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domingo, 12 de junio de 2011

MIGUEL DE CERVANTES, UN JUDÍO LEONÉS (I)

(Foto: Manuel Lemos)


Hace ya muchos años, en una publicación de la Casa de León en Madrid, escribí la crónica de un viaje por los Ancares. Conté allí que, al pasar por el pueblo de Cervantes tuve la sospecha de que Miguel de Cervantes era oriundo de esa aldea, donde descubrí, en su cementerio, el apellido Saavedra. Entonces no había leído nada sobre esa posibilidad, pero me acordaba de las palabras del Cautivo en el Quijote: “En las Montañas de León tuvo principio mi linaje…” También afirmé entonces que lo que se hablaba por esa zona de los Ancares, no era el gallego, como todos afirman, sino una variante del antiguo leonés. Yo había vivido en Galicia, en Tuy, y también en un pueblecito de los Ancares, Prado de Paradiña, y notaba claras diferencias entre el habla de las aldeas de Pontevedra y lo que oía en el Bierzo.

El otro día, firmando en la Feria del Libro, estaba a mi lado César Brandariz firmando El hombre que “hablaba difícil”. ¿Quién era realmente Cervantes? Me lo llevé a casa y enseguida lo leí.

El libro viene a profundizar sobre lo que ya otros autores habían anunciado desde principios del siglo XX, a los que nadie ha hecho caso: que la partida encontrada en Alcalá de Henares a mediados del XVIII (además de estar manipulada) no era la de Cervantes, y que su origen había que buscarlo en Sanabria, en el pueblo de Cervantes. Manuel Ramos en los años 60 y Hermenegildo Fuentes y Leandro Rodríguez en los 70 siguieron esta pista y escribieron libros interesantes, pero a los que la falta de rigor académico ha perjudicado. César Brandariz es más objetivo y nos aporta en este libro un cúmulo de datos que ya hacen insostenible la idea de un Cervantes alcalaíno y un don Quijote manchego.

Son tan abrumadoras las evidencias sobre el origen judeoconverso de Cervantes y que su lugar de origen está en Las Montañas de León, que, más pronto que tarde, nadie se atreverá a refutarlas. ¿Necesitaremos que un estudioso alemán o americano publique un libro con esta tesis, para aceptarlo?

Los cervantistas y académicos han montado una red de intereses tan profunda, con ramificaciones políticas y turísticas tan poderosas y arraigadas, que cualquier cuestionamiento del dogma despierta una resistencia casi unánime. Ante la imposibilidad de refutar datos y argumentos, la mayoría ha optado por el silencio o los comentarios despectivos. Sin embargo, la verdad acabará imponiéndose.

Está casi probado que, en efecto, Cervantes nació en el pueblo sanabrés de Cervantes o en el otro Cervantes, el de los Ancares, de donde toma también su segundo apellido, Saavedra. Ambos Cervantes están en Las Montañas de León, un espacio geográfico llamado así por pertenecer al antiguo Reino de León, que va de Sanabria a los Ancares, pasando por la Cabrera y el Teleno.

No es sólo este origen lo que me permite consNegritaiderar a Miguel de Cervantes como un autor leonés. Creo que también lo es por el uso particular que hace del lenguaje (lleno de leonesismos, que se confunden con arcaísmos), por el ritmo de su prosa (cercana a la sintaxis y ritmos de las hablas de las Montañas de León) por el paisaje que traslada a sus novelas (nada manchego o estepario), por las modalidades fonéticas que revelan su escritura y grafías (la “x” o la “ç”, por ejemplo), por el tipo de humor (ingenio, agudeza, malicia y socarronería), por multitud de referencias a la vida rural montañesa (carros chirriantes tirados por bueyes, pastores, instrumentos musicales, nombres y apellidos, vegetación, fauna…), etc.

Ya he defendido en este bloc el origen judeoconverso de Cervantes. Ahora argumento su origen leonés. Hablo de León como un referente histórico-geográfico que correspondería más al antiguo Reino de León que a la actual provincia. Y digo que la literatura cervantina tiene mucho que ver con estas Tierras del Noroeste, con el carácter de refugio, acogida e integración de los diversos pueblos, culturas y lenguas que en este espacio confluyen: Asturias, Galicia, Portugal y Castilla.

Cervantes es el fruto de esa confluencia e integración. Las fronteras lingüísticas y culturales se diluyen en León para hacer surgir eso que podemos llamar “lo leonés”.

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