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domingo, 19 de junio de 2011

MIGUEL DE CERVANTES, UN JUDÍO LEONÉS (II)

(Foto: S. Trancón)

Cervantes dice que “el tiempo descubridor de todas las cosas no se deja ninguna que no saque a la luz del sol aunque esté escondida en los senos de la tierra”. Quizá ese tiempo descubridor esté empezando a sacar a la luz los orígenes de nuestro autor. Sigo a César Brandariz en la exposición de algunos argumentos que avalan mi afirmación de que Miguel de Cervantes fue un escritor leonés de origen judío, a los que añado mi interpretación.

1)Está probado que su año de nacimiento no fue 1547 sino 1549. Así lo afirma su primer biógrafo, Mayáns i Císcar, y el propio Cervantes en el prólogo a las Novelas Ejemplares. La partida de nacimiento de Alcalá de Henares es manifiestamente falsa, y se refiere a otro Cerbantes Cortinas, pariente de nuestro autor, pero no a Miguel de Cervantes Saavedra, que jamás firmó como Cortinas. Si no nació en Alcalá habrá que buscar otro lugar de origen más verosímil. Los contemporáneos no sabían de dónde era. Lope de Vega dice que era de Madrid. Él nunca quiso revelarlo. ¿Por qué lo ocultó?

2)En el Quijote dice Sancho: “Yo he visto a muchos tomar el apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose Pedro de Alcalá, Juan de Úbeda y Diego de Valladolid”. Enuncia aquí la costumbre de tomar el apellido del lugar de origen, especialmente común entre los judíos y conversos. No parece aventurado el suponer que los apellidos Cervantes y Saavedra tengan ese origen, más aún cuando existen “lugares” (aldeas) con ese mismo nombre en las “Montañas de León”, donde Cervantes sitúa el origen de dos personajes “autobiográficos”, el Damon de la Galatea, y el Cautivo de el Quijote. En toda su obra, en cambio, no aparece nada que aluda a su posible origen alcalaíno.

3)En toda su obra, y no sólo en el Quijote, las referencias a la vegetación, los animales, el paisaje, instrumentos musicales, costumbres, personajes y lugares, están más relacionadas con la zona del Noroeste que con cualquier otra. Así se habla no sólo de espesos bosques de encinas y robles, sino de hayas, castaños, acebos, alcornoques, tejos, prados, riscos, peñas, sierras, valles, cascadas, fuentes, arroyos, truchas, majadas, cabreros, pastores, arrieros, peregrinos, zanfonas, rabeles, gaitas zamoranas, bueyes y jacas galicianas, mastines, etc. Parece raro que nunca se quejen Sancho ni don Quijote del calor ni de la sed, ni de la falta de pasto para sus caballerías. Todo esto encaja más en la zona de las Montañas de León. La Mancha cervantina se parece más a los Campos Góticos (la Tierra de Campos) que a cualquier otro paisaje.

4)Cervantes, sin embargo, quiso poner nombres concretos de la Mancha a los lugares por donde puso a caminar a don Quijote. Quiso hacerle, por tanto, y de algún modo, manchego. Esto es innegable, así que no vamos a discutirlo. De hecho, literariamente la figura de don Quijote y Sancho estarán para siempre ligadas al tópico del desolado paisaje manchego. Esta imagen, sin embargo, no deja de ser reduccionista y choca a cada paso con la propia narración. Hemos de aceptar que Cervantes utilizó las referencias manchegas por dos razones: una, para dar verosimilitud a su historia; otra, para encubrir los lugares reales en los que se inspiró para crear su ficción literaria. La Mancha, por tanto, es un espacio literario, más que real: es el espacio ficticio, el de los personajes de ficción. Los espacios encubiertos son, en cambio, los espacios reales en los que vivió y conoció Cervantes, ligados a su origen. Esto es coherente con su actitud precavida general (propia de un converso), empezando por el famoso “no quiero acordarme”, equivalente a “no voy a revelarlo”. Juega, por tanto, a borrar huellas, a despistar dando falsas pistas. Añadamos que gracias a esto, Cervantes exploró e inventó una serie de recursos literarios que de otro modo jamás se le hubieran seguramente ocurrido. Por eso digo que la genialidad del escritor está ligada a su condición de judío converso, y precisamente en un momento el que la Inquisición alcanzó su mayor poder de control y vigilancia sobre cuerpos, almas y haciendas.




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