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lunes, 5 de septiembre de 2011

¡ESTRESAOS, ANGUSTIAOS, DEPRIMÍOS!

Seligman (1975) formuló la teoría de la indefensión aprendida. Así como una rata se puede morir de hambre al lado de la comida, si ha aprendido que sus respuestas son independientes de los resultados, del mismo modo los humanos caemos en la depresión y la indefensión si vamos experimentando que los resultados son independientes de nuestra conducta. Si aprendemos y nos convencemos de que nuestros actos sirven para poco o nada, porque las consecuencias o resultados dependen de factores totalmente incontrolables.

Los poderosos de hoy han aprendido muy bien la teoría de la indefensión aprendida. La están aplicando sistemáticamente a la humanidad entera. Lo nuevo de ahora es que ya no son los países pobres, sino las llamadas sociedades del bienestar las que están siendo sometidas a un proceso bien planificado de aprendizaje de la indefensión. Es algo nuevo en la historia. Antes se inducía a la resignación mediante la religión, la predestinación o la violencia, pero siempre había una esperanza, aunque fuera en el más allá. No se asentaba el poder sobre el sentimiento de humillación, de desesperación e impotencia.

La indefensión es un miedo interiorizado, un sentimiento de incapacidad que genera estrés, angustia, depresión. Me estoy refiriendo a una dimensión poco estudiada de la crisis actual, que no es sólo económica, sino sobre todo psicológica. Hablo de las dimensiones psicológicas de la crisis, porque creo que es aquí donde está el núcleo duro de la crisis, algo de lo que nadie habla, pero que sirve para explicar lo que está pasando mucho mejor que las elucubraciones economicistas.

Veamos. Hoy el problema no es la falta de productos, objetos de consumo, medios de subsistencia. Tampoco de medios de producción o de mano de obra. Ni siquiera de escasez de recursos energéticos. Hoy tenemos capacidad suficiente para producir todo lo que necesitamos. ¿De qué naturaleza es, por tanto, esta crisis?

La crisis actual es una crisis de dominación, de control, de reorganización del poder a nivel local y mundial. Nace de la necesidad de reorganizar el poder no sólo en las sociedades atrasadas, sino en las desarrolladas. Para este plan, los Estados, tal y como hasta ahora estaban constituidos, no sirven. La amplia clase media, acostumbrada al consumo y a tener servicios sociales a su alcance, se ha convertido en un problema: estorba porque entorpece el proceso de afianzamiento y reestructuración del poder. Se necesita una sociedad más dócil, más sumisa, más sometida, que no se rebele, que acepte como inevitable todo lo que se le imponga.

Lo nuevo de la situación actual es que no se logra esa dominación y sumisión mediante la fuerza, sino a través de la indefensión aprendida. Llevamos cuatro años de obsesivos mensajes cargados de amenazas, de tensión, una lenta pero constante inducción a la depresión, el estrés, el miedo. Se trata de evitar cualquier tipo de rebelión, de reacción colectiva. Se trata de llegar a la estructura psicológica individual, de instalar en ella el pesimismo, el sentimiento de impotencia, la desesperación callada. El convencernos de que, hagamos lo que hagamos, todo seguirá inexorablemente su curso, cada vez a peor, y sálvese quien pueda.

Nada de extrañar que, frente a todo ello, el grito más revolucionario haya sido el de “¡Indignaos!”. Pero la indignación, ¿qué es? El reconocimiento de la impotencia. Se dice que para rebelarse primero hay que indignarse. No estoy de acuerdo. Si así fuera, la rebelión ya habría estallado. No, a un esclavo no es necesario pedirle que se indigne. La indignación es el preámbulo de la indefensión. Si no puedes rebelarte, indígnate.

La verdad es muy cruda: el mecanismo de desactivación psicológica es tan eficaz, ha penetrado tanto en el estado de ánimo de cada ciudadano que, o se supera esta situación de indefensión y desánimo profundo, o todo esto de la indignación no será más que el último acto de resistencia, el anuncio de una derrota más inexorable. La deriva del 15-M es más que ilustrativa.

Estamos ante una crisis inducida, basada en nuevos mecanismos de dominación, que está dando lugar a un sistema capitalista nuevo que cada día se parece menos al capitalismo tradicional. El capitalismo basado en la competencia e iniciativa individual y la participación democrática, la producción masiva y el comercio, que implicaba la necesidad de un consumo generalizado, está siendo sustituido por un capitalismo financiero, una producción controlada, la aceptación de la explotación, un debilitamiento de los mecanismos democráticos, la anulación de servicios sociales, la creación de espacios libres de cualquier control social, el sometimiento de los Estados a estrategias globales de control y dominación. Todo esto tiene muy poco que ver con el capitalismo liberal y democrático que llevó a las sociedades occidentales al progreso y el bienestar social.

Sólo siendo conscientes de estos cambios profundos y de los nuevos mecanismos psicológicos de control y sumisión podrá surgir un pensamiento nuevo capaz de frenar el proceso de degradación actual. Me temo que esto tardará muchos años en llegar. Si es que llega. Entretanto, lo mejor que uno puede hacer es no caer en la trampa del “estresaos, angustiaos y deprimíos”. Resistir a esta dominación psicológica ampliando los espacios individuales en los que cada uno construye de verdad su vida con confianza, incluso optimismo. Nada nos puede arrebatar ese espacio interior en el que no penetren los fantasmas del miedo, la impotencia colectiva, la depresión, la desesperación y la autoderrota. No utilizando estos sentimientos (incluida la mera indignación), sino despertando un sentimiento nuevo de poder y autoconfianza, tendrá éxito cualquier partido político que quiera cambiar la actual situación. También necesitamos partidos totalmente diferentes.


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