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martes, 11 de abril de 2017

LÍDERES MEDIÁTICOS


(Foto: S. Trancón)

Hace tiempo conocí al exlíder de un partido, hoy prácticamente extinto, que medía el valor de cualquier acción política por su “impacto mediático”. De acuerdo con este principio, su principal preocupación era “salir en los medios”, objetivo al que supeditaba toda su estrategia. Coincide esta opinión con la de muchos, así que me da pie y mano este ejemplo para reflexionar sobre los líderes mediáticos y la importancia de los asesores de imagen, que se han convertido en su guardia pretoriana.

Es ya lugar común decir que en política nada puede hacerse sin un buen líder mediático. Le he dado vueltas y revueltas a esta premisa y no he logrado llegar a conclusión alguna. Contra toda evidencia, no veo por lado alguno un modelo de líder al que poder asociar esos superpoderes mediáticos. Analicemos alguna de las cualidades o atributos que, supuestamente, debe poseer el líder mediático.

Por ejemplo, la juventud. Vean a Trump, Hilary Clinton, Angela Merkel, Rajoy, Hollande, la británica May o a nuestro dicharachero Revilla: son la flor de la juventud. Otro tanto dígase del atractivo físico o el sex appeal, algo tan escurridizo como frágil (cualquier cámara puede volver casi guapo a un feo o viceversa; hacer flaco a un gordo, es ya más difícil, véase Junqueras, que además es un poco bizco). Casi nadie, además, atribuye cualidades políticas sin más a un rostro atractivo. Si así fuera, Paul Newman podría haber sido el mejor político de la historia, junto a Ava Gadner, mientras que nunca hubieran alcanzado el poder el histérico Hitler o el acaponado Franco.

Vayamos a otra cualidad que pueda explicar esa sobredimensión de la influencia de los líderes mediáticos: la competencia discursiva. De nuevo topamos aquí con la evidencia contraria: ¿Cuántas tonterías, atropellando incluso la gramática, ha dicho Rajoy? ¿Es un pico de oro Trump? ¿Lo fue Aznar? Es cierto que algunos políticos, sobre todo los de antes, sobresalían por su elocuencia, que no hay que confundir con la impostura lingüística, como en el caso de Zapatero, que cultiva el engolamiento de la voz con una gestualidad pomposa. La vaciedad discursiva de Iglesias Turrión resulta cada vez más evidente, aparte de su tendencia a la cursilería, que mezcla con un matonismo adolescente de corto alcance. La facilidad de palabra de Rivera revela, con el paso de los días, una limitación no sólo léxica, sino, sobre todo, de ideas y convicciones. El caso de Pedro Sánchez es otro ejemplo de inconsistencia discursiva: repite tanto sus escasas ideas que su voz desabrida nos suena cada vez más a cuero reseco.

¿Y la imagen? Definamos la imagen como la “apariencia global” de una persona, esa totalidad gestáltica en la que se integran todos los elementos visuales relevantes, desde la anatomía del rostro al color de la piel, el pelo, los ojos, la mirada, la forma de vestir y la gestualidad (micro y macro). Todo lo que capta una cámara (y crea y conforma a partir de sus propios filtros y enfoques). Hay teóricos como Mehrabian que atribuyen a estos factores el 55% del impacto de una comunicación. Añade que el 38% restante hay que atribuirlo a los elementos paraverbales (fonéticos, prosódicos, rítmicos, proxémicos y pragmáticos) del lenguaje. Deja un escuálido 7% al contenido semántico del mensaje verbal. Esta teoría es la que ha dado tanto poder a los asesores de la comunicación televisiva y mediática.

Olvidan unos y otros que hay algo fundamental en toda comunicación política: decir algo. Sin una idea, un mensaje, un contenido que transmitir, todo lo demás resulta inconsistente, impostado, hueco, falso. Es la adecuación y la integración del mensaje con todo lo demás (imagen, gesto, voz) lo que produce un efecto u otro sobre el receptor. Ningún asesor de imagen puede suplir lo que es esencial para quien quiera ser un eficaz comunicador político: tener claro algo relevante que decir, sentir lo que se dice y decir lo que se siente con naturalidad y convicción. La totalidad de la persona, en cuerpo y mente, ha de estar implicada, integrada, sin discordancias, dudas, ni prevenciones.

¿Entienden ahora por qué, a pesar de tantos trucos mediáticos, atraen tan poco y están tan desprestigiados los políticos y la política? No hay manera de que, de una cabeza hueca, surja un mensaje convincente. Una cosa sí parece cierta: aquí, entre nosotros, llega a líder quien alcanza el poder, no al revés. Y para eso, cuantas menos ideas y convicciones, mejor.

¿Es posible otra política y otros políticos? Sí, incluso otros políticos mediáticos. El problema no es la política (no podemos prescindir de ellla), sino la mala política, la política mediática de quienes no tienen ideas. La presencia en los medios es condición necesaria, pero no suficiente.












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