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miércoles, 13 de abril de 2016

LA IZQUIERDA Y LAS IZQUIERDAS

(Foto: S. Trancón)

La distinción política entre izquierda y derecha sigue ahí, a pesar de que lleva más de un siglo de crisis “semántica”: es muy difícil anularla. Podemos (lo mismo que los falangistas en su día) empezaron tratando de borrar estas diferencias, conscientes de que esa frontera dividía a los ciudadanos en dos categorías no necesariamente enfrentadas. Ensayaron lo de la transversalidad, pero la realidad (la identificación de sus votantes y de su ideología no sólo de izquierdas, sino de extrema izquierda) les hizo abandonar el intento y ahora ya se sitúan donde están, a pesar de seguir jugando con suficiente ambigüedad como para que quepan en su cesta votos de derecha, incluso de extrema derecha. Izquierda Unida quiso explotar esta contradicción, pero ya ha abandonado esa difícil tarea porque Podemos ha sabido diluirla al colocarse en algunos temas más a la izquierda que la propia IU.
Ciudadanos también quiso borrar esta dicotomía diciendo que había que superar eso de “rojos” y “azules”, buenos y malos, para situarse en el centro y acabar con el enfrentamiento entre las dos Españas, la de derechas y la de izquierdas, esa perversa división que nos llevó a la Guerra Civil. Como a Podemos, el propósito, lleno de razón y buenos deseos, tampoco ha superado el choque con la realidad, y cada día está más claro que este partido se sitúa en el centro derecha. El centro indica moderación, pero no diluye la categoría principal, la que define su espacio natural: la derecha.
La batalla lingüística contra la distinción entre izquierda y derecha ha fracasado, quizás porque el lenguaje necesita de las oposiciones simples, las dicotomías, para enfrentarse a las realidades complejas. Necesitamos simplificar, dividir y separar lo que, fuera de nuestra mente, no es más que un continuo amorfo y caótico.
Aceptado lo inevitable de esa rápida, fácil y eficaz dicotomía lingüística, el problema se ha trasladado a la distinción dentro de cada una de estas dos categorías dominantes. En España este problema siempre ha tenido una importancia decisiva. Así como el concepto de derecha ha permanecido bastante estable y relativamente bien definido, con gran capacidad de adaptación pragmática, el campo de la izquierda ha estado siempre sacudido y atravesado por constantes divisiones irreconciliables. Lo estamos viendo hoy mismo. El intento de aglutinar a las izquierdas con ese señuelo ambiguo del “gobierno del cambio” no funciona.
El problema radica en la propia indefinición ideológica y política de esas diversas izquierdas. Su problema es que no son en verdad “de izquierda”, sino “de izquierdas”, cada una a su modo, una sectaria y dogmática, otra malabarista y oportunista. A estas izquierdas confusas y claudicantes les une una misma ambición: el asalto y la conquista del poder. Poco importa cómo lograrlo y para qué. Empiezan por no tener una idea de España, de su legitimidad histórica y su legalidad constitucional, y acaban peleando por el reparto de despachos, incluido ese imposible semántico llamado “plurinacionalidad”. Nada más alejado de una verdadera izquierda.   


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