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jueves, 8 de octubre de 2015

EL MAL, LA MALDAD Y LOS MALVADOS

(Foto: S.Trancón)

Por más que la ciencia ponga en duda nuestra libertad de elección (lo que antes llamábamos “libre albedrío”, que suena a trino de pájaros), es imposible desterrar del lenguaje y la mente la idea del mal, la maldad y los malvados. Son tantos los ejemplos diarios que nos muestran el mal en estado puro, que de poco valen las explicaciones científicas basadas en la biología, la psicología, la neurociencia o la física cuántica. Al final de toda la cadena de determinismos hay algo que nos hace humanos, y es la posibilidad de tomar una decisión u otra, hacer algo o no hacerlo, hacer esto o lo otro, de donde se deriva la responsabilidad individual como hecho ineludible. Por más problemático que sea el juzgar, responsabilizar y condenar a alguien por la maldad de sus actos, la sociedad se vendría a bajo si prescindimos de ello. Otra cosa es el castigo o la condena, donde caben todos los atenuantes y consideraciones.

No podemos definir ontológicamente el mal, pero sí la maldad, que es cosa humana. Causar de forma consciente y voluntaria daño y sufrimiento a los otros, pudiendo no hacerlo, eso es maldad. Todos, a lo largo de nuestra vida, hemos actuado con maldad algunas veces, conscientes de que hacíamos daño a otro, pero la mayoría realizamos estos actos, llamémosles "de pequeña maldad", de forma circunstancial o transitoria, movidos por emociones del momento: rabia, envidia, miedo, venganza, frustración...

Estos actos de "maldad leve" no nos hacen malos, pero nos pueden ir insensibilizando hasta convertirnos en malas personas. Todos conocemos a buenas personas que han acabado siendo malas. Si uno no vigila sus reacciones, el paso de los años y la vida (que suele ser "escuela de maldades") nos acaba haciendo malas personas. Debería ser lo contrario, que el tiempo nos fuera haciendo cada vez más lúcidos, serenos y mejores personas. Pero esto no se logra "dejándose llevar", sino siendo muy vigilantes y críticos con nuestras reacciones y actos. Porque no existe ni la bondad ni la maldad natural. Ni Rousseau ni Hobbes. Ni angelismo ni satanismo antropológico.


Preferimos creer que somos naturalmente buenos porque es más tranquilizador, y por eso nos cuesta tanto aceptar la existencia de asesinos, ladrones, torturadores, mentirosos, egoístas, perversos, caraduras y psicópatas. Pero haberlos, haylos. Disculparlos, ignorarlos o perdonarlos, no nos hace mejores personas. Quien consiente o acepta la maldad acaba siendo cómplice y responsable de ella. Conviene tener estas ideas claras cuando nos encontramos alrededor con tantos ejemplos de maldad, perversión y envilecimiento. Cuanto más poder, mayor es el grado de maldad. Haga el lector la lista de los que hoy, desde el poder, actúan causando un inmenso daño, dolor y sufrimiento a sus ciudadanos. Causando el mal. Y el mal es siempre, en sí mismo, algo irreparable.
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