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domingo, 24 de octubre de 2010

TAN DE CERCA, TAN CALLANDO

(Fotos: Juan Santos)

Un sopor, una desgana, una debilidad que ablanda los músculos. Un querer dejarse mecer por una suave ola. Un flotar a la deriva de la vida. Un ver así la muerte, tan de cerca, tan callando.

Porque el mundo es todo lo que veo y algo más. Porque el mundo es todo lo que siento y algo más; todo lo que pienso y algo más.

Porque el mundo es también ese algo más que no puedo ver, ni sentir, ni pensar, ni imaginar, ni concebir, ni explicar, ni comprender.

Entonces trato de adentrarme en ese algo más, en ese no ser, en ese no poder, en ese no alcanzar lo que sólo preveo, presiento, preconcibo.

Entonces trato de salir de mí mismo, dejar mi yo en la sombra, permitir que mi cuerpo se dé cuenta de ese infinito algo más que está ahí, y que no veo más que como una niebla que poco a poco se espesa y me envuelve por completo.

Entonces trato de contar con eso y decir: sí, árbol, piedra, montaña, silla, mano… pero algo más. El árbol es árbol… y algo más. Y mi mano es mi mano… y algo más. Y dejo que ese algo más envuelva de niebla el árbol, y que mi mano se diluya en esa niebla.

Contar con esa parte de mi mismo que no sé lo que es, pero que quiere darse cuenta de todo lo que es, de eso que sostiene todo lo que veo y que no puedo encarar, porque está protegido por los guardianes de la eternidad.

Porque si lo viera quedaría ciego y perdido para siempre en esa niebla.
¿Prepararse para flotar a la deriva en ese sopor, en esa suave ola?
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