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lunes, 24 de octubre de 2016

DEMÓCRATAS CONTRA ANTIDEMÓCRATAS

(Foto: S.Trancón)
En tiempos de Marx, la principal división social venía marcada por la propiedad privada de los medios de producción. La burguesía, dueña de esos medios, era la clase dominante, y los obreros, que les entregaban su fuerza de trabajo, constituían la clase dominada, el proletariado. La simplificación ofrecía suficiente evidencia como para afirmar que la lucha de clases era el motor de la historia. Hoy esta teoría nos sirve de poco. La sociedad se ha diversificado tanto, con tantos niveles de poder, dependencia y posición social, que la división en clases antagónicas carece de validez científica y económica. Esta división, sin embargo, tiende a mantenerse en la medida en que se asienta sobre otra distinción universal, pobres contra ricos, renovada con expresiones como “los de arriba”/“los de abajo”, “la casta”/“la gente”. Poco importa que estas expresiones sean imprecisas y simplificadoras (significantes “vacíos”). Su poder reside en la eficacia emocional, en que cada uno puede rellenarlas con la energía que proporcionan las frustraciones, humillaciones, carencias y anhelos reprimidos. ¿Es esta hoy la contradicción social fundamental, la que impulsa los cambios y transformaciones?

Sostengo que existe hoy en nuestra sociedad otra contradicción mucho más determinante, la que condicionará el futuro de nuestra nación: demócratas contra antidemócratas. Si viviéramos en una sociedad plenamente democrática, en la que la mayoría fuera decidida, convencida e inflexiblemente democrática, los conflictos serían otros. Se han juntado aquí dos fenómenos: uno, el impacto de la crisis social y económica que ha debilitado la democracia de todos los países de Europa, incluido el nuestro, y otro, el escaso arraigo de la democracia en nuestro país. Al morir Franco había bastantes antifranquistas, pero muy pocos demócratas. Aquí no ha existido nunca un proyecto serio para democratizar a la sociedad. Creímos que la democracia se asentaría por sí sola. Pero no. Nadie nace demócrata ni lo es para toda la vida. La prueba está en que, en cuanto han aumentado los conflictos, la democracia ha empezado a disolverse, a autodestruirse, a ir desapareciendo como elemento fundamental (que fundamenta) la cohesión social y política.

Lo más preocupante es que la iniciativa la están teniendo los antidemócratas. Mientras los demócratas se muestran pusilánimes, acomplejados y sin querer tomar conciencia de la grave situación en que ya estamos peligrosamente sumergidos, los antidemócratas están imponiendo su discurso, su lenguaje, su interpretación de la realidad y la historia, su presencia mediática. Los demócratas no han entendido que es más fácil ser antidemócrata que demócrata, lo mismo que es más fácil creer la mentira que aceptar la verdad. La verdad es siempre aproximativa, exige argumentos y objetividad; la mentira, en cambio, prescinde de la realidad. La democracia no surge por generación espontánea, exige un esfuerzo constante para poner por encima de las reacciones emocionales las ideas, la racionalidad de los datos y los hechos. La democracia se asienta sobre el principio de realidad, y la realidad es el reino de lo necesario, no sólo de lo deseable.


Si los demócratas no despertamos, no salimos de casa; si por confusión, cobardía o miedo no empezamos a señalar a los antidemócratas, a combatirlos con determinación, con ideas, argumentos y decisiones, la inercia y la fuerza de la irracionalidad acabarán triunfando. Muchos serán arrastrados por la excitacion﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽s arrollados por la excitaciincipio de realidad,e argumentos y objetividad; a de s emocionalesa so. Es una labor colecón que provoca la violencia, los sentimientos de revancha y de superioridad que ya exhiben hoy los antidemócratas, sean independentistas, etarras maquillados, anticapitalistas, chavistas, peronistas, leninistas, incluso socialistas, o simplemente resentidos e inseguros, que encontrarán así un modo superar sus complejos de identidad. Que muchos todavía no distingan a un demócrata de un antidemócrata, eso sí que es alarmante, cuando cada día se ven más en los medios de comunicación, la televisión, las instituciones, los Parlamentos, internet y la calle. 

En Alemania lo tienen claro: su Constitución prohíbe «las asociaciones que se dirigen contra el orden constitucional»; desprovee de derechos a quienes combaten «el orden constitucional» y declara inconstitucionales a «los partidos que, según sus fines o según el comportamiento de sus adeptos, tiendan a trastornar o a poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania». La democracia que no sabe defenderse de los antidemócratas deja de ser  democracia.
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