformarlos en una fuerza positiva es necesario, en primer lugar, reconocerlos, aceptarlos. Todos tenemos una mochila llena de miedos que llevamos siempre a nuestra espalda. Forma parte de nuestro equipaje. Pero no son más que fantasmas, no tienen ni carne ni huesos: no son más que recuerdos de miedos pasados.

Lo peor de los miedos es no ser consciente de ellos, vivir en un estado de miedo y ansiedad permanente y aceptarlo como normal.

La mayoría de los miedos no superan la prueba de un análisis sereno y objetivo; la mayoría están contaminados por fantasías e interpretaciones erróneas y exageradas; la mayoría no sirven para nada, nos ofuscan; la mayoría no se cumplen y cuando ocurren, en poco se parecen a lo que anticipamos.

El mejor antídoto contra los miedos (muchas veces irracionales) es descubrir el valor del estado contrario: la serenidad, la confianza en nosotros y el optimismo.

Conoce tus miedos. Defínelos. Acéptalos. Mételos en la mochila y camina ligero: no pesan, te dan fuerza e impulso. Si son inevitables (como la muerte) de nada sirve anticiparlos.
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